La cromoterapia: lucecitas que nada curan

QUE NO LE DIGAN, QUE NO LE CUENTEN

La cromoterapia: lucecitas que nada curan[1]

Juan José Morales

Una de las ventajas de escribir sobre charlatanería, terapias alternativas, seudociencias y productos milagro, es que los temas son prácticamente inagotables. Hoy, por ejemplo, toca el turno a la colorterapia, o cromoterapia como también se le llama, un supuesto procedimiento para curar, prevenir o aliviar enfermedades de todo tipo, desde una simple jaqueca hasta —por supuesto— el cáncer, con el uso de luces de distintas tonalidades o simplemente comiendo alimentos de los colores apropiados, ya sea tomate, cebolla o col morada, porque —se dice— cada uno de esos colores actúa sobre cierto tipo de enfermedades.

Como es habitual, de esta seudomedicina se dice que tiene un origen milenario y proviene de la exótica India, la misteriosa China y el legendario Egipto. Y no falta quien garantice su eficacia con el argumento de que Avicena, el famoso médico árabe de la Edad Media, relacionaba los colores con el estado de salud de las personas. Pensaba, por ejemplo, que el rojo movía la sangre, el azul o el blanco la enfriaban, y el amarillo reducía el dolor muscular y la inflamación.

imageTales ideas, desde luego, corresponden a la etapa precientífica de la medicina, cuando incluso se recetaban polvos de cráneo de ahorcado como remedio para algunas enfermedades. Pero en pleno siglo XX hubo un charlatán, de nombre Dinshah Ghadiali, nacido en la India y naturalizado norteamericano, que en 1933 publicó un voluminoso tratado en tres volúmenes sobre lo que afirmaba eran los fundamentos científicos de la curación de los más diversos padecimientos —inclusive enfermedades terminales— con lucecitas de colores. Y para darle cierta apariencia de seriedad a sus disparatadas afirmaciones Ghadiali construyó el aparato que aquí se muestra, que mediante filtros, permitía proyectaba distintas luces.

El mamotreto, titulado Spectro Chrome Metry Encyclopedia (Enciclopedia de Espectrocromometría), prescribía tratamientos para 316 enfermedades, con mezclas de colores que, según él, generan el equilibrio del organismo necesario para cada persona. El libro era un batidillo de términos tomados de la física y la medicina, y contenía afirmaciones como que el cuerpo humano irradia luces de colores, pero tan débiles que no resultan visibles para la mayoría de la gente, aunque hay algunas personas que pueden ver claramente “los colores áuricos”.

De más está decir que las ideas de Ghadiali —quien también pregonaba el vegetarianismo extremo— no fueron tomadas en serio por los médicos ni fueron nunca comprobadas científicamente. Incluso las autoridades lo acusaron formalmente de charlatanería, aunque supo defenderse hábilmente. Pero todavía —más de 80 años después—, sus disparates siguen siendo utilizados por embaucadores para ofrecer curas rápidas y efectivas, y su libro sigue siendo citado como una obra científica en esos típicos artículos sobre medicinas alternativas y tratamientos “naturales” que aparecen en revistas de cocina, consejos hogareños, chismes del espectáculo, seres de ultratumba o visitantes de otros mundos.

Así pues, que no le digan, que no le cuenten. Las lucecitas de colores no le van a curar nada. En cambio, podrían dañarle la retina si son demasiado intensas.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Viernes 15 de julio de 2016

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