Fidel y los “pescados” de Isla Mujeres

ESCRUTINIO

Fidel y los «pescados» de Isla Mujeres[1]

Juan José Morales

Un aspecto poco conocido de la Revolución Cubana, es el de la ayuda que en la fase de lucha armada contra la dictadura de Batista le llegó desde México a los combatientes encabezados por Fidel Castro a través de Isla Mujeres. Sobre esto, el ya fallecido José de Jesús Lima, personaje clave en la historia de la isla, me relató cuando escribí su biografía lo siguiente, que transcribo textualmente, aunque resumido por razones de espacio:

imageEn la portada del libro, Don José de Jesús Lima con su esposa, Rebeca Zuno. Miembro de la clase política priísta, se consideraba sin embargo liberal y de izquierda. Por ello se sintió siempre orgulloso de la ayuda que brindó a la Revolución Cubana.

Un día recibí una llamada del Gral. Cárdenas: «Amigo Lima, hay por ahí un grupo de jóvenes limpios, brillantes, muy bien intencionados, que están haciendo una buena labor pero les están robando. Mucha gente que dice ayudarlos los traiciona. Tienen mil dificultades. Compran algunos instrumentos así dijo, ‘instrumentos’, ropa, medicinas y otras cosas que necesitan, y al llegar a algún lugar de Quintana Roo o Yucatán para embarcarlas, aparecen las autoridades y pierden todo. ¿Podría usted ayudarlos?».

Se refería, por supuesto, a los revolucionarios cubanos que en ese entonces estaban peleando en las montañas contra Batista. Efectivamente, mucha gente en Yucatán los engañaba. Dizque les vendían las armas, luego denunciaban a la armada o el ejército dónde estaban los fierros, y los cubanos perdían todo.

Naturalmente, accedí a la petición de don Lázaro y pronto recibí la visita de un médico cubano de apellido Hernández, que luego estuvo en el ayuntamiento de La Habana. Bastante desconfiado y receloso por las malas experiencias previas, explicó: «Nosotros podemos traer algunas cosas aquí al litoral, ¿pero cómo nos garantizan que no nos las quitan?» «Ese es su riesgo le contesté. Ustedes están metidos en esto y saben a qué se exponen. Yo lo único que puedo decirles es que les ayudaré a que estén seguros y a que las cosas que traigan lleguen a los barcos.» Se fue tranquilo y comenzamos a hacer lo que era menester.

Cuando nos avisaban que venía una partida de instrumentos en camino, hablábamos con la gente que debía mirar para otro lado o que podía ayudar en la operación. No eran grandes cargamentos. Cincuenta o cien armas cuando mucho. Para recoger los paquetes venían barquitos pesqueros.

Nos avisaban y mis hijos José y Esteban los guiaban a donde teníamos el guardado y ayudaban a cargarlo. Enrique, muy joven entonces, pudo también participar en algunas ocasiones en esas actividades cuando venía de vacaciones a la isla.

A veces no sólo venían a recoger sino también a dejar. De pronto, por la noche, tocaban a la puerta y avisaban: «Traemos un pescado». Era la clave. Aquí nos ocupábamos de alojar y enviar a su destino a esas personas. En una ocasión, el «pescado» resultó ser un alto dirigente del grupo de Fidel. Venía por unos días a arreglar no sé qué asunto. Nunca me metí a averiguar más de lo que necesitaba saber. Para que viajara más seguro y con menos probabilidades de que hubiera dificultades en migración, se me ocurrió enviarlo… ¡en compañía del presidente municipal de Mérida, Luis Torres Mesías, y en su propio automóvil! Había venido de paseo y con toda naturalidad le pedí que por favor llevara a un amigo.

Quizá lo más extraordinario de todas esas operaciones subrepticias, fue haber podido mantenerlas en secreto en un lugar como el Isla Mujeres de fines de los 50. Éramos sólo unos pocos cientos de habitantes. Todos nos conocíamos perfectamente y cualquier fuereño podía ser fácilmente identificado. Pero la gente supo mantener cerrada la boca. Quizá porque entre Isla Mujeres y Cuba ha habido siempre lazos muy estrechos, desde la época en que estuvo aquí José Martí quien escribió acerca de la isla y desde la época en que llegaban navegando a la vela pescadores gallegos de La Habana, que a veces terminaban llevándose a alguna trigueña como esposa o fundaban su hogar aquí.

Sea cual sea la razón, el hecho es que el asunto de los «pescados» cubanos se manejó con toda discreción. Y a mí, doña Rebeca y mis hijos, nos cabe la satisfacción de haber cumplido esas misiones. No sólo porque me lo pidió el Gral. Cárdenas, sino por convicción propia.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Miércoles 29 de noviembre 2016

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