El caso de las científicas invisibles

ESCRUTINIO

El caso de las científicas invisibles[1]

Juan José Morales

La noticia, el pasado 25 de diciembre, de la muerte de Vera Rubin, una notable pero poco conocida astrónoma norteamericana, quien obtuvo las primeras evidencias observacionales de la existencia de la materia oscura —que se estima constituye más de la cuarta parte de la materia total del Universo—, me hizo recordar un artículo que publiqué hace dos o tres años en la revista Gaceta del Pensamiento, de Cancún. Lo titulé El caso de las científicas invisibles y en él abordaba la marginación y discriminación de que han sido objeto tradicionalmente las mujeres dedicadas a la ciencia.

imageVera Rubin en el observatorio de la institución Carnegie de Washington, donde realizó sus trabajos sobre la rotación de la nebulosa de Andrómeda y otras galaxias espirales como la nuestra. Las anomalías que registró la llevaron a la conclusión de que en el interior de ellas había mayor cantidad de materia que la visible. Con ello se tuvieron los primeros indicios observacionales sobre la existencia de la materia oscura, que ya había sido prevista teóricamente.

Pero antes de seguir adelante, pediré al lector que mencione diez nombres de mujeres científicas. Lo más probable es que no recuerde más de dos o tres. Y es que, como señalaba en el artículo mencionado, “las mujeres científicas, además de pocas, pueden considerarse entes invisibles, pues poco o nada se habla de ellas. Es más: las puertas de la investigación científica se les mantuvieron cerradas hasta entrado el siglo XX, e incluso se les negaba la oportunidad de estudiar una carrera en ciencias.”

La propia Vera Rubin es un ejemplo de ello. Cuando quiso ingresar a Princeton para doctorarse en astronomía, fue rechazada porque hasta 1975 esa afamada universidad norteamericana no admitía mujeres en dicha disciplina científica. Tuvo que optar por la Universidad de Cornell.

Las mujeres científicas, por lo demás, no sólo han sido excluidas de puestos importantes y se les han negado posibilidades de investigación, sino que —peor aún— muchas veces se les ha despojado del mérito por sus trabajos, que fue atribuido a colegas varones. Incluso hubo casos en que el premio nobel por sus investigaciones se otorgó a hombres que sin el menor rubor se apropiaron de esa información.

Tal fue el caso, para citar sólo un par de casos, de la astrónoma Henrietta Swan Leavitt, que sentó las bases para determinar la distancia a cuerpos celestes muy distantes y conocer las dimensiones de nuestra propia galaxia, las distancias que nos separan de las demás y el tamaño del Universo, y de Rosalind Franklin, verdadera descubridora de la estructura del ácido desoxirribonucleico o ADN, que injustamente se atribuyó —y por ello se les otorgó el Nobel— a Watson y Crick.

Las limitaciones de espacio impiden extendernos más sobre el tema. Pero es un hecho que en el campo de la ciencia la fama por lo general se le reconoce a los hombres, y las mujeres son usualmente ignoradas y no es raro que el fruto de sus trabajos les sea vergonzosamente plagiado. Por fortuna, este no fue el caso de Vera Rubin, que si bien no obtuvo el Premio Nobel que sin duda merecía, fue objeto de numerosos reconocimientos a lo largo de su vida, entre ellos haber sido la segunda astrónoma aceptada como miembro de la Academia de Ciencias de Estados Unidos y haber recibido, en 1993, la Medalla Nacional de Ciencias de aquel país.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Martes 3 de enero de 2017

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