Imágenes en los ojos de los muertos

Imágenes en los ojos de los muertos[1]

Mario Méndez Acosta

A mediados del siglo XIX surgió, entre algunos anatomistas y criminólogos, la noción de que la retina de los ojos de las personas que fallecían – y también de los animales – quedaba registrada con detalle la última imagen que el individuo estaba viendo antes de morir.

A esta característica de los cadáveres se le denominó optografía y eran evidentes las aplicaciones prácticas que dicha facultad tendría, de confirmarse su veracidad. La más notoria era el hecho de que, en teoría, las personas asesinadas guardarían en su retina la imagen del rostro de su ejecutor.

Fue el fotógrafo británico William Warner quien, en 1863, hizo el primer intento con el cadáver de una joven asesinada en Londres. El oficial James Thompson, de Scotland Yard. apoyó la investigación… No hubo resultados, porque la joven ya había sido sepultada.

En 1877, se llevó a cabo otro intento fallido, pero, la descomposición del cadáver hacía evidente que tal investigación no podría dar ningún resultado. Se estableció así que sólo se podía llevar a cabo esta fotografía de la retina, si el cadáver tenía menos de 24 horas de haber fallecido y si sus ojos no se hubieran cerrado.

Los doctores Franz Boll[2] y Willy Kuhne[3] descubrieron que la capa externa de la retina posee, en todo animal vivo, una superficie púrpura que se blanqueaba al ser expuesta a la luz, pero recobraba su color original al regresar la oscuridad. Boll comprobó que dicho color púrpura desaparece inmediatamente después de la muerte. Sin embargo, Kuhne[4] aseveró que dicha sensibilidad permanecía 24 horas después de la muerte y que esa decoloración correspondía a las zonas que ocupase la última imagen percibida por el ojo.

A pesar de numerosos intentos y anécdotas, que involucraban hasta los ojos de peces muertos – en los que, supuestamente, se podía apreciar la imagen de la persona que los pescó -, lo cierto es que los intentos por fotografiar las retinas de personas recientemente fallecidas nunca dieron ningún resultado de aplicación práctica, y las imágenes supuestamente obtenidas mostraban una indefinición que las hacía indistinguibles de las variaciones de tono del fondo ocular conseguidas al azar[5].

La imagen que se forma en la retina es muy pequeña e interfiere – en medio de su estructura – la fóvea, que es el punto donde el nervio óptico se comunica con el interior del globo ocular.

Lo cierto es que en el momento en que se interrumpe la proyección de la imagen que hace el cristalino, ésta desaparece. Solamente queda, en el caso de estar recibiendo una imagen muy luminosa – al cerrarse el ojo o al interrumpirse la fuente luminosa -, la huella vaga de un contorno luminoso muy tenue que desaparece a los pocos segundos; demasiado breve para poder contener información gráfica útil, algo que podemos comprobar todos, al contemplar una luz o imagen por unos momentos y cerrar súbitamente los ojos.

La retina no es una cubierta fotosensible de algún material como el nitrato de plata; se trata de un conjunto de células fotorreceptoras que reaccionan ante la luz, emitiendo una señal nerviosa hacia el cerebro.

No existen, pues, imágenes estables que fotografiar en la retina de los fallecidos.


[1] Publicado originalmente como: Méndez Acosta Mario, Imágenes en los ojos de los muertos, Ciencia y Desarrollo, Vol. 41, número 278, México, julio-agosto 2015. Págs. 58-59.

[2] Franz Christian Boll (l877). Anatomia e fisiologia della retina. Roma.

[3] Wilhelm Kuhne: https://en.wikipedia.org/wiki/Wilhelm_K%C3%BChne#CITEREFChisholm1911

[4] Hugh Chisholm (1911). Artículo “Fisiología”. Enciclopedia Británica.

[5] Bill Jay (1966). “En los ojos de los muertos. Fotografía de retina”. Revista Luna Córnea, núm. 1010, diciembre.

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