James H. Hill, Telepatía estilo Septimusiano

James H. Hill, Telepatía estilo Septimusiano

Esta es la segunda parte del cuento de James H. Hill aparecida en The Afro American, de Boston, en el suplemento semanal Afro American Magazine, del 15 de febrero de 1955.

Por lo que leemos se ve que Hill tenía una sólida formación en ufología, conociendo varios casos clásicos y personajes, como el Doctor Menzel, del mundillo ufológico.

Del espacio exterior

TheAfroAmerican-15-2-1955aEl pequeño hombre café con los grandes ojos brillantes giró hacia Steve Greer y extendió su mano. “¿Cómo está?” preguntó políticamente. “He venido a salvar su mundo de la destrucción”.

Sinopsis

(Steve Greer, un reportero, está escribiendo una serie de historias sobre platillos voladores cuando un avión piloteado por el Capitán Bernard Trumbull es golpeado por un platillo sobre Río Grande. Mientras tanto, un extraño hombre café, Tweh, visita al padre de Trumbull y le dice que su hijo está vivo, justo antes de que el editor reciba un telegrama que le dice que su hijo está muerto. Greer conoce de estos extraños incidentes y se mantiene en contacto con el viejo Trumbull, quien admite que vio un extraño hombre café quien afirma venir del planeta Septimus).

Parte Dos

“Telepatía, estilo Septimusiano”

Cuando Steve Greer salió de la caseta telefónica, se sentía extrañamente como un investigador físico que había encontrado la llave a un mundo nuevo y asombroso.. Pero el editor de Steve, Andy Bretonnel, simplemente no creyó lo que venía del teléfono. ¿Estás seguro que no has colgado, Steve, e imaginado que Trumbull admitió que un duende fue su P. E. S.? He conocido a Sid Trumbull por veinticinco años. ¡Él no tiene nada que ver con fantasías como Joe Friday, de ‘Dragnet’ Cripes! ¿Cómo se vería impresa una cosa como esa?”

“Pero él lo admitió”, insistió Steve. “¿Por qué no ves tu mismo las transcripciones de la ‘Operación Libro Azul’ del Pentágono?”

“Sí, y todas ellas están bajo llave y candado, en nuestra caja fuerte”.

“Está bien, pero esta cosa tiene que ser presentada al público tarde o temprano. Y ambos sabemos que la AAF admite que los ovnis deben ser aparatos del espacio exterior, y manejados por seres inteligentes”.

Bretonnel se quedó callado por un largo tiempo. “Está bien, Greer, ¿qué podemos hacer además de imprimir la historia del duende? No podemos dejar una cosa como esa sin una gran acumulación de primera. Podríamos generar pánico en la gente e inducirla a suicidio de masas – como lemmings”.

Había lógica en lo que decía el editor del Examiner. Aunque esta era una gran historia – la más grande, pensó Steve – en los anales de los escritos del hombre.

“No hay que hacer nada”, dijo abruptamente. “Tenemos hechos incontrovertibles de la Fuerza Aérea del Ejército. El radar – sólo la historia de la triangulación merece ser impresa. Ahora tengo un ministro y un editor que afirman haber visto un individuo quien vino aquí en un platillo volador. Voy a escribir la historia. Si el Examiner no la compra, la voy a vender a alguien que lo haga. Esta bien, ya que estas cosas parecen ser amistosas, hasta ahora. Los militares han emitido ordenes a todo el personal militar de interceptar, pero no disparar a los platillos. Eso, pienso, debería ser del dominio público”.

“Como una plaga bubónica mental”, dijo amargamente Bratennel. “Está bien, Greer, el Examiner será tu conejillo de indias; pero no suscribiremos tus puntos de vista”.

“Bastante justo”, dijo Steve. “Sólo que la cuenta de gastos puede ser un poco cara”.

“Bien, te regresaremos allí”.

“Nunca lo olvidaré”, dijo el Reverendo Emile Franklin, su cuerpo esbelto confortablemente arreglado en una silla en su bien comunicado estudio. “Sé lo que la gente estaba pensando. Conozco a muchos de ellos llamándome loco, pero, por Dios, vi a este hombre claramente justo como lo veo a usted, Señor Greer”.

Greer, reclinándose en el respaldo de la silla, estiró sus piernas. “Entonces, usted mencionó esto a su congregación”.

La cara sobria y café de Franklin estaba seria. “¡Por supuesto! Los israelitas dejaron de seguir a Moisés cuando bajó del Monte Nebo con los diez mandamientos que le había dado Dios? Oh, hay varios Tomases que dudan, pero los encontrará en todas partes”.

Steve Greer sintió una sensación extraña y espinosa sobre su piel. Miró a través de la cara benigna del ministro de color, maravillándose de la aceptación calmada de tan fantástica proposición. Frunció el ceño. “¿Ha visto a este hombre café desde aquella noche?”

Franklin sacudió su cabeza.

“Dígame, ¿piensa en él como una especie de deidad, con esos ojos brillantes?”

El ministro sonrió a eso. “Una deidad difícilmente se disculparía ante un simple ser humano”.

Su cara se puso más seria. “No, creo, como siempre he creído, que esa gente – como muchos de nosotros – viven, se propagan y progresan en planetas distintos al nuestro. Después de todo, creo que Dios hizo todo el Universo; que debe haber una red universal como internacional – una hermandad entre los hombres”.

Greer sonrió con ironía. “Hay algunos astrónomos que le quitarían la piel por sugerir tal cosa”.

“Lo más que hacen los astrónomos son suposiciones”, dijo Franklin. “Podrían estar tan equivocados como el Profesor Manzel (sic), quien afirma que puede duplicar los avistamientos de platillos voladores en su laboratorio. Solamente el radar prueba cuan equivocado estaba”.

Steve Greer consideró eso, sonriendo, y levantándose. “Bien, ha sido muy cooperativo, Reverendo Franklin. De hecho, si no hubiese sido tan insistente respecto al pequeño hombre café, esta historia no se hubiese agrietado”. Hizo una pausa, alcanzando su sombrero cuando se levantó Franklin. “Tiene mi itinerario, y ha prometido contactarme, si vuelve a ver la criatura de nuevo”.

“Ya se lo prometí”, dijo Franklin.

Fue una asignación escabrosa, y en el largo viaje en avión al Norte de Ohio, Steve Greer estaba comenzando a lamentar lo que había tomado. Él inició su serie con la historia del DC-4 que se estrelló en el Lago Michigan, cerca de Benton harbor, Michigan la noche del 23 de junio de 1950. Cincuenta y ocho personas habían estado abordo, y había declaraciones al efecto de que un platillo volador los había golpeado. Él subrayó cuan cerca la Civil Aeronautics Bureau había guardado información relativa a la investigación. ¡Ni un solo cuerpo fue recuperado!

Sin embargo, ahora, estaba un paso delante de los escritores de noticias haciendo historias platillo. Nadie más había escrito nada sobre el pequeño hombre café con los ojos brillantes…

Los capitanes Peter Coyne y Stanley Berkewitz, quienes habían estado en la ruta hacia el Sur para Amalgamated Freight, en el momento del desastre, habían llenado una Hoja de Información Técnica para la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, de ocho páginas, que había preparado el Departamento de Defensa.

Ambos están seguros que un gran platillo que volaba a más de 1,100 millas por hora en su radar, se había estrellado en el desafortunado C-47 y se había disparado hacia el cielo, aparentemente indemne.

Lo que ninguno de los dos podía entender era el escape del Capitán Bernard Trumbull. En efecto, él estaba bajo observación por un mutismo psicótico en el Delta County Mental Hospital, pero Steve Greer tenía una idea de que el Capitán no era tan tonto como el publico había llegado a creer.

El destino de Greer era Rumley, que, entre otras cosas, estaba señalado como el lugar de nacimiento de un exaltado e indiscreto héroe de la guerra civil, quien se hizo asesinar por los Sioux en Little Big Horn en 1876 – el General George Armstrong Custer. Rumley también era el hogar del Capitán George Yates, quien había derribado quince MIGs sobre Corea.

Una limosina ya se había alejado del centro de la ciudad y había sólo un pasajero en la segunda cuando Steve entró. El hombre sentado en la ventana opuesta, algo en las sombras, se volteó hacia él y le ofreció la mano.

“Señor Greer”, dijo, en una melodiosa voz de tenor lírico. “Lo he estado esperando”.

Ahora otros pasajeros estaban entrando a la limosina, pero de estos, Steve Greer estaba completamente inconsciente. Sus ojos café oscuro estaban tenazmente pegados a los ojos ámbar brillantes del pequeño hombre café. La cara era muy amigable; el apretón de manos lo suficientemente fraternal, aunque lejos de ser humano.

“No parece feliz de verme, después de buscarme tanto, Señor Greer”, observó suavemente Tweh. “Créame, todos nos habíamos ido”, dijo Steve. Una gran pregunta. El lenguaje – ¿Cómo conoce el nuestro de forma tan fluida?”

Tweh sonrió. Debo responder eso diciendo que su siguiente pregunta involucra la razón del por qué muchas naves espaciales visitan la Tierra, y lamenta haber dejado su arma en el maletín pullman que había enviado a la (falta esta parte)

TheAfroAmerican-15-2-1955bEl tenedor de Greer casi se cae de sus dedos, y él sonrió culpable. “Lo tengo. Telepatía mental”.

“Lo que hace innecesario el discurso ordinario en Septimus. Nosotros cantamos nuestras oraciones y canciones”, dijo Tweh. Él colocó a un lado su tenedor, dejando el pescado casi sin tocar. “Todavía”, dijo, “no encuentro la forma correcta de decirle a la gente de la Tierra de nuestras intenciones. Espero que usted me pueda ayudar”.

Las cejas de Steve subieron un par de grados. “Yo -¿ayudarlo?”

“Sí – usted tiene una reputación de ser un reportero de noticias responsable. Más allá de eso, usted es piloto. Usted ha visto un montón de informes ovni de sus líderes militares. Usted ha notado que hemos venido en gran número desde el año 1945 en su calendario, el año de su primera explosión atómica militar”.

Tweh hizo una pausa, desvió la mirada del patrón cruzado de la mesa. “Vea, tales armas en las manos de gente primitiva darán como resultado la destrucción total de este planeta de exiliados”.

Steve frunció el ceño. “¿Exiliados?”

Tweh asintió. “Está escrito en Opher, el equivalente a la Biblia de la Tierra, la Torah, el Corán y otras escrituras religiosas. Los seres de la Tierra fueron exiliados del gran planeta, Júpiter, porque eran vanos y lujuriosos”.

“¿Y usted viene aquí en el papel de salvador?” preguntó Steve.

“No del todo, sino a tratar de persuadir a su gente a renunciar a la codicia, la lujuria y la avaricia, o parar de manejar material fisionable. Los explosivos en las manos de los niños son peligrosos – o en la de los terrícolas”.

“Se está preguntando sobre la existencia de Septimus, dijo Tweh, sorbiendo su vino. “Debo añadir que hay otros dos planetas aparte de Septimus que pueden añadir a nuestro sistema solar – Contis y Zeni – doce planetas en todo nuestro sistema solar”.

Tweh picó su comida. Bastante irrelevantemente, dijo, “Estoy molesto por la masacre, Sr. Greer. Espero que pueda convencerlos de que fue un accidente – y salvé uno de ellos”.

Steve frunció el ceño a su invitado al otro lado de la mesa. “¿Masacre? ¿Salvó a uno de quiénes?”

Una sonrisa triste se formó sobre los labios de tweh, y dijo. “Sólo un impulso. La gente de este pueblo ha localizado la Makron, nuestra nave espacial. Ellos intentan usar sus armas contra ella. Están molestos por el Capitán Yates, su héroe, y ahora están pidiendo que una aeronave bombardee la Makron”.

Repentinamente Steve perdió su inter´s por la comida y dejó a un lado su servilleta. “¿Qué podemos hacer? Odio pensar lo que pudiera pasarnos si alguno de nosotros asesina a su tripulación”.

Tweh se levantó, con una mirada solemne en su cara. “No es en nuestra tripulación en la que estoy pensando. Estoy pensando en los reventadores de meteoritos automáticos. Cada nave espacial tiene que tenerlos para evitar ser destrozados en vuelo por los meteoritos. ¡Esos reventadores pulverizarán su fuerza aérea local!”

(Continuará la próxima semana)

REFERENCIAS

Hill H. James, From Outer Space. Telephaty Septimusian Style, The Afro American, Afro Magazine, Baltimore, March 1, 1955. Pags. 5.

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