Vampiros (2)

Vampiros

Las metamorfosis de Van Helsing han sido múltiples, y cada una responde a la necesidad cultural del momento. En la versión de Tod de tal uso, por lo cual es preciso acudir a otras fuentes. Según Jean Chevalier y Alain Gheerbrant (1988:68-69):

Un manojo de ajos colgado en la cabecera de la cama o un collar de flores de ajo alejan a los vampiros, según una tradición de la Europa Central… los griegos detestaban el ajo. Pero la creencia más persistente, en la cuenca del Mediterráneo y hasta la India, es que el ajo protege contra el mal de ojo. Por esta razón encontramos en Sicilia, en Italia, en Grecia y en la India, manojos de ajo atados con lana roja. En Grecia, el solo hecho de pronunciar la palabra ajo conjura los maleficios… En todas esas prácticas, el ajo se revela como un agente protector contra influencias nefastas o agresiones peligrosas.

Poco convencido de la efectividad del símbolo y más dispuesto a demostrar la eficiencia del ajo para preservar su vida, el personaje de la novela Soy leyenda, ante la falta de ajos, fabrica un aceite con base en vegetales que también contengan sulfuro de alilo e isotiocianato de alilo, es decir, puerros y cebollas. Sin embargo, luego de infructuosos experimentos, concluye, sin encontrar jamás la causa, que sólo el ajo mantiene distantes a los vampiros. Aunque la estaca de madera, como elemento natural contra la sobrenaturalidad que es el vampiro, goza de un gran prestigio, en el sentido estricto de las leyendas sólo funciona la estaca hecha ceniza, por el sentido ritual que contiene. Recordemos que Drácula es muerto con armas blancas de acero, el largo cuchillo kukri de Seward y el pequeño cuchillo Bowie de Quincey. Un curioso dato histórico: la segunda de las armas debe su nombre a su creador James Bowie (1799-1836), quien murió en la batalla del Álamo, también como consecuencia de heridas con arma blanca. En cuanto al crucifijo y las espinas de la rosa, son los emblemas del único poder que el vampiro respeta porque le teme. De acuerdo con Dom Calmet, el vampiro es el supremo trasgresor en tanto que sólo Dios – e invoca el ejemplo de Lázaro – tiene el poder para conceder la vida. En la tradición cristiana, “la corona de espinas de Cristo celebra en la pasión el matrimonio del cielo y la tierra virgen; es el anillo matrimonial entre el Verbo – Hijo del Hombre – y la Tierra, virgen que en todo momento puede ser fecundada” (Chevalier y Gheerbrant, 1988:478-479).

Con las armas anteriores da inicio la cacería, Abraham Van Helsing como orquestador intelectual. El otro joven médico William Seward Browning (1931) es un hombre robusto, sanguíneo, con el pelo de corte militar, mientras en el Drácula de John Badham (1979) es personificado por un melancólico y educado Sir Laurence Olivier. Francis Ford Coppola tuvo el acierto de elegir a Anthony Hopkins. Con el recuerdo de su actuación como el asesino Aníbal Lecter en Silence of the Lambs J Hopkins ofrece un hombre de ciencia despiadado, sin escrúpulos, guasón e irreverente, y el único capaz de vencer con su fuerza intelectual y física al vampiro, del mismo modo en que Conan Doyle tuvo que inventar al brillantísimo doctor Moriarty para enfrentarlo a su detective y establecer un contrapeso en la lucha entre el bien y el mal de sus narraciones memorables. En El Ansia (1983) de Tony Scott, el lugar de Van Helsing es ocupado por la joven, exitosa y atractiva doctora Sarah Roberts, especialista en genética y que de víctima pasará a convertirse en cabeza de una nueva dinastía vampírica.

Uno de los mayores aciertos literarios de Bram Stoker en Drácula es la presencia ausente del vampiro. Tras los cuatro primeros capítulos de la novela, puestos en el Diario de Jonathan Harker, donde se convierte en huésped y prisionero del Conde, el monstruo desaparece para hacer sólo algunas actuaciones esporádicas. Su omnipresencia, sin embargo, late tras cada uno de los medios escriturales de que se valen los personajes para armar la historia. Como se ha tomado la paciencia de demostrarlo Leonard Wolf (1975:350-351), de las 390 páginas en la edición original, sólo 62 son ocupadas por el conde Drácula. De hecho, una de las características más sobresalientes de la literatura de vampiros sea que siempre están en ausencia o se hace alusión a ellos de manera tangencial. De ahí su terror. Excepción a la regla son las más de 800 páginas de Varney el Vampiro. Con el paso de los años, el vampiro ha exigido su lugar en el escenario y habla debajo de los reflectores. En su novela La voz de Drácula (1975), Fred Saberhagen otorga voz al habitante de Transilvania y lo lleva a narrar la historia desde su perspectiva. El estilo de Saberhagen es inferior –naturalmente – al de su modelo, pero el enfoque resulta novedoso en tanto que tenemos el testimonio hipotético de la criatura. Por demás sugerente resulta la parte donde el Conde entabla una discusión en el tren, rumbo a Transilvania, con un científico que es, aunque su nombre no aparece, nada menos que el doctor Sigmund Freud.

Contra lo que pudiera pensarse, la revelación de los secretos del monstruo no lo hace menos temible: cuando de vampiros se trata, lo doméstico no quita lo siniestro, para utilizar la dicotomía de Freud.

Desde el título de la primera novela de las crónicas vampíricas de Anne Rice, el vampiro Louis, a semejanza de las Confesiones de Rousseau o de Una temporada en el infierno de Rimbaud, da comienzo a su testimonio. En su citado Vampire. The Masquerade (1992:10-11), Mark Rein hace hablar al vampiro. Es uno de la especie el encargado de hacer, a modo de confesión, su propia Anatomía Vampírica. Por el fundamento científico de sus afirmaciones; por su contenido psicológico y simbólico; por el modo en que retama y cuestiona algunas de las fórmulas más simplistas e ingenuas en tomo al tema, es indudablemente una de las más completas que se hayan hecho:

Aunque nuestra apariencia exterior se asemeja mucho a la de los vivos, hay algunos de nosotros que insistimos en que el cambio transforma a su sujeto en otras especies -Homo sapiens sanguineus, Homo sapientissimus y Homo Ilampiricus ya han sido adoptados como nombres para esta nueva raza…

Los grandes cambios físicos son temas de sobra conocidos, por lo cual hemos dejado que permanezcan en el dominio de la ficción popular. Los dientes caninos son en efecto largos y puntiagudos, adecuados para desgarrar y posteriormente succionar la sangre. Sin embargo, alcanzan su extensión total sólo en el instante del ataque, mientras que en otras ocasiones se mantienen retraídos en las encías gracias a la contracción de un tejido flexible en su base. De otra manera, se dificultarían el habla y la secreción de saliva. Algunos, de un clan decadente, carecen de medios para contraer sus colmillos y resultan fácilmente identificables.

Para alimentamos, básicamente necesitamos morder, retirar los colmillos de la herida y comenzar a beber. Si lamemos la herida después de beber, no quedará ningún rastro de ella. De hecho, si lamemos cualquier herida que hayamos causado con nuestras garras o colmillos, podemos curarla completamente.

Nuestra piel, como la del vampiro cinematográfico, se encuentra invariablemente pálida. Se debe, en parte, a nuestra aversión a la luz del día, pero también a nuestro permanente estado de muerte. Darüber noch spiiter. (Sobre eso, más tarde)

Nuestro apetito está motivado por la subsistencia, de ello no puede caber duda. De tal hecho, y de amargas experiencias con los alimentos que más he disfrutado en mis tiempos mortales, parece que las entrañas de un vampiro han perdido su facilidad para la digestión. Pocas veces se ve a un vampiro sobrado de peso, y casi todos descubren, después del Cambio, una nueva esbeltez. Al no ser requeridos, presumiblemente los órganos se atrofian.

El cuerpo del vampiro permanece como estaba en el instante de la muerte. El cabello y las uñas continúan creciendo durante algunos días, como lo hacen en un cadáver fresco, pero eso es todo. Si deseo que mi pelo o mis uñas sean más cortos, debo cortarlas cada tarde después de levantarme. Conjeturo que el cuerpo de los vampiros está en realidad muerto, y detenido en su proceso degenerativo sólo por el poder del Cambio. La piel se vuelve un poco más tirante sobre los huesos, como les sucede a los muertos recientes.

Los pulmones de un vampiro ya no respiran – aunque muchos han aprendido a fingir la respiración para andar entre los vivos – porque la sangre fresca de la presa provee la pequeña cantidad de oxígeno necesaria para mantener en actividad los tejidos muertos. Sólo un vampiro joven o inexperto toma sangre de la vena yugular, donde casi se halla al fin de su viaje y llena de impurezas; es preferible la sangre de arteria carótida, limpia y plena.

Así como los pulmones ya no respiran, el corazón ya no late. De algún modo, la sangre de la presa se difunde a través del cuerpo por un proceso de ósmosis, en lugar de fluir por venas y arterias. Esto puede verse en el hecho de que cuando un vampiro llora – lo cual en verdad hacemos, y con más frecuencia de lo que un mortal supone – las propias lágrimas son de sangre. Si se corta la garganta de un vampiro, se encontrarán las venas vacías. La clausura y el atrofiamiento de los vasos sanguíneos más próximos a la piel es otra causa de la pálida complexión que caracteriza al vampiro, aunque en el instante posterior a que un vampiro se alimenta es posible ver un tinte rosáceo.

La sangre de la presa… parece tener algunas propiedades notables. Somos capaces de sanar de nuestras heridas con una rapidez asombrosa. Aún sentimos dolor, y un reflejo envía sangre al área afectada – tal como ocurre con los vivos, la sangre se difundirá en el tejido afectado y alcanzará una coloración púrpura. La excepción a esta regla es la estaca tan querida por escritores y cineastas. Esta causará un cierto estado de parálisis o trance, pero no provocará la muerte. Por qué ocurre esto no lo sé, pues el corazón ya no late y no es necesario bombear el flujo sanguíneo. He escuchado varias explicaciones míticas a este fenómeno, pero confieso mi incapacidad para explicado racionalmente.

El cuerpo ya no produce ni regenera su propia sangre, y depende por completo de la presa para la obtención de sangre fresca y los nutrientes que la ciencia ha encontrado en ella. Algo en la sangre… merced al Cambio, estimula la llama de la Vida y evita su terminación, pero para impedida se necesitan regulares infusiones de sangre fresca. Y cuando un vampiro es destruido, la degeneración es asombrosamente rápida, como si el Tiempo cobrara la deuda de décadas o siglos. Nada queda sino polvo, por lo cual resulta imposible un estudio anatómico y mucho hay que dejado a la conjetura.

Somos capaces de curar nuestras heridas mediante la sangre con la cual nos alimentamos. Podemos utilizada para regenerar miembros y órganos, con el tiempo y el espacio necesarios.

La regeneración nos devuelve siempre al estado físico que teníamos en el instante de morir, incluyendo el largo del cabello, la forma del rostro, el peso – todo. Cuando el cuerpo resulta herido, se regenerará a partir del mismo molde una y otra vez. Ya estamos muertos, y por lo tanto no podemos morir excepto por obra de las fuerzas de la vida: el Sol eterno y la llama primigenia.

Queda sólo una última cuestión in re corporis, un tanto lasciva, que trataré de responder con la mayor delicadeza posible. A través de la tradición popular, el vampiro se ha convertido en una de las más poderosas figuras románticas – y más que románticas. Si bien el acto amoroso es físicamente posible para el vampiro de cualquier género, los impulsos asociados y los estímulos han muerto junto con la carne. Con un esfuerzo de la voluntad, podemos hacer que vuelvan todos estos impulsos, obligando a la sangre a dirigirse a áreas determinadas, del mismo modo en que curamos una herida, pero eso es todo. El éxtasis del Beso reemplaza cualquier otra necesidad dentro de nosotros. La sangre es el único objeto de nuestro deseo.

Vivir como vampiro es vivir con el horror… El Ansia nunca puede ser plenamente saciada. La llamamos Ansia, pero el término es lamentablemente inadecuado. Los mortales conocen el hambre, incluso la inanición, pero eso no es nada. El Ansia reemplaza a casi cualquier otra necesidad, cualquier otro impulso conocido por los vivos – comida, bebida, reproducción, ambición, seguridad – y es más urgente que una combinación de todos.

Más que un impulso, es una droga, a la cual nacemos con una desesperanzada adicción. Al beber sangre no sólo garantizamos nuestra sobrevivencia, sino experimentamos un placer más allá de cualquier descripción. El Ansia es un éxtasis físico, mental y espiritual que ensombrece todos los placeres de la existencia mortal.

Ser un vampiro es estar atrapado por el Ansia. Tal es la paradoja de nuestra vida. Es la maldición de mis semejantes.

Hay en la anterior declaración de la criatura una mezcla de poder, aceptación y elegía. Se trata de una disección fisiológica del Vampiro, de la cual es posible extraer además una especie de ontología vampírica. Se subraya, sobre todo, que la principal actividad del vampiro es la obtención de sangre, pero cómo, a diferencia del instinto de supervi­vencia del Desmodus rotundus, ese apetito no se limita a la satisfacción física sino a él se añaden vivencias de orden intelectual. En la cita anterior, hemos traducido Hunger como Ansia, para seguir la traducción española de la película de Tony Scott, donde el tema principal es precisamente esta fascinación por la sangre y la manera cómo los hermosos vampiros Catherine Deneuve y David Bowie se sumergen en la estética para aumentar el éxtasis de su vida eterna.

Por lo que se refiere a la fundamentación científica de los cambios operados en el organismo vampírico, de acuerdo con la extensa cita anterior, la forma de asimilación de la sangre por parte del vampiro no se halla lejos de la verdad. Según explica William López-Forment (1990:11-12):

Para que el flujo de sangre no se interrumpa por oxidación de la misma, la saliva del murciélago tiene un anticoagulante que no permite la agregación de las plaquetas de la sangre, sucediendo así un flujo de sangre ininterrumpido.

Después de unos 8 a 10 minutos, ha llenado el estómago y se retira a su refugio para digerir la sangre. Siendo la sangre una sustancia singularmente alta en proteína y baja en carbohidratos y grasas, y por lo tanto un alimento muy nitrogenado, el vampiro es forzado a excretar urea altamente concentrada rápidamente, y a mantener un presupuesto de agua fuertemente controlado.

La tesis anterior clausura de entrada cualquier sofisticación sobre el vampiro y revela como, si la fisiología del animal es semejante a la del hombre metamorfoseado, no debe ser fácil ni agradable pertenecer a su fauna. Uno de los críticos de Drácula anota cómo siempre le ha llamado la atención quién aseaba los trajes del Conde, y es revelador aquel capítulo donde los cazavampiros entran en el refugio del vampiro en Picadilly, y ahí encuentran, cuidadosamente cubierto, el arsenal con que el Conde hace su toilette para incorporarse al mundo de los vivos. En la sistematización que Dudley Wright (1924: 66-130) hace de las diferentes leyendas y anécdotas que existen en torno a las apariciones de vampiros en el siglo XVIII, no se habla de que resulte un privilegio ser atacado por uno de esos seres. Con todo y su poder para regresar de la tumba, esa capacidad no resulta digna de admiración. ¿Por qué, entonces, el vampiro ha evolucionado hasta convertirse, en algunas versiones del mito, en el más excitante de los seres o en el más digno de simpatía? Para Stephen King, los jóvenes de la generación de las microcomputadoras y de las enfermedades contagiosas, siguen de cerca las metamorfosis del vampiro porque su amor es casi exclusivamente oral, o al menos así se nos ofrece en la mayor parte de las novelas y películas. Con todo, también es cierto que el vampiro ha evolucionado en su erotización, desde un Bela Lugosi que en la versión de Drácula (1931) de Tod Browning sufre el corte de cámara cuando está a punto de consumar la mordedura de su víctima, hasta la escena del Drácula (1992) de Francis Ford Coppola, donde el vampiro, metamorfoseado en lobo, posee brutalmente a Lucy Westenra. Los extremos en la mordedura femenina los forman la sensualísima Orace Jones, transformada en una bestia implacable en Vamp (1991) de Richard Wenk, y cuyo horror aumenta porque jamás pronuncia una palabra, y la angelical Catherine Deneuve en El Ansia (1983), donde la francesa jamás altera la elegancia de su atuendo ni la serenidad de su rostro al succionar la sangre necesaria para su supervivencia. Estos dos últimos ejemplos también ilustran el cambio de hábitat que los vampiros han experimentado con el paso del tiempo. En lugar de vivir en castillos y casas abandonadas, lejos de la civilización, de acuerdo con la imaginería gótica, siguen el ejemplo del Conde Drácula y se trasladan a centros urbanos densamente poblados. Orace Jones es la principal bailarina de un ínfimo local de dirty dancing, perdido en los barrios bajos de Los Ángeles, mientras Miriam, el personaje protagonizado por la Deneuve, vive en Nueva York, con todas las comodidades de la vida moderna, incluida una cámara de circuito cerrado para detectar posibles intrusos.

La inefabilidad del Horror que es el vampiro puede conducir a diversos recursos para vencerlo, incorporándolo a nuestra mitología cotidiana, ya por medio de la sátira, ya por medio del repaso de las defensas que debemos tener contra él. Bela Lugosi, que pidió ser enterrado con la capa del Drácula que para muchos sigue siendo el arquetipo del vampiro – aristócrata, distante, pausado, con su inglés pleno de reminiscencias eslavas -, acaso exorcizaba el horror que le daba personificar al Horror, al aceptar la versión satírica del monstruo, con ayuda del humor insoportable de Abbott y Costello y los East End Kids.

Limitación y arma del vampiro es no poder contemplarse en un espejo. En esta falta de reflejo se halla una de las carencias del vampiro y una de nuestras posibilidades para vencerlo. Según advierte Omella Volta (Cit. por Villeneuve, 1970:83): “Al decretar que sólo el alma tiene derecho a la inmortalidad, el Cristianismo ha creado una reivindicación de la parte del cuerpo. El vampiro, impaciente de los límites impuestos por la muerte física, busca la posibilidad de que sobreviva un cuerpo sin alma”. Como el hombre que perdió su sombra en el cuento de Peter Schlemill, el vampiro es un ser en busca de su integridad, integridad que no habrá de encontrar ni mediante la posesión del cuerpo de los otros. De semejante impotencia proviene la angustia del profeta de esta especie de Anticristo, el Renfield que declara estar interesado sólo en apoderarse del cuerpo y no del alma de sus víctimas. El vampiro no quiere nuestra alma, pero la envidia: “El espejo no tiene solamente por función reflejar una imagen; el alma, convirtiéndose en un perfecto espejo, participa de la imagen y por esta participación sufre una transformación. Existe pues una configuración entre el sujeto contemplado y el espejo que lo contempla. El alma acaba por participar de la belleza misma a la cual ella se abre”.

(Chevalier y Gheerbrant, 1988:477)

De todos los objetos de este mundo que enfrentamos al que, sin serlo, pretende vivir entre los vivos, acaso el más concreto y simbólico sea el espejo. En varias antiguas culturas, se tenía la creencia de que una superficie reflejante .el agua incluida- atrapaba el espíritu, idea persistente en nuestros días entre ciertas comunidades no precisamente alejadas de lo que llamamos civilización. De acuerdo con la explicación de Omella Volta anteriormente citada, por ser exclusivamente cuerpo, el vampiro no puede ser reflejado; tampoco, como el espejo, puede reproducir otros hombres. La furia del vampiro ante los espejos, que él explica como un rechazo a la vanidad de los hombres, puede leerse como la carencia y la envidia que siente ante la integridad física que tenemos estas criaturas humanas a las que él desprecia pero sin las cuales no puede vivir. Como hace notar Manuela Dunn Mascetti (19:92:82), esta antigua creencia se explica mejor si pensamos en que se origina en una sociedad preindustrial, cuando los espejos eran defectuosos y el reflejo aparecía, como el alma, en constante movimiento, en permanente estado de mutación.

Más allá de las implicaciones románticas en que cronológicamente el vampiro alcanza su prestigio estético, su doble condición de indeseable y anhelado lo transforma en un ser capaz de crear su estado de excepción y establecer a partir de esa premisa sus propios valores. El reino del vampiro es todo lo contrario de lo que concebimos como vida. Sin embargo, el imperio que ejerce sobre la imaginación, su oferta por concedemos algo en lo que jamás pensamos, se explica porque el vampiro es todo lo que no somos y es esa Otredad la que nos atrae y nos seduce. Como depredador, el vampiro ejecuta una acción unilateral (Mascetti, 1992:11) sobre la presa elegida, ya sea para continuar viviendo, ya para crear otro ser a su semejanza. Tal es lo que vuelve categórica la conclusión a la que llega el médico personaje de Conferencia de vampiros de Francisco Segovia (1987:9): “La razón que doy a mi terror es ésta: en un ser tan estrechamente reducido a una sola y única cualidad (no estar vivo ni muerto) y a una sola y única actividad (morder y producir otro ser idéntico a él), cualquier semejanza se resuelve, necesariamente en una identidad. Así, si somos capaces de encontrar otro ser elemental con estas cualidades, podremos estar seguros de que tal nuevo ser no es sino el mismo idéntico virus. Y todos sabemos que ese ser elemental es el vampire”.

Todos estamos obsesionados por los límites entre la vida y la muerte. Sólo el vampiro los explora, los trasgrede y los modifica sin importar los medios. Un consuelo y un orgullo nos queda en nuestra amenazada condición humana: la sensación de poder que la inmortalidad le otorga también tiene su precio. Hay algo peor que la muerte, declara el Vampiro en el Nosferatu de Werner Herzog. Peor es la vida, soportada con sus frivolidades y sus cambios que son, finalmente, superficiales, porque el hombre continúa siendo la criatura miserable y gloriosa que es, simultáneamente, el sujeto y el objeto del vampiro. En Drácula, las víctimas no eligen serlo; incluso la rendición a la voluntad del agresor ocurre como consecuencia del ejercicio de sus poderes. La posibilidad de optar por el estado vampírico es una de las innovaciones que Anne Rice introduce desde el primer volumen de sus crónicas, donde pone de manifiesto la dependencia física y emocional que el vampiro tiene de los humanos. En el fondo, y aunque opine lo contrario, al vampiro no le basta matar, eliminar, hacer otros seres semejantes a él. Como ser alienado, como intruso en el dominio de la luz, necesita de un interlocutor inteligente, de alguien que lo acompañe en la soledad donde habita, a la que está condenado.

Y si queremos profundizar en la causa por la cual el vampiro no se refleja, pensemos en que al buscarlo en el espejo, no lo miramos porque en medio se cruza nuestra propia imagen, la de la criatura humana igualmente obsesionada, como el vampiro, por conocer los límites entre la vida y la muerte. Dicho de otro modo, si él necesita del hombre para continuar viviendo, nosotros, quienes los creamos en nuestros sueños o pesadillas, necesitamos del poderío de su metáfora para sentir la vida con mayor intensidad, para mirar este jardín con ojos de vampiro y sentir la palpitación de la sangre debajo del mármol aparentemente sin vida de la estatua.

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