Positivamente Engañados: Los Mitos y Errores del Movimiento del Pensamiento Positivo

Positivamente Engañados: Los Mitos y Errores del Movimiento del Pensamiento Positivo

13 DE JUNIO DE 2011

Por Steve Salerno, publicado en e-Skeptic, 15 de abril de 2009

Traducido con la colaboración de Vitor Moura

teletubbies-1Mi técnico de fútbol americano era el tipo de persona que Stanley Kubrick debía tener en mente cuando concibió al exagerado sargento instructor para su película clásica sobre Vietnam, Nacido para Matar. En la mitad de un juego en mi segundo año, yo y mis compañeros en la línea de ataque estábamos teniendo problemas para abrir espacio para que nuestros jugadores llevaran la pelota. El entrenador nos llamó aparte en el intervalo y nos alineó contra la pared. Él entonces pasó por nosotros y – de una distancia de más o menos cinco centímetros – gritó pegado en cada uno de nuestros rostros: “Quiero que usted me diga ahora, ¿va a perder otro bloqueo?!”. Había un punzón gerundio anglosajón entre otro y bloqueo, pero el buen gusto me obliga a omitirlo.

La única respuesta aceptable era “¡No, señor!”, que él esperaba que nosotros también gritáramos en un volumen ensordecedor. Esta intimidación garantizaría al entrenador nuestro coraje, dedicación y mérito para el resto de la temporada. Pero para mí, la pregunta del entrenador no parecía razonable. Todavía tenía dos temporadas y media de fútbol delante de mí. ¿Qué garantías podría dar? Y así, cuando llegó mi turno, di un suspiro y dije: “¡Mire, entrenador, ciertamente no quiero perder otro bloqueo! Pero, probablemente, sí, creo que voy a perder algunos. De vez en cuando”.

Por la mirada perpleja en la cara del entrenador, usted pensaría que acababa de convertirme en un tope de casi dos metros delante de sus ojos. Por un momento, él apenas me miró. Entonces explotó. Me llamó “espabilado”, que estaba “tratando de sobornarlo”, y me puso al final del banco. Poco tiempo después de que el juego se reanudó, sin embargo, discretamente me introdujo de nuevo en el juego. Parece que mi sustitución – por uno de esos jugadores que “nunca perderían otro bloqueo” – estaba perdiendo varios bloqueos.

No hay ninguna duda acerca de la fascinación de la idea de que usted va a ganar todos los juegos, conseguir todos los trabajos en que usted se postule, cerrar todas las ventas y conquistar el corazón de cada hombre o mujer que llame su atención. Esto quedó claro para mí muchos años después de la universidad, cuando comencé la investigación a un libro sobre el movimiento del potencial humano. Rápidamente me di cuenta de cuánto los estadounidenses estaban involucrados en su optimismo – y cuánto se ponían furiosos al ser desafiados, o incluso cuestionados sobre eso; yo estaba descubriendo lo que la ensayista Barbara Ehrenreich, escribiendo más tarde en la Harper’s, llamaría esperanza “patológica”. Es una visión de mundo que es seductora, edificante y ennoblecedora -todo eso- y, aún así, la evidencia y el sentido común sugieren que no tiene nada que ver con el establecimiento (y la implementación) de metas realistas, instituir (y observar prioridades y, quizás lo más importante, reconocer las limitaciones y los obstáculos válidos.

En una cultura cuya insaciable sed de auto-perfeccionamiento se estima en alrededor de 14 mil millones de dólares en gastos directos en 2010 (según lo previsto por Marketdata Enterprises), la primacía de una “Actitud mental positiva” (AMP) es incuestionable. La fe en el efecto catalizador del optimismo, de la auto-confianza y en los otros componentes con varios títulos de una AMP puede ser el rasgo definidor del zeitgeist. La positividad es la piedra fundamental, la condición sine qua non de la vida americana de éxito.

La Ascensión del Movimiento de la Actitud Mental Positiva

El refuerzo cultural de todo esto es potente y omnipresente. La positividad es central para muchos, basta ver el Oprah Winfrey Show, mientras que el optimismo y el mantenimiento general de una “actitud de que puedo realizar todo” forman los temas de casi todos los best-sellers de autoayuda. Vaya a Google y escriba “actitud mental positiva”, y obtendrá un cuarto de millón de resultados. Esto no es tan sorprendente como el hecho de que en la página 20 de resultados – el punto donde la mayoría de los resultados de Google han degradado mucho en significados terciarios – los resultados de la AMP permanecen fuertemente centrados en torno a la idea básica: mejorar su vida a través de pensamientos felices.

El pensamiento positivo hasta el disfrute de publicaciones en el mainstream psicológico, gracias a Martin Seligman, autor de Aprendizaje Optimista: Cómo cambiar su mente y su vida y padre de la llamada psicología positiva. La “psique positiva” defiende un enfoque terapéutico de que el vaso está medio lleno, y transmite la idea de que los pensamientos optimistas son su propia recompensa auto-realizable. En octubre pasado cientos de psicólogos de dos decenas de naciones participaron en la anual Positive Psychology International Summit, patrocinada por Toyota.

El mundo corporativo abrazó totalmente el movimiento. Según la Sociedad Americana para el Entrenamiento y el Desarrollo, porciones crecientes de los 50,000 millones de dólares que las empresas invierten anualmente en entrenamiento, se destinan a oradores motivacionales, seminarios externos y “programas salvajes”, destinados a inculcar una perspectiva positiva y confiada. Cuando el Meeting Professionals International estudió a sus miembros en 2004, el 81% prefirió la motivación pasada por celebridades en lugar del entrenamiento intensivo de habilidades. En el circuito de charlas, Tony Robbins y sus compañeros ponentes motivacionales y técnicos de autoayuda fueron acompañados por un elenco colorido e improbable de auto-proclamados gurús, incluyendo las víctimas de catástrofes en los Alpes, ex-actores pornográficos y adictos a crack confesos, y hubo espacio para un desertor de la mafia, como antes fue el subjefe Mike Franzese, de la Familia Colombo. Todos diciendo claramente que no podrían haber hecho esto sin su AMP.

El optimismo o la falta de él lleva a oscilaciones en el mercado financiero de los EE.UU. a un grado mayor que el desempeño mensurable de las empresas listadas allí. El ex presidente de la Fed, Alan Greenspan, certificó esta obviedad en un memorable discurso de diciembre de 1996 en el que usó la expresión “exuberancia irracional” para caracterizar el clima de inversión. A pesar de que América Fortune 500 no había quedado menos solvente el día después de los comentarios de Greenspan que en la víspera, Wall Street -con su propio optimismo sacudido- entró en caída libre.

En la política, los líderes al hacer discursos políticos importantes sobre cuestiones vitales van a proferir el optimismo como un valle para resultados reales, y es una moneda que el público americano acepta acríticamente. El ex presidente George W. Bush expresó optimismo sobre una serie de cosas: que el gobierno iraquí podría sostener y formar el modelo para un nuevo Oriente Medio democrático; que los EE.UU. podrían adaptar de agendas dispares una política de inmigración que satisface todo para todas las personas; que podría neutralizar las tensiones nazis-crónicas entre Estados Unidos y Corea del Norte. (Si no pudiese deshacer la causa de las tensiones, su jefe del Pentágono experto en Star Wars, el teniente general Henry Obering, estaba optimista sobre las posibilidades de derribar cualquier misil que viniera.)

Pero incluso la política ocupa una posición inferior a la del deporte, donde ganar y perder son explicados casi enteramente en términos de una AMP. En las entrevistas post-juego, los atletas y sus entrenadores glorifican el “juego mental”, hablando de pausas para reflexión y puntos de giro emocional y de quema en la barriga – todo, excepto las habilidades físicas naturales que separan a un Roger Federer o una Serena Williams de ti y de mí. Los medios, también, suspende la incredulidad en lo que se refiere a la supuesta conexión entre el querer y el vencer. En cuanto al éxito, aquellos que escriben sobre el deporte ignoran explicaciones obvias (¿talento, mucha práctica? ¿”Oportunidades”?) Y se esfuerzan en vez de encontrar la AMP que lo presagió. “Él sólo deseó eso con más fuerza” es una explicación frecuentemente escuchada de por qué un atleta superó al otro, incluso cuando se trata de una diferencia de fracciones de puntos o de tiempo que podría haber ido fácilmente al adversario. Cuando el Miami Heat derrotó a los Dallas Mavericks en 2006 en las finales de la NBA, la AP definió el tono del reportaje de los medios autorizó repasando en sus artículos la “promesa” del entrenador del Heat, Pat Riley, de traer un título de la NBA a la Florida. Este Riley, él mismo un super-astro del baloncesto, hizo esta promesa cuando asumió el mando del equipo en 1995 y no pareció molestar a nadie; no más que el hecho de que varios equipos cuyos entrenadores no habían hecho ninguna promesa lograron vencer títulos en el interino. Los sabios del deporte siguieron el guion, enmarcando la victoria del Heat como la confirmación de un juramento que había quedado acumulado polvo por 11 años.

Tales tendencias han producido algunos momentos olímpicos extraordinariamente idiotas -como aquel día en Atlanta, en 1996, cuando los anunciantes de la NBC parecían determinados a acreditar los actos heroicos del velocista Michael Johnson a cualquier cosa menos a la velocidad de sus pies. Ellos aclamaron la confianza de Johnson, su preparación mental, su determinación interior. Se llegaba a pensar que la posibilidad de que Johnson era simplemente más rápido de lo que sus adversarios no se le había ocurrido a nadie.

En resumen, entonces, se puede decir que los estadounidenses quieren ser positivos, rodearse de otras personas que sean positivas, confiar sus destinos y sus propias vidas a aquellos que exhalan positividad. En lo que América realmente cree es en la creencia.

La ironía es ésta: la noción de que el enigma del éxito es más fácilmente resuelto por la actitud que por la aptitud puede ser una de las fuerzas más sutilmente destructivas en la sociedad americana. No sólo es una censura al pensamiento racional, sino en una sociedad que ya se está volviendo amenazadora para el narcisismo, esta publicidad exagerada de la esperanza también corroe la reverencia al trabajo duro, la paciencia, el estudio, la auto-disciplina, el auto-sacrificio, la diligencia y otros componentes tradicionales del éxito.

El Secreto de la Autoestima

La respuesta definitiva de cómo llegamos a este estado de cosas es mejor dejada a los historiadores y psicólogos sociales. Pero es seguramente posible postular que el optimismo es una “memoria racial” americana: una extensión lógica del pionerismo y del sentido de destino manifiesto que tomó los primeros colonizadores. Como el miembro del consejo editorial del New York Times Adam Cohen escribió: “El pesimismo … es la más anti-americana de las filosofías”. La positividad está en el gen americano. También es sutilmente evocada en el precepto de los fundadores de la democracia americana, la declaración poética que “todos los hombres son creados iguales”, que los defensores de la actitud mental han disturbado para implicar que “todos los hombres (y mujeres) son igualmente capaces”. O, reformulado en el lenguaje importuno que es típico de materiales de autoayuda: “¡No dejes que nadie impida tus sueños!”

El llamamiento universal de ese sentimiento era indiscutible en el fenómeno del pensamiento positivo de 2007, “El Secreto” – con sus declarados 6 millones de libros y DVDs ahora en circulación. En la llamada Ley de la Atracción, el Secreto argumenta que somos “imanes vivos” – aquello en lo que creemos, bueno o malo, vendrá a nuestro encuentro. “No hay nada que cualquier ser humano no pueda ser, hacer o tener … no hay una sola cosa. No hay límite alguno”. Para Byrne, la mente rige la materia. Y eso es todo.

Como muchos de los mensajes melosos que inundan la América moderna, “El Secreto” es sobre el rechazo de las verdades “inconvenientes” del mundo físico. En la cultura general, la ciencia y la lógica quedaron fuera de moda. Somos, al final, un pueblo que cada vez más abandona la medicina ortodoxa en lugar de regímenes cuerpo-mente cuyos propios defensores no sólo se niegan a citar las pruebas clínicas, sino que juzgan a la propia ciencia como “debilitada”. (El grito de guerra de que “usted tiene dentro de sí las energías que necesita para curarse” es una razón por la cual las visitas a los practicantes de todas las formas de medicina alternativa ahora superan las visitas a los médicos de familia tradicionales por un margen de casi dos a uno.) Lo que creo más notable sobre El Secreto, sin embargo, es que de alguna forma integró la mentalidad solipsista. “La vida es lo que usted piensa que es” que ya se ha asociado a enfermedades mentales como la esquizofrenia. El Secreto era (y continúa) el tótem perfecto para su época, cautivando de modo inigualado dos generaciones antagónicas: los Baby Boomers llegando a la mediana edad en masa y desesperados para liberarse de todo lo que habían sido hasta ahora; y jóvenes adultos distantes de los padres indulgentes y, especialmente, de la escolaridad indulgente.

En efecto, si hubo un momento divisor de aguas en el pensamiento positivo moderno, tendría que ser el advenimiento en 1970 de la enseñanza basada en la autoestima: un experimento a gran escala social que hizo de ratones de laboratorio millones de niños estadounidenses. En la época, había la teoría de que un ego sano ayudaría a los alumnos a alcanzar la grandeza (aunque los mecanismos necesarios para inculcar la autoestima “temporalmente” minasen la enseñanza tradicional). Aunque en aquel momento nadie supiera realmente lo que la autoestima hacía o no, los líderes educacionales de la nación no obstante presumieron que cuanto más los niños tenían de eso, mejor.

Se siguió que casi todo sobre la experiencia escolar fue reconfigurado para apoyar el desarrollo del ego y la positividad sobre el aprendizaje y la vida. Para proteger a los alumnos de la ignominia del fracaso, las escuelas aflojaron los criterios para que muchos menos niños repitieran. La clasificación en curva se ha vuelto más común, incluso en los niveles más bajos; las normas sociales sustituyeron a las normas nacionales. La tinta roja comenzó a desaparecer de los trabajos de los alumnos cuando los administradores determinaron que los profesores hicieran las correcciones en colores menos “estigmatizantes”. La orientación de los consejeros defendía la causa de la “promoción social”, donde el bajo rendimiento de los estudiantes -en vez de quedarse atrás- fuera repasado a la clase siguiente de todos modos, para mantenerlos con sus amigos de la misma edad.

Lo que hubo después de eso fue una celebración indiscriminada de la mediocridad: las escuelas abandonaron sus listas de honor para no herir los sentimientos de los estudiantes que no conseguían alcanzar la nota necesaria. Jean Twenge, autora de Generation Me: Why Today’s Young Americans Are More Confident, Assertive, Entitled … and More Miserable Than Ever Before (La Generación Yo: ¿Por qué los jóvenes estadounidenses de hoy tienen más confianza, asertividad, habilitados … y más miserables que nunca antes?) habló de fiestas de pizza que “solían suceder sólo para los niños que sacaban A, pero en los últimos años la escuela ha invitado a todos los niños que simplemente pasaron”. (Twenge también habla de profesores que eran disuadidos de hacer correcciones que pudieran quitar el orgullo de un estudiante como un “deletreo individual”). Se prohibieron juegos en el recreo que inherentemente producían vencedores y perdedores; no podría haber vencidos en este admirable mundo nuevo de vibraciones positivas.

En medio de todo esto, las camisas y blusas de los niños se convirtieron, en la práctica, cuadros de avisos para una miscelánea de cintas, alfileres y premios que conmemoraban todo excepto conquistas reales. A veces, cuanto peores las notas, más un estudiante era premiado, bajo la teoría de que a fin de hacer que los niños en riesgo se superasen, primero tenías que hacerlas sentir optimistas y capaces.

En las décadas siguientes después de que las prioridades basadas en la autoestima confiscaron la agenda educativa estadounidense, las notas SAT, la inflación de las notas, las tasas de graduación, el desempeño de los Estados Unidos en pruebas internacionales de matemáticas y ciencias, y otros barómetros menos tangibles, demostraron que la grandeza escolar no es lo que la autoestima promueve. ¿Los administradores descubrieron que esas relajaciones “temporales” en los patrones tenían que ser institucionalizadas de una manera sistémica después de que los estudiantes transferidos al siguiente nivel tampoco conseguían – ¿o no querían? – hacer el trabajo de nivel superior. Con el tiempo, la inflación de las notas recorrió todo el camino hasta la enseñanza secundaria. (El número de jóvenes que ahora necesitan cursos de recuperación para tratar con las matemáticas de la universidad y otros trabajos bordean el alarmante 40%, en un estudio realizado por la Evergreen Freedom Foundation, un think tank del estado de Washington).

Significativamente, cuando los psicólogos Harold Stevenson y James Stigler compararon las habilidades académicas de los estudiantes de escuela primaria en tres países asiáticos a los de sus colegas de Estados Unidos, los asiáticos fácilmente superaron a los norteamericanos, pero cuando se pidió a los mismos alumnos, que clasificara sus proezas académicas, los niños estadounidenses expresaron autoevaluaciones mucho mayores que sus contrapartes extranjeras. En otras palabras, los estudiantes estadounidenses se asignaron notas altas para trabajos malos. Stevenson y Stigler vieron este sesgo como fruto del énfasis retrógrado en las aulas americanas; la Brookings Institution 2006 Brown Center Report on Education también descubrió que las naciones en las que las familias y las escuelas enfatizan la autoestima no pueden competir académicamente con las culturas donde el énfasis es sobre el aprendizaje y punto final.

Hoy periódicos académicos están repletos de artículos revisionistas que lamentan el saqueo de las escuelas americanas en nombre de la positividad. El fracaso es tan grande que la educación basada en la autoestima ha sido repudiada incluso por algunas de sus más apasionadas voces iniciales. (William R. Coulson, por ejemplo, durante la década de 1990 se convirtió en una especie de trovador lacrimal que cruzó el paisaje americano, confesando su error y suplicando a las escuelas para repensar sus programas de autoestima). El cinismo global tal vez sea mejor capturado por el título del provocativo libro de 1995 de Charles Sykes, Dumbing Down Our Kids: Why American Children Feel Good About Themselves but Can’t Read, Write or Add (Embruteciendo a nuestros niños: Por qué los niños americanos si se sienten bien consigo mismos, pero no logran leer, escribir o sumar).

La verdadera lección aquí, sin embargo, no es que las dosis masivas de positividad no produjeron brillo, es que la obsesión con el cultivo del optimismo y de la “fuerza interior”, en realidad, resultó ser contraproducente. Está claro ahora que no sólo metodologías de educación basadas en la autoestima no producen excelencia, sino que de hecho la comprometen.

La evidencia sugiere que hubo consecuencias más oscuras también. Al falsamente elogiar a los estudiantes y protegerlos del fracaso, el sistema educativo también los estaba “blindando” contra la resiliencia y habilidades que permitan al adulto maduro procesar la adversidad. Creados en el capullo protector del sistema escolar, muchas veces con el refuerzo del ambiente de padres y madres “helicópteros”, los niños crecieron sin preparación para un implacable Mundo Real.

De forma más presente, al crear un clima de merecimiento, el movimiento de la autoestima puede haber inconscientemente ayudado a entrenar a los niños a sentirse bien con respecto a un comportamiento dudoso y egoísta. Twenge descubrió un significado amargo en un informe de 2002 del Josephson Institute of Ethics, un centro de estudios de Los Ángeles que estudia las costumbres estadounidenses, que reveló que “copiar en las pruebas, robar y mentir por parte de estudiantes de secundaria ha continuado su alarmante espiral ascendente por la década”. El Instituto observa que casi tres cuartos de los estudiantes admitieron alguna forma de fraude durante el año anterior.

Así parece que, si el sistema escolar no consiguió imbuir a los estudiantes con una verdadera autoestima, fue más exitoso al fomentar el narcisismo. En el sentido clínico más simple, el narcisismo puede ser definido como un sentimiento exagerado de su lugar en el mundo. Los verdaderos narcisistas necesitan de los demás sólo por su utilidad en alimentar su sentimiento de grandiosidad. Y aún así el narcisismo es una enfermedad paradójica, en la medida en que los narcisistas nunca están verdaderamente seguros en su sentido hinchado de autoestima; que anhela una validación constante. ¿No es razonable pensar que tal condición resulte de una escolaridad que pregona una autoestima vacía e infundada? Esto es precisamente lo que el psicólogo Charles Elliott concluye en su libro, Hollow Kids: Recapturing the Soul of a Generation Lost to the Self-Esteem Myth (Niños vacíos: Retomando el alma de una generación perdida por el mito de la autoestima). Y Elliott difícilmente es una voz solitaria en el desierto.

“Uno de los aspectos más preocupantes de la autoestima por sí mismo es que usted corre el riesgo de producir niños que no pueden tolerar desafíos a la fachada que usted construyó para ellas”, me dijo el psicólogo académico Roy Baumeister, una de las principales figuras en la investigación de la autoestima, en una entrevista de 2004 para mi libro, SHAM: How the Self-Help Movement Made America Helpless (SHAM -Impostura: Cómo el Movimiento de la Auto-Ayuda dejó América Desamparada).

Esto no es poca cosa, porque el narcisismo está desenfrenado hoy, diagnosticado por una herramienta de evaluación conocida como Inventario de la Personalidad Narcisista (NPI). Twenge, que también es una psicóloga en la Universidad de San Diego, analizó las respuestas de 16,475 estudiantes universitarios que habían concluido el NPI entre 1982 y 2006. Ella observó un salto del 30 por ciento de los estudiantes que marcaron “por encima de la media” para el narcisismo entre esas dos fechas finales – un período de intensa actividad de construcción de la autoestima en la cultura americana.

Y esto, a su vez, es importante a causa del creciente cuerpo de investigación que une el narcisismo y la agresividad. Muchas de estas intrincadas relaciones de comportamiento sólo recientemente se exploraron en profundidad, y se quiere evitar los saltos de fe que marcaron el movimiento de la autoestima anterior. Sin embargo, el trabajo de personas notables de la psicología como Baumeister, Jennifer Crocker, y Nicholas Emler afirma que el mayor síntoma de grave comportamiento antisocial no es la “baja autoestima”, como teorizado una vez, sino la ultra- alta autoestima. De hecho, el estudio pionero Baumeister, publicado en 1998 en el Journal of Personality and Social Psychology, reveló que los niveles más altos de autoestima y/o narcisismo son a menudo encontrados en asesinos seriales, traficantes de drogas y otros misántropos.

El colaborador de Baumeister en el estudio, el psicólogo Brad Bushman, dijo a Science Daily, “Si los niños empiezan a desarrollar opiniones irreales optimistas de sí mismos, y esas creencias son constantemente rechazadas por los demás, sus sentimientos de amor propio podrían hacerlos peligrosos para las personas a su alrededor.

Confianza Empresarial

Vale la pena resaltar que el movimiento de la autoestima fue el resultado de una de las más colosales desgracias lógicas de la historia. Los psicólogos educativos habían observado que los niños que toman buenas notas generalmente puntúan un poco más en la autoestima que los malos. Entonces -ellos pensaron- todo lo que tenían que hacer para transformar bajos resultados en grandes resultados era “disparar” una dosis extra de autoestima. Lo que los educadores no percibieron, por supuesto, fue que ellos habían invertido la causalidad: los niños con buenas notas tenían mayor autoestima a causa de las notas, y no viceversa.

Sin embargo, estas lecciones no fueron asimiladas por los promotores modernos del pensamiento positivo, que siguen violando las reglas más elementales de la lógica y la evidencia:

La subcultura “sin límites” alega que todo es posible a través de la aplicación pura y simple de la voluntad. “El otro día rompí una tabla de pino de 12” x 12” x 1” sólo con la mano después de escuchar una conferencia motivacional de 90 minutos sobre la quiebra de barreras para alcanzar metas. (Pero) el mensaje inspirador ‘usted puede hacer cualquier cosa si está comprometido’ me incomodó … Sospecho que el facilitador del mensaje habría concordado con mi incómodidad, especialmente si yo hubiera llevado una chapa de acero 12” x 12” x 1”.

Pero entonces, el buen sentido nunca disuadió la voluntad de un gurú de la AMP en defender su causa. Ni el buen gusto. Cuando las partes de San Diego quedaron envueltas en llamas, en 2007, el gurú de auto-ayuda Joe Vitale observó en su blog que el infierno salvó las casas de algunos de sus amigos colaboradores por “El Secreto”, lo que implica fuertemente que los propietarios menos afortunados atrajeron para sí mismos el cataclismo por no ser lo suficientemente optimistas.

La AMP es muy dependiente del argumento por el ejemplo, divulgando el éxito de personas positivas como prueba de que “¡usted puede hacerlo también!” Desde el punto de vista evidencial, es absurda la táctica de “cosechar cerezas” eligiendo a la gente de éxito, preguntar a ellas sobre su estado de ánimo, descubrir que se sienten bien con la vida, y luego usar esa “investigación” al argumentar que la actitud positiva promueve el éxito. ¿Cuántas personas fracasadas también se sentían positivas – hasta que sus vidas tomaron un rumbo inesperado para lo peor? Tal razonamiento tiene tanto sentido como usar a Bill Gates y Ted Turner, dos jóvenes notables que desistieron de la universidad, como evidencia para la teoría de que no hacer la universidad lleva a la riqueza incalculable (u observar que Kobe Bryant tiene un nombre inusual y, por lo tanto, asumir que si usted da a su hijo un nombre tan inusual terminará convirtiéndose en una estrella de la NBA).

Mucho peor es cuando los gurús de AMP realmente usan los tipos de Gates y Turner como “prueba” de “por qué un diploma universitario no es tan importante como una buena actitud”. Gates y Turner son la excepción. La gran mayoría de los desistentes de la universidad no salió tan bien, no importa cuán positivos ellos hayan sido.

Un ganador comprobado: la mentalidad campeona en los deportes

Esperando imbuir sus ideologías con una bravata mística, la clase de la AMP inventó una jerga absurda de mente elevada – frases que no se pueden definir, mucho menos cuantificadas o aplicadas a la vida real. Este disparo de clichés y palabras de moda rara vez resulta en una filosofía cohesiva. Yo estoy viendo las Olimpiadas de Pekín mientras escribo esto y, a juzgar por los comentarios de varios comentaristas – todos los expertos en sus respectivos deportes – el competidor olímpico ideal es tranquilo y aún salvaje que está al mismo tiempo relajado y orientado, paciente y hambriento, un atleta que permanece dentro de sus límites, aunque sepa cómo superarlos. Este individuo extremadamente confiado (pero no excesivamente confiado) entra en la competición con una mente clara y con una concentración intensa, percibe la importancia de vencer, pero no se preocupa de perder; conoce su propio ritmo, pero siempre da el 110% – y aún tiene una energía extra guardada, si la necesita. Este es un competidor que se entrega totalmente en el campo incluso sabiendo que a veces es mejor vivir para luchar otro día …

Yo desafío a cualquiera a encontrar todas esas cualidades dispares en la misma persona (sana). Es evidente que, al final, la así llamada mentalidad campeona es lo que funciona para el campeón en cuestión. Lo que significa, en la práctica, que no hay una cosa como una mentalidad campeona, por sí misma. Esto podría ser una arrogancia insoportable para un atleta y una modestia nauseabunda para su principal rival. Vimos esto en Torino, en realidad, en el contraste total entre los esquiadores de los EE.UU. Bode Miller (el ego ambulante) y Ted Ligety (“Estoy simplemente feliz de estar aquí”).

De la misma forma, los gigantes del seminario hablan de jugadores superstar involucrados en el emprendimiento de equipos complejos como si esos jugadores pudieran llegar, tal cual Uri Geller, y doblar decenas de variables desconocidas en un patrón ordenado llevando inexorablemente a la victoria. Considere lo siguiente: “Él es sin duda un ganador”, o, más específicamente, “Él sabe cómo vencer”, elogios a menudo otorgados para atletas de primera línea como, digamos, el jugador de béisbol Derek Jeter del New York Yankees. ¿Qué significa eso? ¿Cómo es posible ser así? Jeter, situándose a pocos metros de distancia, emite ondas de energía invisibles que de alguna forma impiden a su lanzador de desistir de las carreras? Y si Jeter puede motivarse a sí mismo (y/o un compañero de equipo) a conseguir la huella certera en la novena entrada – ¿por qué esperó tanto tiempo? ¿Por qué no puso el juego en seguridad mucho antes? Además, ¿cómo explicar la gran pérdida de los yanquis? Si el hombre puede simplemente “conjura” victorias a la voluntad, entonces ¿por qué, en 2002, el año en que los Yankees conquistaron una flámula, ganando 103 partidos durante la temporada regular, Derek Jeter permitió que el equipo fuera eliminado de los playoffs por el California Angels? ¿De repente se olvidó de cómo vencer cuando más importaba?

Usted también puede ser presidente: el optimismo delirante

Los defensores más entusiastas de hoy del pensamiento positivo – no contentos en prometer solamente excelencia individual – retratan su búsqueda como la marea que levanta todos los barcos, supuestamente permitiendo a América como un todo alcance nuevos niveles de realización. Es una perspectiva atractiva, a pesar de imposible, porque tantas actividades competitivas son casos de suma cero: para cada ganador, hay varios perdedores. No hay simplemente ninguna manera de este goulash de aspiraciones conflictivas para reducir a los interlocutores sociales una sociedad estructurada en la existencia de patrones y empleados, ricos y menos ricos, vencedores y también perdedores. Y el absurdo comienza con el mensaje fundamental del pensamiento positivo en todas partes en las escuelas: “¡Usted puede ser el presidente de los Estados Unidos, si usted realmente quiere!” Incluso dejando de lado los innumerables factores contextuales que pueden entorpecer una carrera hacia la Casa Blanca, la simple aritmética de escasez de oportunidad – el hecho de que en cualquier momento habrá tal vez 10 presidencias disponibles para 150 millones o más de estadounidenses entre 35 años hasta la época de su muerte – excluye el sueño de casi todos los que sueñan con eso.

Un mensaje más verdadero sería: “Usted tiene una oportunidad mucho mayor de ser alcanzado por un rayo que convertirse en presidente de Estados Unidos. Pero relájese, no hay prácticamente ninguna posibilidad de que usted sea alcanzado por un rayo, de toda forma”.

Una vez más – como hemos visto con la autoestima – esto no es simplemente idiota. Hay un claro lado negativo en la positividad infundada.

En el mundo de los negocios, el pensamiento positivo muchas veces se manifiesta como una aversión a la planificación de contingencia. Ciertamente uno de los aspectos más preocupantes de la cultura corporativa guiada por la AMP de hoy es el modo con que intimida a los trabajadores cautelosos, haciéndolos quedarse con la boca cerrada sobre todos los signos de peligro que ven en una determinada estrategia o emprendimiento. Las discusiones francas sobre el riesgo se interpretan como indicios de negatividad de la persona, o incluso que esa persona está “lanzando las bases para el fracaso”. Los empleados que expresan preocupaciones razonables pueden ser etiquetados como “profetas de la desgracia” – y verse menospreciados durante las evaluaciones periódicas por “no formar parte del equipo”. En su artículo en Harvard Business Review, “Ilusiones de Éxito” – sobre la actual atmósfera en América corporativa – los autores Dan Lovallo y Daniel Kahneman son directos: “Nosotros recompensamos el optimismo e interpretamos el pesimismo como una deslealtad”.

Irónicamente, la incapacidad de lidiar con riesgos – lo que Lovallo y Kahneman llaman “optimismo delirante” – se convierte en un factor de riesgo por sí mismo. Es importante recordar la cita memorable de Russell Ackoff en su libro clásico, Management in Small Doses: “El costo de preparación para situaciones críticas que no ocurren generalmente es muy pequeño en comparación con el costo de no estar preparado para aquellas que ocurren”.

Más adelante en un proyecto desventurado, la AMP nuevamente muestra su desagradable presencia en la forma de una negativa obstinada en reconocer la derrota. Como el consultor Payson Hall escribe, la idea de que “cualquier proyecto es posible, dada una actitud ‘se puede hacer’” ha demostrado ser un equívoco muy caro y destructivo”. Mucho dinero se pierde porque, después de todo, si realmente cree … ¿cómo puede fallar?

El Consultor de Gestión Jay Kurtz tiene una visión más colorida en la misma trampa familiar. “La persona más peligrosa en América corporativa”, Kurtz una vez me dijo, “es el incompetente altamente entusiasta. Él está siempre corriendo demasiado rápido en la dirección equivocada”.

Productividad Positiva x Competencia Irritante

Para constatar, estudios sobre la alegada relación entre la positividad y la productividad rara vez muestran una correlación lineal. Aunque las investigaciones demuestran que los trabajadores estadounidenses son altamente productivos y relativamente optimistas, no se puede postular una relación causal sin ajuste para la miríada de variables ambientales que hacen la vida americana mucho más edificante para empezar. Los estudios más rigurosos de la historia, como el esfuerzo dirigido de 1985 por los psicólogos Hackett y Guion, lanzaron dudas sobre las correlaciones más básicas que usted esperaría encontrar, por ejemplo, entre la satisfacción en el trabajo y la alta frecuencia en el servicio. Cabe señalar que, en Japón, la propia fuente del “5S” y otros programas de productividad alardeados actualmente en Fortune 500 América, los empleados no son exactamente eufóricos. De acuerdo con un estudio realizado en 2002 por Andrew Oswald, profesor de economía en la Universidad de Warwick, Reino Unido, sólo el 30% de los trabajadores japoneses se describen como “felices” en el trabajo.

Al final, hay poca evidencia confiable de que una actitud positiva tenga algo que ver con el resultado de cualquier emprendimiento objetivamente mensurable. Hay, de hecho, una evidencia modesta, pero intrigante, de que una perspectiva positiva puede ser mala para los negocios. El año pasado, un equipo de psicología de la Universidad de Alberta estudió varios grupos de trabajadores en el montaje de circuitos impresos y consideró a los empleados malhumorados superiores a sus contrapartes optimistas. La gente alegre estaban invirtiendo mucho en su alegría y dedicaban una energía significativa para perpetuarla. Sus compañeros de cara cerrada simplemente se dedicaban a su trabajo – y lo hicieron mejor: los descontentos cometieron la mitad de los errores. (Ni, por cierto, debemos descartar el papel desempeñado por el optimismo injustificado en la reciente quiebra de las hipotecas y viviendas – por parte de los acreedores y deudores igualmente)

El fisicoculturista Mike Mahler, por su parte, discrepa de la mayoría de las personas en las artes de entrenamiento físico, acusando la cultura de la actitud por encima de todo de hoy como “una forma garantizada de jamás alcanzar sus objetivos … Digamos que usted falla, con el exceso de peso y no tiene amigos. Usted decide aplicar el pensamiento positivo … Usted se dice a usted mismo que usted es afortunado por ser usted y camina con una sonrisa en su cara. ¿Esto está realmente resolviendo el problema?” Sabiamente, Mahler nota que es el descontento que “motiva la acción y el cambio”. Descontento y – ¿sólo tal vez? – la disposición a aceptar el fracaso.

Espera el fracaso … pero sigue intentando.

Conozca al Dr. James Hill. Él es director del Centro para la Nutrición Humana, una agencia financiada por NIH que Hill supervisa de su cargo de profesor de pediatría en la Universidad de Colorado. Hill se preguntó por qué la mayoría de las personas que pierden peso en dietas rápidas pronto recuperan todo y aún ganan algunos kilos. Trabajando en conjunto con colegas de la Universidad de Pittsburgh, el equipo de Hill compiló un Registro de Control de Peso Nacional que incluye a 4,500 individuos que perdieron al menos 13kg y así se mantuvieron por al menos un año. Después de la investigación y el estudio de los datos, Hill identificó las principales características que permitieron que estas personas que buscaban adelgazar alcanzaron sus resultados impresionantes, y él las ha destrinchado en una serie de consejos. Entre los primeros consejos esta este: Espera el fracaso … pero sigue intentando.

¿Espera el fracaso? Esto no es algo que usted oirá en el programa de Oprah, ¿no? Sin embargo, al menos entre los que adelgazaron de Hill, había la anticipación del fracaso -combinado, sí, con la voluntad de perseverar- que abrió el camino para el éxito.

Un mantra como espera el fracaso, pero sigue intentando es un ejemplo perfecto de un término medio del sentido común que tiene una oportunidad cero de ganar fuerza en la cultura pop de hoy. Los estadounidenses están condicionados a mamar de la teta de mensajes categóricos, edificantes. Muchos de nosotros no queremos oír “tal vez usted puede hacerlo, y tal vez usted no puede”. Aunque sea verdad.

Preferimos apegarnos a la noción de “por supuesto que puedes hacerlo”. Aunque sea falsa.

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