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Roca con la cara de Washington y de Cristo (pareidolia)

Mujer de Tucson ve la cara de Jesús en una roca de río

17-dic-2007

Washington Una mujer de Tucson que paseaba por la ribera del río Santa Cruz dice que encontró una roca. Con dos caras.

Rae Oliver descubrió la piedra la semana pasada.

“Así que la recogí, y, ¡ahí estaba Jesús! Y la estudié y examiné y le di vuelta y en el otro lado estaba George Washington”.

Su vecino, Ron Mozitis, dice que le llevó unos pocos minutos antes de ver la imagen de Cristo. Con la roca en la mano, dice: “Veo el Presidente Bush con la boca abierta. No espere… cuando la ve de esta forma, definitivamente ve el perfil de Jesús”.

El significado de esto puede ser dejado a la interpretación. Oliver dice que ve las iniciales G.W. de George Washington proclamando la Sabiduría de Dios (God’s Wisdom). ¿Y la cara de Jesús en el otro lado? “Es un signo de los tiempos por venir y que tenemos que cambiar y ser más amables y más parecidos a Dios”.

Oliver dice que no tiene grandes planes para la roca con os caras. Ella dice que por ahora está reservando un lugar especial para la misma. O, “eBay es una posibilidad”.

Ella dice que es un don de Dios que llegó justo a tiempo para Navidad.

http://www.kvoa.com/Global/story.asp?S=7510111&nav=HMO6HMaY

Un encuentro cercano en el siglo XIX

UN ENCUENTRO CERCANO EN EL SIGLO XIX

Este es un caso que, en su momento, le hubiera gustado conocer a Maussan y que de inmediato hubiera gritado “¡Evidencia irrefutable!”. De hecho, cuando yo lo leí por primera vez se me cayó la quijada.

Paro ya saben cómo es uno de necio, de terco y de escéptico. De todos modos no me lo creí y supuse que había alguna explicación. El tiempo me dio la razón.

Pero ya me adelanté mucho. Comencemos por el principio.

Account En 1979, St. Martin’s Press publicó un libro titulado An Account Of A Meeting With Denizens Of Another World, 1871 (Un relato de una reunión con habitantes de otro mundo, 1871). El relato había sido escrito por un carpintero, constructor, enterrador y empresario victoriano llamado William Robert Loosley.

Loosley había vivido en el siglo XIX en Wycombe, Buckinghamshire, Ingla­terra. Era tan hábil que incluso llegó a construir los muebles para la finca del primer ministro Benjamin Disraeli.

Loosley murió en 1893 y todas sus posesiones pasaron a manos de su hijo. Entre ellas estaba un escritorio finamente trabajado que había usado para su negocio de enterrador. Este y otros muebles fueron guardados en una bodega en Oxford Road.

Pasaron los años y vinieron otras generaciones. En la segunda mitad del siglo XX los muebles fueron heredados por la tataranieta de Loosley, Hazel. La joven comenzó a restaurar los muebles y descubrió que el escritorio tenía, además de sus múltiples gavetas, un compartimiento oculto que estaba cerrado y asegurado por una manijilla de latón que había sido encajada dentro de la ranura de una división.

Cuando finalmente pudo abrir el compartimiento encontró un sobre en su interior. En la portada la esposa de Loosley, Mary Ann, había escrito:

“Cosas de William. Su sello y su lacre. Historia que escribió en estado febril; quería que saliera a la luz, pero no he de dañar su memoria. Cartas privadas que me escribió”.

En su interior estaba la historia manuscrita de un extraordinario encuentro ocurrido en 1871. Un encuentro con algún tipo de inescrutable máquina animada que cayó del cielo. Loosley había tomado la decisión de escribir ese relato, que sólo era conocido por su esposa. Nunca lo contó a sus vecinos pues temía que lo consideraran un loco y su reputación se viera afectada.

Poco antes de morir le pidió a Mary Ann que publicara su manuscrito, pero ella decidió que una historia tan descabellada no debería conectarse con el nombre de su esposo, ni siquiera después de haber muerto éste.

Resultó que la tataranieta de Loosley era la esposa del escritor de ciencia ficción David Langford, quien tiene un grado honorífico en física por la Universidad de Oxford. Fue a insis­tencia suya que la familia accedió a que se publicara el manuscrito de Loosley. El volumen contiene el texto literal, junto con incisivos comentarios y análisis científicos aportados por Langford.

Langford advierte sobre la posibilidad de un engaño, alucinación e incluso sobre los relatos ficticios aportados a la ufología en el pasado. Langford escribe en el prefacio:

Loosley4 El gran problema de los ovnis, ha sido siempre la tendencia de las personas a llamarlos objetos voladores no identificados y, casi al mismo tiempo, identificarlos, normalmente como visitantes de algún lugar fuera de aquí. Saltar de una creencia de que ciertos fenómenos son no identificados, a la afirmación de que son de origen extraterrestre, no concuerda exactamente con la lógica científica, a menos que se pueda establecer la cadena de pruebas (y no, no podemos tirar todo el edificio de la lógica científica con tales disposición.) Pero tampoco es científico descartar el problema.

Luego procede a demostrar cómo ciertos elementos de la narración de Loosley contienen nociones que llevan al observador objetivo a pensar que la experiencia de este hombre acaso pudiera ser un genuino encuentro con alienígenas.

Algunos de los conceptos científicos no han venido a ser del conocimiento general de la comunidad científica de hoy día sino hasta hace poco, y Loosley pensó que estos conceptos eran parte de una tonta e inconsecuente “exhibición” que se permitieron los alienígenas.

LA HISTORIA

El relato de Loosley comienza en el anochecer del 3 de octubre de 1871. Esa noche vio una “estrella fugaz” cerca de su casa, descendiendo lentamente. La “estrella fugaz” emitió un ruido como de trueno y luego aterrizó silenciosamente en los bosques cercanos a su hogar.

Al día siguiente, intrigado por el hecho, Loosley se dirigió al bosque, con la idea de encontrar árboles quemados y posiblemente fragmentos de un meteorito. Al no encontrar nada, comenzó a hurgar con su bastón bajo el suelo justo en el lugar que la “estrella” había iluminado la noche anterior. De pronto se topó con algo metálico bajo la hojarasca. ¡Hubiera se­guido creyendo que era una simple parte desechada de algún instru­mento de labranza a no ser por el hecho de que aquello repentina­mente cobró movimiento propio! El objeto tocó su bastón dos veces.

Loosley3 “No es fácil describir lo que vi, una cosa a cuya vista tuve un acceso de asombro y me pregunté que es lo que me hacía quedarme en ese lugar. La primera imagen que surgió en mi mente fue el grabado de uno de los sólidos perfectos de Platón (cuando era aprendiz una vez tallé cinco en una caja de madera): el icosaedro o cuerpo con veinte caras. La ventana en las hojas, entonces, se asemejaba a un icosaedro de metal brillante; de unas dieciocho pulgadas de altura, con tal vez más caras que el verdadero cuerpo platónico (no estoy seguro), y menos perfectas en su regularidad. Pero los bordes no eran afilados, fueron redondeados y suavizados por algunos artesanos que podían lograr en el metal lo que ya es suficientemente difícil en la madera. La simetría se veía empañada además por muchas pequeñas protuberancias del mismo metal brilloso; sólo una cara estaba libre de esas manchas…”

El objeto se meció sobre su base y entonces, según las palabras de Loosley:

“Con el sonido de una pequeña y bien engrasada cerradura, se abrió lo que se podría pensar era un ojo. Para ser exactos, una protuberancia redondeada que ahora me apuntaba, demostrando ser móvil, la piel metálica de la misma se retrajo hacia el cuerpo de este objeto, revelando una lente de cristal o de vidrio, de un poco menos de una pulgada de ancho. Con todo que traté de ver, no pude dis­tinguir cosa alguna en la impene­trable oscuridad tras de la inespe­rada ventanilla”.

Instantes después se abrió un se­gundo “ojo”, que esta vez lanzó un brillante haz de luz púrpura a la cara de Loosley. Una varilla del­gada y flexible se extendió hacia el tronco de nuestro hombre y el pro­pio objeto metálico empezó a acer­cársele “de modo no muy distinto a como lo haría un juguete infantil de cuerda”.

Loosley retrocedió, seguido por el objeto metálico. En su huída dejó abandonado su bastón. Loosley pensó que en el interior debía haber unos di­minutos seres que lo estaban ace­chando para darle caza. Pero el aparato era demasiado lento para alcanzarlo y pareció detener­se en cierto límite, por lo que de nuevo se armó de valor y regresó a ver qué estaba haciendo el objeto.

Al llegar a donde estaba, observó que se encontra­ba examinando cuidadosamente una rata o ratoncito muerto, ha­ciéndolo girar despacio una y otra vez con la varilla, y lanzándole luego el haz de luz. Acto seguido el animalillo muerto fue arrastrado al interior. Luego tomó el bastón abandonado de Loosley. En ese momento apareció un segundo objeto que co­menzó a seguirlo. Entre los dos parecieron conducirlo hacia una zona del bosque. Ahí, en una hondonada había un objeto más grande, del que probablemente habían salido los ob­jetos menores para explorar los bos­ques. El primer objeto metió el bastón a su interior y cerró la puerta.

Loosley2 Al llegar a la hondonada se encontró con un hombre. ¡Una répli­ca exacta de William R. Loosley! Había sido copiado hasta en el más mínimo detalle de un modo sobrecogedor. Y podía atravesar con las manos al otro hombre sin sentir nada.

El otro “Loosley” hacía diversos movimientos, incluyendo el poner­le a él las manos sobre el rostro. Luego la imagen desapareció. En su lugar apareció un globo con seis pequeños re­flejos de luz en serie. El carpintero pensó que eso era una prueba de cálculo o una forma de comunicación. Pero él no sabía como contestar. Tocó el globo siete veces, después de lo cual éste se desvaneció.

Nuevamente apareció la varilla y comenzó a palpar el cuer­po de Loosley. De repente, su ex­tremo provisto de una menuda ga­rra le hizo una punción en la piel. Al sentir la sacudida de Loosley, la varilla de inmediato se retrajo hacia el objeto.

Langford supone que era una especie de toma de muestras, una biopsia.

Después una especie de luz mostró una gran “cosa con facetas” que proyectó una especie de psicodrama al perplejo carpintero. Eran variaciones de globos y aros en movimiento. La exhibición cansó al carpintero porque no podía entenderla. Según Langford podrían ser la base del conocimiento alienígena, pero para Loosley era un mensaje de Dios.

“Me pregunto con la mayor seriedad si era yo el bruto que se quedó atónito, incapaz de comprensión, an­te los sagrados misterios que me mostraban misioneros venidos de muy lejos”.

Poco después de la noche, los objetos desaparecieron en los cielos y Loosley regresó a su casa. Desde su hogar, volvió a oír el trueno. Una luz se elevó del bosque y desapareció finalmente en las nubes alrededor de las 2 AM, mientras él observaba desde su ventana.

ANALISIS DEL MANUSCRITO

David Langford estudió el manuscrito y en el prefacio al libro publicado en 1979 menciona que el texto es muy preciso en el idioma británico de la época victoriana y que sólo un experto podría encontrar anacronismos no fáciles de detectar que mostraban que el manuscrito era un enga­ño moderno que pretendía pasar por un relato de 1871. Hay algunos sutiles deslices, pero nada que alerte realmente al lector ocasional.

Loosley1 A renglón seguido mencionaba que la serie de números, en forma de destellos en apariencia casuales, que le mostraron a Loosley, parecían formar la serie de los coeficientes de expansión binomial de la sexta potencia, salvo que había un error en el número 15, el cual debía ser dieciséis. Para Langford el error fue debido a la mala memoria de Loosley, que no pudo recordar la serie completa, sustituyendo un quince con un dieciséis, dejando la serie: 1, 6, 15, 20, 15, 6, 1. Langford apunta:

“El binomio es uno de los modelos fundamentales que aparecen por todo el ma­pa de las matemáticas -en álgebra, estadística, teoría de los números­ y se relaciona a su vez con el ‘Triángulo de Pascal’, que recibe este nombre por el matemático del siglo XVII, Blaise Pascal. Esta disposición de números, pues, se co­necta con un modelo matemático universal, así como los sólidos pla­tónicos son universales en la geometría… Cada número es la suma de los dos que están sobre él”.

Según Langford, otros despliegues de luces que se le mostraron podrían haber implicado un conocimiento avanzado de cosmología, equivalencias masa ­energía, y otras áreas de investiga­ción, así como datos acerca de in­teracciones atómicas y nucleares.

Una de las exhibiciones puede haber sido un sistema solar en mi­niatura, destacando al quinto pla­neta de un sol diferente, aparente­mente el origen de los alienígenas del espacio. Otra posibilidad más intrigante es la idea de que los alie­nígenas estaban enseñándole a Loosley la respuesta al problema de la partícula ondulante de la física. Langford agrega:

“… pero es cierto que en 1871 no sólo no existían los instrumentos matemáticos para abordar el problema… ¡sino que éste no existía como tal! El electrón no quedó determinado ca­balmente como partícula hasta que J. J. Thomson lo descubrió en 1897; la teoría cuántica de Planck de 1900 y la determinación del nú­cleo por Rutherford en 1911 fue­ron necesarias antes que pudiera postularse siquiera el simple áto­mo de Bohr (1913). El manuscrito de Loosley describe el átomo de Schrodinger que vio la luz más de una década después”.

Algunos de los aros que rodea­ban a las esferas podrían haber sido trazados con la intención de mos­trar la estructura del átomo del carbono, estructura fundamental que ayuda a formar la base de la vida en la Tierra y asimismo el ciclo carbón-nitrógeno del universo, en el que los soles convierten el hi­drógeno en helio y producen la energía excedente.

Langford resumió sus conjetu­ras como sigue: Unos alienígenas de otra región del espacio trataron de estudiar la Tierra en 1871, y vinieron en busca de evidencias de vida organizada. Unas pequeñas naves exploradoras autó­matas, que tenía prohibido entrar a zonas pobladas, salieron de la nave nodriza mayor para explorar y re­coger evidencias y muestras para su análisis. Vinieron a dar con Loosley, quien mostró inteligencia al servirse de una herramienta (un bastón), que tenía la punta de me­tal (lo que obviamente dejaba ver cierto adelanto). Lo fotografiaron, lo examinaron, le tomaron una muestra de sangre o una biopsia, y le hicieron una prueba de inteli­gencia.

Langford Pasada la prueba de matemáti­cas, se le dio información sencilla y luego avanzada que supuestamen­te entendía o recordaba, o bien la anotaba en un sistema de registro propio. Es posible que los alieníge­nas tuvieran memorias superiores y creyeran que también él la tenía.

Enseñándole modelos estelares desde el punto de vista de la Tie­rra, procedieron a hablarle de físi­ca molecular, astronomía y otras áreas de estudio. Es posible que estuvieran describiéndole la muer­te térmica que le aguarda al universo, un adelantado concepto que se es­tá estudiando en la actualidad. Por otro lado, pueden haberle estado transmitiendo avanzados conoci­mientos sobre utilización de la energía.

Terminadas sus misiones en va­rias partes del mundo, las unidades se reagruparían en la na­ve nodriza y abandonarían la Tie­rra.

La historia fue divulgada en diversas revistas de ovnis. Whitley Strieber hace referencia a este relato en su novela de 1989 Majestic. Él escribió al editor de Langford cuando trabajaba en su novela. Se le dijo que la historia era ficticia y que Langford había fabricado todo. Sin embargo Streiber decidió incorporarla de todos modos, como parte de su historia “ficticia”.

De hecho Langford soltó pistas aquí y allá en el texto, de que todo era una novela de ciencia-ficción. Una pista evidente que todo era un invento es que no se incluyen reproducciones de los manuscritos de Loosley. Pero, incluso después de haber confesado algunos ufólogos no aceptan esto. Siguen presentando la historia de Loosley como una “evidencia irrefutable”.