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Nov
30

LATIGAZOS TERAPÉUTICOS

Juan José Morales

Si la algioterapia llega a popularizarse tanto como esperan sus fanáticos, los médicos tendrán que cambiar el estetoscopio por un látigo de 7 colas y la tradi­cional bata blanca por un atuendo -capucha incluida- de verdugo del Santo Oficio o el uniforme de los guardianes de campos de concentración nazis, con relucien­tes botas y elegante chaqueta de cuero.

Y es que la algioterapia o algos­terapia -como también se deno­mina-, una sedicente medicina alternativa, busca exactamente lo contrario de lo que durante siglos han intentado los médicos: pro­vocar dolor en lugar de evitarlo o aliviarlo. Aseguran sus promotores que una buena dosis de sufrimien­to ocasionado por azo­tes, pellizcos, golpes y otros tratamientos por el estilo hace más que cualquier medicamen­to o procedimiento qui­rúrgico para curar la depre­sión, la anorexia, la celulitis, las deficiencias en el desarrollo, la hiperactividad, las toxicomanías, las carencias de concentración, la pérdida de control sobre la propia vida, y otros muchos males físicos, psíquicos y emocionales.

Aquí conviene precisar que no debe confundirse la algioterapia con la algoterapia, que es un trata­miento cosmético a base de algas. A la algioterapia -del griego algos, dolor, y therapeuein, sanar o curar­se le define grandilocuentemente como “Una técnica de sanación complementaria consistente en la aplicación controlada de pequeños periodos de dolor intenso (general­mente de 15 a 30 minutos, aunque a veces puedan ser necesarios tra­tamientos intensivos, más prolon­gados)”. En esencia, consiste en “La sobreestimulación dolorosa de determinadas zonas del cuerpo, donde se encuentran órganos pro­ductores de hormonas. Esta sobre­estimulación dolorosa puede ser sin duda desagradable, pero no conlle­va riesgo alguno para la salud”.

Es ideal -se asegura- para trastornos físicos, psicológicos y emocionales que implican un des­balance orgánico.

Aunque, justo es decirlo, no ofre­ce curar el cáncer, el Alzheimer o la tuberculosis. Más bien es algo así como un sucedáneo muy sui géneris del diván del psicoana­lista, con la ventaja adicional de que si el paciente es maso­quista, la pasará de maravilla durante las sesiones, pues le resultarán en extre­mo placenteras.

TRATAMIENTO DE CHOQUE

Los llamados algioterapistas sostie­nen que la medicina, al concentrar sus esfuerzos en suprimir el dolor con analgésicos, calmantes, anestési­cos y otros productos, ha hecho que el ser humano olvide la importancia de esa sensación como mecanismo fisiológico fundamental, junto con la sexualidad y el hambre. El dolor, dicen, tiene efectos positivos, y al dejar de experimentarlo el hombre moderno ha perdido la capacidad de estimulación que un buen dolor provoca. Pero, agregan, así como algunos movimientos espiritualistas han redescubierto las virtudes del ayuno, la algioterapia es una especie de ayuno sensorial, de disparador que pone en marcha mecanismos olvidados por el ser humano pero fundamentales para el organismo.

Recomiendan, por lo tanto, co­mo tratamiento de rutina, someterse ca­da 2 semanas a una buena sesión de al­gioterapia. Si se apli­ca regularmente, ase­guran, el organismo se mantendrá sano y estabilizado. Y no es necesario acudir a un especialista. Pue­de uno autoflagelar­se o aplicarse unos buenos azotes en las nalgas, los muslos o la espalda con una tableta de madera. O bien se puede te­ner la ayuda de alguna persona de confianza que se encargue de administrarlos. Aunque, desde luego, lo recomen­dable es ponerse en manos de espe­cialistas, es decir, de algioterapeutas calificados. Por supuesto estos caba­lleros -o damas- no necesitan pasar por una escuela de medicina o enfermería (de hecho en ninguna se enseña algioterapia). El diplo­ma que los acredita como tales se obtiene en instituciones de nom­bre rimbombante y nula seriedad científica, como la llamada Escuela Internacional de Algioterapia o la Escuela Española de Algioterapia.

Pero como parece que no mucha gente se deja convencer de poner las nalgas al aire y permitir que le propinen una tanda de palme­tazos simplemente para mantener su equilibrio orgánico o combatir el estrés y la depresión, los algio­terapistas ya encontraron un par de anzuelos infalibles para atrapar a 2 tipos de potenciales pacien­tes más abundantes que los peces en el mar: los gorditos y los ado­lescentes. Afirman que su técni­ca permite adelgazar a cualquier persona como por arte de magia o hace desaparecer en un santiamén el acné más severo.

En cuanto a los barros y espini­llas, las “pruebas” de lo eficaz que es la algioterapia para acabar con ellos son los acostumbrados testimonios anónimos o de personas desconocidas, como el de una chica que “Estaba acomplejadísima e ir a clases era un martirio. Pero fue sólo cosa de comenzar el tratamiento y en 3 o 4 meses, ¡zas!, el acné de­sapareció”.

Y respecto a la portentosa capa­cidad del dolor para hacer que las llantitas se desvanezcan sin dejar rastro no hay tampoco prueba clí­nica alguna que lo demuestre, sino tan sólo la afirmación, sin mayores explicaciones, de que “La sobreestimulación dolorosa es capaz de re activar los sistemas del organis­mo capaces de destruir la obesi­dad localizada, esté donde esté. Una sola sesión producirá pérdidas hasta de 5 kilos, y una o 2 sesiones al mes son suficientes para no vol­ver a preocuparse de la grasa nunca más. Sólo hace falta ser un poquito valiente”.

Y ciertamente, hay que tener valor para someterse a los tratamien­tos algioterapéuticos, que pueden ser de 2 tipos: sostenidos, con sesio­nes de media hora a 2 horas una o 2 veces al mes, o de choque, en los cuales la sesión se prolonga entre 4 y 72 horas y la paliza se aplica con mayor intensidad y agresividad.

PAGO EN ESPECIE

Como es usual con las llamadas medicinas alternativas, de la algio­terapia se dice que sus orígenes se remontan a la época de la civiliza­ción griega, mas fue ocultada por la medicina oficial y -en los últimos tiempos-, por la próspera indus­tria del adelgazamiento, que la ve como una temible competidora.

En sus anuncios los algioterapis­tas aclaran que no cobran mucho sino, por el contrario, tienen muy en cuenta la situación económica y social de sus pacientes. Aunque barata, lo que se dice barata, esta pseudomedicina no lo es. Pero -añade la publicidad- “La mayoría de terapeutas aplican una generosa política de descuentos para personas con problemas eco­nómicos, tratamientos prolonga­dos, estudiantes o jubilados, etc”. Son también, agregan, lo bastante considerados para no exigir el pago completo al momento, sino que lo aceptan diferido, en abonos men­suales y hasta en especie, aunque no precisan cuál es la especie.


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    23

    CHARLATANERÍA DE 2 POLOS

    Juan José Morales

    Mesmer Los promotores de la lla­mada magnetoterapia, biomagnética, imántera­pia o terapia magnética, que se basa en la aplica­ción de imanes a diferentes partes del cuerpo, afirman que ese proce­dimiento permite curar el cáncer, la diabetes, el asma, la pulmonía, las úlceras gástricas, el glaucoma, las ca­taratas, la impotencia sexual y 105 padecimientos más. Fue inventado hace 5,000 años en China pero dejó de emplearse por largo tiempo y a mediados del siglo XX la ciencia lo redescubrió y ahora ha vuelto para hacer maravillas que la medicina ni siquiera puede soñar.

    En realidad las primeras referen­cias sobre intentos de usar el mag­netismo para curar datan del siglo XVI, cuando el médico y alquimis­ta Paracelso pensó que, si los imanes atraen el hierro, podrían hacer lo mismo con las enfer­medades y sacarlas del cuerpo.

    Por supuesto, nadie sosten­dría hoy tan cándida afirmación. Pero los fundamentos de la mag­netoterapia son tan disparatados y reñidos con el conocimiento cientí­fico como las ideas de Paracelso y Anton Mesmer, un pintoresco char­latán que a fines del siglo XV hizo una fortuna tratando a sus acauda­lados pacientes -entre ellos María Antonieta y Luis XIV- en “tinas magnéticas”. Aseguran los Magnetoterapistas que a cada polo de un imán “le corresponde una forma de energía eléctrica distinta. El polo norte significa detención, freno, y el polo sur avance, aceleración, da vida y energía”, lo cual -agregan- se debe a que en el polo sur “hay un remolino de electrones que gira en el sentido de las agujas del reloj, con una carga positiva», mientras que en el polo norte hay otro remolino semejante pero que gira en sentido contrario (los electrones, por cierto, siempre tienen carga negativa, giren como giren).

    ADIÓS A LAS CANAS

    Otros afirman que «la energía del polo sur constituye un tratamiento capaz de resucitar células supuestamente agotadas y desvitalizadas, pero hay que complementar inmediatamente dichas aplicaciones con otras de energía del polo norte”.

    Sostienen también que mediante el magnetismo se puede mejorar la circulación sanguínea “porque la san­gre contiene hierro, que es atraído por un imán”. En realidad, la concentración y disposición de los átomos de hierro en las moléculas de hemoglobina es tal que los imanes no actúan sobre la sangre.

    Algunos más, para no compli­carse la vida con explicaciones ni exponerse a decir tonterías, tranqui­lamente afirman que “los imanes no curan. Le devuelven la normalidad al cuerpo, para que el proceso de curación pueda iniciar por sí solo». A fin de cuentas, se trata de la vieja afirmación de Mesmer de que por el cuerpo corre un fluido magnético muy sutil, que las enfer­medades se deben a anomalías en su movimiento y que, para curar al paciente, basta restablecer el flujo normal.

    Y por si todas las bondades curativas atribuidas a los imanes fueran pocas, podrían acabar con la industria de los tintes y cosméticos, pues –dicen muy seriamente los magnetistas- tam­bién hacen desapa­recer las canas y rejuvenecen a quien los usa.

    Desde luego, no hay una sola eviden­cia científica de que aplicar imanes en la nariz, las orejas, el cóccix, las uñas, la nuca o cualquier otra parte del cuer­po cure absolutamente nada ni con­vierta a los ancianos en jovenzuelos. Las terapias magnéticas se sustentan sólo en afirmaciones ridículas y descabelladas, y en las acostumbradas “pruebas” testimoniales de perfectos desconocidos que dicen haberse curado milagrosamente después de que ningún médico pudo con sus males.

    PRÓSPERO COMERCIO

    TerapiaImanes Pero pese a la carencia de pruebas, demostraciones y resultados, sigue habiendo miles de embaucadores que ofrecen “tratamientos magnéticos” y un próspero comercio -del orden de miles de millones de dólares en todo el mundo- de una variada parafernalia magné­tica. Hay antifaces para dormir como lirón y soñar con los ange­litos, plantillas para recibir desde los pies curativos efluvios mientras se camina, aretes magnéticos que con solamente colgárselos de las orejas le harán perder 10 kilos o más, rodilleras y coderas que aca­ban con el dolor de articulaciones, diademas que dan memoria de ele­fante al más olvidadizo y eliminan como por ensalmo la migraña más rebelde o la jaqueca común, chale­cos magnetizados para mantener el corazón sano y fuerte como el de un oso, collares magnéticos que con sólo llevarlos colgados del pes­cuezo ahuyentan el cáncer, asientos magnéticos para aliviar el dolor de las hemorroides y facilitar la digestión al permitir que por cierto orificio natural los intestinos reci­ban vorágines de electrones, y fajas capaces de eliminar las llantitas de grasa en la cintura y reducir los niveles de glucosa y colesterol en la sangre.

    No se conforme con agua común y corriente. Beba agua “magnetiza­da” (sabrá Dios cómo puede mag­netizarse un líquido no metálico). Para ello hay pirámides magnetizadoras de vasos, jarras o garra­fones. Si es usted medio lujurioso (o lujuriosa), no lleve a su pareja a una vulgar cama. Cómprese un colchón magnético, cuya poderosa influencia multiplica la potencia sexual.

    Y para rematar, el último grito de la moda: una monísima boina magnética de la cual no se dice muy claramente qué cuali­dades tiene pero al parecer actúa sobre el cerebro, embota la inte­ligencia y hace que la gente siga regalando su dinero a cualquier timador.

    Ahora bien, si en lugar de andar gastando su dinero en tales cachi­vaches o pagarle por sus servicios a un magnetoterapista prefiere usted ser uno de ellos y vaciar el bolsillo de los demás, hay por ahí “institu­tos” y “academias” que en sólo 8 sesiones semanales de 3 horas y por la modesta suma de 2,200 pesos le enseñarán -aunque no haya pasado del 6º grado de primaria- a “diagnosticar los desequilibrios de la energía vital” y «aplicar técni­cas terapéuticas». Los tales cur­sos -dicho sea de paso- no son supervisados por la Secretaría de Salud, pese a que en el temario se incluyen “aplicaciones específicas para el tratamiento de enferme­dades”.

    Pero si la idea de ser un esta­fador le remuerde la conciencia y sigue creyendo que llevar ima­nes sobre el cuerpo le hará algún bien, no malgaste su dinero: hágase sus propios guantes, gorras, anti­faces, diademas, fajas, chalecos o cinturones con esos imanes de los anuncios para adherir al refrige­rador que regala cualquier piz­zería. No le costarán nada y son tan ineficaces como los vendidos por los magnetoterapistas a precios exorbitantes.


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    Nov
    17

    LA INTELIGENCIA EN LOS HUESITOS

    Juan José Morales

    Hay quienes confían en la quiropráctica por creer que es una rama de la medicina o una especialidad semejante a la ortopedia, que su objetivo es corregir anomalías del sistema óseo y que se basa en investigaciones científicas sobre el funcionamiento y estructura del cuerpo humano. Pero si supieran cómo surgió y cuáles son sus fundamentos, seguramente cambiarían de opinión.

    DanielDavidPalmer La quiropráctica nació como un método totalmente empírico, con tintes mágicos y sin ningún sustento médico. Fue inventada en 1895 por un tal David Daniel Palmer, a quien ahora sus seguidores se refieren usualmente como “doctor” pero en realidad era abarrotero en un pueblo del estado norteamericano de Iowa y en sus ratos libres la hacía de curandero “magnetista”. Entregado a tales menesteres, cierto día atendió a un sordo que tenía una vértebra ligeramente más prominente que las demás. Supuso que su sordera se debía al bloqueo de algún nervio por esa vértebra y en vez del habitual tratamiento con imanes, le dio lo que popularmente se llamaría “una tronada de huesos”, tras la cual -¡Oh, maravilla!- el hombre volvió a oír, cosa que el imaginativo tendero atribuyó a sus manipulaciones.

    Cualquier médico hubiera podido aclararle que los nervios de la audición van directamente del oído al cerebro sin pasar por la columna vertebral. Pero Palmer no iba a andarse con minucias anatómicas, fisiológicas o neurológicas. Vislumbró una veta mucho más productiva que las terapias magnéticas -en las que sobraban competidores- y decidió desarrollar una nueva y personal teoría sobre las enfermedades. Al poco tiempo ya andaba pregonando que la salud depende de cierta energía vital del cuerpo humano que fluye por la espina dorsal y a la cual bautizó “inteligencia innata”.

    Confusa jerigonza

    En su obra The Chiropractor’s Adjuster, también titulada The Text-Book of the Science, Art and Philosophy of Chiropractic -la Biblia de los quiroprácticos-, asegura que la gente enferma porque el flujo de esa inteligencia innata se entorpece por imperceptibles desviaciones de la columna vertebral a las cuales llamó “subluxaciones”. Para curarse, basta ponerse en las diestras manos de un quiropráctico que maniobre los huesos. Es más: los quiroprácticos afirman poder detectar las enfermedades antes de que se manifiesten y evitarlas con un oportuno reacomodo preventivo de vértebras.

    Ni Palmer ni sus seguidores, sin embargo, han definido claramente qué son las tales subluxaciones -que nada tienen que ver con las vulgares luxaciones- ni qué relación hay entre cada vértebra y determinada enfermedad o grupo de enfermedades. Mucho menos han realizado pruebas clínicas para demostrarlo. Ni siquiera tienen una teoría coherente de qué es la quiropráctica. Palmer la definió con esta jerigonza: “Yo creé el arte de ajustar las vértebras, usando las apófisis espinosas y transversales como palanca, y le di el nombre de Quiropráctica al acto mental de acumular conocimiento, la función acumulativa, correspondiente a la función vegetativa física (el crecimiento de lo intelectual y lo físico) junto con la ciencia, arte y filosofía.”

    Ya puesto en ese camino continuaba: “El sistema dualístico -espíritu y cuerpo- unido por la vida intelectual -el alma- es la base de esta ciencia de la biología y la tensión nerviosa es la base de la actividad funcional en la salud y la enfermedad. Espíritu, alma y cuerpo forman el ser, la fuente de la mentalidad. Innata y Educada, dos mentalidades persiguen el bienestar del cuerpo.”

    Y, como muchos inventores de terapias mágico-religiosas, adoptaba poses de iluminado. “Yo soy –proclamaba- el creador, la fuente de nacimiento del principio esencial de que la enfermedad es resultado de un funcionamiento excesivo o deficiente… Yo he respondido la antigua pregunta: ¿qué es la vida?”

    Contra la vacunación

    Quiropractico Actualmente, algunos seguidores de Palmer prefieren tomar distancia de su disparatada palabrería y usan términos científicos. Incluso, aunque originalmente aseguraban que las subluxaciones son tan sutiles que no pueden detectarse mediante radiografías y sólo ellos las perciben con sus sensibles dedos, ahora utilizan los rayos X a pasto. Sobre todo en Estados Unidos… porque ahí lograron que el seguro social les pague por atender pacientes, pero a condición de respaldar el tratamiento con radiografías.

    Ya los quiroprácticos no se oponen -como en la década de los 50- a la vacuna contra la poliomielitis, en lugar de la cual recomendaban “ajustes quiroprácticos” para evitar y hasta para curar la enfermedad (se ignora a cuántos niños tal consejo les costó morir o quedar paralíticos de por vida), pero todavía recomiendan manipulaciones espinales a bebés de unos meses de nacidos si lloran, comen poco o tienen reflujo gástrico, porque –dicen- esos son “síntomas de la obstrucción de algún nervio.” Sin embargo, la sección de pediatría de la Asociación Médica de Alberta, Canadá, ha dicho tajantemente que “no hay evidencia científica alguna de que los llamados ajustes quiroprácticos sirvan para corregir la espina dorsal de un niño. Son ineficaces e inútiles.” Y peligrosos, podríamos añadir, pues un torpe manejo de vértebras puede causar daños irreparables.

    En general, no hay ningún estudio científico serio que demuestre la relación entre enfermedades y “subluxaciones” o sobre cómo al manipular las vértebras se puede lograr determinado resultado.

    Tampoco existen normas y regulaciones oficiales precisas sobre el ejercicio de la quiropráctica, a pesar de que se presenta como “ciencia” y quienes la ejercen a menudo se hacen -o dejan- llamar “doctores”, y pese a que su campo de acción es una de las partes más vulnerables del cuerpo humano. En algunos países su práctica está prohibida y se considera ejercicio ilegal de la medicina, en otros se permite y en otros más se tolera. En Estados Unidos se enseña en varias escuelas y universidades y los quiroprácticos formaron una llamada Federation of Chiropractic Licensing Boards, para concederse autorizaciones y licencias a sí mismos. En México es común encontrar muchos que trabajan al amparo de diplomas y certificados de “academias” o “colegios”, donde se ofrecen cursos “de 12 meses para público en general y cuatro clases para profesionales de la salud.” Cualquiera que tome uno puede abrir un “centro”, “consultorio” o “clínica”, colgar en la pared su diploma y comenzar a masajear la espalda a pacientes en busca de alivio a sus males, cuidando sólo de no ostentarse abiertamente como médico para no incurrir en un delito.

    En 2000, la Universidad Estatal del Valle de Ecatepec (UNEVE), en el estado de México, estableció la licenciatura en quiropráctica, con maestros improvisados según confesó la propia universidad. Y cuando los primeros alumnos terminaron sus estudios resultó que carecían de validez oficial. La Dirección General de Profesiones no los reconocía porque “presentan contenidos de una licenciatura incompleta de medicina general”. Tampoco se logró el aval del Consejo Mexicano para la Acreditación de la Educación Médica, ni del Comité Estatal Interinstitucional para la Formación y Capacitación de Recursos Humanos e Investigación en Salud.

    Así pues, para quienes crean enfermar porque la inteligencia se les atoró en la espalda, existe la quiropráctica del curandero Palmer.


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    Nov
    03

    EL COCOLITZLI, LA “MUERTE NEGRA” DE LOS AZTECAS

    Juan José Morales

    Sobre las grandes epide­mias que diezmaron a la población de México en el siglo XVI después de la Conquista, dejándola reducida de 22 a sólo 2 millones de personas, no parecía haber ningún enigma. La explicación aceptada desde hace mucho es que se debie­ron a enfermedades desconocidas en América e introducidas por los españoles, como sarampión, pape­ras y -especialmente- viruela, contra las cuales los indígenas care­cían de defensas naturales.

    AcunaSoto Los culpables, pues, parecían plenamente identificados. Pero -como en las series policíacas de televisión- el epidemiólogo mexi­cano Rodolfo Acuña-Soto decidió reabrir el caso casi 5 siglos des­pués, y tras años de escarbar en los documentos de la época descubrió nuevos y reveladores detalles que lo llevaron a la conclusión -ahora ampliamente aceptada en los medios científicos internacionales y respaldada por subsiguientes tra­bajos de varios investigadores- de que aquella megaepidemia se debió a otra enfermedad.

    Acuña-Soto -profesor e inves­tigador en el Departamento de Microbiología y Parasitología de la Facultad de Medicina de la UNAM-, dice que los aztecas conocían bien la viruela, quizá desde antes de la llegada de Cortés, y le llamaban zahuatl. Según los registros de la época colonial, hubo epidemias en 1520 y 1531 que, como es común, duraron alrede­dor de un año. En total murie­ron unos 8 millones de personas. Pero –agrega - la epidemia que se desató en 1545, seguida de otra en 1576, parece haber sido de una enfermedad totalmente dis­tinta y mucho más virulenta, a la cual los indígenas denominaban cocolitzli, que causaba una muer­te rápida, era muy contagiosa y en corto tiempo se propagó por todo México, excepto las zonas coste ras.

    Ese vocablo, cocolitzli, se usa todavía en algunas regiones de ha­bla náhuatl como sinónimo de enfermedad mortal y de él tal vez deriva la expresión “Me fue del cocol”, que significa haber sufrido graves problemas.

    MEGASEQUÍA Y MEGAEPIDEMIA

    Epidemia El cocolitzli, según Acuña-Soto y las descripciones del protomédico Francisco Hernández, testigo de la epidemia, era una forma de fie­bre hemorrágica caracterizada por elevada temperatura, fuerte dolor de cabeza, vértigo, profuso sangra­do por nariz, ojos, oídos y boca, intenso dolor de tórax y abdomen, ictericia, orina negra, trastornos neurológicos y nódulos detrás de las orejas. Duraba 3 e 4 días y la mayoría de los enfermos morían. Atacaba casi sólo a los indígenas, no a los españoles. Se estima que la epidemia de 1576 acabó con el 45% de la población del país, lo cual fue una catástrofe demográfi­ca comparable a la peste bubónica o “muerte negra” de la Europa medieval. Después, aunque el mal siguió siendo común durante la Colonia, ya no hubo brotes de tal magnitud.

    Epidemia2 Si el cocolitzli existía en el México prehispánico, los indígenas tenían - o debían tener- defensas natu­rales contra él. Resultaría anómala entonces su extrema virulencia en los años posteriores a la Conquista. Acuña-Soto lo atribuye a los efectos de una aguda y prolongada sequía - quizá la más severa en 20 siglos ­que se prolongó 40 o 50 a .os y afectó a casi todo México, parte de Centroamérica y una vasta región de los actuales Estados Unidos y fue equiparable a las 4 de parecida duración ocurridas entre los años 750 Y 950 de nuestra y a las cuales algunos investigadores atribuyen el colapso de la civilización maya en el sureste de México y de la cultura teotihuacana en el centro del país. Las grandes sequías, al trastocar la hidrología, la flora, la fauna y la ecología de una región en general, han estado ligadas históricamente a brotes epidémicos. En este caso, la epidemia pudo haber sido resulta­do de aquella gran sequía.

    El agente causante del cocolitzli no ha sido identificado, pero a juzgar por las características de la enfermedad y la manera como se propagó, es muy probable que fuera un virus del grupo de los hantavirus, de los cuales se cono­cen actualmente al menos 14 espe­cies o serotipos y son llamados así porque el primero se descubrió en 1951 a orillas del río Hantang en Corea. Se transmiten a través de agua, alimentos o aire conta­minado con orina, excrementos y saliva de ratones, topos y otros roedores, o por mordedura o sim­ple contacto con estos animales. Producen fiebre hemorrágica con síndrome renal o pulmonar, según ataquen los riñones o los pulmo­nes y son responsables de unos 100,000 casos anuales, fundamen­talmente en Asia pero también en Europa y, en mucho menor grado, en América.

    PELIGRO LATENTE

    Epidemia3 Las epidemias por hantavirus ocu­rren usualmente después de una prolongada sequía seguida por un breve periodo de copiosas lluvias. En esas condiciones se produce una gran proliferación de roedores, con el consecuente incremento en la posibilidad de que los seres huma­nos entren en contacto con ellos.

    Los hechos encajan en el cua­dro, pero queda explicar por qué el mal atacaba casi exclusivamente a los indígenas y no a los españo­les, aunque éstos no habían estado anteriormente expuestos a él y por tanto no podrían haber desarrolla­do impunidad. Acuña-Soto y sus­ colaboradores sugieren que ello se debió a que, por su condición de conquistadores y mayor jerar­quía social, gozaban de mejores condiciones de vida, tenían me­nos contacto con los roedores y no sufrían la aguda tensión emocional de los indígenas, quienes no sólo padecían hambre, insalubridad y privaciones, sino también el impacto anímico de la derrota, condiciones todas que los hacían más vulnerables a enfermedades.

    Mega El siguien­te paso en las investigaciones sería tratar de identificar al virus responsa­ble de la gran epidemia, el cual quizá pueda encon­trarse en restos de personas muertas en aquel entonces. También es posible que exista en poblaciones de roedores silvestres. Pero aunque todavía se mantenga latente en los animales, en mucho tiempo no ha habido brotes de la enfermedad y los científicos consideran muy improbable que pudiera ocurrir uno de gran magnitud, pues en la actualidad las condiciones ambien­tales y sanitarias son totalmente diferentes a las de aquellos tiempos. La “muerte negra” de los aztecas, por fortuna, difícilmente podría resurgir.


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    Oct
    26

    LOS CUENTOS CUÁNTICOS DEL DOCTOR CHOPRA

    Juan José Morales

    Deepak Uno puede preguntarse para qué tenemos médicos, medicamentos, hospitales, quirófanos, funerarias y cementerios si ya existe la medicina cuántica, un maravilloso y eficaz cúralo todo que permite a cualquier persona mantenerse sana y fuerte, curarse por sí misma si es necesario, y hasta burlar a la muerte con la pura fuerza de voluntad. Porque, según la medicina cuántica, la salud y la enfermedad son simple­mente decisiones y la gente enferma porque no tiene fuerza de voluntad para mantenerse sana, se cura por­que desea hacerlo, y muere porque no se esfuerza por seguir viva. Al menos eso asegura la pomposamen­te llamada medicina cuántica, a cuya popularización contribuyó una reciente película titulada ¿Y tú qué@#V!* sabes?, un mero batidillo de conceptos de la física moderna y filosofías orientales.

    La supuesta medici­na fue ideada por Deepak Chopra, quien tiene en su favor el ser indo, y ya se sabe que para los devotos de las medicinas alternativas el solo hecho de que algo o alguien provenga de la India es como un sello de garantía.

    Chopra nació en la India en 1947. Ahí estudió medicina, se gra­duó en 1968 y 12 años después emigró a Estados Unidos, donde llegó a ocupar cargos importantes como endocrinólogo en un afama­do hospital y fue catedrático en 2 reconocidas escuelas de medicina. Pero pronto descubrió que la charlatanería dejaba mucho más dinero y comenzó a embaucar pacien­tes con tratamientos de “medicina ayurveda” basada en energías espi­rituales, fuerzas internas, hierbas y brebajes supuestamente utiliza­dos por los santones hindúes hace 6,000 años y rescatados por él de antiguos textos védicos. Sólo que como eso de las terapias milenarias ya está bastante choteado, decidió darles un aire científico.

    Así nació la medicina cuántica, adornadita con terminología to­mada de la rama de la física también conocida como mecánica cuánti­ca o mecánica ondu­latoria, que todo el mundo ha oído men­cionar pero conocida y realmente com­prendida por pocos. Entre otras cosas, la física cuántica per­mitió saber que la energía no es con­tinua pues se mani­fiesta en forma de pequeñísimas unida­des -denominadas cuantos- y que las partículas elementa­les integrantes de los átomos se compor­tan como diminutos paquetes de ondas.

    Para los físicos esto no tiene nada de extraordinario o misterioso y manejan la dualidad onda-partícu­la sin problemas.

    PACIENTES ESTÚPIDOS

    La pseudomedicina inventada por Chopra recurre al llamado principio de incertidumbre de Heisenberg, según el cual no se puede medir simultáneamente la posición y el impulso de una partícula elemental porque el dispositivo de medición influye sobre ella y altera su posi­ción o movimiento. De ahí Chopra sacó la peregrina conclusión de que la conciencia del ser humano que observa esos fenómenos deter­mina lo que ocurre. O, dicho de otro modo, la mente del observador dirige los fenómenos.

    Conviene aclarar que según explicó el propio Heisenberg, los fenómenos ob­servados nada tie­nen que ver con su registro por la men­te del observador, pues existen por sí mismos, y añadió que “la teoría cuán­tica no contiene ele­mentos subjetivos genuinos, no intro­duce la mente del físico como parte del acontecimiento atómico”.

    Chopra, sin em­bargo, afirma que si la conciencia del observador puede determinar lo ocurrido con las par­tículas elementales (lo cual es erró­neo), la conciencia de un ser huma­no puede guiar cuanto ocurre en su cuerpo. Su conclusión: para curar­se basta y sobra con la decisión del propio enfermo, desde luego con cierta ayudadita de los libros, men­jurjes y terapias del propio Chopra. Y, planteadas las cosas en sentido inverso, si alguien enferma no es debido a bacterias, virus o defectos genéticos, sino a que el enfermo es demasiado estúpido o indolente para no ordenar a su cuerpo man­tenerse sano, o porque no supo aplicar las sabias instrucciones del gurú Chopra.

    Así, en su libro Ageless body, timeless mind (“Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo”), sostiene que un paciente puede, por ejemplo, curarse del cáncer si salta “a un nuevo nivel de conciencia que prohíbe la existencia del cáncer (…) se trata de un “salto cuántico” de un nivel de funciona­miento a otro nivel superior”.

    Así de sencillito. Olvídese de la quimioterapia o la radioterapia. Basta ordenárselo al cuerpo para que el cáncer -o la diabetes, o el enfisema pulmonar, o la cirrosis hepática, no importa qué- desaparezca como por ensalmo.

    EL BRINQUITO FALLIDO

    La medicina cuántica viene a ser como las típicas recetas de los libros de superación personal nada más que aplicado a la salud y la vida eterna. Di “No tengo cáncer” y no lo tendrás. Di con toda firmeza “Estoy sano y fuerte” y lo estarás. Di “No moriré” y vivirás eternamente.

    Cierto: la terminología pseu­docientífica de Chopra engaña a muchos, pero no tiene el menor fundamento. Los fenómenos cuánticos son reales, pero se manifiestan sólo a nivel subatómico, no en la esca­la macroscópica de células, tejidos y órganos. El cuerpo humano no puede pasar “de un nivel cuántico a otro”, y decir que los fenómenos cuánticos determinan su funciona­miento es tan absurdo como supo­ner que uno vivirá más si viaja fre­cuentemente en avión, porque según explica la teoría de la relatividad el tiempo transcurre más lentamente a mayor velocidad. Eso es cierto, mas tal efecto sólo se manifiesta de mane­ra apreciable a velocidades cercanas a la de la luz, es decir, 300,000 kilómetros por segundo.

    Chopra no se limita a escribir libros -lleva ya unos 25 títulos que se venden por millones-, dictar conferencias y organizar semina­rios: ha montado todo un sistema de comercialización de un amplio surtido de bebistrajos, aceites aro­máticos y pócimas cuyas “vibracio­nes” controlan la “vibración cuán­tica” del cuerpo.

    Ninguna de sus afirmaciones ha sido sometida nunca a escru­tinio científico, pruebas clínicas o experimentos de laboratorio. Son simplemente cuestión de fe. Pero sobran ingenuos creyentes de tales patrañas, entre ellos famosos perso­najes como Demi Moore, Elizabeth Taylor, Michael Jackson y el ex Beatle George Harrison, aunque a éste último Chopra prefiere no mencionarlo: a fines de 2001 murió víctima del cáncer en el cerebro que había ofrecido curarle nomás con un brinquito cuántico.


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