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El Sol y su invisible pareja

EL SOL Y SU INVISIBLE PAREJA

Juan José Morales

WalterCruttenden En algunos periódicos se ha publicado en estos días -y seguramente eso habrá de ser ampliamente explotado por los charlatanes- que quizá el Sol tiene una estrella acompañante que hasta ahora nadie ha visto pero sería responsable no sólo de cierto movimiento de la Tierra sino también del auge y ocaso de las civilizaciones.

La teoría es obra del norteamericano Walter Cruttenden, a quien en las informaciones se presenta como un científico, director del Instituto de Investigación sobre Estrellas Binarias (Binary Research Institute). Pero -contra lo que semejante cargo pudiera hacer creer- no es un astrónomo profesional ni cosa que se parezca. Ni siquiera tiene una formación, un prestigio o una trayectoria en el campo de la ciencia. Es sólo un acaudalado hombre de negocios, aficionado a la astronomía y el esoterismo según confiesa. Y el instituto dedicado al estudio de las estrellas binarias es propiedad de él mismo y sostenido con sus propios recursos, ya que puede pagarse tales pasatiempos.

También, aunque en sus escritos menciona pomposamente que en 2003 estuvo en el observatorio Keck de Hawai, donde “pasé buena parte de la noche” con su director “mientras buscaba planetas extrasolares, ¡de los cuales él y su equipo han encontrado ya más de 70 hasta ahora!”, omite aclarar que esa visita al observatorio fue -literalmente hablando- comprada: pagó por ella 16 mil dólares en una subasta destinada a reunir fondos para la Sociedad Astronómica del Pacífico. A cambio, obtuvo el derecho a visitar el observatorio, hacer un tour por las instalaciones y acompañar por un rato al director y los técnicos en la consola de control de los telescopios, aunque sin que se le permitiera tocar los mandos.

Pues bien, este astrónomo aficionado y creyente en misterios de la antigüedad sostiene que el Sol no es una estrella solitaria sino binaria. Es decir, tiene una compañera y las dos giran alrededor del centro de masa del sistema formado por ambas. La revolución completa demora unos 25 000 años, y si no podemos ver la pareja del Sol, añade, es por su pequeño tamaño. Puede ser una enana café -esto es, una estrella con tan poca masa que no experimenta las reacciones termonucleares que hacen brillar a las estrellas ordinarias- o tal vez un agujero negro, diminuto pero con una masa enorme cuya poderosa atracción gravitacional retiene la luz que produce y por eso resulta invisible.

A partir de esas premisas, Cruttenden desarrolla la hipótesis de que cuando la invisible estrella pasa cerca de la Tierra, provoca alteraciones electromagnéticas y de otro tipo que a su vez influyen sobre la conducta de los seres humanos y -aunque en este punto es bastante vago- todo ello produce el florecimiento o el desplome de las sociedades. Así se explicarían el esplendor y posterior ocaso de las culturas egipcia, griega, romana y maya, la Edad Media y el Renacimiento.

Todas estas ideas las expone en su libro Lost Star of Myth and Time, que acaba de publicar bajo el sello de una editorial poco conocida -probablemente pagándolo de su bolsillo- y en el cual pasa revista a fábulas y leyendas de la antigüedad, mezclándolas con cálculos sobre los movimientos del Sol y su pareja, para concluir que Platón ya había previsto su existencia al hablar de un ciclo astronómico al cual llamó Gran Año y que consiste en lo que los astrónomos llaman la precesión de los equinoccios: ese lento movimiento circular que el eje de rotación de la Tierra describe en relación con las estrellas y que es semejante al bamboleo de un trompo mientras gira.

En realidad, la idea de Cruttenden no puede considerarse muy novedosa. De hecho, es una adaptación -un refrito, diríamos en términos periodísticos- de la hipótesis que publicaron en la revista científica Nature en 1984 Richard A. Muller, físico de la Universidad de California, y Marc Davis y Piet Hut, del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. Ellos sostenían que el Sol tiene una compañera oscura a la cual bautizaron Némesis -por la diosa griega de la venganza-, que se nos aproxima cada cierto tiempo (los cálculos oscilan entre 26 y 34 millones de años) y con su influencia gravitacional perturba la llamada Nube de Oort, un enjambre de grandes cometas situado en la periferia del sistema solar. Algunos de esos cometas son así lanzados a órbitas que los llevan hacia la Tierra y pueden chocar con ella, produciendo extinciones masivas de plantas y animales.

Como se ve, son ideas muy parecidas. Sólo difieren en que Muller habla de millones de años y Cruttenden de miles, y mientras el primero relaciona su invisible estrella con las extinciones de especies, para el segundo sería un motor de la historia.

El cartílago de tiburón no cura el cáncer

EL CARTÍLAGO DE TIBURÓN NO CURA EL CÁNCER

Juan José Morales

SharkCancer Basada en la falsa asevera­ción de que a los tiburones no les da cáncer, ha flore­cido un productivo nego­cio de miles de millones de dólares anuales: la venta de cápsulas de cartílago, al cual se atribuye no sólo la cura de esa enfermedad, sino de muchas otras, entre ellas artritis, soriasis, espon­dilitis anquilosante, arteriosclero­sis, retinopatía diabética, diarrea, cálculos renales, el síndrome de Sjogren y el de Reiter, glaucoma y otros males de los riñones, lupus y sarcoma de Kaposi. Se dice que sirven igualmente para reforzar el sistema inmuno­lógico – y por ende hacer más resistente el organismo a cualquier infección-, cal­mar dolores musculares y erupciones alérgicas, acelerar la cicatrización de heridas, evitar las arrugas y aliviar las inflamaciones intestinales. En fin, punto menos que un curalotodo, una droga milagrosa sin igual.

Lo único malo de todo esto, es que nada ha sido probado. Tan es así, que sus fabricantes y promotores no se atreven a registrar el cartílago de tiburón como medicamento, pues ello les obligaría a demostrar cien­tíficamente las maravillas que le atribuyen. Astutamente, lo registran sólo como complemento o suplemento alimenticio, aunque en su publicidad insinúan -e inclu­so llegan a decir abiertamente – que tiene extraordinarias propiedades curativas y hacen vagas referen­cias a investigaciones científicas al respecto. Pero un informe de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos dice que “No existe evidencia confiable suficien­te sobre sus efectos en humanos como para pronunciarse en pro o en contra de su uso para tratar afec­ciones”. En el caso concreto de los estudios sobre su acción anticance­rosa, subraya que “No fueron bien diseñados o no incluyeron compa­raciones con otros tratamientos”. Por eso en Estados Unidos está prohibido afirmar que los productos de cartí­lago de tiburón curan el cáncer.

UN AVISPADO EMPRESARIO

WilliamLane Este gran engaño co­menzó a fraguarse allá por 1992, con un libro titulado Los tiburones no sufren cáncer, del Dr. William Lane, que si bien es bioquímico graduado en Ciencias de la Nutrición, no era científico sino empre­sario, presidente de la Asociación Norteame­ricana de Comerciantes en Pescado, promotor de inversiones en la industria pesquera y dueño de una gran empresa comercializadora de productos derivados del tiburón. En la obra se afirmaba -de ahí su título- que el tiburón es uno de los pocos animales que casi nunca enferman de cáncer, y ello lo atribuía a que su esqueleto, lo mismo que el de las rayas mari­nas, está formado por cartílago, no por huesos. De ahí sacaba la conclusión de que el cartílago de tiburón tiene propiedades anti­cancerosas. Como respaldo de tal afirmación citaba varias investiga­ciones, algunas muy cuestionables y otras más serias pero de nin­gún modo concluyentes ni defi­nitivas, pues sólo indicaron que tanto el cartílago de tiburón como el de ternero pueden modificar la circula­ción sanguínea y por tanto influir indirecta­mente sobre el desarro­llo de los tumores, sin que esto signifique en modo alguno que los curen o impidan que aparezcan.

Por supuesto, Lane comenzó a fabricar y vender cápsulas de car­tílago de tiburón, que – tras ser presentadas en el programa norte­americano de televisión de cobertura nacional 60 minutos- se con­virtieron en uno de los productos de “medicina alternativa” más vendi­dos en Estados Unidos. El boom se extendió rápidamente a otros países, México inclusive, donde varias empresas de productos natu­ristas las fabrican o importan del extranjero.

En junio de 2000, sin embargo, la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos prohibió anun­ciarlas como tratamiento contra el cáncer y multó a los laboratorios de Lane con un millón de dólares por presentarlas así, pues se trataba de afirmaciones falsas sin ningún sustento científico. Pero las cápsu­las se siguen vendiendo con la eti­queta de suplemento alimenticio. Y en México, algunos fabricantes no tienen empacho en anunciarlas como medicamento anticanceroso. La publicidad de Pronat, una gran empresa cuyos productos naturistas se distribuyen en todo el país, ase­gura por ejemplo que el cartílago de tiburón “…impide la formación de redes venosas (vascularización) en los tumores, evitando que éstos reciban oxígeno y se nutran, pro­vocando su desaparición o por lo menos disminuye o controla su desarrollo” y que “…su poderoso sistema inmune es el que nos ayuda a combatir el cáncer, artritis y otras enfermedades degenerativas”.

UN ENGAÑO CRIMINAL

La realidad, sin embargo, es que -contra lo que dicen el libro y la publicidad- los tiburones sí su­fren cáncer, y uno de los que pade­cen es precisamente el de cartíla­go, equivalente al cáncer de los huesos en un ser humano. Y hasta la fecha no existe un solo estu­dio científico serio en el cual se haya demostrado clara e inequí­vocamente, que el cartílago de tiburón hubiera hecho desapare­cer tumores cancerosos. Tampoco se ha comprobado ninguna de las otras propiedades medicinales que se le atribuyen. Por lo demás, en los estudios sobre sus supuestas propiedades, el producto se inyectó a los animales de laboratorio, no se les administró por vía oral.

Tomar cápsulas de cartílago de tiburón equivale a tirar dinero a la basura. Y no unos cuantos pesos. Los fabricantes y vendedores recomiendan -sin base médica algu­na – tomar 2 o 3 después de cada comida. Es decir, hasta una docena al día. Los precios varían según la marca y el distribuidor, pero el gasto puede llegar a casi 2,000 pesos mensuales.

Al vender a los enfermos de cáncer la ilusión de que podrán curarse -aunque sin prometérse­los explícitamente-, no sólo se les estafa haciéndoles gastar inútil­mente su dinero, sino que se pone en riesgo su salud, pues no existe ninguna supervisión oficial sobre la pureza o calidad de las cápsulas, cuya composición -calcio, fósfo­ro, proteínas, carbohidratos, fibra, agua y grasas- difiere considera­blemente entre una marca y otra. En un caso, resultó que contenían 99% de agua. Si su contenido de calcio es demasiado alto, pueden elevar hasta niveles peligrosos este mineral en la sangre, sobre todo si el paciente también toma anti­ácidos.

Pero lo peor de todo es que, convencidos de que se trata de una verdadera y muy cómoda cura para el cáncer – sin las molestias, incomodidades y a veces desagradables efectos colaterales de la radiotera­pia, la cirugía y la quimioterapia ­muchos pacientes abandonan tra­tamientos que realmente podrían salvarles la vida y mueren víctimas de este criminal engaño.

Pedro Mártir, el primer reportero del Nuevo Mundo

PEDRO MÁRTIR, EL PRIMER REPORTERO DEL NUEVO MUNDO

Por Juan José Morales

pedroMartir2 Hoy en día, algunos escri­tores se vuelven famo­sos, pero pocos periodis­tas lo consiguen, porque su trabajo se considera un oficio menor. Hace 400 años ocurrió lo mismo al que podría calificarse como el primer repor­tero del Nuevo Mundo: Pietro Martire d’ Anghiera, o Pedro Mártir de Anglería como se le llama en español. Mientras Diego de Landa, Francisco López de Gómara, Antonio de Solís, Diego Durán, Bernal Díaz del Castillo, Antonio de Herrera y otros cronistas de la conquista de América son famo­sos y frecuentemente citados, casi nadie conoce siquiera el nombre de Mártir de Anglería. Sin embargo, este prolífico humanista e histo­riógrafo de origen italiano escribió fascinantes crónicas, con técnica y estilo periodísticos, sobre los viajes de Colón, Cortés, Hernández de Córdoba y otros exploradores y conquistadores. De hecho, fue el primero en llamar Nuevo Mundo a las tierras descubiertas al otro lado del Atlántico.

Sus descripciones -quizá un tanto desordenadas por el cúmulo de información que manejó y la celeridad con que se sucedían los acontecimientos en aquel enton­ces- son precisas, minuciosas, vívidas y detalladas, y constitu­yen una de las fuentes más importantes para conocer los suce­sos de su tiempo y trazar la historia del descubrimiento y conquista de América.

Mártir de Anglería jamás puso un pie en suelo americano. Nacido en 1457 en Arona, Italia, descendía de una acaudalada familia y a los 20 años de edad, mientras estudiaba, se trasladó a Roma, donde se unió al mundo intelectual de la ciudad. Ahí conoció al embajador español, Diego Hurtado de Mendoza, quien lo invitó a formar parte de la corte de los reyes católicos, Isabel y Fernando. Aceptó y en Madrid tuvo una exitosa carrera como sacer­dote, capellán y consejero de la reina, arcipreste de Ocaña, miem­bro del Consejo de Indias, maestro de caballeros de la corte, emba­jador especial ante el sultán de Egipto y, sobre todo, como cronista real, cargo que le confirió en 1502 el sucesor de Fernando, Carlos V.

Con ese carácter escri­bió sus famosas obras De Rebus Occeanicis, De Orbe Novo Decades y Opus Epistolarum, aunque ya desde 1494 había iniciado su labor de cronista, la cual continuó ininterrum­pidamente por casi un tercio de siglo, hasta su muerte.

RESONANTE ÉXITO EDITORIAL

Deorbonovo A diferencia de casi todos los demás cronis­tas, que se basaron en sus propias observacio­nes y en los informes oficiales de las expe­diciones, Mártir entre­vistó personalmente a cientos de capitanes, marinos, frailes y sol­dados, incluso al propio Colón, su piloto Antón de Alaminos, Juan de Grijalva -explorador de la península de Yu­catán – y Alonso de Ojeda, quien recorrió el norte de Su­damérica. Examinó también direc­tamente muestras de plantas, oro, joyas, vestidos, alimentos y otros objetos llevados a España por los conquistadores.

Su obra cumbre es De Orbe Novo Decades (Décadas del Nuevo Mundo), escrita en latín, según lo usual en la época, y cuyo título se debe a que lo editó en 10 décadas o grupos de 10 libros cada uno -100 en total-, publicados a lo largo de 20 años, entre 1511 y 1530.

Ésta fue la primera historia de la conquista de América y tuvo un éxito resonante. De ella se hicieron 22 ediciones en latín y varias más en lenguas vulgares. Su valor para justipreciar la magnitud del descu­brimiento de América – y sobre todo para conocer y comprender las culturas del nuevo continen­te- fue tan grande que ya para 1555 se había hecho una primera traducción al inglés, con el título The Decades of the Newe Worlde or West India. En la versión ingle­sa, su nombre aparece como Peter Martyr d’ Anghera.

En De Orbe Novo Decades, Mártir describe de manera notable las ciudades y los templos hallados por los conquistadores. Habla, por ejemplo, del gran centro ceremonial de Tulum y de la cadena de pobla­ciones encontrada por la expedición de Grijalva en 1518 a lo largo de la costa oriental de la península de Yucatán, en lo que ahora es la zona turística del Caribe mexicano.

Con espíritu antropológico escri­bió también sobre las costumbres, tradiciones y creencias religiosas de los pueblos americanos de aquel entonces. Fue el primero en des­cribir detalladamente el culto a los zemi, deidades domésticas adoradas por los indios taínos del Caribe. Recogió asimismo datos sobre el uso del curare, el famoso veneno de los indios sudamericanos. De hecho la suya -publicada en 1516- fue la primera descripción de esta sus­tancia, sus propiedades y efectos, y la manera en que la usaban los nativos. Incluso habla del célebre “día perdido” de la expedición de Magallanes y lo explica dicien­do que, al circunnavegar la Tierra hacia el oeste, se viaja en la misma dirección aparente en que se mueve el Sol y por tanto, al dar una vuelta completa al globo se gana un día.

Murió en octubre de 1526 en plena labor. Más que un historiador, podría considerársele un repor­tero, pues además de su minucioso trabajo documental, realizaba todo tipo de observaciones y asediaba a sus informantes con verdade­ras granizadas de preguntas para obtener de ellos relatos, historias y anécdotas que enriquecían la información.

El mito del Homo monstrosus

EL MITO DEL HOMO MONSTROSUS

Por Juan José Morales

PanesioNuremberg Desde la más remota antigüedad, pasando por la Edad Media y el Renacimiento, la imaginación humana ha creado monstruos de todos tipos y tamaños. Además ha creído en su existencia real, sin tomar en cuenta que son producto de la fantasía desbordada.

Los sciápodos tienen una sola pierna y caminan a saltos, pero son más veloces que cualquier bípedo; además, cuando se sientan, pueden levantar esa única extremidad y usar su enorme pie como paraguas o ­parasol. Los blemianos, en cambio, ­carecen de cabeza y tienen el rostro en el pecho; en tanto que las largas orejas ­de los panesios, les llegan más abajo del codo; por su parte los cinocéfalos, con cabeza de perro, no hablan sino que ladran.

Tales eran algunas de las extrañas criaturas que 4 siglos an­tes de nuestra era habita­ban la India, según testi­monios del médico persa Ktesias. Megástenes, embajador del rey babi­lonio Seleucus I ante la corte de Chan­dragupta, también se refería a esos seres fantásticos en sus informes diplomáticos y agregaba que una raza de sciápodos se distinguía porque su monopié apuntaba hacia atrás.

Mencionaba otras razas igualmente extrañas, como los hiborios, que vivían 1,000 años; los panesios, cuyas inmensas orejas les servían para dor­mir -una de colchón y la otra como frazada-; y ciertos hombres sin boca con el olfato tan desarrollado que para alimentarse les bastaban los aromas de frutas, flores y carne asada.

IMAGINERÍA DESATADA

CinocefalosMandeville Hoy, todo eso movería a risa, pero durante 2,000 años, desde la Grecia clásica hasta fines del siglo XVI, ya bien entrada la época de los grandes descubrimientos geográficos, la ma­yoría de los europeos -incluso gente ilustrada- creyeron en la existencia de semejantes seres.

Los más conocidos eran los cíclo­pes, con su único ojo -que podía estar en la frente o el pecho-, pero había toda una constelación de monstruos de los más variados tipos: peludos, lam­piños, con uno, 3 o 5 ojos, sin ojos, cuadrúmanos, con labios descomunales, pico de ave, orejas de elefante o cuernos de cabra, con 8 dedos en cada mano, o con bocas tan diminutas que sólo podían alimentarse por medio de pajillas.

Algunos eran mezcla de humano y animal, como los hombres perro que se decía habitaban en Libia; o una combinación de animales, como los grifones, mitad león y mitad águila. Más aún: los había que en verano eran lobos y en invierno hombres.

A la difusión de estas fábulas con­tribuyó el hecho de que los literatos y naturalistas de aquellas épocas escri­bían de oídas y no por observación di­recta. De buena fe daban por ciertas las imaginativas descripciones de los viajeros y las avalaban con su autoridad.

Homero nunca dudó de la existencia de cíclopes, gigantes y pigmeos. Herodoto llegó a situar geográfica­mente a las diferentes razas de mons­Blemianotruos; y su contemporáneo Empédocles afirmaba muy seriamente que bra­zos, piernas troncos y cabezas huma­nas podían existir por separado y com­binarse entre sí o con partes de anima­les para formar toda suerte de criatu­ras, a cual más asombrosa.

En la Roma clásica, Plinio el Viejo enlistó en su monumental Historia na­turalis docenas de monstruos, algunos tan singulares como los esenos, que vi­vían sin compañía femenina pero aun así se reproducían.

La imaginación desatada alcanzó su cumbre en la Edad Media. El hom­bre del medievo, ignorante y confina­do en los estrechos límites del feudo -donde podía pasarse la vida entera dentro de su aldea-, estaba dispuesto a creer todo lo que se dijera sobre la existencia de monstruos, si aun los sa­bios de la Iglesia discutían vivamente sobre su origen y naturaleza.

LEYENDAS TEOLÓGICAS

Sobre 2 puntos cruciales -la exis­tencia misma de los monstruos y su naturaleza humana-, San Agustín puso las cosas en su lugar después de un sesudo análisis: podía haber razas de monstruos y todas descendían de Adán.

Sobre cómo habían adquirido sus deformes rasgos, los teólogos medie­vales tenían una explicación muy sim­ple: Satán había pervertido sus almas a tal punto que les hizo cambiar de apariencia externa, como ocurrió al impío rey Nabucodonosor, al que le crecieron plumas en vez de pelo y ga­rras en vez de uñas.

Otros teólogos sostenían que aque­llos seres habían sido creados por el demonio para sembrar la confusión entre los hombres; y no faltaron las ex­plicaciones pretendidamente científi­cas: los monstruos provenían de las antípodas (el inframundo), que de al­gún modo escalaron el borde del mun­do –SkiapodaAldrovandiplano, según creían entonces-, y lograron colarse hasta este lado.

También había opiniones más in­dulgentes: en la Gesta romanorum -una colección de fábulas moralis­tas- se decía, por ejemplo, que los blemianos, carentes de cabeza, eran la encarnación de la humildad; y los pa­nesios de inmensas orejas, un modelo de devoción porque escuchaban la pa­labra de Dios.

Tanto era el interés por los mons­truos en la Edad Media, que, en el siglo VII, Isidoro de Sevilla dedicó un volu­men entero de sus Etimologías -una de las primeras obras de carácter enciclopédico-, a describir las diversas razas y las regiones del mundo que ha­bitaban. Nació así el mito del Homo monstrosus.

Finalmente las leyendas se centra­ron en el mítico reino del Padre Juan, del que comenzó a hablarse en el siglo XII y se creía estaba en África, la India o el Asia central, sin que nadie lo si­tuara jamás con precisión.

En ese reino imaginario decían que se hallaba la fuente de la eterna juven­tud. Allí habitaban, además de seres humanos, todos los monstruos conce­bibles.

Muchos viajeros que aseguraron haber visitado esa tierra, la describie­ron vívidamente -el último fue quizá el inglés Edward Webbe en 1590-, y su búsqueda contribuyó a los grandes viajes de exploración del siglo XVI. El propio Colón creyó haber pasado cer­ca de ella, en su obsesión por encontrar la ruta de las Indias.

En busca de las otras vidas

EN BUSCA DE LAS OTRAS VIDAS

Por Juan José Morales

Mañana o dentro de milenios podemos hallar seres vivos en otros rincones del cosmos. La sorpresa no será encontrarlos, sino la extraña configuración que podrían tener aquellos vecinos distantes.

Durante mucho tiempo los intentos por buscar vida extraterrestre estuvieron orientados casi exclusivamente a sitios – en los planetas cercanos al nuestro o en otros sistemas planetarios – donde las condiciones naturales permitieran la existencia de organismos similares a los de la Tierra. Es decir, formas de vida basadas en el agua y el carbono.

El agua, solvente universal, permite que penetren en las células y los tejidos las sustancias necesarias par la vida. A su vez, el carbono, elemento muy abundante en el universo por su capacidad para establecer fuertes y estables enlaces químicos, facilita la formación de largas y complejas cadenas no sólo de átomos de carbono, sino también de nitrógeno e hidrógeno. Esas macromoléculas o moléculas gigantes son las proteínas – que forman los tejidos de los organismos – y los ácidos nucléicos que contienen las instrucciones para que se reproduzcan.

Pero ahora los exobiólogos piensan que la vida no se limita a aquellos sitios donde la temperatura permite la existencia de agua en estado líquido y la formación de cadenas de átomos a base de carbono, sino que puede haberla de muchos tipos y prácticamente en cualquier parte del universo, incluso en lugares como el interior de las estrellas o las nubes de plasma interestelar.

ORDEN INTERNO

A fin de cuentas, dicen los científicos, la vida puede definirse como materia organizada con un alto grado de orden interno que utiliza energía del exterior para crecer, desarrollarse, reproducirse y actuar sobre sí misma y el medio ambiente en que se encuentra. Y esto no depende necesariamente de la energía luminosa del Sol o una estrella, o de procesos como la fotosíntesis, ni tampoco del hidróge­no, el carbono, el oxígeno y el ni­trógeno. La vida puede basarse en cualquier tipo de energía y de procesos químicos o físicos.

Ahora los especialistas hablan de la posible existencia de for­mas de vida en Europa, uno de los grandes satélites de Júpiter, diferentes a las que conocemos y que, según todos los indicios, bajo su caparazón de hielo posee una masa de agua líquida de más de 150 kilómetros de pro­fundidad. En el fondo de ese in­menso océano los fenómenos volcánicos que experimenta Eu­ropa deben haber formado chi­meneas hidrotermales como las que hay en los mares terrestres por donde brotan complejas sus­tancias químicas que, gracias a las favorables condiciones de tempe­ratura, pudieron haber evolucio­nado paca formar organismos que con el tiempo se propagaron y adaptaron a otros ambientes has­ta llegar a colonizar los mares del satélite. De hecho, algunos cientí­ficos opinan que precisamente así empezó la vida en la Tierra.

Y si para la vida se requiere un solvente, éste podría ser el etano, que bajo la densa atmósfera del mayor satélite de Saturno, Titán, forma océanos de hasta un kiló­metro de profundidad. También podría haber ahí formas de vida basadas no en el carbono sino en los silicatos, que constituyen el núcleo del satélite y se encuen­tran fundidos por el calor que ge­neran la compresión, debida a la propia masa de Titán, y los movimientos internos que sufre bajo la acción gravitacional de Satur­no. Igualmente puede haber en lo, una de las grandes lunas de Jú­piter, seres vivientes formados a partir de silicatos fundidos por el calor interno del satélite.

SERES MAGNÉTICOS

Las posibilidades de vida extra­terrestre no se detienen en los límites del sistema solar. Algunos físicos especulan sobre seres de naturaleza magnética, formados por cadenas de átomos de meta­les alineados y organizados por poderosos campos magnéticos. Quizá, dicen, existen en la super­ficie de las llamadas estrellas de neutrones (cuerpos celestes su­per comprimidos que miden sólo unos 20 kilómetros de diámetro pero contienen tanta materia como el Sol). Aunque están for­mados esencialmente por neutro­nes – de aquí su nombre -, estos astros poseen una delgada corte­za de unos cuantos metros de es­pesor en la cual existen átomos completos y elementos como el hierro y reinan campos magnéti­cos de potencia inimaginable que ordenarían los átomos en cadenas semejantes a las de las proteínas y los ácidos nucleicos, capaces de resistir la tremenda atracción gra­vitacional de la estrella. Tales or­ganismos obtendrían energía para sus procesos vitales de los pro­pios campos electromagnéticos y se reproducirían mediante la for­mación de cadenas paralelas a las ya existentes. Incluso algunos átomos aislados podrían unirse a estas cadenas y provocar así “mutaciones” que hicieran evolu­cionar a los seres magnéticos.

Otro tipo de vida magnética podría existir no en la superficie sino en el interior de algunas es­trellas que contienen masas de plasma – una aglomeración de protones, electrones y neutrones no organizados en átomos – a muy alta temperatura y cruzados por potentes campos magnéticos.

Es posible también la existen­cia de seres formados por hi­drógeno líquido o sólido, que habitarían el interior de estrellas suficientemente “frías” o con presiones lo bastante altas.

Otra forma de vida estaría constituida no propiamente por materia sino por energía radian­te, y no habitaría en la superficie o en el interior de las estrellas, si­no en densas nubes interestela­res de polvo y gas como las de la región central de nuestra galaxia.

Las posibilidades no se agotan ahí. Algunos físicos hablan muy seriamente de formas de vida nu­clear o gravitacional. La primera sería resultado de las interaccio­nes entre grandes núcleos ató­micos en el interior de ciertas estrellas; y la segunda es mucho más fantástica aún: sería producto de la interacción de los campos gravitacionales de grandes grupos de estrellas, que darían vida ya no a pequeños seres como bacterias, gusanos, elefantes, dino­saurios o ballenas, sino a galaxias completas, que podrían incluso – ¿por qué no? – evolucionar mentalmente hasta alcanzar ni­veles de inteligencia semejantes o superiores a la de los terrícolas.