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El turbio negocio del ecologismo

EL TURBIO NEGOCIO DEL ECOLOGISMO

Por Juan José Morales

Eiilogo Muchas conmovedoras campañas en defensa de la fauna, sólo encubren los manejos de mafias tan sórdidas como las que vendían “protección” en el Chicago de los años 20.

Primero fue ¡Salvemos a los delfines! Luego, el grito de batalla se trocó en ¡Salve­mos a las tortugas! Ahora, la con­signa es ¡Salvemos los manglares! y los consumidores, convencidos de proteger el medio ambiente y librar de la voracidad humana a tiernos e inofensivos animales, boicotean con entusiasmo el atún latinoamericano, el camarón cap­turado por latinoamericanos y el camarón producido en granjas acuícolas latinoamericanas.

Lo que los ingenuos seguidores de esas campañas ignoran, es que tras ellas se mueven los intereses de poderosas empresas que se va­len del ecologismo para arruinar rivales o eliminar competidores, y se esconde un multimillonario ne­gocio que en ciertos aspectos re­cuerda la venta de “protección” por parte de la mafia de Chicago.

La principal promotora de estas campañas es cierta agrupación ecologista llamada Earth Island Institute (EII), nombre que podía traducirse como Instituto de la Isla Tierra. Tiene su sede en San Fran­cisco y se hizo famosa cuando con­trató un buque panameño que ha­bía estado inactivo 6 años, lo puso bajo el mando de un capitán perua­no y lo mandó -con unos infati­gables camarógrafos norteameri­canos a bordo- a pescar atún de la peor manera posible, matando enormes cantidades de delfines.

El documental así manipulado se exhibió profusamente a todo lo largo y ancho de Estados Unidos para demostrar cómo asesinaban delfines… ¡los mexicanos! y pedir a los enternecidos espectadores que no compraran atún proceden­te de México.

LAS PÉRDIDAS

La campaña culminó con la ex­pedición de una ley -extraterritorial como la Helms-Burton- su­puestamente destinada a proteger a los delfines pero que sólo se apli­ca en las zonas donde pescan los buques latinoamericanos, no don­de lo hacen los estadounidenses.

A partir de febrero de 1991 se prohibió la entrada de atún mexicano a Estados Unidos y sólo aho­ra parece que se levantará el em­bargo. Resultado: México ha per­dido en estos últimos años por quiebra de sus propietarios la cuarta parte de su flota pesquera. Perdió también 400 millones de dólares por atún no vendido o ven­dido a bajo precio, y quedaron sin empleo 30,000 tripulantes de los buques y obreros de las empacado­ras. Algo similar, aunque en menor escala, padecieron Colombia, Venezuela, Costa Rica y Panamá, a quienes también se extendió el embargo. En cambio, las grandes empresas atuneras norteamerica­nas, como la Bumble Bee, Star Kist, Vam Camp y Chicken of the Sea, prosperaron al seguir ven­diendo su atún libres de la compe­tencia mexicana.

La siguiente campaña de EII fue contra los camaroneros mexicanos. Con el alegato de que en sus redes caen muchas tortugas, que mueren asfixiadas, logró también la aprobación de una ley que con­diciona las importaciones de ca­marón a Estados Unidos al uso de exclusores de tortugas, unos pesa­dos y estorbosos enrejados que se instalan en las redes. Los excluso­res se obstruyen fácilmente con sargazo y otros materiales, y redu­cen las capturas de camarón.

Para vender camarón en Esta­dos Unidos, los productores deben demostrar que fue capturado con redes dotadas de exclusores.

Además, el producto debe os­tentar la leyenda Turtle safe, que puede traducirse como “tortugas a salvo” y es similar al Dolphin safe aplicado al atún.

Sólo que -y aquí está la parte más turbia del asunto- esa leyen­da fue registrada en propiedad por EII, cuyo director, Todd Steiner, de inmediato advirtió a los productores de camarón que tenía “que llegar a un arreglo” con su organi­zación para poder usar el lema. En pocas palabras: o pagan para reci­bir protección de EII, o su camarón no entra a Estados Unidos.

RICO FILÓN

Las cosas no paran ahí. Ahora, EII trata de registrar en propiedad -o quizá ya lo hizo- el lema Mangrove safe, con el que preten­de rotular todo camarón produci­do en granjas acuícolas, como condición para permitir su entrada a Estados Unidos.

Simultáneamente, ha lanzado otra escandalosa campaña en el sentido de que la construcción de esas granjas significa acabar con los manglares -mangrove en in­glés-, un tipo de vegetación arbó­rea que crece en aguas salobres próximas a la costa… pero única­mente en zonas tropicales, con excepción de Florida.

También aquí queda claro que el objetivo no es salvar los mangla­res sino proteger a los empresarios yanquis de la competencia del ca­marón de cultivo latinoamericano, y a la vez explotar ese rico filón que es la venta de autorizaciones para usar el lema.

No importa si un camaronicul­tor no toca un solo mangle al construir su granja, o que ésta se halle a 200 kilómetros del manglar más cercano. De todas maneras se le cobrará “protección”. Quien no pague, no podrá usar el sello Man­grove safe y por tanto tendrá cerra­do el mercado norteamericano.

Para aquilatar mejor la magni­tud de estos negocios “ecologis­tas”, basta señalar que las exporta­ciones latinoamericanas de cama­rón hacia Estados Unidos tienen un valor superior a 1,500 millones de dólares por año. De ellos, 400 millones corresponden a la “pro­tección”.

Earth Island Institute podría obtener ganancias por más de 500 millones de dólares al año, única­mente en lo relativo al camarón. Y además de ser una cantidad nada despreciable, con sólo una parte de ese dinero bastaría para organizar tantas campañas de “salvemos lo que sea” y registrar tantos lemas de Cualquiercosa safe como se quiera, y seguir ampliando cada vez más el jugoso negocio de la venta de protección, que para colmo es apoyado en el propio México por muchos tontos útiles.

Cosquillitas en los pies

COSQUILLITAS EN LOS PIES

Juan José Morales

Reflexologia Si lo que se dice de la reflexoterapia podal fuera cierto, Cuauhtémoc hubiera muerto por trau­matismo generalizado de los órganos internos mientras le quemaban los pies. Y es que, según esa seudomedicina, cada parte del cuerpo lo mismo pulmo­nes e hígado, que bazo y corazón) se encuentran representados en los pies, donde se manifiesta toda enfermedad física o psicológica y donde, asimismo, se puede curar­las o corregirlas sin necesidad de medicamentos o cirugía. ¿Cómo? Pues con unos suaves y delica­dos masajitos, ya que la presión se transmite mediante los enlaces nerviosos hasta el órgano afectado y actúa sobre él.

Si lo anterior fuera cierto, un traumatismo en las extremidades inferiores igualmente se transmitiría hasta los más recónditos rincones del cuerpo y tendría efectos devastadores. Así, mientras le achicharraban los pies, el último emperador azteca debió haber­ se ido quedando sin respiración, experimentado atroces dolores internos, sus sistemas orgánicos hubieran dejado de funcionar y finalmente habría muerto.

La reflexoterapia podal se basa en la afirmación -dicen sus pro­motores- de que “Las terminales nerviosas de todo el cuerpo con­vergen en las plantas de los pies”. Una adecuada exploración permi­tiría por tanto detectar problemas internos, pues «cuanto mayor es la respuesta dolorosa de esos pun­tos ante la manipulación manual, mayor es el desequilibrio orgánico o mental que ponen de manifiesto. La piel dura, los callos, los juanetes y las infecciones de los pies, tam­bién son signos de problemas en la zona correspondiente del cuerpo» y basta con estimular “ciertas zonas específicas de las plantas llamadas zonas reflejas, para actuar terapéuticamente sobre los órganos y funciones corporales asociados a aquellas por vía reflejo-nerviosa”.

DOS VERSIONES

FitzGerald Todo esto suena muy convincente y hasta tiene un aire científico, pero cualquier estudiante de medicina sabe de la inexistencia de conexiones nerviosas entre las plantas de los pies y cada una de las estructuras del cuerpo. Y, por supuesto, no hay un solo estudio científico sobre la reflexoterapia. Todo lo publicado sobre ella se limita a artículos en revistas de belleza, esoterismo o chismes del mundo del espectáculo.

Sobre su origen hay 2 versiones. Una, la habitual acerca de las llamadas terapias alternativas, asegura que se trata de una milenaria práctica médica utilizada tanto en las antiguas civilizaciones del Viejo Mundo como entre los indios de América. Incluso se dice que en pirámides y cuevas de la antigüedad se han descubierto dibujos que muestran a médicos chinos, indios y egipcios manipulando los pies de los enfermos, aunque nadie ha exhibido nunca los tales dibujos.

La 2ª versión sostiene que la concibió a mediados del siglo XIX el doctor William H. Fitzgerald, del Hospital St. Francis de la ciudad de Hartford, en el estado norteamericano de Connecticut. William era otorrinolaringólogo, pero en vez de examinarle ojos, oídos, nariz y garganta, se interesó por el extremo inferior de sus cuerpos y se dedicó a acariciarles y masajearles los pies, aplicando presión aquí y allá para ver qué efecto tenían sus maniobras.

MAPA DEL CUERPO

FitzGerald-Cane-100 Ni tardo ni perezoso y sin mayores averiguaciones, llego a la conclusión de que el secreto de las enfer­medades y la salud se encuentra en los pies y elaboró una especie de mapa del cuerpo humano dividido en 10 zonas ver ticales y 4 horizontales, cada una de las cuales estaría representada en áreas específicas de los pies. El arco, por ejemplo, corresponde al aparato digestivo, el corazón y el bazo, mientras que la columna vertebral se conecta con la parte lateral interna del pie, y así por el estilo.

Los reflexoterapistas son un tanto imprecisos y elusivos acerca de qué males curan con sus manipulaciones. Vagamente dicen que su método “Corrige los proble­mas que detecta mediante masajes sobre las terminaciones nerviosas podales”. Tan prodigiosos resulta­dos, sin embargo, pueden tardar un poco, porque el número de sesiones de masaje depende del tiempo que el paciente lleve enfermo. Por ejem­plo, si lo ha estado desde hace un año, deberá someterse durante 3 o 4 meses a una sesión semanal de masajes si la dolencia no es persis­tente o severa, o cada 2 o 3 días si lo es. Para los niños, la frecuencia recomendada es de 2 veces a la semana.

Y aunque la reflexoterapia podal se presenta como un método entera­mente inocuo y natural sin riesgos, para aparentar un tono profesional y simular que se trata de una ver­dadera práctica médica, se advierte sobre contraindicaciones y posibles efectos secundarios. “Está contra­indicada -dicen solemnemente los reflexoterapistas- en caso de infecciones en los pies, tumores, embarazos de riesgo, dolencias que requieran cirugía urgente, afecten el sistema linfático o impliquen coágulos sanguíneos”. Y previenen sobre «algunos efectos secundarios leves, como sudoración, inquietud, dolor en los puntos reflejos, cam­bios en las heces, orina y flujo vaginal, que aparentemente pue­den empeorar, pero remiten más adelante. Además, puede inhibir la acción de los fármacos”.

FLUIDO VITAL

Algunos de estos charlatanes no pretenden influir directamente sobre órganos, articulaciones, glándulas o músculos, sino “liberar la energía bloqueada para que vuelva a fluir y las zonas afectadas vuelvan a funcionar normalmente y sanen”. Es la vieja idea mágica según la cual por el cuerpo circula un fluido vital inmaterial o una forma especial de energía, que las enfermedades son producto de anomalías en su flujo y basta corregirlas para devolver la salud.

Si es usted muy cosquilludo y no soporta que alguien le ande tocando las plantas de los pies, no se preocupe. Para tales casos hay otros tipos de reflexoterapia, de efectos idénticos a los de la podal (es decir, vaciar el bolsillo de los pacientes): la quirorreflexoterapia, aplicada a las manos, donde se dice que también está reflejada la totali­dad del organismo humano, o peor aún: la reflexoterapia endonasal, que afirma diagnosticar enferme­dades mirando el interior de las fosas nasales.

Dampier, el pirata científico

DAMPIER, EL PIRATA CIENTÍFICO

Por Juan José Morales

Dampier1 Pudo adueñarse de medio mundo y terminó su vida sin un centavo, pero con el alma llena de fabulosos recuerdos.

Entre los piratas y corsarios que asolaron el Caribe y el golfo de México a fines del siglo XVII y principios del XVIII hay algunos particu­larmente célebres. Pero poca gen­te conoce tan siquiera el nombre de William Dampier, pese a que este caballero británico fue un personaje tan extraordinario que merece lugar aparte en la historia de la piratería. A más de los atri­butos que son de esperar en un bandido de los mares -audacia, valentía y crueldad -, fue osado explorador, talentoso navegan­te, el mejor cartógrafo de su épo­ca, magnífico escritor, avispado etnólogo y brillante físico y naturalista que dejó una gran canti­dad de conocimientos todavía válidos sobre historia natural, meteorología, hidrología, física y botánica.

Desde los 16 años de edad y ca­si hasta su muerte a los 63 (en 1715), pasó la vida navegando por todos los mares – de hecho le dio la vuelta al mundo 3 veces -, fue el primer inglés que puso el pie en Australia y estuvo a punto de dirigir su colonización, exploró las costas de Nueva Guinea, informó a los europeos sobre el extraordi­nario árbol del pan, fue el primero que describió la estructura de un huracán y estuvo envuelto en los más disímbolos y singulares acon­tecimientos, incluso en algunos pasajes de la historia de México.

Fue pirata porque cometió asaltos y pillajes al margen de la ley, corsario en los periodos en que actuó contra los españoles con autorización de la corona bri­tánica y filibustero en las ocasio­nes en que hostigó por cuenta propia a los enemigos de Inglate­rra. Su recuerdo aún perdura en algunos lugares de la costa del Ca­ribe, según se desprende de estas líneas de El último viaje del bu­que fantasma, un cuento de Gabriel García Márquez: “…hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto Wi­lliam Dampier…”.

EN VILLA HERMOSA Y ZIHUATANEJO

A él se debe indirectamente la novela Robinson Crusoe, pues Daniel Defoe se inspiró para crear este famoso personaje en uno de los secuaces de Dampier, Alexan­der Selkirk, a quien el corsario abandonó en 1703 en la desierta isla de Juan Femández, en el Pací­fico, tras una disputa por el repar­to del botín. A Dampier se debe asimismo el nombre de las islas Clipperton, también en el Pacífi­co – antes mexicanas y hoy francesas – llamadas así a causa de otro de sus compinches que enca­bezó un motín contra él en 1704.

En México fue uno de los pira­tas que tuvieron como base por largo tiempo la isla de Términos en la costa de Campeche y trata­ron de adueñarse de Villahermosa – Villa de Mosa la llamó en sus es­critos – pero fueron derrotados por las fuerzas que comandaba Alonso Felipe de Andrade, a quien la historia oficial de Tabasco no ha hecho justicia.

Dampier intentó también adue­ñarse de Zihuatanejo, del cual menciona en su libro de bitácora que tenía por lo menos 40 casas y unos 100 habitantes que se opu­sieron a su desembarco.

Su primer viaje alrededor del mundo lo realizó entre 1683 y 1691 como miembro de una ex­pedición que, entre otras cosas, intentó hallar la Terra australis, el gran continente que se suponía existía en las altas latitudes del sur. Fruto de sus experiencias en ese periplo fue su primer libro, New voyage around the world (Nuevo viaje alrededor del mun­do) aparecido en 1697. En los años siguientes publicó otros vívidos relatos de sus viajes, como los que realizó a partir de 1699 ya al mando de un buque. Los inició con una expedición por el Pací­fico durante la que visitó las islas de los mares del sur y dio a cono­cer en Europa el árbol del pan, del cual 30 años más tarde el capitán James Cook llevaría muestras que se propagaron por las islas del Caribe y otras regio­nes del mundo.

HOMBRE AFORTUNADO

Dampier2 Sus fidedignas descripciones y detallados mapas de costas, ríos y poblaciones son todavía fuente de información sobre las culturas indígenas de los luga­res que visitó, como la de los in­dios miskitos o mosquitos de la costa caribeña de Nicaragua, con los cuales entabló una convenien­te amistad que le permitía avitua­llarse y carenar sus barcos en si­tios seguros y escondidos.

Fue el primer inglés que desem­barcó en Australia y tuvo la visión necesaria para tratar de convencer al gobierno británico de que ocu­para aquella remota isla-continen­te. Pero su consejo cayó en oídos sordos y habría de pasar casi un siglo antes de que en 1770 Cook – que en algunos aspectos pare­cía seguir sus pasos – reclamara el vasto territorio para su país.

Dampier fue un hombre afor­tunado. Vivió mucho más que la mayoría de sus contemporáneos, especialmente aquellos dedicados al azaroso oficio del bandidaje ma­rino y salió indemne de peligro­sas situaciones. Una noche de 1675, mientras navegaba por el golfo de México frente a la costa de Yucatán, penetró de lleno en el traicionero arrecife de Los Alacra­nes, pero – sin proponérselo y na­vegando en plena oscuridad – se escurrió por uno de los 2 estre­chos canales que conducen a la laguna interior y el casco de su buque apenas alcanzó a rozar la masa de coral antes de que el capi­tán, advertido por el ruido, ordena­ra arriar las velas y soltar ancla.

Cinco años más tarde, cerca de las islas Filipinas, en el Pacífico, fue sorprendido por un violento tifón. Hizo entonces lo que en aquella época era común para es­capar de una tormenta: poner po­pa al viento y desplegar todo el velamen, con la esperanza de huir. Varios días después, tras haber si­do violentamente zarandeado y re­correr cientos de millas en su an­gustiosa carrera, al tomar suposición comprobó asombrado que se hallaba casi en el mismo si­tio en que lo atrapó el ciclón.

Al analizar el hecho, se percató de que su buque no había sido empujado por la tormenta, sino que estuvo moviéndose dentro de ella, en una gran espiral. El análisis de Dampier fue la primera revela­ción sobre la estructura de los hu­racanes como un gran sistema de vientos que corren hacia una zona central de baja presión ganando velocidad en el trayecto.

La suerte le sonrió también en cuanto a riqueza. Con el botín que obtuvo pudo acumular una cuan­tiosa fortuna. A pesar de ello y del gran renombre que alcanzó, este pirata fuera de serie terminó su vi­da en su natal Inglaterra, sin un centavo.

La nauseabunda terapia del "jugo de riñón"

LA NAUSEABUNDA TERAPIA DEL “JUGO DE RIÑÓN”

Juan José Morales

Uroterapia Según algunos, la inversión de tiempo, talento, dine­ro y esfuerzo en inventar medicinas y formas de curar las enfermedades ha sido un total y absoluto des­perdicio, pues la sabia naturaleza nos ha equipado a todos con una farmacia personal, en la que se mantiene siempre una buena dota­ción de cierto remedio muy efectivo y enteramente gratuito para todas las dolencias habidas y por haber: un líquido tibio y amarillento del cual producimos en promedio un litro y medio al día, es decir, la orina. Para mantenerse sano y fuer­te como Sansón basta echarse cada día entre pecho y espalda un buen vaso espumeante de ése que en el habla popular del mexicano se conoce como “jugo de riñón”. Pero, atención: no tome sino la orina propia, nunca la ajena.

¿Ridículo? ¿Absurdo? ¿Grotesco? ¿Cómico? ¿Nau­seabundo? ¿Repugnante? Los adeptos a esta práctica pseu­domédica llamada orinoterapia o uroterapia la recomiendan con entusiasmo, pues están convencidos de que beber orina cura todo, desde un simple catarro hasta el cáncer y el mal de Parkinson, pasando por hepatitis, disentería, ictericia, lepra, urticaria, gonorrea, gota, asma, trastornos cardiacos, fiebre, para­sitosis, tétanos, lumbago, reumatis­mo, tuberculosis, diabetes y otros varios cientos de etcéteras. Es más: no faltan quienes juran y perjuran saber de enfermos de SIDA cura­dos al ingerir su propia orina.

Además de beberla, se puede usar en gárgaras para aliviar la irritación de garganta, y en caso de trastornos intestinales, un buen enema de orina acabará con ellos como por ensalmo. Si el proble­ma está en los pies, lavárselos con el dorado líquido hará desapare­cer los hongos. Las damas -y los caballeros preocupados por su apariencia- deben saber que unas en una que otra región o población, buenas abluciones con orina le dejarán la piel suave y tersa. Si le preocupan esos kilitos de más, bébase unos litritos y quedará como varita ­de nardo. Pero si, al contrario, su problema es ser demasiado flaco, tómela también: le hará engordar. Y en esos días en­ que se siente decaí do, fatigado y deprimido, una copita de orina le devolverá los bríos de inmediato.

LA ETERNA JUVENTUD

Quien la bebe puede olvidarse para siempre del insom­nio, pues dormirá como un bendi­to. Y si anda en busca de la eterna juventud -o casi-, nada mejor que la orina, ya sea sola, en las rocas o mezclada con agua o jugo de frutas. “Noventa millones de chi­nos y japoneses consumen orines y alcanzan longevidades superiores a los 100 años”, se dice en un articulo naturista. Otro afirma que “Los lamas tibetanos, quienes tienen la costumbre y tradición de tomar su propia orina, viven hasta 150 años”. Después de leer eso, dan ganas de ir corriendo al mingitorio a iniciar la dieta amarilla. Pero ni los monjes del Tíbet viven más que el común de los seres humanos, ni en China o Japón hay una proporción anor­malmente alta de centenarios, salvo como ocurre en cualquier país.

Desde luego, la orina -cons­tituida en 95% por agua y en un 5% por desechos del organismo, principalmente urea-, no contiene sus­tancias medicinales, Vitaminas y mine­rales que restos de aquellas que pudieran haberse ingerido y ya pasaron por el aparato digestivo sin ser utilizadas. Y no hay ninguna investi­gación que demues­tre una sola de las incontables propie­dades curativas que se le atribuyen. Los argumentos de los entusiastas de la orinotera­pia son simples afirmaciones sin sustento, o los usuales testimonios de convencidos devotos. Y cuando manejan datos científicos, las más de las veces demuestran una monu­mental ignorancia. Aseguran, por ejemplo, que la orina, la sangre y el fluido amniótico -el líquido en el cual está inmerso el feto- son una y la misma cosa. Dicen que la orina es sangre filtrada a través de los riñones, aunque cualquier estudiante de medicina sabe que la composición química de una y otra son totalmente distintas (quizá por eso ni el más entusiasta defensor de la orinoterapia aceptaría que en vez de una transfusión de sangre le metieran orina en las venas).

Respecto al líquido amniótico, afirman que “es primordialmente orina”, la cual ayuda al bebé a tener una piel suave y tersa, con cicatrización fácil y rápida tras cualquier herida. Todo eso, sin embargo, es mentira. En lo único que se pare­cen la orina y el fluido amniótico es en su gran contenido de agua. Y la piel de un recién nacido más bien es seca y arrugada, pues mientras permanece en el vientre materno -y durante sus primeras semanas de vida- no le funcionan las glán­dulas sebáceas. El líquido amnióti­co no tiene ningún efecto benéfico sobre la piel del feto, recubierto y aislado de él por una sustancia parecida al queso, llamada vernix caseosa o unto sebáceo.

Por lo demás, beber orina no es sólo inútil, sino riesgoso. La propia Asociación China de Uroterapia advierte que puede ocasionar dia­rrea, comezón, fatiga, fiebre, dolo­res musculares y otros trastornos a veces prolongados por meses, aun­que aclara optimistamente que tales incomodidades son “como la densa oscuridad previa al amanecer”.

SIN PROGENITOR CONOCIDO

A diferencia de otras pseudome­dicinas inventadas por alguien en particular, la uroterapia no tiene progenitor conocido, y es cierto que -como afirman sus adeptos – se practica desde hace miles de años. Según parece, la costumbre de be­ber orina estuvo relacionada inicialmente con ciertos ritos religiosos tántricos de la India, cuyos seguido­res se caracterizaban por desafiar y violar las normas sociales estable­cidas o mofarse de ellas, como una manera de establecer su superiori­dad moral sobre los demás hom­bres. O bien, como la orina está re­lacionada con los órganos sexuales -el hombre la emite por el pene y la mujer muy cerca de la vagina-, quizá beberla era una forma mági­ca de adquirir potencia sexual.

De hecho, la uroterapia tiene claros tintes místicos y religiosos. Sus devotos afirman que la Biblia recomienda beber la propia orina, y en favor de tan peregrina idea citan el siguiente pasaje del Li­bro de los Proverbios: “Bebe el agua de tu propia cisterna, los rau­dales de tu propio pozo”. Y las palabras “Sean ellas para ti solo, no para los extraños que estén contigo”, las interpretan como una advertencia para beber únicamente la orina propia. Pero en realidad esta alegoría bíblica se considera un llamado a la fidelidad en el matri­monio y a no cometer adulterio.

El argumento de que la orino­terapia la practican -aseguran sus adeptos- 10 millones de chinos, 12 millones de japoneses, 7 millones de alemanes, 5 millones de indios y otros muchos individuos de dife­rentes nacionalidades no demuestra que la orina cure nada, sino más bien la abundancia de gente dis­puesta a creer cualquier tontería y hacer las cosas más absurdas o estú­pidas, aunque sean nauseabundas.

Cuando el cadáver de un Papa fue sometido a juicio

CUANDO EL CADÁVER DE UN PAPA FUE SOMETIDO A JUICIO

Por Juan José Morales

JeanPaulLaurens Públicamente se dijo que el inusitado proceso era celebrado en defensa de la fe y la Iglesia, aunque todos sabían que sus motivos reales eran mucho más mundanos: inclinar la disputa por el trono del Sacro Imperio Romano hacia el favorito del pontífice en turno.

Corría enero de 897 y en la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma, los car­denales reunidos en pleno contemplaban una extraña escena: en el trono papal reposaba, lujosamente ataviado con todos los ropajes, joyas y ornamentos de su rango, el cadáver putrefacto de un papa. Frente a él, otro papa gesti­culaba, amenazaba y colmaba de injurias e invectivas al cadáver.

Este insólito juicio post mortem – sobre el cual los historiadores oficiales de la Iglesia prefieren no hablar mucho y cuya documenta­ción ha desaparecido conveniente­mente – se conoce como el Sínodo del Cadáver o Sínodo Cadavérico y en latín como Synodus horrenda. Enfrentó, si así puede decirse, a Esteban VI con su antecesor, el papa Formoso, sacado de la tumba donde había estado 9 meses para ser procesado por real o supuesta violación de las leyes eclesiásticas.

No era la primera vez que a Formoso lo enjuiciaba y conde­naba un papa. En 872, cuando era cardenal y obispo de Oporto, Portugal, aspiró al papado y debió abandonar Roma apresuradamente ante el peligro de ser asesinado por sus rivales. El nuevo pontífice, Juan VIII, enemigo suyo, convocó de inmediato a un sínodo que lo excomulgó acusándolo, entre otras cosas, de haberse opuesto al empe­rador, saqueado los claustros de Roma, abandonado su diócesis sin permiso papal, intentado ser simultáneamente arzobispo de Bulgaria y papa, y conspirar contra la auto­ridad de la Iglesia. La sentencia se mantuvo vigente 6 años y sólo fue anulada en 878, después de que Formoso prometiera nunca volver a Roma ni ejercer su ministerio. A la muerte de Juan VIII el nuevo papa, Marino I, repuso al renegado en la diócesis de Oporto, donde perma­neció hasta octubre de 891, cuando consiguió ser designado papa.

UN PELIGROSO SITIAL

En aquella época el trono de San Pedro era un sitial tan codiciado como peligroso, que conllevaba para sus ocupantes el riesgo de morir días o meses después de conquistarlo, y no siempre de muerte natural, sino envenenado, como Marino I; estrangulado, como Benedicto VI; apuñalado, como Juan X y León V, e incluso a manos de maridos que los sorprendían in fraganti con sus esposas, como Juan XII -de quien el populacho romano, que lo odiaba por su avaricia, su crueldad y su vida licenciosa, dijo que había sido muy afortunado de morir sobre una cama, aunque fuera ajena – o Benedicto XIII, a quien otro colé­rico marido machacó el cráneo a martillazos. Algunos pontífices podían ser sólo mutilados, como Esteban VIII, a quien le cercenaron las orejas y la nariz, o bien forzados a renunciar, depuestos, desterra­dos o encarcelados. Pero Formoso pudo reinar sin sobresaltos por más de 5 años, hasta abril de 896, cuan­do falleció al parecer de viejo, pues tenía ya 80 años de edad.

No habría de descansar en paz. Tras el brevísimo papado de Bo­nifacio VI, muerto en oscuras cir­cunstancias apenas 2 semanas des­pués de ser electo, subió al trono Esteban VI, quien una vez afianza­do en el poder no sólo desenterró las olvidadas acusaciones de Juan VIII contra Formoso, sino el pro­pio cadáver de éste para someterlo a grotesco juicio, en el cual se le concedió el derecho a “defenderse” por boca de un clérigo comisionado para ello por su propio acusador. Los jueces habían sido desig­nados también por Esteban. Naturalmente, el difunto papa fue considerado culpable de todos los cargos. De inmediato se declara­ron nulos, inválidos y sin efecto cuantos nombramientos, consa­graciones y demás actos hubiere realizado como papa; al cuerpo se le arrancaron las regias vestiduras, se le despojó de sus ornamentos, se le cortaron los 3 dedos de la mano derecha con que había consagrado, absuelto y bendecido, y se le arrojó al río Tíber.

DISPUTAS CORTESANAS

Las verdaderas razones del Synodus horrenda no tenían nada qué ver con la religión ni las leyes de la Iglesia, sino con las disputas por el trono del Sacro Imperio Romano. Formoso apoyaba a uno de los bandos e incluso había coronado emperador a Arnulfo de Carinthia, en tanto que Esteban VI respaldaba a sus adversarios, encabezados por el duque Lamberto. Al desautorizar los actos de Formoso, prácticamen­te anulaba la coronación de Arnulfo y apoyaba a su oponente.

Esteban, sin embargo, no pudo gozar mucho tiempo de su victoria. Tras el juicio estallaron disturbios populares y fue depuesto por una conspiración palaciega. En julio o agosto de 897, a pocos meses de concluir el Sínodo Cadavérico – la fecha no ha podido precisar­se -, fue estrangulado en la cárcel donde estaba preso. El nuevo papa, Teodoro II – quien reinó apenas 20 días y murió envenenado – anuló el veredicto del Synodus horrenda y el cuerpo de Formoso fue inhu­mado nuevamente en la Basílica de San Juan de Letrán, ataviado con lujosas vestimentas pontifica­les. Años después, el papa Juan IX declaró ilegal cualquier futuro juicio de una persona muerta.

Pero las cosas no terminaron ahí: otro papa, Sergio III – célebre por su corrupción y por haber ase­sinado a su antecesor, León V -, declaró sin efecto la rehabilitación decretada por Teodoro II y Juan IX y reafirmó la condena de Formoso, ordenó exhumar de nuevo el cadá­ver y mandó cortarle otros 3 dedos y decapitarlo antes de lanzarlo por 2ª vez al Tíber. Sacados acciden­talmente en las redes de un pes­cador, los despojos fueron sepul­tados en tierra consagrada por 3ª y definitiva ocasión. Sin embargo, como después la Iglesia no volvió a ocuparse del asunto, oficialmente la macabra sentencia del Synodus horrenda sigue en vigor.