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Visiones del paraíso

Visiones del paraíso

Juan José Morales

Hace poco, en una de esas conversaciones que se deslizan hacia las reflexiones filosóficas, surgió una pregunta interesante: si la vida comienza al nacer y termina al morir, ¿por qué a los seres humanos nos inquieta tanto saber qué habrá después de la muerte —si es que algo hay— y en cambio no nos interesa saber qué hubo antes de nacer?

Eso me recordó un texto de Isaac Asimov, el gran científico y maestro de la ciencia ficción. Lo busqué en mis archivos, y al releerlo encontré unas buenas respuestas. Ateo convencido como lo fue hasta el fin de su vida, Asimov señala que “a pesar de la falta absoluta de pruebas, una gran mayoría acepta sin ninguna duda la existencia de la vida después de la muerte porque tales pensamientos son muy reconfortantes y estimulantes y acaban con la idea terrible de morir”.

Ello probablemente se debe, dice, a que “la especie humana es la única que comprende que la muerte es inevitable”, y que cuando los hombres cayeron en la cuenta de ello, deben haber experimentado un terrible choque emocional y una gran desazón. Para que la idea de morir les resultara más tolerable, se han de haber reconfortado imaginando que aquello no era el fin, sino sólo un paso hacia otra vida, que incluso podía ser más placentera. Y así nació el concepto del paraíso.

Después vendría el concepto de infierno como un lugar de castigo en que quienes se portaran mal en esta vida, no creyeran en Dios o no obedecieran a los sacerdotes, sufrirían atroces tormentos por toda la eternidad. Pero eso es harina de otro costal. Lo que me interesa por ahora es la forma en que las diferentes religiones conciben el paraíso.

Valhalla “El Cielo islámico —escribía Asimov— tiene sus huríes, siempre disponibles y virginales, de manera que se convierte en una casa de sexo eterna. El Cielo vikingo tiene a sus héroes celebrando banquetes en el Valhalla y luchando unos con otros entre festín y festín, de manera que se convierte en un restaurante y un campo de batalla eterno. Y nuestro propio Cielo por lo general se representa como un lugar en el que todo el mundo tiene alas, toca el arpa y canta himnos interminables de alabanza a Dios. ¿Qué ser humano con una inteligencia media puede creer en ninguno de esos cielos, o de los otros que ha inventado la gente? ¿Dónde hay un cielo con la posibilidad de leer, escribir, explorar, de mantener una conversación interesante o de realizar investigaciones científicas? Nunca he oído que exista ninguno.” Sencillamente, comenta Asimov, “la imaginación nunca ha logrado construir un Cielo útil”.

Y coincido con él en que después de la muerte no me gustaría ir a dar a ese cielo de ángeles, nubes y música celestial y estar ahí toda la eternidad tañendo un arpa. Me sentiría —valga la redundancia— mortalmente aburrido. Pero no pienso convertirme al islamismo a cambio de la promesa —bastante más atractiva desde luego— de pasarme los siglos de los siglos acariciado por docenas de complacientes beldades (y, por cierto, ¿qué placeres esperan en la otra vida a las mujeres musulmanas?). Tampoco me interesan las comilonas y los combates del paraíso vikingo.

Me adhiero a lo que decía Asimov: “Puesto que soy ateo y no creo que existan Dios ni el diablo, el cielo ni el infierno, sólo puedo suponer que cuando muera todo lo que habrá será una eternidad hecha de nada. Después de todo, el Universo existía quince mil millones de años antes de que yo naciera, y yo (quienquiera que sea ese «yo») sobreviví a todo eso en el «no ser»”.

Ya sé que a mucha gente puede parecerle terrible la perspectiva de que después de morir no haya nada —y es precisamente ese temor lo que la lleva a la religión y sus promesas de vida eterna—, pero a mí no. Como señalaba Asimov, después de todo “no hay nada aterrador en dormir eternamente. Sin duda, es mejor que el tormento eterno del infierno o el tedio eterno del cielo.”

Seis recetas antitestigos

juanjosemorales Escogió vivir en el paraíso. Pero no en el de las religiones sino en el terrenal, en Cancún, Quintana Roo, México. Don Juan José Morales Barbosa es uno de los primeros divulgadores de la ciencia en México. De hecho es pionero en estas lides, cuando nadie en México abordaba los temas científicos en los periódicos.

También fue pionero de la divulgación científica en la radio trabajando para Radio Universidad, Radio Caribe y Radio Ayuntamiento

Ha colaborado en diversos medios periodísticos: 1957, México en la Cultura (el suplemento de Siempre, que dirigía Fernando Benítez), La Voz de México, Revista de Revistas (Excelsior), Mañana, Política (la que dirigía Manuel Marcué Pardiñas), Diario de la Tarde, La Crónica de Cancún, ¡Por Esto!, Técnica Pesquera (de la que fue fundador), Contenido

Autor de una veintena de libros sobre temas de divulgación científica, ecología, naturaleza, historia, medio ambiente y biodiversidad, como Mitos y misterios del mar; Los huracanes; Humedales de la Península

Ganador del Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia en 1994 y del Premio Latinoamericano a la Popularización de la Ciencia y la Tecnología.

En 1975 se mudó a Cancún y desde entonces ha sido un miembro activo de esa comunidad. Ha sido consejero electoral, colaborador del Colegio Itzamná, miembro de la junta directiva de la Universidad de Quintana Roo y director de la Casa de la Cultura de Cancún.

Agradecemos a Don Juan José su autorización para publicar una serie de artículos de corte escéptico, aparecidos en varios de los medios de comunicación en los que ha trabajado. De esta forma los lectores de Marcianitos verdes tendrán el lujo de leer no sólo al divulgador de la ciencia, sino a un brillante escéptico de ideas claras.

SEIS RECETAS ANTITESTIGOS

Testigos2 Los fines de semana, cuando uno sólo desea pasar un día tranquilo en casa, hacen su aparición los Testigos de Jehová; Los Testículos de Jehová como a veces se les llama en sorna y con involuntaria precisión etimológica, pues la palabra testigo viene precisamente de testículo, ya que en la antigüedad para señalar su compromiso de decir verdad el declarante debía poner una mano sobre los testículos.

Los Testigos —así con mayúscula— no tienen otra misión finsemanera en la vida que convertir a la humanidad completa a la verdadera religión. Son inconfundibles. Actúan en tríos o parejas, a menudo acompañados por niños. Visten correctamente, saludan con gran amabilidad y hacen originales comentarios del tipo de ¿regando? —cuando alguien tiene una manguera en la mano— o bonito día, ¿verdad? cuando el sol brilla esplendorosamente. Tratar de mantener una discusión seria y sensata con ellos es inútil, pues manejan dogmas, no razones. Lo mejor es tratar de quitárselos de encima, cosa muy difícil, mas no imposible. Por ello, como servicio a la comunidad, ofrezco a quien quiera utilizarlas algunas técnicas que me han dado muy buen resultado.

En las tres primeras, las claves del éxito son iniciativa y rapidez. Hay que responder a su saludo con una cordial sonrisa y antes de que puedan decir otra cosa, soltarles la letanía que en cada caso se indica, rematar con un hasta luego, que les vaya muy bien y cerrar la puerta sin darles tiempo de abrir la boca.

1.- Disculpen, pero mi religión no me permite hablar de religión.

Lo más probable es que queden absolutamente perplejos y no atinen a reaccionar. Aproveche su desconcierto para cerrar la puerta. Si alcanzan a preguntarle qué religión profesa, responda: No puedo decírselos, porque eso sería hablar de religión.

2.- Les agradezco infinitamente que se preocupen ustedes por este humilde pecador, pero por desgracia mi alma está irremisiblemente condenada a las llamas eternas del infierno y toda salvación es imposible. Ya le vendí mi alma al diablo y el contrato dice que no hay cambios ni devoluciones. Pero para que no pierdan el día, les recomiendo hablar con el señor de enfrente (o cualquier vecino al cual le tenga especial antipatía). El me comentaba precisamente ayer que está deseoso de conocer la verdadera religión. Vayan con él. Pero, por favor, no le digan que yo los mandé, pues lo que me contó era confidencial.

3.- ¡Qué pena! Precisamente ayer me convertí al islamismo, y ustedes comprenderán que no es cosa de andar cambiando de religión cada 24 horas. Denme siquiera seis meses de plazo y con mucho gusto les atenderé.

Tal vez regresen al cabo de ese tiempo, pues en persistencia pocos les ganan. Si lo hacen, recíbanlos con un ¡No es posible! La semana pasada vinieron otras personas, creí que eran del mismo grupo de ustedes y ya me convertí al animismo… (aquí se repite el resto de la explicación inicial.)

Si no quiere exponerse a terminar ensarzado en una discusión con ellos, he aquí otras tres técnicas que no requieren palabras o no les dan oportunidad alguna de hablar:

Testigos4.- Hágalos pasar amablemente a la sala y pídales que esperen un momentito, por favor, es que estoy en una larga distancia.

Retírese a su recámara, siéntese cómodamente a leer el periódico, La crítica de la razón pura de Kant, La guerra y la paz de Tolstoi o el tomo 14 de las Obras completas de Stalin. Diez minutos después, asómese a la sala. Discúlpenme, todavía no termino. Es que es un asunto grave. Espérenme tantito más.

Prosiga con la lectura, y a intervalos adecuados, repita la salida y la petición de disculpas, sin dejar de adoptar una expresión de me siento apenadísimo. Al cabo de 30, 40, 60 minutos o el tiempo que usted juzgue conveniente —y resistan los Testigos—, salga precipitadamente con cara de que acaban de comunicarle el fallecimiento de su abuelita, explíqueles que debe salir urgentemente de viaje, pídales perdón por haberles hecho esperar en vano y despídalos con la promesa de recibirlos algún día de estos.

Esta técnica tiene la ventaja adicional de evitar que, durante el tiempo de espera, molesten a otros vecinos.

5.- Así como en una época estuvo de moda un cartelito que rezaba Este hogar es católico. No se acepta propaganda de sectas protestantes, tenga preparado uno —y un clavito para colgarlo en el exterior— que diga: En esta casa se rinde culto a Satanás. No se acepta propaganda de sectas celestiales. Sin decir palabra, salga, mírelos hoscamente, cuélguelo y con un gesto indíqueles que lo lean.

Este método, sin embargo, es riesgoso. Conlleva el peligro de que, en un arranque de fanatismo, le destrocen el cartel, le apedreen la casa o intenten lincharlo.

6.- Finja ser sordomudo haciendo ademanes extraños y señalándose la boca, los oídos, la cabeza y el corazón, a la vez que abre y cierra la boca sin emitir el menor sonido. Dé media vuelta y cierre.

Esta técnica es 100% efectiva, salvo que alguno de los Testigos domine el lenguaje de signos, cosa extremadamente improbable. Conviene, sin embargo, practicar muy bien para pasar realmente por sordomudo. Si parece retrasado mental, lo considerarán converso potencial y ya no habrá quien lo libre de ellos.