Archivo '. Los Identificados (Roberto Banchs)'

Feb
09

SAN LORENZO (Sa): EN LOS CERROS DE SALTA

LA INVESTIGACION DEL CASO

En mayo de 1987 efectuamos las oportunas encuestas y el reconocimiento del lugar. Llegados a San Lorenzo, procuramos -no sin dificultad- ubicar el solar desde donde se realizó la observación. El mismo se encuentra sobre una de las arterias principales del pueblo, en la esquina de 9 de Julio y Joaquín Castellanos. Se trata de una vivienda construida en dos plantas, rodeada de jardines y a espaldas de la precordillera, dando su frente al este con la visión de la ruta provincial 38 (9 de Julio), el río San Lo­renzo, y las lomas de Medeiro, cuyas tierras de zona militar se extienden hasta la ciudad de Salta, distante a unos 9 kilómetros de la casa.

En esa fecha la misma se hallaba arrendada, por lo que debimos posponer varios días una entrevista con la testigo. De buen abolengo y modales refinados, Dora Aráoz Castellanos de Jovanovies nos recibió bien dispuesta a narrar su experiencia, la que recordaba vivamente. Estos son algunos tramos de su relato:

“Este hecho ocurrió en la noche, alrededor de las 20,00 horas. Había un temporal, esa lluvia muy fina que cae muchas veces durante el verano en determinados lugares de montaña, con nubes muy bajas. No es que llueva un momento, sino que son días y noches que sigue esa llovizna persistente. Estaba en la parte baja de la casa, y una chiquilina amiga de mi hija, Juanita Flemming, de once años, llegó y dijo: ‘¡Suban, suban, hay una cosa iluminada!’. Entonces subimos y yo no vi absolutamente nada. Le dije ¿Donde?; y en ese momento sentimos un zumbido -que siempre lo recuerdo- como de desplazamiento, que hacía fúuú (NdR: como de viento, oscilante y constante). Y cuando seguí con el oí­do el zumbido, de oeste a este, yo no lo encontré. Porque al llegar la chica me dijo: ‘Toti, mirá’, yo miré, pero no vi nada, y entonces seguí el zumbido y ahí lo vi. Sería un zumbido… diríamos… cuando se larga el aire que se está inflando una goma, pero con menos suavidad, sería una cosa así: ufff. El sonido fue grande al momento en que la chica dijo ‘mirá’ y que yo no vi, y más débil cuando pasó.

“Estaba en la parte de la precordillera, en los cerros. Sobrevoló la casa de un vecino, y ahí lo vi. Era oval, una opalina blanca metalizada con forma oval y un arco alrededor. No giraba ni se balanceaba. Hizo una pérdida de altura cuando se dirigía allí, cerca de la ruta. El zumbido era ya muy débil, pero emitía desde la parte baja, porque tenía posiblemente una cúpula y otra abajo con ese aro, en la dirección de la marcha, hacia atrás, en recta, un haz de luz de gran intensidad. Creo que si hubiera girado, podría haber cegado a una persona. Es que cuando yo miré, no la tenía encendido, ha­bría apagado sus luces. Y la volvió a encender. Era tan increíble, quedaban las gotas de agua como si fueran cristales transparentes y el paisaje iluminado. Pero fue sólo un instante. Iluminó con mayor intensidad donde no había casas en ese momento, había árboles, sin acusar su presencia. Su tránsito siguió el cerro de la quebrada, lo hizo muy lentamente y al verlo dije: ‘¡Una máquina, una máquina, Dios mío líbranos, una má­quina desconocida!’. Llegó a perder un poquito de altura, desplazándose muy lentamen­te. Tenía una especie de aro, rodeando la cúpula, y visualizaba ya que era totalmente oval. Lo veía muy cerca, a unos 200 metros, pero se apreciaba mucho más grande que la Luna’.

Zona por donde sobrevoló el raro portento.

“Ahí, en la parte como de arco, diríamos, se formaron unas manchas lechosas, mien­tras el aparato perdía altura y de un modo inexplicable desapareció entre los árboles, entre el paisaje, porque ya no tenía ni luz. La apagó y desapareció. Habrán sido ¡se­gundos! de observación. La máquina sería de un tamaño, según lo que yo apreciaba, de unos 5 x 3 m, calculo, visualizando así, porque iba muy bajo, casi rozando los árboles, desplazándose de oeste a este, de la cordillera a la ciudad de Salta, hasta que desapareció a no sé dónde.

“Ahora, cuando yo llamo a la chica y le digo: ‘¿que has visto?’, ella me da la descripción, y advierto que ha visto primero que yo la parte de abajo, y que después vio lo mismo. Nada más, eso es lo que vimos. Todo lo que vimos. Eso es todo lo que yo vi de esta máquina…”.

IMPRESIONES DE LA TESTIGO

Dora Aráoz Castellanos de Jovanovies, tenía por entonces 32 años (nació el 27 de mayo de 1924) y está casada con Julio S. Jovanovies, quien se desempeñaba como 2do. Jefe del Regimiento 7 de Caballería de Salta, con el que compartimos también el diálo­go. “A mí me dio la sensación de una cosa irreal… extraña -continúa Dora-, me dio un poco de miedo; además, a la velocidad que esto se pudo desplazar. Porque la chica lo vio muy hacia la izquierda y cuando yo subí, lo vio ella hacia arriba, al llegar me dijo ‘mirá’, y cuando yo miré no vi, y después recién lo vi, otro desplazamiento hacia la derecha. Es decir que la velocidad fue, para mí, inmensa… y no porque haya estado impresionada, pero al subir la escalera, yo grité ‘¡debe ser algún avión que se viene en picada!’, o bien perdido, ‘¡enciendan las luces de la terraza y todas!’, para ubicarlo, para darle un sentido de orientación y que no se nos venga en­cima, pensando en un avión. Nunca en este aparato extraño.

“Ah, sí. Yo dormí con el revólver entre las manos. Realmente ahí le da la pauta que yo pensé siempre que era una máquina. Una máquina muy rara, para mí desconocida. Ahora, similar con los dibujos y comentarios que hacen de los platos voladores, cierta similitud. Tiene aro y las dos cúpulas, pero ninguna con los que lo hacen redondo. Porque este es oval. Y acá la luz sale entre la cúpula del aro, hacia atrás.

“Cuando se hicieron las manchas en el aro, en ese momento ya no tenía ese brillo tan intenso. Yo nunca he pensado que pudieran ser personas; no sé qué pueda ser, no podría decirle. El aparato desaparece no porque se vaya. Justamente, yo pensé, se alejaba un poco, pero no tanto como para desaparecer, sino porque empiezan a formarse esas manchas, a opacar, tornarse el aro menos lechoso. En fracción de segundos ha pasado así. Ahora, el desplazamiento en ese tramo en que yo lo veo era muy lento. A una velocidad diría… no puede ser más de 2 o 3 km, casi suspendido.

Río San Lorenzo, amplio escenario del fenómeno del 25 Nov 1956.

“Se trataba de dos manchas bastante marcadas, y la tercera un poco menos. No se movían, y se hallaban en el aro. Pero no totalmente marcadas. Eran unas manchitas vivas, nada más. Nada más.

“La noticia tomó estado público porque estábamos todos ese día, y entonces un periodista de El Tribuno, resolvió preguntar cómo era la cosa, yo le comenté y él sacó lo que se le dio la gana. Entonces directamente escribió que habíamos dicho que había luces multicolores, que nunca hubieron; indicó que había habitantes, hombres o seres, que tampoco nunca hemos dicho que hubiese; que había aterrizado, que se quedó en el lugar…, aunque sí se habría quedado y hasta muy tarde, calculo que hasta las 2 de la mañana. Dicen que en distintas partes apareció. A medianoche, a unos 3 km, una luz asustó a los caballos, y en otra casa se pararon los aparatos eléctricos. Pudo ha­berse quedado toda la noche, sin la luz, aterrizando, o en tierra o en las nubes, no sabría decirle.

“Qué pudieren haber sido esas manchas, o que (la máquina) tenga personas como… que no conocemos; quizá pudiera tener ventanas, o que no existan, que sea de una cosa que esté enmascarado. Las manchas se hicieron en el momento en que perdió altura, ahora, la altura nunca fue alta.

“En cuanto a las noticias periodísticas que dicen que el plato volador se asentó sobre el lecho del río, ¡es un cuento! Nadie sabe. Nadie vio que se haya asentado en alguna parte y nadie vio personas. Y yo nunca vi hombres ni luces de co­lores. Ni nada parecido. El plato al principio estaba estático, o casi, andando muy lento. Cuando empieza a deslizarse, a bajar, ahí es cuando pierde un poco lo metalizado, y comienzan a verse unas manchas. Apenas lo vi recorrer unos 300 m nada más”.

El marido de la testigo, Julio Jovanovies, que seguía atentamente la detallada descripción, interviene para hacer sus propios comentarios: “Yo me acuerdo, porque redac­té el informe para el Ejército: no era un avión, pero nunca hablé de plato volador. Yo no estaba en la casa, aunque después ella me llamó, telefoneó asustadísima. Me hallaba en el Regimiento 5, a 8 km, en el cuartel. Allí no se observó nada, nada. Claro, porque entre la ciudad de Salta y San Lorenzo no hay edificación. Todas esas lomas, el casco, es zona militar, campo de tiro. Cuando me telefoneó de una casa vecina para contarme, me alarmé. En esa época había un poco menos de casas, nomás. Lo demás exactamente igual. Caminos pavimentados… Las casas de los alrededores así, las 3 o 4 que están en la actualidad”.

Área hacia donde la máquina desapareció.

Así concluyen las exposiciones, para dar paso siguiente a un análisis del testimonio y de las condiciones que rodearon al singular episodio ufológico.

UN ANALISIS POSIBLE

La entrevista ha permitido que la testigo pudiera expresarse conforme a como ella percibió el fenómeno, y disponer de un conjunto de datos que, de otro modo, quedarían velados o llanamente distorsionados, ceñidos a la información periodística de aquella época.

Al respecto, Dora Aráoz Castellanos de Jovanovies es muy concreta en su descripción: la aeroforma jamás fue vista descender hasta aterrizar, tampoco observó alguna mirilla o portezuela en su estructura y, aún menos, la presencia de ocupantes, como podría interpretarse del ambiguo artículo periodístico. Por estas razones, el episodio no podría ser evaluado como un encuentro cercano de máxima extrañeza.

Por otra parte, la testigo agrega que no se registraron huellas, rastros u otro tipo de evidencia física que pudiera relacionarse. Inclusive, variaciones climáticas o trastornos fisiológicos que recuerde, más allá de la vívida impresión recibida por la desusada aparición, que le impidió -por temor- conciliar el sueño durante dos días.

El testimonio de la señora, desprovisto de un inocultable aditamento interpretativo (por ejemplo, le atribuye una fantástica velocidad cuando ve al ovni en otro sitio del esperado; o la decidida atribución de significado como máquina, cúpula, etc.) y de las imprecisiones propias del lenguaje y el recuerdo (por ejemplo, la hora y duración, o la brillantez que le adjudica al fenómeno, los cuales difieren con la versión que posee su marido), en líneas generales, resulta convincente. Al menos, pone en juego un discurso de convicción, persuasivo, pero sin demasiadas estridencias ni fisuras que pudieren denotar alguna posible incongruencia.

Croquis del objeto según la testigo.

No obstante, creemos que la testigo no se hallaría ajena a los recientes sucesos producidos en esa provincia, y de los que un importante diario salteño se ocupo de informar, y estimular a la sensibilizada pobla­ción.

En cuanto a las condiciones meteorológicas, los datos facilitados por el Servicio Meteorológico Nacional (dependiente del Comando de Regiones Aéreas, Fuerza Aérea Argentina), para esas horas (20:00 y 21:00 horas) y lugar, según registros de la Estación Salta Aero, se consigna que al momento de la observación, la temperatura oscilaba entre los 19,4-18,4°C, la humedad entre 48-60%, el viento ­de superficie era de 10-7 km/h, la presión de 883,8-885,0 hPa, el cielo estaba nublado y no se registraron fenóme­nos significativos. La información agrega que se produjeron lluvias en los alrededores de la estación -no en la estación meteorológica- de 20,05 a 22,15 horas.

Con respecto a los datos astronómicos, será de interés conocer la ubicación del Sol aquel 25 de noviembre de 1956, a las 20,00 horas. Utilizando coordenadas geográficas (aprox.) latitud 24,5° S; longitud 65,5° O, y considerando hora legal argentina = GMT – 3h: 23h00m GMT, el Sol se hallaba en azimut: 245,9°, y elevación: -0,8° (ocaso reciente, a las 22h53m GMT). Vale decir que el Sol se ocultó a las 19h53m, minutos antes de la observación. Dato a tener en cuenta por los efectos lumínicos que suelen producirse durante el crepúsculo. En otro orden, la Luna se encontraba bajo el horizonte y no era visible (fuente: C. Demaría).

Dispuesto el conjunto de datos, consideramos factible ensayar una hipótesis acerca de la naturaleza de lo observado. Es oportuno señalar previamente que existe una diversidad de fenómenos meteorológicos que son causa de curiosos informes sobre avistamientos de ovnis. En zonas próximas a las cadenas montañosas de elevaciones desiguales, por ejemplo, suelen producirse formaciones de nubes muy densas y de perfiles definidos, que resultan para el observador poco avezado un ovni, o mejor, un auténtico plato volador de aquellos que la literatura y el periodismo tanto han difundido. Quizá porque al margen de su aspecto, las dimensiones, los contornos, la nitidez del color y su apariencia material, son muy estables. Siendo ésta sólo una de las múltiples configuraciones nubosas, existen innumerables fotografías que se muestran como si se tratara de legítimos documentos gráficos de naves extraterrestres (15).

A FIN DE CUENTAS…

Resulta aceptable que el plato volador de Dora Araoz Castellanos de Jovanovies pueda ser explicado en estos términos. Si repasamos su pormenorizado relato, ella se refiere a una aeroforma discoidal blanco-lechosa, con un lento desplazamiento (en el mismo sentido de las nubes, o desde la cordillera), acompañado de un zumbido (como “cuando se larga el aire…”, dice) y una suerte de haz de luz, en dirección al poniente Sol del crepúsculo, que iría a atenuarse y desaparecer -al igual que el ovni, que asemejaba una “opalina blanca”- a medida que se movía hacia el este, en dirección contraria a la cordillera y a la puesta del Sol, que arrojaba sus últimos fulgores tras el horizonte, iluminando las nubes del encapotado cielo.

Formaciones nubosas en Cruz del Palmarillo - Mza., Argentina, 7 de diciembre de 1966.

Abajo, en una ladera de la precordillera, al abrigo de la montaña, la testigo, junto a la niña que le dio aviso. Presenciando cómo la máquina descendía hacia el llano (es decir, siguiendo los accidentes del terreno), perdiendo luminosidad y dejando ver entonces unas manchas que, como un Rorcharch, estimularon la imagina­ción, sea de la testigo o del periodista que creyó ver en éstas una suerte de mirillas, portezuelas u ocupantes.

Decía Leonardo da Vinci: “No os resultaría difícil deteneros algunas veces y mirar las manchas de las paredes o las cenizas de un fuego o nubes o barro o sitios análo­gos en los que… podéis encontrar auténticas ideas maravillosas”.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

(1) La Razón, Buenos Aires, 10 julio 1956.

(2) Ibíd., 1 agosto 1956.

(3) Ibíd., 23 julio 1956 y 1 agosto 1956.

(4) Ibíd., 30 julio 1956.

(5) Vogt, Cristian: “¿Qué pasa en Salta?”, conferencia, 1956.

(6) La Razón, Buenos Aires, 13 agosto 1956.

(7) Vogt, C. Conf. cit.

(8) La Razón, Buenos Aires, 5 noviembre 1956; et.al.

(9) Orbe 8 En la Actualidad Mundial, semanario, Buenos Aires, 29 octubre 1956.

(10) La Razón, Buenos Aires, 4 diciembre 1956, p.6, citando a El Tribuno, Salta, de la misma fecha; rev. Era Nuclear, Buenos Aires, julio 1957; La Razón, 3 marzo 1960 y 24 setiembre 1961, p.9; et.al.

(11) Orbe 8…, 10 diciembre 1956.

(12) La Razón, Buenos Aires, 13 febrero 1957.

(13) Ibíd., 15 diciembre 1957.

(14) El Meridiano, Córdoba, 12 julio 1958.

(15) Fouére, R. “Leurres et réalités”, en: Phénomènes Spatiaux, Paris, 11, mars 1967, ps. 13/17; Gran Enciclopedia de los Temas Ocultos, “Fenómeno ovni”, Ed. UVE, Madrid, 1982, ps. 63 y 65.


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    Feb
    02

    SAN LORENZO (Sa): EN LOS CERROS DE SALTA

    Roberto Banchs

    Argentina es uno de los pocos países que tiene una geografía que se extiende desde el trópico hasta el círculo polar, ofreciendo variados paisajes y climas. Esta afirmación lo es, asimismo, para una de las provincias más privilegiadas y atrayentes: Salta. Aun lejos del polo, sus nevadas cimas andinas y las heladas dunas de la puna evocan a menudo otras latitudes. Situada a una altura más reduci­da, la capital -verdadera joya de la arquitectura colonial-, rige los destinos de un territorio de amplios recursos naturales. Y en sus alrededores, a poco más de diez kilómetros, al noroeste, hallamos la pintoresca villa veraniega de San Lorenzo, enclavada en la quebrada y frente al río del mismo nombre.

    Su apacible vida iría a sufrir algunos cambios. Su historia está enriquecida por numerosas leyendas de distinto origen, pero fue en abril de 1956 cuando se produjo -quizás- ­el suceso que inaugura el interés de la opinión pública mundial hacia algunos extraños hechos acaecidos en la parte argentina de la Puna de Atacama, elevada planicie andina. Esta aislada y fría región no había escapado a la ola de “platos voladores” que afectaba al mundo desde hacía varios años y florecieron diversos testimonios de observaciones. Fue entonces cuando un “cigarro volador” sobrevoló cuatro veces en el mismo día el Salar de Arizaro, cerca de la localidad de Tolar Grande (1). El suceso causó gran estupor en todo el país, sobre todo porque se habían tomado algunas fotografías, con la inevitable controversia de que tales portentos no eran otra cosa que aviones a reacción del ejército ecuatoriano, que tenían su ruta entre Quito y Chile.

    En aquella época, también, una violenta explosión sacudió las laderas del Nevado Macón, cumbre situada cerca del Tolar Grande. Dicha explosión fue atribuida a la caída de un cuerpo celeste, calificado de aerolito por algunos y de cigarro volador por o­tros (2).

    Unos tres meses más tarde de aquél primer avistamiento, un técnico minero estaba buscando uranio en el Macón cuando encontró, a más de 5.700 m de altura, unas huellas de 40 cm., presuntamente pertenecientes a “un ser desconocido”. Rápidamente se estable­ció una similitud con las del yeti tibetano, más conocido como el “abominable hombre de las nieves” (3). El hallazgo parece haber tenido sus efectos. Un arriero de la Quebrada de Escoipe se presentó ante la policía y declaró que, en la hondonada de una quebrada, había encontrado a un extraño ser cubierto por una espesa pelambre que inten­tó asustar a sus animales profiriendo agudos gritos (4). En los primeros días de agosto un minero que recorría la zona de Quitilipo, en las cercanías del Morro del Telar, buscó refugio en una caverna debido a una tormenta de nieve y se halló con la misma gigantesca criatura, abriendo fuego contra ella y oyendo sus desgarradores lamentos (5).

    Como contrapartida, dos profesores de la Universidad del Tucumán que estudiaron la cuestión, hallaron una analogía entre el “Yeti” de Asia y el “Ucumar” de los Andes, y establecieron que tales visiones son un producto de la mitología montañesa, correspon­diente a altitudes demarcadas por el límite inferior de las nieves, dentro de una co­mún situación geográfica (6).

    El estupor provocado por todos estos hechos apenas había comenzado a atenuarse, cuando el 25 de septiembre las agencias periodísticas informaron sobre un nuevo avista­miento que volvió a colocar a Salta en el primer plano de la actualidad. Ese día, los habitantes de la localidad salteña de Pajas Blancas advirtieron al promediar la tarde, el aterrizaje de una extraña aeronave en forma de huevo y de gran porte, que terminó elevándose en espiral ante la aproximación de los testigos (7).

    El diario El Tribuno, de Salta, tuvo gran protagonismo por cuanto hizo lo que estuvo a su alcance para informar a la opinión pública acerca de estos episodios y pa­ra reunir la mayor cantidad posible de testimonios. También el Club Andino del Norte se interesó en el problema y sus miembros aprovecharon una expedición para reunir antecedentes sobre estos misterios (8).

    La algarabía inicial dio paso a comunicaciones tales como la del Equipo de mediums-radar R. Jornán, que afirmó realizar activamente los preparativos para entablar conversación “con los navegantes extraterrestres de los platos voladores”. He aquí los prolegómenos de las hermandades platillistas y grupos de contactados, cuyos orígenes los encontramos en el movimiento espiritista. A finales de octubre de 1956, R. Jordán vaticinó (9): “Dentro de poco podré darles noticias sorprendentes. Por de pronto, los médium-radar con los cuales estoy en contacto confirman que alrededor del 7 de este mes aparecerán en Estados Unidos, y en otros lugares del mundo, y posiblemente en la Argentina, en la zona de Salta, máquinas voladoras de otros planetas, con misión de paz, que ya se habían anunciado en mensajes captados en la forma en que fue indicada (…). Se aproximan días -agrega R. Jordán- de gran movimiento de astronaves, de diversos mo­delos y procedentes de varios planetas. Serán de diversas formas -no sólo discos, cigarros, dados, esferas, etc. -, despedirán haces de luz de distintos colores, de acuerdo a la intención expresiva, pero con la finalidad de entablar relaciones pacíficas. Cada llegada de estas astronaves es un saludo…”.

    EL EPISODIO DE SAN LORENZO

    Dora Aráoz Castellanos de Jovanovies.

    Al mes siguiente de tan fervoroso anuncio, se produce un resonado avistamiento, motivo de nuestra exposición. El diario El Tribuno, de Salta, y otros (10), recogen las declaraciones de la señora Dora Aráoz Castellanos de Jovanovies, quien habría afirmado que “en la noche del 25 al 26 de noviembre (de 1956), vio en el cielo, en un lu­gar próximo a su residencia veraniega, ubicada a la altura del kilómetro 10 del camino a San Lorenzo, un extraño artefacto aéreo que, luego de permanecer durante algunos minutos descendió en un claro del espeso monte que rodea al lugar y próximo al lecho del río que corre a esa altura. Según la narración de la señora de Jovanovies -continúa la nota-, la máquina tenía forma circular, con dos pequeñas cúpulas, una arriba y la otra abajo y despedía, de lo que parecía ser una mirilla, fulgores lechosos.

    “En un momento dado, la extraña aparición descendió hasta unos 200 metros. Entonces, se abrió una portezuela inferior, saliendo al exterior un fuerte haz de luz, similar al de un reflector, que iluminó gran parte de la escena. Instantes después, el artefacto descendió hasta el claro del bosque. No obstante la lluvia que caía en ese momento, pudo observarse cómo pequeñas manchas de color marrón se movían sobre su superficie. Por unos minutos -dice la señora de Jovanovies-, me dominó el pánico; serenada ya, pude notar como el plato volador emprendió veloz vuelo en forma vertical, no tardando en desaparecer. Durante toda la presencia del vehículo celeste se sintió un suave zumbido, simi­lar al de un motor puesto en marcha a extraordinaria velocidad. La narración de la se­ñora Castellanos de Jovanovies no hace más que confirmar anteriores y extrañas apari­ciones como la presente. También, en 1955, en el cerro El Macón, y según aseguraron pobladores de la región, descendió en forma violenta algo que en aquel momento se creyó que sería un aerolito”, concluye el artículo.

    ¿BASES EN SALTA?

    Planta del área y ubicación de la testigo.

    Tras la espectacular observación en San Lorenzo, el medium-radar R. Jordán parece reconfortado y, con la trascripción del episodio y algunas lucubraciones, titula su nuevo artículo del 10 de diciembre de 1956: “Los anuncios del Equipo Jordán, hechos para Orbe 8, tienen confirmación: Platos voladores en Salta y la Capital Fede­ral” (11).

    En marzo de 1957, el investigador Cristian Vogt iría a presentar en Suiza los hechos curiosos ocurridos en esa provincia (12). Su exposición finaliza sostenien­do que esa región “se ha transformado en la actualidad en uno de los puntos neurálgi­cos del globo en lo relativo a la misteriosa actividad desplegada por las astronaves alrededor de nuestro planeta (…). Por lo tanto debemos prestar atención a esa zona en donde, en cualquier momento, podrían producirse acontecimientos mucho más importantes”.

    Respondiendo a estas exigencias, se constituye en Buenos Aires la Asociación Universal Metapsíquica, cuya sigla AUM es palabra sagrada para los espiritis­tas. Esta Asociación de sensitivos se funda el 29 de septiembre de 1957 para “conectarse con los planos y planetas elevados y ser los intermediarios entre Ellos y nuestra Humanidad científica y espiritualista”. Veinticinco son sus miembros y anteriormente eran siete, que constituían el Equipo Telepático R. Jordán que dio origen a la misma.

    A mediados de diciembre de 1957, su presidente, Agapito Millán, hizo sorprendentes revelaciones (13). “Pero lo más importante en relación al señor Millán -expone La Razón-, es que la provincia de Salta es la privilegiada y la elegida por los hermanos de otro mundo. La cantidad de fenómenos celestes observados allí se debe, de acuerdo a Millán, a que en Salta existe una estación-depósito de aparatos interplanetarios con sus diversos seres en plan de aclimatación y no para invadir a la Tierra, sino para ayudamos en un serio peligro por el cual hemos de pasar. Según los médium, que hasta dibujan una montaña en forma de campana, esa montaña tiene arriba un gran orificio donde residen los seres venidos en los platos voladores.

    “Ellos abren un poco el orificio para dejar entrar nada más que un poco de atmósfera terrestre, para ir aclimatándose. Luego vuelven a cerrar. De modo que es Salta don­de los habitantes de otros mundos tienen su guarida en la Tierra y su aeropuerto con depósitos y hangares para sus maravillosos vehículos, que nosotros llamamos platos vola­dores o cigarros voladores, con nombres bien vulgares por falta de imaginación…”.

    En julio del año siguiente, será Agor (pseudónimo de A. O. Pérez Alemán , presi­dente de la Asociación de Hermandad Cósmica (AHC) y activo miembro de la AUM, desarro­llando una vasta tarea de difusión sobre el tema en años venideros) quien dirá en una de la serie de notas tituladas “La Verdad sobre los platos voladores” (14), que “la provincia de Salta es la privilegiada y la elegida por los hermanos de otros mundos, como aeródromos de los platos voladores”, ratificando los dichos de Agapito Millán.

    Es en este conjunto de observaciones y revelaciones donde podemos hallar la génesis del mito de los ovnis de Salta, que se extiende -como es sabido- hasta nuestros días, y al que pertenece de manera proverbial, quizá sin proponérselo, el caso de San Lorenzo.

    Continuará…


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    Ene
    27

    QUILMES, BA: RAPTADA POR UN PLATO

    Dr. Roberto Banchs

    Protagonista de “un fabuloso episodio en el que realidad y ficción se entremezclan por igual”, una vecina de Quilmes (localidad situada a 20 km de la ciudad de Buenos Aires), aseguró haber viajado en un plato volador. El hecho habría ocurrido el martes 2 de julio de 1968, Y su relato fue conocido en las ediciones matutina y vespertina del popular diario Crónica, de Buenos Aires, del 4 de julio. En la primera se refiere al carácter serio y excelente concepto que goza en el vecindario, incluyendo unas breves declaraciones de su médico de cabecera. Al día siguiente, será el diario El Sol, de Quilmes, el que transcribirá -en medio de la repercusión pública- el extenso testimonio de la viajera espacial, Alejandra Martínez de Pascucci:

    Alejandra Martínez desde el umbral de su casa.

    “El martes a la noche, había salido a ver a una amiga, la señora Hildegard Saudner. A eso de las ocho y media de la noche ya volvía a la casa[1]. Como siempre, venía cami­nando cuando al llegar a la esquina de Alvear y Saavedra, me puse fuera de sí, como a­traída por una fuerza magnética. No podía resistirme a nada. Sabía que no era yo, y que algo me estaba pasando, como si me influenciaran. No podía gritar ni hablar. Esta­ba dura, inmovilizada, pero no perdí el conocimiento. De pronto vi una luz que me encegueció, y después no puedo explicar cómo, me encontré a bordo de un aparato, que sin duda era un plato volador, por las ventanillas. Adentro todo era blanco, de una limpieza total, con ventanillas, que despedían toda clase de colores.

    Esquina de su casa, allí Alejandra Martínez fue enceguecida por una potente luz.

    “Un silencio total. Lo que sí sentí, fue cuando comenzamos a e­levarnos del suelo. Yo me encon­traba como fuera de mí, no respondía. Sólo me acuerdo que pensé en mis hijos y dije ‘¿Y mis hijos?’. No puedo precisar si pensé, o di­je algo, pero estaba dura…

    “Adentro del plato se adver­tía un calor tremendo; creo que si continuaba allí me asaba. Esta pulsera de oro que tengo me quemaba, se había puesto rara, diría quemante”.

    Cuando se le preguntó sobre el diámetro del aparato, dijo: “y debería ser de unos tres metros y medio. Aunque no puedo precisar nada con exactitud. Imagínese mi estado, mi desesperación, porque yo no sé qué podría haber pasado conmigo. Lo que sí siempre traté de ponerme calma, y serena, por­ que ya perdida por perdida… no tenía otro remedio”.

    Domicilio de la testigo, adonde se dirigía.

    Pero quizá donde el relato se torna cada vez más fantástico es con respecto a los tripulantes de la extraña nave: “Cuando el a­parato tomó altura, vi a dos personas que indudablemente no eran de nuestra Tierra. Tenían un aspecto luminoso. No puedo describir con perfección porque todo el ambiente dentro de la nave era destellante, casi enceguecía. Uno de los desconocidos medía más de dos metros, mucho más, y el otro también era alto, pero no tanto como el primero. Por la forma de comportarse se advertía la superioridad del mayor sobre el otro. Hasta tuve la sensación que uno podría ser el varón y el otro la mujer. Eso lo intuyen sólo las mujeres como yo. Ellos hablaban o algo así, se hacían señas, movían la cabeza, pe­ro no pude advertirles la cara. Francamente no pude. No sabía decir si eran rubios o morochos, pero me parecían que no eran de aquí. El único movimiento que hacían era pi­sar (caminaban como con un defecto) una especie de botón que se encontraba en el medio del plato, en el suelo. Con eso movían el aparato. No me dijeron nada ni vi nada más. Siempre con el miedo que tenía trataba de no perder el dominio sobre mí misma. Después como había sido absorbida por el aparato, fui arrojada. Esto no se explicar muy bien, lo que sí me acuerdo es que me arrojaron sobre la tierra. Caí en el cementerio de Ezpeleta (NdR: distante a unos 4 km). Y allí también sufrí un terrible miedo, mirando tantas cruces. Ahora quiero contar, como es de mala la gente, cuando uno necesita auxilio. A los vecinos del cementerio acudí diciendo que quería volver a la casa. Pero nadie me llevó el apunte. Me trataron como si estuviera loca. Después conseguí un taxi que me trajo a casa, pero no me cobró. Me olvidaba decirles que los tripulantes despedían desde las manos y pies, luces como si tuvieran focos”.

    Regreso macabro. Entrada del cementerio de Ezpeleta.

    Habla entonces -para El Sol- el hijo mayor, Carlos Atilio Pascucci, de 17 años, un joven rubio, bastante aplomado según el diario. “Cuando llegó mi mamá, me ocurrió al­go muy extraño. Yo estaba con algunos amigos en la casa, y todos escuchamos el ruido de un zumbido, pero no de un taxi. Pero no se qué pasó y no salí. Algo muy extraño. Yo también creo que el taxista no era tal. ¿Cómo no va a querer cobrar un viaje de Ezpeleta hasta aquí? También usted sabe que apenas mamá bajó del auto, se quemó el foco del alumbrado público, y antes otros dos más en la esquina donde, según dice, el ovni la raptó. Además en la esquina está un agujero de unos veinte centímetros de diámetro, y unos 30 de profundidad. El pasto también quedó chamuscado. Eso no había antes. Ahora con la lluvia no se puede ver bien…”.

    A pesar del generoso espacio que destina el periódico de Quilmes al relato aluci­nante de la presunta viajera, señalando que lo hace con mucha convicción y sin aparente contradicción, aunque se la nota muy sensibilizada, la redacción del diario se muestra cauto en sus impresiones, dejando que “el lector opine como quiera”, y finaliza con un comentario de la testigo, a modo de copete de una de sus fotografías: “¡Claro que viajé en un plato volador! ¡Esa es la pura verdad! ¿Para qué mentir? (l).

    LA INVESTIGACION

    La inclusión de una síntesis del caso en un boletín del CEFAI (2) impulsó la rein­vestigación del mismo por parte de algunos ufólogos, que no dudaron en descalificar la probidad de Alejandra Martínez de Pascucci[2] (3).

    Cuadra de su casa en dirección a la luz que encegueció a la testigo.

    En octubre de 1986 fuimos a Quilmes con el fin de realizar una comprobación personal en el lugar de los hechos. Para entonces, la testigo se había mudado de su casa en la calle Alvear al 200, una zona densamente poblada con viviendas de una y dos plantas.

    En cambio, aún residían muchos vecinos que mantenían indeleble el recuerdo del episo­dio y las peripecias de su eventual protagonista. Su vecina lindera, Delia Weber, nos dice sin tapujos apenas iniciada la charla: “¡Noo! Fue todo mentira. Interésense, pero de alguien que esté más…, vayan a donde vieron de verdad. Para mí estaba borracha y crearon un… Miren, ahí vive una señora, pregúntenle también a ese señor allá -señalando a un hombre mayor, a la vista-. Ella bebe mucho, ¿qué perso­na tomada no ve cosas?”. El vecino se acerca al notar que lo marcaban. “¿Qué se sabe del plato volador de Alejandra, se acuerda?”, le interroga la mujer: “Que es un boleto (cuento) más grande que una casa; que no había nada -responde-. Parece difícil que el plato volador se haya posado, allá, en la esquina. Y las marcas que había eran, sí, de fuego, pero no de un ovni. ¡Pero qué! Es un pedacito de tierra, acá nomás, en la esquina (NdR: Efectivamente, se trata de un pequeño lote urbano ubicado en la esquina de Alvear y Saavedra). Y después, el muchacho que hizo venir todo eso -del periodismo- era muy jaranero. Ella decía cualquier cosa, ¡bah!, hablaba y hablaba. Fue una cosa como cualquiera, pero cuando supe quién era la que hablaba, ni le llevé el apunte. En el vecindario, ninguno. Nadie. Tampoco nadie vio algo esa noche, absolutamente nada; nada hasta el otro día en que empezaron a venir de los diarios, televisión.

    “Mi nombre es Raúl Jamargo y le digo: no creo. Más conociéndola a ella, y yo la conocí. Le daba por cualquier cosa, tomaba mucho. A ella no le creo nada, y menos lo que contó. Y después conocí al muchacho que hizo venir todo, no me acuerdo su nombre… pasaron muchos años, él le tomó el pelo, le hizo promoción para el otro chico que quería entrar en televisión. El más chico, cantaba, bah, hacía la mímica. Era el menor, Carlitos, el otro era Miguel. Quería entrar en televisión. La mujer era buena, pero tenía la desgracia; por eso lo del plato nadie se lo creyó”.

    Amplio descampado, lindero al cementerio, donde Alejadra Martínez fue dejada por el plato volador.

    Interviene nuevamente la vecina Delia Weber: “Dicen que los chicos habían quemado con fuego (el baldío). Fue toda una tramoya (enredo, embuste) que armaron. Porque jus­tamente el chico quería entrar en televisión Para cantar. Y entonces hicieron todo un globo. Además, un muchacho que le gustaba embromar llamó a Crónica. Pasa que la mujer tomaba mucho. Ahora mismo, van y a lo mejor la encuentran borracha y mascando tabaco, y les va a decir cualquier cosa. Acá la estimaban. El marido es un buen hombre, los chi­cos también”.

    Otra vecina, Olga Koljivrat, pasa a nuestro lado y es participada al diálogo. “Mi­re -dice-, todo eso fue, todo en vano. No era nada cierto. Ella tomaba y se inventaba cosas. Ella quería meter a un hijo… Ella quería estar en la trenza, entrar en televisión para poder hacer entrar al chico. ¡Y finalmente entró! Estuvo haciendo imitación un tiempo, en Sábados Circulares de N. Mancera. Nadie vio nada. Son todos cuentos de ella. Ahora tiene los hijos grandes, solteros, viviendo en la casa, y las mellicitas que (tuvo después) ya son señoritas. Ella siempre inventaba, inventaba cosas… Con eso del ovni vinieron muchos periodistas. Al último, le dije: ‘Mire señora, son todos cuentos’. Como a los dos años, su hijo le comentó a un muchacho amigo, que es también de mi sobrina: ¡No! Si son grupos (Arg. lunf.: embuste, mentira), si fuimos yo con mi mamá, y quemamos, para entrar en la trenza de la televisión”.

    Era fácil advertir de qué manera la imagen de la testigo propendía a la increduli­dad general. Como ha sido señalado, por supuesto que la constatación de estos rumores no constituye una prueba irreducible de que haya urdido un fraude, pues, con frecuencia la vecindad suele juzgar sin razón o con excesivo rigor a quienes alborotan su condominio. Al menos, la soltura de palabras y la firmeza de los argumentos respecto de la pobre mujer, francamente nos sorprendió. A fin de cuentas, sólo veníamos a investigar un caso.

    Alejandra Martínez de Pascucci, no quiere hablar.

    Con la indicación de los vecinos, rápidamente localizamos el nuevo domicilio de doña Alejandra, a trescientos metros del anterior. Sin transponer el umbral, nos atiende con actitud recelosa, de sospecha o temor. Al conocer el motivo de nuestra visita, se negó a hablar y continuó repitiendo su negativa durante treinta segundos, mientras permanecíamos expectantes frente a ella: “Nooo, no, no, no”. Por ingenua que parezca la pregunta, ¿qué nos quería decir la testigo? Finalmente, precipitó una respuesta menos ambigua: “No, no. Eso del plato volador fue todo mentira mía, eso”. Su reparo inicial se convirtió en negar la verdad de su historia.

    Luego de su respuesta y, quizás, ante nuestra mirada de asombro, reafirmó: “Sí, eso sí”. Atenta a lo que ocurría en el interior de su casa, agrega: “Ahora yo ando bien, gracias a Dios. Hace treinta y cuatro años que vivo en el barrio; en esos momentos yo tendría como 40 años, 39 o 40” (NdR: Según Crónica tenía 47, y para El Sol, 42). Y justificando su presura por ir al dentista, rehuyendo del tema que nos convocaba, no sería necesario insistir o ahondar sobre lo que estaba dicho.

    No, no. Eso del plato volador fue todo mentira mía, dice doña Alejandra.

    Aún así, podría sospecharse que Alejandra Martínez de Pascucci recurrió a una artimaña para desembarazarse de una incómoda situación, pero el cúmulo de evidencias testimoniales y comprobaciones se han descargado para mellar la porción de realidad que el caso pudiere tener.

    REFERENCIAS

    (1) El Sol, Quilmes, 5 julio 1968, ps. 1, 8/9.

    (2) Banchs, Roberto. “Segundo Anexo del libro Los ovnis y sus ocupantes”, en Boletín CEFAI, n° 10, Buenos Aires, 1980, ps. 1/2.

    (3) Chionetti, Alejandro y A. Agostinelli, “El ‘rapto’ de Quilmes: La componente etílica”, en UFO Press, VI: 19, Buenos Aires, enero-marzo 1984, ps. 27/30.

    ● Otras referencias sobre el episodio, citadas en Banchs case references, de Richard W. Heiden:

    - Crónica, Buenos Aires, edic. mat. y vesp., 4 julio 1968. Una edición (no especifica cuál) es citada en: Flying Saucer Review, London, 14:5, sep.-oct. 1968, p. 28; reimpresa en:

    - Charles Bowen, ed., Encounter Cases from F1ying Saucer Review, A Signet Book, Dec. Number 5, september-october 1969, Maidstone, p. 54.

    - UFO Chronicle, Vigo Village, Kent, England, 1:1, dec. 1968, p. 17 (muy breve, no ref., fecha 3 julio).

    - Saucer Scoop, 4:1, April 1969, p. 6, citando UFO Chronicle.

    - Boletim SBEDV, Río de Janeiro, n° 42-44.

    - Hector P. Anganuzzi, Historia de los platos voladores en la Argentina, Plus Ultra, Bs. As., 1976, ps.157/158.


    [1] Curiosamente, a esa hora concluía la serie Hechizada, por canal 11, una de las cuatro emisoras de TV local.

    [2] La exitosa encuesta llevada a cabo en septiembre de 1981 por A. Chionetti y A. Agostinelli, mórbidamente titulada, presentaba -empero- algunas insuficiencias a la postre importantes, ya que no habían podido grabar las declaraciones de la testigo y olvidaron pedir el nombre a los vecinos consultados.


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    Ene
    13

    CNEL. BRANDSEN (BA): UN PROVERBIAL DESENCUENTRO

    Roberto Banchs

    ◘ Entrevistas con Mauro E. García:

    Las mismas se desarrollaron en diciembre de 1986 y febrero de 1987, en su domicilio. Su relato es el siguiente:

    Mauro García.

    “Viajaba con Federico Atencio totalmente despierto, no habíamos bebido ni comido en exceso. Veníamos conversando tranquilamente de nuestras cosas, cuando vimos eso. Era la ruta que viene de Monte, a Brandsen, un camino por entonces de tierra. Estábamos a mitad del camino cuando repentinamente se nos cruzó como una luz muy in­tensa, muy fugaz, con una velocidad fantástica que se introdujo en un campo, llano; por eso pensamos que no era una cosa normal. A cada lado del camino había alambrada, y esa luz, ese objeto, lo que fuere, le pasó por encima y se perdió inmediatamente. Vimos una cosa tan rápida que no alcanzamos a divisar más. Nos quedamos entonces ahí detenidos, un rato, pensando con mi compañero Federico, y sólo después seguimos viaje a Coronel Brandsen. Cuando arribamos, lo hicimos a una estación de servicio que está en la curva del camino, y nos dirigimos a cargar nafta. En esas circunstancias, se me ocurre mirar hacia el cielo, en una costumbre de siempre, y lo que pareció al comienzo que era una estrella, en segundos se convirtió en una luz intensísima, aunque calculo estaría muy alta, haciendo un movimiento de insecto, en zig-zag. Me detengo a observarla y le pregunto a Federico: ‘Che, mirá allá a ese punto en el cielo, ¿qué ves?’. Al principio no la veía, pero le insistí y cuando lo pudo ubicar, porque él también era medio corto de vista[1], describió lo mismo.

    “Todavía pensando que estábamos con una visión ilusoria, que a veces se da -porque uno cree que ve y no es nada más que una fantasía, un estado de autosugestión, donde en realidad no existe nada de lo que cree estar viendo-, bué, llamamos al empleado de la estación de servicio, le apuntamos justo allá, y se quedó mirando un ratito. ‘Oh, que extraño -dice- parece un helicóptero, por los movimientos, pero una luz tan intensa no la tiene’. Nos quedamos una media hora y, de repente, en uno de esos movi­mientos en zig-zag, giró y no la vimos. Creo que después nos fuimos y continuaba la luz, el movimiento. Se trataría del mismo que vimos antes.

    “Nosotros pensamos que sería un objeto… pensamos siempre que era un objeto extra­terrestre, porque ningún aparato de acá puede hacer lo que hizo: cruzar el campo hacia la derecha, que estaba todo alambrado; nosotros conocíamos ese camino muy bien porque continuamente íbamos a Azul y veníamos por esa ruta. No había ni un pedacito que faltara alambre. Y para que cruzara tan rápidamente por encima, no podía ir a ras de tierra, tenía que tener una cierta elevación.

    “Apareció a un costado del camino, ¡pero apareció tan rápido!, que no se de dónde venía, cómo estaba, a qué altura se hallaba. Fue una cosa que pasó, casi tocando tierra; justo enfrente de nosotros y después por encima de la alambrada.

    “Nosotros no vimos personas. Por lo menos, yo no vi. No, no, de eso no vimos nada. Vimos exactamente esto. No vimos nada más.

    “Bueno, cuando la vimos arriba (desde la estación de servicio) no se distinguía nada, pero en ese breve instante en que nosotros observamos en el camino, no era, sino parecía que había una pequeña sombra adentro.

    “La sombra era… como una luz que presenta una pequeña sombra. Acaso como una lamparita, una luz cualquiera, que sale como una sombrita, que no está totalmente limpia la luz. Por ejemplo, el de una linterna de caza, que proyecta la luz, pero en el centro de la misma hay un cono oscuro, bueno, eso es lo que vimos nosotros. No tan preciso, pero ahí no hay vizcachas ni perdices, ¡no van a ir a cazar allí a esas horas de la noche! Además, no hay instrumento humano que haga una luz de esas. Eso es lo que vi. No se podía observar más detalles por la intensidad de luz y por la velocidad.

    “Cuando nos cruzó en el camino, estaría a unos 300 m; luego se elevó rápidamente. Eso es extraordinario, porque no necesitó hacer un desplazamiento muy grande para ele­varse, sino que prácticamente lo hizo en forma vertical. La luz tendría un diámetro de más o menos 25-30 m, aunque era alargada, una luz redonda pero alargada. Las manchas estaban adentro, en el medio de la luz, cuya intensidad no permitía ver la forma; no era precisa. Estaba a unos 50 m, no más. No recuerdo cuántas eran, se que vimos, pero no estaban todas juntas; vimos, sobre todo en esta parte central, ahí es donde divisa­mos esas sombras difusas. No tenían una forma determinada. Tampoco el color, negra, gris, oscura; capaz que en vez de ser negra era verde o azul fuerte, pero eso no se podía precisar.

    “Nosotros veníamos de Azul y pensamos en quedarnos unos días más, pero no lo hicimos porque al otro día era festivo y queríamos estar con nuestras familias. Pero no me olvido que al poco tiempo de haberlo visto, salió en La Razón que personas que estaban en el barrio de la Boca, en Buenos Aires, lo habían avistado y en la misma hora. Cuan­do llegamos a La Plata era de noche, y fuimos a dormir. Entonces, fue al otro día cuando Atencio recibe el periódico y, como nos veíamos todos los días, me dice: ‘¡Mirá Mauri! -trayéndome el artículo-, esta gente ha visto lo mismo que nosotros’. Porque la gente lo describía como nosotros lo habíamos visto, de la misma manera.

    “O sea que ellos lo vieron la misma noche y a la misma hora que nosotros. Durante el viaje, comentamos nuestra observación, pero después fuimos restándole interés. Le dimos importancia cuando Atencio me trajo el periódico donde había salido que otros habían visto eso, sino no lo habríamos comentado. ¡No le dimos importancia! Sólo nos llamó la atención, así…

    “Haciendo un cálculo, esto ocurrió alrededor de las 22 horas, a mitad de camino entre San Miguel del Monte y Brandsen, podía ser a dos kilómetros más, o menos. Condu­cía Federico Atencio su Plymouth convertible, cuando vio esa luz que se cruzaba en el camino, ¡y frenó, clavó los frenos! Porque al principio, no digo que nos asustamos, pero nos produjo una sensación de… asombro, un estado de… ¡que no era miedo! Por­que no pensamos que podía ser algo que nos podía herir. Apareció de súbito, delante de nosotros, desplazándose de la mano izquierda a la derecha. Era una noche tranquila, con cielo estrellado, y algo fresca. Porque nos bajamos del automóvil, prendimos los faros, y tratamos de ver si había alguna huella. Nos había llamado poderosamente la a­tención el modo en que cruzó la alambrada. Pero no vimos nada. Al objeto, claro está, lo vimos desde adentro del auto, pero al bajar lo hicimos para pensar un poco qué era lo que habíamos visto, y luego para ver si…, porque suponga que está en el camino y se viene, de repente hace así, pero en forma velocísima, ¡ni siquiera se puede pensar de dónde venía! Y esto fue fugaz, segundos en que hizo todo el recorrido. Esas man­chas las observamos estando a unos 50 m, tal vez menos. Después, se elevó, se perdió; nosotros no la vimos y se elevó sin hacer ningún desplazamiento horizontal para tomar fuerza y elevarse. Luego que pasó la luz, fue cuando nos bajamos con Federico, dicien­do: ‘¿Qué es esto?’. Estábamos asombrados tras ver esa luz blanca, caro el diamante.

    “Respecto a otras versiones, hay gente que hace mucha fantasía de las cosas; por eso es muy difícil determinar con precisión. No se podía precisar más. Todo lo demás podría ser una fantasía. La verdad que el asunto del plato volador no lo habíamos anali­zado, no estaba en nuestra mente. Lo que vimos era ese objeto tan extraño que no podí­amos determinar de qué se trataba. Tal vez sólo lo mencionamos al pasar, pero nada más.

    “Por entonces tenía 39 años -nací el 20 de diciembre de 1914- y, aunque nos hemos formulado esa pregunta, siempre creí que al no tener una base cierta, ¿para qué pensar que se trataba de un objeto extraño, algo tan especial como un ovni?, ¿con qué funda­mento? En cambio, hay gente que le gusta la fantasía y…

    “Federico (Atencio) diría exactamente lo mismo. A lo mejor, podría decir las cosas con un poquito más de detalle, porque… teníamos diferencias; él podía ser un poquito más ¿no?, de acuerdo a su temperamento. Pero la versión en sí, o sea el fondo del asunto, es exactamente eso, lo que vimos nosotros dos. Quizá, ¿sabe qué?, él podría haber­se imaginado un poco más, porque era medio… imaginativo, tenía inclinaciones medio bohemias. Eso sí, tenía mucha cultura, mucha más que yo. Mi socio era ingeniero y yo apenas hice hasta el tercer año del secundario y abandoné. Tenía respecto a mí unas pequeñas diferencias en la forma de expresarse, de darle el detalle; pero en esencia es lo que le he manifestado: ‘Vimos cruzar en el camino una luz muy intensa que se desplazaba a una gran velocidad, de una forma semiredonda, en la cual alcanzamos a divi­sar algunas sombras difusas. Luego la luz se elevó rápidamente y la perdimos de vista. Al llegar a Brandsen, en la estación de servicio volvimos a ver un objeto luminoso que se desplazaba rápida y zigzagueante en el firmamento. Le preguntamos al encargado de la estación si él divisaba algo y nos describió lo mismo que veíamos nosotros’”.

    Las entrevistas con Mauro Esteban García se desarrollaron de manera distendida y amable. Ante la posibilidad de que el testigo pudiera ocultar o reducir en forma deliberada la extrañeza de su experiencia[2] (tras haber confrontado la versión de su amigo F. Aten­cio), intentamos disuadirlo de tal hipotética idea. Sin embargo, mostró firmeza en sus declaraciones y no eludió nuevas preguntas. En cambio, pudimos advertir cierto énfasis puesto, por un lado, en la simpleza -sin adornos- del avistamiento y, por otro, en el propósito de respaldar su testimonio de modo coherente con el de los demás testigos (Federico Atencio, el empleado de la estación de servicio de Brandsen, etc.), forzando o negando cual­quier desacuerdo. También observamos algún titubeo y signos de ansiedad cuando señalamos la posibilidad de un plato volador y de la presencia de personas, conforme a la descripción de Atencio, con quien -concluye reconociendo- ha tenido sus “diferencias”.

    ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE LOS RELATOS

    Los testimonios de Mauro García y de Federico Atencio nos ofrecen notables discrepancias. Especialmente, entre las “sombras difusas” de García y las “dos figuras casi humanas”, descriptas por Atencio. En terreno de las hipótesis, cabría suponer que Atencio y García -sentados juntos en el automóvil-, han visto cosas diferentes. Y si no fuera así: ¿Hubo un exceso imaginativo?, como lo sugiere García. O la contrapartida, ¿será el temor de ver manchada la reputación, admitiendo la ocurrencia de un hecho totalmente desusado?, como lo sugiere la señora de Atencio.

    No obstante, existen algunas circunstancias en las que concuerdan. Por ejemplo, la lectura al día siguiente del vespertino La Razón, que reavivaría el interés por sus propias experiencias. Según M. García, otras personas “lo describían como nosotros lo habíamos vis­to, de la misma manera (…) la misma noche y a la misma hora”.

    Respecto a la ubicación y el aspecto que presenta la Luna aquel sábado 24 de mayo de 1952, según datos proporcionados por Carlos Demaría, el astro se sitúa al NW, bajo el horizonte y con una incipiente fase lunar. En otras palabras, no había Luna visible, coincidiendo con la descripción brindada por el Ing. Atencio. El avistamiento se da, pues, en el marco de una noche oscura.

    Respecto a los testigos, es evidente que nos hallamos ante “un proverbial desencuentro”, cuya controversia resultó imposible dirimir en esta investigación. A las primeras encuestas realizadas por el suboficial de aeronáutica Roalde Moyano, ceñidas al extraordinario relato de Federico Atencio, le han seguido las declaraciones de Mauro García como testigo directo, tras la muerte de aquél. Es probable que la verdad surja alguna vez, o se perpetúe el interrogante. Pero es seguro que con semejantes contradicciones, hay una realidad que no podrá alzarse ostentosamente para aclamar su existencia.

    REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

    (1) La Prensa, Buenos Aires, 1° julio 1967.

    Banchs, Roberto. La investigación de los OVNIS en la Argentina, en rev. Auge, Buenos Aires, n° 2, agosto 1979, ps. 10/14.

    (2) La Razón, Buenos Aires, 11 julio 1966.

    (3) El Día, La Plata, 15 noviembre 1967, p. 6.


    [1] No obstante, al final de la entrevista volvimos sobre el tema y le preguntamos a García si para esa fecha usaba lentes, a lo que respondió: “No, no. Ni Federico (Atencio) tampoco. Ninguno de los dos usaba. Ni tampoco para leer”.[2] Al conocer las declaraciones de García, la Sra. Ada C. de Atencio, manifestó que García “teme que lo tomen por loco. Desde un comienzo no quería hablar del asunto, pensando que no le creerían. No desea manchar su reputación admitiendo lo que sucedió”.


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    Ene
    06

    CNEL. BRANDSEN (BA): UN PROVERBIAL DESENCUENTRO

    Roberto Banchs

    La División OVNI, dependiente de la Fuerza Aérea Argentina, fue organizada en 1961, aunque la labor más promisoria haya comenzado en julio de 1967, cuando el Departamento Técnico del Servicio de Inteligencia de Aeronáutica (SIN), dentro de modestos recursos, destinó al suboficial mayor Roalde Moyano para que se ocupara del asunto, solicitando la cooperación de la población para notificarle sobre cualquier avistamiento de fenómenos aéreos inusuales (l).

    Brandsen. La Razon 11 de julio de 1966. Primera noticia de prensa.

    El motivo parece haber sido su manifiesto interés en tales avistamientos. En efecto, un año antes, Moyano había ofrecido una conferencia de prensa en la Secretaría de Aeronáutica, dejando aclarado que no lo hacía en representación del Arma, y sí “en carácter de investigador privado” de ovnis. Durante la misma, según La Razón, de Buenos Aires (2), el suboficial reveló un inquietante episodio, conforme a lo deta­llado:

    “También puede rememorarse -señala el vespertino- la extraña aventura que vivieron el ingeniero Federico Atencio y su amigo García, cuando en la madrugada del 20 de sep­tiembre de 1954 vieron a un enorme ovni evolucionar por encima de sus cabezas y luego descender detrás de un monte de eucaliptos. Atencio y García habían partido de Azul con destino a La Plata, y en la ruta que une a Monte con Brandsen se empantanó el co­che. Era de madrugada y el cielo estaba sin nubes. Atencio vio una luz y conjeturó que se trataba de un vehículo que avanzaba por la ruta, pero muy pronto se percató que se había equivocado: era un ovni que se desplazaba a gran velocidad en forma de cruz, va­le decir que avanzaba vertical y horizontalmente de manera equidistante, desde el cua­drante oeste-sudoeste. Según Atencio el vehículo tenía un diámetro de la Luna llena y, luego de una hora de evoluciones rapidísimas, cayó como un rayo detrás de un monte de eucaliptos. Los destellos de luz permitían divisarlo detrás de los árboles y, de pron­to, levitando, aparecieron muy cerca de ellos dos figuras casi humanas, de aproximada­mente un metro de alto, vestidos de blanco, con un gran casco plateado y capas sobre sus espaldas. García gritó: ‘¡Vienen a matarnos!’. Atencio cruzó los brazos en señal de paz, pero las fantasmales criaturas, rápidas caro la luz, regresaron a la nave que despegó en fracción de segundos.

    Federico Atencio.

    “A Atencio y García nadie les creyó. Pero hoy la voz de García[1] fue escuchada en una grabación que se pasó en la sala de periodistas de la Secretaría de Aeronáutica…”.

    LA REVISIÓN INVESTIGATIVA

    La experiencia nos indica que no es posible aceptar la veracidad de un informe ov­ni sobre la base de una información periodística; aún cuando pareciera estar avalada presuntamente por cierta autoridad. El análisis del fenómeno requiere de fuentes de primera mano. Y a pesar de los doce años transcurridos hasta que el caso se hizo público, y de los tantos más que le siguieron al momento de nuestras indagaciones, queda claro que la reinvestigación de viejos informes adquiere mayor valor frente a la informa­ción novedosa, pero carente de una encuesta apropiada, cuya presunta verdad parece sellada por una estridente declaración. No es el caso de Roalde Moyano, a quien le reconocemos su dedicación y honestidad intelectual, más allá de sus limitaciones, pero es posible advertirlo -sin temor a equivocarnos- en la mayoría de los ufólogos, que prefieren aceptar y propalar como legítimas las versiones groseramente distorsionadas de los medios de prensa, jamás investigadas, mientras se muestran refractarios a las encuestas de casos antiguos para dejar coagulada en el tiempo su pretendida realidad.

    ◘ Entrevista con Ada Elvira C. de Atencio:

    El interés que despertaba la noticia y la posibilidad de ampliar la información, nos condujo a intentar localizar al Ing. Civil hidráulico Federico Atencio. Fue así que ubicamos en La Plata a la señora Ada Elvira C. de Atencio, quien nos informó que su esposo había fallecido a los 57 años, en noviembre de 1967 (3). No obstante, nos aporta su valioso testimonio:

    “Vinieron dos veces de la Aeronáutica a recabar datos, ellos tienen la grabación. Recuerdo lo que él me contaba. Que venían con García de un viaje y que en el camino observaron un plato volador. Según mi esposo, García se asustó mucho y lo único que decía es ‘¡nos van a matar!” y mi marido -que es más sereno- les dio esa versión. Transcurrido un tiempo regresaron para ver si coincidía con lo que había dicho primero, pe­ro él se dio cuenta y expresó: ‘Lo que les digo no he querido comentarlo con nadie, porque van a decir que estaba loco, pero como vienen a preguntarme, yo se los digo. A­parte, ese mismo día, mucha gente lo vio en distintos lugares’.

    “Ocurrió en las últimas horas de la noche, casi de madrugada, en la época en que trabajaba con García. Venían de San Miguel del Monte y el auto empezó a pararse y vieron una luz. Al principio creyeron que se trataba de un farol que habrían puesto en una de las casitas por ahí, detrás de un alambrado. Pero después se detuvo el auto, el motor, a orillas del camino, y vieron cómo el plato se asentaba en el suelo, o que ya estaba allí. Mi esposo dice que él vio bajar -no se cómo- a uno que vino hasta la alambrada. Después cuando subió, él se quiso arrimar, se vieron; ellos (Atencio y García) se habían parado tras la alambrada, todo el tiempo y cuando se elevó con una luz fosforescente, lo hizo en forma vertical, para arriba, no como lo haría un avión, y desapa­reció en un minuto.

    “El aparato tenía forma circular, de plato, con una pequeña cúpula redonda, caro sacan los diarios. Plateado. Estaba a más o menos media cuadra, 50 metros, desde donde paró el auto hasta el sitio en que se asentó el plato, a la izquierda del camino, tras la alambrada del campo.

    “Él me dijo que había un hombre, una persona más bien baja, con un traje de alumi­nio. Una o dos que bajaron, no recuerdo. Se acercó al alambrado (no al automóvil). Y cuando mi esposo se descendió del auto para acercarse, para verlo, este hombre se volvió al plato, y el plato se levantó. Hubiera querido comunicarse, no se, aunque, no se qué i­dioma hablaría este hombre.

    “Se produjo por la noche. Cuando todo terminó, ellos se quedaron allí, por la impresión que tuvieron, hasta que amaneció. El motor volvió a andar de nuevo. Lo vieron durante una hora, u hora y media, hasta que se elevó haciendo como una cruz, en el aire. Mi esposo le preguntó a García: ‘¿Vos estás viendo lo que estoy viendo?’.

    “No conozco su versión, pero mi marido me dijo que estaba muy asustado, y que García le decía: ‘¿Para qué vas a contar?, no’. Pero mi marido nos contó y no se cómo, en ese tiempo a quién se lo dijo, y llegó a oídos de la Aeronáutica. Le voy a ser franca, cuando él me empezó a contar, al venir todo emocionado, me mofé. Entonces me contestó: ‘Si vos que eres mi esposa, no me crees, cómo puedo yo contarle a alguien, porque van a decir que estoy loco’. Pero después me enteré que sí, en realidad lo había visto. Y me exclamaba: ‘¡Para qué te voy a decir una cosa por otra!’.

    “Mi marido tenía por entonces 42 años, nació en La Plata el 6 de abril de 1910, y después de trabajar caro ingeniero hidráulico en Agua y Energía Eléctrica durante unos años, se puso a trabajar por su cuenta con García, que era constructor, en una socie­dad llamada Atengar, pero no marchó muy bien y se retiró”.

    Hasta aquí los tramos fundamentales de una de las entrevistas mantenidas en diciembre de 1986 con Ada C. de Atencio. La señora nos impresionó favorablemente, trayendo el recuerdo del relato ofrecido por su finado esposo. Además, es ponderable la amabilidad y llaneza puesta de manifiesto en su exposición.

    ◘ El testimonio de Federico Atencio:

    Cuando parecía impensado llegar a reunir más datos o precisiones sobre el insólito episodio, revisando en el año 2000 la copiosa correspondencia de la ilustre Comisión Observadora de OVNIs (CODOVNI), fundada en 1956 por Ariel C. Rietti y Cristian Vogt, hallamos la carta que proyectó el caso a la opinión pública. Escrita de puño y letra por el Ing. Federico Atencio, está fechada en La Plata, el 11 de abril de 1964. La misma, expuesta en lenguaje coloquial, dice lo siguiente:

    “Entendiendo que pudiere ser útil esta información (…), comunico a Uds.: De regreso a la ciudad de La Plata, desde Azul (Prov. de Buenos Aires), en compañía del señor Mauro García, domiciliado también en La Plata, sobre el camino que une ambas localidades, aproximadamente a 20 km de Brandsen, entre San Miguel del Monte y la anterior, tuvimos un desperfecto en nuestro automóvil: hora 24 del día (sábado) 24 de mayo de 1952. En esa época el actual camino pavimentado se encontraba en construcción (obra básica). El cielo despejado y sin Luna. Observamos durante más de una hora la evolución de un objeto (…); en un instante determinado describe una trayectoria (…). Simultáneamente se nos presentan dos seres, con luminosidad en su vestimenta, sus características similares a seres humanos, suspendidos en el espacio a 20 centímetros del suelo; se desplazaban describiendo trayectorias caprichosas y muy lentas. Mi compañero de viaje quedó sumamente impresionado. El que suscribe, enfocando las luces del automóvil hacia los seres que se presentaron tan inesperadamente, realizó toda clase de señas convencionales: saludos, señas para aproximarse, etc. Cuando intenté llegar a ellos, luego de observarlos por más de 15 minutos, los visitantes se desplazaron a velocidades superiores, hacia el objeto que permanecía en el suelo.

    “Todo ocurrió en un solo instante: desplazamiento de los seres al artefacto u objeto, y éste a su vez retomó la misma posición anterior, la que seguimos observando durante tiempo más. Creímos conveniente llegarnos a Brandsen para comunicar a quien sea. Al llegar a esta localidad (antes de tomar la curva que comunica con el centro urbano), volvimos nuestra vista y aún permanecía el objeto en su evolución insólita. Todo esto ocurre en un tiempo de 120 minutos desde nuestro contratiempo mecánico y, por lo tanto, desde el momento en que observamos el objeto. En Brandsen tratamos de comunicar el extraño caso a la agencia YPF (NdR: estación de servicio de combustible, de Yacimientos Petrolíferos Fiscales), pero sus moradores ya habían clausurado el servicio (2 de la mañana); así que golpeamos la puerta y a poco de tratar de explicarles, como era de esperar, nos cerraron la entrada.

    “Tuvimos desde ese instante especial cuidado de referir nuestra experiencia. En principio, fueron nuestros familiares y luego nuestros más allegados amigos. Estudié este asunto durante largo tiempo de observación. Indudablemente, cabría llenar páginas de todo lo visto y de las deducciones que obtuve en esa oportunidad”.

    Hasta aquí el testimonio vívido, espontáneo, de quien fuera uno de los testigos y protagonistas del singular caso. Fallecido tres años después de escribir estas líneas, su esposa nos orientó en la búsqueda de aquel compañero de viaje, a fin de confrontar las versiones del espectacular episodio. Así ubicamos a Mauro Esteban García. Nuestro próximo entrevistado.


    [1] La Razón dice García, pero debe ser error por Atencio. La señora de Atencio recuerda muy bien la grabación del testimonio de su esposo en posesión de la Aeronáutica, mientras que García expresa que jamás fue entrevistado por miembros del Arma. También el periódico indica como fecha del episodio el 20 de septiembre de 1954, en discordancia con lo expuesto por los testigos: 24 de mayo de 1952.


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    Dic
    29

    FÁTIMA (BA): EL ÚNICO OVNI

    Roberto Banchs

    Hacia finales de la gran vorágine de apariciones de ovnis con ocupantes ocurrida en la Argentina durante 1968, el semanario 7 Días Ilustrados, de Buenos Aires, en su edición número 72, del 23/29 de septiembre de 1968, reproduce en la página 12 en la sección “Correo de los lectores”, una carta firmada por Juan Bautista Perazzo, vecino de Pergamino, provincia de Buenos Aires, relativa a un singular encuentro con personajes siderales. El texto es el siguiente:

    Arriba. Inmediaciones del encuentro con los únicos ETs de J. B. Perazzo.

    “Llamar Ovni a los platos voladores ya no tiene sentido: yo he identificado con pelos y señales a uno de ellos. Sus tripulantes me confesaron, además, que son los úni­cos seres extraterrestres que han merodeado la Tierra en estos últimos años. Vale de­cir que todas las apariciones denunciadas por oficiales del ejército norteamericano y argentino, civiles y pilotos de líneas aerocomerciales, fueron protagonizadas por un único Ovni: el que yo vi. Muchos escépticos, claro, se preguntarán: ¿cómo se las arreglaron, entonces, para aparecer simultáneamente en varios sitios, o en formación colectiva? Los mismos tripulantes me explicaron en perfecto castellano: ‘Nuestra nave po­see un complejo instrumental que permite reproducir, en cualquier lugar, luminosidades que se asemejan a ella. Pero jamás hemos tenido más de una nave. Como estamos explorando vuestro planeta, debemos despistar. Venimos en busca de materiales radiactivos’. La visita que menciono se produjo el martes 10 de septiembre, a la altura del kilómetro 62 de la ruta N° 8 (n: localidad de Fátima, Partido de Pilar), en la provincia de Buenos Aires, en horas de la noche”.

    Vista general de la zona del contacto sideral.

    A pesar de que 7 Días Ilustrados era por entonces el semanario informativo de mayor circulación en la Argentina (la tirada de esa edición fue de 155.000 ejemplares), la escueta noticia no tuvo prosecución ni resonancia alguna en otros medios.

    Lugar exacto del encuentro, vista haci Buenos Aires.

    Por entonces, nada más pudo saberse del circunstancial testigo. En Pergamino no fue localizado y la revista se había deshecho de la original epístola. Pero años más tarde, cuando orillaban ciertas dudas sobre su identidad, tuvimos algunas noticias: Perazzo existía y contaba en aquel tiempo con 29 años, pasó a residir en San Nicolás, se desempeñaba como chofer y era muy fantasioso. Allí quedó flotando el nombre de quien tuviera el proverbial privilegio de recibir la “confesión” de los únicos extraterrestres que han merodeado la Tierra en estos últimos años (sic), evocándonos por curiosa -y acaso- reveladora coincidencia a uno de los profetas bíblicos que anunció la venida del Mesías, Juan el Bautista[1].

    Vista norte.

    Dice San Mateo (III, 13): “y testificó Juan, diciendo: ‘Ví al espíritu que descendía como paloma del cielo, y se posaba sobre él. Y yo no le conocía…”, etc. y San Juan (1,6-7): “Fue un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de La Luz, para que todos creye­sen en él”.


    [1] El bautismo es, por así decirlo, la consagración oficial de Jesucristo como Rey Mesías (enviado, mensajero).


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