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La Lápida de Palenque (Final)

LA LÁPIDA DE PALENQUE[1]

LA INTERPRETACIÓN COMO NAVE ESPACIAL

Daniken20 Muchos conocerían la lápida de Palenque a través de los libros de Erich von Däniken en donde se decía que era la representación maya de una nave espacial. Pero él no fue el primero en señalar esta tontería.

No estoy seguro si fue Alexander Kazantsev, en alguno de sus trabajos traducidos al francés y publicados en la revista Planete, por Louis Pauwels, o fueron los franceses Guy Tarade y André Millou los primeros en sugerir que el personaje de la lápida de Palenque se hallaba en el interior de una nave espacial que despegaba, mientras iba accionando diversos mandos de la misma.

Según ellos la posición que adopta el personaje es muy parecida a la que toman los astronautas dentro de las cápsulas espaciales. Los escritores de Niza escribieron un artículo para la revista turinesa Clypeus, en donde afirmaban que el hombre representado en la lápida vestía un casco que le cubría la cabeza (yo no puedo distinguir ningún casco), y manejaba distintos instrumentos del tablero de mando o los controles de la nave (tampoco veo dichos controles). Decían que los jeroglíficos de la tumba eran un mensaje dejado por los seres de las estrellas. La parte medular del artículo dice:

“Cuando un pueblo quiere transmitir un mensaje indestructible, capaz de vencer al tiempo, lo confía a la piedra, el único material que puede desafiar la eternidad. En nuestro caso, eso es lo que han hecho los científicos mayas. La escultura, nítida, equilibrada, es una de las más bellas y refinadas que se conocen.

“El motivo principal está rodeado por veinticuatro símbolos que nos hacen pensar en la ‘Puerta del Sol’ de Tiahuanaco, y están dispuestos de la siguiente manera: nueve en lo alto (cielo), nueve abajo (Tierra), tres a la izquierda (Oeste) y tres a la derecha (Este). Estos jeroglíficos se refieren, de seguro, al pilotaje de la nave”.

Esos jeroglíficos nada tienen que ver con el pilotaje de ninguna nave, como lo vimos en la primera parte de este capítulo.

“El personaje que está en el centro de la losa y que nosotros llamamos piloto lleva un casco y mira hacia la parte delantera del aparato (proa). Sus dos manos están ocupadas y parecen manejar mandos o manipular unos resortes”.

Pakal no viste ningún casco ni manipula ningún mando.

“La mano derecha se apoya sobre una palanca idéntica a las utilizadas en el cambio de marchas de los autos Citroën 2 CV. Su cabeza está apoyada en un soporte; un inhalador penetra en su nariz, lo que indica claramente un vuelo estratosférico”.

Por lo visto la tecnología de los extraterrestres estaba tan atrasada como para dotar a sus naves espaciales de la palanca de velocidades de un Citroën 2 CV. Ya me imagino que al entrar en la atmósfera terrestre el piloto iba frenando con motor y cambiando de velocidades.

En cuanto al “inhalador”, ya vimos que se trata de un hueso, de una semilla. Es el espíritu de Pakal que sale de su cuerpo, para renacer. Por otra parte, ese “inhalador” no podría ser una “mascarilla de oxígeno”; más bien sería una “mascarilla de ácido sulfúrico”, pues eso es lo que podrían “respirar” los venusinos.

“La nave donde viaja, exactamente equipada como un cohete espacial, parece ser un vacío cósmico que utiliza la energía solar. En efecto, en la parte delantera del aparato aparece la figura de un papagayo, pájaro que representa al dios volante de los símbolos mayas, el Sol. La palabra ‘energía’ sería más apropiada que la de ‘dios’, ya que en la descomposición de la luz mediante prisma podemos encontrar la gama de colores del plumaje de una papagayo”.

Ninguna energía solar. Es la representación del dios Sol. Ningún papagayo. Es un Quetzal.

“El color dominante habitual de estos pájaros es el verde, color de los dioses venusianos. Y cosa muy curiosa y coincidente es que los testimonios más fidedignos afirman que los platillos volantes, a su paso por el cielo, lo impregnan de color verde”.

No sabemos por qué Tarade y Millou dicen que los dioses venusinos son de color verde. Desconocemos incluso cómo es que saben que hay dioses en Venus. Todo mundo sabe que los únicos extraterrestres de ese color son los Marcianitos Verdes.

Por otra parte, ya pasó de moda que los platos voladores pinten de verde los cielos. En los nuevos avistamientos ya no se menciona ese color.

“En la parte anterior del cohete, justo detrás de la proa, están dispuestos tres ‘receptores’ que acumulan energía, y también son visibles más condensadores de energía, agrupados en series de tres, en torno al vehículo. El motor está dividido en cuatro partes en la parte delantera, y en la trasera aparecen unas células y vemos unos órganos complejos que están conectados por unos tubos a una tobera que expulsa fuego”.

No sé qué se metían estos franceses, pero el efecto era muy poderoso. O quizá sólo eran unos racistas ignorantes, que adjudicaban a seres extraterrestres las grandes construcciones de los pueblos no europeos, porque los nativos “no eran capaces de tales proezas”. Es por eso que para ellos el “hombre de la máscara de jade” era un “semidiós blanco”:

“El grabado de la losa representa un cosmonauta pilotando una astronave que utiliza la energía solar. El hombre de la máscara de jade se perfila como un ‘semidiós’ blanco, tal vez uno de los últimos representantes de un grupo de iniciadores y protectores del Imperio que llegaron desde el cielo y a los que el Popul-Vuh, el libro sagrado de las mayas recuerda como los Sabios de la Primera Raza. La raza que descendió de las estrellas, instruyó a los primitivos mayas y después desapareció”.

Guy Tarade fue más específico y escribió:

“Considero que el ilustre difunto no era un maya, su morfología era totalmente diferente a la de los indios. Aparentaba unos 40 ó 50 años de edad. Su talla de 1,75 metros, sobrepasaba en más de 20 centímetros la altura media de los mayas, que era de 1,54 metros”.

Para él los restos no pertenecían a ningún ser humano, sino a un ser extraterrestre. El último de los extraterrestres que descendió de las estrellas para instruir a los primitivos mayas. Éste “astronauta de Palenque” adoptaba la posición más apropiada para resistir el impulso de los cohetes, cuyas “llamas” se podían ver saliendo de las “toberas de escape” en la parte inferior de la lápida.

El pelo de este “piloto”, decían los astroarqueólogos franceses, parece flotar a causa de la ingravidez. Lo cual contradecía dos puntos de su exposición: que el personaje vestía un casco (el cual hubiera impedido que sus cabellos “flotaran”); y que la lápida muestra el momento de despegue, o por lo menos una etapa en la que se dejan escapar los “gases de combustión” (este impulso tampoco es compatible con un estado de ingravidez).

En realidad no son los cabellos de Pakal los que “flotan”. Es su collar el que se desprende de su cuerpo en el momento de su muerte.

LA VERSIÓN DE VON DÄNIKEN

En 1969 vino a México el ingeniero civil norteamericano Hugh Harleston, un contratista de la NASA. Harleston encontró 18 coincidencias entre el grabado de la lápida de Palenque y una cápsula espacial de su época. Entre ellas estaba un supuesto cinturón de seguridad, el tablero de mandos, un micrófono o respirador (el inhalador de Tarade y Millou). Para Harleston:

“No cabe duda de que la imagen esculpida es la representación de un astronauta dentro de un módulo espacial fuera de la atracción de la atmósfera terrestre: 1) En la nariz de Quetzalcóatl se puede observar un especie de aparato que serviría como respirador y cumpliría la función del casco de un astronauta; 2) En la parte delantera se identifican botones y palancas; 3) El cabello ingrávido, como estaría un astronauta sin el casco; 4) En la parte trasera del aparato se distinguen claramente las llamas producidas por la nave”.

Otros astroarqueolocos se ocuparían de la lápida de Palenque, como el francés Robert Charroux, el inglés Raymond Drake y el español Eugenio Danyans de la Cinna. Éste último escribió:

“El extraño grabado que decora la losa ha desconcertado a hombres de ciencia porque se parece, como una gota de agua a otra, a un cohete cósmico o cápsula espacial del tipo Mercury, propulsada por energía iónica”.

Pero tal vez quien tuvo más éxito contando estas patrañas fue el escritor suizo Erich von Däniken quien escribiría en su libro Recuerdos del futuro lo siguiente:

“Ante nuestros ojos aparece un ser humano, sentado con el torso inclinado hacia delante como un motociclista de carreras; cualquier niño de nuestros días identificaría su vehículo con un cohete. El artefacto tiene una cabeza puntiaguda, continúa con unas extrañas aletas estriadas como puertos de entrada, luego se ensancha y termina en la popa en un fuego llameante.

“El propio ser, encorvado y tenso, manipula una serie de palancas indefinibles y apoya el talón izquierdo en una especie de pedal. Su indumentaria es funcional: un pantalón corto a cuadros con un ancho cinto, una chaquetilla de moderno corte japonés, gruesas manoplas y polainas. Puesto que conocemos ya como precedente otras representaciones similares, nos extrañaría mucho la falta del complicado sombrero. Pero no, ahí está de nuevo el casco con sus resaltes y pinchos semejantes a antenas.

“Nuestro astronauta -su silueta es inconfundible y, por tanto, podemos llamarlo así- no evidencia sólo acción por la actitud; ante su vista cuelga un aparato que él observa con mirada fija y penetrante. Entre el asiento delantero ocupado por el astronauta y la parte posterior del vehículo, donde vemos cajas, círculos, puntos y espirales, hay varios puntales”.

En El mensaje de los dioses continúa:

“La losa en bajorrelieve viene a servir de marco a la figura central de un ser que aparece sentado e inclinado sobre unos mandos como un astronauta en la cápsula de mando de su cabina de pilotaje. El extraño ser lleva en su cabeza un casco del que parten hacia atrás tubos dobles flexibles. Frente a su nariz puede verse claramente un balón de oxígeno. Con las manos maneja algunos mecanismos de control. El talón de su pie izquierdo descansa sobre un pedal de varios niveles. Bajo su barbilla y bien visible en la parte del escote se distingue una prenda semejante a un jersey de ‘cuello de cisne’, que se ajusta completamente al torso y acaba en unos puños estriados. Lleva un ancho cinturón con hebilla de seguridad, un pantalón de mallas gruesas y otro interior muy ajustado, que le llega hasta los tobillos. En la proa grandes electroimanes cuyo fin es crear un campo magnético en torno al casco de la astronave y protegerla así del choque con las partículas cósmicas. Detrás del astronauta se aprecia una unidad de fusión nuclear: en esquema se reduce a sintetizar dos núcleos atómicos, probablemente de hidrógeno y helio, los cuales acaban por fundirse en uno solo. Considero de mayor importancia el hecho de que en el extremo posterior de la nave, fuera del encuadre general, se haya incluso representado en forma estilizada la estela que dejan tras sí los cohetes propulsores…

“Ante la llegada de un ser extraterrestre los indios mayas sintieron el deseo ‘natural’ de perpetuar el recuerdo de tan excelsa visita y del extraño aparato en uno de sus relieves… lo hicieron en este caso para dejar a futuras generaciones un testimonio visible de su presencia”.

Von Däniken arguye que si este ejemplo de su “cadena de pruebas” no es aceptado por los estudiosos, hay que dudar de su integridad. Éste es su desafío a un académico honesto. “Una mirada sin prejuicios a esta imagen”, nos dice, “haría que incluso el más escéptico se detuviera y pensara”.

Sin embargo Däniken se equivoca en su interpretación y omite muchos elementos. El niño que identifique esa imagen como un cohete, identificará más fácilmente la figura en la parte superior como la de un pájaro. Cuando le preguntaron a Däniken por qué había un pájaro ahí, respondió:

“Oh, no lo sé. Quizás representa el vuelo, ya sabe”.

Es decir, en el asunto del pájaro Däniken utiliza una interpretación simbólica, mientras que al resto de la obra la considera como una transcripción directa de lo que vio el artista. En otras palabras, utiliza dos formas de medir, según su conveniencia.

¿ASTRONAUTAS?

Analicemos ahora la “nave espacial”. En todo caso se trata de una simple capsula, más bien pequeña, con poca protección externa para el piloto. Pero lo peor es que el astronauta tiene su cabeza ¡totalmente fuera de la nave!

Ya dijimos que en la parte superior de la lápida se puede ver un quetzal (que cualquier niño identificaría de inmediato), su cabeza está a la izquierda y la cola a la derecha. Ahora bien, ese adorno podría causar problemas. Reflexionemos: un pájaro en la punta de un cohete lo pasaría muy mal, además de que difícilmente contribuiría a las propiedades aerodinámicas del cohete.

A lo largo del centro del “cohete” y formando una cruz, se encuentra uno de los símbolos más sagrados de los mayas: El Árbol de la Vida. Para Däniken esta cruz es la parte delantera del cohete. El escritor suizo ni siquiera se tomó la molestia de comparar este relieve con otros que hay en el mismo Palenque. No hizo la comparación o la ocultó a sus lectores.

Y es que también se pueden ver motivos similares en otras estelas, como la del Templo de la Cruz, la del Templo de la Cruz Foliada, y en otras construcciones. Nada tienen que ver con el fuselaje de una nave espacial. Son objetos religiosos y no una parte de un vehículo espacial. Se trata del símbolo del conocimiento, una planta de maíz, de la cual Pakal está a punto de tomar un fruto y no como se afirma, manipulando unos “controles”. Pakal está presente en todas esas estelas, es la figura de gran tamaño. En la parte superior está el Quetzal y en la parte inferior el Monstruo de la Tierra. También está la serpiente bicéfala, cabezas en forma de mazorca de maíz. Pakal está asociado con el Árbol de la Vida.

De acuerdo con Merle Greene Robertson[2], una autoridad en el arte maya, la representación de una planta de maíz es una parte importante de estas estelas. “El ritual de la siembra de maíz es lo más importante en la mente de los mayas aún hoy en día, y sé que esto fue cierto en el pasado. El maíz, las hojas nuevas, son el signo del renacimiento –la respuesta a sus oraciones por la inmortalidad”.

En cuanto a la vestimenta de Pakal lo menos que se puede decir es que no es adecuada para un viaje espacial. Lleva un taparrabos, un cinturón ancho y alhajas en el cuello, muñecas y tobillos, todo apropiado para la vida en una zona tropical. No lleva zapatos ni guantes (se ilustran las uñas tanto de las manos como de los pies). Tampoco tiene pantalones largos o camisa. En otras palabras, viste el típico atuendo de la clase alta maya alrededor del año 700, como se muestra en otras tallas y pinturas mayas.

El “casco” (que según Däniken tiene “resaltes y pinchos semejantes a antenas”) no le cubre la cara y su cabeza sobresale por un agujero en el costado del “cohete”. Lo que los astroarqueólogos interpretan como casco es en realidad una planta de maíz. Pudiera ser un “sistema de apoyo de vida” ya que produce oxígeno y proporciona alimento, pero dista mucho de lo que cualquier persona pudiera razonablemente esperar que usaran los astronautas en el espacio.

El “fuego que sale por las toberas” no son más que las raíces del Árbol de la Vida. Las “aletas estabilizadoras” son las mandíbulas del Monstruo de la Tierra, que apuntan hacia arriba. El asiento del “astronauta” ha sido identificado por los arqueólogos como insignia real del gobierno de Pakal. Los “controles” realmente no están asociados con las manos. Se trata del jeroglífico maya del Sol. El “pedal” es una concha marina (un símbolo maya asociado con la muerte).

Finalmente, Däniken afirma que todo el jade proviene de China y, por lo tanto, las cuentas de jade, los adornos en los tobillos, muñecas y cuello, así como la máscara de jade, demostrarían una posible conexión entre estos dos pueblos. La verdad es que se han localizado varios lugares en donde los mayas extraían esta piedra.

Es obvio, por todo lo expuesto, que la escena grabada en la lápida de Palenque nada tiene que ver con naves extraterrestres. La escena entera es una ilustración religiosa y no tecnológica. Se necesita un esfuerzo deliberado y concienzudo para rechazar todo el arte maya y su simbolismo y convertir el grabado de Palenque en cohete espacial. Como muchas de las “teorías” de los astroarqueólogos, la interpretación depende del uso selectivo que se le dé a la evidencia. Y en este sentido podríamos tomar una de las frases de Däniken (“Ante nuestros ojos aparece un ser humano, sentado con el torso inclinado hacia delante como un motociclista de carreras”) e interpretarla literalmente: la lápida de Palenque muestra a un motociclista, un “Hell’s Angel”, manejando una vieja Harley-Davidson, vistiendo un casco con cuernos, bufanda y un cigarro en la boca. ¿Ridículo? Lo mismo que la interpretación del astronauta.

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REFERENCIAS

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[1] Este es uno de los capítulos del libro Ruiz Noguez Luis, ¿Regresaron los dioses? Mitos y manías astroarqueológicas, (prólogo de Mario Méndez Acosta), México, 1991. (Sin publicar), actualizado al 2011. La primera parte se puede leer en: http://marcianitosverdes.haaan.com/2011/02/la-lpida-de-palenque-primera-parte/

[2] Merle Green Robertson organizó la primera de las Mesas Redondas de Palenque (en 1973), una serie de encuentros de estudiosos de los mayas para discutir y examinar nuevos hallazgos.

La lápida de Palenque (Primera parte)

LA LÁPIDA DE PALENQUE[1]

Palenque1 Lakam Ha o “Grandes aguas”, así llamaban los mayas a lo que ahora conocemos como Palenque. Cien años antes de Cristo ya había una aldea de agricultores en el sitio. El lugar prosperó y se convirtió en la capital de la región B’akaal (hueso) durante el Periodo Clásico Palenque2Temprano y Clásico Tardío (200 a 600 y 600 a 900 de nuestra era)

Durante el Periodo Clásico Temprano fue gobernada por el Primer Señor de B’akaal, K’uk B’alam (Quetzal Jaguar), o Gran Señor de Toktan. La dinastía de los Señores de B’akaal fue Palenque3conocida como Ajaw (señor, director, rey o líder). Después de Quetzal Jaguar subió al trono un rey apodado “11 Conejo” o Gasparín (su nombre, contenido en un glifo, no ha podido ser descifrado) quien dejó el trono a sus descendientes: B’utz Aj Chiik, Ahkal Mo’ Naab I, K’an Joy Chitam I, Ahkal Mo’ Naab II, Palenque4K’an  B’alam I, quien utilizó el título de Kinich (Gran Sol). Luego reinaría su hija Yol Iknal. El gobernante de Calakmul (Reino de la Serpiente) aprovechó la ocasión para invadir y saquear Palenque, el 21 de abril de 599. La sucedería Aj Ne’ Ohl Mat y, a su muerte, tomó el mando Janaab Pakal o Pakal I, pero nunca fue coronado. En cambio su hija, Zak K’uk, subiría al trono en 612. Durante su reinado ocurriría una segunda invasión de las tropas de Calakmul (en el 611). Esta Zak K’uk fue la madre de K’inich Janaab’ Pakal (Pakal el Grande o Pakal II), quien subiría al trono en 615 y fue el encargado de reconstruir la ciudad. Heredó a K’inich Janaab’ Pakal II o Chan Bahlam II (constructor de la Tumba de palenque), quien dejaría el trono a su hermano K’inich K’an Joy Chitam II. Este Ajaw fue tomado prisionero por el reino de Toniná y durante un periodo de diez años hubo  un regente, Xoc. El 3 de enero de 721 subió al trono K’inich Ahkal Mo’ Naab III, conocido también como Chaacal III. Su hijo K’inich Janaab’ Pakal o Pakal III, y luego su nieto, K’inich K’uk B’alam II, heredarían el trono. El rastro de los señores de Palenque se pierde con Wak Kimi Janhb’ Pakal o Pakal IV, que gobernaría a partir del 17 de noviembre de 799. El lugar fue siendo abandonado Palenque5paulatinamente y la selva lo cubrió.

El primer europeo en ver las ruinas fue Fray Pedro Lorenzo de la Nada, en 1567. El pueblo Chol que era el que habitaba la zona le dijo que la ciudad se llamaba Otolum o “Tierra de Casas Fuertes”, que Pedro Lorenzo tradujo como Palenque (fortificación).

En el siglo XVII se fundaría la comunidad de Santo Domingo de Palenque, a unos 13 kilómetros de las ruinas. Y en 1773, luego de una visita de  Ramón de Ordoñez y Aguilar, el gobernador de la Capitanía General de Palenque6Guatemala, José de Estachería, ordenó que el arquitecto Antonio Bernasconi explorara el lugar. La expedición estaba al mando del coronel Antonio del Río. Los españoles derrumbaron varios muros para acceder a las construcciones, según Palenque7cuenta el cronista de Indias Juan Bautista Muñoz.

En 1807 llegaría el dibujante Luciano Castañeda quien hizo más planos de la ciudad. Basado en los documentos y planos de Bernasconi y Castañeda en 1822 se publicó en Londres el primer libro sobre Palenque Descriptions of the Ruins of an Ancient City, Palenque8discovered near Palenque, de Henry Berthoud.

En el siglo XIX llegarían varios exploradores, anticuarios y cartógrafos: Juan Galindo, Jean Fréderick Waldeck, Patrick Walkers, John Herbert Caddy, John Lloyd Stephens, Frederick Catherwood, Désiré Charnay, Alfred Percibal Maudslay, etc.

Las primeras Palenque9excavaciones hechas por arqueólogos se realizaron en 1923, y en 1934 el Dirección de Monumentos Prehispánicos designó al arqueólogo Miguel Ángel Fernández para que se hiciera cargo de los trabajos. Para 1945 el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) envió al arqueólogo francés, de abuelos cubanos y nacionalizado mexicano, Alberto Ruz L’Huillier para catalogar las principales estructuras del sitio.

DESCUBRIMIENTO DE LA TUMBA

Mascara1En 1949 Alberto Ruz se dedicó a estudiar 12 manchas circulares en el suelo, dentro del Templo de las Inscripciones (que recibe ese nombre gracias a los más de 600 jeroglíficos que contiene). Pensó que pudieran tratarse de una especie de clavos pétreos para fijar una de las losas del piso. Decidió retirarlos y encontró lo que parecía ser el inicio de un túnel o una escalera. En ese primer año se retiró cuidadosamente todo el cascajo y escombros que obstruía los primeros 23 peldaños que parecían conducir al centro de la Mascara2pirámide. Al año siguiente limpiaron otros 22 escalones y entonces llegaron a una plataforma aproximadamente a un tercio de la altura de la pirámide (que mide unos 25 metros). Los trabajos dentro de ese túnel, en el que la humedad y el calor eran casi insoportables, continuaron por un año más.

En el otoño de 1952 los arqueólogos llegaron a un corredor que estaba bloqueado por un muro Mascara3de 3.5 metros de espesor. Luego de superar el muro penetraron en una antecámara, de 3.65 metros de largo y 2.15 metros de ancho, cuyo piso estaba formado por una sola baldosa cubierta de jeroglíficos, indescifrables en gran parte. En la pared Norte había una losa vertical, de forma triangular, y en el centro un arcón donde hallaron seis esqueletos de adolescentes, cinco varones y una doncella. Ruz escribió:

“No cabe duda de que se trataba de un sacrificio humano, de jóvenes cuyos espíritus debían vigilar y atender para siempre a aquel para quien se había construido la maciza pirámide…”

Los huesos estaban teñidos de rojo; los cráneos estaban deformados y los dientes tenían incrustaciones, lo que significaba que pertenecían a nobles mayas.

Alberto Ruz ordenó retirar la losa triangular y, finalmente, el 15 de junio de 1952 el arqueólogo pudo penetrar a la cámara sepulcral. Ruz se convertía en el primer ser humano en observar la tumba en más de mil años.

“De las vagas sombras surgió una visión de cuentos de hadas, un cuadro fantástico, etéreo, de otro mundo. Parecía una enorme gruta mágica  tallada en hielo y las paredes chisporroteaban y refulgían con cristales de nieve”.

La cámara medía unos 10 metros de largo por 7 de ancho y sus los muros se unían en la punta formando una bóveda ojival. Las paredes estaban decoradas con relieves de estuco que representaban a nueve sacerdotes portando cada uno un bastón de mando con figuras de serpientes.

Pero lo que más llamaba la atención era un sarcófago monolítico, cubierto con una losa de 3.79 metros de largo por 2.20 de ancho y unos 25 centímetros de grosor, que contenía en relieve la figura del hombre que descansaba debajo de ella.

La losa era muy pesada (entre 5 y 6 toneladas) y el espacio muy reducido. Los trabajos para levantarla fueron laboriosos, pero al fin se pudo retirar. El sarcófago mide 3 metros de largo por 2 de ancho y pesa unas 20 toneladas. En él había un esqueleto, rodeado de ofrendas y con el rostro cubierto con una máscara de mosaico de jade.

“Aunque los huesos estaban tan corrompidos y frágiles que no pudimos realizar mediciones precisas para determinar su tipo físico… parecía haber sido un hombre robusto de unos 40 a 50 años y de buena estatura, tal vez superior a 1,75 metros… Sus dientes no estaban obturados -cosa extraordinaria en un maya adulto de alto rango”.

El esqueleto estaba boca arriba (decúbito supino) cubierto de cinabrio rojo (sulfuro de mercurio). La máscara estaba hecha de no menos de doscientas piezas, perfectamente ensambladas, de fragmentos de  jadeíta (silicato de calcio y magnesio), con un par de ojos de conchas y obsidianas. Con orejeras y muchas joyas también de jade y madreperlas.

En el sarcófago había dos figuras de jade, que representaban al dios Sol. También había semillas. En la cámara había una serpiente de terracota que iba del sarcófago hasta la puerta. Se cree que simboliza el enlace entre los vivos y el más allá. Bajo el sarcófago se hallaron dos cabezas de terracota.

La losa que cubre el sarcófago está esculpida a todo su alrededor, mencionando las fechas de nacimiento y muerte del personaje, entre otras cosas.

Como habría resultado imposible transportar el enorme sarcófago y su tapa por el estrecho túnel, era evidente que la cripta, la escalera, la gran pirámide y el templo que la coronaba, todo había sido construido de antemano para albergar la tumba de un gran hombre.

Los primeros en estudiar los restos fueron los antropólogos mexicanos Eusebio Dávalos y Carlos Romano. Muy poco fue lo que pudieron hacer los dos científicos, porque los huesos se encontraban en pésimo estado, sin embargo encontraron que el hombre de Palenque era más alto que el maya promedio. Ya Ruz había reconocido que posiblemente el personaje no era de origen maya:

“Nos sorprendió su estatura, mayor que la del maya medio de nuestros días, y también el hecho de que sus dientes no estuvieran provistos de incrustaciones de piritas o jade, ya que esta práctica (como la de deformar artificialmente el cráneo) era habitual entre los individuos de las clases sociales superiores. El estado de deterioro del cráneo no nos  permitió establecer con presición si había sido deformado o no. A este fin decidimos que posiblemente el personaje no era de origen maya, aunque estaba claro que había acabado por ser uno de los reyes de Palenque”.

La traducción de los jeroglíficos de la tumba establece, sin lugar a dudas, que se trata de Pakal, palabra maya que significa escudo. Pakal fue hijo de la reina Zac Kuk (regente del 616 al 615). Nació el 6 de marzo del 603 (8 Ahau 13 Pop del calendario maya) y subió al poder a la edad de 12 años y 125 días. Se casó con su hermana Ahpo Hel y murió a la edad de 80 años con 158 días, el 30 de agosto del 683 (6 Edznab 11 Yax).

EL ENTIERRO DEL SEÑOR PAKAL

Se ha recreado el ritual que siguió a la muerte de Pakal. Primero se colocó en su boca una cuenta de jade, para recoger el aliento vital. Posteriormente se puso en sus labios la sustancia sagrada de la cual fueron hechos los primeros hombres: la masa del maíz. El cuerpo fue amortajado con lienzos de algodón y velado por tres días, en los que los  deudos le hablaban continuamente para que no se sintiera solo. Al lado de la estera en donde estaba depositado el cuerpo se colocaron recipientes con agua y alimentos y diversos amuletos para protegerlo. Los sacerdotes debían cuidar su sombra y orar a los dioses para mantener con vida su espíritu, mientras se preparaba la ceremonia funeraria.

La doctora Mercedes de la Garza Camino nos sigue relatando el ritual:

“El solemne cortejo salió del palacio cargando el bulto mortuorio de Pakal. Cuatro hombres portaban antorchas, y en lo alto de la pirámide se encendió copal. Tras el cuerpo marchaba el Señor Serpiente, sumo sacerdote, seguido por los sacerdotes del culto solar y por la familia del gobernante, así como por cinco hombres y una mujer que serían sacrificados en la entrada de la sepultura con el fin de que sus espíritus acompañaran al del sagrado señor.

“Una vez en el templo que coronaba la pirámide, el cual representaba la superficie de la tierra, iniciaron el descenso por la oscura escalinata, alumbrados por las antorchas, conscientes de que recorrían simbólicamente el tortuoso camino a través de los nueve niveles del inframundo, como la mayoría de los espíritus de los muertos, y como lo hicieron aquellos héroes ancestrales Hunahpú e Ixbalanqué, que después se convertirían en el Sol y la Luna. La cámara funeraria situada en el noveno nivel de la pirámide aseguraba mágicamente que el espíritu de Pakal sortearía los peligros que acechaban en el camino descendente y que hallaría su lugar de reposo en el Xibalbá[2].

“El gran sarcófago monolítico, con un hueco en el centro que semejaba un útero para recibir el cuerpo del sagrado señor, había sido ya limpiado y preparado; asimismo, el día anterior se había labrado la fecha de la muerte en el canto de la lápida que cubriría el sarcófago. El cuerpo de Pakal, ya liberado de la mortaja, fue cuidadosamente depositado por los sacerdotes en el hueco pintado con rojo cinabrio; luego fue rociado con el mismo polvo rojo que aludía a la inmortalidad porque era el color del oriente, por donde resucita el Sol cada mañana, y le colocaron sus joyas de jade: una diadema sobre la frente, pequeños tubos que dividían la cabellera en mechones, collares, orejeras con colgantes de madreperla, pulseras y anillos. En su rostro pusieron su máscara de mosaico de jade, que conservaría su identidad para siempre; sobre su taparrabo otra pequeña máscara, y a sus pies una figurilla del dios solar que siempre lo  había protegido. Como objetos sagrados especiales, le colocaron un dado y una esfera de jade en las palmas de las manos, lo que significaba que él, como chamán intermediario entre los dioses y los hombres, había dominado el espacio cuadrangular y el tiempo circular, con su sabiduría, su conciencia y su acción ritual. Otras dos cuentas de jade fueron depositadas en sus pies para asegurar la fuerza de la energía vital durante el camino. Luego cerraron el hueco con una tapa de piedra, colocaron encima la gran lápida labrada y deslizaron bajo el sarcófago las cabezas de estuco que habían formado parte de las más bellas esculturas de Pakal y Ahpo Hel. Antes de salir pusieron en el suelo vasijas con agua y alimentos, ya que el espíritu inmortal del sagrado señor conservaría durante el viaje las necesidades corporales.

“Después de sellar la pequeña puerta triangular que daba acceso a la cámara, sacrificaron a los cinco hombres y a la mujer que acompañarían al señor. Luego construyeron un muro, tapiando el corredor que conducía a la cámara, y en una caja de piedra adosada a este muro dejaron otros platos de barro con alimentos, cuentas y orejeras de jade, conchas llenas de pintura roja, símbolo de inmortalidad, y una hermosa  perla. Hecho esto, la comitiva ascendió al templo y bajó de la pirámide, despidiéndose del gobernante con cantos y oraciones”.

Luego se rellenó con escombros el túnel que conducía a la cámara funeraria.

LA LÁPIDA DE PALENQUE

Fue el propio Pakal quien ordenó construir la que sería su tumba. Recreó el inframundo, que se concebía como una pirámide invertida de nueve niveles, por los que su espíritu habría de descender hasta llegar a su última morada. La cámara, en donde se colocó el sarcófago, representaba el Xibalbá y a partir de ahí su espíritu ascendería por un angosto canal, en forma de serpiente, que llegaba hasta el templo. Ahí, donde mandó escribir la historia de su linaje, se le rendiría veneración, pues por haber sido un gobernante iniciado, un gran chamán, al morir se convertirá en un dios.

El resto de los templos y pirámides fueron levantados hacia el 692 por su hijo Chan Bahlam II, el cual hizo aparecer a su padre en otros bajorrelieves de la ciudad, como el de la Cruz, en el del Templo del Sol o en el de la Cruz Foliada, en los que se observa el proceso de su divinización post-mortem. Al ligar su origen al de los dioses, se confirmaba su carácter sagrado y su destino de convertirse en el más sabio gobernante de Palenque.

En la lápida, mandada realizar por Pakal o por su hijo K’inich Chan Bahlam II, se esculpió una gran imagen cósmica, con símbolos astrológicos que representan el cielo, que definía su sitio en el centro del universo, como ser humano y como gobernante. Ahí está Pakal, recostado en la tierra sobre el mascarón descarnado que representa el aspecto de muerte del dios supremo, que era un gran dragón, un monstruo bicéfalo que devora todo lo que vive. El Monstruo de la Tierra viste un sombrero presidido por cuatro pétalos. La nariz del monstruo es la de un mono araña, que junto al signo Kin de su cabeza componen una clara referencia al Dios del Sol. Sus ojos tienen las pupilas dilatadas, pero de la boca para abajo está descarnado. En la Naturaleza el Sol transita entre la vida y la muerte, al amanecer y al ocaso. El signo Kin del Sol, que al lado del de la muerte (Cimi) corona el mascarón, indica el camino del astro por el mundo infraterrestre. La imagen marca la muerte del Sol o puesta del Sol. Así, el gobernante, identificado con el Sol, descendería como él al inframundo y renacería sacralizado. El Rey volvería, como el Sol, a brillar en el cielo. El cuerpo de Pakal se representó en la entrada de la gran boca de la tierra que conduce al inframundo, formada por las fauces superiores levantadas de una serpiente de dos cabezas, símbolo del reino de la muerte. El esqueleto de las serpientes, unidas por la mandíbula inferior, integran el recipiente en forma de U que representa la entrada al mundo de los muertos.

De la nariz del gobernante surge un signo que representa al espíritu abandonando el cuerpo. Es un hueso que significa que incluso la muerte lleva consigo la simiente del renacimiento. En maya, los vocablos hueso y semilla grande son homófonos; así pues, el hueso es la semilla de la resurrección de Pakal. El Rey va desprendiéndose de su taparrabo y de sus adornos. El collar cae detrás de su espalda. Todo indica que está en transición de la vida a la muerte. Su cuerpo se tambalea. Las rodillas están flexionadas, las manos relajadas. Su frente ha sido perforada por el cuchillo del dios K (símbolo de la sangre y lo sagrado) que se encuentra en la base del tronco y unido al cuerpo del Pakal. Desde su pecho se levanta una cruz que remata en lo alto con una mandíbula de serpiente hecha de cuentas de jade, piedra que representa la vida, sobre la que se posa a su vez el pájaro-serpiente, otro símbolo del dios supremo en su aspecto celeste y solar. La cruz es el Árbol del Mundo, el Árbol de la Vida, centro del Universo. La barra horizontal de la cruz es una serpiente de dos cabezas, como la del inframundo, pero con mandíbulas de jade. Esta cruz serpentina es la imagen del dragón celeste, pero también el árbol que está en el centro del mundo y que divide los cuatro rumbos cósmicos, y en ella se enlaza otra serpiente bicéfala de cuyas mandíbulas abiertas surge el rostro del dios Kawil (oscuridad), al Oeste, y el dios Bufón Bolón Dz’acab (luz, llamarada), al Este, protector de los gobernantes y símbolo maya de la realeza. El signo Te (árbol) confirma que es una planta de maíz. El signo Nen (espejo) indica que es brillante y poderoso. Representa la vida surgiendo de la tierra, la vida triunfante sobre la muerte. Es un símbolo de la juventud y de la renovación vegetal y representa el ciclo de transformación que vincula a los gobernantes con los primeros seres humanos, quienes fueron hechos de la masa del maíz.

En la parte superior de la lápida se aprecia una criatura mitad serpiente y mitad pájaro sobre la cruz central. Es un Quetzal, Pájaro Celestial, símbolo del reino celeste del dios Sol. Esto representa el intermedio entre los cielos y la Tierra. Debajo de ella existen dos representaciones del Dios del Sol.

Alberto Ruz ya adelantó una interpretación: se trata de una compleja propuesta iconográfica en la cual se pueden ver los tres planos del universo como lo concebían los mayas, el subterráneo con sus demonios, el terrenal con el rey Pakal y finalmente el celeste, con el pájaro quetzal, símbolo del Sol, poblado por los dioses. Alrededor de la losa se esculpió la Vía Láctea, poblada de astros, que para los mayas era también el cuerpo del gran dragón celeste. En el centro de todo ello está el ser humano como el ser que, según el Popol Vuh, es el único que tiene la misión de alimentar a los dioses. Escribe Ruz:

“En la piedra en cuestión vemos a un hombre rodeado de símbolos astrológicos que representan el cielo —el límite espacial de la tierra del hombre y la morada de los dioses, donde el curso fijo de las estrellas marca el implacable ritmo del tiempo—. El hombre reposa sobre la tierra, representado por una grotesca cabeza con rasgos fúnebres, ya que la tierra es un monstruo que devora todo lo que vive; y si el hombre reclinado parece caerse hacia atrás es porque su inherente destino es caer a la tierra, el país de los muertos.

“Pero sobre el hombre se alza el bien conocido motivo cruciforme, que, en algunas representaciones es un árbol, en otras la estilizada planta del maíz, pero que siempre es el símbolo de la vida surgiendo de la tierra, la vida triunfante sobre la muerte.»

La escena representa el instante de la muerte de Pakal y su camino hacia el cielo maya, todo lo cual también se asocia al resto de símbolos hallados dentro del sarcófago y a su alrededor. Todo el evento está enmarcado por una franja celeste, con Kin (día, sol) en la parte superior derecha o Noreste y Akbaal (noche, oscuridad) en el extremo izquierdo o Noroeste. El paso de Pakal de la vida a la muerte es representado con el movimiento del sol de Este a Oeste. El fondo de la escena está lleno de signos -conchas, abalorios de jade y otros- que se encuentran sobre volutas de sangre. Todos ellos asociados a la muerte y resurrección. Pakal sufre un proceso de transformación (metamorfosis) y emerge con los atributos del Dios del maíz. Se encuentra sentado sobre un trono, encima del Señor del mundo de las profundidades, suspendido entre la vida yla muerte.

Para apreciar la significancia de esta escena ritual, hay que saber algo de la visión del mundo Maya del siglo VII. La Naturaleza fue la base de su religión. El Sol no sólo se levantaba en el Este, volvía a nacer cada día y cada noche pasaba a través del inframundo. La germinación de la planta de maíz le daba vida a los mayas. El dios de la lluvia se encargaba del agua, una necesidad vital. Para los mayas, según L’Huillier, “el ciclo de vida de las plantas de alimentos básicos, interpretado como la pasión y la resurrección de la deidad, representa una promesa de la inmortalidad para el hombre”. La práctica de enterrar a los muertos tenía un significado religioso especial: “el hombre (está) destinado a volver un día a la tierra… (como) el maíz cuyos granos deben ser enterrados para germinar”. Los antiguos mayas también creían en “la esencia divina del rey-sacerdote y su poder para interceder ante los dioses, en nombre de la humanidad, principalmente para asegurar la perpetuación de la humanidad a través de su propia inmortalidad”.

La motivación fue la misma en el caso del entierro de Pakal. Sus súbditos construyeron el Templo de las Inscripciones como una oración por el renacimiento de su gobernante. El simbolismo religioso inscrito en la tapa de la tumba describe las escenas. Pakal está hacia arriba, directamente hacia el cenit, donde está un quetzal, como heraldo de la aurora y la salida del dios sol. La serpiente emplumada, es también llamada quetzal, se apoya en la parte superior de una cruz, que representa el árbol sagrado del maíz (o planta de maíz).

Continuará…


[1] Este es uno de los capítulos del libro Ruiz Noguez Luis, ¿Regresaron los dioses? Mitos y manías astroarqueológicas, (prólogo de Mario Méndez Acosta), México, 1991. (Sin publicar), actualizado al 2011.

[2] “Lugar de los que se desvanecen”. El reino de Ah Puch, “El Descarnado”. En ese lugar Pakal moriría definitivamente, es decir, se transformaría en energía de muerte. Como había fallecido de muerte natural, a Pakal le correspondía ir al Xibalbá, aunque su condición sagra­da le permitiría ascender al nivel terrestre y al cielo en algunas ocasiones. Otros como los que morían por alguna causa acuática, ahogados o calcinados por un rayo, iban al “Paraíso de la Ceiba”, un lugar de placeres terrenales, mientras que los sacrificados a los dioses y las mujeres muertas de parto tenían como destino el cielo, acompañando eternamente al Sol en su recorrido diario; porque el lugar del cuerpo dependía de la forma de morir y no de su conducta corpórea. Las faltas se castigaban en vida, generalmente con algunos años enfermedad.

Ingenieros de la Antigüedad

INGENIEROS DE LA ANTIGÜEDAD[1]

Mario Méndez Acosta

Pocas personas están capacitadas para comprender el enorme trabajo que hubo de desarrollar el ser humano para alcanzar el grado de civilización del que en mayor o menor medida disfrutamos en nuestros días.

Si como señalan las más recientes evidencias paleoantropológicas el hombre inteligente existía ya hace unos dos millones de años, no podemos sino asombrarnos de la enorme cantidad de tiempo transcurrido hasta que, hace unos treinta mil años, los cromagnones estuvieron en posibilidad de integrar culturas en las que ya se podía contar con herramientas de roca y hueso de gran calidad, vestimenta y armas de distinto tipo e incluso objetos artísticos y de y de culto. Se sabe también que llegaron a calcular el movimiento de astros y planetas, sentando con ello las bases de la astronomía antigua.

Todo esto representaría un trabajo muy duro, pero no debe olvidarse que hace unos cien mil años el ser humano tenía ya la capacidad intelectual y de introspección que posee en nuestros días. Durante incontables generaciones el hombre vivió en la pradera o en la selva, sin conciencia de que el futuro podría llegar a ser diferente, pero descubrimientos tan importantes como el fuego, el arco, el lanza dardos, el cultivo de las semillas y la domesticación de los animales se hicieron una y mil veces, y una y mil veces se perdieron.

De pronto, hace unos diez mil años, las cosas empezaron a cambiar. Las presiones de la creciente población y el progreso de la agricultura y la ganadería permitieron el surgimiento de las primeras grandes concentraciones urbanas. Todavía en la edad de piedra, Jericó era una ciudad hecha y derecha, con más de diez mil habitantes, edificios y templos de roca, que vivió del comercio y de las exportaciones agrícolas.

A muchos sorprende la súbita aparición de la cultura egipcia, pero esto es engañoso, pues antes de la primera dinastía tuvieron que pasar cinco o seis milenios de consolidación de los elementos civilizatorios, como son la arquitectura, el riego y la navegación. Lo que sí fue súbito fue el surgimiento de la historia, es decir, del registro escrito de los acontecimientos. Esto es lo que hace que se despisten quienes quieren ver algo “repentino y misterioso” en la aparición de las primeras civilizaciones fluviales, como Egipto, Sumeria, la India y China.

De esta forma y entrando en nuestro tema se puede afirmar que el origen de la ingeniería y de la tecnología se pierde -como dice el lugar común- en la noche de los tiempos, pero ello no quiere decir que haya algo misterioso en el asunto. Quien sea incapaz de imaginarse el larguísimo periodo de aprendizaje por el que hubo de transitar la humanidad en su proceso civilizatorio tenderá generalmente a buscar alguna explicación prodigiosa para el surgimiento de la civilización. Los antiguos pensaban de esta manera. En casi todos los pueblos y las mitologías aparece al menos una leyenda, en la que algún dios o semi dios (Prometeo, Quetzalcóatl, Kukulcán, Viracocha, Manco-Capac, etc.) baja a la tierra y entrega las claves del conocimiento a los hombres.

El problema es que esta forma de pensamiento mágico persiste de alguna manera en nuestros días, pues hoy ya no son dioses quienes supuestamente instruyeron al hombre; para muchos seudocientíficos de la historia y de la arqueología los civilizadores fueron ya sea los extraterrestres o bien culturas antiguas, desaparecidas en algún desastre, sin embargo, permanece el misterio de quiénes a su vez civilizaron a dichas culturas antiguas o a tales extraterrestres.

Daniken21 La seudociencia es ante todo un buen negocio, algo muy próspero que florece en todas las ramas de la ciencia, y en el aspecto histórico, éste consiste en la venta de libros y revistas, en el pago de conferencias ante grupos de incautos y en la organización de recorridos turísticos por el “lugar donde estuvieron los dioses extraterrestres”, bajo la guía del astroarqueólogo más famoso. Por supuesto, el caso más célebre de un seudocientífico de la arqueología es el del suizo Erich von Daniken.

Daniken no se mide. Para él toda hazaña tecnológica o arquitectónica que no se encuentre históricamente bien documentada es obra de los extraterrestres, los cuales en diversas épocas han bajado a darnos ayuda, y siempre tiene cuidado de ubicar su visita justo antes de aparecer la documentación histórica. Por ejemplo, en el caso de las pirámides de Egipto, aunque hay registros históricos de las primeras cuatro dinastías, éstos no son detallados y se refieren a cuestiones genealógicas, por lo que Daniken está en libertad de decir, con cierta impunidad, que los extraterrestres fueron quienes instruyeron a los egipcios, de modo que pudieran situar sus pirámides mediante fotografía aérea, orientación geomagnética y el uso de la antigravedad para mover las rocas. Sin embargo, este seudocientífico nunca podría especular, por ejemplo, respecto a la construcción del acueducto de Segovia, edificado por los romanos, ya que para éste hay amplios registros, tan detallados que incluyen el pago de los obreros y contratistas que llevaban a cabo las obras.

Así, Daniken se refiere a la intervención de los extraterrestres en la vida cotidiana de los mayas, a pesar de que sitúa su visita entre el siglo V y el VIII de nuestra era. Por supuesto que no existen registros históricos locales de esa época, y los pocos que hay permanecen intraducibles; sin embargo, en ese tiempo reinaron en Europa Justiniano, Carlomagno y Harum Al Rashid, en el califato de Bagdad, y no puede dejarnos de sorprender que ellos no registraran el paso de nave interplanetaria alguna ni contactos de ningún tipo con los innumerables seres extraterrestres que según Daniken pululaban en esos tiempos. El problema de la falta de coordinación y ajuste de las fechas también afecta a quienes quieren hallar relaciones entre las pirámides egipcias, datadas unos 2800 años a.c., con las pirámides mesoamericanas, fechadas entre 500 y 1 500 d.C. Es decir, la última pirámide egipcia se construyó 2 500 años antes de la primera mesoamericana.


[1] Publicado originalmente en Ciencia y Desarrollo, No. 145, México marzo/abril de 1999. Págs. 90-91.

Skeptoid 3: Piratas, Pirámides y Papiros

Dunning Brian, Skeptoid 3: Pirates, Pyramids, and Papyrus, prólogo Richard Saunders. 2011.

Skeptoid-3 Publication Date: 2011-01-10

ISBN/EAN13: 1453881182 / 9781453881187

Page Count: 336

Binding Type: US Trade Paper

Trim Size: 5.5″ x 8.5″

Language: English

Color: Black and White

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Brian Dunning es el productor y conductor del popular podcast sobre pensamiento crítico Skeptoid: Critical Analysis of Pop Phenomena” en skeptoid.com. También es conferencista, periodista científico y profesional en inversión de software en el sur de California.

Su podcast semanal, Skeptoid, comenzó en 2006, en donde se ocupa del análisis crítico de la seudociencia, lo alternativo, y lo paranormal. La elección entre seudociencia y ciencia es la elección entre el estancamiento de la Edad Media, y el progreso.

Brian aprovecha cada oportunidad para hablar sobre cuestiones de pensamiento crítico en las universidades y los grupos locales.

Pirates, Pyramids, and Papyrus es su tercer libro (Skeptoid 3). Es una mirada cercana a 50 mitos y misterios de la cultura pop de los que probablemente usted ha oído hablar, y en los que probablemente cree. Aprenda ciencia y los hechos detrás de todas esas historias que le han intrigado desde que las leyó por primera vez cuando niño.

Como sugiere su nombre, Skeptoid es una colección de “factoides” escépticos -ensayos breves en favor de la ciencia para desacreditar una amplia variedad de fenómenos de la cultura pop con bases pseudocientíficas o paranormales.

Los capítulos son una adaptación de 50 episodios del popular podcast de pensamiento crítico del mismo nombre. Casi todos los mitos populares se explican aquí: Todo, desde las historias paranormales como el Mothman, la gente sombra, y Mel’s Hole, a las teorías de conspiración como el Bohemian Club y en los campos de prisión de FEMA, a las leyendas populares como el Oak Island Money Pit, la abducción ovni de Betty y Barney Hill, y las ranas y los peces que llueven del cielo.

Brian Dunning escribe:

Que estoy muy feliz de anunciar mi nuevo libro, Pirates, Pyramids, and Papyrus que ahora está disponible en edición de bolsillo y edición de libro electrónico.

Con un prólogo de Richard Saunders e ilustraciones Nathan Bebb, este es el tercer libro de mi serie basada en episodios seleccionados Skeptoid y adaptados para impresión. Piratas, pirámides, papiros da respuestas algunas de esas preguntas que siempre se preguntaron, por ejemplo:

¿Pueden realmente caer del cielo las ranas y los peces?

¿Hay un gran tesoro pirata enterrado con una elaborada ingeniería en una isla de Nueva Escocia?

¿Un ángel salvó a la Fuerza Expedicionaria Británica de los alemanes en la Primera Guerra Mundial?

¿Una élite mundial gobierna secretamente el mundo en Bohemian Grove?

¿La pirámide más grande del mundo antiguo está situada en Bosnia?

¿Las luces Min Min realmente persiguen a los viajeros a través del interior de Australia?

Si usted tiene un amigo o familiar al que quiera introducir al pensamiento crítico, Pirates, Pyramids and Papyrus puede ser la manera de hacerlo. Espero que les guste. Consíganlo aquí.

Los otros libros de Dunning son:

Skeptoid Dunning Brian, Skeptoid: Critical Analysis of Pop Phenomena, prólogo de James Randi. 2008.

Publication Date: 2008-01-08

ISBN/EAN13: 1434821668 / 9781434821669

Page Count: 222

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Con prólogo de James “The Amazing”. Se ocupa de los fenómenos paranormales tales como casas embrujadas, Bigfoot, luces fantasma y la charlatanería de la salud, como los alimentos orgánicos, la quiropráctica, y el jugo de pasto de trigo.

Skeptoid2 Dunning Brian, Skeptoid 2: More Critical Analysis of Pop Phenomena, prólogo de Michael Shermer. 2008.

Publication Date: 2008-09-01

ISBN/EAN13: 1440422850 / 9781440422850

Page Count: 274

Binding Type: US Trade Paper

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Color: Black and White

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Con prólogo de Michael Shermer, uno de los promotores más prominentes del mundo del pensamiento crítico. El tomo 2 se ocupa de los círculos de las cosechas, Nostradamus y los caza fantasma. En el campo de la charlatanería de la salud están la terapia de hormonas bioidénticas, electrosensitividad, y el supuesto vínculo del mercurio con el autismo.

http://skeptoid.com/book.php