Archivo de la categoría: Criptozoología

Los dinosaurios de Acámbaro (2)

LAS INVESTIGACIONES NO OFICIALES

La fama de los dinosaurios de Acámbaro llegaría a oídos de otro investigador de lo insólito, Charles H. Hapgood, profesor de Historia y Antropología del Keene State Collage de la University of New Hampshire, que luego adquiriría cierta notoriedad por su estudio de los mapas de Piri Reis[1] y otros temas paranormales[2].

En 1955 pasó algunos días en Acámbaro y condujo una investigación de la colección. Los escritores Patton, Swift y Childress mencionan estas investigaciones cometiendo varios errores. En primer lugar dicen que en 1955 Hapgood estuvo acompañado por Earle Stanley Gardner, el famoso escritor de la novela y luego serie de televisión Perry Mason[3]. Pero Gardner lo acompañó hasta su segunda expedición, de 1968[4].

Según Hapgood, excavó varios sitios en tierras vírgenes y encontró muchas piezas de figuras de cerámica del tipo Julsrud.

Le dijeron que en la hacienda del coronel Muzquiz se habían encontrado piezas de cerámica de la cultura tarasca y un gran cráneo, posiblemente de mamut, sobre una gran piedra plana. Hapgood volvió a escarbar en el lugar, intentando localizar la piedra, pero no lo consiguió. En su lugar halló una escalera que se hundía en el suelo y que estaba tan obstruida por restos volcánicos que sus medios no le permitieron liberarla.

Alguien le dijo que un tal Ferro vendía figuras de barro del tipo Julsrud en San Miguel Allende. Las piezas habían sido recuperadas en las cercanías de las pirámides de San Miguel[5]. Hapgood dice que Ferro recuperó unas cinco mil figuritas.

En 1968 Charles Hapgood regresó a Acámbaro acompañado de Earle Stanley Gardner, criminólogo[6], abogado y antiguo procurador distrital de la ciudad de Los Angeles, California.

Como existía la sospecha que era el mismo Waldemar Julsrud el creador intelectual de las figurillas, Gardner y Hapgood diseñaron un experimento tratando de refutar esta hipótesis. Decidieron excavar en el piso de la estación de policía, un local construido en 1930.

Encontraron 43 figuras, dice Swift, que incluían dinosaurios. Pero también dice que:

“Ya que esta casa fue construida 25 años antes de que Julsrud llegara a México, esto lo exoneraba y eliminaba la teoría del fraude y negaba los reportes de DiPeso y Noguera en todos sus puntos importantes”.

Y a su vez Patton remacha con:

“Excavaron en el suelo de la estación de policía, construida 25 años antes de que Julsrud emigrara de Alemania”.

Si la casa fue construida en 1930, 25 años antes de que Julsrud llegara a México (Swift) o saliera de Alemania (Patton), entonces Julsrud llegó a México o salió de Alemania en 1955: 10 años después de haber hecho su descubrimiento. Es decir, o bien Julsrud había hecho un descubrimiento más importante que el de las figurillas (el viaje en el tiempo, lo que explicaría, incluso, la convivencia entre dinosaurios y humanos) o Patton y Swift (al igual que Childress) no saben sumar. La navaja de Ocam nos dice que lo más probable es lo segundo.

Además, estos mismos autores nos informan que Waldemar descubrió la cultura Chupícuaro en 1923, es decir, 22 años antes de descubrir las figuras de dinosaurios; 32 años antes de llegar a México; 42 años después de salir de Alemania; 52 años después de descubrir la máquina del tiempo; 62 años después de haber muerto; 72 años, o los que quieran, antes de que Swift, Childress y Patton aprendieran a sumar.

Aceptamos que estos son errores de los escritores citados, pero no de Hapgood. Aceptamos que esos errores no invalidan los siguientes argumentos del historiador de New Hampshire, pero hay algo que nos hace dudar de ellos. Según Andrija Puharich, el famoso parapsicólogo que apoyaba a Uri Geller, Charles Laughead (Charles Hapgood), le dijo que mantenía una comunicación telepática con seres del espacio:

“En una de estas sesiones, nuestra atención se concentró en la historia de la llegada a la Tierra de hombres procedentes del espacio exterior en tiempos muy remotos. Su aterrizaje tuvo lugar en una pequeña isla próxima a la de Pascua, llamada Mangareva. Nos dijeron después que las figurillas de barro de Acámbaro, México, iban a corroborar ciertas claves de la historia de estos primitivos viajeros espaciales. Nos indicaron que buscásemos una localidad para seguir estudiando e investigando en México y, como era natural, venimos en nuestro viaje de exploración a visitar la “biblioteca” de figurillas de Acámbaro”.

Gardner escribió en su libro Host with the big hat, que:

“… es absoluta y positivamente fuera de toda duda pensar que los artefactos que vimos hubiesen sido plantados”[7].

RESULTADOS DE LA DATACIÓN

Se hicieron tres pruebas de carbono catorce en las muestras, de las 43 figurillas, que Hapgood encontró en el subsuelo de la estación de policía. La empresa encargada de los análisis fue Laboratory of Isotopes Incorporated, de Westwood, New Jersey. Gardner corrió con los gastos.

El método del carbono catorce recién se estaba desarrollando. Los resultados fueron los siguientes[8]:

Muestra

Resultado

1

(I – 3842) 3590 +/- 100 (1640 a. C.)

2

(I – 4015) 6480 +/- 170 (4530 a. C.)

3

(I – 4031) 3060 +/- 120 (1110 a. C.)

Cuatro años después se hicieron 18 pruebas de termoluminiscencia en la University of Pennsylvania. Esta vez el que financió las pruebas fue Arthur M. Young, inventor del helicóptero Bell. Young envió dos de estas figuras al doctor Froelich Rainey, director del Pennsylvania Museum for Thermoluminescent Dating. Young le preguntó sobre la exactitud del método y Rainey le contestó:

“… Hoy después de haber tenido años de experimentación tanto aquí como en el laboratorio de Oxford, no tenemos duda sobre la fiabilidad del método termoluminiscente. Podemos tener errores por arriba del 5-10% en la datación absoluta, pero no nos preocupamos de los errores inesperados que puedan poner todo el sistema en duda. También debo apuntar, que estamos preocupados por la extraordinaria antigüedad de estas figuras, que Mark Han, de nuestro laboratorio hizo 18 corridas con cada una de las cuatro muestras. Es decir, existe una gran cantidad de investigación en estas piezas particulares”.

El resultado obtenido era de 2,500 años a. C. Pero para las figuras de dinosaurios se encontraron fechas de 30 a 100 años de antigüedad. Los creacionistas dicen que en los laboratorios Masca (Pennsylvania) hicieron trampa, pero la trampa la habían hecho ellos al enviar muestras de cerámica Chupícuaro. Nada mejor se podía esperar de quien producía experimentos tan sofisticados como los que menciona Hapgood en su manuscrito Reports from Acambaro:

“Los investigadores patrocinados por la Arthur M. Young’s Foundation, seleccionaron figuritas con los ojos más diabólicos y las colocaron en cajas con ratones. La cola de los ratones se volvió negra y luego cayó. Los ratones murieron al poco tiempo, después de sólo una noche de exposición”.

Y siguieron haciendo trampa. John Tierney, quien durante décadas ha dado conferencias sobre las figuras de Acámbaro, y colaboró con Hapgood, y el finado William N. Russell, envió otros dos fragmentos de cerámica al doctor Victor J. Bortolet, Director de Investigaciones del Daybreak Nucleari Archaeometrics Laboratory Services, para su datado. El doctor Bortolet determinó un límite superior de 2000 años de antigüedad.

Tierney entregó otras muestras a la Ohio State University. Ahí, fueron analizadas por el doctor J. O. Everhart, Director del Departamento de Ingeniería Cerámica, el doctor Earle R Caley, el químico arqueólogo más respetado del mundo, y el doctor Ernest G. Ehlers, mineralogista del departamento de geología de la universidad.

Según Tierney los resultados indicaban que las figurillas no eran un fraude, pero hasta el momento no han emitido un juicio ni reporte alguno, por lo que queda en entredicho la afirmación de Tierney. Este personaje acusó a la Smithsonian Institution y a otras autoridades arqueológicas de conducir una campaña de desinformación contra este descubrimiento. El Smithsoniano había declarado que la colección era un elaborado fraude. Según Tierney, los documentos sobre Acámbaro que se guardaban en esa institución han desaparecido, y ni utilizando el Freedom of Information Act, Tierney ha podido recuperarlos[9].

Tengo la sospecha que en todas estas pruebas de datación efectuadas por estos investigadores de lo insólito, se enviaron fragmentos de la cultura Chupícuaro y por eso los datos caen alrededor del año cero. La datación de la cerámica con carbono catorce no muestra la fecha de fabricación de los objetos. Hapgood no indica cuales fueron las muestras que envió para ser fechadas (¿pertenecían a la cultura Chupícuaro?, ¿eran figuras de dinosaurios?). En ese entonces la técnica aún estaba en desarrollo y se necesitaban varios gramos de una sustancia orgánica (no de una pieza de arcilla), para ser datados. Yo supondría que Hapgood envió fragmentos de huesos que seguramente nada tenían que ver con las figuras de dinosaurios.

Además, entre los creacionistas se toma en consideración las fechas de 1640 a. C. y 1110 a. C., pero pasan de largo de la más antigua 4530 a. C. ¿será porque el mundo se creo en el 4400 a. C., según los creacionistas?

PRUEBAS A FAVOR DE LAS FIGURILLAS

Además de los datos del carbono catorce y la termoluminiscencia, que en lugar de apoyar refutan la antigüedad de las figurillas de Acámbaro, sus proponentes aportan las siguientes pruebas.

1. Presencia de pátina y suciedad debida al tiempo.

Según Patton y Swift, “existen muchos testigos que vieron a Julsrud desenterrar las piezas de cerámica y confirman que los artefactos tenían pátina y suciedad”.

“En el proceso de manipulación de estas piezas, los autores han observado piezas que aún contienen suciedad dentro de los orificios e incluso algo de pátina sobre su superficie”.

Se dice que Hapgood asistió al descubrimiento de varias de estas figuras en condiciones tales que resultaba imposible haberlas enterrado hace 25 años, por lo menos. Una de las principales críticas de DiPeso era que en las figurillas no se observaba evidencia de haber estado enterrada o la pátina de la antigüedad. En realidad las figuras sólo tenían el matiz grisáceo proporcionado por el humo de cocción en un horno a menos de 500ºC. Ivan T Sanderson, el ufólogo y criptozoólogo, certificó la existencia de incrustaciones de tierra y arena y lo que parecían marcas de raíces. El mismo Sanderson dijo estar maravillado de la presencia de un Braquiosaurio, casi totalmente desconocido para el público por aquellos años.

“Esta figura es una cerámica negro pulido muy delicada. Es de aproximadamente unos 30 centímetros de alto. El asunto es que se trata de una representación perfecta de un braquiosaurio, conocido sólo en el Este de África y Norte América. Se han escrito sólo algunas líneas sobre el esqueleto en la literatura, pero sólo he visto una reconstrucción. Es exactamente como ésta”.

2. Imposibilidad de que un artesano pudiera fabricar las piezas

Justo esa variedad y belleza es lo que aducen como prueba que ningún campesino podría ser capaz de fabricarla con tal destreza y finura artística. Sólo una persona de gran cultura paleontológica, dicen, pudo conocer estas raras formas de vida. Tinajero cursó hasta el cuarto grado escolar y difícilmente podía leer o escribir (pero sí sabía sumar perfectamente, lo que no hacen sus críticos). No obstante, parece que hubo un grupo de artesanos, Tinajero entre ellos, que hacía estas figuras.

3. Necesidad de un horno

Para fabricar las figurillas de cerámica es necesario un horno abierto trabajando por largos periodos, incluso sin apagarse por días. Se dice que Odilón no tenía horno. Se afirma que nadie vio humo de las características intrínsecas a un horno abierto. No obstante se sabe que Tinajero y sus hijos restauraban las piezas que se habían fracturado. Otros artesanos, que vivían cerca de la Presa Solís, a unos 30 minutos de Acámbaro, fabricaban piezas al estilo Julsrud.

El profesor de secundaria Ramón Rivera afirma haber hecho una serie de entrevistas preguntando a los lugareños si sabían de la existencia de tales hornos, o de alguien que hubiera fabricado las figuritas de cerámica. Según sus resultados eso es imposible actualmente. La zona de Acámbaro era conocida por su alfarería policroma, perteneciente a la cultura Chupícuaro. Estos antiguos habitantes de la región poseían hornos. Actualmente el famoso pan de Acámbaro se fabrica en los antiguos hornos que los escritores de lo insólito fueron incapaces de ver.

4. Falta de combustibles

Acámbaro es actualmente un área seca y árida relativamente escasa de árboles. Para hacer las figuritas se debieron necesitar toneladas y toneladas de madera. Pero eso no era así a principios del siglo XX. Es más, toda la zona que rodea Acámbaro está llena de bosques frondosos.

5. Personas ajenas a Julsrud han desenterrado figuras del mismo tipo

Una de las principales críticas era que sólo Julsrud o sus allegados habían desenterrado figuritas de dinosaurios. Patton y Swift mencionan otros testigos.

Entre los testigos relacionados con Julsrud se encuentran su hijo, Carlos Julsrud (finado) y su nieto, Carlos Julsrud II (actualmente vive en León, Guanajuato), quienes afirmaron en su momento haber desenterrado figuras en compañía de su antecesor. Está también el contador Porfirio Martínez Espinosa, quien dijo que en su juventud desenterró figuritas al lado de Waldemar. Se menciona a don Carlos Perea, antiguo director del Museo de Arqueología de Acámbaro, de quien ya hemos hablado. Y finalmente, al médico Juan Antonio Villa Herrerón.

Martínez Espinosa llevó a Patton y Swift a El Chivo y les mostró el lugar en donde, años atrás, desenterró cientos de figuritas.

Herrerón dijo haber acompañado en dos ocasiones a Waldemar. Fueron al cerro El Chivo, cerca del lago, y en un terreno cubierto de hierbas y cactos, desenterraron cientos de piezas de alfarería, incluyendo algunos dinosaurios. Llenaron dos bolsas y cargaron el burro para regresar. Según él, el sitio en donde excavaron no estaba suelto. Esto ocurrió en la semana santa de 1951. Al regresar a la casa él y Waldemar se dedicaron a limpiar las figuritas.

Herrerón les dijo a los investigadores que a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, en México nadie conocía de dinosaurios. No existía información al respecto ni en revistas, diarios o películas. Lo que es cierto. También les dijo que el único esqueleto conocido era el de un brontosauro que se encontraba en la estación ferroviaria de Chupa (¿?), en la ciudad de México. También habló de que entre los dinosaurios de Julsrud se encontraban varios que tenían “espinas por toda la espalda”. Ésta era una prueba irrefutable para Swift y Patton porque no fue sino hasta 1922 que Stephen Czerkas dio a conocer esta particularidad en la anatomía de ciertos dinosaurios: las espinas dérmicas.

Fuera de estos personajes relacionados con Julsrud, Patton y Swift encontraron al mayor Altamirano, quien fuera el Jefe de la Policía de Acámbaro cuando Hapgood y Gardner excavaron en su estación en 1968. Según Altamirano ningún artesano local fabricaba las figuritas.

Otro policía, Ernesto Navarrete Marines, quien en los ochenta fue comandante de la Policía Federal del Municipio de Celaya, y que había sido entrenado en Scotland Yard, informó que en 1987 supo que un grupo de sospechosos estaban excavando en el cerro El Chivo, y que los objetos prehistóricos que encontraban eran llevados a Laredo, Texas, para canjearlos por armas en el mercado negro. Navarrete logró capturar a Jaime Aguirre y Raúl Hernández con más de 3,300 figuritas, entre las que pudo observar 9 de dinosaurios.

Ambos delitos, tráfico de armas y de piezas arqueológicas, son delitos federales. Se supone que Aguirre y Hernández fueron juzgados, declarados culpables y actualmente purgan una condena en la “prisión federal de la Ciudad de México” (sic). Las piezas de cerámica fueron entregadas al doctor Luis Mota Maciel quien era el Alcalde de Acámbaro[10]. Según Patton, si las piezas hubiesen sido falsas, los contrabandistas no hubiesen tenido que purgar esa condena.

Esta historia continuará…

Charles Hapgood en una de sus visitas a Acámbaro. (Mystery in Acambaro).

El mayor Altamirano, Jefe de la Policía de Acámbaro y dos de sus subalternos en una fotografía de la época de las excavaciones de Hapgood. (Municipio de Acámbaro)

Croquis del libro de Hapgood que muestra un corte de la estación de policía en donde se encontraron 43 piezas. (Mystery in Acambaro).

Carlos Julsrud le explicó a Gardner que él mismo acompañó en diversas ocasiones a su padre para desenterrar la cerámica. (Mystery in Acambaro).

Stanley Gardner, Hapgood y Carlos Julsrud (hijo de Waldemar) durante la segunda visita de Hapgood. (Mystery in Acambaro).

El famoso Earle Stanley Gardner, creador de Perry Mason.

Portada del libro de Stanley Gardner.

Perry Mason.

Info Journal.

Representación del Equus conversidans owen, un caballo del tamaño de un perro. (Scientific American)

Escenas de la construcción de la Presa Solís. Miles de toneladas de tierra fueron removidas. No se encontró una sola figura tipo Julsrud. (Municipio de Acámbaro).

Durante la construcción de la Presa Solís se encontraron diversos fragmentos de cerámica de la cultura Chupícuaro. (INAH).

Arthur M. Young (Arthur M. Young’s Foundation).

David Childress Hatcher, un ufólogo, criptozoólogo, astroarqueólogo, parapsicólogo, forteano… que prologó la nueva edición del libro de Hapgood, y que sostiene que los dinosaurios de Acámbaro son auténticos. (World Explorer Magazine).

La colección muestra dinosaurios, pero estos sólo representan un 6% o 7% del total de figuras. Otros motivos son figuras de supuesto arte egipcio, africano, asirio; platos, jarras, flautas y pipas, como las que se ven en esta foto y en las siguientes. (Contactos Extraterrestres).

A la derecha Don R. Patton y primer plano, Dennis Swift (fotografías de Patton).

Swift entrevistando al doctor José Antonio Villa Herrejón (fotografías de Patton).

Ernesto Navarrete Martínez (fotografías de Patton).

Patton y Porfirio Martínez Espinosa (fotografías de Patton).

Carlos Julsrud II al lado de la tumba de su abuelo.

Carlos Perea y Patton (fotografías de Patton).


[1] Hapgood H. Charles, Maps of the Ancient Sea Kings, 1966.[2] Hapgood H. Charles, Earth’s Shifting Crust, 1958, reeditado en 1970 con el título The Path of the Pole.

[3] Patton escribe: “Un año después, en 1955, Charles Hapgood visitó Acámbaro. Le acompañaba Gardner, antiguo abogado de Distrito en la Ciudad de Los Angeles, California y creador de Perry Mason”.

[4] Por su parte Childress escribe: “Después de dos expediciones al sitio en 1955 y 1968, el profesor Charles Hapgood, un profesor de historia y antropología de la University of New Hampshire, grabó los resultados de sus 18 años de investigación de Acámbaro en un libro de edición privada intitulado Mystery in Acámbaro”. Cosas tan elementales como una suma son de difícil manejo para los escritores de temas paranormales (de 1955 a 1968 no hay 18 años).

[5] Cuando escribí por primera vez sobre los dinosaurios de Acámbaro, me preguntaba sobre las supuestas pirámides de San Miguel Allende, cuya existencia desconozco. Pero ahora creo que todo se debe a una confusión de Hapgood. En 1949 las aguas de la Presa Solís cubrieron entre otros muchos pueblos, el de San Miguel, conocido como “Las ladrilleras”, en donde había unas pirámides en mal estado y en donde la gente continuaba una tradición milenaria de fabricar adobes y ladrillos en sus hornos.

[6] Patólogo forense, dice Patton, en otro de sus lapsus.

[7] Gardner Stanley Earle, Host with the big hat, página 234.

[8] Taylor and Berger, American Antiquity, Vol. 33, No. 3, 1968.

[9] Esto suena a historia de coverup ufológico.

[10] Patton escribe “Luis Moto”, un error, y también las fechas de (1978 a 1979), pero esto seguramente es otro error porque la historia que cuenta Navarrete ocurrió, supuestamente, en 1987. Lo más probable es que las fechas sean (1987 a 1989), pero aquí también se presenta otro problema. En ese entonces el doctor Luis Mota era el director del Museo de Acámbaro. En abril de 1989 yo hablé con él al respecto de la colección Julsrud. No me dijo nada de este cargamento confiscado, ni de que él también fuera el Alcalde de Acámbaro. Es más, Álex Chionetti y yo tratamos de contactar con el alcalde para que nos diera permiso de ver la colección, y claramente no era Luis Mota. El doctor Mota fue alcalde en el trienio de 1983 a 1985.

John A. Keel sufrió un ataque al corazón

El famoso ufólogo y criptozoólogo americano John A. Keel, sufrió un ataque al corazón. El investigador forteano y escritor fue sometido a cirugía de corazón en un hospital de New York. Fue ingresado de urgencia el lunes 16 de octubre. Actualmente se encuentra recuperándose.

Keel es conocido por varios de sus libros: Jadoo (1957; hay una versión mexicana Jadu: Los misterios de oriente), The Fickle Finger Of Fate (1966), UFOs: Operation Trojan Horse (1970; hay una versión mexicana Ovnis: Operación caballo de Troya), Strange Creatures From Time and Space (1970; hay una versión española), Our Haunted Planet (1971), The Flying Saucer Subculture (1973), The Mothman Prophecies (1975), The Eighth Tower (1975), Disneyland of the Gods (1988), The Flying Saucer Subculture (1994, reimpresión), y The Complete Guide to Mysterious Beings (1994) (reedición de Strange Creatures from Time and Space).

Jadu es el único libro escéptico de Keel y uno nunca se hubiera imaginado que el autor de ese libro con el tiempo se convertiría en alguien tan crédulo.

Los extraterrestres del siglo XIX

LOS EXTRATERRESTRES DEL SIGLO XIX[1]

Seguramente nuestros lectores recuerdan al ingeniero Roberto López, investigador y escéptico profesional que se interesa por cuestionar con solidez y buena fe lo dicho por los ufólogos. Independientemente de la respetable opinión de nuestros lectores, queremos apuntar que nosotros consideramos que un poco de escepticismo, siempre resulta saludable.

En esta ocasión, Roberto López no se ocupa de los ufólogos ni de los ovnis, sino de un curioso caso de credulidad masiva ocurrido en 1835, que resulta de particular interés por las indudables enseñanzas que puede reportar.

He aquí el relato de uno de los engaños más exitosos en la historia del periodismo… mucho tuvo que ver en la credulidad de personas ingenuas del siglo pasado que prefirieron maravillarse ante lo que les describieron como un hecho extraordinario, antes de formularse e intentar responder con rigor las preguntas que debía suscitar.

En todas partes se cuecen habas. Y podemos añadir que también en otros tiempos –como hoy-, se cocían habas. Fraudes ha habido, hay y habrá, pero uno de los campos más fértiles para que se desarrollen son los de los ovnis, la parapsicología, y en general, los de las llamadas “paraciencias”. Y esta no es una posición elitista de mi parte. Ya el mismo “padre de la ufología”, el doctor J. Allen Hynek, director del CUFOS, decía: “Este campo –el de la ufología- ha atraído también a una notable cantidad de mentirosos y embusteros que abrazan la causa porque les satisface alguna necesidad psicológica íntima”.

Dejemos de lado en esta ocasión los casos recientes, y retrocedamos hasta 1833, en que se realizó el engaño periodístico de mayor éxito en la historia.

EL VIAJE DE HERSCHEL

Screen-Shot-2013-04-10-at-1.41.15-PMTodo empezó el otoño de 1833, cuando el famoso astrónomo inglés Sir John Herschel salió de Inglaterra rumbo al Cabo de Buena Esperanza, con el fin de establecer en ese lugar un observatorio, y elaborar un catálogo y múltiples mapas de las estrellas visibles en el Hemisferio Sur. Con algunos colegas y varios instrumentos ópticos, llegó a su destino.

Sir John Herschel había nacido en 1792: era hijo del también astrónomo (de origen alemán) Sir William Herschel, descubridor de Urano en 1781, y de dos de sus satélites –Titania y Oberón- en 1787. Sir William había descubierto asimismo dos satélites de Saturno –Encelado y Mimas- en 1789, y era autor de otros trabajos y descubrimientos. Su hijo, Sir John, perfeccionó el método de su padre para calcular las magnitudes estelares, y realizó importantes investigaciones sobre las estrellas dobles y nebulosas.

Durante dos años no se supo nada de Sir John. El primer informe que llegó a los Estados Unidos sobre sus investigaciones apareció en The Sun de Nueva York del viernes 21 de agosto de 1835.

El periódico Edinburgh Courrier (Escocia) informaba a sus lectores: “Acabamos de saber, por conducto de un eminente editor de esta ciudad, que Sir John Herschel ha realizado en Cabo de Buena Esperanza algunos descubrimientos verdaderamente maravillosos con la ayuda de un enorme telescopio, de diseño enteramente nuevo”.

EL SOL DE NUEVA YORK

Cuatro días después aparecía el siguiente encabezado en la primera plana del Sun:

GRANDES DESCUBRIMIENTOS ASTRONÓMICOS

Por Sir John Herschel, L.L.D, F.R.S, & C.

En el cabo de la buena esperanza.

(Del Suplemento del Edinburgh Journal of Science)

SIL7-281-01En El Sol de Nueva York se explicaba que un “culto caballero” de Escocia, que visitaba Nueva York, traía un ejemplar del Suplemento de la Revista Científica de Edimburgo. Había leído el artículo sobre Herschel y proporcionó dicho ejemplar al Sun. El artículo había sido escrito por el doctor Andrew Grant, principal colaborador de Herschel en Cabo de Buena Esperanza. Era su bitácora diaria que comenzaba de la siguiente manera:

“En esta adición inusual de nuestro diario, tenemos la dicha de dar a conocer al publico británico, y por lo tanto a todo el mundo civilizado, recientes descubrimientos en la astronomía que constituirán un monumento imperecedero a la época en la que vivimos, y conferirán sobre la actual generación de la raza humana una orgullosa distinción para tiempos venideros”.

La primera parte del artículo estaba dedicada a la descripción de un extraordinario y novedoso telescopio que contaba con una lente colosal de cuatro metros, y pesaba 6,725 kilogramos. Con él se obtenía una amplificación de 42,000 veces el tamaño del objeto observado a la distancia. A este telescopio se le había añadido las lentes de un microscopio que amplificaba la imagen miles de veces. Para resolver el problema de la falta de nitidez que se producía mientras más se amplificaba una imagen, Herschel enfocaba la primera parte del telescopio sobre una placa de vidrio pulido y la iluminaba con la luz intensa de un pedazo de cal que había sido calentado previamente con un soplete oxhidrílico. La imagen así abrillantada era amplificada aún más por el microscopio, y proyectada sobre la pared del cuarto de observación (como en la pantalla de un cine).

SIL7-281-02“Para hacer nuestro entusiasmo inteligible, indicaremos inmediatamente que, por medio de un telescopio de grandes dimensiones basado en un principio enteramente nuevo, el joven Herschel, en su observatorio en el hemisferio Sur, ya ha hecho los descubrimientos más extraordinarios en cada planeta de nuestro Sistema Solar; ha descubierto planetas en otros Sistemas Solares; ha obtenido distintas vistas de objetos en la Luna, completamente iguales a como vemos los objetos terrestres a distancias de cientos yardas, a ojo desnudo; ha resuelto afirmativamente la pregunta de si este satélite esta habitado, y ordenando las cosas; ha establecido firmemente una nueva teoría de fenómenos cometarios; y ha solucionado o ha corregido casi cada problema fundamental de la astronomía matemática”.

La segunda parte del artículo, aparecida el miércoles 26 de agosto de 1835, consignaba las narraciones maravillosas según las cuales Sir John y su ayudante habían visto por primera vez la Luna con el nuevo telescopio la noche del 10 de enero de 1835, distinguiendo en ella un área cubierta de roca basáltica verde oscuro, flores de color rojo oscuro, y unas como amapolas rosas.

“Al quitar la pantalla del último, el campo visual fue cubierto completamente por una visión maravillosamente distinta, e incluso viva de roca basáltica. Su color era de un marrón verdoso, y la anchura de las columnas, como se definió por los intersticios en la pantalla, era invariable de veintiocho pulgadas”.

UNICORNIOS, PÁJAROS Y DEMONIOS

SIL7-281-03El relato continuaba hablando de selvas árboles semejantes a los tejos y abetos ingleses. Más tarde, Sir John y sus colaboradores exploraron el lugar conocido como “Mare Nubium” (Mar de las nubes) de Riccoli:

“… Las playas más lindas que ningún ángel haya pisado en un viaje de placer. Playas de arena blanca, con rocas encastilladas que parecían de mármol verde, adornadas y festonadas en sus cimas con el follaje de árboles desconocidos, que se movían por toda la brillante pared de nuestro departamento, dejándonos mudos de admiración”.

Después, tuvieron a la lista una región de grandes cristales de amatista de 27 metros de altura; y descubrieron por fin los primeros “animales”, manadas de cuadrúpedos “color café” parecidos al bisonte, unicornios de color azul plomo, más o menos del tamaño de una cabra; pájaros marinos y “una extraña criatura anfibia de forma esférica, que rodaba a gran velocidad por la costa llena de guijas”.

Termina el reportaje del 27 de agosto con este párrafo: “Las noches del 11 y 12 estuvieron nubladas, y eran desfavorables para la observación; pero en las del 13 y 14 se descubrieron más animales de interés para el ser humano”.

SIL7-281-05En la tercera parte del reportaje se abundaba sobre las especies zoológicas; se incluían “una especie de reno pequeño, un alce, una morsa, un oso con cuernos, un cuadrúpedo elegante de piel listada, de un metro de altura, como una pequeña cebra y, lo más sorprendente, un castor bípedo sin cola, que caminaba erecto sobre las dos patas traseras, y que construía chozas de altas chimeneas que dejaban escapar humo”.

En toda la costa Este de los Estados Unidos, principalmente en Nueva York, se había formado un pandemonium. Todo mundo hablaba de los sorprendentes descubrimientos efectuados en la Luna.

El Sun de Nueva York, que no tenía ni dos años de establecido, había aumentado su tiraje a 19,360 ejemplares, en esa época el mayor del mundo; superando al Times de Londres, con 17,000 ejemplares, a pesar de que éste ya tenía 50 años de fundado.

La cuarta parte del reportaje apareció en el Sun el 28 de agosto, y en ella aparecía lo más sorprendente.

EL VESPERTILIO-HOMO

SIL7-281-06El doctor Andrew informaba en el Sun que había visto a los habitantes de la Luna, a los que se les dio el nombre de “vespertilio-homo” u “hombre-murciélago”; el promedio de estatura de estos seres era de 1.20 metros y, con excepción del rostro, estaban enteramente cubiertos de pelo corto, brillante y de color cobrizo; tenían alas formadas por una membrana delgada, carente de pelo, que caían sobre sus espaldas desde los hombros hasta las pantorrillas. Esta característica era la que les daba aspecto de murciélagos.

“Eran ciertamente como seres humanos, porque sus alas ahora habían desaparecido, y su actitud al caminar era erguida y digna. Observándolos por algunos minutos a esta distancia, introdujimos la lente Hz que los trajo aparentemente a una distancia de ochenta yardas; la máxima magnitud que tuvimos hasta finales de marzo, cuando efectuamos una mejora en los quemadores de gas.

“A la mitad de la primera parte había pasado más allá de nuestra pantalla; pero de todos los otros teníamos una visión perfecta distinta y deliberada.

“Tenían un promedio de cuatro pies en altura, estaban cubiertos, menos la cara, con pelo corto color cobre y brillante, y tenía alas integradas por una membrana fina, sin pelo, descansando cómodamente sobre sus espaldas, desde sus hombros hasta sus pantorrillas.

“La cara, que era de un color amarillo carne, era una leve mejora del orangután, siendo más abiertos e inteligentes en su expresión, y teniendo una extensión de la frente mucho mayor.

“La boca, sin embargo, era muy prominente, aunque rodeada por una barba gruesa sobre una quijada más baja, y con labios más humanos que los de cualesquiera especies del género simia.

“En general la simetría del cuerpo y los miembros eran infinitamente superiores al del orangután; tanto, que, por sus alas largas, el teniente Drummond dijo que se veían tan bien como ¡un desfile de la vieja milicia de cockney!

“El pelo de la cabeza era de un color más oscuro que el del cuerpo, rizado, pero al parecer no ensortijado, y arreglado en dos curiosos semicírculos sobre los temporales de la frente”.

En la quinta y sexta partes del reportaje se descubrían otras maravillas, como un vidrio de cuarzo sólido de 544 kilómetros de longitud; lomas de “mármol blanco como la nieve”; un “venado alto y blanco, con largas y amplias astas negras como ébano”; enormes templos de zafiro pulido, con techos de metal amarillo, sostenidos por columnas de zafiro de 21 metros de altura, y “primorosos valles verdes de belleza y fertilidad paradisíaca, como un Edén primitivo, para bendición de su habitantes”.

En la parte final del artículo hablaban los astrónomos de hombres murciélagos “de belleza infinitamente superior, ligeramente superada por los ángeles de las escuelas pictóricas de mayor imaginación”.

“(Esto concluye el Suplemento, a excepción de cuarenta páginas de notas ilustrativas y matemáticas, que elevarían mucho el tamaño y el coste de este trabajo, sin añadir gran cosa a su interés general. –Editor del Sun)”

Después de causar asombro en los Estados Unidos, la historia fue reproducida en casi todo el mundo.

Varios de los periódicos competidores del Sun señalaron que la historia constituía un engaño, pero muchos consideraron que esto se debía a lo celos suscitados por el éxito obtenido por el Sun. El Herald, también de Nueva York, aclaró que la Revista Científica de Edimburgo había dejado de existir años antes, e identificó al autor de la historia como Richard Adams Locke, reportero estrella del Sun, y brillante profesional graduado en la Universidad de Cambridge. Pero fue inútil, la gente siguió creyendo en lo dicho en el Sun.

Locke nunca admitió públicamente ser el autor de la broma. Se han mencionado otros dos nombres como posibles autores: Jean-Nicolas Nicollet, astrónomo francés que en ese entonces viajaba por América, aunque cuando aparecieron los reportajes del Sun él estaba en Mississippi; y Lewis Gaylord Clark, redactor de la revista Knickerbocker. Pero las sospechas más fuertes caen sobre Locke.

El 16 de septiembre de 1835 el Sun publicó una columna en la cual discutió la posibilidad de que la historia fuera una broma, pero nunca confesó nada. Por el contrario, escribió:

“Ciertos corresponsales nos han estado urgiendo a confesar que todo fue una broma; pero esto no lo podemos hacer de ninguna manera, hasta que tengamos el testimonio de los artículos ingleses o escoceses para corroborar tal declaración”.

Esto fue lo más cercano que estuvo el Sun de admitir su culpabilidad.

TODO FUE UN FRAUDE

Casos como el referido no son propios de esa época, y resulta particularmente importante saber porqué ocurren. El necesario análisis de sus implicaciones psicológicas corresponde –obviamente- a los especialistas en estos temas.

Por mi parte, creo que existen varios factores que suscitaron la credibilidad en el relato del Sun. La gente de todos los lugares y todas las épocas gusta de oír y creer en lo milagroso y raro. Se trata del tipo de dependencia que describe Erich Fromm en El miedo a la libertad. Historias como la referida combinan elementos múltiples y extraordinarios como el telescopio, las flores, los animales comunes, animales raros y hombre-murciélagos mencionados.

La mayoría de la gente considera que si algo ha sido publicado es que necesariamente es cierto, y este prejuicio se refuerza con el uso inescrupuloso de palabras como “ciencia”, “teoría”, etcétera. En muchas ocasiones se citan datos concretos como nombres, fechas y lugares, los que dan visos de realidad al relato. Muchas veces el autor del artículo tiene suerte y aparece por ahí alguno que aporta nuevos datos que confirman lo dicho por él. Fue el caso del distinguido caballero que se encontraba entre la multitud apiñada en torno al edificio del Sun, y que señaló haber visto subir el gigantesco lento a un barco en los muelles de Londres. (El caballero en cuestión era nada menos que Richard Locke).

Por supuesto que cuando la gente tiene algunos conocimientos científicos, es más difícil que se le engañe. Pero, a lo que parece, nadie de aquella época reparó en el tremendo error que constituía decir que en la Luna había mares y una atmósfera que permitía volar a los extraños seres alados. Tampoco hubo quien reparara en el truco practicado con el telescopio y el microscopio, pues al proyectar una luz brillante sobre una imagen imprecisa, ésta simplemente desaparece. Por otra parte, cuán risible resulta hoy el cuento de los unicornios, los seres angelicales y los huertos del Edén. Finalmente, pueden ocurrir acontecimientos inesperados que respalden el fraude, cuando las personas dan testimonios falsos por un error honrado o sin honestidad, únicamente para obtener publicidad.

CONCLUSIÓN

Hoy día, como en épocas anteriores, la gente está ansiosa por creer en historias extrañas e improbables. Muchos creen firmemente en la reencarnación, en la astrología, en los platillos voladores, en las casas encantadas, en el Yeti, etcétera. Esto ha propiciado un “boom”, un resurgimiento de las diversas “paraciencias”. Entre los libros más vendidos se encuentran los relativos a los ovnis o a la parapsicología. Muchas nuevas revistas sobre estos temas han ido apareciendo en el mercado. Existen programas de televisión especializados, y se han realizado varias películas alusivas que se han significado especialmente por su éxito en las taquillas.

Continúa aún la polémica suscitada por Platón sobre la existencia de la Atlántida. Pero, ¿y si Platón hubiese escrito su reato al estilo de Locke?

Muchas veces se ha atacado a la “ciencia establecida u oficial” de ser demasiado escéptica, pero yo creo que el escepticismo es saludable. La mejor defensa contra el engaño consiste en ser un poco escépticos y tener algunos conocimientos científicos básicos, porque, como decía William Shakespeare: “Que buena mentira nos rodea”.

REFERENCIAS

Poe Edgar Allan, Richard Adams Locke, en The Literati of New York City No. VI, October 1846, Godey’s Lady’s Book, págs.159-162.

Griggs William N., (ed.), The Celebrated “Moon Story,” its origin and incidents; with a memoir of the author, and an appendix containing, I. An Authentic description of the moon; II. A New Theory of the Lunar Surface, in relation to that of the earth. New York, 1852.

O’Brien Frank M., The Story of The Sun, D. Appleton and Company, New York. 1928, Chapters 1-6.

Reaves Gibson, The Great Moon Hoax of 1835, The Griffith Observer, November, 1954. Vol. XVII, No. 11, págs. 126-134.

Seavey Ormond (ed.), The Moon Hoax, Or, A Discovery That The Moon Has A Vast Population of Human Beings, Gregg Press, Boston, 1975.

Evans David S., The Great Moon Hoax, Sky and Telescope, September, 1981, págs. 196-198.

Evans David S., The Great Moon Hoax, Sky and Telescope, October, 1981, págs. 308-311.

Crowe Michael J., The Extraterrestrial Life Debate, 1750-1900, Cambridge University Press, 1986, págs. 202-15.

William Herschel.

Diversas fotografías de John Herschel.

El telescopio de Herschel.

Portada de The Sun con la noticia de los descubrimientos de Herschel.

Castores bípedos: Detalle de un folleto inglés de 1836

Bisonte lunar de The Great Moon Hoax, un libro para niños escrito por Franklyn M. Branley, ilustrado por Richard E. Brown, Lexington, Mass, 1973.

“A View of the Inhabitants of the Moon” ilustración de un folleto inglés de 1836

“Descubrimientos lunares”. Litografía que apareció en el Sol de Nueva York, viernes 16 de octubre de 1835.

Litografía de 1835 que representa el Colosseum de rubíes

“Templos lunares” detalle de una litografía de 1835

Vespertilio-homo: Ilustración de una edición italiana (Delle Scoperte Fatte Nella Luna del Dottor Giovanni Herschel, Napoli, 1836) del fraude de la Luna.

Ilustración francesa del caso del fraude de la Luna.

Richard Adams Locke y uno de sus libros: Magnetism and Astronomy.

Lewis Gaylord Clark.

Viaje a la Luna de Georges Melies.


[1] Una versión breve de este artículo apareció originalmente como López Roberto (pseudónimo de Luis Ruiz Noguez), Los extraterrestres del siglo XIX, Contactos Extraterrestres, No.135, México, 3 de marzo de 1982, págs. 26-29.