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Vampiros (Primera parte)

VAMPIROS

Las leyendas de vampirismo, como las de licantropía, se fundan en temores ancestrales y en pocos hechos concretos. Esos temores comprenden el miedo patológico a ser enterrado vivo o el miedo a que los suicidas, que por este hecho fueron excomulgados y enterrados sin los ritos de rigor, regresen de su tumba.

Las tradiciones sobre los vampiros varían de región en región y, en ocasiones, se confunden con las leyendas de los hombres-lobo. Al igual que éstos, los vampiros tienen el poder de metamorfosearse, siendo capaces de transformarse en animales. Originalmente se transformaban en búhos, gatos, perros y principalmente lobos. En muchos cuentos, los vampiros, no sólo se transforman en lobos sino que dirigen manadas de estos animales, tal como en el caso del conde Drácula que tuvo una manada de lobos a su mando.

Para algunos, los vampiros son muertos a los que se les ha introducido un espíritu maligno. Poseen poderes hipnóticos y son capaces de poner a su víctima en trance, como si durmiera. Para otros, se trata de espectros de excomulgados que se aparecen en la noche. Para sustentarse necesitan alimentarse del más vital de los líquidos: la sangre.

Para librarse de la funesta influencia de los vampiros, el único método eficaz es desenterrar el cuerpo del espectro, hundirle una estaca en el corazón, y quemar los restos ensangrentados del cadáver hasta reducirlos a cenizas, después de haber recitado sobre él algunas oraciones.

Parece ser que la palabra “vampiro” es de origen húngaro (vampir) y que se incorporó a la lengua inglesa en 1743.

En toda Europa central existen tradiciones sobre los vampiros. En Polonia se les llama “Upiros”. Los griegos los conocen como “Brucolacos” o “Vroucolaques”. León Allatius escribía en el siglo XVI sobre estos monstruos asegurando que si un brucolaco llama a una persona y ésta contesta, muere al cabo de algunos días. Paul Ricaut, que viajó por Levante en el siglo XVII, añade que los turcos temen tanto como los griegos a los brucolacos. Los rumanos hablan de los muertos que abandonan su tumba para chupar sangre y los designan con los nombres de “Strigoiu” y “Moroiu”. Los romanos los llamaban “Striges” y los describían como unas aves nocturnas que robaban niños y les chupaban la sangre. Más tarde se dio este nombre a las brujas que, durante la noche, hacían uso de sus maleficios. Estas Striges son las mismas “Empusas” de los griegos.

Petronio (siglo I) en El Satiricón pone las siguientes palabras en boca de Trimalción:

“En el tiempo en que todavía tenía pelo largo, pues desde niño llevé vida de sibarita, se murió el favorito de mi amo, por Hércules, una alhaja de chiquillo, perfecto en todo. Estaba su pobre madre llorándolo, y todos nosotros con ella acompañándola en su duelo, cuando de pronto, las estriges se pusieron a aullar de manera inimaginable; hubiérase dicho que se trataba de un perro persiguiendo a una libre. A la sazón vivía con nosotros un tipo de Capadocia, grandote, de muchas agallas que no tenía miedo a nada ni a nadie y que tenía fuerza para levantar en vilo a un buey enfurecido. Nuestro hombre desenvainó la espada al oír los aullidos y, después de liarse el manto al brazo izquierdo, salió como un rayo y atravesó a la primera bruja que halló al paso, como por aquí (salva me sea esta parte). Oímos un gemido angustioso; pero, si he de decir verdad, a las estriges no las vimos. Nuestro mozo volvió a la habitación y se dejó caer sobre un lecho. Tenía todo su cuerpo amoratado, como si le hubiesen apaleado, y era que le había tocado la mano maléfica. Nosotros cerramos bien la puerta y volvimos nuevamente a nuestra triste misión; pero, cuando la madre, en un transporte de dolor, fue a abrazar el cuerpo de su hijo, sólo halló un muñeco relleno de paja. No tenía corazón, ni entrañas, ni nada. Las brujas habían robado a la pobre criatura y habían puesto en su lugar aquel monigote de paja. Por favor, debéis creerme, hay mujeres sabihondas, hay hechiceras nocturnas, que ponen boca abajo lo que está boca arriba. En cuanto a nuestro capadocio, después de este suceso nunca más recobró su color normal; es más, poco después moría como un loco furioso”[1].

Fuera de Europa existen tradiciones vampirescas, como la de las brujas mexicanas que se “chupan a los niños”. Del otro lado del mundo, los habitantes de la pequeña isla de Cagayan Sulu, en el archipiélago de las Filipinas, hablan de los berbalangos[2]. También en la literatura árabe encontramos vampiros llamados Golos, Gul, Algol o Lamias. En Las mil y una noches[3] (episodio correspondiente a la noche 538) se cuenta cómo un algol con apariencia de carnero blanco, trata de devorar a la hermosa Dalal. La desdichada invoca a una santa musulmana, quien envía en su ayuda a una genio, que acepta salvarla a cambio de un beso. Esta extraña historia de vampirismo y lesbianismo termina cuando la genio mata al algol de un puntapié en los testículos.

EL MURCIÉLAGO VAMPIRO

Como decíamos más arriba, los vampiros tenían el poder de metamorfosearse en animales. Lo curioso es que no fue sino hasta principios del siglo XX en que se habló de transformaciones a murciélago. La razón era que no fue sino hasta ese entonces cuando algunos centroeuropeos oyeron historias de un mamífero que habitaba las selvas de América. Era un murciélago pequeño y feo, que por las noches se posaba sobre el ganado que dormía, en los borregos o en los hombres, y les chupaba la sangre, y luego se retiraba a las cuevas y lugares oscuros del bosque para descansar y digerir lo comido. La coincidencia con las leyendas era muy buena para dejarla pasar. A ese murciélago se le bautizó como vampiro y las leyendas se ajustaron para que de desde ese entonces en adelante los vampiros se transformaran en murciélago-vampiro.

Los murciélagos-vampiro son mamíferos del orden quiróptero, familias desmodóntidos y filostomáticos. Los verdaderos vampiros pertenecen a la primera familia. Son murciélagos de pequeña talla, sin cola, que viven exclusivamente en América. Están provistos de un par de incisivos que utilizan para practicar pequeños cortes sin producir dolor. Lamen la sangre de la herida (no la succionan por los colmillos como dice la leyenda) y pueden transmitir gérmenes patógenos. Comprenden algunas especies de los géneros Desmodus y Diphylla. El más común es el Desmodus rotundus, de 7 centímetros de longitud, que vive desde México hasta Argentina.

Impropiamente, también se denomina vampiros a otras especies de la familia de los filostomátidos, como el “vampiro espectro” (Vampyrus spectrum) y el “vampiro de hierro (Phyllostomus hastatus), de gran tamaño, aspecto repulsivo y alimentación frugívora, distribuidos por América del Sur.

La costumbre de alimentarse con sangre no es exclusiva de los vampiros. El doctor Hans Banziger, entomólogo suizo que trabajó en Malasia, descubrió una mariposa nocturna que pica la piel y chupa la sangre. Es la Calyptra eustriga que se alimenta con la sangre de búfalos, ciervos, tapires y antílopes que habitan Malasia[4]. Finalmente están las pulgas, piojos, mosquitos, jejenes y otros animales que se alimentan de sangre.

LOS VAMPIROS EN LA LITERATURA

Además de las referencias del Satiricón y Las mil y una noches, existen varias alusiones a los vampiros en diversas obras. Varios autores les han dedicado algunas páginas.

William de Newburgh en su “Historia Rerum Anglicarum” nos cuenta que en 1196, durante el reinado de Ricardo I, apareció un vampiro en el condado de Buckingham:

“Un cierto hombre que murió de muerte natural, estuvo bajo el cuidado de su esposa y recibió las atenciones de su entierro en la víspera del día de la Ascensión”[5].

El vampiro estuvo atormentando a su esposa tratándole de morder el cuello.

“Habiendo sido rechazado por su esposa, procedió de la misma manea para molestar a sus hermanos que vivían en el mismo pueblo”.

Tampoco esta ocasión tuvo suerte. Sus hermanos lo corrieron a palos. San Hugo, obispo de Lincoln, al enterarse de los sucesos escribió una cédula de absolución, misma que le envió al archidiácono Stephen, ordenándole colocarla sobre el pecho del difunto. Hecho esto, el vampiro no volvió a aparecer.

Dos años después, en 1198, ocurrió un hecho similar en el pueblo de Berwick a orillas del río Tweed, en el extremo Norte de Inglaterra. Un hombre que en vida había sido tan malvado como rico se había convertido en vampiro. Atacó a varias mujeres antes de que su cuerpo fuera exhumado, cortado en pedazos y quemado.

La epidemia de peste que azotó al pueblo fue atribuida a la destrucción del vampiro quien así se vengaba de sus enemigos.

Los brotes de peste, crímenes en masa no resueltos y otros sucesos similares, eran a menudo atribuidos a una invasión de vampiros.

Dom Agustín Calmet, benedictino del siglo de las luces que murió en 1757, que era un conocido comentarista de las Sagradas Escrituras, publicó en 1734, en Leipzig, un “Tratado sobre la mordedura y absorción de sangre de los muertos de las tumbas”, al que le siguió su “Traité sur les apparitions des spirits et sur les vampires” y “Vampires de la Hongrie et de ses alentours” y la “Dissertation sur les apparitions des esprits et sur les vampires et revenants”, publicado en dos volúmenes en 1746.[6].

Unos cuarenta años antes, en 1706 Karl F. von Schertz publicó “Magia Póstuma”, en Olmütz. “De masticatione mortuorum in tumulis” (Sobre los muertos que comen en sus tumbas) se debe a la pluma de Miguel Raufft (siglo XVIII).

“Los vampiros –escribía en 1733 John Heinrich Zopftsalen de sus tumbas de noche, atacan a las personas que duermen tranquilamente en sus lechos, les chupan la sangre y los destruyen”.

Otras obras famosas sobre vampiros son la novela de Sheridan Le Fanu, “Carmilla” y las novelas por entregas de Thomas Preskett Prest, “El valle de los vampiros” y principalmente el bestseller “Varney el vampiro o festín de sangre” (868 páginas llenas de truculencias), publicada en 1847.

BRAM STOKER

Ese año de 1847 es muy importante dentro de la historia de los vampiros, pues no solo se publicó la novela de Prest, sino que fue el año del nacimiento del escritor irlandés Bram Stoker, a quien se debe la mayor divulgación de la leyenda de los vampiros a través de su novela “Drácula”.

El origen de la novela fue la amistad entre Stoker y el profesor húngaro Arminius Vambery, de la Universidad de Budapest. Vambery contó a Stoker todo cuanto sabía sobre las leyendas de los vampiros que abundan en los Balcanes. Le contó también sobre el príncipe Vlad Tepes apodado “Draculya” que había vivido en el siglo XV en Transilvania. Este Tepes fue tan famoso por su crueldad que casi todas las historias de vampiros surgieron a partir de él.

Los relatos que le contara Vambery hicieron que Stoker se interesara cada vez más en la historia, folklore, geografía y supersticiones de Transilvania. Se convirtió en un asiduo visitante del Museo Británico en busca de mayor información.

Stoker estaba tan empapado de las leyendas y tradiciones válacas que una noche, después de haber comido mucho, tuvo una terrible pesadilla producto de una mala digestión. En esa pesadilla se reproducían los aspectos generales de lo que más tarde sería la novela. Al despertar sólo tuvo que ordenar sus pensamientos para escribir el clásico y escalofriante libro de Drácula.

El más famoso de los relatos de vampiros fue publicado en 1897. Su autor murió en 1922. De acuerdo con la leyenda, la última palabra que Stoker pronunció fue “Strigoiu”, vampiro en rumano.

EL DRÁCULA HISTÓRICO

Perdido en el corazón de los cárpatos rumanos, el castillo del conde Drácula, en Transilvania, sobre el valle del río Argo, a 160 kilómetros de Bucares, despierta temores y aviva las supersticiones. Allí, en la ciudad de Sighisoara (Scassburg) nació en 1431, Vlad Tepes, segundo hijo de Vlad II “Dracul” (dragón), rey de Valaquia desde 1436, luego de liderar una violenta revuelta[7].

La madre de Vlad Tepes fue la hija del rey de Moldova. Vlad II debía pagar tributo tanto a cristianos como a musulmanes. Por un lado estaba el rey de Hungría, Ladislas Posthumus, y el voivoda de Transilvania (Juan Hunyadi), y por el otro el sultán Murad II. En 1442 los trucos invadieron Transilvania y Vlad II permaneció neutral. Al termino de la guerra los húngaros lo acusaron de traición y lo expulsaron de Valaquia. Vlad II pidió apoyo a los turcos para recuperar su territorio. Luego de ser reinstalado tuvo que pagar un alto precio: debía enviar diversos contingentes de jóvenes para que pasaran a formar parte de las tropas de jenízaros de Murad II, y entregar como rehenes a sus dos hijos: Vlad y Radu Tepes. Fue así como su padre lo entregó a los turcos como tributo, y fueron ellos quienes enseñaron al niño todas las técnicas de la tortura[8].

En 1444 Ladislas decide reunir todas sus fuerzas para expulsar a los turcos de Europa. Le ordena a Vlad II que prepare sus ejércitos. Como sus hijos aún se encontraban en Adrianópolis, en poder de los musulmanes, Vlad II envía a su primogénito Mircea Tepes, mientras él permanece en su castillo. La empresa resulta en fracaso y Hunyadi acusa a Vlad y Mircea de los resultados. Los boyardos (nobles rumanos) derrocan a Vlad y lo ejecutan junto a su hijo Mircea. Sube al trono el voivoda Vadislao II, apoyado por Hunyadi. Los musulmanes quisieron imponer a Vlad Tepes “Draculea” o “Draculya” (hijo de Drácula o hijo del Dragón), apoyándolo para que recuperara el trono; pero Draculya huyó y se dirigió a Hungría para pedirle ayuda al rey Ladislas. Mientras tanto, Vadislao II, comienza a tener una política de acercamiento a los turcos, por lo que Ladislas apoya a Draculya para que recupere el trono de su padre. A la muerte de Hunyadi, durante la batalla de Belgrado, en 1456, Draculya, que entonces tiene 25 años, llega finalmente al trono de Valaquia.

Su primer acto público consistió en ofrecer un banquete a los boyardos. Se dice que estando en los postres los mandó empalar para colgarlos después alrededor del castillo de Trigoviste. Con eso evitaba cualquier futura disputa al trono. Desde entonces se le apodó como “El Empalador”.

El empalamiento consistía en atravesar los cuerpos de las víctimas en diferentes partes, principalmente el corazón. Lo que también era común era forzar a que las víctimas abrieran las piernas, con la ayuda de caballos, para poder empalarlos. Vlad sentía una morbosa atracción por los moribundos. Atravesaba con una estaca a sus enemigos para torturarlos hasta morir.

Guy de Bechtel y Jean-Claude Carrière escriben sobre este asunto[9]:

“Hizo cortar en trozos a los prisioneros, hervir juntos a madres e hijos… Practicó todas las torturas clásicas de su tiempo: hacer que los caballos tiraran de los miembros de las víctimas, cremarlas, privarlas de agua, poner sal en sus heridas, arrancarles las uñas…”

Hubo varios levantamientos en contra del tirano. Uno de ellos fue dirigido por Dan III (Dan-Ciul), pero el mismo Draculya lo decapitó y la aldea de Almas, que había sido el refugio de Dan, fue borrada del mapa y todos sus habitantes empalados.

En una ocasión, cuando varios embajadores turcos lo visitaron y se negaron a quitarse el turbante como señal de respeto; Draculya ordenó a sus soldados que clavaran los sombreros en las cabezas de los turcos para que jamás se los pudieran quitar.

Trató de reunir a todos los gitanos que vivían en sus dominios. Logró capturar a trescientos. Seleccionó a tres y los asó vivos. A los demás les dio a escoger entre comérselos o enrolarse en su ejército.

En otra ocasión invitó a todos los enfermos y pobres de su feudo a un banquete únicamente para prenderle fuego al comedor con ellos en el interior. De esa manera se aseguraba la erradicación total de la pobreza en su reino.

Tal era el terror que su pueblo tenía por Vlad III que una taza de oro que mandó colocar en la plaza central de Tagorviste, nunca fue ni siquiera tacada durante el periodo de su reinado.

Otra anécdota muy parecida cuenta que un vendedor trashumante, conociendo la fama de honestos de los habitantes de Tagorviste, dejó sin descargar su carreta. Al día siguiente descubrió que le faltaban 150 ducados. Rápidamente fue a poner su queja con Draculya. El Empalador le ofreció su castillo para que pasara la noche, mientras se hacían las investigaciones. Mandó anunciar que, en caso de que no aparecieran los 150 ducados arrasaría con todo el pueblo y empalaría a todos sus habitantes.

Por otro lado ordenó a uno de sus sirvientes que colocara 150 ducados en el carro de mercancías. Al día siguiente el vendedor encontró dos bultos con 150 ducados cada uno. Lo informó a Vlad III, quien ya había capturado al ladrón y se disponía a empalarlo. Cuando ya estaba en la estaca, se lo señaló al vendedor y le dijo que de no haber informado sobre la cantidad extra, en ese mismo momento estaría haciéndole compañía al ladrón.

Después de la victoria de Brasov, mandó empalar a docenas de nobles de la ciudad. Luego ordenó un banquete en medio del bosque de empalados. Uno de los boyardos invitados a la comida se tapaba la nariz para no inhalar el repulsivo olor. Vlad III pensó que esa era una delicadeza inadmisible en un militar, por lo que ordenó se le empalara en una estaca más alta, donde no llegaran los olores.

Se cuenta que a lo largo de seis leguas había constantemente dos hileras de estacas con húngaros, moldavos y válacos. Era el llamado “bosque de los empalados”. Draculya acostumbraba comer en medio del “bosque”[10]. Esta escena fue inmortalizada en un grabado alemán del siglo XVI.

EL REINADO DE DRACULYA

Cierta vez que vio en sus campos a uno de sus súbditos que vestía un caftán que le quedaba muy corto, ordenó traer al campesino y a su mujer. A ella le recriminó el no atender bien a su marido; aunque él le dijo que estaba contento con el trabajo de su esposa, Vlad III la mandó empalar mientras le proporcionaba otra mujer, no sin antes aclararle que debía ser más diligente o de lo contrario sufriría la misma suerte que su antecesora.

Vlad Tepes, además de todos sus otros “atributos”, era misógino. Empalaba a las mujeres adúlteras, no sin antes amputarles los senos y los genitales. Si las mujeres tenían hijos, éstos acompañaban a sus madres: no quería tener problemas de venganzas en el futuro. Desconozco si tenía algún castigo para los hombres adúlteros. Tal vez porqué él mismo era un adúltero. Tenía una amante en las afueras de Targoviste. No se sabe qué motivo a esta mujer a decirle que esperaba un hijo suyo. Draculya envió a las comadronas para que la revisaran. No encontraron ningún síntoma de embarazo. Entonces el propio Draculya tomó un cuchillo y se lo introdujo desde la vagina hasta la parte superior del pecho para cerciorarse del embarazo. Al no encontrar nada, dejó a la pobre mujer gritando de agonía.

En 1462 un poderoso ejército turco fue testigo de una de las más feroces carnicerías de Draculya. Más de veinte mil súbditos fueron empalados ante sus atónitos ojos. Era su mayor prueba de crueldad y sadismo. En una crónica contemporánea podemos leer:

“El ejército del sultán se encontró con un inmenso campo de estacas, muy largo y muy ancho, en el que podían verse unos veinte mil cuerpos empalados de hombres, mujeres y niños”.

Se calcula que Draculya mató a unas cien mil personas durante su reinado de terror[11]. Cuando Matías Corvino, hijo de Hunyadi, subió al trono de Hungría, Vlad solicitó su ayuda para combatir a los turcos. Envió una carta y un paquete. En la carta dirigida a Matías, Vlad III escribe:

“He matado a hombres y mujeres, a viejos y jóvenes, desde Oblucitza y Novoselo, donde el Danubio entra en el mar, hasta Samovit y Ghigen. Hemos matado a 23,884 turcos y búlgaros, sin contar aquellos a los que quemamos en sus casas, o cuyas cabezas no fueron cortadas por nuestros soldados…; 1,350 en Novoselo, 6,840 en Silistria, 343 en Orsova, 840 en Vectrem, 630 en Tutrakan, 210 en Marotim, 6,414 en Giurgiu, 343 en Turnu, 410 en Sistov, 1,138 en Nicópilis, 1,460 en Rahovo…”

En el paquete se encontraban varias cabezas, narices y orejas, de turcos asesinados por sus tropas. Era la prueba de lo que afirmaba.

A la muerte de su esposa, Draculya se casó con la hermana de Corvino. En 1476 su hermano Radu se alió a los turcos para tratar de arrebatarle el trono, pero fue asesinado por los húngaros. Vlad se enfrento al sultán Mehmet II. Dice una crónica de Eslavonia que durante una batalla a las afueras de Bucarest:

“Su ejército había hecho una carnicería con las tropas turcas. Draculya se dirigió al campo de batalla para ver cómo se retorcían de dolor sus enemigos. Alejado de sus hombres y amigos, uno de sus propios soldados lo tomó por un turco y lo hirió con una lanza. Él logró defenderse pero fue rematado por varios de sus soldados”.

Al término de la batalla, los turcos recuperaron el cadáver. El sultán ordenó que lo decapitaran. Su cabeza fue llevada a Constantinopla por uno de los turcos victoriosos. El cuerpo ensangrentado de Draculya, destrozado y sin cabeza, fue descubierto por unos monjes del monasterio de Snagov, una isla cercana a Bucarest, y secretamente enterrado en la cripta frente al altar de la iglesia principal. Estos cuidados se debían a que, paradójicamente, este monstruo sádico y engendro de crueldad era profundamente religioso y había mandado construir muchas iglesias y monasterios, entre otros el de Tismania y el de Snagov.

Los campesinos que lo odiaban, y que lo consideraban como el dios-vampiro de las viejas leyendas magiares, acudieron a su tumba para vengarse en los restos de todas las crueldades recibidas. Exhumaron el cuerpo de Draculya y al igual que él siguieron su costumbre y lo empalaron: le clavaron una estaca en el corazón (curiosa manera de decir “ojo por ojo…”). Sus restos fueron quemados y su cenizas arrojadas al pantano. De aquí es de donde parten los ritos para destruir a los vampiros.


[1] Petronio, Satiricón, Editorial Origen, S. A. y Editorial OMGSA, S. A., Colección Historia Universal de la Literatura, No. 47, México, 1984.[2] Arteaga Federico, Los vampiros reales de Filipinas, Duda, No. 565, México, 28 de abril de 1982, Págs. 2-4.

[3] Anónimo, Las mil y una noches, Editorial Porrúa, S. A., Colección Sepan Cuantos, No. 136, México, 1971.

[4] Banziger Hans, Nocturnal vampire-butterfly, Journal of Edmonton, Canada, 13 de diciembre de 1968.

[5] 29 de mayo.

[6] Citado por Keller Werner, Ayer era milagro, Editorial Bruguera, S. A., Barcelona, 1974.

[7] Vignati Alejandro, Drácula: el otro conde, Mundo desconocido, No. 3, Barcelona, agosto de 1976.

[8] Cevallos Edgar, Historia universal de la tortura, Editorial Posada, Colección DUDA, no. 10, México, 1972.

[9] De Bechtel Guy & Carrière Jean-Claude, Le livre des Bizarres, Robert Laffont, paris, 1991.

[10] Chávez Peón Luis, ¿Existió realmente Drácula el hombre vampiro?, Duda, No. 288, México, 5 de enero de 1977, Págs. 1-22.

[11] Cevallos Edgar, Vampiros vivos y vampiros muertos, Editorial Posada, Colección Duda, No. 13, México, 1972.

Las piedras de Ica

LA EXTINCIÓN DE LOS DINOSAURIOS DE ICA

“Comencé la colección de mis piedras en 1966 –declaró el doctor Javier Cabrera Darquea al escritor francés Robert Charroux en 1974-. Las primeras fueron encontradas por huaqueros o buscadores de cerámica.

“Mis piedras provienen de las civilizaciones de los primeros hombres cultos de nuestra tierra. Por razón desconocida, quizá un cataclismo natural, esa civilización desapareció, pero los hombres de la antigua Ica quisieron dejarnos un testimonio indestructible, o al menos susceptible de superar los peligros del tiempo. Esos archivos pertenecen a un pueblo culturalmente próximo a nosotros, pero heredero por línea directa de los conocimientos de nuestros grandes antepasados.

“Se puede pensar lógicamente que esos antepasados son atlántidos, huidos al hundimiento de su continente, y que llegaron a la región de Ica, donde dejaron sus ‘piedras parlantes’.

“Erróneamente se fecha la aparición del ‘Homo sapiens’ dos o tres millones de años antes de nuestra era. El hombre es mucho más antiguo de lo que se cree, y sin duda ha conocido a los grandes monstruos que implantaron su dictadura en el reino viviente de la era Secundaria.

“Puedo atestiguar que esos monstruos (plesiosaurios, diplodocos, iguanodontes, etcétera) vivieron a finales de la era Secundaria, sobrevivieron la terciaria, hasta una época en que los hombres lo conocieron y entablaron con ellos la lucha por la supremacía del mundo”.

La anterior es una declaración de principios que no tiene desperdicio. En ella vemos las mismas ideas “atlantófilas” de Waldemar Julsrud[1]; y se formula la “hipótesis” de que los dinosaurios convivieron con el ser humano. Esas ideas tal vez no serían extrañas en un jinete dedicado a la ferretería, pero en el director de la sección de Investigaciones de la Universidad de Perú, médico del Hospital Obrero de la ciudad de Ica, miembro del jurado del Concejo Regional y miembro correspondiente del Colegio Internacional de Cirugía, eran poco ortodoxas, por decir lo menos.

En 1966 el doctor Cabrera Darquea, que vivía en la pequeña ciudad de Ica, en la costa Sur del Perú, a unos 350 kilómetros de Lima, recibió como regalo de cumpleaños una pequeña piedra, un canto rodado, con el dibujo grabado de un ser extinto hacía millones de años: un pterosaurio. Fue su amigo Félix Llosa Romero quien le entregó la pieza inicial de su colección.

En 1955 los hermanos Carlos y Pablo Soldi, campesinos de Ocucaje, encontraron unas piedras extrañas un día que paseaban por la ribera del río Ica, que se había desbordado e incluso cambiado un poco de curso. Advirtieron de pronto, en el nuevo lecho del río, varias piedras negras, sobre las cuales aparecían dibujos de animales. Esas piedras fueron vendidas posteriormente a Cabrera poco antes de su muerte: Carlos murió en 1967 y Pablo en 1968 y a partir de ahí toda su colección pasó al Museo de Piedras Grabadas, situado en la planta baja de la casa de Cabrera, en la Plaza de Armas de Ica.

El relato de la forma en que fueron descubiertas las piedras de Ica es una copia fiel de la historia de Waldemar Julsrud y las figurillas de Acámbaro. Desde mi muy particular punto de vista nos estamos enfrentando no sólo a un fraude arqueológico, sino también a un plagio.

Aunque propiamente no es un plagio si es una gran mentira lo que afirma nuestro viejo conocido J. J.. Juan José Benítez dice que él fue quien mostró al mundo este fabuloso “enigma”. La verdad es que el primero en darlo a conocer fue Robert Charroux quien, en 1974, en compañía de su editor Robert Laffont y Francis Maziere visitó el lugar y luego publicó L’Enigme des Andes en ese mismo año[2]. Benítez publicaría su libro al año siguiente[3] y aprovechó que la traducción al español del libro de Charroux se hizo hasta 1976. Ese afán de protagonismo es normal en J. J. y en sus retoños, los ufólogos de tercera (generación) españoles.

Luego, de nuevo siguiendo a Cabrera, en 1962 se encontraron más piedras con dibujos e inscripciones en la Hacienda de Ocucaje, Cayando, Cerro Blanco, Chiquerillo, La Banda y Paraya. Según Cabrera las piedras se encontraban en las tumbas correspondientes a las culturas Ica, Inca, Nazca, Paracas y Tiahuanaco.

Antes de esa fecha no se habían encontrado piedras similares y los arqueólogos desconfiaron. Era muy raro ya que esas zonas habían sido ampliamente investigadas y excavadas. Además, los motivos no correspondían, en su mayoría, a estas culturas, sino que era una mezcolanza de diseños de culturas diferentes. Era evidente que habían sido fabricadas recientemente por personas con escasos conocimientos de las culturas prehispánicas.

Los campesinos vendían las piedras por muy pocos soles. Incluso el Museo Regional de Ica tenía algunas arrumbadas en las bodegas. Los arqueólogos las consideraban artesanías modernas.

En 1963 el comandante Elías, Director del Museo Naval de Callao, puesto que ocupó hasta 1973, compró algunas piedras para el museo. Elías enseñó su colección a Alejandro Pezzia Assereto, Director del Museo Regional de Ica, quien las daría a conocer a los periodistas. Dos años después el arqueólogo peruano Herman Buse de la Guerra les dedicaría algunos párrafos de su libro Introduccion Al Peru[4].

Probablemente uno de los primeros artículos publicados sobre el tema fue el de la revista Dominical del periódico El Comercio, en cuyo número del 11 de diciembre de 1966[5] se dice que el arquitecto Santiago Agurto Calvo, rector de la Universidad Nacional de Ingeniería Civil, de Lima, y el profesor Pezzia, arqueólogo del Patronato Nacional de Arqueología de Perú, habían conseguido tres piedras supuestamente extraídas de tumbas precolombinas en Max Uhle y Toma Luz. En las piedras se podían ver flores y pájaros estilizados.

Santiago Agurto llevó las piedras con los ingenieros Fernando de las Casas y César Sotillo, de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Ingeniería Civil, en donde fueron analizadas. El reporte de estos ingenieros dice:

“Todas las piedras son andesitas fuertemente carbonatizadas, a pesar de que por su coloración y textura externas parecen ser entre sí de distinta naturaleza.

“Las piedras proceden de capas de flujos volcánicos correspondientes a series del mesozoico, características de la zona.

“La acción del intemperismo ha atacado la superficie de las piedras, cambiando los feldespatos en arcilla, debilitando por tanto su grado de dureza externa y formando una especie de cáscara que rodea la parte interior.

“La dureza exterior corresponde en promedio al grado 3 de la escala de Mohs, llegando a ser hasta 4.5 grados en la parte interna no atacada por el intemperismo.

“Las piedras pueden ser trabajadas prácticamente con cualquier material duro, como huesos, conchas, obsidianas, etc., y, naturalmente, con cualquier instrumento metálico prehispánico”.

Estas conclusiones, entre otras cosas, implican que las piedras fueron grabadas recientemente y no hace más de 65 millones de años, antes de la extinción de los dinosaurios. El mismo Cabrera declaró[6]:

“Hay que señalar que las piedras son de andesita, con una edad de 80 millones de años, y son resultado de la desintegración del macizo andino en el Mesozoico, y presentan fuerte pátina de oxidación que, como hemos dicho, recubre las incisiones, asegurando así su autenticidad.

“Yo he podido reunir once mil piedras, pero existen muchas más y deseo enriquecer al máximo la colección. Si se revela el lugar donde se encuentran las demás, curiosos, aficionados y turistas irán y harán de aquello un desastre, arruinando así la posibilidad de completar la biblioteca. Por tanto, antes que nada hay que reunir a los especialistas: luego, el gobierno peruano debería garantizar la conservación de los lugares, implantando una guardia permanente”.

Pero esas eran sólo palabras ya que Cabrera nunca permitió que verdaderos especialistas se involucraran en el asunto y nuca dio a conocer los sitios en donde supuestamente se encontraban las piedras.

“En mi colección –continúa Cabrera-, podemos ver reproducciones de estegosauros y otros animales antediluvianos como el triceratops, tiranosaurio y pterodontes cabalgados por seres humanos”.

Lo curioso es que estos saurios “voladores”, por lo que se sabe, solamente planeaban lanzándose desde acantilados ayudados por las corrientes de aire, ya que eran incapaces de volar y, por lo tanto, sería prácticamente imposible que pudieran volar con un hombre colgado a sus espaldas.

Otro detalle curioso es que en las piedras sólo aparecen animales conocidos en esa época (1960-1970) y no los dinosaurios encontrados recientemente, como el Albertosaurio, Anatosaurio, Anchiosaurio, Brachiosaurio, Carnotaurus, Chubutisaurio, Dacentrurus, Eoraptor, Fabrosaurio, Gallimimus, Heterodontosaurio, Kentrosaurio, Lambeosaurio, Megalosaurio, Hadrosaurio, Nodosaurus, Oviraptor, Patagosaurus, Saltasaurus, Ultrasaurio, Velociraptor, Xinosaurio, Zaphyrosaurio y otros.

Además, no aparecen representaciones de Anatosaurio, Brontosaurio, Hadrosaurio y Vulcanodon, cuyos restos fosilizados se han encontrado en el Perú; mientras que sí hay piedras con “dibujos” del estegosaurio que es originario de lo que posteriormente formaría Europa; del Triceratops, de Asia y Estados Unidos. Animales que de hecho nunca habitaron lo que hoy es Perú, o al menos no se han encontrado fósiles de los mismos.

SE DESCUBRE EL FRAUDE

Probablemente el primero en manifestar que todo se trataba de un fraude fue el arqueólogo americano John Rowe, quien no dudó en afirmarlo, después de analizar algunas de las piedras.

Roger Ravínez, miembro del Instituto Nacional de Cultura de Perú llegó a la misma conclusión. El 25 de enero de 1975 publicó un artículo sobre el asunto en El Correo de Lima. En él informaba que las piedras no poseían ningún sentido estilístico. Había mezcla de motivos nazca, mochica, tiahuanaco, etc. Tampoco había ninguna asociación con algún estrato, con lo cual era imposible tratar de fecharlas.

“Cabrera nunca ha querido mostrar el depósito o yacimiento de donde proceden estas piedras. Si lo hiciera, quizá pudiéramos averiguar la verdad y, por los posibles restos que hubiera en la zona, fechar la antigüedad de los grabados.

“Sólo conozco una piedra grabada que puede ser auténtica. El resto, todos esos miles y miles, son falsas”, afirmó.

“La única vez que estuve en Ocucaje hablé con la mujer que las graba, una tal Irma, quien me confesó que no tardaba ni una hora en trabajarlas”.

Ese mismo año la publicación suiza 24 Hebdo publicó otro artículo mencionando el posible fraude.

Así estaban las cosas cuando la revista peruana Mundial, publicada en Lima, decidió hacer una investigación sobre el asunto. Los reporteros descubrieron que habían varios lugareños que se dedicaban a fabricar las piedras, entre ellos, Basilio Uchuya e Irma Gutierrez de Aparcana. Mundial publicó un largo artículo (13 de las 62 páginas de la revista)[7] demostrando que las piedras eran una falsificación.

Basilio declaró la revista:

“Yo he hecho las 11,000 piedras del doctor Javier Cabrera. Mi técnica se basa en grabar las piedras después de haberlas calentado con estiércol de burro o caballo”.

Basilio declaró que durante diez años había grabado todas las piedras que componen el museo del doctor Cabrera. Mundial publicó nueve fotos que mostraban al artesano labrando las piedras. Uchuya decía que la inspiración la obtenía de los dibujos de revistas y libros de estampas de niños. La mayoría de estos mostraban dibujos de dinosaurios y dibujos médicos de operaciones. Las piedras quedaban negras porque después de horneadas con bosta de animales se les embarraba ¡betún de zapatos! Basilio era todo un artista. Hacía estas piedras para los turistas y nadie estaba tan enojado como él, porque su trabajo había sido deliberadamente distorsionado. Basilio confirmó que él y su familia proveyeron al museo local de casi todas las piedras que posee. Es más, tenía una carta firmada por el dueño del museo agradeciéndole su labor.

Los autores del reportaje informaron que la esposa de Uchuya les dijo:

“Hace varios días mi esposo y la señora Aparcana fueron llevados por el PIP[8] para que declararan si las piedras eran auténticas o falsas. Si las habían grabado o las habían encontrado. Mi esposo les dijo que todas las piedras que le había vendido al doctor Cabrera las había grabado él mismo. Que él no las había desenterrado. La señora Aparcana dijo lo mismo”.

Basilio negó que las hubiera encontrado y afirmó que eran falsificaciones que él y su esposa habían creado. No fue castigado, y siguió vendiendo las piedras a los turistas como baratijas. Basilio e Irma mostraron a los reporteros el lugar en donde sacaban las piedras, “un promontorio situado a unos dos kilómetros de sus casas”.

“Al llegar al sitio vimos dos perforaciones. Cada una de unos dos metros de diámetro y un metro de profundidad, más o menos. Después de media hora de escarbar, Irma Gutiérrez de Aparcana logró hacer un hoyo de un metro de diámetro y unos 50 centímetros de profundidad, y en ese punto dijo ‘Aquí hay una’. Era una piedra de unos 500 gramos, del tamaño de una mandarina. ‘¿Eso es todo? Preguntamos. ‘Ya les dije que son difíciles de encontrar, dijo, limpiándose el sudor de su frente”.

Irma informó que producía una 20 a 25 piezas por semana. Basilio dijo que había comenzado a fabricar piedras diez años atrás (en 1965), aunque los dos últimos años no había hecho ni una.

Javier Cabrera dijo que nadie era capaz de hacer 11,000 piedras por si sólo. Pero es cuestión de hacer números. Consideremos el número más bajo: Si Irma puede hacer 20 piedras por semana, trabajando 52 semanas al año, por 10 años, habría fabricado 10,800 piedras (prácticamente la cantidad en la colección de Cabrera). Si Basilio hizo otro tanto, y lo mismo Pedro Huamán y Aparicio Aparcana, entre otros, en tan sólo diez años tendremos más de 40,000 piedras de Ica rodando por todo el mundo en colecciones privadas. Cabrera siempre afirmó poseer 11,000 cantos rodados y decía que podía haber unas 50,000, aunque nadie vio tal cantidad: sólo la colección de Cabrera y unas cuantas más que vendían los artesanos citados a los turistas. En 1975 Marino T. Carcelan dijo a La Prensa haber exportado unas 600 piedras desde 1973[9]. Aún siendo cierto el número de 50,000, trabajando al ritmo de 25 piedras por semana esos cuatro artesanos pudieron haber fabricado más de esa cantidad. ¡Y no eran los únicos!

LA BBC CONFIRMA EL FRAUDE

En 1977 la BBC de Londres envió un equipo de producción de televisión para hacer el documental The Case of the Ancient Astronauts. Entre lo miembros del equipo se encontraban varios científicos: arqueólogos y antropólogos. La recepción que les dio Javier Cabrera fue todo menos calurosa. Parecía tener miedo de ser descubierto. Negó su permiso para que fotografiaran su colección y aún evitó discutir sobre su “extraordinaria evidencia científica”. Después de mucho insistir los ingleses consiguieron que Cabrera les proporcionara una piedra, misma que fue enviada al Institute of Geological Sciences en Londres, encontrando que se trataba de un fraude. El instituto reportó, luego de un atento examen al microscopio:

“Los bordes de los grabados son rectos y relativamente limpios, lo que es prácticamente imposible que se presente en piedras que han estado enterradas o expuestas al medio ambiente durante miles de años, como se nos quiere hacer creer”.

Nosotros añadimos que no solo son miles sino millones de años los que barajan los astroarqueólogos.

En cuanto a la capa superficial externa de las piedras, que se ha oxidado adoptando un color café oscuro intenso, el reporte de laboratorio dice:

“Se analizó la capa superficial de las piedras encontrando que fueron trabajadas después de que esta capa se formó por intemperismo, es decir, los grabados son modernos”.

El programa fue presentado en la televisión inglesa el 25 de noviembre de 1977.

Cabrera se defendió diciendo que, por pura coincidencia, se analizó una piedra trucada, pero que él tiene piedras auténticas. Sin embargo no ha permitido que se analicen estas piedras. Su argumento es que aunque en ninguno de los cantos rodados se ha podido constatar la oxidación de surcos, existen otros, que no han sido analizados, que sí presentan dicha oxidación. Lo único que hubiera podido avalar sus palabras hubiera sido que presentara tales piedras; pero eso nunca lo hizo.

Los productores de la BBC Tony Morrison y Ray Sutcliffe luego publicarían el libro Pathways to the Gods. Mencionan que, por un lado encontraron que Cabrera, otrora una de las figuras prominentes en la sociedad de Ica, en el momento de su visita se encontraba segregado de la sociedad, incluso su esposa lo había abandonado. Por el otro informaron que Basilio poseía “gran sentido del humor y logró hacer una “piedra de Ica” en pocos minutos horneando un canto rodado con estiércol de vaca que luego fue grabado con un taladro de dentista y terminado con betún de zapatos para darle la patina de antigüedad”. Basilio grabó las palabras BBC TV.

Más recientemente, en 1996, Neil Steede un arqueólogo que investigó las piedras de Ica para Los Misteriosos Orígenes de Hombre, un programa de corte creacionista, no encontró ninguna capa de corrosión química sobre los grabados, aunque las rocas sí que la tuvieran, sugiriendo que los grabados eran realmente más recientes que las rocas.

Basilio Uchuya, le fabricó una “auténtica” piedra de Ica con el taladro de un dentista y añadió la capa exterior cociendo la piedra en un horno con estiércol de vaca, todo ello en un tiempo récord.

EL TIRO DE GRACIA

Por si fuera poco ver a seres humanos conviviendo con dinosaurios, el extremo de lo ridículo comenzó a gestarse a principios de los noventa. Comenzaron a aparecer piedras con el tema de las relaciones homosexuales y el posible contagio de enfermedades de naturaleza sexual: una clara referencia al SIDA.

También se encontró una serie en donde se mostraba que los dinosaurios provenían de huevos, de los cuales salían larvas, que finalmente se metamorfoseaban para convertirse en tiranosaurios y otros dinosaurios.

Lo que se ha mantenido en el mayor secreto es una serie que muestra la última cena y la crucifixión de Cristo, de un Cristo con enorme cabeza típica de las figuras de Ica. Se dice que esta serie era guardada por Cabrera en una cuarta habitación a la que muy pocos han tenido acceso.

En 1991 Basilio mostró al periodista argentino Alejandro Chionetti algunos dibujos que el doctor Cabrera le había proporcionado como modelos para las piedras

Al comienzo de 1994 el español Vicente Paris comenzó a investigar las piedras de Ica y sus resultados constituyen el tiro de gracia para las piedras de Ica. Escribe Paris[10]:

“En efecto, no faltan en Ica quienes afirman haber visto al doctor entregar en mano a algunos campesinos del lugar los dibujos que éstos le devolverían grabados en los cantos”.

Vicente Paris dice que Irma Gutierrez de Aparcana le declaró lo siguiente:

“Al principio fue el propio Cabrera quien nos daba los dibujos para que se los grabásemos en piedras. Pero después, cuando vio que yo decía la verdad a la gente, dejó de darme trabajo y empezó a decir que yo estaba loca. A partir de entonces sólo encargó trabajos a Basilio”.

Paris consiguió llevar algunas piedras a España para que fueran analizadas. No obstante que dichos análisis fueron hechos por un grupo de aficionados a los fenómenos paranormales, los resultados son interesantes y, a la vez, contrarios a las afirmaciones del doctor Cabrera.

“Entre las diversas personas que examinaron las muestras fue José Antonio Lamich, fundador del Grupo Hipergea, el que nos dio la pista más importante. En su informe, este arqueólogo nos hizo notar la presencia de varios gránulos de papel de lija en las grietas de una de las piedras”.

No sólo se encontraron rastros de papel de lija, sino huellas del uso de sierras y fresas mecánicas, así como de ácidos. Además se alcanzaban a ver rastros de tinta que delineaban los dibujos. Paris se lamentaba que las rocas que habían sido analizadas hubiesen sido proporcionadas por el propio Basilio y no pertenecieran a la colección de Cabrera. El doctor podría decir simplemente que eran falsas, pero continuaría negándose a proporcionar una piedra de su colección. Por un momento Vicente Paris pensó en sustraer una de las piezas de la colección de Cabrera, pero se abstuvo de hacerlo.

“Pero otras personas si lo han hecho antes. Entre ellas dos geólogos de la universidad de Tucumán (Argentina) quienes, enfrentados a la misma situación, decidieron finalmente “tomar prestada” una de las piedras de Cabrera para analizarla en su facultad. El resultado fue concluyente: los grabados habían sido realizados con instrumentos modernos”.

Lo anterior sería suficiente para que cualquier persona medianamente inteligente se diera cuenta de que todo se trata de un fraude. Sin embargo existen personas con una sorprendente incultura científica (saludos J. J. Benítez) que aún incluyen las piedras de Ica como “sus enigmas favoritos”. Estas personas se quedan con unas cuantas piedras falsificadas y dejan de lado el impresionante peso de años de investigación en ciencias.

Recientemente se publicó en un sitio de internet[11] una fotografía de una pieza que se supone pertenece a la colección de Cabrera, pero no es una piedra y más bien se trata de una figura al estilo Acámbaro. Nuevamente encontramos esta correlación que apunta a que la posible fuente de inspiración de las piedras de Ica lo fueran las figurillas de Acámbaro.

Javier Cabrera Darquea murió en diciembre de 2001. Su hermana María Isabel Cabrera Darquea, y su hija, Eugenia Cabrera de Claux, continúan a cargo del museo de las piedras.

REFERENCIAS

Agurto Calvo Santiago, Las piedras magicas de Ocucaje, El Comercio, Lima, 11 de diciembre de 1966.

Anónimo, El mensaje de otra gran humanidad, Expreso de Lima, ediciones de diciembre 21 a 26, 1974.

Anónimo, Exportador de gliptolitos dice que son artesanía, La Prensa, Lima, 7 de enero de 1975.

Anónimo, Las hizo Basilio Uchuya, Mundial, No. 6, 17 de enero de 1975.

Anonimo, The Amazing Ica Stones, The Peruvian Times, August, 25, 1972.

Benítez Juan José, Existió otra humanidad, Editorial Plaza & Janés (Col. Otros Mundos), Barcelona, 1975.

Benítez Juan José, Mis enigmas favoritos, Editorial Plaza & Janés (Col. Los Jet, Nº 238-8), Barcelona, 1994.

Buse de la Guerra Herman, ¿Misterio arqueológico o superchería?, El Comercio, Lima, 6 de enero de 1972.

Buse de la Guerra Herman, Introduccion Al Peru, Lima, 1965.

Cabrera Darquea Javier. El Mensaje de las Piedras Grabadas de Ica, Inti Sol editores, Lima, 1976.

Carroll Robert Todd, The Ica Stones, en: The Skeptic’s Dictionary (skepdic.com/icastones.html), 2002.


Charroux Robert, L’énigme des Andes, Editions Robert Laffont, Paris, 1974. Hay traducción al español: El enigma de los Andes, Plaza & Janés S. A., (Col. Otros mundos), Barcelona, 1976.

Däniken Erich von, La respuesta de los dioses, Ediciones Martínez Roca (Col. Fontana Fantástica), Barcelona, 1978.

Drum Ryan, The Cabrera Rocks, Info Journal, No. 17, May, 1976, pág. 10.

Gamez Luis Alfonso, El legado de los picapiedra, Magonia, 7 de octubre del 2003.

Jiménez del Oso Fernando, El hombre del Mesozoico, Más Allá, Nº 9, Madrid, Noviembre de 1989, Págs.18-28.

Jiménez del Oso Fernando, Ica, Producciones Culturales (Col. El Imperio del Sol, Nº 1), Video, 1989.

Paris Vicente, Las piedras de Ica son un fraude, Año Cero, 1998.

Pezzia Asserto Alejandro, Ica y el Peru Precolombino, Volumen I, Ica, 1968, pág. 25.

Piedras blandas de Ocucaje, La Voz de Ica, 19 de noviembre de 1973.


Ruiz Noguez Luis, La verdad sobre el mito von Däniken, Eso me interesa, Vol. I, No. 1, México, 1984, págs. 58-64.

Santiago Agurto Calvo, Las piedras mágicas de Ocucaje, El Comercio (suplemento), 11 de diciembre de 1966.

Sierra Javier, Las piedras grabadas de Ica: un enigma a debate, Más Allá, Madrid, Monográfico Nº 10, Septiembre de 1994, Págs. 102-104.

Story Ronald D., Guardians of the Universe?, St. Martin’s Press, New York, 1980.


[1] http://marcianitosverdes.blogspot.com/2006/10/los-dinosaurios-de-acmbaro-primera.htmlhttp://marcianitosverdes.blogspot.com/2006/10/los-dinosaurios-de-acmbaro-2.html

http://marcianitosverdes.blogspot.com/2006/10/los-dinosaurios-de-acmbaro-3.html

http://marcianitosverdes.blogspot.com/2006/10/los-dinosaurios-de-acmbaro-final.html

[2] Charroux Robert, L’énigme des Andes, Editions Robert Laffont, Paris, 1974. Hay traducción al español: El enigma de los Andes, Plaza & Janés S. A., (Col. Otros mundos), Barcelona, 1976.

[3] Benítez Juan José, Existió otra humanidad, Editorial Plaza & Janés (Col. Otros Mundos), Barcelona, 1975.

[4] Buse de la Guerra Herman, Introduccion Al Peru, Lima, 1965.

[5] Agurto Calvo Santiago, Las piedras magicas de Ocucaje, El Comercio, Lima, 11 de diciembre de 1966.

[6] Cabrera Darquea Javier. El Mensaje de las Piedras Grabadas de Ica, Inti Sol editores, Lima, 1976.

[7] Anónimo, Las hizo Basilio Uchuya, Mundial, No. 6, 17 de enero de 1975.

[8] PIP: Policía de Investigaciones del Perú.

[9] Anónimo, Exportador de gliptolitos dice que son artesanía, La Prensa, Lima, 7 de enero de 1975.

[10] Paris Vicente, Las piedras de Ica son un fraude, Año Cero, 1998.

[11] http://www.labyrinthina.com/ica-update.htm

Los dinosaurios de Acámbaro (Final)

ACÁMBARO Y SUS “DINOSAURIOS”

La ciudad de Acámbaro se encuentra situada en el sureste del estado de Guanajuato, a mil 945 metros sobre el nivel del mar y a tan sólo 291 kilómetros de la ciudad de México. A sus pies se extiende un valle que estuvo inundado por un lago hasta hace unos 600 años. En esa época el río Lerma logró abrirse camino, drenó el lago y se formó un valle muy fértil.

En lengua tarasca Acámbaro significa “Lugar de magueyes” o “Lugar en donde crecen los magueyes”. La ciudad fue fundada el 19 de septiembre de 1526 por Don Nicolás de San Luis Montañés (un indio purépecha evangelizado), con el nombre de San Francisco de Acámbaro.

La población ha alcanzado notoriedad a nivel nacional a causa del exquisito pan que producen sus habitantes. Este pan es tan sabroso que se le conoce sencillamente como el “pan de Acámbaro”, y tiene muchas variedades como son las famosas acambarinas, el pan de huevo y el pan de leche. Parece ser que la tradición del pan surge después que quedaron obsoletos los hornos de las ladrilleras como los de San Miguel. Los artesanos tuvieron que cambiar la aplicación de sus hornos y en lugar de fabricar ladrillos y cerámica comenzaron a hacer pan. Luego, aquello de que en Acámbaro no existen hornos es un mito. Hay una buena cantidad de hornos de todo tipo. El nativo de la región tiene una antigua tradición cultural en la fabricación de figuras de barro cocido, que van de ollas a figuras antropomorfas o de animales. Odilón Tinajero seguramente tenía los conocimientos y las herramientas para hacer las figuras.

¿Que no existe una sola figura repetida y que Tinajero no tenía la capacidad de hacer esos diseños?, tal vez. Pero si vemos los actuales alebrijes[1], de los que se han fabricado no miles sino millones de piezas diferentes, podremos captar la creatividad artística de los artesanos mexicanos. Si bien es cierto que las ideas originales seguramente provinieron de Julsrud, lo demás salió de la mente de estos artistas. Eso explica, también, por qué sólo algunas figuras de dinosaurio representan figuras reales de animales que existieron hace millones de años.

Según Patton[2] y Swift, se han identificado muchos dinosaurios: Braquiosaurio, Dimetrodonte, Diplodocus, Estegosaurio, Gorgosaurio, Ictiornis, Iguanodonte, Leviatán, Maiasaurio, Monoclonius, Ornitolestes, Paleococincus, Plesiosaurio, Podokosaurio, Pteradononte, Rhamphorynchus, Rinocephalia, Strathiomimus, Tiranosaurio Rex, Tiranosaurio, Trachodon, Triceratops, y otros tantos aún sin identificar.

Pero para los escépticos sólo hay un verdadero dinosaurio, el apatosaurus (brontosauros), y todos los demás que quedan sin identificar son criaturas de fantasía, que seguramente nunca existieron. Las culturas antiguas hicieron toda clase de monstruos como el Leviatán de siete cabezas. Los egipcios colocaron toda clase de cabezas de animales sobre cuerpos humanos. Diferentes partes de animales se mezclaron para formar nuevos como la Esfinge.

Los escépticos no están tan equivocados porque la gran mayoría de los “dinosaurios” sólo tienen patas traseras: no existen las extremidades superiores. ¿Acaso son especies aún sin descubrir? Otras figuras muestran animales cuyas bocas son mucho más grandes que todo el cuerpo completo. Darius Plumford[3] ha encontrado una figurita que se parece a Dino, la mascota de Los Picapiedra. ¿Otra especie por descubrir? También tenemos seres demoníacos con cuernos: el diablo, cuyos restos fósiles seguramente se encontraran en los siglos por venir. También está el Bigfoot y otras criaturas acuáticas monstruosas, raras mezclas de animales con humanos, y muchas otras creaciones increíbles.

Una de las obsesiones de Julsrud, de la que nos habló Luis G. Durán en 1989, y de la que por pudor no quisimos mencionar en nuestros artículos, ya ha sido notada por otros autores. Algunas piezas muestran a los dinosaurios comiéndose a los humanos, pero otras muestran relaciones zoofílicas entre estas especies. A las figuritas le llamaban “la colección del loco”. Dicen que la familia lo resintió y prefirió no hablar más del asunto y dejar guardadas las figurillas.

Las mismas ideas de Julsrud sobre los continentes desaparecidos como la Atlántida, son fuente de otras figurillas. En la colección hay representaciones de negros, orientales y caucásicos barbados, lo mismo que motivos egipcios, sumerios y otras antiguas civilizaciones, que nunca tuvieron relaciones entre sí.

Decíamos que Julsrud pagaba un peso por las piezas pequeñas y hasta diez pesos por las más grandes. Según Patton, un peso por cada figurilla “resulta un precio irrisorio”[4]. Supongamos un precio promedio de dos pesos por pieza, lo que no es exagerado. Un campesino tendría que hacer unas cinco al mes piezas para ganar el salario mínimo de la época del presidente Ávila Camacho[5]. Hay que considerar que ese salario era para la ciudad, en el campo difícilmente se alcanzaba, aún en la época de cosecha.

Un buen artesano puede hacer unas 20 piezas diarias[6]. Considerando que la familia de Odilón Tinajero estaba constituida por él, su esposa y tres hijos. Esta sola familia podía fabricar casi 31,300 piezas por año. Pero no eran los únicos. Harry Möller, el editor de la revista México Desconocido, comentaba en 1977 que:

“… la gran mayoría le fueron entregadas por los vecinos del lugar, quienes decían encontrarlas en los cerros. Se dice que Julsrud estaba ya obsesionado por aumentar su colección y empezó a pagar uno o dos pesos por cada figura que le consiguieran; es indudable que algunos encontraron allí un modus vivendi”.

Es decir, Tinajero no era el único que comerciaba con las figurillas, por lo que podríamos suponer que las 37,000 piezas bien pudieron haber sido fabricadas en el plazo de no más de dos años, aún considerando una cuota de 10 piezas diarias por artesano.

Pero ni siquiera es necesario hacer 10 piezas de cerámica diaria por artesano. Muchas de las piezas de la colección tienen el estilo de la cerámica de Chupícuaro (800 a.C. a 200 d.C.). Varias de ellas, indudablemente pertenecen a esta cultura anterior a los tarascos (1000 d.C.). Otras piezas de la colección son puntas de flecha fabricadas de obsidiana, cuentas, conchas, huesos[7], dientes de caballo de la edad del hielo, fragmentos de cerámica y piedras. Incluso el mismo Patton, sin darse cuenta que eso iba en contra de sus conclusiones, señaló:

“Otra consideración que frecuentemente es ignorada en el debate de la autenticidad de estas piezas es que muchos de ellos están hechos de roca dura y no de cerámica. Estos objetos de piedra muestran todos los efectos de la erosión y los objetos de piedra son del mismo estilo que la cerámica y el factor de la erosión es imposible de falsificar”.

Aproximadamente una tercera parte de la colección está formada por este tipo de piezas. Dicho de otra forma, sólo unas 24,500 piezas son verdaderas figuras de barro (no pertenecientes a la cultura Chupícuaro), y de ellas sólo un diez por ciento muestra dinosaurios.

PRUEBAS EN CONTRA DE LAS FIGURILLAS

Los principales argumentos que se pueden exponer en contra de la veracidad de las figurillas de Acámbaro son:

a) La ausencia de pátina y la acumulación de sales de la tierra es inexplicable.

b) No existe un precedente para la casi perfecta preservación de piezas tan delicadas después de haber sido enterradas.

c) Los objetos no parecen pertenecer a ninguna cultura conocida.

d) Nunca antes en la historia de la arqueología se habían encontrado tantas piezas en un área tan pequeña.

e) La presencia de dinosaurios conviviendo con humanos.

El argumento (a) es justo lo contrario a la prueba (1) de los que sostienen la veracidad de las figurillas. Veremos este argumento. Continuaremos analizando las pruebas 1 a 5 de los creacionistas y regresaremos a los argumentos (b) a (c).

En general las piezas parecen nuevas, recién salidas del horno. No hay suciedad incrustada, sólo partículas de la misma arcilla con la que fueron fabricadas. El color del material va de café medio hasta un café oscuro. La manipulación de las mismas las ensucia muy fácilmente oscureciendo la arcilla.

Este punto preocupaba mucho a Patton y Swift, por lo que agradecieron el comentario de Herrerón, quien les dijo que entre él y Julsrud limpiaron los objetos que habían desenterrado en una de sus expediciones. Pero la cosa no es tan simple. Sabemos que Waldemar tenía conocimientos arqueológicos elementales. Es más que posible que supiera que las piezas antiguas necesitan cierto tratamiento y éste no incluye el lavado para eliminar la pátina. Julsrud sabría que eso le restaría puntos a su colección. Para los comerciantes de antigüedades es pecado mortal el eliminar la pátina.

Por otra parte, sin echar mano de los poderes de Superman, el lavar 37,000 piezas le debió consumir todos los días, durante dos años. Julsrud debió desatender todas sus actividades (su ferretería, la convivencia con su familia, el trato con sus vecinos…) con el único fin de hacer que unas piezas antiguas se vieran “como nuevas”.

Prueba 2 de los creacionistas.

Considero que, aunque no imposible, si sería muy difícil que Tinajero, solo, fabricara todas las piezas. Pero ya he apuntado que su familia (5 individuos) pudo haber fabricado buena parte de la colección. Recordemos que Tinajero era albañil. En particular, era fabricante de ladrillos y tenía un horno. Además, parece que no fue el único. Hay datos que apuntan a la existencia de varias familias dedicadas a la fabricación de este tipo de figurillas.

Los creacionistas señalan la finura artística de las figuras. No niego la creatividad, muy similar a la de los fabricantes de alebrijes, pero si comparo las figuras tipo Julsrud, con la alfarería de la cultura Chupícuaro, la diferencia es más que notable. La factura de las primeras denota un trabajo rápido y, en cierto sentido, burdo. La calidad de las segundas, el colorido, los detalles, la finura del terminado, incluso los materiales de construcción implican manos artesanas mejor calificadas y un trabajo más dedicado.

Con todo y que en teoría (de los creacionistas) las figuras de Julsrud son muchísimo más antiguas que las de la cultura Chupícuaro, éstas últimas se ven con más antigüedad.

Prueba 3 de los creacionistas.

Hemos mencionado que el área era, desde tiempos inmemorables, una zona dedicada a la fabricación de alfarería. Los hornos son abundantes. Actualmente se les utiliza para la fabricación de pan. Incluso gente que dio su testimonio indica que Tinajero fabricaba sus propios ladrillos, por lo que no sería raro deducir que contaba con un horno.

La prueba 4: falta de combustibles

No es necesaria tan enorme cantidad de combustible (“toneladas y toneladas”). Las ladrilleras, por ejemplo, generan una producción considerable de piezas sin consumir grandes cantidades de madera.

Las panaderías de Acámbaro, aún antes de consumir gas, abastecían el mercado local e incluso el nacional con sus productos. Lógicamente no necesitaron talar árboles. Existen muchos otros combustibles alternos que fueron utilizados en su momento: carbón, maguey, bostas, cañas… Además, Acámbaro no es un pueblo aislado. El comercio con otras regiones del país le puede suministrar los combustibles.

Testigos de las excavaciones. Prueba 5.

A los doce testigos que mencionan Patton y Swift se les puede sumar otros más: DiPeso, Hapgood, Gardner, Tinajero y Luis Durán. Muchos de ellos estaban relacionados con Waldemar, otros no. Pero el presenciar el desentierro de piezas tipo Julsrud no las valida. Los testigos que sabían, pudieron callar y ocultar el fraude. Los demás pudieron ser víctimas de un engaño.

Por otra parte, exceptuando a DiPeso, ningún arqueólogo profesional vio desenterrar, o lo hizo él mismo, alguna figura del tipo Julsrud. DiPeso estuvo presente en un desentierro, pero declaró que era un fraude. La comisión investigadora de 1954, organizada por el INAH, estaba integrada por arqueólogos experimentados en culturas prehispánicas (Noguera, Orellana, Salazar, Pompa, Perea, Simpson y Barber). No encontraron una sola figura de dinosaurios.

Previo al “descubrimiento” de Julsrud, debido a los trabajos de la Presa Solís, los más famosos arqueólogos mexicanos (Rubín, Piña, Arriaga, Estrada, Porter y Obregón) estuvieron trabajando en la zona. No encontraron piezas tipo Julsrud, a pesar de que las excavaciones no se limitaron a simples pozos: la maquinaria pesada removió grandes cantidades de terreno.

Patton y Swift demostraron su ingenuidad al creer la historia de Ernesto Navarrete, el policía federal. Difícilmente en México los policías son enviados a Scotland Yard a estudiar, mucho menos un policía perteneciente a un pueblo del interior. Navarrete pertenecía al destacamento del Municipio de Celaya, nada tenía que hacer en otro municipio, el de Acámbaro. La historia del contrabando de armas en Laredo, Texas, suena a película de acción. No hay una “Prisión Federal de la Ciudad de México”, al menos con ese nombre. Luis Mota difícilmente aceptaría unas piezas del tipo Julsrud, en custodia, por diversas razones: estaba convencido de la falsedad de las mismas y las rechazaba por completo; no era Alcalde de Acámbaro, sino director del Museo Arqueológico; las piezas de Julsrud no se guardaban en el museo, sino en el DIF.

Patton y Swift no saben que en México, desafortunadamente, la palabra de un policía judicial o federal no es muy de fiar.

Argumento (b): No existe un precedente para la casi perfecta preservación de piezas tan delicadas después de haber sido enterradas.

Las piezas de cerámica son muy delicadas. En México hay un refrán que dice: “Pareces jarrito de Tlaquepaque”. Y se refiere a que con cualquier movimiento se rompen. La gran mayoría de las piezas de la colección Julsrud son pequeñas de unos 10 a 20 centímetros de altura; pero las hay tan grandes como 2 metros. Considero increíble que piezas de barro pudieran permanecer intactas, enterradas, durante tanto tiempo. Yo tengo una pieza de las más pequeñas (11 centímetros) y a pesar del cuidado con que la trato, la cola ya se rompió.

c) Los objetos no parecen pertenecer a ninguna cultura conocida.

Las piezas de tipo Julsrud (dinosaurios y algunas figuras antropomorfas) no tienen parangón con culturas conocidas. Otras piezas de la colección pertenecen a las culturas Chupícuaro y Tarasco o Purépecha. Pero las cerámicas de dinosaurios son únicas de Acámbaro[8]. Las figuras antropomorfas muestran personajes de diversos tipos de razas y culturas. El artesano hizo un burdo trabajo de imitación de figuras egipcias, asirias y de otras partes del mundo.

d) Nunca antes en la historia de la arqueología se habían encontrado tantas piezas en un área tan pequeña.

En las excavaciones arqueológicas se pueden encontrar diversas herramientas y utensilios enterrados en los complejos arquitectónicos. Los objetos se encuentran diseminados y en ocasiones se pueden hallar varios en un solo punto. En los lugares que se utilizaron como cocinas, por ejemplo, se pueden encontrar platos, jarros, vasos y otros de uso común.

Pero en el caso de las figuras de Acámbaro, los desentierros mostraban cientos de piezas, sin relación alguna (pipas, dinosaurios, conchas, alfarería, cuentas, jarras…) en un solo hueco o pozo. Como si se hubiera enterrado a propósito. En este sentido, Julsrud o el que hizo el fraude, no tomó la precaución de diseminar las piezas. ¿Acaso fue flojera de hacer un mayor trabajo de enterrar una pieza aquí y otra allá?

e) La presencia de dinosaurios conviviendo con humanos.

Éste es el principal argumento en contra de las figuritas de Acámbaro. La extinción de los dinosaurios fue hace 65 millones de años y el ser humano apareció hace tan solo 3 millones de años. En el caso particular de Acámbaro, el sitio no existía hasta hace unos 25 millones de años. ¿Cómo pudieron vivir dinosaurios en un lugar que apareció 40 millones de años después de su extinción?

Los fabricantes de las figurillas no se dieron cuenta de otro enorme error de 89 millones de años. Las piezas muestran dinosaurios de la era Mesozoica, que se divide en los periodos Triásico (225 millones de años), Jurásico (190 millones de años) y Cretácico (136 millones de años). En ese tiempo aparecieron y desaparecieron diversas especies. Los dinosaurios no convivieron con los seres humanos, incluso no convivieron con otras especies de dinosaurios. Es una tontería el que en la colección aparezcan dinosaurios del cretácico conviviendo con otros del jurásico o del triásico.

Ya no en Acámbaro, en México en general, no existieron la mayoría de las especies mostradas en las figuritas.

El caso extremo de lo ridículo es creer que los dinosaurios no sólo convivieron con los seres humanos, sino que mantuvieron unas relaciones más íntimas (sexuales) con ellos. Ya me imagino a Patton, en el caso de que hubiera vivido en aquella época, tratando de hacerle arrumacos a una hembra de Gigantosauros, un enorme carnívoro de más de 15 metros de alto. El que los creacionistas crean este tipo de historias explica el porqué creen que el mundo fue creado hace poco más de 4,000 años, en tan sólo seis días.

La única pieza que pudiera ser auténtica es la que muestra a Dino: el único dinosaurio que convivió con los seres humanos (de caricatura).

Esta pieza de la colección de Julsrud muestra dos dinosaurios grabados en una piedra. La técnica es similar a la utilizada en algunas piedras de Ica. La fotografía de abajo, adjudicada erróneamente al museo de Ica, muestra otro animal hecho con la misma técnica. ¿Pruebas del plagio de un fraude?

Uno de nuestros artículos[9] ponía en el tapete de discusión la posibilidad de que las figuras de Ica hubiesen tenido un origen en los dinosaurios de Acámbaro. Luis Durán, uno de los principales colaboradores de Julsrud, nos comentó de la presencia de un doctor peruano, un tal Javier Cabrales, que bien podría ser el mismo Javier Cabrera Darquea. Al paso de los años vemos que Cabrera Darquea las menciona en su libro, lo que podría confirmar nuestra hipótesis ya que estas piezas, las de Acámbaro, no son tan conocidas. Sin embargo, en principio la “tecnología” para fabricar los cantos rodados de Ica parece ser diferente a la forma en que se hicieron las piezas de cerámica de Acámbaro. No obstante, con la nueva exhibición de las figuras de Acámbaro aparecieron unas piedras labradas en el más puro estilo Cabrera. Por otra parte, una fotografía adjudicada al museo de Ica, y que muestra un “dinosaurio” de gran pico y cuatro patas, pertenece en realidad a la colección de Julsrud. ¿Cabrera copió el fraude de Acámbaro? Parece que esta opción es la más cercana a la realidad. Pero eso es otra historia, y el inicio de una nueva investigación en ese sentido.

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OTROS SITIOS EN INTERNET

http://www.acambaro.gob.mx/

http://www.bible.ca/tracks/tracks-acambaro.htm

El creador de los alebrijes http://www.angelfire.com/md/alebrijes/spanish.html

Museo Waldemar Julsrud http://www.waldemar.julsrud.us.tt/

En 1989 un ufólogo argentino y quien esto escribe estuvimos en las bodegas del Palacio Municipal de Acámbaro. Nos pusieron un vigilante: un policía que no tenía AK-47 (no siquiera pistola). ¿Patton y Swift tenían cara de delincuentes, o simplemente exageraron en su relato?

Durante años las figurillas estuvieron guardadas en cajas. Este es el aspecto de las bodegas del DIF de Acámbaro en 1989. (Fotos Noguez).

El ufólogo argentino Alejandro Chionetti. (Fotos Noguez).

Alejandro Chionetti y el autor de estas líneas. (Foto Noguez).

El autor admirando al antepasado del pájaro loco. (Foto Noguez).

Todas estas fotografías fueron tomadas en 1989. Nunca pensamos que no nos dejarían sacar las piezas. No se utilizó flash y el contraluz contribuyó a que salieran muy oscuras. Con las actuales técnicas se ha logrado aclarar, pero a cambio pierden en nitidez.

Muchas de las figuras presentan una forma extraña. Para Chionetti esta parecía al extraterrestre de Hopkinsville ¿?. (Foto Noguez).

Piezas de pretendido arte egipcio y de otras culturas de Europa y África. (Fotos Noguez).

La “Venus de Acámbaro. (Foto Noguez).

En sus páginas de Internet se puede ver a Patton posando con esta pieza. En 1992 informábamos que era la más grande que habíamos visto en la bodega del DIF. Indudablemente es una de las mejores de la colección. (Foto Noguez).

Todo un mundo de nuevas especies de dinosaurios por “descubrir”. (Foto Noguez).

Y también “nuevas” razas de indígenas. (Foto Noguez).

Dinosaurio con “espinas dérmicas” y pico de …¿?… Nueva especie por descubrir. (Foto Noguez).

¿El antepasado de la jirafa? ¿Saben los zoólogos si quedan restos de esas “espinas dérmicas” en las jirafas actuales? (Foto Noguez).

Un dinosaurio lucha por su vida con un humano. ¿Lograrán los dinosaurios de Acámbaro sobrevivir? (Foto Noguez).

Algunos ejemplos de alebrijes. Una muestra de la creatividad de los artesanos mexicanos.

Foto Mystery in Acambaro.

Estas escenas zoofílicas deberían ser motivo de excomunión para Patton y Swift ¡Cómo se atreven a mostrar estas figuras! Harían más dinero en el mercado pornográfico y no en una sociedad bíblica. (Fotografías de Patton).


[1] Monstruos policromos fabricados de cerámica y de papel mache.[2] Patton hace su comparación utilizando el libro de Robert Bakker, Dinosaur Heresies (1986).

[3] En su página muestra varias figuritas manteniendo relaciones zoofílicas.

[4] Patton dice que se pagaba unos doce centavos de dólar por pieza; pero también en la paridad esta equivocado. En el sexenio de Ávila Camacho la paridad era de 4.85 pesos por dólar. Es decir, el precio real por figurita era de veintiún centavos de dólar.

[5] 10.31 pesos al mes.

[6] De manera organizada la producción de ollas, por ejemplo, es de casi 100 unidades por día.

[7] Harry Möller mostró a los arqueólogos del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) un cráneo deformado, con una amatista incrustada. La pieza fue considerada un fraude porque ninguna cultura prehispánica utilizaba la amatista de esa manera.

[8] Las piedras de Ica, que yo considero tuvieron un origen intelectual en la colección de Julsrud, no son de cerámica. Javier Cabrera Darquea, en su libro El mensaje de las piedras, Capítulo El Misterio de Ocucaje, se refiere a las figuras de Acámbaro. Es decir, hay pruebas de que las conocía. En la colección de Julsrud existen unos cantos rodados que fueron labrados para mostrar figuras de dinosaurios. La misma técnica que se utilizó años después en Ica.

[9] Ruiz Noguez Luis, La extinción de los dinosaurios de Acámbaro. Segunda parte, Duda. Lo increíble es la verdad, Año XXI, No. 1105, México, septiembre 30 de 1992, Págs. 25.

Los dinosaurios de Acámbaro (3)

INVESTIGACIONES MÁS RECIENTES

En 1989 viaje por primera vez a Acámbaro. Luego daría las indicaciones para que personal de las revistas DUDA. Lo increíble es la verdad, en 1992, y Contacto OVNI, en 1996, viajaran al lugar. En 1996 escribí el guión para el programa especial En busca de lo desconocido, dirigido por Juan Chía. Viajamos a Acámbaro y logramos que las autoridades nos permitieran grabar algunas piezas. Este programa fue vendido a diversas televisoras en todo el mundo.

Entre los compradores estuvo la compañía japonesa, Nissi, quien enviaría un equipo de producción para realizar un programa en Acámbaro. El programa intitulado “Vieron dinosaurios nuestros antepasados” fue emitido el 2 de febrero de 1997. En muchas escenas el conductor muestra representaciones de dinosaurios de un libro y las empata con una figura similar. Así muestra un Sauraloplus osborni o un Amargasaurus cazaai, pero en ningún lugar de su enciclopedia pudo encontrar al monstruo de dos cuernos, parecido al demonio, o a los dinosaurios que sólo tienen dos patas, o a Dino, la mascota de los Picapiedra, y muchas otras figuras que son parte de la colección.

Otro programa, más centrado, sin dejar de pertenecer a la corriente creacionista, fue el producido por la NBC. En febrero 1996 se emitió el programa The Mysterious Origins of Man (MOM), conducido por Charlton Heston. El productor Bill Cote, creador de ese especial para la NBC, decidió hacer un nuevo documental Jurassic Art, utilizando la información comprada a TV Azteca sobre las figuras de Acámbaro, y anexando el tema de las piedras de Ica. En 1997 la B. C. Video distribuyó este nuevo especial.

John Tierney, quien aseguraba haber colaborado con Hapgood, fue contratado por los productores de B. C. Video para que los guiara al lugar de donde se extrajeron las figuras. Escarbaron seis hoyos en el lado Oeste de El Toro. Cada perforación era de aproximadamente un metro cuadrado, y sólo una se hizo de dos metros cuadrados. Tierney, luego que no encontraron nada, dijo que estaban en el área equivocada.

Jurassic Art presentaba a Neil Steede, Presidente de la Early Sites Research Society West and Mexican Epigraphic Society, informando que la colección es un fraude de reciente manufactura. Dijo que las piezas no estaban tan erosionadas. Eran muy suaves por lo que no deberían tener más de 20 años.

En 1990 había hecho una investigación. Steede seleccionó un sitio de excavación y encontró muestras de alfarería Chupícuaro, pero ninguna figurita tipo Julsrud. Luego, según Patton, Steede solicitó algunas figuritas de la colección Julsrud (una figura humana y una de dinosaurio) y las envió a datar por medio de carbono catorce. La primera dio una fecha de 4,000 (antes del presente), esto es, de 2,000 a. C.; la segunda, según Patton, daba una fecha de 1,500 (antes del presente), es decir, 500 d. C. (y no 500 a. C., como escribió Patton, que ya sabemos, no sabe sumar). Según este autor, Steede ocultó estos datos, debido a que su sueldo lo pagaba el gobierno mexicano (¿?). No sé si esto es cierto porque las piezas eran guardadas celosamente en el DIF[1] de Acámbaro (posteriormente se trasladaron a la alcaldía), y a nosotros no nos dejaron siquiera tocarlas.

En 1998 la Early Sites Research Society, una organización que se dedica a buscar sitios como la Atlántida, realizó un viaje a Acámbaro con la intención de escarbar y sacar nuevas figuras de dinosaurios. En su boletín del verano de aquel año escriben:

“Lo que encontramos en nuestro pozo de control fue cerámica del tipo Julsrud, esto es, tenía la misma textura y coloración. Esto implica que proviene del mismo depósito. No implica que fuese hecha al mismo tiempo. Todo lo que podemos llamar “Cerámica tipo Julsrud” no es como las figuras de Julsrud en la forma o en el estilo, sólo en el tipo de arcilla utilizada. En efecto, análisis posteriores han demostrado que la cerámica de Julsrud y la de Chispiquaro (sic) provienen del mismo tipo de arcilla[2].

“Nuestro pozo de control no proporcionó figuras del tipo Julsrud. En un punto de la excavación encontramos una figura, una cara de perro. Nos alegramos por el descubrimiento y dijimos “parece una figura del tipo Julsrud”, pero sólo estábamos bromeando; era una figura tipo perro de la cultura Chispicuaro (sic).

“Fuimos a la casa en donde Hapgood había excavado hacía cuarenta años. El área completa estaba cubierta de casas. Ninguna de ellas tenía jardín, y las casas estaban pavimentadas”.

En 1999 los doctores[3] Dennis Swift y Don R. Patton viajaron a Acámbaro. Las figuras aún continuaban almacenadas y ellos tuvieron que hacer los mismos trámites que nosotros, y solicitar las audiencias correspondientes para que les permitieran ver la colección.

“El almacén fue abierto de forma un tanto ceremonial por el Alcalde; algunos rayos de luz se filtraban a través de las sombras, mientras nosotros entrábamos al cuarto polvoso con cajas apiladas hasta el techo llenas de artefactos estibados con papel periódico dentro de cajas de cartón[4].

“Al lado de la alcaldía, en el cuarto de recepción, se colocaron algunas de las piezas para que nosotros las observáramos. Dos policías mexicanos montaban guardia con rifles AK.47 y pistolas[5]. Los empleados iban y venían con cajas, el Dr. Swift desembalaba las figuras, mientras el Dr. Patton las fotografiaba.

“En un periodo de 6 horas, se desempacaron y fotografiaron más de 800 figuras de cerámica. Catorce cajas habían sido abiertas… De entre las piezas había 75 dinosaurios trabajados de forma exquisita.

“Llegó el momento en que retuvimos la respiración, al desenvolver una representación virtualmente perfecta de un iguanodonte. Éste fue uno de los primeros esqueletos de dinosaurio descubiertos. En el siglo XIX se hicieron representaciones más bien cómicas de este animal. Al iniciar el siglo XX aún no se tenía una buena representación. La figura representa la forma en que actualmente lo conocemos. Ningún falsificador pudo haber hecho este modelo en los cuarenta”.

Todo ese interés, por propios y extraños, logró que parte del sueño del doctor Pompa se hiciera realidad, la creación de un “Museo del Fraude Arqueológico”[6]. Actualmente la colección Julsrud se exhibe en un local especial, El Museo Julsrud, abierto a todo el público.

LA CULTURA CHUPÍCUARO

Para entender mejor el fraude de las figuritas de Acámbaro es necesario comprender el contexto en el que se dieron. Nos tenemos que remitir a las culturas que poblaron la región y estudiar su historia, costumbres y artesanías.

En el sureste del Estado mexicano de Guanajuato, se encuentra el municipio de Acámbaro. Los primeros pobladores fueron indios Chichimecas semisalvajes, a los que los arqueólogos atribuyen una antigüedad “anterior a 1200 a. C.”. Sus predecesores constituyeron una de las culturas mesoamericanas más antiguas, la Chupícuaro, que evolucionó hacia la Teotihuacana hacia el 200 d.C. y hacia la Tolteca para terminar en la Purépecha o tarasca hasta la época de la colonización colombina.

Chupícuaro, vocablo de gran resonancia, significa en lengua purépecha “Lugar de Cielo Azul”. De Chupicua, Azul y ro: lugar.

La Cultura Chupícuaro, también conocida como Cultura del barro, es una de las culturas madres de Mesoamérica. Tuvo su lugar de asentamiento en los alrededores de lo que hoy es Acámbaro. Los principales asentamientos actualmente se encuentran cubiertos por el agua de la Presa Solís. Se desarrolló en el Preclásico Superior o formativo. Su época de esplendor abarcó del 800 a.C. al 200 d.C.

Las culturas prehispánicas de la región

Cultura

Periodo

Años

ChupícuaroLos Morales

Teotihuacan

Tolteca

Tarasca

Preclásico Superior

Preclásico Superior

Horizonte Clásico

Posclásico Temprano

Posclásico Tardío

800 a. C. al 200 a. C.

400 a. C. al 250 d. C.

200 d. C. al 900 d. C.

900 d. C. al 1200 d. C.

1200 d. C. al 1525 d. C.

Los habitantes de aquel sitio con cielo azul, entre los ríos Lerma y Tigre (el actual Coroneo), se caracterizaron por su vasta producción de cerámica. Eran agricultores con un desarrollado sentido artístico. Vivían en jacales construidos de adobe (ladrillos de lodo), techos de paja, con terrazas y drenaje. La zona estaba rodeada de sabinos y sauces.

Era un pueblo culto y pacífico, que también tenía actividades de caza y pesca. No hay indicios de guerras en gran escala. Las armas, lanzas y atlatl[7], estaban diseñadas más para la caza que para la guerra. Los cuchillos y puntas de proyectil eran de obsidiana, pero había punzones y dardos de hueso. Hay pocas evidencias de hachas. Del lago obtenían, además de los peces, patos, tortugas, ranas, acamayas, acociles y ajolotes. También recolectaban espirulina, un alga muy nutritiva. En el bosque cazaban venados, jabalís, tlacuaches, tuzas y tejones. De los vegetales hacían buen uso de las tunas, los nopales, el maguey y diversos tubérculos.

Utilizaban la arcilla, la piedra, los huesos de animales y las conchas. Actualmente se pueden localizar vestigios de esta época en los cerros que circundan la ciudad, en donde es muy común encontrar fragmentos de figurillas, tepalcates e infinidad de pequeños objetos que hacen evidente la vastedad que tuvo esta cultura.

Desarrollaron el arte de la música. De arcilla, construían sus instrumentos musicales: flautas, ocarinas, silbatos y sonajas. No ha llegado esa música hasta nuestros días, pero debió utilizarse en sus ceremonias y ritos religiosos.

Rendían culto a la vida, la fertilidad, la maternidad y la muerte. Sus muertos frecuentemente eran enterrados con un perro para que los cuidara y guiara en el otro mundo. En casos especiales rociaban el cadáver con tinta ocre o roja, el color de la muerte entre los pueblos prehispánicos.

Conocieron el fuego e hicieron uso de él: los hornos en donde cocían su cerámica. Las mujeres modelaban en barro las ollas, cántaros, platos, jarros, cazuelas, cucharas y estatuillas. Fabricaban metates, o piedras de moler; canastas, lazos, redes y otros utensilios de material perecedero.

Hombres talentosos, de manos prodigiosas, desarrollaron una cerámica policroma de gran belleza. Abundan las vasijas de hermosos dibujos con motivos geométricos multicolores (rojo, crema y negro, principalmente). El acabado es brillante, fino y pulido. Otros recipientes muestran caras de personajes importantes, animales y vegetales. Las hay, también, de color negro, de una notable belleza estética. Las formas incluyen escudillas con pie cónico, cuencos y botellas con asa-estribo, un rasgo que ha servido para que algunos estudiosos especulen con conexiones con los Andes, ya que este tipo de asa es común en el norte del Perú. Figurillas humanas multicolores repiten los diseños de las vasijas, presentando rasgos faciales apenas insinuados por el modelado.

En su alfarería se muestra sus costumbres y vestiduras. Los chupicuaros se pintaban el cuerpo y la cara, usaban bragueros, collares, orejeras, narigueras, ajaorcas, brazaletes y aretes. Los hombres portaban una cinta sobre la cabeza y las mujeres recurrían a los turbantes o tocados sobre la cabeza. Se peinaban de raya en medio con fleco sobre la frente. Sus adornos eran de concha y hueso y construían espejos de hematita. Mientras que algunos probablemente usaron sandalias, hechas con fibras del maguey, otros andaban descalzos.

Hay cientos de miles de figurillas de barro que representan mujeres desnudas de cara sonriente, senos pequeños y amplias caderas. Se les puede encontrar en casi toda la República Mexicana. Son símbolos de fertilidad que enterraban para que el campo rindiera más. Personificaban al maíz. No representaban a diosa alguna pues no hay dos iguales, pero sí estaban relacionadas con el culto a los muertos, pues muchas de ellas se encuentran en los entierros. Las figurillas femeninas más célebres son las de “ojos diagonales”, sin pintura y finamente decoradas con aplicaciones de arcilla al pastillaje, es decir, a base de una aplicación extra de barro cuando ya la cara ha sido terminada.

Se relacionaron con otros pueblos de Mesoamérica. Hacia el Norte llegaron a Colima, Nayarit y el Sur del actual Estados Unidos. Hacia el Sur, con los pueblos del altiplano, siguiendo el curso del río Lerma, llegaron a Zacatenco y hasta Tlaxcala.

Aunque se sabía de su existencia, no fue sino hasta 1926 que se comenzó a investigar esta civilización. En ese entonces la Comisión Nacional de Irrigación (CNI) inició los estudios de la cuenca del Lerma-Chapala-Santiago y descubrió 400 entierros de la cultura Chupícuaro. Cuando se iniciaron los trabajos de la Presa Solís, entre 1939 y 1949, los arqueólogos como Daniel F. Rubín de la Borbolla y Román Piña Chan hicieron los mejores descubrimientos. El primero organizó sus excavaciones en mayo de 1945, acompañado de Antonio Arriaga, Elma Estrada Balmori, Muriel Parter y Jorge Obregón. Excavan en la plaza de Chupícuaro y en diversos terrenos cercanos al pueblo. Los resultados se publican ese mismo año en la Revista Mexicana de Estudios Antropológicos. Los estudios realizados concluyeron que la cerámica de Chupícuaro se desarrolló con una personalidad propia; que es una de las cerámicas más finas y elegantes del antiguo México; que está asociada a la cerámica “arcaica” del Valle de México; pero que no es la misma que la tarasca. Algunos supusieron inicialmente que se trataba de objetos de los tarascos, pero pronto se llegaría a la conclusión de que se trataba de otra cultura.

Dada la importancia de la zona, Rubín solicita el apoyo de la CNI para hacer una investigación en toda la región. A esta búsqueda se une Piña Chan en 1947. En esta temporada excavan al sur de la Iglesia y en los terrenos conocidos como La Joyita y El Rayo. Las piezas encontradas fueron donadas a la Universidad de Guanajuato.

La presa cubrió un área de 7,722 hectáreas, dentro de la cual se encontraban los poblados de Agua Blanca, Buenavista, Chupícuaro, El Aguaje, El Tejocote, El Tornero, La Encarnación, La Estanzuela, La Mora, Munguia, Paso de Ovejas, Puriancícuaro, Puruaguita, San José de Porto, San Miguel (zona de las ladrilleras), San Vicente y Santa Inés. Es la presa de mayor capacidad (1,250,000 metros cúbicos) en el Estado de Guanajuato.

En 1949, los residentes del Viejo Chupícuaro se tuvieron que trasladar unos 3 kilómetros hacia la Loma de Paredones, en las inmediaciones de Acámbaro, actual ubicación del Nuevo Chupícuaro. Uno de los viejos residentes del pueblo recuerda así esta parte de su historia:

“El 20 de mayo el agua de la presa empezó a inundar el pueblo… nos trajeron a un páramo pelado donde sólo había un mezquite; según la casa que teníamos, nos asignaron una, eran de varios tipos, pero a fin de cuenta todas iguales, siempre nos perdíamos y teníamos que andar preguntando en qué casa vivíamos. Eran frías y ni siquiera había leña. En la calle nos preguntábamos unos a otros quien tenía algo que comer, se habían perdido las cosechas, las yerbas y los frutales, las gallinas que trajimos se las llevaban los coyotes; había tantos, que en las noches nos daba miedo salir. Fueron tiempos muy duros”.

En la época de sequía (abril a junio) se puede ver el Viejo Chupícuaro e incluso, algunos objetos de uso común en los inicios del siglo XX, y otros de épocas prehispánicas, han salido a flote.

Continuará…

Fotografías de Patton en las que se observan eso curiosos dinosaurios baldados: dinosaurios de dos patas.

Estas escenas zoofílicas deberían ser motivo de excomunión para Patton y Swift ¡Cómo se atreven a mostrar estas figuras! Harían más dinero en el mercado pornográfico y no en una sociedad bíblica. (Fotografías de Patton).

Dos obras de reciente aparición en el mercado, el libro de Hapgood (reeditado en Estados Unidos y en Polonia), y el libro del nuevo astroarqueólogo suizo, Luc Bürgin. Hay también videos.

Fachada y diversas vistas del Museo de los Dinosaurios de Acámbaro.

Inauguración del museo.

Figuras antropomorfas de barro pintado, de la cultura Chupícuaro. Muchas piezas de la colección Julsrud son originales de esta cultura. En otras se puede ver su influencia. Por ejemplo el pastillaje de los ojos. (INAH).

Cuenco perteneciente a la Cultura Chupícuaro. (INAH).

Cuenco arriñonado de barro rojizo, con terminados geométricos en tono blanco. (Cultura Chupícuaro). (INAH).

Foto INAH.

Museo Louvre.


[1] Desarrollo Integral para la Familia, una dependencia gubernamental.[2] Seguramente lo que encontraron fueron fragmentos o piezas de alfarería de la cultura Chupícuaro. En ningún momento hablan de figuras de dinosaurio.

[3] Quería hacer un chiste acerca de su doctorado, pero sólo señalo que el título no les ha ayudado mucho en sus matemáticas.

[4] Ver la descripción que doy de nuestra visita en el artículo publicado en la PUS y en La Nave de los Locos. Prácticamente es la misma.

[5] Con nosotros sólo estuvo un policía. Lo del AK-47 suena bien para una novela de acción.

[6] “Porque es una colección fantástica, hecha por hombres con demasiada imaginación”, según sus propias palabras.

7] Un lanza dardos fabricado con un palo largo y ahuecado en el que se alojaba un dardo con punta de obsidiana, que remata en un tarugo contra el cual se apoya el proyectil para impulsarlo con mayor fuerza que si se lanzara a brazo limpio.

Los dinosaurios de Acámbaro (2)

LAS INVESTIGACIONES NO OFICIALES

La fama de los dinosaurios de Acámbaro llegaría a oídos de otro investigador de lo insólito, Charles H. Hapgood, profesor de Historia y Antropología del Keene State Collage de la University of New Hampshire, que luego adquiriría cierta notoriedad por su estudio de los mapas de Piri Reis[1] y otros temas paranormales[2].

En 1955 pasó algunos días en Acámbaro y condujo una investigación de la colección. Los escritores Patton, Swift y Childress mencionan estas investigaciones cometiendo varios errores. En primer lugar dicen que en 1955 Hapgood estuvo acompañado por Earle Stanley Gardner, el famoso escritor de la novela y luego serie de televisión Perry Mason[3]. Pero Gardner lo acompañó hasta su segunda expedición, de 1968[4].

Según Hapgood, excavó varios sitios en tierras vírgenes y encontró muchas piezas de figuras de cerámica del tipo Julsrud.

Le dijeron que en la hacienda del coronel Muzquiz se habían encontrado piezas de cerámica de la cultura tarasca y un gran cráneo, posiblemente de mamut, sobre una gran piedra plana. Hapgood volvió a escarbar en el lugar, intentando localizar la piedra, pero no lo consiguió. En su lugar halló una escalera que se hundía en el suelo y que estaba tan obstruida por restos volcánicos que sus medios no le permitieron liberarla.

Alguien le dijo que un tal Ferro vendía figuras de barro del tipo Julsrud en San Miguel Allende. Las piezas habían sido recuperadas en las cercanías de las pirámides de San Miguel[5]. Hapgood dice que Ferro recuperó unas cinco mil figuritas.

En 1968 Charles Hapgood regresó a Acámbaro acompañado de Earle Stanley Gardner, criminólogo[6], abogado y antiguo procurador distrital de la ciudad de Los Angeles, California.

Como existía la sospecha que era el mismo Waldemar Julsrud el creador intelectual de las figurillas, Gardner y Hapgood diseñaron un experimento tratando de refutar esta hipótesis. Decidieron excavar en el piso de la estación de policía, un local construido en 1930.

Encontraron 43 figuras, dice Swift, que incluían dinosaurios. Pero también dice que:

“Ya que esta casa fue construida 25 años antes de que Julsrud llegara a México, esto lo exoneraba y eliminaba la teoría del fraude y negaba los reportes de DiPeso y Noguera en todos sus puntos importantes”.

Y a su vez Patton remacha con:

“Excavaron en el suelo de la estación de policía, construida 25 años antes de que Julsrud emigrara de Alemania”.

Si la casa fue construida en 1930, 25 años antes de que Julsrud llegara a México (Swift) o saliera de Alemania (Patton), entonces Julsrud llegó a México o salió de Alemania en 1955: 10 años después de haber hecho su descubrimiento. Es decir, o bien Julsrud había hecho un descubrimiento más importante que el de las figurillas (el viaje en el tiempo, lo que explicaría, incluso, la convivencia entre dinosaurios y humanos) o Patton y Swift (al igual que Childress) no saben sumar. La navaja de Ocam nos dice que lo más probable es lo segundo.

Además, estos mismos autores nos informan que Waldemar descubrió la cultura Chupícuaro en 1923, es decir, 22 años antes de descubrir las figuras de dinosaurios; 32 años antes de llegar a México; 42 años después de salir de Alemania; 52 años después de descubrir la máquina del tiempo; 62 años después de haber muerto; 72 años, o los que quieran, antes de que Swift, Childress y Patton aprendieran a sumar.

Aceptamos que estos son errores de los escritores citados, pero no de Hapgood. Aceptamos que esos errores no invalidan los siguientes argumentos del historiador de New Hampshire, pero hay algo que nos hace dudar de ellos. Según Andrija Puharich, el famoso parapsicólogo que apoyaba a Uri Geller, Charles Laughead (Charles Hapgood), le dijo que mantenía una comunicación telepática con seres del espacio:

“En una de estas sesiones, nuestra atención se concentró en la historia de la llegada a la Tierra de hombres procedentes del espacio exterior en tiempos muy remotos. Su aterrizaje tuvo lugar en una pequeña isla próxima a la de Pascua, llamada Mangareva. Nos dijeron después que las figurillas de barro de Acámbaro, México, iban a corroborar ciertas claves de la historia de estos primitivos viajeros espaciales. Nos indicaron que buscásemos una localidad para seguir estudiando e investigando en México y, como era natural, venimos en nuestro viaje de exploración a visitar la “biblioteca” de figurillas de Acámbaro”.

Gardner escribió en su libro Host with the big hat, que:

“… es absoluta y positivamente fuera de toda duda pensar que los artefactos que vimos hubiesen sido plantados”[7].

RESULTADOS DE LA DATACIÓN

Se hicieron tres pruebas de carbono catorce en las muestras, de las 43 figurillas, que Hapgood encontró en el subsuelo de la estación de policía. La empresa encargada de los análisis fue Laboratory of Isotopes Incorporated, de Westwood, New Jersey. Gardner corrió con los gastos.

El método del carbono catorce recién se estaba desarrollando. Los resultados fueron los siguientes[8]:

Muestra

Resultado

1

(I – 3842) 3590 +/- 100 (1640 a. C.)

2

(I – 4015) 6480 +/- 170 (4530 a. C.)

3

(I – 4031) 3060 +/- 120 (1110 a. C.)

Cuatro años después se hicieron 18 pruebas de termoluminiscencia en la University of Pennsylvania. Esta vez el que financió las pruebas fue Arthur M. Young, inventor del helicóptero Bell. Young envió dos de estas figuras al doctor Froelich Rainey, director del Pennsylvania Museum for Thermoluminescent Dating. Young le preguntó sobre la exactitud del método y Rainey le contestó:

“… Hoy después de haber tenido años de experimentación tanto aquí como en el laboratorio de Oxford, no tenemos duda sobre la fiabilidad del método termoluminiscente. Podemos tener errores por arriba del 5-10% en la datación absoluta, pero no nos preocupamos de los errores inesperados que puedan poner todo el sistema en duda. También debo apuntar, que estamos preocupados por la extraordinaria antigüedad de estas figuras, que Mark Han, de nuestro laboratorio hizo 18 corridas con cada una de las cuatro muestras. Es decir, existe una gran cantidad de investigación en estas piezas particulares”.

El resultado obtenido era de 2,500 años a. C. Pero para las figuras de dinosaurios se encontraron fechas de 30 a 100 años de antigüedad. Los creacionistas dicen que en los laboratorios Masca (Pennsylvania) hicieron trampa, pero la trampa la habían hecho ellos al enviar muestras de cerámica Chupícuaro. Nada mejor se podía esperar de quien producía experimentos tan sofisticados como los que menciona Hapgood en su manuscrito Reports from Acambaro:

“Los investigadores patrocinados por la Arthur M. Young’s Foundation, seleccionaron figuritas con los ojos más diabólicos y las colocaron en cajas con ratones. La cola de los ratones se volvió negra y luego cayó. Los ratones murieron al poco tiempo, después de sólo una noche de exposición”.

Y siguieron haciendo trampa. John Tierney, quien durante décadas ha dado conferencias sobre las figuras de Acámbaro, y colaboró con Hapgood, y el finado William N. Russell, envió otros dos fragmentos de cerámica al doctor Victor J. Bortolet, Director de Investigaciones del Daybreak Nucleari Archaeometrics Laboratory Services, para su datado. El doctor Bortolet determinó un límite superior de 2000 años de antigüedad.

Tierney entregó otras muestras a la Ohio State University. Ahí, fueron analizadas por el doctor J. O. Everhart, Director del Departamento de Ingeniería Cerámica, el doctor Earle R Caley, el químico arqueólogo más respetado del mundo, y el doctor Ernest G. Ehlers, mineralogista del departamento de geología de la universidad.

Según Tierney los resultados indicaban que las figurillas no eran un fraude, pero hasta el momento no han emitido un juicio ni reporte alguno, por lo que queda en entredicho la afirmación de Tierney. Este personaje acusó a la Smithsonian Institution y a otras autoridades arqueológicas de conducir una campaña de desinformación contra este descubrimiento. El Smithsoniano había declarado que la colección era un elaborado fraude. Según Tierney, los documentos sobre Acámbaro que se guardaban en esa institución han desaparecido, y ni utilizando el Freedom of Information Act, Tierney ha podido recuperarlos[9].

Tengo la sospecha que en todas estas pruebas de datación efectuadas por estos investigadores de lo insólito, se enviaron fragmentos de la cultura Chupícuaro y por eso los datos caen alrededor del año cero. La datación de la cerámica con carbono catorce no muestra la fecha de fabricación de los objetos. Hapgood no indica cuales fueron las muestras que envió para ser fechadas (¿pertenecían a la cultura Chupícuaro?, ¿eran figuras de dinosaurios?). En ese entonces la técnica aún estaba en desarrollo y se necesitaban varios gramos de una sustancia orgánica (no de una pieza de arcilla), para ser datados. Yo supondría que Hapgood envió fragmentos de huesos que seguramente nada tenían que ver con las figuras de dinosaurios.

Además, entre los creacionistas se toma en consideración las fechas de 1640 a. C. y 1110 a. C., pero pasan de largo de la más antigua 4530 a. C. ¿será porque el mundo se creo en el 4400 a. C., según los creacionistas?

PRUEBAS A FAVOR DE LAS FIGURILLAS

Además de los datos del carbono catorce y la termoluminiscencia, que en lugar de apoyar refutan la antigüedad de las figurillas de Acámbaro, sus proponentes aportan las siguientes pruebas.

1. Presencia de pátina y suciedad debida al tiempo.

Según Patton y Swift, “existen muchos testigos que vieron a Julsrud desenterrar las piezas de cerámica y confirman que los artefactos tenían pátina y suciedad”.

“En el proceso de manipulación de estas piezas, los autores han observado piezas que aún contienen suciedad dentro de los orificios e incluso algo de pátina sobre su superficie”.

Se dice que Hapgood asistió al descubrimiento de varias de estas figuras en condiciones tales que resultaba imposible haberlas enterrado hace 25 años, por lo menos. Una de las principales críticas de DiPeso era que en las figurillas no se observaba evidencia de haber estado enterrada o la pátina de la antigüedad. En realidad las figuras sólo tenían el matiz grisáceo proporcionado por el humo de cocción en un horno a menos de 500ºC. Ivan T Sanderson, el ufólogo y criptozoólogo, certificó la existencia de incrustaciones de tierra y arena y lo que parecían marcas de raíces. El mismo Sanderson dijo estar maravillado de la presencia de un Braquiosaurio, casi totalmente desconocido para el público por aquellos años.

“Esta figura es una cerámica negro pulido muy delicada. Es de aproximadamente unos 30 centímetros de alto. El asunto es que se trata de una representación perfecta de un braquiosaurio, conocido sólo en el Este de África y Norte América. Se han escrito sólo algunas líneas sobre el esqueleto en la literatura, pero sólo he visto una reconstrucción. Es exactamente como ésta”.

2. Imposibilidad de que un artesano pudiera fabricar las piezas

Justo esa variedad y belleza es lo que aducen como prueba que ningún campesino podría ser capaz de fabricarla con tal destreza y finura artística. Sólo una persona de gran cultura paleontológica, dicen, pudo conocer estas raras formas de vida. Tinajero cursó hasta el cuarto grado escolar y difícilmente podía leer o escribir (pero sí sabía sumar perfectamente, lo que no hacen sus críticos). No obstante, parece que hubo un grupo de artesanos, Tinajero entre ellos, que hacía estas figuras.

3. Necesidad de un horno

Para fabricar las figurillas de cerámica es necesario un horno abierto trabajando por largos periodos, incluso sin apagarse por días. Se dice que Odilón no tenía horno. Se afirma que nadie vio humo de las características intrínsecas a un horno abierto. No obstante se sabe que Tinajero y sus hijos restauraban las piezas que se habían fracturado. Otros artesanos, que vivían cerca de la Presa Solís, a unos 30 minutos de Acámbaro, fabricaban piezas al estilo Julsrud.

El profesor de secundaria Ramón Rivera afirma haber hecho una serie de entrevistas preguntando a los lugareños si sabían de la existencia de tales hornos, o de alguien que hubiera fabricado las figuritas de cerámica. Según sus resultados eso es imposible actualmente. La zona de Acámbaro era conocida por su alfarería policroma, perteneciente a la cultura Chupícuaro. Estos antiguos habitantes de la región poseían hornos. Actualmente el famoso pan de Acámbaro se fabrica en los antiguos hornos que los escritores de lo insólito fueron incapaces de ver.

4. Falta de combustibles

Acámbaro es actualmente un área seca y árida relativamente escasa de árboles. Para hacer las figuritas se debieron necesitar toneladas y toneladas de madera. Pero eso no era así a principios del siglo XX. Es más, toda la zona que rodea Acámbaro está llena de bosques frondosos.

5. Personas ajenas a Julsrud han desenterrado figuras del mismo tipo

Una de las principales críticas era que sólo Julsrud o sus allegados habían desenterrado figuritas de dinosaurios. Patton y Swift mencionan otros testigos.

Entre los testigos relacionados con Julsrud se encuentran su hijo, Carlos Julsrud (finado) y su nieto, Carlos Julsrud II (actualmente vive en León, Guanajuato), quienes afirmaron en su momento haber desenterrado figuras en compañía de su antecesor. Está también el contador Porfirio Martínez Espinosa, quien dijo que en su juventud desenterró figuritas al lado de Waldemar. Se menciona a don Carlos Perea, antiguo director del Museo de Arqueología de Acámbaro, de quien ya hemos hablado. Y finalmente, al médico Juan Antonio Villa Herrerón.

Martínez Espinosa llevó a Patton y Swift a El Chivo y les mostró el lugar en donde, años atrás, desenterró cientos de figuritas.

Herrerón dijo haber acompañado en dos ocasiones a Waldemar. Fueron al cerro El Chivo, cerca del lago, y en un terreno cubierto de hierbas y cactos, desenterraron cientos de piezas de alfarería, incluyendo algunos dinosaurios. Llenaron dos bolsas y cargaron el burro para regresar. Según él, el sitio en donde excavaron no estaba suelto. Esto ocurrió en la semana santa de 1951. Al regresar a la casa él y Waldemar se dedicaron a limpiar las figuritas.

Herrerón les dijo a los investigadores que a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, en México nadie conocía de dinosaurios. No existía información al respecto ni en revistas, diarios o películas. Lo que es cierto. También les dijo que el único esqueleto conocido era el de un brontosauro que se encontraba en la estación ferroviaria de Chupa (¿?), en la ciudad de México. También habló de que entre los dinosaurios de Julsrud se encontraban varios que tenían “espinas por toda la espalda”. Ésta era una prueba irrefutable para Swift y Patton porque no fue sino hasta 1922 que Stephen Czerkas dio a conocer esta particularidad en la anatomía de ciertos dinosaurios: las espinas dérmicas.

Fuera de estos personajes relacionados con Julsrud, Patton y Swift encontraron al mayor Altamirano, quien fuera el Jefe de la Policía de Acámbaro cuando Hapgood y Gardner excavaron en su estación en 1968. Según Altamirano ningún artesano local fabricaba las figuritas.

Otro policía, Ernesto Navarrete Marines, quien en los ochenta fue comandante de la Policía Federal del Municipio de Celaya, y que había sido entrenado en Scotland Yard, informó que en 1987 supo que un grupo de sospechosos estaban excavando en el cerro El Chivo, y que los objetos prehistóricos que encontraban eran llevados a Laredo, Texas, para canjearlos por armas en el mercado negro. Navarrete logró capturar a Jaime Aguirre y Raúl Hernández con más de 3,300 figuritas, entre las que pudo observar 9 de dinosaurios.

Ambos delitos, tráfico de armas y de piezas arqueológicas, son delitos federales. Se supone que Aguirre y Hernández fueron juzgados, declarados culpables y actualmente purgan una condena en la “prisión federal de la Ciudad de México” (sic). Las piezas de cerámica fueron entregadas al doctor Luis Mota Maciel quien era el Alcalde de Acámbaro[10]. Según Patton, si las piezas hubiesen sido falsas, los contrabandistas no hubiesen tenido que purgar esa condena.

Esta historia continuará…

Charles Hapgood en una de sus visitas a Acámbaro. (Mystery in Acambaro).

El mayor Altamirano, Jefe de la Policía de Acámbaro y dos de sus subalternos en una fotografía de la época de las excavaciones de Hapgood. (Municipio de Acámbaro)

Croquis del libro de Hapgood que muestra un corte de la estación de policía en donde se encontraron 43 piezas. (Mystery in Acambaro).

Carlos Julsrud le explicó a Gardner que él mismo acompañó en diversas ocasiones a su padre para desenterrar la cerámica. (Mystery in Acambaro).

Stanley Gardner, Hapgood y Carlos Julsrud (hijo de Waldemar) durante la segunda visita de Hapgood. (Mystery in Acambaro).

El famoso Earle Stanley Gardner, creador de Perry Mason.

Portada del libro de Stanley Gardner.

Perry Mason.

Info Journal.

Representación del Equus conversidans owen, un caballo del tamaño de un perro. (Scientific American)

Escenas de la construcción de la Presa Solís. Miles de toneladas de tierra fueron removidas. No se encontró una sola figura tipo Julsrud. (Municipio de Acámbaro).

Durante la construcción de la Presa Solís se encontraron diversos fragmentos de cerámica de la cultura Chupícuaro. (INAH).

Arthur M. Young (Arthur M. Young’s Foundation).

David Childress Hatcher, un ufólogo, criptozoólogo, astroarqueólogo, parapsicólogo, forteano… que prologó la nueva edición del libro de Hapgood, y que sostiene que los dinosaurios de Acámbaro son auténticos. (World Explorer Magazine).

La colección muestra dinosaurios, pero estos sólo representan un 6% o 7% del total de figuras. Otros motivos son figuras de supuesto arte egipcio, africano, asirio; platos, jarras, flautas y pipas, como las que se ven en esta foto y en las siguientes. (Contactos Extraterrestres).

A la derecha Don R. Patton y primer plano, Dennis Swift (fotografías de Patton).

Swift entrevistando al doctor José Antonio Villa Herrejón (fotografías de Patton).

Ernesto Navarrete Martínez (fotografías de Patton).

Patton y Porfirio Martínez Espinosa (fotografías de Patton).

Carlos Julsrud II al lado de la tumba de su abuelo.

Carlos Perea y Patton (fotografías de Patton).


[1] Hapgood H. Charles, Maps of the Ancient Sea Kings, 1966.[2] Hapgood H. Charles, Earth’s Shifting Crust, 1958, reeditado en 1970 con el título The Path of the Pole.

[3] Patton escribe: “Un año después, en 1955, Charles Hapgood visitó Acámbaro. Le acompañaba Gardner, antiguo abogado de Distrito en la Ciudad de Los Angeles, California y creador de Perry Mason”.

[4] Por su parte Childress escribe: “Después de dos expediciones al sitio en 1955 y 1968, el profesor Charles Hapgood, un profesor de historia y antropología de la University of New Hampshire, grabó los resultados de sus 18 años de investigación de Acámbaro en un libro de edición privada intitulado Mystery in Acámbaro”. Cosas tan elementales como una suma son de difícil manejo para los escritores de temas paranormales (de 1955 a 1968 no hay 18 años).

[5] Cuando escribí por primera vez sobre los dinosaurios de Acámbaro, me preguntaba sobre las supuestas pirámides de San Miguel Allende, cuya existencia desconozco. Pero ahora creo que todo se debe a una confusión de Hapgood. En 1949 las aguas de la Presa Solís cubrieron entre otros muchos pueblos, el de San Miguel, conocido como “Las ladrilleras”, en donde había unas pirámides en mal estado y en donde la gente continuaba una tradición milenaria de fabricar adobes y ladrillos en sus hornos.

[6] Patólogo forense, dice Patton, en otro de sus lapsus.

[7] Gardner Stanley Earle, Host with the big hat, página 234.

[8] Taylor and Berger, American Antiquity, Vol. 33, No. 3, 1968.

[9] Esto suena a historia de coverup ufológico.

[10] Patton escribe “Luis Moto”, un error, y también las fechas de (1978 a 1979), pero esto seguramente es otro error porque la historia que cuenta Navarrete ocurrió, supuestamente, en 1987. Lo más probable es que las fechas sean (1987 a 1989), pero aquí también se presenta otro problema. En ese entonces el doctor Luis Mota era el director del Museo de Acámbaro. En abril de 1989 yo hablé con él al respecto de la colección Julsrud. No me dijo nada de este cargamento confiscado, ni de que él también fuera el Alcalde de Acámbaro. Es más, Álex Chionetti y yo tratamos de contactar con el alcalde para que nos diera permiso de ver la colección, y claramente no era Luis Mota. El doctor Mota fue alcalde en el trienio de 1983 a 1985.