Archivo de la categoría: Cultura

Los niños salvajes (9)

VÍCTOR D’AVEYRON

Hacia 1795 se comenzó a escuchar de la existencia de un niño que vivía en el bosque del Languedoc francés, cercano a La Caune, en el Sur de Francia. Se decía que a causa de su retraso mental su padre, un leñador, había intentado matarle cortándole la garganta como a un cerdo (el chico presentaba una cicatriz dentada a lo largo de su cuello) y creyéndole muerto lo abandonó en el bosque.

Estos cuentos eran probablemente falsos. Pero el chico parecía haber sobrevivido solo en el bosque por muchos años, como un animal: estaba desnudo y sucio; su andar era encorvado; su cuerpo estaba lleno de cicatrices; no hablaba pero sí emitía gruñidos, aullidos y otros sonidos guturales. Se alimentaba de raíces, bellotas y de los animales pequeños que podía cazar y vegetales que robaba furtivamente de los campos de los granjeros.

En 1798, varios campesinos lo atraparon. Fue llevado a la plaza de la aldea para exhibirlo, mientras lo golpeaban y pateaban. El muchacho logró escapar pero un año más tarde fue cogido una segunda vez por tres cazadores fuera de los bosques. La tarea no fue fácil pues el chico era feroz: mordía y arañaba. Los cazadores lo dejaron con una viuda en La Caune que lo alimentó y arropó por una semana. A pesar de su cuidado, Victor rondaba agitado alrededor de la casa y en la primera oportunidad, se escurrió de nuevo a sus bosques. Pasó parte del invierno en el bosque, pero fue atrapado nuevamente al año siguiente.

Antes del amanecer del 9 de enero de 1800, fue visto cerca de la aldea de Santo-Sernin, una pequeña aldea de campesinos al Sur de Francia. Durante la noche se había acercado a la parte más baja de la aldea, en donde el río de Rance deja un valle estrecho y pasa debajo de un puente de piedra. El muchacho había entrado al jardín del señor Vidal, un curtidor de cuero, y comenzaba a cavar para desenterrar papas. Allí lo atrapó el curtidor.

El muchacho estaba desnudo aparte de los andrajos de una vieja camisa enredada alrededor de su cuello. No hablaba y solo hacía gritos extraños, sin sentido. Aunque muy pequeño, parecía ser un muchacho de cerca de once o doce años, con una cara redonda bajo una oscura mata de pelo. Sus ojos eran como los de una bestia asustada y se mantenían esquivando la mirada fija curiosa de Vidal.

En un informe oficial de la comisión local escrita tres semanas después de la captura, tenemos el primer relato de un testigo presencial:

“La vecindad entera supo sobre él rápidamente y todos se acercaron para ver al niño. La gente se refería a él como salvaje. Me apresuré abajo para hacer mi propio juicio de hasta dónde creer las historias. Lo encontré sentado ante un fuego caliente, del que parecía disfrutar, pero mostrando signos de intranquilidad de vez en cuando, probablemente debido a la gran muchedumbre de gente alrededor de él. Durante algún tiempo lo miré sin decir nada. Cuando le hablé no tardé mucho en descubrir que era mudo. Poco después de eso, cuando noté que no respondía a las varias preguntas que le hice, tanto gritando como con una voz suave, decidí que debía ser sordo.

“Cuando lo tomé cariñosamente por la mano para conducirlo a mi casa, él se opuso vigorosamente. Pero una serie de caricias y particularmente dos abrazos que le di, con una sonrisa amistosa, cambió su mente, y después de eso pareció confiar en mí.

“Cuando llegamos mi casa, decidí que debería tener hambre. Para descubrir lo que le gustaba, hice que mi criado lo ofreciera un gran plato con carne cruda y cocinada, pan de centeno y de trigo, manzanas, peras, uvas, nueces, castañas, bellotas, papas, pastinacas y una naranja. Él tomó las papas con confianza y las puso en el fuego para cocinarlas. Uno a uno tomó los otros artículos, los olió y los rechazó. Con su mano derecha sacó las papas de los carbones vivos y las comió calientes. No había manera de persuadirlo de que dejara que se enfriaran un poco. Él hizo un sonido agudo, inarticulado, de queja que indicaba que el alimento caliente le quemaba. Cuando estuvo sediento, echó un vistazo alrededor del cuarto. Notando la jarra, puso mi mano en la suya sin ningún otro signo y me condujo a la jarra, que golpeó ligeramente con su mano izquierda como medio de pedir una bebida. Se trajo un poco de vino, pero lo despreció y mostró impaciencia en mi retraso en darle agua para beber.

“Defecaba dondequiera y cuando quería, poniéndose en cuclillas para orinar, y defecaba mientras estaba parado”.

Varios días más tarde, llevaron al “salvaje” al hospicio en la ciudad de Santo-Affrique. Allí lo guardaron por un mes. Durante este tiempo, se hicieron informes de su comportamiento:

“Acostumbrado a todas las dificultades del invierno al aire libre y a grandes alturas, el muchacho no tolera ninguna clase de ropa. Se quitó sus ropas tan pronto como lo vistieron, o las rasgaba si no podía quitárselas. Cuando llegó al hogar, mostró una gran aversión a dormir en una cama. Sin embargo, gradualmente lo fue haciendo, y después mostraba placer siempre que sus sábanas eran cambiadas”.

Fue enviado al Hospital de Rodez en donde pasó varios meses. Se descubrió que presentaba movimientos espasmódicos y a menudo convulsos. Tenía muy desarrollado el sentido del olfato y podía ver perfectamente en la oscuridad, pero era insensible al frío y al calor. No logró reconocer su imagen en el espejo. En varias ocasiones intentó escapar.

El secretario de la Société des Observateurs de I’Homme, Louis-François Jauffret, solicitó a las autoridades del Hospital de Rodez el envío del niño a París para su estudio:

“Sería muy importante para el progreso de los conocimientos humanos que un observador pleno de celo y de buena fe pudiera, apoderándose del muchacho y retrasando su proceso de civilización, controlar el conjunto de sus ideas adquiridas, estudiar el modo según el que las expresa y ver si la condición humana, abandonada a sí misma, es contraria por completo al desarrollo de la inteligencia”.

BONNATERRE

Las autoridades en Aveyron no tenían ninguna prisa de enviar al niño a París porque si resultaba ser un fraude, un simple fugitivo, sus cabezas podían rodar literalmente. Los funcionarios de Aveyron persuadieron a la Sociedad de Observadores del Hombre permitir que el muchacho fuera examinado primero por un sacerdote y profesor de historia natural local, Abbe Pierre-Joseph Bonnaterre.

Bonaterre lo describió:

“Exterior, este muchacho no es diferente de otros muchachos. Mide cuatro pies y una pulgada de alto; parece tener cerca de doce o trece años. Tiene la piel blanca delicada, una cara redonda, pestañas largas, una nariz larga, levemente acentuada, una boca de tamaño medio, una barbilla redondeada, características generalmente conformes, y una sonrisa encantadora. Cuando levanta su cabeza, uno puede ver en el extremo superior de la arteria traqueal, justo a través de la glotis, una herida de alrededor de una pulgada y media de largo. Parece que la cicatriz fue hecha por un instrumento afilado”.

“Cuando está sentando, y aun cuando está comiendo, hace un sonido gutural, tenues murmullos; y oscila su cuerpo de derecha a izquierda o al revés, con su cabeza y barbilla hacia arriba, su boca cerrada, y sus ojos mirando fijamente a la nada. En esta posición tiene a veces espasmos, movimientos convulsivos que pueden indicar que está afectado su sistema nervioso.

“No hay nada mal con los cinco sentidos del muchacho, pero su orden de importancia parece estar modificado. Él confía primero en el olor, luego en el gusto; su sentido del tacto viene al último. Su vista es aguda; su oído parece estar cerrado a muchos de los sonidos a los que la gente pone atención. Nada le interesa aparte del alimento y el sueño.

Aunque no podía hablar y no reaccionó a pesar deque Bonnaterre gritó a su espalda. Su oído era bastante agudo para oír cuando se cascaba una nuez desde el otro extremo del cuarto, lo que llamaba su atención y despertaba su hambre. No parecía haber nada malo con sus cuerdas vocales porque podía hacer una gama completa de ruidos, tales como ronquidos, risas, y murmullos.

“Su necesidad constante de alimento multiplica sus conexiones con los objetos alrededor de él y desarrolla cierto grado de inteligencia en él. Durante su estancia en el orfanato, su única ocupación consistía en pelar habas, y realizaba ese trabajo tan eficientemente como una persona experimentada. Puesto que sabía que las habas eran una parte regular de su ración, tan pronto como viera que un manojo se estuviera secando él iba a conseguir una taza. Instaló su espacio de trabajo en medio del cuarto, presentando los diversos artículos tan convenientemente como le era posible. Cuando vaciaba las vainas, las colocaba al lado de él en una pila simétrica. Cuando acababa, tomaba la taza, ponía agua en ella, la colocaba en el fuego, que había hecho agregando las vainas secas. Si se apagaba el fuego, tomaba la pala y la daba al trabajador, haciendo señas de que debía ir a buscar algunos carbones vivos en la vecindad. Tan pronto como la taza comenzaba a hervir, mostraba su deseo de comer. Y no había más alternativa de verter las habas medio cocinadas en su plato. Él las comía con impaciencia.

“Cuando es hora de irse a la cama, nada puede pararlo. Toma una vela, señala la llave de su cuarto, y se enfurece si no lo obedecen”.

Después de varios meses de observación y experimentación cuidadosas, Bonaterre concluía:

“Todos estos pequeños detalles y muchos otros que podríamos agregar prueban que este niño no está totalmente sin inteligencia, reflexión, y poderoso razonamiento. Sin embargo, estamos obligados a decir que, en todos los casos no relacionados con sus necesidades naturales o a satisfacer su apetito, uno puede percibir en él solamente comportamiento animal. No hay ninguna pista de si tiene sensaciones. Él incluso no puede compararlas la una con la otra. Uno pensaría que no hay conexión entre su alma o mente y su cuerpo, y que no puede reflejarse en nada. Consecuentemente no tiene ningún discernimiento, ninguna mente verdadera, ninguna memoria. Esta condición de imbecilidad se muestra en sus ojos, que nunca mantiene en ningún objeto, y en los sonidos de su voz la cuál es inarticulada, y discorde. Uno puede verlo incluso en su paso – siempre un trote o un galope – y en sus acciones, que no tienen ningún propósito o explicación”.

De vez en cuando se ponía a gatas, como lo habían visto anteriormente hacer en los bosques.

Pasaba las horas encorvado en el piso, meciéndose lentamente hacia adelante y hacia atrás y mirando fijamente el espacio. En esta posición, murmuraba constantemente y de vez en cuando, sufría de pequeños espasmos y convulsiones que crispaban su cuerpo y cara.

Bonnaterre concluye: “Si no fuera por su cara humana, ¿qué lo distinguiría de los monos?”.

PINEL VS ITARD

Pasado el tiempo fue el mismo hermano de Napoleón, Lucien Bonaparte, Ministro del Interior, quien ordenó llevar al muchacho a París para ser examinado por los miembros de la Sociedad de Observadores del Hombre.

¿Sería – como Thomas Hobbes había discutido en Leviathan – un animal repugnante, bruto que necesitaba ser domesticado por la sociedad y enseñarle los hábitos del pensamiento razonado? O sería – como Rousseau y otros pensadores románticos esperaban – un niño del jardín de Eden; una tipo generoso, de corazón abierto hasta ahora intocado por la fruta del conocimiento.

En París, entregaron el muchacho al Abad Roch Ambroise Sicard, famoso educador y director del Instituto Imperial de Sordomudos. Sicard, sin embargo, creyó al parecer que nunca podría entrenar a la criatura aparentemente salvaje y no hizo ningún esfuerzo. En lugar de eso, dejó que el muchacho corriera salvaje en el instituto.

El naturalista, Jean-Jacques Virey escribió después de ver al muchacho: “Él no busca ningún daño, no sabe lo que eso significa. Sólo se sienta allí en inocencia… por lo tanto no es posible afirmar que nuestro muchacho de Aveyron es bueno o malo; él sólo está ahí… y no tiene ninguna relación con nosotros”.

Luego el niño fue estudiado por el médico y filósofo Philippe Pinel, máxima autoridad de los desórdenes mentales en Francia, quien pugnaba por reformar los manicomios de París y desarrollar nuevos métodos para el tratamiento de la locura. Después de un examen muy largo, Pinel dijo a los eruditos que debían olvidarse de sus esperanzas de descubrir cualquier cosa de Victor porque era un idiota retardado. Para Pinel se trataba de un niño deficiente mental incurable, y por esta razón había sido abandonado. Su carencia de discurso, su atención vaga, su memoria débil y su escasa inteligencia, todo apuntaba a la misma conclusión. Pinel dijo que era una pérdida de tiempo intentar rehabilitar a Victor mentalmente y dijo que todo el episodio del muchacho salvaje de Aveyron era mejor olvidarlo. Sugirió que debía ser internado en el hospicio de Bicêtre, junto a los aquejados de idiotismo.

Más o menos simultáneamente con la declaración de Pinel de que el muchacho era un idiota incurable en noviembre de ese año, un joven médico de 26 años llamado Jean Marc Gaspard Itard entró a trabajar al Instituto Imperial de Sordomudos con el único propósito de trabajar con el muchacho. Para Itard, el diagnostico de retardado era ridículo porque el chico no habría podido sobrevivir en los bosques tanto tiempo si fuera en verdad un imbécil. Según Itard se trataba de un ser normal que estuvo alejado de la sociedad, y debido a las condiciones poco adecuadas en las que vivió, su desarrollo se había alterado, pero aún podía ser reincorporado a la colectividad.

¿Quién era este Itard que se atrevía a poner en tela de juicio la opinión de uno de los principales médicos franceses del siglo XVIII?

Jean Marc había nacido el 24 de abril de 1774 en Oraison, en el valle de la Durance. Estudió medicina y se graduó como cirujano de la Marina en 1776. Estudió los orígenes fisiológicos de la sordomudez, por lo cual es considerado el fundador de la otorrinolaringología. Al darse cuenta que la mayoría de los niños sordomudos eran condenados al rechazo social, se interesó en la educación y enseñanza de los niños aquejados de estos problemas con miras a su inserción social. Al igual que Claude Adrien Helvétius, Itard pensaba que la educación lo podía todo.

Se establecían así lo que María Elena Dinouchi ha dado en llamar “Los términos de la polémica: Pinel versus Itard”. Que podríamos expresar de diversas formas: Lo natural versus lo social; herencia contra ambiente; genética vs aprendizaje, naturaleza-cultura (nature-nurture).

Juan Jacobo Rousseau defendía que la educación es condición necesaria para devenir humano, otros sostenían que las funciones mentales del hombre se desarrollan espontáneamente y que la educación es contingente.

En el siglo XX Claude Lèvi-Strauss, en Las estructuras elementales del parentesco (Naturaleza y Cultura) va más allá de esa dicotomía al preguntarse: “¿Dónde termina la naturaleza? ¿Dónde comienza la cultura?”, y encuentra que la prohibición del incesto es el puente que lleva de la naturaleza a la cultura. Para Lèvi-Strauss los niños salvajes no son testimonios vivientes de un estado natural del hombre:

“Los «niños salvajes», sean producto del azar o de la experimentación, pueden ser monstruosidades culturales, pero nunca testigos fieles de un estado anterior”.

Pero en el siglo de Itard lo importante no era establecer puentes sino responder a las preguntas: ¿Se trata de un ser de facultades disminuidas, un idiota acaso? ¿O tal vez un sordomudo?

Pinel aseguraba que nacemos con un nivel determinado de inteligencia, constante a lo largo de la vida. Las modificaciones producidas por el medio ambiente y el aprendizaje no tienen influencia en la posible mejora de la capacidad intelectual.

Sin embargo Itard alegaba que la inteligencia no es algo definitivo, sino que puede ser modificada, lo mismo que la conducta, mediante una adecuada estimulación. Al nacer no están desarrolladas totalmente nuestras capacidades intelectuales necesitando una maduración producida por factores socioculturales. Además afirmaba que no era posible determinar el grado de inteligencia y la naturaleza de las ideas de un adolescente que, privado desde su infancia de toda educación, había vivido completamente separado de los individuos de su especie. Consideraba también que la sociedad, al atraerlo a su seno, había contraído con el niño obligaciones ineludibles; deuda que debía ser saldada, la educación del salvaje se imponía como un deber social y moral. Este último fue el argumento que decidió el destino del chico. Fue enviado al Instituto de sordomudos de París.

LOS OBJETIVOS

Itard había estudiado filosofía y sentía como Hobbes, John Locke y Condillac que la razón era el producto de la lengua y de la civilización. Viendo la carencia de discurso del chico como la raíz de sus problemas, Itard tomó la tarea de consolidar la lengua y razón en el muchacho salvaje, dedicando cinco largos años a darle instrucción diaria. Itard comenzó usando un sistema de recompensas y castigos. Para conseguir que dijera agua, por ejemplo, le mostraba un vaso con agua cuando tenía sed y no lo dejaba beber hasta que dijera la palabra “agua”. Al principio, Itard recompensaba cualquier sonido que hiciera el niño. Pero con el tiempo, insistiría en una elocución cada vez más exacta.

Itard pasó los siguientes 5 años, con la ayuda de Madame Guerin, entrenando al muchacho de acuerdo con los principios que Itard había derivado de las escrituras de Locke y Condillac. Estos principios fueron pensados para dar al muchacho la capacidad de responder a la gente, entrenar sus sentidos, ampliar sus necesidades físicas y sociales, enseñarlo a hablar, y enseñarlo a pensar y a razonar lógicamente.

Itard se hace cargo del niño y le da el nombre de Víctor (finalmente sería conocido como Víctor d’Aveyron), lo cuida y trata de educarlo con especial delicadeza para que logre alcanzar los objetivos que él mismo ha establecido. Itard creía profundamente que Víctor se iba a convertir en un ser humano como otro cualquiera. El médico elaboró una serie de ejercicios a través de los cuales Víctor debía desarrollar sus sentidos, su intelecto, sus facultades afectivas y el aprendizaje de lo moral. El primer objetivo de Itard para Víctor era:

“Vincularlo a la vida social, haciéndosela más dulce que la que había conocido, y, sobre todo, más similar a la vida que había abandonado”.

Como la hipótesis de Itard era que Víctor tenía poca sensibilidad debida al estado de salvajismo en el que había vivido, sólo desarrolló los sentidos que le eran esenciales para su supervivencia. Por lo tanto su segundo objetivo era:

“Despertar la sensibilidad nerviosa mediante los estimulantes más enérgicos y provocar, de vez en cuando, los afectos más vivaces del espíritu”.

Esos “estimulantes energéticos” incluían introducir polvo de tabaco en la nariz a fin de provocar el estornudo; bañarlo con agua hirviendo y dejarlo mojado al lado de su ropa para sensibilizarlo al frío y al calor, y enseñarlo a vestirse. Pero lo único que consiguió fue enfermarlo, algo que fue interpretado como un avance significativo en su “civilización:

“…las enfermedades, también ellas, testimonios irrecusables y desagradables de la sensibilidad predominante en el hombre civilizado”.

Incluso en una ocasión se le tomó por los pies y se le expuso fuera de la ventana de los pisos superiores del Instituto. Para aquella época este tipo de tratamientos eran considerados como algo común. Si se conseguía hacerlo llorar eso era buen síntoma, pero:

“…a pesar de las innumerables contrariedades, a pesar del pésimo tratamiento al que se lo sometió en los primeros meses el nuevo género de vida, nunca lo vi derramar lágrimas”.

Por otra parte, Víctor era capaz de tomar con los dedos un carbón encendido y volverlo a colocar sobre el fuego o comer una papa aún hirviendo.

Se obtuvieron mejores avances en los asuntos morales. A Víctor le gustaban cierto tipo de alimentos y solía robarlos. Itard ideo un experimento del tipo “ojo por ojo”. Cuando Víctor robaba el alimento era castigado quitándole algo suyo. Víctor dejó de robar. Itard se preguntó si Víctor había entendido el concepto moral o sólo tenía miedo a ser castigado. En una segunda parte, Itard lo sometió a cierto ejercicio de fácil resolución. Víctor lo resolvió adecuadamente, pero en lugar de recibir un premio sufrió un castigo. El chico se indignó y mordió la mano de su tutor:

“Era la prueba incontestable de que el sentimiento de lo justo y de lo injusto, cimiento perdurable de todo orden social, no era ya extraño al corazón de mi educando; provocando en él su desarrollo acababa de elevarse a la altura del hombre moral, por el más privativo de sus caracteres y el más honroso de sus atributos”.

Itard también detectó cierta inteligencia en la manera en que Victor robaba y ocultaba el alimento.

Su último objetivo, y más importante, era:

“Inducirlo al uso de la palabra, determinando el ejercicio de la imitación a través de la imperiosa ley de la necesidad”.

Los métodos utilizados eran similares a los ya descritos. Se dejaba sin agua al niño y luego se le acercaba un vaso lleno gritando “eau”, pero se circulaba a otra persona. Ésta hacía lo mismo y pasaba el vaso a un tercero pronunciando la misma palabra:

“…el infeliz se atormentaba, agitaba los brazos alrededor del vaso de manera casi convulsa, emitía una especie de chiflido, pero no articulaba ningún sonido. Hubiera sido inhumano insistir. Por lo tanto, cambié de objeto pero mantuve el mismo método”.

Esta vez era un vaso de leche. Víctor tampoco pronuncia la palabra que le acercará al objeto deseado. Itard desiste y le da el vaso. Entonces Víctor, como jugando, dice “lait”. Es una de las pocas palabras que logró pronunciar en su largo periodo de aprendizaje. Las otras fueron “Oh Dios” y “Ili” de Julia, el nombre de la hija de la señora Guerin.

Todo el proceso de “educación” de Víctor, que abarca de 1800 a 1806, fue registrado en dos Memorias que redactó Itard. La primera cubre la etapa inicial hasta 1801. En la última, publicada en 1806, Itard se daba por vencido y aceptó no haber podido enseñarle a hablar y a comportarse de manera civilizada. Consideró que su trabajo había sido un fracaso. Incluso es posible que finalmente llegara a aceptar la opinión de Pinel de que el niño era un idiota. Itard continuó su labor pedagógica con personas afectadas por deficiencias físicas y mentales. Dejó al niño a cargo de Madame Guerin, y el gobierno le asistió con una pensión hasta el final de sus días, en 1828. El último informe sobre Víctor d’Aveyron, de 1815, no reseñaba mejora alguna.

No todo fue fracaso para Jean Marc Gaspard Itard, su trabajo con Víctor sentó las bases revolucionarias de la educación especial. Sus investigaciones fueron continuadas por Seguin, quien, a su vez, influiría en Montessori.

Las Memorias de Itard fueron utilizadas por François Truffaut para hacer su película L’enfant sauvage (El niño salvaje). “No es un hombre, no es un animal”, decía uno de los carteles de promoción de la película. La fotografía fue de Néstor Almendros, y en los papeles principales estaba el propio Truffat, como Gaspard Itard, y Jean Pierre Leaud. La película es de 1960, dura 85 minutos y fue filmada en blanco y negro.

El mismo Chris Carter (Expedientes secretos X), dijo de ella: “Es fascinante que él (Víctor) podía meter su mano en agua hirviendo y no se quemaba, ya que el muchacho no entendía el concepto. ¿Es que acaso el dolor es un concepto?”.

Para el lector moderno dice Ellen Magenis: “No cabe duda de que el niño salvaje de Aveyron mostraba la mayoría de los rasgos característicos del autismo, cualquiera que fuera su causa originaria”.

Continuará…

Los niños salvajes (8)

LA NIÑA ESQUIMAL

En septiembre de 1731, una niña de entre 8 y 10 años de edad llegó al poblado de Sogny, cerca de Chalons-sur-Mame, en plena Champaña francesa. Estaba descalza y vestida con trapos y pieles de animales y con una calabaza a modo de sombrero. En una bolsa llevaba un palo y un cuchillo inscritos con caracteres indescifrables. Chillaba y chirriaba, y estaba tan sucia (o posiblemente pintada) que la confundieron con un niño negro. Sacó el garrote y el cuchillo de su bolsa y con ellos logró matar al perro que un campesino lanzó contra ella luego de encaramarse en un árbol. Hubo que tentarla con un pescado crudo para hacer que bajara.

Tras su captura la llamaron “la niña esquimal” por sus rasgos peculiares (tenía ojos orientales y la piel cobriza), y porque al aprender a hablar contó que la habían traído a la Champaña, en compañía de una niña “de piel negra”, desde un lugar en donde había unos grandes animales marinos que comían peces. Recordó haber cruzado el mar en dos ocasiones. La niña esquimal había matado a la niña de piel negra durante una pelea: le rompió el cráneo con su garrote. Dijo que siempre iban desnudas hasta que una mujer desconocida las recogió y les dio ropa. Pero tras la muerte de su compañera, la muchacha decidió huir. Todo ese proceso había durado unos dos años.

Si no era una impostura (que lo parece), la niña salvaje de Champagne probablemente había aprendido a hablar antes de su abandono, porque ella es un ejemplo raro de un niño salvaje que aprende hablar coherentemente.

La niña se alimentaba de los animales que podía atrapar (pájaros, ranas y pescados). Los comía crudos. También engullía las raíces y algunas ramas y hojas de los árboles. Cuando le dieron un conejo, ella lo peló y devoró inmediatamente. El cambio en los hábitos alimenticios hizo que perdiera todos sus dientes y que se enfermara con frecuencia.

Cuando la reina de Polonia, la madre de la reina de Francia, pasó por Champagne en 1737 para tomar posesión del ducado de Lorena, oyó hablar de la muchacha y la llevó de cacería, donde ella atrapó y mató conejos.

El famoso científico Charles Marie de la Condamine, describió sus manos: “Sus dedos y particularmente sus pulgares, eran extraordinariamente grandes…”. Ella decía que había utilizado sus pulgares para extraer raíces y para mecerse de árbol en árbol como un mono. Ella era una corredora muy rápida y tenía una fenomenal vista aguda.

Cuando pasó el interés por la niña fue ingresada en un convento parisino, en donde terminó el resto de sus días. Trabajaba haciendo flores artificiales y obtuvo algo de dinero contando sus memorias (escritas por Madame Hecquet). A su muerte fue enterrada bajo el nombre de Marie-Angelique Memmie LeBlanc.

En 1767 se dan dos casos de niños salvajes: el de Tomko de Zips, en Hungría, mencionado por Wagner en 1794; y el de la “niña osa” de Karpfen.

Tomko fue descubierta por unos cazadores del pueblo de Fraumark, Hungría. La encontraron en las montañas boscosas viviendo con los osos, cuando tenía 18 años. Era delgada y de piel morena. Atacó a los cazadores después de que estos habían disparado a su compañero oso.

La otra también fue descubierta a la edad de 18 años, y fue recluida en un asilo del pueblo de Karpfen ya que rechazaba vestirse y comer cualquier otra cosa que no fuera carne cruda, raíces y cortezas de árbol. Este caso es mencionado por Bonnaterre en 1800 (al parecer a raíz de la aparición de Víctor d’Aveyron). Para algunos se trata de la misma Tomko de Zips.

Continuará…

Los niños salvajes (7)

WILD PETER

El “Salvaje Peter”, también es conocido como Pedro de Hamelin (Hannover). Fue descubierto el 27 de julio de 1724 por un campesino llamado Jürgen Meyer, cuando corría por los campos completamente desnudo y sólo cubierto por una larga melena negra y restos de lo que había sido una camisa, enredados en su cuello. Lo describió como “una criatura desnuda, pardusca, de cabello negro”.

Parecía tener unos 12 o 13 años de edad. No hablaba. La piel la tenía bronceada a excepción de la parte que iba de la cintura a los muslos. Se pensó que había utilizado alguna especie de calzones. Trepaba los árboles con facilidad, vivía de las plantas y parecía incapaz de hablar. Aparentemente fue abandonado por su padre por esa discapacidad.

Jürgen lo pudo llevar hasta el pueblo mostrándole un par de manzanas. Al llegar al pueblo un grupo de chiquillos fue atraído por el extraño espectáculo. Rápidamente comenzaron a rodearlo, a tirarle de piedras y a burlarse de él. Hubo que meterlo en la cárcel. Finalmente se decidió enviarlo al asilo del Espíritu Santo.

Los sacerdotes le ofrecieron de comer pan, pero él sólo aceptó yerbas. Pelaba la corteza de las ramitas verdes y aspiraba la savia. También comía verduras, frutas y carne cruda. Todo lo devoró sentado en cuclillas. Al terminar intentó escapar. Fue sometido y encerrado en un cuarto. Trató de escabullirse por las ventanas, pero uno de los sacerdotes le dio dos palos. A partir de ahí, se tranquilizaba con sólo mostrarle la vara.

Un sastre ofreció hacerse cargo de él. Trató de vestirlo y de ponerle zapatos, pero Pedro se los quitaba. Lo que sí aceptó fue un sombrero, pero luego se puso a jugar con él en un estanque, como si fuera un barco.

Fue traído un médico para examinarlo. Declaró que el muchacho tenía alguna deformación en la lengua que le impedía hablar: era anormalmente gruesa y estaba pegada a ambos lados de la boca. Sin embargo tarareaba la música que escuchaba. Por el contrario, su oído y olfato estaban muy desarrollados. Era bastante peludo.

Menos de un año después de su captura fue enviado a Hamelín o Hannover (octubre de 1725) para que lo pudiera ver la familia real. En febrero del siguiente año fue enviado a Londres por Jorge I de Inglaterra, duque de Hannover, que acababa de acceder a la corona inglesa. Éste lo regaló a la princesa Carolina de Gales, que a su vez lo pasó a un tal doctor Arbuthnot.

En Inglaterra fue estudiado por Alexander Pope y Jonathan Swift, quien dijo que se trataba de un “descubrimiento más notable que Urano”.

“Esta noche vi al muchacho que desde que llegó aquí ha sido el tema de mitad de nuestras charlas durante toda esta quincena… (pero) difícilmente puedo pensar en él como el salvaje del que hablan”.

No era sordo. Muchos doctores intentaron enseñarle a hablar, pero nunca logró articular ninguna palabra. Aunque aprendió a vestirse y a dormir en una cama, no era más inteligente que los animales. Sus guardias le enseñaron a traspalar estiércol en un carro, pero tan pronto como llenaba el carro comenzaba a traspalar el estiércol hacia fuera a menos que lo pararan.

Fue enviado a Hertfordshire. Pasó los días ayudando en pequeñas labores del campo y la cocina. Comenzó a aficionarse por el licor, pero nunca se le vio ningún interés por las mujeres.

En 1746 se escapó y logró llegar a Norfolk. Fue atrapado y enviado de nueva cuenta a Hertfordshire, en donde murió en febrero de 1785.

Pasó 61 años en la sociedad, pero nunca aprendió decir nada excepto “Peter” y “rey George”.

Continuará…

Los niños salvajes (6)

MÁS ALLÁ DE LOS MITOS

Tal vez el primer caso registrado por un historiador es el de Aegisthus. Fue Procopio de Cesarea, historiador romano del siglo VI, quien refiere que en el año 550, durante la guerra contra los Góticos, una madre dejó abandonado a su hijo cuando su aldea fue atacada por los góticos. Cuando los aldeanos regresaron a sus casas encontraron al bebé siendo amamantado por una cabra por lo que le llamaron Aegisthus, en honor del dios griego que fue criado por una cabra. Procopio dice que él mismo conoció al niño.

Pasarían varios siglos hasta que en 1609 el médico alemán Phillipus Camerarius, informara sobre un niño que había sido creado por lobos y que fuera encontrado en Hesse en 1344. También se ocupó del niño becerro de Bamberg. Este último “tenía una flexibilidad extraordinaria en sus miembros y caminaba a gatas con gran agilidad. En esta postura él podía luchar con perros más grandes con sus dientes, y los atacaba tan intrépidamente que los arrojaba al aire. Él no era, sin embargo, de una naturaleza feroz”.

Uno de los “niños salvajes” más grandes fue Jean de Liege, encontrado en una fecha no determinada del siglo XVII, en la ciudad de Lieja, a la edad de 21 años. Es el último espécimen mencionado por Linneo. Sir Kenelm Digby, uno de los fundadores de la Royal Society, contó su historia en 1644. Digby entrevistó a quienes lo llegaron a conocer.

Durante las guerras religiosas La familia de Jean huyó al bosque cuando su aldea fue atacada. El niño tenía unos cinco años. Cuando los atacantes se retiraron y los aldeanos pudieron regresar se dieron cuenta que habían olvidado a Jean. El niño permaneció en el bosque casi 16 años.

Digby dice que Jean tenía los sentidos muy agudizados. Podía oler “frutas o raíces sanas” a gran distancia. Cuando finalmente lo capturaron a la edad de unos 21 años, estaba desnudo, “todo cubierto de pelo”, e incapaz de hablar. En la sociedad humana, aprendió hablar, sin perder su agudo sentido del olfato.

El primero en mencionar a los niños salvajes de los Pirineos fue Jean-Jacques Rousseau en su Discours sur l’Origine de l’Inégalité parmi les Hommes (Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres) de 1754. En el punto 7 dice:

“7. Los cambios que ha podido determinar en la conformación del hombre la larga costumbre de andar en dos pies, las semejanzas que se observan todavía entre sus brazos y las patas anteriores de los cuadrúpedos, y la consecuencia sacada de su modo de andar, han podido sugerir dudas sobre cuál podía ser en nosotros el más natural. Todos los niños empiezan por andar a gatas, y necesitan de nuestro ejemplo y de nuestras lecciones para aprender a sostenerse de pie. Hay incluso pueblos salvajes, como los hotentotes, que, abandonando casi por completo a sus hijos, los dejan andar tanto tiempo con las manos, que luego apenas pueden enderezarlos. Igual sucede con los hijos de los caribes. Hay además varios ejemplos de hombres cuadrúpedos, y yo puedo citar, entre otros, el de un niño hallado en 1344 cerca de Hesse, donde había sido alimentado por lobos, y que después decía, en la corte del príncipe Enrique, que si sólo hubiera tenido que contar con su deseo, hubiese preferido volver entre ellos que vivir entre los hombres. De tal modo se había habituado a caminar como aquellos animales, que fue preciso ponerle piezas de madera que le obligaban a tenerse derecho y en equilibrio sobre sus dos pies. Lo mismo ocurrió con el niño hallado en 1604 en los bosques de Lituania y que vivía entre los osos. No daba, dice Condillac, ninguna muestra de razón; andaba con pies y manos, carecía de lenguaje articulado y sólo profería unos sonidos que en nada se parecían a los de un hombre. El pequeño salvaje de Hannóver que hace varios años fue conducido a la corte de Inglaterra pasaba las penas del Purgatorio para acostumbrarse a caminar en dos pies, y en 1719 se encontró en los Pirineos a otros dos salvajes que corrían por las montañas como cuadrúpedos”.

Rousseau y el propio Emmanuel Kant consideraban que el ser humano es “bueno por naturaleza”, y los niños salvajes eran la prueba de ello. Éstos eran el claro ejemplo del “buen salvaje”, el hombre primitivo que pertenece a los pueblos no civilizados.

Carlos Linneo en la décima edición de su obra Systema Naturae de 1758, introdujo una nueva especie de hombre, el Homo ferens (hombre feral o salvaje) a sus ya conocidos H. americanus, H. europeus, H. asiaticus, H. afer y H. monstrosus. Linneo describiría sus tres características principales: hirsutus, tetrapus y mutus (hirsuto, cuadrúpedo y mudo) basándose en 10 niños abandonados amamantados por animales que sobrevivieron en la selva: Jean de Lieja, un niño oso lituano, el niño lobo de Hesse, el niño oveja irlandés, el niño becerro de Bamberg, la niña de Kranenburg, los dos niños de los Pirineos, Wild Peter de Hannover, y la niña salvaje de Champagne.

El término feral proviene del latín ferālis (“feroz, letal”), y éste de fera: “fiera, animal salvaje”. La Real Academia Española lo define como un adjetivo en desuso, que significaba “cruel”.

Para el traductor de la obra de Linneo Robert Kerr (1792), no existían tales niños ferales, todo eran simplemente imposturas y exageraciones.

J. F. Blumenbach, el padre de la antropología física, se ocupó del problema en 1811, y lo mismo hizo en 1830 el naturalista sueco K. A. Rudolphi, llegando a la conclusión de que todos los niños salvajes eran o ficticios o idiotas congénitos, concordando con el punto de vista de Sir Edward Tylor, el padre de la antropología social.

Según Claude Levi Strauss en 1949, “la mayor parte de estos niños sufrieron de un cierto defecto congénito, y su abandono se debe por lo tanto tratar como la consecuencia de la anormalidad que exhibían”.

EL PADRÓN DE LOS NIÑOS FERALES

En contra de lo que se dice en algunos foros de discusión y sitios de internet (en donde se habla de cerca de 340,000 casos), en los últimos 1,500 años se han registrado poco menos de 100 casos de niños ferales, la mayoría de ellos en Europa y Asia. Se conocen dos censos modernos de niños salvajes. El primero fue hecho en 1940 por el americano Robert M. Zingg y comprende 33 niños; el segundo lo hizo el profesor francés Malson en 1964 subiendo el número a 53 niños. Al final de esta serie anexaremos una nueva tabla.

Entre los animales que adoptaron a los niños se mencionan a lobos, osos, leopardos, panteras, leones, monos, ovejas, cerdos, ganado, varias especies de aves…

El Doctor Thope nos dice que la primera noticia de la existencia de estos niños salvajes data del año 1344. Se trata del niño capturado en una cueva de lobos, en el principado alemán de Hesse, y que fuera criado por una loba. Fue atrapado por unos cazadores mientras corría salvaje, a cuatro patas. Fue citado por Camerarius, Rousseaou y Linneo.

Camerarius dice que el niño tenía unos 7 años al momento de su captura y aparentemente había convivido con los lobos durante unos 3 a 4 años. Cuando apenas era un bebe de 3 años fue robado por una loba que lo alimentaba de los restos de sus cacerías. El cubil había sido acondicionado con hojas y ramas.

El muchacho era capaz de dar grandes saltos y buscaba la compañía de los lobos en lugar de la de los seres humanos. Murió poco después de su captura debido al cambio de dieta de alimentos cocidos.

Tres años después de la captura del niño de Hesse se encontró otro niño lobo en Wetteravie, según informó von Schreber en 1755. Este muchacho tenía 12 años y vivió hasta los 80 años.

Entre 1661 y 1694 aparecieron en Lituania tres niños-oso. El primero, citado por Linneo, rehusaba vestir ropas. Fue encontrado por cazadores viviendo entre un grupo de osos. Los cazadores lo atraparon a pesar de su resistencia: los mordió y arañó. Fue llevado a Varsovia, Polonia en donde se le bautizó con el nombre de Joseph. Ahí se le presentó al rey e Polonia quien lo dejó a cargo del Vice Chambelán de Posnan, con quien pudo adquirir un vocabulario limitado.

Nunca dejó el hábito de gruñir como oso y de comer yerbas. También le gustaban las manzanas, la savia de los árboles y la miel. Varias veces escapó hacia los bosques. En una ocasión un oso salvaje que había matado a dos hombres se le acercó para lamer su cara.

Rousseau y Etienné Bonnot de Condillac, en su Essai sur l’origine des connaissances humaines (1746) mencionan al segundo, aparecido en 1694, que también se arrancaba la ropa a mordiscos. Se dice que fue separado de su familia durante una de las invasiones de los tártaros.

El tercero es mencionado por el doctor irlandés Bernard Connor (1698), pero sin dar fecha de su captura. Connor lo conoció en persona y dijo que éste aprendió a mantenerse erguido y a hablar.

En 1607 apareció un niño becerro o niño carnero en, Bamberg, Irlanda. Linneo lo cita en su obra de 1758. Fue atrapado en una red de cazadores en las colinas al Sur de Irlanda. Tenía unos 16 años y había huido de su hogar de más niño. Durante todo ese tiempo había vivido con un rebaño de carneros salvajes. Era fuerte, sano y musculoso.

Después de su captura fue llevado a Holanda en donde fue dejado a cargo de Nicholaus Tulp, el doctor holandés retratado por Rembrandt en La lección de anatomía. Era indiferente al frío y prefería comer heno a cualquier cosa. Según Tulp:

“Se trajo a Ámsterdam… un joven de 16 años, que tal vez fue perdido por sus padres y fue criado entre las ovejas salvajes de Irlanda, había adquirido una clase de naturaleza ovina. Era rápido de cuerpo, ágil de pies, de cara feroz, de carne firme, piel quemada, miembros rígidos, frente huidiza achatada, pero con el occipucio convexo y nudoso, rudo, impetuoso, ignorante del miedo, y sin rasgos de suavidad. En otros respectos de buena salud. Sin voz humana balaba como una oveja, y repudiaba los alimentos y bebidas a los que estamos acostumbrados; sólo masticaba la hierba y el heno…

“Había vivido en las montañas y en lugares desiertos… le encantaban las cuevas, las guaridas y los lugares inaccesibles. Su aspecto era más el de una bestia salvaje que de un hombre; y sin embargo lo mantuvieron alojado, y lo obligaron a vivir entre los hombres, a lo que estaba muy poco dispuesto, y solamente después de un largo plazo perdió su carácter salvaje. Su garganta era grande y amplia, su lengua estaba sujeta a su paladar”.

El muchacho nuca aprendió a hablar y continuó balando como oveja durante toda su vida. Acostumbraba luchar con perros grandes. Camerarius y Linneo dicen que logró desarrollar ciertas habilidades mentales.

En 1717 descubrieron a la niña de Kranenburg en los bosques afuera de Zwolle en la provincia holandesa de Overyssel. La habían secuestrado de su hogar en Kranenburg a los 16 meses, y fue encontrada vestida con un saco y viviendo con una dieta de hojas y yerbas. No había evidencia de que los animales la hubieran cuidado. Después de su captura, ella aprendió el lenguaje de signos, pero nunca dominó el habla. Linneo menciona que la jovencita tenía 19 años cuando la encontraron

Los dos rapases de los Pirineos, que menciona Rousseau, fueron encontrados en 1719.

Continuará…

Los niños salvajes (5)

ROMULO Y REMO

Una loba, de acuerdo con la leyenda, habría criado a Rómulo y a Remo, los presunto fundadores de Roma, hacia el 800 a. C. De acuerdo con la mitología, el rey de Alba Longa fue destronado por su hermano menor. La hija del rey caído, la vestal Rea Silvia, dio a luz a dos hermanos gemelos, hijos del Dios Marte, señor de la guerra y el terror. El usurpador ordenó matar a los niños y estos fueron colocados en una cesta de mimbre y arrojados a las aguas del río Tiber. Los niños se salvaron milagrosamente gracias a que el río los depositó a unos 20 kilómetros de su desembocadura, al pie del que más tarde sería llamado el Monte Palatino. Allí los encontró una loba, que se hizo cargo de ellos, los cuidó y amamantó.

Más tarde, un pastor llamado Fáustulo halló a los gemelos, se los quitó a la loba y se los llevó a su humilde hogar, con su esposa Acca Larentia, quien los crió como hijos suyos, dándoles el nombre con el que hoy son conocidos.

Los gemelos, ya crecidos, fueron llevados ante Numitor, quien sospechó su identidad. Rómulo y Remo condujeron entonces una revuelta que expulsó al usurpador del trono y reestableció a su abuelo, el rey legítimo, como gobernante de Alba Longa. Luego dieron muerte a Amulio, el usurpador.

El carácter inquieto de los gemelos los llevó a querer construir una nueva ciudad para sí. Decidieron fundarla en las márgenes del Tiber, pero no se pusieron de acuerdo en su ubicación. Rómulo deseaba establecerla en el Monte Palatino, donde habían sido hallados por la loba; Remo propuso el Monte Aventino, a unos 800 metros al Sur.

Después de mucho discutir y no llegar a un acuerdo, decidieron dejarlo a la suerte: los dioses decidirían por ellos. Cada uno se colocó en el monte que había escogido y esperó los presagios celestiales.

Al amanecer Remo vio seis águilas que pasaron volando sobre el Monte Aventino. Rómulo tuvo que esperar hasta la puesta del Sol para descubrir doce águilas volando sobre el Monte Palatino.

Según la lógica de Remo, él había ganado porque sus aves habían aparecido primero; pero Rómulo advirtió que sus aves eran más numerosas. Nuevamente volvieron a discutir, pero esta vez llegaron a las armas y Rómulo mató a su hermano.

Luego, tomando el vuelo de los pájaros para establecer los límites de la nueva ciudad, Rómulo comenzó a construir en el palatino las murallas de la que llamó Roma en su propio honor (Rómulo significa “pequeña Roma”).

La fundación de esta ciudad ocurrió el 21 de abril de 752 a. C., de acuerdo con los cálculos de Catón, y según Varrón en el 753.

Cuentan las antiguas leyendas romanas que Rómulo gobernó hasta el año 716 a. C. Luego los dioses lo raptaron en medio de una tormenta para convertirlo en el dios de la guerra, Quirino. A su muerte, Roma se había expandido desde el Monte Palatino hasta el Monte Capitolino y el Monte Quirinal, al Norte. Con el tiempo Roma llegó a ocupar siete colinas, por lo que recibió el nombre de La Ciudad de las Siete Colinas.

Poco podemos extraer de estos relatos que están plagados de mitos, similares a las leyendas bíblicas de Moisés (los niños en la cesta de mimbre), de Caín y Abel (el fratricidio), y de Elías (el rapto en medio de una tormenta). Esto induce a dudar del pasaje de la loba amamantando a los pequeños. Sin embargo, la huella que dejó en la historia, en las artes y en el folklore, tuvo consecuencias indelebles dentro de la óptica de toda una cultura.

Continuará…