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Los niños salvajes (20)

OTROS NIÑOS CONFINADOS

La niña de Caerphilly, Gales, estuvo confinada durante dos años en su propia recámara a la que habían quitado la puerta y tapiado con tablas hasta una altura de 1.5 metros.

Fue descubierta en 1996, a la edad de 3 años, y se cree que había pasado por lo menos 2 años confinada. A pesar de que estuvieron involucrados 173 oficiales, no tomaron en custodia a la niña. En lugar de eso se dedicaron a quitar las tapias, a lavar el cuarto lleno de excremento y a monitorear la familia durante seis meses.

Pasó el tiempo y cuando la niña tenía unos 5 años se le encontró nuevamente en pésimas condiciones. Esta vez sí fue tomada en custodia y los padres fueron encerrados seis meses en prisión por crueldad infantil.

El 7 de septiembre de 1999 encontraron encadenada a una cama a Betty Topper, de Norco, California. Tenía 6 años y desde su nacimiento había permanecido aislada por su madre, Cindi Sue Topper, de 39 años, y su abuelo Loren Bess, de 76 años.

Betty fue llevada al Centro Médico de la Universidad de Loma Linda. No hablaba y pesaba sólo 30 libras. Un mes después, gracias a un régimen alimenticio, había ganado 10 libras.

Otra niña que fue encerrada por su propia madre fue Anna, de Sydney, Australia. La encontraron el 17 de abril del 2002, a la edad de 18 años. Había pasado dos años encerrada en su cuarto.

Anna se había escapado a través de la ventana del baño y le tomó media hora hacer el trayecto que normalmente lleva 10 minutos, hasta la estación de policía para pedir auxilio. Estaba en pésimo estado. Pesaba tan sólo 44 kilogramos porque durante todo ese tiempo había sido alimentada únicamente con Weet-Bix mezclado con vinagre y agua con sal. Ocasionalmente recibía una rebanada de pan.

Su madre, de 43 años, fue sentenciada a 21 meses de detención, y su padrastro, de 56 años, a 15 meses.

El 30 de noviembre del 2002, en Toronto, Canadá, encontraron a Jeffrey Baldwin, un niño de 6 años de edad que había permanecido 5 años confinado. Sólo pesaba 10 kilos y medía 92 centímetros. El niño estaba muerto sobre una mesa. Los paramédicos trataron de resucitarlo, pero ya nada se podía hacer.

Quien había llamado a los paramédicos era la abuela materna de Jeffrey, Elva Bottineau, quien había recibido la custodia de Jeffrey y de sus otros tres nietos con el apoyo de la Catholic Children’s Aid Society (CCAS).

Oficialmente el niño murió de neumonía, pero estaba en tal estado, prácticamente era un esqueleto, que la policía tuvo que intervenir. Cuando se iniciaron las investigaciones en torno a la muerte del niño, la policía encontró, a principios del 2003, que poco más de una década antes había muerto otro niño que estaba bajo la custodia de Elva y su esposo Norman Kidman, ambos fueron convictos por abuso infantil.

A finales de los setenta le quitó la custodia de sus dos hijos a la señora Bottineau (de un matrimonio anterior a Kidman), cuando descubrió que abusaban de ellos. Pero poco después Elva estaba trabajando en el propio CCAS.

La información se encontraba archivada en las oficinas del CCAS, pero a pesar de ello los directivos del CCAS abogaron por que se le otorgara la custodia de Jeffrey y sus hermanos.

Pero Elva y Norman mantenían encerrado a Jeffrey y a una de sus hermanas. Los niños se alimentaban de las migajas que caían de la mesa y bebía del escusado.

Cuatro meses después de la muerte de Jeffrey, Norman y Elva fueron arrestados bajo los cargos de asesinato en segundo grado. Tras un juicio que se prolongó algunos años, Elva Bottineau y Norman Kidman, fueron sentenciados a prisión el 10 de junio del 2006.

El siguiente documental muestra parte de la investigación y las entrevistas a los padres biológicos de Jeffrey. Advertencia, el documental es muy crudo.

Los gemelos Edward Rodríguez y Edmond Rodríguez vivían en Phoenix, Arizona, dentro de jaulas infestadas de gusanos, durante 20 horas al día. Sus padres, Etelvina Rodríguez, de 42 años, y Luis Rodríguez, de 69 años, los mantuvieron en esas condiciones durante 5 años, porque Luis sufría del corazón y era incapaz de lidiar con los niños mientras la madre no estaba en casa. En cierta ocasión salieron de la casa y fueron mordidos por un perro. Etelvina dijo que los mantenían encerrados por su propia protección.

Las condiciones insalubres de vivir entre cucarachas y desechos orgánicos les provocaron infecciones en la piel. Los niños estaban encerrados en dos jaulas, una de 1.2 X 1.2 metros y la otra de 1.8 metros por 60 centímetros. Cada una tenía una abertura por la cual se pasaba el alimento a los niños, y estaban cubiertas con una lámina de plástico. Sólo se les permitía salir de sus jaulas cuando su madre regresaba de trabajar.

La historia fue conocida por las autoridades a través de Bayron Grijalva, hermano mayor de los gemelos, de 20 años. Los Servicios de Protección al Menor (CPS) habían recibido dos años atrás un reporte sobre la situación de abuso a los gemelos, pero nunca investigó.

Louis Grijalva, un medio hermano de los gemelos recuerda que la última vez que los vio, dos años antes de ser descubiertos: “Estaban bien. Estaban tan felices porque querían tocarme. Sentí pena por ellos, porque uno de ellos me abrazó y el otro se peleó porque quería que yo lo abrazara también, pero no podía abrazarlos a los dos al mismo tiempo. Me sentí muy mal”.

Los vecinos informaron que Luis es una persona muy agresiva e incluso ha amenazado con comprar una pistola para dispararles a sus vecinos.

La policía los encontró el 23 de agosto del 2003. No podían hablar. El oficial Javier Avalos dijo: “Tratan de hablar pero no saben cómo. Murmuran y hacen sonidos, pero no dicen palabras. Les hablamos en español pensando que la barrera era el lenguaje, pero continuaron sin poder hablar”.

Luis y Etelvina fueron arrestados por abuso infantil y secuestro. Luis declaró que no encontraba nada malo en encerrar a los niños ya que él los alimentaba y no les pegaba. Tampoco encontró incorrecto que no aprendieran a usar el baño pues él no lo usó hasta que fue más grande. Ambos fueron ingresados a la cárcel y se les fijó una fianza de $ 243,000 a cada uno. A principios de 2007 Luis fue sentenciado a 15 años de prisión y Etelvina a 6.

CASOS EXTREMOS

Un caso particular es el de la familia Majola, de Free State, Sudáfrica. Cuatro jóvenes de 14, 16, 18 y 22 años vivieron en condiciones de aislamiento junto con sus padres durante 20 años. No tuvieron ningún contacto social con ninguna persona durante ese tiempo.

Los niños no podían hablar y se comunicaban usando signos complementados con gruñidos. Uno de ellos se desplazaba a gatas. El caso fue conocido en el 2004.

Jessica murió en Hamburgo, Alemania, en el 2005, luego de permanecer 4 años confinada por su madre Marlies S., de 35 años, y su padre, Burkhard M. de 49 años. Durante todo ese tiempo la mantuvieron en el cuarto trasero de su departamento. Era un cuarto, sucio, apestoso que siempre estaba oscuro.

Los doctores forenses determinaron que la niña murió de hambre. Tenía unos 7 años al morir, pero su cuerpo parecía el de una niña de 3 años. Sus huesos eran frágiles como el vidrio. A través de las investigaciones se supo que la niña tenía retraso mental, no hablaba ni podía caminar.

Uno de los casos de mayor tiempo de confinamiento es el de Annapurna Sahu de Dhenkanal, a 100 kilómetros de Orissa, India, quien fue encontrada el 9 de septiembre del 2005, tras permanecer 25 años confinada.

Cuando fue descubierta tenía 45 años. Según su familia tenía retraso mental, por lo que la habían mantenido encerrada, desnuda y despeinada en un cuarto de 2 X 1.5 metros de piso lodoso.

Sin embargo, cuando la rescató la policía, Annapurna parecía una persona normal: habla, se comportaba y se expresaba correctamente.

El 9 de septiembre del 2005 fueron encontrados 11 niños enjaulados en Gravelle, Ohio. Eran niños adoptados cuyas edades iban de 1 a 14 años.

Tres hermanas, Viktoria de 7, Katharina de 11 y Elisabeth de 13 años, de Linz, Austria, vivieron confinadas por un periodo de 7 años, hasta que fueron rescatadas en el 2005.

Los oficiales de policía informaron que se encontraban en un cuarto lleno de excremento hasta 1 metro de altura. Lo sorprendente es que los vecinos habían informado del caso en diversas ocasiones y nunca se les había hecho caso.

Las niñas no hablaban normalmente. Habían desarrollado un lenguaje propio basado en el alemán. Su madre, psíquicamente enferma, las tuvo presas a oscuras durante siete años.

Según el diario Österreich, la mujer las trataba como animales y evitaba a toda costa que su ex esposo entrara en contacto con ellas. Cuando el hombre quería verlas, le decía que estaban enfermas o que estaban en casa de la abuela. La mujer era una abogada de Klagenfurt, y ante las autoridades decía que ella se encargaba de la educación de sus hijas.

Los únicos “juguetes” de las niñas eran los ratones de la casa, a quien les habían dado apodos.

Según la terapeuta Waltraud Kubelka, Elisabeth padece de “invalidez psíquico-social” incurable.

El 14 de enero del 2005 el Jacksonville Department of Children and Families, respondió a una llamada anónima para que visitaran una casa en Fallohide Lane, Jacksonville, Florida. Ahí mantenían encerrado a un niño de unos 17 años de edad.

El chico era un niño adoptado por la señora Brenda Sullivan, de 48 años, y su esposo Wilson Sullivan, de 55 años. En la casa había otros seis niños, uno de ellos hijo biológico de los Sullivan. Sólo el joven de 17 años permanecía encerrado.

Según el Children’s Crisis Center, el chico sufría de “enanismo psicosocial” y desnutrición. Esta condición también se conoce como “Síndrome de basurero”, en la que los niños pueden comer basura, vómito y otras porquerías. Los niños con esta enfermedad no responden a las hormonas del crecimiento que produce su cuerpo. La altura de este chico era la de un niño de 9 años y sólo pesaba 22 kilos, lo mismo que un niño de 6 años.

Había sido mantenido en confinamiento durante 10 años. No podía hablar y sólo gruñía. Estuvo encerrado en una jaula del tamaño de una cama gemela.

El 9 de marzo del 2005, los padres adoptivos fueron acusados de felonía. Se les impuso una multa de $ 200,003 a cada uno. El joven recuperó 13 kilos y aumentó 1 centímetro su estatura. Pero continúa sin poder hablar.

También en Estados Unidos, pero en Carson City, Nevada, encontraron a dos hermanos, David Rios, de 11 años, y Jasmine Rios de 16, encerrados en un cuarto de baño. Cuando fueron descubiertos, el 19 de enero del 2006, pesaban 15 y 20 kilos, respectivamente.

David no podía caminar pues sus piernas y pies se habían deformado por vivir en confinamiento. Tampoco hablaba. Habían pasado 5 años encerrados.

Recientemente se supo que, luego de un año de rehabilitaciones, Jasmine ha subido a 48 kilos, pero todavía sigue midiendo 1.35 metros de altura y no puede caminar bien. Su hermano ya pude caminar, pero no muestra desarrollos en el lenguaje.

Anja W. fue encontrada el 18 de junio del 2007 confinada en una granja de Bayersried, Alemania. Su madre soltera, Angela había heredado la granja y temiendo que las autoridades no permitieran que Anja viviera en las inclemencias y la difícil vida de la granja, Angela decidió encerrarla.

Dos niños, en su camino a la escuela, notaron la presencia de Anja detrás de las ventanas. Lo comentaron con sus padres y éstos con las autoridades. Pronto los trabajadores sociales se presentaron en la granja y encontraron a una niña de 7 años que aunque estaba bien alimentada, sólo era capaz de decir “Hallo” y “Mutter”.

Actualmente las autoridades deliberan si presentan cargos por negligencia.

Continuará…

Los niños salvajes (19)

GENIE

En la ciudad más rica del planeta, Los Angeles, California, ocurrió uno de los casos más extraños de abuso infantil. En 1958 nació una niña a la que se le conoce con el seudónimo de Geanne o Genie (al parecer su nombre verdadero era Susan M. Willey). A los veinte meses de edad, el padre Clark Wiley, se dio cuenta de cierto atraso en su conducta y por eso decidió encerrarla en un cuarto, aislada del mundo exterior. La ataba con correas a una silla alta. La mantenía desnuda, sin hablarle, en una casa virtualmente silenciosa en los suburbios de California. Cuando hacía algo que molestaba al padre, éste le pegaba, le gruñía y le ladraba. Nunca utilizó la comunicación verbal. Como resultado, la niña nunca habló, solo emitía ruidos y gruñidos cuando le molestaba algo.

Ningún vecino se dio cuenta de su existencia. Las cosas continuaron así hasta 1970 en que la madre, Irene, decidió escapar con la niña, llevándola a rastras pues su estado no era muy bueno y no podía caminar correctamente. Apenas podía mantener una posición erguida. Solo andaba arrastrando los pies.

El caso conmovió a la sociedad americana. El padre fue condenado a prisión (terminó suicidándose de un tiro en la cabeza). La madre desapareció una vez que dejó a Genie en una oficina de bienestar social de Los Ángeles, llevándose al hijo mayor, John.

La niña fue internada en un hospital infantil para su rehabilitación. Fue estudiada por distintos especialistas, lingüistas, sicólogos y sociólogos, que intentaron integrarla y desarrollar sus capacidades. Inicialmente hizo un buen progreso, aceptó los vestidos, pero el proceso de aprendizaje del lenguaje fue poco exitoso. No consiguió hablar mejor que un niño de 3 o 4 años. Su vocabulario consistía de no más de 100 palabras sueltas, y sólo lograba hilvanar algunas frases sencillas. Nunca aprendió a hablar correctamente. Se comunicaba por medios no verbales: expresión corporal y algunos signos.

Unos doctores del hospital en el que estaba la adoptaron y Genie comenzó a vivir con ellos. Genie se masturbaba constantemente y en cualquier lugar, sin importarle si había o no gente a su alrededor, y se negaba rotundamente a dejar de hacerlo. Los padres adoptivos no podían soportarlo. El proceso se repitió varias veces. Luego de permanecer en muchos “hogares”, Genie tuvo que ser recluida en una institución para enfermos mentales.

El escritor Russ Rymer escribió un libro sobre el caso, basado en un artículo suyo para el New Yorker. Rymer dice que durante siete años experimentaron con la niña tratando de probar sus teorías, en lugar de darle terapia de apoyo que pudo haberle permitido superar los horrores del confinamiento de su niñez. Al final llegaron a la conclusión de que su retraso fue la consecuencia de no haber sufrido una socialización como el resto de los seres humanos y los tratos recibidos. Ese trato tan cruel que haría realidad el experimento planteado durante la Ilustración de aislar a un niño para comprobar la teoría de que el estado más puro del ser humano es el del “noble salvaje”. En ese sentido la sociedad en la que vive, sus influencias violentas, la agresividad, la mentira, etc. lo va degradando.

Pero parece que el resultado de ese “experimento” indica todo lo contrario. Los niños salvajes no son el ejemplo de una humanidad no corrupta. No son como pizarrones en blanco en los que se puede escribir y formar un ente social. El ser humano no se hace social, nace social y es el lenguaje lo que nos convierte en seres conscientes de nosotros mismos. Los seres humanos nos necesitamos para encontrar en el otro nuestra humanidad. Los niños salvajes encontrados después de la etapa de aprendizaje del lenguaje es casi seguro que no se puedan “recuperar” para la “civilización” como “gente normal”.

La vida de Genie fue llevada a la pantalla en la película independiente Mockingbird Don’n Sing.

ABUSO INFANTIL

Genie no fue la primera niña confinada (y desdichadamente tampoco será la última). 1897 se descubrió una niña de 7 años, Charlotte Deconinck, que fue encadenada desde su nacimiento a una mesa en el sótano de su casa, por su madre, una aldeana de Ghent, Bélgica.

Charlotte no sabía hablar. La historia es relatada por Carine Steverlynck en su libro Kleine Martelaars. Een historische document over misbruikte, kindermishandelinge, incest en prostitutie (Pequeños mártires. Un recuento histórico del abuso de niños, negligencia, incesto y prostitución).

En Estados Unidos, tan sólo unos 20 años antes de que se encontrara a Genie, se dieron dos casos de niños confinados.

El primero ocurrió en 1938 en Ohio. Se trataba de una niña llamada Isabelle que fue encarcelada junto con su madre sordomuda, por el abuelo de Isabelle. Entre madre e hija se estableció un código de comunicación gestual.

Cuando fueron rescatadas, Isabelle mostraba temor por los extraños y reaccionaba violentamente frente a los hombres. Los doctores comenzaron un “programa de entrenamiento” para educarla. Isabelle hizo grandes avances. En tan solo dos meses logró comenzar a vocalizar y a armar frases cortas. Nueve meses después había aprendido a leer y escribir. A los 16 meses poseía un vocabulario de entre 1,500 y 2,000 palabras.

A los ocho años y medio había alcanzado un nivel similar al de los niños de su edad. En tan sólo dos años había aprendido lo que a un niño normal le toma 6 años.

En ese mismo año encontraron a Anna, una niña de cinco años que vivía en Pennsylvania. Era hija de una mujer de 26 años, disminuida mentalmente que vivía con su padre. La niña comenzó a tener los mismos síntomas que su madre y fue llevada a varias instituciones para tratamiento. Inexplicablemente, luego de seis meses de tratamiento, fue encerrada en el ático en donde sólo se le proporcionaba leche para mantenerla viva.

Anna fue rescatada y luego de cuatro años de cuidados aprendió a caminar y hablar. Murió el 6 de agosto de 1942, a la edad de 10 años.

Las hermanas inglesas Louise y Mary fueron atadas a la cama desde su nacimiento. Su madre era una mujer con microcefalia y mentalmente retardada. Ambas niñas mostraban tendencias autísticas.

Louise tenía 3 años 6 meses, y Mary 2 años 4 meses, cuando fueron rescatadas por las autoridades a principios de 1973. No hablaban y parecía que tampoco eran capaces de oír.

Una niña que nació alrededor de 1960, llamada Kitty estuvo confinada durante siete meses junto con su abuela y una tía retardada en los pantanos de la Florida. Cuando cumplió 4 años, su abuela la llevó a California, en donde vivía su madre, y la dejó fuera de su casa.

La madre la dejó en adopción con una familia de ascendencia sueca. La niña aprendió hablar sueco.

En 1975 volvió a ver a su madre biológica. Ella le contó que quedó embarazada a los 15 años. Por ese entonces su padre contaba con 30 años. La madre tenía cierto retardo por lo que la dejó a cargo de su abuelo. Pero cuando Kitty tenía unos 6 meses de edad, su padre la raptó y la llevó a vivir con su amante en turno. La niña vivió con varias de las amantes de su padre, hasta que éste decidió enviarla con su madre, la abuela de Kitty, a la Florida. Allí fue confinada durante siete meses. De esa manera Kitty perdió por primera vez contacto con su madre, que fue internada en una institución mental durante cinco meses.

Pronto la abuela se dio cuenta que no podía hacerse cargo de la niña y de su hija retardada, por lo que decidió regresar a Kitty con su madre.

Para ese entonces la madre había tenido otros dos niños y pensó que era peligroso que vivieran con Kitty, por eso la dio en adopción a un matrimonio sueco que andaban en sus cincuentas.

Sus padres adoptivos regresaron a Suecia en donde Kitty se casó a los 20 años y tuvo dos hijos (niño y niña). Cinco años después abandonó a su esposo dejando a su hija, también retardada, a su cargo.

En el 2002 vivía sola en Suecia con un perro y 15 gatos

HISTORIAS DESGARRADORAS

Lucien Malson menciona a Yves Cheneau, un niño de 7 años que fue confinado en el ático por su madrastra. Ahí paso 18 meses hasta que en 1963 fue descubierto por un tío quien dio aviso a la policía.

Según el reportero Didier Leroux, quien visitó a Yves en un hospital de Nantes, el niño había olvidado cómo hablar.

Los gemelos Andrei Koluchova y Vanya Koluchova fueron encontrados en 1972, cuando tenían 12 años, encerrados por su madrastra en el ático.

Su madre murió poco después de que ellos nacieron. Los niños fueron recogidos por la asistencia social quien se hizo cargo de ellos durante un año. Luego los dejaron con una tía materna por otros seis meses.

El padre se casó y se los llevó a vivir con él. La madrastra decidió encerrarlos durante los siguientes cinco años y medio. Acostumbraba pegarles aprovechando la ausencia del padre que tardaba días fuera de la casa debido al trabajo.

Cuando los rescataron, descubrieron que presentaban retraso mental, problemas con el habla y enanismo por la mala alimentación. Los niños fueron adoptados por una mujer que los sacó adelante mediante programas de rehabilitación física y mental. Llegaron a convertirse en especialistas en electrónica. Ambos están casados y tienen hijos.

Cuando nació Adán, en 1973, fue abandonado por su madre. Pasó los primeros 16 meses de su vida en un reformatorio de niñas, en un cuarto sin ventanas, sin juguetes y sin compañeros de juego. Las autoridades colombianas no supieron hacerse cargo del niño.

La historia de la “Niña pollo de Portugal” no es muy diferente, pero de ella nos ocuparemos más adelante

Andrew Ward, el más famoso especialista de niños salvajes, recibió una carta en la que le informaban del caso de una niña a la que dieron el nombre de Madonna. Se trataba de una niña con Desórdenes de Personalidad Múltiple, tal vez generado por el consumo de alcohol de su madre y los traumas a los que fue sometida desde temprana edad. Se especuló que la madre era una consumidora de alcohol y de drogas cuando estaba embarazada.

Madonna y su medio hermano, Martín (también un pseudónimo), 1 año más grande, fueron vendidos a cambio de drogas a un traficante de 20 años y su amante de mediana edad. Estos, a su vez, la vendieron con propósitos sexuales.

Los trabajadores sociales encontraron a Maddona a la edad de 6 o 7 años en un pueblo rural. Estaba en pésimas condiciones: desnutrida, con algunos huesos rotos y problemas oculares.

La niña señaló que estuvo confinada en diversas etapas de su corta vida en lugares como cajuelas de automóvil, sótanos, ático e incluso un horno.

Presentaba once personalidades perfectamente desarrolladas. Muchas de ellas tenían un lenguaje de infante, pero otras abordaban temas de carácter netamente sexual. A diferencia de otros niños salvajes, sólo permanecía muda cuando entraba por primera vez en contacto con alguna persona. Luego, al conocerla, se convertía en una hábil conversadora, como si tratara de acaparar toda la atención.

Con la misma intención, Madonna se ofrecía sexualmente a cualquiera, hombre o mujer, niños o ancianos. Fue diagnosticada como predadora sexual e ingresada a una institución mental de alta seguridad, debido a su propensión por escaparse. Actualmente madonna es adulta y está en la prisión.

Dominique era una niña canadiense que fue encontrada en confinamiento en 1982, a la edad de 5 años. La encerraron en el sótano bajo el calentador. No tuvo ningún contacto con el mundo exterior de no ser por las ocasionales visitas de su madre y de un gato.

Fue rescatada por el doctor Aimée Leduc de Laval University, que la sometió a un programa de educación. Al igual que Isabelle, Dominique tuvo grandes progresos, que son relatados en el libro de Leduc: L’histoire d’apprentissage d’une enfant “sauvage”.

Continuará…

Los niños salvajes (18)

LOS SESENTAS

El niño macaco de Teherán, de 14 años, fue encontrado en 1961.

En 1962, según un informe, los geólogos encontraron a niño de unos siete años que corría con una manada de lobos en una región del desierto de Turkmenistan, en el Asia central, al Sur de Rusia. Los hombres lanzaron una red sobre el muchacho, pero los lobos acometieron para protegerlo, rasgando la red. Al final, todos los lobos fueron asesinados. El niño mordió a uno de sus captores.

Cuatro años antes se había perdido un niño, llamado Djuma (niño salvaje), al que le habían enseñado a pronunciar algunas palabras. Contó a los antropólogos que su familia fue asesinada en una purga política y que su madre se acostó sobre él para protegerlo. Luego escapó y se unió a una manada de lobos. También contó cómo cabalgaba en el lomo de su madre lobo cuando iban de caza, y más tarde aprendió a correr en cuatro patas. Lo cuidaron en el Hospital Republicano en Ashkhabad y fue hasta años después que se acostumbró a dormir en una cama. En un informe de noticias de 1991, se decía que todavía se arrastraba en cuatro patas, comiendo solo carne cruda, y mordiendo cuando esta enojado. En ese entonces el doctor Rufat Kazirbaev, jefe de investigación psiquiátrica en el hospital, dudaba que perdiera sus modales de lobo.

France Press, del 24 de mayo de 1963, reportó a Yves Cheneau de Saint-Brévin, de 7 años, 1963. Se trata de un niño que creció confinado. Su madrastra lo encerró en el sótano de su casa, pero fue descubierto 18 meses más tarde por uno de sus tíos, quien dio aviso a la policía.

EN EL SAHARA OCCIDENTAL

En septiembre de 1961, el poeta, antropólogo, geólogo y explorador francés (de la región vasca), Jean-Claude Auger (alias Jean-Claude Armen), viajaba solo a través del Sahara español (Río de Oro) cuando se reunió con algunos nómadas de la tribu Nemadi, que le informaron sobre un niño salvaje que vivía a unos días de viaje.

Siguiendo la dirección indicada por los nómadas. Descubrió desde lejos, en el horizonte, un niño desnudo. Era “una forma humana desnuda… esbelta y con largo pelo negro, corriendo con saltos enormes entre una larga cabalgata de gacelas blancas”.

Todos los animales, incluyendo el muchacho, corrieron al percibir el olor de Armen. Durante días el explorador intentó acercarse al muchacho, pero siempre obtenía el mismo resultado: la manada corría a refugiarse. Auger encontró un oasis pequeño de arbustos de espinas y palmas datileras y esperó la manada. Tres días más tarde, su paciencia fue recompensada: apareció la manada, pero al darse cuenta de su presencia volvieron a escapar.

Finalmente recordó aquello de “la música amansa a las bestias”. Comenzó a tocar una pequeña galoubet (flauta berebere) y el método pareció dar resultados. El primero en acercarse fue un pequeño cervatillo. Poco a poco fue perdiendo el miedo. Llegó hasta Armen, lo olfateó y lamió sus manos. Instintivamente el explorador lamió el lomo del cervatillo, pensando que era un tipo de saludo. Luego vino una gacela hembra, seguida del macho líder de la manada. En todos los casos hubo olfateos y lamidas. Finalmente se acercó el chico y siguió el mismo protocolo. Mostró “sus ojos animados, oscuros, en forma de almendra y una expresión agradable, abierta… parecía tener cerca de 10 años; sus tobillos son desproporcionadamente gruesos y obviamente poderosos, sus músculos son firmes y temblorosos; una cicatriz, donde un pedazo de carne se debe haber rasgado del brazo, y algunas incisiones profundas mezcladas con rasguños ligeros (¿los arbustos de espinas o las marcas de viejas luchas?) forman un tatuaje extraño”.

Durante quince días siguió esta rutina hasta ganarse la confianza de los animales. Comprobó que el niño se había adaptado totalmente a la vida del rebaño. Iba desnudo sin resentir, aparentemente, los cambios de temperatura. Podía correr muy rápido y mantenerse con las gacelas, desplazándose tanto cuadrúpeda como bípedamente. La adaptación llegaba hasta el punto de olisquear y lamer a las gacelas como hacían estas entre sí. La adaptación era tan notable que Armen se preguntaba:

“¿Cómo pudo un niño atrasado, aún “ayudado” por los animales, seguir existiendo en un medio tan duro como el desierto?”

Armen cuenta en su libro El niño salvaje del desierto, que estuvo con él varias veces. Pastaba en la hierba, extraía raíces, y parecía ser aceptado a fondo por las gacelas como miembro de la manada. En sus huellas se podía apreciar que “el peso descansa sobre la parte delantera del pie y apenas deja impresión en la arena, lo que revela una rara flexibilidad”.

Habitualmente crispaba sus músculos, cuero cabelludo, nariz y oídos, como el resto de la manada, en respuesta al ruido más leve. Incluso en el sueño más profundo parecía constantemente alerta, levantando su cabeza con los ruidos inusuales, aunque débiles, y oliendo alrededor de él como las gacelas.

El lenguaje de las gacelas no se limitaba a olfateos y lamidas. Había murmullos, rumores, resoplos y otros sonidos. También se comunicaban moviendo la cabeza, las orejas, el rabo y las pezuñas. El muchacho actuaba como cualquier otra gacela. Estiraba el cuello para olfatear; comía hojas y hierba sin utilizar las manos; olfateaba los rastros de orina y estiércol; crispaba los vellos y levantaba las cejas y orejas ante el más leve ruido. Otros signos le era imposible reproducirlos: algunos sonidos o los movimientos de la cola, que trataba de imitar colocando la mano en esa posición y moviendo los dedos. Por el contrario el joven, a diferencia de las gacelas, podía trepar a los árboles.

Auger describe cómo aprendió gradualmente a descifrar el significado de cada gesto y movimiento de las gacelas, que el muchacho compartía con la manada. Había un código complejo para indicar la distancia de las fuentes de alimento; y la interacción social con intercambios de lamidas y olisqueos. Todos los miembros lo olfateaban, pasaban sus morros entre sus cabellos e incluso le tironeaban con sus dientes. El niño estaba plenamente integrado al rebaño. Comía raíces del desierto con sus dientes, abría las ventanas de su nariz como las gacelas. Parecía ser herbívoro aparte de comer lagartos o gusanos ocasionales cuando no había plantas. El borde de sus dientes era plano como los de un animal herbívoro.

Había una gacela, una hembra mayor, que parecía tener una particular predilección por el niño. Quizá se trataba de la madre adoptiva.

El muchacho emitía una clase de grito mudo desde la parte posterior de su garganta con su boca cerrada, también pronunciaba una palabra: kal (khah), que al parecer significaba piedra o roca.

Como el muchacho de vez en cuando asumía un paso vertical, Auger supuso era hijo de un Nemadi, una tribu nómada, y que pudo haberse perdido durante alguno de los traslados o lo habían abandonado aproximadamente a los siete u ocho meses, cuando ya había aprendido a estar parado. Los nemadis son conocidos por su habilidad para correr rápido. Los niños comienzan a caminar a muy temprana edad. De esa manera se podía explicar que pudiera caminar como los humanos.

Armen comprobó que el niño sentía verdadero terror por el fuego, como las gacelas, y cuando oía tocar una flauta, su mirada se perdía y quedaba inmóvil. La música fue el medio que utilizó el profesor Armen para ganarse la confianza del niño.

Así pasó dos meses con la manada y ya que el muchacho parecía feliz, Armen lo dejó con su familia de gacelas, sin tomar ninguna fotografía para protegerlo de la interferencia humana, según dijo. El contacto de Armen con la manada fue intermitente. Tres años después en 1963, en su segunda visita, el explorador encontró que el chico había escalado en el rango del rebaño. Ahora ocupaba una segunda posición inmediatamente después del macho líder. Parece que la “madre sustituta” ya había muerto. En esta ocasión Armen tomó algunas fotografías.

En esta segunda visita, Auger volvió con un capitán del Cercle Militaire Française d’El Aioudj-Idjil y su ayuda de campo, guardando su distancia para evitar espantar la manada. La curiosidad los superó y el capitán no se contentó con sólo mirar, eventualmente y persiguieron al muchacho en un jeep para ver qué tan rápidamente podía correr. Esto lo asustó, aunque alcanzó una velocidad de 54 kilómetros por hora, con saltos continuos de cerca de 4 metros.

Sus perseguidores no pudieron continuar a través del terreno áspero, y la manada desapareció mientras que el jeep sufría una ponchadura. En 1966 los soldados americanos de la base de la OTAN en Villa Cisneros, intentaron atrapar al muchacho con una red suspendida de un helicóptero, pero fracasaron. Lo mismo ocurrió en junio y julio de 1970.

En 1971, al publicarse el libro de Armen en Inglaterra, The Daily Mirror envió uno de sus periodistas al Sahara para verificar la historia de primera mano. En su edición del 1 de febrero mencionaba que el niño que se desplazaba a saltos entre una manda de gacelas y que nunca fue capturado.

PARA HACERSE AMIGO DE LAS GACELAS

¿Cómo pudo el niño tener éxito en volverse animal con los animales? ¿Cómo dos especies aprendieron a comunicarse una con la otra y a comprender los significados de la otra, considerando que nacieron con diferentes medios de comunicación?

El etnólogo Vitus B. Dröscher describe un “truco” para hacerse amigo de los rebaños de cebras y antílopes (y que tal vez funcione con las gacelas):

“En las últimas horas del atardecer se coloca en una tienda de campaña móvil, “una roca caminante”, que poco a poco se desliza hasta colocarse en medio del rebaño. Por la noche, cuando ya reina la oscuridad, se sale de la tienda de campaña y se sitúa entre los animales que duermen. Al día siguiente, cuando el rebaño despierta, ya es uno de ellos. Quien ha dormido con las cebras y los antílopes demostró ya que no es un enemigo y, por lo tanto, se acepta su compañía.

“El investigador tiene que prestar atención a no quedar dormido a la salida del Sol, cuando despierta el resto del rebaño, pues si siguiera durmiendo sería despertado con una buena coz, cariñosa, de algún miembro del rebaño, que en realidad sería el equivalente de despertar cariñoso de un amigo a otro, que vendría a decir: “¡Venga, despierta! Ahora vamos todos a beber y a desayunar, y te podría pasar algo malo si te quedas aquí solo”. Pero una coz así, que nada representaría para una cebra, podría resultar muy dolorosa para el débil ser humano”.

Es más que probable que esa coz “cariñosa” fuese mortal para un bebé de un año. Podríamos conceder que, de alguna “extraña” manera, el niño encontrado por Armen apareció un buen día en medio del rebaño de gacelas y que por ello fue aceptado por los animales; pero lo difícil es aceptar que haya sobrevivido despertando puntualmente todas las mañanas para seguir al rebaño.

También podríamos aceptar que los lobos lleguen a alimentar con carne a un bebe, pero sería más que difícil que éste se alimente de hojas y pasto. Finalmente, las fotografías que mostró Armen presentan a un niño básicamente europeo (¿francés?) y no a un descendiente de africanos que se mueven en caravanas. El caso es altamente sospechoso y más bien parece haber sido inventado por Armen para vender su libro, tomando como base la historia, también ficticia, del niño gacela de Siria.

Continuará…

Los niños salvajes (17)

RAMU

La historia de Ramu, el “niño-lobo” de la India, es similar. En 1954 un obrero ferroviario, al echar casualmente un vistazo a un vagón que se encontraba en una vía muerta del ferrocarril de tercera clase, tropezó con un niño de mirada “completamente bestial” que jugaba en compañía de tres cachorros de lobo.

Los sucesos ocurrieron el 17 de enero de 1954 cerca de la ciudad de Laknau o Lucknow, estado de Uttar Pradesh, al norte de la India. El niño, de unos 10-12 años, no comprendía el habla, probablemente era retrasado mental. Era incapaz de andar sobre sus dos piernas, lo hacía con las rodillas y las manos, por lo que sus rodillas y las palmas de las manos estaban cubiertas de sólidas acrecencias callosas. Tenía los miembros deformados. Estaba totalmente desnudo. Su cuerpo está cubierto con cicatrices hechas, aparentemente por espinas y ramas agudas. En la nuca tenía unas cicatrices parecidas a las que dejan los colmillos de un perro. No hablaba, sólo articulaba sonidos no humanos, y se comportaba de manera agresiva. Los dientes los tenía deformes: puntiagudos y saliéndole de la boca. Comía frutas y carne cruda arrebatándola con sus dientes, lamía la leche de un plato y masticaba los huesos. Para dormir se arrinconaba en una esquina y protegía su cabeza como habitualmente hacen los lobos.

Fue llevado al Hospital de Balramphur en Laknau, a 400 kilómetros de la capital, donde recibió atención médica, pero también fue expuesto al público. La noticia causó verdadera sensación y se extendió por toda la ciudad, llegando a rebasar las fronteras de la India. Atrajo multitudes, aunque los boletos costaban algunos annas. Más de 12,000 lo visitaron durante las primeras dos semanas que Ramu estuvo “en exhibición” en el patio del hospital. Las 800 rupias ganadas fueron a una caridad, que por cierto, no cubría el caso de Ramu.

En el periódico The Hindu, del 10 de febrero de 1954 podemos leer:

“El “Niño lobo” de 7 años, que había estado internado en el Hospital de Balramhpur Hospital desde el 17 de enero, ha encontrado a sus padres. Se dice que pertenece a la comunidad Khatick y vivió en Lucknow. Según ellos, Ramu, como se conoce a este niño, fue raptado por un lobo mientras dormía en el regazo de su madre una noche hace seis años. Se hicieron esfuerzos desesperados para encontrarlo, y finalmente se creyó que había muerto. Una visita al Hospital de Balramphur después de los reportes de la prensa llevó al reconocimiento del “Niño lobo” por sus padres, quienes lo identificaron por una marca sobre su sien y una mancha azulosa en su muslo derecho”.

En efecto, en medio de toda esta confusión, un pobre vendedor de frutas, llamado Prasad, se presentó con su esposa en el hospital donde se cuidaba al niño y pidió que se lo mostraran.

Ocho años atrás había desaparecido su hijo y, según él, lo más probable era que lo hubiera raptado un lobo, cuando la madre con el hijo dormían en el patio, en una estera.

“Si éste es mi hijo”, indicó Prasad, “debe tener en la sien una pequeña cicatriz”.

Y efectivamente, el niño poseía esa marca. Ramu le fue entregado a su padre. Pare ese entonces ya le había tomado el gusto al pan y los vegetales cocidos.

Pero Ramu no estaba interesado en la compañía de los seres humanos y particularmente les temía a los adultos, pero cuando fue llevado al zoológico se vio particularmente agitado cuando vio a los lobos. En una visita al zoológico no quiso alejarse de la jaula de los lobos y mordió a sus cuidadores que intentaron arrastrarlo. Esto, junto con el hecho de que Ramu lamía la leche del plato, desgarraba su comida y era feliz royendo huesos por horas, sugirió a los doctores que había crecido entre lobos y por eso le llamaron el Segundo niño lobo de Lucknow.

Un reporte proveniente de Nueva Delhi relata otra historia parecida:

“Ramu fue dejado a una distancia de doscientos metros de la entrada a la foresta. Apenas se hubieren alejado quienes lo cuidaban, el niño, que no habla, comenzó a gatear rápidamente hacia los primeros árboles, donde empezó a aullar. No tardaron mucho en contestarle no uno, sino muchos aullidos similares desde el fondo de la selva. Ante esta respuesta Ramu mostró una agitación singular y comenzó a girar sobre sí mismo para detenerse luego y repetir el llamado. Fue entonces cuando se asomó el largo hocico de un lobo oscuro que se acercó al niño pausadamente. (…). Ramu restregó sus labios contra el hocico del animal, que era en realidad una loba. Los cuidadores trataron de atrapar a la bestia pero ésta, tras intentar en vano subirse a un árbol, se perdió a la carrera entre el espeso monte”.

Tiempo después, a la muerte de sus padres, Ramu fue internado en un asilo para indigentes. Ahí fue estudiado durante 15 años por un grupo de médicos y especialistas de toda la India y de otras partes del mundo. Nunca aprendió más de cuarenta palabras y sus avances fueron bastantes limitados. Se sentía intimidado por la presencia humana. Prefería la compañía de los animales.

Los periódicos reportaron que murió el 20 de abril de 1968.

Según datos estadísticos de la misma India, existen registrados 31 casos de niños salvajes, de los cuales 29 pudieron sobrevivir a las dificultades de la selva con la simpatía y cariño de los animales que los amamantaron.

Continuará…

Los niños salvajes (16)

NIÑOS SALVAJES EN ESPAÑA

Otro niño que había aprendido a hablar antes de vivir con los lobos fue Marcos Rodríguez Pantoja, “el niño salvaje de la Sierra Morena”, que tenía cerca de siete años cuando lo abandonaron en los bosques montañosos solitarios del sudoeste de España en 1953. Poco antes lo habían vendido a un anciano pastor, que al morir dejó al ganado y al niño a la buena de dios. El niño vivió por un tiempo en la choza, pero luego se trasladó a una cueva. Pasó los siguientes 12 años sin hablar a otro ser humano. El día que la Guardia Civil le rescató de esa vida, apenas sabía un puñado de palabras y caminaba descalzo. Dicen que cuanto adquirió más vocabulario, le dio por repetir: “Yo, con mucho gusto, volvería”.

Marcos había nacido el 7 de mayo de 1946 en un pueblo de Jaen. Sus padres lo vendieron al anciano pastor para que le ayudara a cuidar sus cabras. El anciano sólo vivió unos cuantos meses y dejó a Marcos en las montañas.

Una vez al año los vecinos del pueblo subían para llevarse a las cabras más jóvenes. En esa ocasión le llevaban alimento, pero Marcos decía que era tan malo, que pefería seguir comiendo perdices, huevos, frutas y plantas.

En el monte se hizo amigo de los lobos. Cuando la Guardia Civil llegó a rescatarlo, su piel se había tornado morena y estaba cubierta de cicatrices. Sus pies estaban llenos de callos, pues andaba descalzo.

La historia la recogió Gabriel Janer Manila en su tesis doctoral La problemática educativa dels infants selvátics: el cas de Marcos (1979) y posteriormente en su libro L’Infant selvàtic de Sierra Morena (1999), y también fue el argumento de “Marcos”, una obra para niños del dramaturgo británico Kevin Lewis. En la obra Marcos, tras un duro proceso de adaptación, termina siendo camarero, pero vive triste recordando su antigua vida, cuando criaba una manada de ovejas en lo alto de las montañas, y tenía por amigos a un grupo de lobos y pájaros.

Cuando se publicó el libro, el psicólogo mallorquin Gabriel Janer no desveló su paradero, pero afirmaba que llevaba una vida más o menos normal como pastor.

Otro caso similar. En 1960 la Guardia Civil de As Neves, Pontevedra recibió una denuncia de que un joven estaba atado a un poste en medio de un rebaño de cabras. Lo recogieron y lo llevaron al Hospital Provincial de Pontevedra para que fuera atendido por A. Vázquez, profesor de psicología en el Monasterio Mercedario de Poio, graduado en la Universidad de Lovaina.

Vázquez llevó al joven de 15 años al Convento-Mosteiro de Poio para que lo cuidaran. Balaba como una cabra y hacía ruidos como de cerdo. Sus padres eran un campesino portugués y una aldeana gallega que todos los días, al salir a trabajar, dejaban amarrado al niño en el pesebre de las cabras. El “niño cabra” andaba a gatas, gruñendo, comiendo del suelo y defecando en donde le agarraba la naturaleza.

En 1980 fue capturado un “niño-mono” por varios habitantes de La Junquera, cerca de la frontera Catalana-Española con Francia. Era un niño de 13 años, hijo de un costarricense y una húngara, que trepaba a los árboles tan bien como cualquier simio. Las primeras versiones habían catalogado a Aureliano Alvaro Takacs, que así se llamaba, como un niño mono que lanzaba horribles y guturales chillidos y apedreaba a todo ser humano que se le acercara.

Lo único cierto de la leyenda era su agilidad para desplazarse por los espesos bosques de la región.

Continuará…