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Los niños salvajes (16)

NIÑOS SALVAJES EN ESPAÑA

Otro niño que había aprendido a hablar antes de vivir con los lobos fue Marcos Rodríguez Pantoja, “el niño salvaje de la Sierra Morena”, que tenía cerca de siete años cuando lo abandonaron en los bosques montañosos solitarios del sudoeste de España en 1953. Poco antes lo habían vendido a un anciano pastor, que al morir dejó al ganado y al niño a la buena de dios. El niño vivió por un tiempo en la choza, pero luego se trasladó a una cueva. Pasó los siguientes 12 años sin hablar a otro ser humano. El día que la Guardia Civil le rescató de esa vida, apenas sabía un puñado de palabras y caminaba descalzo. Dicen que cuanto adquirió más vocabulario, le dio por repetir: “Yo, con mucho gusto, volvería”.

Marcos había nacido el 7 de mayo de 1946 en un pueblo de Jaen. Sus padres lo vendieron al anciano pastor para que le ayudara a cuidar sus cabras. El anciano sólo vivió unos cuantos meses y dejó a Marcos en las montañas.

Una vez al año los vecinos del pueblo subían para llevarse a las cabras más jóvenes. En esa ocasión le llevaban alimento, pero Marcos decía que era tan malo, que pefería seguir comiendo perdices, huevos, frutas y plantas.

En el monte se hizo amigo de los lobos. Cuando la Guardia Civil llegó a rescatarlo, su piel se había tornado morena y estaba cubierta de cicatrices. Sus pies estaban llenos de callos, pues andaba descalzo.

La historia la recogió Gabriel Janer Manila en su tesis doctoral La problemática educativa dels infants selvátics: el cas de Marcos (1979) y posteriormente en su libro L’Infant selvàtic de Sierra Morena (1999), y también fue el argumento de “Marcos”, una obra para niños del dramaturgo británico Kevin Lewis. En la obra Marcos, tras un duro proceso de adaptación, termina siendo camarero, pero vive triste recordando su antigua vida, cuando criaba una manada de ovejas en lo alto de las montañas, y tenía por amigos a un grupo de lobos y pájaros.

Cuando se publicó el libro, el psicólogo mallorquin Gabriel Janer no desveló su paradero, pero afirmaba que llevaba una vida más o menos normal como pastor.

Otro caso similar. En 1960 la Guardia Civil de As Neves, Pontevedra recibió una denuncia de que un joven estaba atado a un poste en medio de un rebaño de cabras. Lo recogieron y lo llevaron al Hospital Provincial de Pontevedra para que fuera atendido por A. Vázquez, profesor de psicología en el Monasterio Mercedario de Poio, graduado en la Universidad de Lovaina.

Vázquez llevó al joven de 15 años al Convento-Mosteiro de Poio para que lo cuidaran. Balaba como una cabra y hacía ruidos como de cerdo. Sus padres eran un campesino portugués y una aldeana gallega que todos los días, al salir a trabajar, dejaban amarrado al niño en el pesebre de las cabras. El “niño cabra” andaba a gatas, gruñendo, comiendo del suelo y defecando en donde le agarraba la naturaleza.

En 1980 fue capturado un “niño-mono” por varios habitantes de La Junquera, cerca de la frontera Catalana-Española con Francia. Era un niño de 13 años, hijo de un costarricense y una húngara, que trepaba a los árboles tan bien como cualquier simio. Las primeras versiones habían catalogado a Aureliano Alvaro Takacs, que así se llamaba, como un niño mono que lanzaba horribles y guturales chillidos y apedreaba a todo ser humano que se le acercara.

Lo único cierto de la leyenda era su agilidad para desplazarse por los espesos bosques de la región.

Continuará…

Los niños salvajes (15)

CAUCAU EL NIÑO LOBO

Agosto de 1948. Llanquihue, Décima Región, en la Patagonia chilena. Los asustados vecinos de Puerto Varas solicitan la intervención de los carabineros: “Hacía varios días que los lugareños notaban una extraña presencia: alguien, o algo, andaba merodeando en los potreros, mamando de las vacas y robando huevos de los gallineros. Tenían miedo. Rodeados de leyendas indígenas que hablaban de criaturas terroríficas, creyeron que se trataba de una especie de monstruo. Porque, además, cuando caía la noche, se escuchaba un inquietante aullido”.

Se organiza una batida con perros de caza, a cargo del teniente José Elías Fuentealba y en poco tiempo se encuentra al intruso: un ser cubierto de pelos, piel llena de cicatrices y callosidades, que andaba a gatas, aullaba y emitía un sonido que parecía “cau-cau”. Era un niño de unos 8 años de edad que fue enviado a la cárcel pública de Puerto Varas.

El pobre niño estaba asustado y ponía los ojos en blanco. Parecía un oligofrénico por lo que pronto fue enviado al Hospicio de Santiago en donde fue estudiado y se determinó que su atraso era debido a la mala utilización de un forceps durante el parto. Poseía unas habilidades peculiares: podía ver en la oscuridad, tenía una gran fuerza y su sentido del olfato estaba muy desarrollado: lograba distinguir el olor de la carroña a kilómetros de distancia.

Al parecer provenía de alguna familia indígena de la región de Llanquihue. Vicente (que así lo bautizaron) recordaría que sus padres eran alcohólicos y se ocupaban muy poco de sus hijos. Vicente se fue alejando poco a poco de la casa hasta abandonarla por completo siendo todavía muy niño, tal vez unos 3 o 4 años.

En el bosque, al interior de Osorno, Vicente se alimentaba de raíces y plantas. Desarrolló una gran fuerza y su cuerpo se cubrió de un vello espeso y de múltiples cicatrices y callosidades. Dicen que vivió con una puma que lo amamantó y cuidó durante 7 u 8 años, pero de esa parte de su vida nada está claro.

Luego de ser capturado por los carabineros, Cau Cau se convirtió en un imán para la prensa, pero luego fue olvidado. Pasó dos años en el Hospicio de Santiago. Por las noches se ponía a gatas y comenzaba a aullar.

Del hospicio lo rescató una profesora de castellano y especialista en lenguaje, de Villa Alemana, llamada Berta Riquelme, cuando ya tenía 12 años. “Mamá Berta”, como la llamaba Vicente, le dio el cariño que nunca tuvo y le enseñó a hablar, leer y escribir. También le dio un hogar, le enseñó a comer, pues tomaba los alimentos crudos y sin usar las manos, a caminar erguido y a asearse.

Por ese entonces comenzó a coleccionar calcetines, corbatas y botones. También fue estudiado por varios de los principales doctores chilenos: Armando Roa, Gustavo Vila (cuñado de Berta) y la doctora Capdeville.

Esta etapa no duró mucho. En 1965 Berta Riquelme falleció dejando nuevamente desamparado a Vicente. A sus 25 años se pasaba todas las tardes en el cementerio regando la tumba de su madre adoptiva para que pudiera salir y estar nuevamente con él. Luego se obsesionó con la muerte. No es que le temiera. Lo que le daba miedo era que lo fueran a cortar en pedazos para luego tirarlo al mar. Si moría, se quería quedar al lado de Berta: “En el cementerio sí, al lado de mamá Berta”.

La hermana de Berta se hizo cargo de Vicente y lo llevó a vivir a Santiago. Ahí trabajó de acomodador de autos. Ahí también se reunió con Cristian Vila Riquelme, el sobrino de Berta al que había visto nacer y que paseaba cuando era “guagua”. Cristian llegaría a escribir su vida en una novela titulada Crónicas del niño lobo.

Con el tiempo Vicente se fue a vivir a Horcón y luego a Campiche en donde trabajó con la señora Irma que por ese entonces lo había acogido en su casa. La primera vez que estuvo en Horcón fue en 1957 cuando fue a la casa de verano de los Vila.

En 1973 se hizo presente un medio hermano de Vicente, pero su relación se mantuvo con visitas que se fueron distanciando cada vez más en el tiempo.

Al paso de los años, Vicente fue perdiendo varias de sus características salvajes. Lo primero fue el espeso vello que le cubría casi todo el cuerpo, luego fue el olfato y la visión nocturna.

Dicen que la famosa playa de Cau Cau le debe su nombre a Vicente.

Continuará…

Los niños salvajes (14)

EL NIÑO GACELA DE SIRIA

Se supone que en 1945 fue capturado el primer niño gacela en el desierto de Siria. Uno de los informes proviene de Abdul Karim, de Bagdad, escrito en agosto de 1946 citando una fuente de El Cairo de 1945.

Según Karim, el jefe de la tribu Ruweili, Amir Lawrence al Sha’ alan, atrapó un muchacho salvaje en el desierto Transjordano, entre Siria e Irak, durante una batida de caza.

“Me asombré al ver lo que parecía un muchacho que corría en medio de una manada de gacelas que perseguíamos”, dijo el Amir. “Llamé a los ocupantes de los otros coches para parar de tirar. Seguíamos estando alejados, pero podíamos ver que el muchacho corría tan rápidamente como las gacelas. Perseguimos la manada en nuestros coches a unos 80 kilómetros por hora, mientras tanto él continuaba con ellas, corriendo a un paso mitad-humano, mitad-animal. Vimos repentinamente al muchacho tropezar y caer. Cuando llegamos a él encontramos que su pierna había sido dañada por una piedra grande. Él nos miraba con miedo con sus ojos luminosos y se contraía cuando lo tocábamos, emitiendo un grito como una gacela herida”.

El muchacho tenía unos 1.70 metros de altura y su piel era tersa, aunque cubierta de un pelo fino. Estaba “tan delgado que los huesos se podían contar fácilmente debajo de la carne, con todo era más fuerte físicamente que un hombre normal”.

El Amir lo llevó con el doctor Musa Jalbout a una de las estaciones británicas de la Iraq Petroleum Company, para que curara sus heridas. Cuando estuvo curado el chico intentó escapar, pero fue remitido al cuidado de cuatro doctores de Bagdad. El doctor Jalbout dijo que actuaba, comía y gritaba como cualquier gacela, y que no tenía ninguna duda que había vivido toda su vida entre las gacelas, siendo amamantado por ellas y comiendo la escasa hierba del desierto junto con la manada.

Los doctores lo estudiaron y pensaban que tenía cerca de 15 años. No hablaba y seguía comiendo sólo hierba. Le enseñaron a comer pan y carne. Se dijo que tal vez era hijo de algún beduino y que fue abandonado en el desierto, en donde fue adoptado por las gacelas.

Pero según Ivan T. Sanderson, la historia “resultó ser un invento de un periodista aburrido de El Cairo durante la Segunda Guerra Mundial”. Probablemente Sanderson estaba en lo cierto ya que es increíble que el niño pudiera alcanzar esa velocidad de casi el doble del record olímpico (en carreras cortas).

Esta historia tendría una secuela en 1960 y 1963.

Continuará…

Los niños salvajes (13)

NIÑOS SALVAJES EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XX

En 1920, además de Kamala y Amala, fue encontrado un niño pantera, mencionado por Andre Demaison en 1953.

En el periódico The Pionner, del 5 de abril de 1927, aparece un reportaje de la captura de otro niño lobo en una cueva cerca de Maiwana a unos 115 kilómetros de Allahabad. Para Charles MaClean este caso probablemente es un fraude ya que ocurrió a tan sólo cinco meses de que el caso de Kamala y Amala fuera dado a la publicidad.

Demaison también estudió al niño de Casamance, de 16 años, Assicia de Liberia, ambos encontrados en 1930; y al niño gacela de Siria, en 1946.

Robert M. Zingg comienza sus estudios de niños salvajes con el niño de Jhansi (1933) y concluye con un segundo niño leopardo (1938), de 8 años de edad.

En diciembre de 1933 un leñador capturó a un niño de unos cinco años de edad en las selvas de la provincia de Ahuachapán en El Salvador. El muchacho, apodado “Tarzancito”, había vivido solo desde la infancia, subsistiendo con una dieta de frutas silvestres y pescados crudos. Un periodista americano, Ernie Pyle, informó que cuando el niño regresó a la sociedad humana, se comunicaba gritando y con frecuencia atacaba y mordía a la gente. Tarzancito aprendió a hablar y se adaptó a la vida humana.

En 1935 una familia de beduinos perdió a su hijo de cinco años mientras hacían un recorrido por el Norte de África. Diez años después unos cazadores encontraron a un joven cabalgando un avestruz. Era Sidi Mohamed, el niño perdido, quien contó una historia asombrosa. Dijo haber encontrado un nido de avestruz con polluelos y se hizo amigo de los padres. Sidi logró sobrevivir con ellos por 10 años, alimentándose de hierbas y aprendiendo a correr tan velozmente como las avestruces. En la noche, los dos avestruces lo abrigaban extendiendo cada uno un ala sobre él. Finalmente fue regresado a sus padres.

En 1937, se documentó el caso de una niña, en Turquía, que había pasado ocho años viviendo con una familia de osos. Se le encontró en los bosques de las montañas cercanas a Adana en compañía de una osa. Los cazadores mataron a la osa y luego tuvieron que enfrentarse a un pequeño pero poderoso “espíritu de los bosques”. Cuando finalmente lo controlaron, este resulto ser una niña, aunque se comportaba como un oso. Las investigaciones demostraron que una niña de dos años había desaparecido de una aldea próxima 14 años antes, y se suponía que un oso la había adoptado. La “niña de los osos” fue enviada a un asilo para lunáticos en Bursa. Ella rechazaba todo el alimento cocido y dormía en un colchón en una esquina oscura de su cuarto. Ahí fue donde la encontró George Maranz quien describió el caso

En 1939 Hutton menciona un niño lobo de la India.

En Estados Unidos hubo dos casos previos a Genie, de la que nos ocuparemos más tarde. El primero ocurrió en 1938 en Pennsilvanya, la niña Ana. El segundo fue otra niña, Edith de Ohio encontrada en 1940.

“En todos mis viajes, la única vez que dormí profundamente fue cuando estaba con los lobos… Los días con mi familia de lobos se multiplicaron. No tengo ninguna idea de cuántos meses pasé con ellos pero deseaba que durara para siempre – era mucho mejor que volver al mundo de mi propia especie. Hoy, aunque la mayoría de los recuerdos de mi largo viaje están grabados en tonos grises, el tiempo pasado con los lobos… se ve en color. Ésos fueron los días más hermosos que he experimentado”. Así escribió Misha Defonseca, judía huérfana que, de los cuatro a los ocho años, vagó a través de la Europa ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, viviendo de bayas salvajes, carne cruda y alimentos robados de las granjas, y reuniéndose de vez en cuando con lobos.

Continuará…