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Los niños salvajes (12)

KAMALA Y AMALA

La historia más esencial y mejor documentada de “niños-lobos” es la de dos niñas indostanas llamadas Kamala y Amala, las “niñas-lobo” de Midnapore (India).

J. A. L. Singh con su esposa Raquel y su hijo Preeti Lota, hacia 1906 cuando era maestro en una escuela de Midnapore.

En 1920 el reverendo Joseph Amrito Lal Singh, un misionero anglicano que administraba un orfanato y escuela eclesiástica, oyó que los campesinos de las aldeas de Godamuri y Midnapore, del estado de Bengala Occidental contaban sobre unos “espíritus del bosque” que solían aparecer cerca de sus chozas y merodeaban en la selva. Eran los Manush-baghas, u “hombres-fieras”, formas fantasmales vistas entre los lobos de aquellas regiones. Los testigos decían que aquellos Manush-baghas eran como seres humanos, pero corrían a gatas.

Los aldeanos de esta región al norte de la India le tenían miedo a estas apariciones pero las costumbres y principios religiosos les prohibían hacer daño a ningún ser vivo.

Singh llegó a la conclusión de que estas leyendas debían tener algún fundamento. Intrigado, siguió las indicaciones de un campesino, Singh se apostó en una vereda en donde aparecían con mayor frecuencia esas figuras fantasmales. Se subió a un árbol y se ocultó entre las ramas. No tuvo que esperar mucho tiempo. Cuando salió la Luna vio aparecer a tres lobos, dos lobatos y dos “fantasmas” andando, al igual que los lobos, a cuatro patas. Salían uno por uno sacando las cabezas hacia fuera brevemente para oler el aire de la noche antes de salir al claro. Al final aparecieron dos Manush-baghas. Singh los describe en su diario (The Diary of the Wolfchildren of Midnapore):

La iglesia de San Juan en Midnapore.

“Así apareció el ‘fantasma’: un ser esquivo, con las manos y el cuerpo de un ser humano; pero la cabeza era una gran bola de algo que le cubría los hombros y la parte superior del torso sólo dejaba un contorno del rostro visible. Muy cerca de sus pisadas se encontró a otra criatura, extraña como la primera, pero de menor tamaño. Sus ojos eran claros, brillantes y penetrantes, distintos a los ojos humanos. Ambos corrían a cuatro patas”.

Sin darse prisa. Singh decidió seguir la manada, pero los campesinos que le acompañaban se negaron a ayudarle. Singh tuvo que volver algunos días más tarde acompañado por un gran grupo de cazadores para sacar a las criaturas. La guarida de los lobos era un termitero abandonado. En su diario, dice que cuando los picos y palas pegaron en el montículo de termitas, dos lobos huyeron inmediatamente y luego salió la loba, que decidió defender a sus vástagos. Descubriendo sus colmillos y gruñendo atacó a los cazadores. Se le tuvo que matar con una lluvia de flechas. Entonces la partida de caza irrumpió en la guarida y sacó los dos “hombres fieras”, junto con dos lobeznos. Los “Manush-baghas” resultaron ser dos niñas, de unos tres y siete años. Su aspecto horroroso provenía de la masa de pelos en sus cabezas y su caminar encorvado a gatas.

Lasa Marandi, uno de los miembros de la tribu Santal que formó parte de la partida que capturó a los “Manush-baghas”.

Nunca se supo cómo llegaron a ese cubil. El espectáculo lo dejó tan asombrado y asustó tanto a los pobladores de la zona, que el reverendo Singh tuvo que emplear todas sus destrezas adquiridas en el púlpito para impedir que le dispararan a toda la manada.

Oficial de policía al lado del termitero en donde capturaron a las niñas.

Cuando nadie en las aldeas locales vino a demandar a las niñas, Singh las llevó a su orfanato, bautizando a la mayor, Kamala (el nombre de una planta medicinal, Lotus, utilizada en la india contra la tenia), y la más joven, Amala (una flor amarillabrillante). Ahí trató de educarlas.

Denganalia, un pueblo en Mayurbhanj, Orissa, donde fueron llevadas las niñas luego de su caprura.

Luego de ser capturadas, Singh llevó a las niñas hasta este templo y estanque en el camino a Amarda.

Se les alojó en un área deshabitada. Les dieron unas colchonetas para que durmieran y unas cobijas para cubrirse, pero ignoraron ambas, sin mostrar el más mínimo síntoma de frío. Como estaban desnudas trataron de vestirlas, pero las pequeñas se quitaban la ropa a mordiscos. Se arrancaron cualquier cosa que se les dio para vestirse y, finalmente, la señora Singh logró cubrirlas con unos pañales. Las niñas pasaban horas tratando de quitárselos a mordiscos. Durante mucho tiempo no quisieron reconocer vestimenta alguna arrancando todo lo que se les trataba de poner. Dormían encorvadas una encima de la otra en una bola apretada, gruñendo y crispándose durante su sueño. Tenían mucho miedo al baño.

El reverendo Singh con algunos de los niños de su orfanato.

Louis Mani Das, una de las niñas huerfanas del orfanato de Singh que fue contemporánea de kamala y Amala, en una foto de 1975 frente a las ruinas del orfanato.

El miércoles 24 de noviembre de 1920, se planeo dar un baño a las niñas. Aunque no incluía inmersión total se resitieron fieramente. Luego del baño se les cortó las grandes uñas y los mechones hechos bola de cabello. Al emerger como niñas normales se dieron cuenta que eran distintas. Aunque ambas tenían las narices chatas, grandes huecos en la nariz, pómulos altos, labios gruesos y cejas muy pobladas, Kamala tenía una cabeza más pequeña y cara redonda, mientras que Amala tenía una cara más fina, de forma oval, con una barbilla puntiaguda. Asombrosamente, según se estableció por la diferencia de edades y el poco parecido físico, las dos niñas parecían no ser hermanas. Al no tener relación familiar Singh supuso que habían sido recogidas por los lobos en momentos distintos.

Las niñas, horas después de haber llegado al orfanato.

En los meses siguientes, las niñas fueron mostrando un comportamiento similar al de los animales con los que vivieron. Emitían gruñidos extraños, ladridos, gemidos, chirridos y aullaban como los lobos, pero no hablaban. Tenían los colmillos más largos de lo habitual, poseían un excelente sentido del oído y de la vista, olfateaban todo lo que pasaba frente a ellas, le temían a la luz, al fuego y a los humanos. Preferían la carne, y aún la carroña, a la comida que les preparaban en aquel lugar. De día casi siempre dormía, y vagabundeaba por la noche. Se despertaban después de la salida de la luna. Estaban particularmente alertas por la noche; después de medianoche nunca dormían, y permanecían en constante movimiento. El menor ruido llamaba su atención. Habían pasado tanto tiempo caminando a gatas que sus tendones y empalmes se habían acortado tanto que les era casi imposible enderezarse y caminar erguidas. Tenían gruesas callosidades en sus codos, rodillas y en las eminencias tenares e hipotenares de sus manos, así como coyunturas inusualmente fuertes y gruesas en las muñecas, codos y rodillas.

Los esfuerzos de los médicos por “civilizarlas” fueron inútiles, ya que eran en verdad salvajes, aunque ellas sí se acostumbraron a una vida como animales domésticos. Vivian en verdad como mascotas, con los perros de la misión. Rehusaron tomar leche servida en tazones y no comieron hasta el día que las pusieron junto a los perros. Éstos sólo las aceptaron cuando una de ellas les quitó trozos de carne antes de irse a roer un hueso. Las niñas tenían apetito por la carne cruda y la carroña. Su captor, el Reverendo Singh, quedó atónito al descubrir que una de las niñas ahuyentó del cadáver de una vaca a unos buitres de una manera bien practicada y realizada, a pesar de que los buitres eran mucho más grandes que ella.

En una ocasión la mayor se escapó y se unió a un revoltijo de perros.

Nunca sonrieron o mostraron ningún interés en la compañía humana. La única emoción que se cruzó sus caras era miedo. Incluso sus sentidos se habían hecho como los de los lobos. Singh afirmó que su sentido de la vista era sobrenaturalmente agudo en la noche y sus ojos brillaban intensamente en la oscuridad como los de un gato. Podían oler un terrón de carne a través del patio de tres acres del orfanato. Su oído también era agudo – excepto, como Víctor, a la voz de seres humanos que parecía extrañamente inaudible a sus oídos.

Su adaptación fue tan difícil que el reverendo Singh se llegó a preguntar si no hubiese sido mejor dejarlas en el bosque. El sacerdote era un hombre pobre pero relativamente educado, que hizo todo lo que estuvo a su alcance para rehabilitarlas, pero nunca pudieron adaptarse a la sociedad.

El 4 de septiembre de 1921, Amala cayó enferma repentinamente. Comenzó como una más de las muchas enfermedades tropicales con diarrea, convirtiéndose en un par de días en disentería. Kamala también enfermó. Amala se volvió más uraña que de costumbre y no permitía a nadie cerca de ella. Luego comenzó a padecer de fiebres y, por primera vez en su vida, cayó en cama, pero siempre adoptando una posición fetal. Tenía convulsiones y palpitaciones. La tarde del 11 de septiembre fue traído el doctor Sachin Sarbadhicari, el médico familiar. Rápidamente examinó a las dos niñas.

El 15 de septiembre la temperatura de Amala bajó peligrosamente dejándola en la inconciencia. Murió unos días después, en la madrugada del 21 de septiembre.

Esto fue un gran golpe para Kamala que acababa de comenzar a perder su miedo a otros seres humanos. La niña pasó las semanas siguientes refugiada en una esquina y aullando en las noches, Singh temió por su vida. Pero pasó el tiempo y Kamala se recuperó.

Singh reinició su programa de rehabilitación. La terapia consistía en una combinación de masajes y ciertos trucos que recordaban a los de Itard. Colocaba la comida colgando a poca distancia para que la niña los pudiera alcanzar irguiéndose. Luego la entrenó para aceptar algunas costumbres humanas, como comer el alimento normal o dormir con los otros niños. Kamala aprendió a caminar erguida y a decir frases sencillas, pero cuando quería moverse a mayor velocidad, se ponía a gatas y olvidaba su posición erguida.

La primera vez que Kamala pudo mantenerse erguida, el 10 de junio de 1923.

En un principio las dos hermanas aullaban lánguidamente, y sus alaridos se repetían con intervalos regulares: cerca de las diez de la noche, a la una y a las tres de la madrugada.

A base de paciencia Singh logró que Kamala se habituara a dormir por las noches, comiera valiéndose de las manos y bebiera en un vaso.

Singh, Kamala y raquel en noviembre de 1926.

Antes de morir, Amala había estado haciendo un prometedor progreso en su lenguaje. Kamala sólo llegó a comprender alrededor de cincuenta palabras; nunca progresó tanto como los demás niños. A los quince años semejaba un niño de dos, y al momento de su muerte su nivel era el de un niño de cuatro años. Con todo, el vocabulario de Kamala era entrecortado. La palabra hindú para medicina es ashad pero Kamala pronunciaba solamente la mitad de la palabra, es decir “ad”. Asimismo, ella decía bha para bhat (arroz), bil para biral (gato) y tha para thala (plato).

Kamala jugando con un cachorro.

Singh estaba muy satisfecho de un incidente cuando le dieron algunas muñecas para jugar a Kamala y luego una caja para guardarlas. Kamala cerró las muñecas y les dijo “orgullosa” a los otros niños del orfanato: “Bak-poo-voo.” Singh interpretó esta elocución como “Baksa-pootool-vootara,” – o “Muñeca-dentro-de-caja”.

Sus últimas palabras a la esposa de Singh – posiblemente demasiado conmovedoras para ser verdad – fueron: “Mama, el pequeño duele”.

Kamala vivió hasta los diecisiete años. Finalmente, en 1929, contrajo la fiebre tifoidea y murió tras dos meses de enfermedad. Fue enterrada junto a Amala en el cementerio cristiano de St. John.

Kamala solía sentarse durante horas en una esquina de su cuarto.

La historia de Singh y sus dos niñas lobo fue conocida en los periódicos hasta 1926. El primer tratamiento científico del tema se hizo hasta 1941 con la publicación de los libros de Arnold Gesell (Wolf Child and Human Child), y Robert M. Zingg (Wolf-Children and Feral Man). El primero experto en el desarrollo infantil de la Universidad de Yale, y el segundo un antropólogo y profesor asociado en la Universidad de Denver. Ambos libros estaban basados en el diario del reverendo Singh.

Gesell creía que la cultura humana opera sobre la mente como “una matriz que moldea a gran escala, un aparato de condicionamiento gigantesco” sin el cuál seguiríamos estando al nivel de los animales.

Secuencia que muestra los experimentos de Singh para hacer que Kamala se mantuviera erguida. La comida era colocada en una parte alta que obligaba a la niña a pararse.

Pero las críticas no se hicieron esperar. En la crítica de los libros hecha en el Journal of Social Psychology se decía que las afirmaciones sobre las muchachas estaban basadas en el testimonio de un hombre y sugerían que el cuento de Singh era muy parecido a los cuentos populares comunes para ser tomado seriamente. Según el psicólogo Bruno Bettelheim, en un trabajo publicado en 1959 afirmaba que las “niñas-lobo” de Singh eran en realidad niñas autistas abandonadas por sus padres. Decía que para quienes previamente creen estar observando a niños criados por animales, cualquier conducta de tipo animal es tomada por una confirmación. El contragolpe fue tan fuerte que Gesell se distanció rápidamente de la discusión, moviéndose a la investigación en áreas menos polémicas, y Zingg perdió su puesto académico en Denver, terminando sus días como conductor de ferrocarriles y vendedor de carne.

No obstante la veracidad de este relato ha sido comprobada por numerosos investigadores. Aún el escéptico escritor Charles Maclean tuvo que conceder que “el relato del diario del reverendo Singh sobre lo que aconteció en la selva es cierto, aunque tal vez no toda la verdad”.

Un coronel del ejército inglés, William Henry Sleeman, escribió de seis o siete casos que él solo había oído hablar y que había sentido eran confiables. Si tales historias son verdaderas, la razón de su frecuencia debe estar en la naturaleza del lobo indio.

El lobo indio – color arena y menos temible que sus contraparte europea – vive en grupos pequeños donde solamente la hembra dominante cría. Mientras no producen sus propios lobeznos, las otras “hermanas” lobas ayudan en la cría y el cuidado de los jóvenes.

Solía rascar las puertas para que la dejaran entrar o salir.

También se sabe que los lobos toman a infantes humanos, ya sea después de robar en una aldea en la noche o bien de asir a un bebé dejado en un campo mientras su madre está en el trabajo. Cuando son perseguidos, los lobos dejan caer a menudo los bebés ilesos. Se supone que normalmente los lobos llevan a los niños a su guarida para comer. Pero quizás, por alguna razón, algunos de los infantes sobreviven. Como escribió Arnold Gesell, “calentada por la química de las hormonas maternales” las madres lobo pueden ser engañadas a tratar el desamparado, los infantes como sus propios lobeznos.

Los perros eran sus mejores amigos.

Las cuentas de Sleeman de tales niños lobo tienen cierta credibilidad por lo menos porque todos los niños que él describió se comportan de manera semejantemente. Al ser capturados, todos ellos corrían agachados en cuatro patas, rechazaban todo el alimento a excepción de la carne cruda en descomposición, no mostraban nada sino miedo a los seres humanos, y, por supuesto, ninguno podía hablar aunque podían oír y hacer gruñidos como lobos.

La mayor parte de las veces recibía la comida de manos de la señora Singh.

En 1937 la revista Illustrated Weekly of India publicó una serie de tres artículos (el 28 de noviembre y 5 y 12 dediciembre) en donde aparecen las fotografías de Kamala y Amala que han llegado hasta nuestros días.

Continuará…

Los niños salvajes (11)

SIGLO XX

De acuerdo con el investigador belga Bernard Heuvelmans, los relatos sobre niños criados por lobas son auténticos. Uno de tales relatos es el de un pastor italiano que descubrió a un niño que caminaba a “gatas”. Cuentan que el niño se hallaba jugando entre lobos. Al percibir la presencia del hombre, los animales huyeron pero el niño no fue tan rápido para escapar.

El pastor capturó al pequeño salvaje y lo llevó a Milán, donde lo internaron en el Instituto de Psiquiatría Infantil. Los doctores se mostraron muy interesados por el que habrían de llamar “niño-lobo”. Deseaban saber qué efectos podría haber sufrido su mente a causa de su estancia con esos animales. También les interesaba experimentar con su ritmo de aprendizaje. El niño, cuya edad aproximada se estimaba en unos cinco años, no podía pronunciar ni una palabra y rugía como una fiera. No se pudo acostumbrar a la comida y murió pronto, sin conseguir adaptarse a la vida entre los hombres.

De acuerdo con Vladimir Mezentsev, en un libro publicado en la antigua URSS en 1940, se dan a conocer catorce casos en los cuales los lobos intervinieron como “educadores” de niños.

“Quizá no sea muy difícil explicar este hecho”, dice Mezentsev. “Es que muchas de estas fieras inteligentes habitan cerca de los lugares de residencia humana. No es de extrañar, por ello, que un lobo tope con un niño dejado sin custodia en un bosque o campo. Al capturar a la presa, el lobo –al igual que algunos otros carnívoros- prefiere llevarla a un lugar seguro (en todo caso, el más seguro es su propia madriguera) donde se encuentra la loba y los lobatos. Y allí, el indefenso niño que está llorando, es capaz de despertar en la loba el instinto materno.

“Al principio la loba amamanta a sus criaturas exclusivamente con leche. Luego comienza a añadirles alimento en forma de carne medio digerida y eructada. Con esta comida también los niños pueden mantener su vida. Es cierto que inmediatamente surge una pregunta: los lobatos crecidos abandonan a sus padres al cumplir ocho o nueve meses, dado que a esa edad ya pueden mantenerse independientemente. ¿Y el niño? Todavía es completamente desvalido. Y sus “padres” adoptivos sintiendo instintivamente su incapacidad siguen alimentando a su desmañada criatura. Además, sucede una cosa todavía más simple: asimilando bien los primeros meses el grito de los cachorros hambrientos, el niño impulsa a sus “padres” a que le traigan comida”.

Una mujer de Sydney fue multada en noviembre de 1903 por dejar que su hija creciera entre los pollos. La niña no hacía otra cosa mas que imitar las aves en todo, incluso cacareaba en la noche.

Para Heuvelmans era indudable la existencia de los niños lobo, pero dudaba de la existencia de niños mono. En efecto, hay pocas historias de bebes criados por monas, como el imaginario Tarzan. Lo cierto es que la mayoría de los casos que han sido dados a la luz pública acerca de niños criados por monos ocurrieron después de la aparición de la tira cómica de Tarzan (1931).

Uno de los pocos casos anterior a Tarzan es el de Lucas, el niño babuino de África del Sur. La historia fue famosa a principios del siglo veinte.

De recién nacido una mona lo robó a su madre, una cafre, y lo crió entre los monos. En 1903 lo descubrieron unos soldados cerca de la ciudad de El Cabo, y Lucas, que fue adoptado por un granjero, acabó aprendiendo un poco de inglés para luego convertirse en criado.

De su infancia sólo conservó algunas costumbres simiescas: se rascaba, bamboleaba sin cesar su cabeza, y sus brazos eran demasiado largos en relación con su cuerpo. John P. Foley hizo la primera mención en una revista científica en 1940.

En julio de 1914 atraparon una niña salvaje de 14 años en la selva cerca de Naini Lal, Uttar Pradesh. La llamaron Goongi (“muda”), ella corría con gran agilidad utilizando las manos y los pies y estaba cubierta por todas partes con un pelo largo y grueso. Rechazaba los alimentos cocidos y la cama, durmiendo debajo de una paca de paja. El cazador Jim Corbett supuso que la habían criado los osos, señalando su habilidad para trepar, sus hábitos y dietas, y rasguños profundos en la parte superior de su cuerpo que podrían haber sido causados por los animales.

En 1916 un cazador inglés encontró un niño de unos seis años de edad viviendo con una hembra de tigre y sus crías en las colinas al norte de Kachari en la India. El niño fue robado a sus padres por una tigresa cerca de Assam en 1912. Se dijo que el padre del niño, trabajando en el campo, se alejó por varios minutos de su hijo de dos años que estaba durmiendo en la hierba. Al oírlo llorar se volvió y vio cómo el tigre, con el niño en la boca, desaparecía en la jungla. Había sido criado por la tigresa y cuatro años más tarde fue recuperado e identificado. Se le llamó “el niño tigre de Kachari”. La fierecilla fue encontrada en el cubil de los tigres con otros cachorros jóvenes. Mordía y arañaba al igual que sus “hermanastros”. Fue devuelto a su familia de granjeros campesinos. También en este caso, el retraso del niño era evidente. Se decía que aunque casi estaba ciego, podía identificar diversos individuos y objetos por su sentido del olfato extremadamente bien desarrollado. Sin embargo, E C Stuart Baker, que en ese tiempo tenía un puesto administrativo cerca de las colinas de Kachari, y por lo mismo estaba en una posición excelente para obtener un buen relato de los hechos, describe en el Journal of the Bombay Natural History Society, de julio de 1920, algo que parece no concordar con la ceguera del niño:

“En ese tiempo el niño corría a gatas casi tan rápidamente como podría correr un hombre adulto, mientras que era más listo y más rápido para esquivar, entrar o salir de los arbustos y otros obstáculos. Sus rodillas… tenían callosidades duras y sus dedos de los pies se mantenían verticales casi perpendicularmente a su empeine. Las palmas de sus manos y las yemas de los dedos del pie y los pulgares también estaban cubiertas con piel gruesa y muy resistente. Cuando se le atrapó, mordió y luchó con todos… y cualquier ave desgraciada de la aldea que llegara a su alcance era atrapada, descuartizada y comida con rapidez extraordinaria”.

Solamente al cabo de tres años el niño aprendió a comer de una vasija y comenzó a andar a pie.

Continuará…

Los niños salvajes (10)

SIGLO XIX

Continuando con el censo, en el siglo diecinueve Horn menciona, en 1831, a la “niña trucha” de Salzburgo. Ahí mismo, a mediados de 1830 se encontró un “niño puerco”.

En la India encontraron niños lobo entre 1841 y 1895, siete de los cuales fueron descritos por el general William Henry Sleeman, la némesis de los Thugs. El primero fue capturado en Hasunpur (cerca de Sultanpur en lo que ahora es Uttar Pradesh), y mostró la mayor parte de las características típicas del niño del lobo. Su alimento favorito era carne cruda, y no podía hablar. “Había muestras evidentes, en sus rodillas y codos, de que caminaba a gatas”, escribió Sleeman; “y cuando se le pedía correr a gatas, él lo hacía así, y era tan rápido que nadie podía alcanzarlo”.

Sleeman, después de Linneo, fue quien mencionó más casos de niños ferales en su obra de 1858. De los siete casos que investigó dos fueron encontrados en Sultanpur en 1843 y 1848, respectivamente; otro en Husanpur en 1843; otro en Chupra, 1849; otros dos en Lucknow y Bankipur y el último fue el niño encontrado por el capitán Egerton.

Barry Holstun Lopez en su libro Of Wolves and Men, describe una leyenda de finales del siglo diecinueve. Se suponía que una muchacha lobo vagaba en los bancos del Río del Diablo cerca de Del Río en lo que ahora es un yermo escasamente poblado al suroeste de Texas. La madre de la muchacha había muerto en el parto, y su padre, John Dent, murió en la tormenta mientras cabalgaba para pedir ayuda. “Nunca encontraron al niño, y la presunción era que los lobos que habitaban las cercanías de la cabaña aislada de los Dent se la habían comido”.

Lopez dijo que un muchacho que vivía en San Felipe Springs en 1845 reportó ver a varios lobos y “una criatura, con el pelo largo cubriendo su cara, que parecía una muchacha desnuda” que atacaba una manada de cabras. Otros hicieron informes similares el año siguiente. Los indios Apache dijeron varias veces haber encontrado las huellas de un niño entre las de lobos.

La cazería comenzó y al tercer día arrinconaron a la muchacha en una barranca. Junto a ella estaba un lobo al que se le disparó cuando atacó la partida. La muchacha fue atada y llevada al rancho más cercano, en donde fue desatada y cerrada en un cuarto. Esa tarde, una gran cantidad de lobos, atraídos al parecer por los aullidos, lastimeros e incesantes de la niña, vinieron alrededor del rancho. Los habitantes se aterraron, y en la confusión la muchacha se escapó.

Según Lopez, no vieron a la muchacha otra vez por siete años. En 1852, un equipo que examinaba y exploraba una ruta nueva a El Paso la vio en una barra de arena en Río Grande, lejos de su confluencia con el Río del Diablo. “Ella estaba con dos cachorros. Después de eso, nunca la vieron otra vez”.

Edward Burnett Tylor menciona, en 1863, a un “niño puerco” y un “niño lobo”, ambos encontrados en Overdyke, Holanda.

En 1867 unos cazadores encontraron un niño de unos 7 años viviendo con lobos en las junglas de Bulandshahr, India. Fue llevado al orfanato de Sékandra cerca de Agra y se le dio el nombre de Dina Sanichar. El muchacho se negaba a vestir ropas y afilaba sus dientes royendo huesos. Vivió durante 28 años en el orfanato, pero nunca aprendió a hablar. En 1895 murió de tuberculosis agravada por la práctica adquirida de fumar tabaco.

Vallentine Ball M. A. (1880) presenta cuatro casos. Del pueblo de Sékandra hay dos casos: el primero de 1872 es el de Dina Sanichar, un niño lobo de 7 años; el segundo es el de un niño de 10 años (1874). El niño de 6 años de Shajahampur (1875) y un segundo niño encontrado en Lucknow (1876) completan la cuarteta.

El niño lobo de Kronstadt fue estudiado por August Rauber en 1885. Tenía unos 23 años.

Sergei Mironovich Kirov, nacido el 27 de marzo de 1886, miembro del Soviet politburó y amigo del propio Stalin, afirmaba haber sido criado por una puerca. En realidad había quedado huérfano de padre y madre y fue su abuela quien se hizo cargo de él.

Capturaron a otro niño oveja cerca de Trikkala en Grecia en 1891. Él había estado viviendo con su familia lanuda por cuatro años.

La revista de la Sociedad Antropológica de Bombay menciona una niña de 8 años encontrada en 1892 en las cercanías de Jalpaiguri. Sir James Frazer menciona que la niña fue alimentada por una osa. Los Coolies de los plantíos de té la encontraron en un bosque en Jalpaiguri, sentada al lado de la guarida de un enorme oso. De unos dos o tres años, la niña se desplazaba a gatas y estaba un poco rasguñada, pero se le enseñó gradualmente a caminar y a vestir, aunque nunca aprendió a hablar.

“A veces gruñía como un oso y comía y bebía como oso; en fin, todos sus hábitos eran como los de un oso”.

En 1929 el mismo Frazer dio a conocer el caso de un niño, de 14 años, encontrado en Batzipur en 1893.

Un tercer niño salvaje de Sultanpur fue encontrado en 1895. Tenía 4 años y quedó a cargo de Ross. Supuestamente creció hasta hacerse policía.

Continuará…

Los niños salvajes (9)

VÍCTOR D’AVEYRON

Hacia 1795 se comenzó a escuchar de la existencia de un niño que vivía en el bosque del Languedoc francés, cercano a La Caune, en el Sur de Francia. Se decía que a causa de su retraso mental su padre, un leñador, había intentado matarle cortándole la garganta como a un cerdo (el chico presentaba una cicatriz dentada a lo largo de su cuello) y creyéndole muerto lo abandonó en el bosque.

Estos cuentos eran probablemente falsos. Pero el chico parecía haber sobrevivido solo en el bosque por muchos años, como un animal: estaba desnudo y sucio; su andar era encorvado; su cuerpo estaba lleno de cicatrices; no hablaba pero sí emitía gruñidos, aullidos y otros sonidos guturales. Se alimentaba de raíces, bellotas y de los animales pequeños que podía cazar y vegetales que robaba furtivamente de los campos de los granjeros.

En 1798, varios campesinos lo atraparon. Fue llevado a la plaza de la aldea para exhibirlo, mientras lo golpeaban y pateaban. El muchacho logró escapar pero un año más tarde fue cogido una segunda vez por tres cazadores fuera de los bosques. La tarea no fue fácil pues el chico era feroz: mordía y arañaba. Los cazadores lo dejaron con una viuda en La Caune que lo alimentó y arropó por una semana. A pesar de su cuidado, Victor rondaba agitado alrededor de la casa y en la primera oportunidad, se escurrió de nuevo a sus bosques. Pasó parte del invierno en el bosque, pero fue atrapado nuevamente al año siguiente.

Antes del amanecer del 9 de enero de 1800, fue visto cerca de la aldea de Santo-Sernin, una pequeña aldea de campesinos al Sur de Francia. Durante la noche se había acercado a la parte más baja de la aldea, en donde el río de Rance deja un valle estrecho y pasa debajo de un puente de piedra. El muchacho había entrado al jardín del señor Vidal, un curtidor de cuero, y comenzaba a cavar para desenterrar papas. Allí lo atrapó el curtidor.

El muchacho estaba desnudo aparte de los andrajos de una vieja camisa enredada alrededor de su cuello. No hablaba y solo hacía gritos extraños, sin sentido. Aunque muy pequeño, parecía ser un muchacho de cerca de once o doce años, con una cara redonda bajo una oscura mata de pelo. Sus ojos eran como los de una bestia asustada y se mantenían esquivando la mirada fija curiosa de Vidal.

En un informe oficial de la comisión local escrita tres semanas después de la captura, tenemos el primer relato de un testigo presencial:

“La vecindad entera supo sobre él rápidamente y todos se acercaron para ver al niño. La gente se refería a él como salvaje. Me apresuré abajo para hacer mi propio juicio de hasta dónde creer las historias. Lo encontré sentado ante un fuego caliente, del que parecía disfrutar, pero mostrando signos de intranquilidad de vez en cuando, probablemente debido a la gran muchedumbre de gente alrededor de él. Durante algún tiempo lo miré sin decir nada. Cuando le hablé no tardé mucho en descubrir que era mudo. Poco después de eso, cuando noté que no respondía a las varias preguntas que le hice, tanto gritando como con una voz suave, decidí que debía ser sordo.

“Cuando lo tomé cariñosamente por la mano para conducirlo a mi casa, él se opuso vigorosamente. Pero una serie de caricias y particularmente dos abrazos que le di, con una sonrisa amistosa, cambió su mente, y después de eso pareció confiar en mí.

“Cuando llegamos mi casa, decidí que debería tener hambre. Para descubrir lo que le gustaba, hice que mi criado lo ofreciera un gran plato con carne cruda y cocinada, pan de centeno y de trigo, manzanas, peras, uvas, nueces, castañas, bellotas, papas, pastinacas y una naranja. Él tomó las papas con confianza y las puso en el fuego para cocinarlas. Uno a uno tomó los otros artículos, los olió y los rechazó. Con su mano derecha sacó las papas de los carbones vivos y las comió calientes. No había manera de persuadirlo de que dejara que se enfriaran un poco. Él hizo un sonido agudo, inarticulado, de queja que indicaba que el alimento caliente le quemaba. Cuando estuvo sediento, echó un vistazo alrededor del cuarto. Notando la jarra, puso mi mano en la suya sin ningún otro signo y me condujo a la jarra, que golpeó ligeramente con su mano izquierda como medio de pedir una bebida. Se trajo un poco de vino, pero lo despreció y mostró impaciencia en mi retraso en darle agua para beber.

“Defecaba dondequiera y cuando quería, poniéndose en cuclillas para orinar, y defecaba mientras estaba parado”.

Varios días más tarde, llevaron al “salvaje” al hospicio en la ciudad de Santo-Affrique. Allí lo guardaron por un mes. Durante este tiempo, se hicieron informes de su comportamiento:

“Acostumbrado a todas las dificultades del invierno al aire libre y a grandes alturas, el muchacho no tolera ninguna clase de ropa. Se quitó sus ropas tan pronto como lo vistieron, o las rasgaba si no podía quitárselas. Cuando llegó al hogar, mostró una gran aversión a dormir en una cama. Sin embargo, gradualmente lo fue haciendo, y después mostraba placer siempre que sus sábanas eran cambiadas”.

Fue enviado al Hospital de Rodez en donde pasó varios meses. Se descubrió que presentaba movimientos espasmódicos y a menudo convulsos. Tenía muy desarrollado el sentido del olfato y podía ver perfectamente en la oscuridad, pero era insensible al frío y al calor. No logró reconocer su imagen en el espejo. En varias ocasiones intentó escapar.

El secretario de la Société des Observateurs de I’Homme, Louis-François Jauffret, solicitó a las autoridades del Hospital de Rodez el envío del niño a París para su estudio:

“Sería muy importante para el progreso de los conocimientos humanos que un observador pleno de celo y de buena fe pudiera, apoderándose del muchacho y retrasando su proceso de civilización, controlar el conjunto de sus ideas adquiridas, estudiar el modo según el que las expresa y ver si la condición humana, abandonada a sí misma, es contraria por completo al desarrollo de la inteligencia”.

BONNATERRE

Las autoridades en Aveyron no tenían ninguna prisa de enviar al niño a París porque si resultaba ser un fraude, un simple fugitivo, sus cabezas podían rodar literalmente. Los funcionarios de Aveyron persuadieron a la Sociedad de Observadores del Hombre permitir que el muchacho fuera examinado primero por un sacerdote y profesor de historia natural local, Abbe Pierre-Joseph Bonnaterre.

Bonaterre lo describió:

“Exterior, este muchacho no es diferente de otros muchachos. Mide cuatro pies y una pulgada de alto; parece tener cerca de doce o trece años. Tiene la piel blanca delicada, una cara redonda, pestañas largas, una nariz larga, levemente acentuada, una boca de tamaño medio, una barbilla redondeada, características generalmente conformes, y una sonrisa encantadora. Cuando levanta su cabeza, uno puede ver en el extremo superior de la arteria traqueal, justo a través de la glotis, una herida de alrededor de una pulgada y media de largo. Parece que la cicatriz fue hecha por un instrumento afilado”.

“Cuando está sentando, y aun cuando está comiendo, hace un sonido gutural, tenues murmullos; y oscila su cuerpo de derecha a izquierda o al revés, con su cabeza y barbilla hacia arriba, su boca cerrada, y sus ojos mirando fijamente a la nada. En esta posición tiene a veces espasmos, movimientos convulsivos que pueden indicar que está afectado su sistema nervioso.

“No hay nada mal con los cinco sentidos del muchacho, pero su orden de importancia parece estar modificado. Él confía primero en el olor, luego en el gusto; su sentido del tacto viene al último. Su vista es aguda; su oído parece estar cerrado a muchos de los sonidos a los que la gente pone atención. Nada le interesa aparte del alimento y el sueño.

Aunque no podía hablar y no reaccionó a pesar deque Bonnaterre gritó a su espalda. Su oído era bastante agudo para oír cuando se cascaba una nuez desde el otro extremo del cuarto, lo que llamaba su atención y despertaba su hambre. No parecía haber nada malo con sus cuerdas vocales porque podía hacer una gama completa de ruidos, tales como ronquidos, risas, y murmullos.

“Su necesidad constante de alimento multiplica sus conexiones con los objetos alrededor de él y desarrolla cierto grado de inteligencia en él. Durante su estancia en el orfanato, su única ocupación consistía en pelar habas, y realizaba ese trabajo tan eficientemente como una persona experimentada. Puesto que sabía que las habas eran una parte regular de su ración, tan pronto como viera que un manojo se estuviera secando él iba a conseguir una taza. Instaló su espacio de trabajo en medio del cuarto, presentando los diversos artículos tan convenientemente como le era posible. Cuando vaciaba las vainas, las colocaba al lado de él en una pila simétrica. Cuando acababa, tomaba la taza, ponía agua en ella, la colocaba en el fuego, que había hecho agregando las vainas secas. Si se apagaba el fuego, tomaba la pala y la daba al trabajador, haciendo señas de que debía ir a buscar algunos carbones vivos en la vecindad. Tan pronto como la taza comenzaba a hervir, mostraba su deseo de comer. Y no había más alternativa de verter las habas medio cocinadas en su plato. Él las comía con impaciencia.

“Cuando es hora de irse a la cama, nada puede pararlo. Toma una vela, señala la llave de su cuarto, y se enfurece si no lo obedecen”.

Después de varios meses de observación y experimentación cuidadosas, Bonaterre concluía:

“Todos estos pequeños detalles y muchos otros que podríamos agregar prueban que este niño no está totalmente sin inteligencia, reflexión, y poderoso razonamiento. Sin embargo, estamos obligados a decir que, en todos los casos no relacionados con sus necesidades naturales o a satisfacer su apetito, uno puede percibir en él solamente comportamiento animal. No hay ninguna pista de si tiene sensaciones. Él incluso no puede compararlas la una con la otra. Uno pensaría que no hay conexión entre su alma o mente y su cuerpo, y que no puede reflejarse en nada. Consecuentemente no tiene ningún discernimiento, ninguna mente verdadera, ninguna memoria. Esta condición de imbecilidad se muestra en sus ojos, que nunca mantiene en ningún objeto, y en los sonidos de su voz la cuál es inarticulada, y discorde. Uno puede verlo incluso en su paso – siempre un trote o un galope – y en sus acciones, que no tienen ningún propósito o explicación”.

De vez en cuando se ponía a gatas, como lo habían visto anteriormente hacer en los bosques.

Pasaba las horas encorvado en el piso, meciéndose lentamente hacia adelante y hacia atrás y mirando fijamente el espacio. En esta posición, murmuraba constantemente y de vez en cuando, sufría de pequeños espasmos y convulsiones que crispaban su cuerpo y cara.

Bonnaterre concluye: “Si no fuera por su cara humana, ¿qué lo distinguiría de los monos?”.

PINEL VS ITARD

Pasado el tiempo fue el mismo hermano de Napoleón, Lucien Bonaparte, Ministro del Interior, quien ordenó llevar al muchacho a París para ser examinado por los miembros de la Sociedad de Observadores del Hombre.

¿Sería – como Thomas Hobbes había discutido en Leviathan – un animal repugnante, bruto que necesitaba ser domesticado por la sociedad y enseñarle los hábitos del pensamiento razonado? O sería – como Rousseau y otros pensadores románticos esperaban – un niño del jardín de Eden; una tipo generoso, de corazón abierto hasta ahora intocado por la fruta del conocimiento.

En París, entregaron el muchacho al Abad Roch Ambroise Sicard, famoso educador y director del Instituto Imperial de Sordomudos. Sicard, sin embargo, creyó al parecer que nunca podría entrenar a la criatura aparentemente salvaje y no hizo ningún esfuerzo. En lugar de eso, dejó que el muchacho corriera salvaje en el instituto.

El naturalista, Jean-Jacques Virey escribió después de ver al muchacho: “Él no busca ningún daño, no sabe lo que eso significa. Sólo se sienta allí en inocencia… por lo tanto no es posible afirmar que nuestro muchacho de Aveyron es bueno o malo; él sólo está ahí… y no tiene ninguna relación con nosotros”.

Luego el niño fue estudiado por el médico y filósofo Philippe Pinel, máxima autoridad de los desórdenes mentales en Francia, quien pugnaba por reformar los manicomios de París y desarrollar nuevos métodos para el tratamiento de la locura. Después de un examen muy largo, Pinel dijo a los eruditos que debían olvidarse de sus esperanzas de descubrir cualquier cosa de Victor porque era un idiota retardado. Para Pinel se trataba de un niño deficiente mental incurable, y por esta razón había sido abandonado. Su carencia de discurso, su atención vaga, su memoria débil y su escasa inteligencia, todo apuntaba a la misma conclusión. Pinel dijo que era una pérdida de tiempo intentar rehabilitar a Victor mentalmente y dijo que todo el episodio del muchacho salvaje de Aveyron era mejor olvidarlo. Sugirió que debía ser internado en el hospicio de Bicêtre, junto a los aquejados de idiotismo.

Más o menos simultáneamente con la declaración de Pinel de que el muchacho era un idiota incurable en noviembre de ese año, un joven médico de 26 años llamado Jean Marc Gaspard Itard entró a trabajar al Instituto Imperial de Sordomudos con el único propósito de trabajar con el muchacho. Para Itard, el diagnostico de retardado era ridículo porque el chico no habría podido sobrevivir en los bosques tanto tiempo si fuera en verdad un imbécil. Según Itard se trataba de un ser normal que estuvo alejado de la sociedad, y debido a las condiciones poco adecuadas en las que vivió, su desarrollo se había alterado, pero aún podía ser reincorporado a la colectividad.

¿Quién era este Itard que se atrevía a poner en tela de juicio la opinión de uno de los principales médicos franceses del siglo XVIII?

Jean Marc había nacido el 24 de abril de 1774 en Oraison, en el valle de la Durance. Estudió medicina y se graduó como cirujano de la Marina en 1776. Estudió los orígenes fisiológicos de la sordomudez, por lo cual es considerado el fundador de la otorrinolaringología. Al darse cuenta que la mayoría de los niños sordomudos eran condenados al rechazo social, se interesó en la educación y enseñanza de los niños aquejados de estos problemas con miras a su inserción social. Al igual que Claude Adrien Helvétius, Itard pensaba que la educación lo podía todo.

Se establecían así lo que María Elena Dinouchi ha dado en llamar “Los términos de la polémica: Pinel versus Itard”. Que podríamos expresar de diversas formas: Lo natural versus lo social; herencia contra ambiente; genética vs aprendizaje, naturaleza-cultura (nature-nurture).

Juan Jacobo Rousseau defendía que la educación es condición necesaria para devenir humano, otros sostenían que las funciones mentales del hombre se desarrollan espontáneamente y que la educación es contingente.

En el siglo XX Claude Lèvi-Strauss, en Las estructuras elementales del parentesco (Naturaleza y Cultura) va más allá de esa dicotomía al preguntarse: “¿Dónde termina la naturaleza? ¿Dónde comienza la cultura?”, y encuentra que la prohibición del incesto es el puente que lleva de la naturaleza a la cultura. Para Lèvi-Strauss los niños salvajes no son testimonios vivientes de un estado natural del hombre:

“Los «niños salvajes», sean producto del azar o de la experimentación, pueden ser monstruosidades culturales, pero nunca testigos fieles de un estado anterior”.

Pero en el siglo de Itard lo importante no era establecer puentes sino responder a las preguntas: ¿Se trata de un ser de facultades disminuidas, un idiota acaso? ¿O tal vez un sordomudo?

Pinel aseguraba que nacemos con un nivel determinado de inteligencia, constante a lo largo de la vida. Las modificaciones producidas por el medio ambiente y el aprendizaje no tienen influencia en la posible mejora de la capacidad intelectual.

Sin embargo Itard alegaba que la inteligencia no es algo definitivo, sino que puede ser modificada, lo mismo que la conducta, mediante una adecuada estimulación. Al nacer no están desarrolladas totalmente nuestras capacidades intelectuales necesitando una maduración producida por factores socioculturales. Además afirmaba que no era posible determinar el grado de inteligencia y la naturaleza de las ideas de un adolescente que, privado desde su infancia de toda educación, había vivido completamente separado de los individuos de su especie. Consideraba también que la sociedad, al atraerlo a su seno, había contraído con el niño obligaciones ineludibles; deuda que debía ser saldada, la educación del salvaje se imponía como un deber social y moral. Este último fue el argumento que decidió el destino del chico. Fue enviado al Instituto de sordomudos de París.

LOS OBJETIVOS

Itard había estudiado filosofía y sentía como Hobbes, John Locke y Condillac que la razón era el producto de la lengua y de la civilización. Viendo la carencia de discurso del chico como la raíz de sus problemas, Itard tomó la tarea de consolidar la lengua y razón en el muchacho salvaje, dedicando cinco largos años a darle instrucción diaria. Itard comenzó usando un sistema de recompensas y castigos. Para conseguir que dijera agua, por ejemplo, le mostraba un vaso con agua cuando tenía sed y no lo dejaba beber hasta que dijera la palabra “agua”. Al principio, Itard recompensaba cualquier sonido que hiciera el niño. Pero con el tiempo, insistiría en una elocución cada vez más exacta.

Itard pasó los siguientes 5 años, con la ayuda de Madame Guerin, entrenando al muchacho de acuerdo con los principios que Itard había derivado de las escrituras de Locke y Condillac. Estos principios fueron pensados para dar al muchacho la capacidad de responder a la gente, entrenar sus sentidos, ampliar sus necesidades físicas y sociales, enseñarlo a hablar, y enseñarlo a pensar y a razonar lógicamente.

Itard se hace cargo del niño y le da el nombre de Víctor (finalmente sería conocido como Víctor d’Aveyron), lo cuida y trata de educarlo con especial delicadeza para que logre alcanzar los objetivos que él mismo ha establecido. Itard creía profundamente que Víctor se iba a convertir en un ser humano como otro cualquiera. El médico elaboró una serie de ejercicios a través de los cuales Víctor debía desarrollar sus sentidos, su intelecto, sus facultades afectivas y el aprendizaje de lo moral. El primer objetivo de Itard para Víctor era:

“Vincularlo a la vida social, haciéndosela más dulce que la que había conocido, y, sobre todo, más similar a la vida que había abandonado”.

Como la hipótesis de Itard era que Víctor tenía poca sensibilidad debida al estado de salvajismo en el que había vivido, sólo desarrolló los sentidos que le eran esenciales para su supervivencia. Por lo tanto su segundo objetivo era:

“Despertar la sensibilidad nerviosa mediante los estimulantes más enérgicos y provocar, de vez en cuando, los afectos más vivaces del espíritu”.

Esos “estimulantes energéticos” incluían introducir polvo de tabaco en la nariz a fin de provocar el estornudo; bañarlo con agua hirviendo y dejarlo mojado al lado de su ropa para sensibilizarlo al frío y al calor, y enseñarlo a vestirse. Pero lo único que consiguió fue enfermarlo, algo que fue interpretado como un avance significativo en su “civilización:

“…las enfermedades, también ellas, testimonios irrecusables y desagradables de la sensibilidad predominante en el hombre civilizado”.

Incluso en una ocasión se le tomó por los pies y se le expuso fuera de la ventana de los pisos superiores del Instituto. Para aquella época este tipo de tratamientos eran considerados como algo común. Si se conseguía hacerlo llorar eso era buen síntoma, pero:

“…a pesar de las innumerables contrariedades, a pesar del pésimo tratamiento al que se lo sometió en los primeros meses el nuevo género de vida, nunca lo vi derramar lágrimas”.

Por otra parte, Víctor era capaz de tomar con los dedos un carbón encendido y volverlo a colocar sobre el fuego o comer una papa aún hirviendo.

Se obtuvieron mejores avances en los asuntos morales. A Víctor le gustaban cierto tipo de alimentos y solía robarlos. Itard ideo un experimento del tipo “ojo por ojo”. Cuando Víctor robaba el alimento era castigado quitándole algo suyo. Víctor dejó de robar. Itard se preguntó si Víctor había entendido el concepto moral o sólo tenía miedo a ser castigado. En una segunda parte, Itard lo sometió a cierto ejercicio de fácil resolución. Víctor lo resolvió adecuadamente, pero en lugar de recibir un premio sufrió un castigo. El chico se indignó y mordió la mano de su tutor:

“Era la prueba incontestable de que el sentimiento de lo justo y de lo injusto, cimiento perdurable de todo orden social, no era ya extraño al corazón de mi educando; provocando en él su desarrollo acababa de elevarse a la altura del hombre moral, por el más privativo de sus caracteres y el más honroso de sus atributos”.

Itard también detectó cierta inteligencia en la manera en que Victor robaba y ocultaba el alimento.

Su último objetivo, y más importante, era:

“Inducirlo al uso de la palabra, determinando el ejercicio de la imitación a través de la imperiosa ley de la necesidad”.

Los métodos utilizados eran similares a los ya descritos. Se dejaba sin agua al niño y luego se le acercaba un vaso lleno gritando “eau”, pero se circulaba a otra persona. Ésta hacía lo mismo y pasaba el vaso a un tercero pronunciando la misma palabra:

“…el infeliz se atormentaba, agitaba los brazos alrededor del vaso de manera casi convulsa, emitía una especie de chiflido, pero no articulaba ningún sonido. Hubiera sido inhumano insistir. Por lo tanto, cambié de objeto pero mantuve el mismo método”.

Esta vez era un vaso de leche. Víctor tampoco pronuncia la palabra que le acercará al objeto deseado. Itard desiste y le da el vaso. Entonces Víctor, como jugando, dice “lait”. Es una de las pocas palabras que logró pronunciar en su largo periodo de aprendizaje. Las otras fueron “Oh Dios” y “Ili” de Julia, el nombre de la hija de la señora Guerin.

Todo el proceso de “educación” de Víctor, que abarca de 1800 a 1806, fue registrado en dos Memorias que redactó Itard. La primera cubre la etapa inicial hasta 1801. En la última, publicada en 1806, Itard se daba por vencido y aceptó no haber podido enseñarle a hablar y a comportarse de manera civilizada. Consideró que su trabajo había sido un fracaso. Incluso es posible que finalmente llegara a aceptar la opinión de Pinel de que el niño era un idiota. Itard continuó su labor pedagógica con personas afectadas por deficiencias físicas y mentales. Dejó al niño a cargo de Madame Guerin, y el gobierno le asistió con una pensión hasta el final de sus días, en 1828. El último informe sobre Víctor d’Aveyron, de 1815, no reseñaba mejora alguna.

No todo fue fracaso para Jean Marc Gaspard Itard, su trabajo con Víctor sentó las bases revolucionarias de la educación especial. Sus investigaciones fueron continuadas por Seguin, quien, a su vez, influiría en Montessori.

Las Memorias de Itard fueron utilizadas por François Truffaut para hacer su película L’enfant sauvage (El niño salvaje). “No es un hombre, no es un animal”, decía uno de los carteles de promoción de la película. La fotografía fue de Néstor Almendros, y en los papeles principales estaba el propio Truffat, como Gaspard Itard, y Jean Pierre Leaud. La película es de 1960, dura 85 minutos y fue filmada en blanco y negro.

El mismo Chris Carter (Expedientes secretos X), dijo de ella: “Es fascinante que él (Víctor) podía meter su mano en agua hirviendo y no se quemaba, ya que el muchacho no entendía el concepto. ¿Es que acaso el dolor es un concepto?”.

Para el lector moderno dice Ellen Magenis: “No cabe duda de que el niño salvaje de Aveyron mostraba la mayoría de los rasgos característicos del autismo, cualquiera que fuera su causa originaria”.

Continuará…