Archivos de la categoría Divulgación científica

Mar rizada, mar gruesa y mar boba

IMPACTO AMBIENTAL

Mar rizada, mar gruesa y mar boba[1]

Juan José Morales

Algunos amigos me han preguntado si el fuerte oleaje que se ha estado registrando en las costas del Pacífico mexicano, o mar de fondo como se le llamó, y que causó importantes daños en algunos centros turísticos, está relacionado con el cambio climático o si se trata de algún fenómeno anormal.

En realidad, no tiene nada qué ver con el cambio climático ni se trata de algo extraordinario, aunque no es frecuente. Es simplemente un tipo de olas originadas a gran distancia de la costa, que en mar abierto y aguas profundas tiene el aspecto de amplias y suaves ondas, pero las zonas someras cerca de la orilla se levantan y rompen violentamente.

clip_image001Oleaje del llamado mar de fondo en Acapulco, el 27 de abril de 2014. Consiste en ondas de gran amplitud que únicamente pueden formarse en aguas donde la profundidad sea mayor que el doble de la longitud de onda de la ola, o sea la distancia horizontal entre la cresta de una y la de la siguiente. En alta mar, se presentan como suaves e inofensivas ondulaciones de la superficie, pero al llegar a las zonas someras de la costa rompen violentamente como se ve en la imagen, captada por una cámara de la empresa Webcams de México, y pueden causar graves daños.

Para entender mejor esto, conviene recordar que usualmente las olas son provocadas por el empuje del viento sobre el agua (aunque también las hay debidas a mareas, maremotos y otros factores). En condiciones normales, son olas irregulares, de diferente altura y corta longitud de onda —o sea que hay poca distancia entre la cresta de una y otra—, las cuales rompen en mar abierto formando espuma. Este tipo de oleaje es muy irregular, con olas de diferente amplitud y altura. Se observa en condiciones de fuerte viento y en marinería se conoce como mar picado, mar rizada, mar gruesa o mar muy gruesa, según la altura de las olas, que varía desde unos 25 ó 30 centímetros, hasta cinco seis metros en el caso de la mar muy gruesa.

Pero hay grandes olas, muy regulares, que se desplazan mucho más allá de la zona de vientos donde se generaron. Ese es el mar de fondo, mar de leva o mar tendida, como le llaman los marinos. También lo he oído nombrar mar boba por alusión a la suavidad y gran amplitud de las olas, cuya distancia entre crestas —o sea la parte más alta de las mismas— es muy grande. Estas olas nunca rompen en la alta mar, y cuando un buque cruza por ellas, lo hace cabeceando bastante rítmicamente… lo cual a veces resulta peor desde el punto de vista del mareo que el cabeceo y balanceo irregular de la embarcación en mar picada o gruesa.

Aquí también conviene un paréntesis para recordar que las olas son ondas en el agua, y que ésta no avanza. Simplemente tiene un movimiento de ascenso y descenso en el cual las partículas de agua siguen una trayectoria en forma de círculo o elipse.

Pero cuando estas grandes olas llegan a zonas someras cercanas a la costa, el agua ya no puede realizar ese movimiento circular dentro de la onda. La poca profundidad hace que en la parte inferior del giro roce el fondo. Así, su movimiento se ve frenado. Pero la parte superior de la ola continúa su giro, y al seguir avanzando, rompe precipitándose hacia adelante. Al mismo tiempo, en la parte inferior el agua se desplaza hacia atrás en un movimiento de resaca. Por eso la gente puede ahogarse al ser arrastrada y envuelta por el oleaje.

Como decíamos, las grandes olas de mar de leva o mar boba pueden recorrer cientos de kilómetros y llegar muy lejos de la zona de tormentas o borrascas cuyos vientos las originaron. Por eso pueden presentarse —como ocurrió en el litoral del Pacífico— en días tranquilos y despejados. Y aunque en mar abierto son suaves, inofensivas y poco perceptibles, en la costa no sólo rompen con gran violencia sino que interfieren unas con otras ocasionando, por así decir, un apilamiento de agua que invade las playas hasta considerable distancia de la orilla.

En fin, este es el famoso mar de fondo que de tiempo en tiempo afecta los litorales mexicanos y de muchos otros lugares del mundo.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Lunes 4 de mayo de 2015

Un fascinante recorrido por el panteón maya

ESCRUTINIO

Un fascinante recorrido por el panteón maya[1]

Juan José Morales

La mayoría de los habitantes de estas tierras conocen a los principales dioses mayas: Itzamná, señor del cielo, la tierra y todas las cosas, Chaac, encargado de las lluvias, Yum Kax, dios del maíz, o Ixchel, a la que se encomendaban las mujeres para tener un buen parto. También quizá sepan de Ah Puch, dios de la muerte, Ek Chuah, patrón de los mercaderes, y hasta de Ixtab, la diosa del suicidio.

Pero en el panteón maya había muchas otras divinidades de muy diferentes tipos y categorías y de muy diverso talante, en su mayoría poco o nada conocidos, que además no se limitaban a existir pacíficamente y cumplir las funciones que les correspondían sin meterse en asuntos ajenos, sino que a menudo se enzarzaban en violentas conjuras y disputas, muy al estilo de los héroes y dioses del panteón griego.

clip_image001Portada del nuevo libro de Roldán Peniche. Por si su gran calidad literaria no fuera suficiente, está ilustrado por Juan Ramón Chan Alvarado, magnífico dibujante con quien el talentoso escritor ha formado una excelente mancuerna.

A esa pléyade de dioses y señores se refiere el más reciente libro de Roldán Peniche Barrera, prolífico escritor, gran conocedor de la cultura de nuestros ancestros prehispánicos. Dioses Mayas se titula la obra, y por subtítulo lleva Historias Mitológicas del Panteón Sagrado. A lo largo de sus 112 páginas, con su prosa a la vez ligera, profunda y amena, Roldán nos presenta la diversidad de singulares personajes que formaban aquel gran elenco divino y de los que tal vez muchos de nuestros lectores no tenían siquiera idea de su existencia.

Poca gente sabe, por ejemplo, quiénes fueron los doce señores del Lugar de los Muertos, entre los que destacan Xquiripat, el Tiende Tullidos, que golpeaba con saña a sus víctimas en brazos y piernas hasta paralizarlas, y luego se las arrojaba a Cuchumaquic, el Provocador del Vómito de Sangre, que las estrujaba de tan salvaje manera que las hacía vomitar toda su sangre.

Por aquellos siniestros rumbos rondaba también Ahalpuh, el Hacedor de Pus, quien —dice Roldán— “solía gastarse largas temporadas sumergido en los ríos de pus del infierno de Xibalbá, donde a veces nadaba y era feliz entre la podredumbre”.

Nos muestra Roldán las contradictorias facetas de Ixchel, querida y venerada por los antiguos mayas como inventora del tejido y protectora de las mujeres preñadas, a quienes garantizaba buen parto, y —en su calidad de diosa de la luna— era la dulce esposa del bondadoso dios Itzamná, Señor del Cielo y Dios del Sol. Pero a la vez podía ser cruel y despiadada, “como se ve en una representación suya en la que en compañía de una serpiente colosal arroja un torrente de agua” para inundar la Tierra y acabar con la humanidad, mientras “en su rostro se dibuja una maligna sonrisa, acaso de felicidad”.

A lo largo de este fascinante recorrido por el panteón maya aparecen no solamente los verdaderos dioses, sino también deidades espurias como Vucub-Caquix o Siete-Guacamayos, el falso dios que “se jactaba se ser la luz del mundo, esto es: la luna, el sol y las estrellas, cuando ni siquiera existían estos astros en la oscuridad del cielo”, y que engendró a dos hijos de mala entraña, gigantes ambos: Zipacná o Espolón de Gallo, a quien se “imputaba el asesinato de siete muchachos inocentes” y “presumía de haber creado la tierra y formar montañas”, y Cabracán o Gigante de la Tierra, quien “se jactaba de sacudir el cielo, de provocar temblores en la tierra y derribar montañas”, actividad esta última que constituía su pasatiempo favorito.

Dioses Mayas es, ciertamente, una obra de obligada lectura para conocer más sobre la cosmovisión de los antiguos mayas. Y para aquellos lectores residentes en Mérida que deseen conocer personalmente al autor, adquirir el libro y disfrutar de su agradable y siempre enriquecedora conversación: una buena noticia: pasado mañana, jueves 30 de abril, a partir de las diez de la mañana, estará presente como protagonista del primero de los diálogos literarios del café y restaurante Flores, en la calle 16 #198 bis entre Av. Colón y calle 23 de la colonia García Ginerés, a tiro de canica de la Secretaría de Cultura de Yucatán.

Ahí estaremos sin falta.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Martes 28 de abril de 2015

El incontenible avance de un hermoso invasor

IMPACTO AMBIENTAL

El incontenible avance de un hermoso invasor[1]

Juan José Morales

Hoy tenemos más noticias sobre el pez león, Pterois volitans para los ictiólogos, ese hermoso pero indeseable y nocivo invasor llegado desde el otro lado del mundo, de los arrecifes del Océano Índico y el Pacífico, que desde hace algún tiempo viene causando estragos en el Golfo de México y el Caribe, donde —sin enemigos naturales al frente— se ha entregado alegremente a la tarea de darse un festín con las poblaciones de peces nativos.

Llevado a Estados Unidos por acuaristas como especie de ornato, al parecer fue liberado accidentalmente hace quizá unos 30 años o más durante tormentas y huracanes que destruyeron peceras próximas al mar en la costa oriental de aquel país. A partir de entonces comenzó a propagarse a lo largo del litoral, hacia el sur, en busca de aguas cada vez más cálidas, hasta llegar así al Golfo de México y el Caribe. Y la noticia que ahora tenemos es que, en su incontenible expansión, ha llegado hasta las costas de Brasil, como hace ya más de diez años predijeron algunos expertos.

clip_image001El pez león es doblemente peligroso: por su voracidad, que lo convierte en un temible depredador de las especies de peces nativos, y porque sus grandes son venenosas y constituyen una amenaza para los buceadores. Por otro lado, no tiene enemigos naturales que ayuden a mantenerlo bajo control. Por eso los biólogos lo consideran el peor invasor marino de todos los tiempos.

De la llegada del pez león a las costas brasileñas se informa en un artículo publicado en la revista Public Library of Science ONE (PLoS ONE) por un grupo de investigadores encabezados por Luiz Rocha, ictiólogo de la Academia de Ciencias de California. Al examinar ejemplares capturados en esa zona y determinar sus características genéticas, dice el artículo, se comprobó que están emparentados con los que han venido propagándose desde el norte, y que no se trata de una nueva liberación accidental o deliberada.

A juicio de algunos especialistas, en aguas brasileñas el pez león puede resultar mucho más dañino que en las caribeñas. La razón de ello es que en aquella zona del Atlántico, en Sudamérica, la fauna marina no es tan rica en especies como la del Caribe. Hay igualmente un alto número de especies endémicas, o sea exclusivas de esa región del mundo. En consecuencia, si una población de peces es diezmada por un activo depredador —como se teme que ocurra tras la llegada del Pterois volitans—, son mucho menores las posibilidades de que el equilibrio ecológico se restablezca en forma natural.

Por eso los autores del artículo consideran urgente iniciar un programa de monitoreo para determinar la magnitud de la invasión y emprender de inmediato —incluso sin esperar los resultados del monitoreo— el combate al pez león a fin de exterminar la mayor cantidad posible de ejemplares y atenuar su impacto.

Afortunadamente, su carne es firme, de aspecto agradable y buen sabor, con el atractivo adicional de que se trata de una especie exótica que puede atraer a los consumidores. Esto abre amplias posibilidades —como se ha hecho en Quintana Roo— de ofrecer en hoteles y restaurantes platillos a base de pez león, con lo cual su pesca con arpón puede ser un buen negocio para los pescadores e incluso un atractivo adicional para quienes practican el buceo turístico recreativo.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Lunes 27 de abril de 2015

Mosquitos transgénicos contra el dengue

IMPACTO AMBIENTAL

Mosquitos transgénicos contra el dengue[1]

Juan José Morales

Recientemente he leído algunos artículos y comentarios en tono alarmista sobre una nueva técnica para combatir a los mosquitos de la especie Aedes aegypti, que son transmisores de dos graves enfermedades: el dengue y el chikungunya. El método consiste en liberar grandes cantidades de mosquitos machos genéticamente modificados, a los cuales se les ha introducido cierto un gene letal que provoca la muerte de su descendencia antes de alcanzar la madurez sexual. Así, al aparearse, producirán mosquitos que no podrán reproducirse, y ello hará que la población de esa especie vaya disminuyendo y en consecuencia el riesgo de transmisión del dengue y el chikungunya.

clip_image002Este es el mosquito Aedes aegypti, uno de los insectos más mortíferos del planeta. Transmite el dengue, del cual se presentan anualmente más de cien millones de casos en un centenar de países, y la fiebre chikungunya, parecida al dengue, que se está extendiendo por América Latina. La única manera de combatir esas enfermedades —contra las cuales no hay vacunas ni tratamientos— es eliminar o controlar a su vector, o sea el mosquito transmisor.

Algunas de esas noticias, son bastante amarillistas. El diario Washington Post, que en general es bastante serio y sensato, habló en el encabezado de la información de “mosquitos asesinos genéticamente modificados”, y en el cuerpo de la nota los calificaba de “mosquitos Frankenstein”. En otros casos, los comentarios son tan erróneos que resultan risibles. Un editorial del diario norteamericano Daily Free Press, por ejemplo, decía muy seriamente que “estos mosquitos podrían utilizarse para picar a la gente y volverla inmune al dengue y a la fiebre chikungunya, dos enfermedades de origen viral extremadamente dolorosas para las cuales en la actualidad no existen vacuna ni cura.”

En realidad, el uso de machos estériles para combatir plagas de insectos no es nada nuevo. En México tuvimos una experiencia de ese tipo con el gusano barrenador del ganado, que no es gusano sino la larva de una mosca científicamente denominada Cochliomyia hominivorax, que deposita sus huevos en las heridas de las reses y las larvas, al nacer, se alimentan con la carne del animal y le causan graves lesiones que se infectan y pueden causarle la muerte. Esta plaga puso en jaque a la ganadería mexicana, pero pudo ser totalmente controlada mediante la liberación masiva de machos esterilizados mediante radiaciones nucleares, que naturalmente no producían crías al aparearse. Desde hace muchos años nuestro país fue declarado libre del gusano barrenador. Actualmente, se le está combatiendo exitosamente de esa manera en Centroamérica. Y en Estados Unidos, la liberación de machos estériles se aplica al combate de diversas plagas agrícolas, como la mosca mediterránea de la fruta, que afecta a las plantaciones de cítricos.

En el caso de los mosquitos, sin embargo, no se les esteriliza, sino que mediante técnicas de ingeniería genética se les introduce ese gene que provoca la muerte prematura de su descendencia. Y es justamente el hecho de que sean insectos transgénicos, o modificados genéticamente, lo que provoca inquietud y alarma entre algunos investigadores, pero sobre todo entre los grupos ecologistas que se oponen tajantemente a todo procedimiento de manipulación genética.

El método, denominado Liberación de Insectos Portadores de un Gene Dominante Letal (o RIDL por su sigla en inglés), fue desarrollado por una empresa privada británica, Oxitec, y su inventor, el Dr. Luke Alphey, recibió el año pasado el Premio Nan-Yao Su a la Innovación y Creatividad en Entomología de la Sociedad Entomológica Norteamericana. Ya fue probado en Panamá, y se dice que los resultados fueron muy exitosos, con una reducción de 96% de las poblaciones de esa especie de mosquito transmisor del dengue. También se está aplicando en Europa contra la mosca del olivo y se esperan las autorizaciones necesarias para emplearlo contra la mosca del Mediterráneo.

En fin, estamos ante una técnica de control biológico que, si bien tiene la gran ventaja de no contaminar el ambiente con pesticidas, preocupa a algunos porque implica el uso de organismos genéticamente modificados.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Lunes 20 de abril de 2015

La temporada del maculís

IMPACTO AMBIENTAL

La temporada del maculís[1]

Juan José Morales

Estos son los meses en que florece el maculís, o hokab, como se le denomina en maya: Tabebuia rosea en la nomenclatura científica. Es un árbol característico del Mayab, aunque no exclusivo de la península. Su área de distribución va desde México hasta Venezuela, Colombia y Ecuador, e incluye algunas islas del Caribe, como Santo Domingo. En nuestro país se le encuentra tanto en la vertiente del Golfo, desde Tamaulipas y el norte de Puebla hasta el sur de Quintana Roo ya en el Caribe, como en el litoral del Pacífico, de Nayarit a Chiapas, desde el nivel del mar hasta 1 200 metros de altitud, sobre todo en selvas subperennifolias altas y medianas y prácticamente en todos los tipos de suelo.

Lo que hace particularmente interesante al maculís y ayuda a diferenciarlo de otros árboles parecidos, es su abundante floración. De hecho, en esta época puede quedar casi totalmente desprovisto de follaje y cubierto de hermosas flores color de rosa tendiendo a morado, lo cual hace que algunas personas lo confundan con las jacarandas de la ciudad de México y otras regiones del altiplano, que pertenecen a género y especie muy diferentes: Jacaranda mimosifolia, término este último que significa parecido a la mimosa.

clip_image001Un maculís en Cancún. Por sus abundantes flores rosa-morado, a veces se le confunde con la jacaranda del altiplano, pero las flores esta última son de un morado más vivo.

Por su copiosa floración, el hokab —que alcanza entre 15 y 20 metros de altura y aún más cuando las condiciones del terreno y el clima le son especialmente favorables— resulta excelente como árbol de ornato para viviendas, jardines y camellones, e incluso ha sido introducido con ese fin en el sur de España, donde el clima permite su sobrevivencia. En este sentido, compite muy bien con otras dos especies arbóreas que ya son parte del paisaje urbano en las ciudades peninsulares: el flamboyán, Delonix regia, y la lluvia de oro, Senna fistula, que por lo general se plantan alternados para aprovechar el contraste o combinación entre las flores de vivo color rojo del primero y las flores intensamente doradas del segundo. Pero mientras estos dos árboles son exóticos —el flamboyán es nativo de la isla de Madagascar en el océano Indico, frente a la costa oriental de África, en tanto que la lluvia de oro o cañafístula lo es de la India y el sureste de Asia—, el maculís es nativo del continente americano.

Por otro lado, tanto el flamboyán como la lluvia de oro —pero en particular el primero— tienen el inconveniente de que sus raíces son muy superficiales, se extienden a considerable distancia del tronco, y afectan aceras, pavimentos, cercas y hasta muros de las viviendas, que pueden llegar a sufrir daños estructurales. Esto hace también que ambas especies sean vulnerables a los vientos fuertes, que pueden derribarlos fácilmente. En cambio, el maculís tiene —al igual que la generalidad de los árboles de la selva— raíces más profundas que no afectan a las construcciones aledañas, y resisten mejor tormentas y huracanes.

Igualmente, mientras la madera de la lluvia de oro y el flamboyán son de mala calidad, la del maculís es resistente y adecuada para construcciones rurales y tiene un veteado llamativo que permite usarla en trabajos artesanales y de ebanistería, y para la decoración de muebles finos, pisos de parquet y otros productos.

En fin, el maculís, el hokab, el árbol de las abundantes flores, debería ser mejor aprovechado como especie ornamental en los programas de reforestación urbana, dadas sus no pocas cualidades.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Viernes 24 de abril de 2015