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¿Una conspiraciòn cósmica?

¿UNA CONSPIRACIÓN CÓSMICA?[1]

Mario Méndez Acosta

Para un grupo muy numeroso de personas, el mundo contemporáneo vive bajo los efectos de una conspiración enorme y sin paralelo en la historia; sobre todo, por la cantidad de conspiradores involucrados en el gran secreto y por el largo tiempo en que han logrado mantener el engaño en el que, supuestamente, tienen sumida a la totalidad del genero humano.

Según estas personas, desde 1947 los gobernantes de Estados Unidos -¡ocho presidentes ya!, junto con sus secretarios de Defensa, jefes de Estado Mayor, secretarios de la Fuerza Aérea, directores de la CIA y quizás los secretarios de Marina correspondientes- han estado todos enterados de que en una base de la Fuerza Aérea se encuentran depositados los escombros de una nave interestelar de otra civilización cósmica -¡un ovni auténtico!-, lo mismo que los restos de sus tripulantes que, por efectos de un rayo, se estrellaron en el desierto del estado de Nuevo México, hace ya cuarenta y cuatro años (el hecho de que los rayos no les hagan nada a nuestras primitivas aeronaves parece no preocuparles a quienes defienden esta teoría).

En el secreto se encuentran también los gobiernos de otras potencias, particularmente la URSS. Para algunos –no pocos- de los proponentes de esta historia, los gobiernos y fuerzas armadas de todos los países no sólo están enterados del secreto, sino que hasta colaboran con los extraterrestres en diversas tareas (pretendidamente hay más de 200 razas distintas de extraterrestres, buenas y malas). Aseguran que más de una docena de bases militares, en toda la Unión Americana, contienen profundos subterráneos en los que elementos del ejército trabajan en conjunto con los alienígenas en experimentos genéticos con personas vivas y animales que involucran el descuartizamiento de los sujetos.

De poco sirve darles a conocer a los ovnílatras que los documentos secretos, publicados por el gobierno estadounidense, la CIA y las fuerzas armadas –obligados por una ley que hace del conocimiento público toda información secreta después de un cierto plazo (Freedom of Information Act)- consignan que no existe ninguna evidencia física de que los famosos ovnis sean naves extraterrestres, y en los que todas esas dependencias manifiestan su desinterés en seguir inventando el fenómeno con detalle.

Tampoco afecta la opinión de esta imaginativa secta la información, debidamente difundida en su momento, y bien corroborada en años posteriores, de que los restos encontrados en Nuevo México, en 1947, eran de un globo sonda meteorológico, ni que quienes por primera vez divulgaron la historia de los extraterrestres capturados resultaron ser estafadores profesionales convictos[2].

Leo Gebauer, alias Dr. Gee.

Haber establecido contacto con una civilización extraterrestre sería, sin duda, el hecho más importante de la historia de la humanidad. ¿Qué tanto tiempo y con qué objeto se podría mantener un secreto de esta magnitud? Hay que recordar que, en aquellos años, Estados Unidos gozaba del monopolio de la bomba atómica. Un secreto tan importante –que acarreaba la posibilidad de destrucción total del país- sólo pudo ser ocultado a lo largo de tres años, después de eso, el matrimonio Rosenberg –o quien haya sido- logró colocar el complicado secreto tecnológico a los soviéticos. De igual manera, resultó imposible mantener en secreto el involucramiento del Presidente Nixon en el caso Watergate, lo que causó nada menos que la caída de su gobierno.

Ante estos hechos cabe preguntarse cómo es que un secreto tan jugoso –que reportaría enormes fortunas al medio o medios de información que lo revelaran al público- ha podido ser mantenido incólume por 44 largos años.

William Moore.

Quienes se dedican a propalar esta creencia, no han vacilado ya en acudir a la falsificación de documentos para tratar de fundamentarla. Así, los ovnílogos William Moore y Stanton Friedman[3] redactaron una carta apócrifa del Presidente Truman, girando instrucciones para establecer el proyecto Majestic 12 (MJ-12), cuyo objeto era investigar los restos capturados. Un investigador aeroespacial, Philip J. Klass, detectó detalladamente cómo la firma del documento fue falsificada, a partir de una fotocopia de la de un documento auténtico.

Para explicar de qué manera se ha logrado mantener el secreto aseguran que –en Estados Unidos, por lo menos- existe una categoría de secrecidad, no reconocida oficialmente, ¡más elevada que la del famoso Top Secret! El resguardo de este tipo de secretos permite, supuestamente, a las autoridades de espionaje, seguridad y militares asesinar a quienes intenten revelarlos. De hecho, según los creyentes en la gran conspiración, el propio secretario de Defensa en tiempos de Truman, James V. Forestal, se suicidó –o fue eliminado- por haber averiguado, o por tratar de revelar, la presencia de los extraterrestres en Nuevo México. Por supuesto, nada de esto ha sido confirmado por los familiares o allegados del funcionario, o por el testimonio de los médicos que lo atendieron en el hospital en que atentó contra su vida.

Stanton Friedman.

Este tipo de medidas de seguridad extrema –mayores que las que protegían a la bomba nuclear- no constan, por supuesto, en ningún documento legalmente aprobado ni son del conocimiento del poder legislativo no del judicial en Estados Unidos. Cualquiera que esté familiarizado, aunque sea superficialmente, con el funcionamiento del gobierno estadounidense, comprenderá que tales disposiciones tan extravagantes difícilmente podrían existir en la realidad sin haber sido ya reveladas hace mucho al público y a los legisladores, en medio de un gran escándalo.

Philip J. Klass.

Por otro lado, si Estados Unidos tuviera a su disposición alguna muestra de tecnología superavanzada, capaz de lograr el viaje interestelar (algo de cuya dificultad teórica y tecnológica sólo tienen una muy leve idea los que creen en la hipótesis extraterrestre del origen de los ovnis), o bien, si colaboraran sus militares con los alienígenas, entonces ¿qué objeto tendría, para este país, proseguir un difícil y costoso programa espacial con primitivos combustibles químicos, que le ha costado vidas y carísimos fracasos? ¿Qué objeto tendría que la NASA financiara, en estos días, un programa de búsqueda de inteligencia extraterrestre, tratando de encontrar emisiones radiales provenientes de lejanas estrellas, para determinar si en alguna de ellas existe una civilización tecnológica? (sin haber encontrado una sola a la fecha). Nada de lo anterior tiene sentido si el propio gobierno de Estados Unidos tiene ya pruebas de la existencia, o colabora con varias rezas de extraterrestres, como aseguran los ovnílogos.

La verdad es que para la ciencia actual –astronomía, física, cosmología, exobiología, etc.- el fenómeno ovni carece de interés. Se trata de un caso más de patología social, más que un fenómeno real. Ante la total carencia de evidencia física tangible o de aportaciones científicas nuevas, que revelaran los supuestos visitantes del cosmos, y ante el elevado número de avistamientos fraudulentos; evidencias falsificadas y testimonios falsos, en forma unánime los científicos dedicados al estudio del espacio desestiman las truculentas afirmaciones de los creyentes. Finalmente, es un motivo muy prosaico el que mueve y unifica a los ovnílogos: mantener una mezquina fuente de ingresos que esquilman a sus azorados seguidores; pagos por conferencias; regalías de libritos; ganancias por la venta de videos de supuestos avistamientos –claramente falsificados- o bien, ya debidamente explicados por investigadores serios. ¡Vulgaridad e ignorancia en apretada mancuerna!


[1] Este artículo fue publicado originalmente en el periódico Excélsior del 27 de julio de 1991.

[2] Mario se refiere, entre otros, a Leo Gebauer (Nota LRN).

[3] Nota. A Friedman no se le puede acusar de la redacción de esa carta, pero sí de su extrema credulidad y pésima investigación del caso (Nota de LRN).

Sócrates y los ovnis

SÓCRATES Y LOS OVNIS

Luciano de Crescenzo

SÓCRATES. Salve, Eupolemo, por fin estás de nuevo entre nosotros; si la memoria no me engaña, han transcurrido por lo menos tres meses desde que partiste hacia Larisa.

Sócrates.

EUPOLEMO. Tres meses justos, oh Sócrates. El último día que nos vimos fue el cuarto de las Panateneas. Aún recuerdo que, nada más bajar de la Acrópolis, fuimos juntos a casa de Filoxeno y que allí, tras un buen vaso de vino de Teos, tú me hablaste de los Dioses y del Hado y de cómo el Hado es siempre el más poderoso entre todos los Dioses.

SÓCRATES. ¿Y cuál es la razón de que esta vez te hayas detenido tanto tiempo en tu ciudad natal? ¿No eras acaso tú el que acusabas a los tesalios de ser tan vagos y superficiales?

EUPOLEMO. Sí, pero me ha afligido un hecho luctuoso: he perdido a mi padre y he tenido que ocuparme de los asuntos de la familia por ser mis hermanos todavía menores de edad.

SÓCRATES. Lo lamento de veras. Aunque tardías, acepta mis palabras de consuelo.

EUPOLEMO. En el fondo, no hay mucho de qué condolerse, oh Sócrates; mi padre era viejo y había vivido una larga vida conforme a sus deseos.

CRITÓN. Perdona que me meta, oh Eupolemo, pero yo también soy viejo y también yo he vivido tal como me ha placido; no obstante, mis hijos hallarían disgusto en mi muerte.

EUPOLEMO. No sólo tus hijos, oh Critón, sino todos los hombres justos de Atenas llorarían tu óbito.

SÓCRATES. Y, dime, Eupolemo: ¿cómo has encontrado esta vez a los tesalios?

EUPOLEMO. Siguen siendo los mismos, oh Sócrates, primero se inventan cosas y luego las consideran como ciertas. Uno de mis conciudadanos, por ejemplo, un tal Prestiforemo jura haberse encontrado una noche a un extraterrestre en carne y hueso en un olivar que hay en sus tierras…

CRITÓN. ¿Un extraterrestre?

EUPOLEMO. Sí, un homúnculo de color verde con dos ojos delante y otros dos detrás, y con una oreja giratoria en la cabeza para captar los sonidos. Pues bien, los tesalios, en lugar de chancearse de él, como habría merecido, han prestado fe a lo que dice, y le han llevado presentes. Ahora el muy ladino, hasta se niega a trabajar sus tierras y prefiere vivir a costa de la polis, contando sin parar la misma historia. Me han contado que, por dos minas, hasta está dispuesto a dibujar en una tableta el cuerpo del alienígena.

SÓCRATES. ¡Es curioso que todos los que han visto seres de otros mundos los describan siempre y únicamente de color verde!

EUPOLEMO. Puede que para distinguirlos mejor de nosotros, los terrestres. A un hombre que se encontrara con un extraterrestre amarillo se le podría objetar que lo que ha visto es un chino.

CRITÓN. Dice Anaxágoras, docto en cosas celestes, que hasta hoy se han registrado más de doscientas mil localizaciones de OVNIS y que, en el bosque de Oreos, en Eubea, se han hallado huellas gigantescas con forma de patas de gallina.

Anaxágoras.

SÓCRATES. Si alguien ha visto platillos volantes y hombrecillos verdes paseando por los bosques y, al mismo tiempo, se trata de una persona digna de aprecio, no veo por qué no habría que creer en sus palabras; sin embargo, me extraña que esos seres misteriosos hayan visitado la Tierra nada menos que doscientas mil veces y luego se hayan evaporado. Tú, oh Eupolemo, has dejado Larisa esta mañana e imagino que habrás empleado algún tiempo para llegar a Atenas.

EUPOLEMO. Cinco horas y diez minutos, desde la entrada hasta la salida de la autopista.

SÓCRATES. Y, en cuanto vislumbraste las murallas de Temístocles, ¿no cambiaste de idea e invertiste la marcha para volver a Larisa?

EUPOLEMO. No lo habría hecho nunca, oh Sócrates; si he venido a Atenas, es porque tenía un fin concreto, veros a ti y a Critón, precisamente.

SÓCRATES. Los extraterrestres, he de presumir, también tendrán su propio fin; de no ser así, jamás emprenderían un viaje tan largo. Imagino que han de ser buscadores de civilizaciones galácticas o, en todo caso, personas interesadas en los millares de interrogantes que la naturaleza plantea a los exploradores del espacio: materias hasta ahora desconocidas, inventos raros, alimentos diferentes, usos y costumbres locales, y así sucesivamente. Pues bien, según quienes dan por cierta la presencia de los extraterrestres en la Tierra, los alienígenas que hasta ahora se han avistado, tras un viaje extremadamente aburrido de dos o trescientos mil años, se dejan ver por un campesino durante escasísimos instantes, para luego emprender de inmediato el viaje de regreso.

EUPOLEMO. Desde luego, es poco creíble.

SÓCRATES. Es como si Cristóbal Colón, tras avistar las playas de América, nada más oír a su grumete gritar aquello de “¡Tierra!, ¡tierra!”, le hubiese dicho a la tripulación: “Muy bien, chicos, ahora volvámonos rápidamente a España, que la reina Isabel estará preocupada por nosotros”; mientras tanto, un indígena salía corriendo a decirle al jefe: “Jefe, yo esta mañana haber visto tres carabelas-OVNIS.”

CRITÓN. Al hablar así, oh Sócrates, ¿quieres acaso decir que nosotros somos los únicos habitantes del Universo?

SÓCRATES. Nunca me atrevería a decirlo, oh Critón; es más, si de veras quieres saber lo que pienso, te diré que en el universo hay millares, puede que millones de planetas habitados; sólo que esos mundos no se comunican entre sí, debido a las enormes distancias que los separan. Demócrito me dijo un día que en los planetas más cercanos a nosotros no puede haber ninguna forma de vida: Mercurio es una pelota de fuego y lo mismo puede decirse de Venus, donde las temperaturas sobrepasan los mil grados. A partir de Marte, en cambio, los planetas, al hallarse más lejos del Sol, son más fríos que los glaciares del Caucazo. Con una situación como ésta, para hallar un ambiente más o menos similar al nuestro, no nos queda más remedio que desplazarnos a otro sistema solar.

Demócrito.

CRITÓN. Y ¿cuál podría ser el Sol de ese otro sistema?

SÓCRATES. Una estrella llamada Alpha Centauro. Según Demócrito, está tan cerca de nosotros, que, viéndola desde otro punto de la Galaxia, parecería pegada a nuestro sol, al igual que aquellos que gozan de buena vista ven Mizar pegada a su gemela.

EUPOLEMO. Pues bien, ¿no podría ser que a una cierta distancia de esa estrella, igual a la que media con el Sol, hubiera un planeta similar al nuestro, con la misma temperatura, con la misma atmósfera y con otro Sócrates que, justamente en este momento, estuviese razonando sobre nuestra existencia?

SÓCRATES. Es muy probable que así sea; aunque, para llegar a ese planeta, emplearíamos tal cantidad de tiempo, pero tanto (cien mil años para ir y cien mil para volver), que ninguna expedición podría contarnos nunca las maravillas que hubiera visto. Por ello estoy convencido de que el primer encuentro con un individuo de otro mundo no podrá ser nunca de cerca, sino de tipo radioastronómico. Un día sucederá que uno de los muchos radiotelescopios dirigidos hacia los espacios interestelares captará una señal distinta de todas las demás. En ese momento, nuestros astrónomos se emplearán en descifrar su contenido y en responder con otro mensaje, utilizando el mismo código.

EUPOLEMO. Y ¿cómo explicas tú, oh Sócrates, que tantas personas juren haber visto alienígenas y haber hablado con ellos?

SÓCRATES. El alma del hombre necesita nutrirse de esperanza, al igual que su estómago necesita alimento. Pero, en cambio, la vida suele ser amarga y no concede escapatoria a los deseos de los mortales. Algunas verdades carecen de alternativa: todos hemos de morir, el feo jamás podrá ser guapo, el viejo jamás podrá volver a ser joven y el que vive una vida opaca y sin entusiasmo sabe que le resultará muy difícil cambiarla. ¿Qué hacer, entonces? Sólo cabe refugiarse en el misterio, evadirse en lo trascendente. Y así florecen por todas partes las fábulas, los mitos, los extraterrestres, los horóscopos, las drogas y los extremismos políticos. Cuando hay demanda en el mercado, la oferta no se hace esperar: los explotadores de angustias ajenas, los adivinos, los cabecillas populares, los camellos y los vendedores de lotería brotan como hongos.

Luciano De Crescenzo.

EUPOLEMO. Y ¿qué se podría hacer contra esos mercaderes?

SÓCRATES. ¡Habría que echarlos de los templos! Yo ya soy viejo y no me sobran fuerzas para batallas de esa índole. En todo caso, deberías hacerlo tú, Eupolemo, que eres joven y fuerte.

EUPOLEMO. Gracias por los consejos que me das y por tus palabras esclarecedoras. Pero ahora he de dejarte, oh Sócrates, y siento tener que dejarte a ti también, oh Critón, pero estoy citado con Simias el tebano delante del cine Apolo… Esta noche dan el estreno mundial de “La vuelta de ET a la Tierra” y Simias y yo no queremos llegar tarde.

Luciano de Crescenzo, “Oi Dialogoi, (Los Diálogos de Bellavista)”, 1985, Ed. Mondadori, fragmento, pp. 151-156.

Ciencia del Infierno

Parece que esta historia fue creada por el antropólogo Ignacio Cabria, o por lo menos eso me dijo quien me la contó.

Un profesor de Termodinámica preparó un examen para sus alumnos. Este tenía una sola pregunta:

¿Es el Infierno exotérmico (emite calor); es endotérmico (absorbe calor)? Justifica tu respuesta.

La mayor parte de los estudiantes escribieron su respuesta basándose en la Ley de Boyle (el gas se enfría cuando se expande y se calienta cuando se comprime) o alguna variante.

Un estudiante, sin embargo, responde lo siguiente: Primero, necesitamos saber como varía en el tiempo la masa del Infierno. Así, necesitamos saber la frecuencia con la que las almas entran en él y la frecuencia con la que salen. Opino que podemos asumir sin ninguna duda que, una vez que un alma ha entrado en el Infierno, ya no sale nunca más. Así pues, no hay frecuencia de salida.

Para calcular cuantas almas entran en el Infierno, tengamos en cuenta las distintas religiones que existen hoy en día en el mundo. Algunas de estas religiones afirman que, si no eres miembro de ella, irás al Infierno. Debido a que hay más de una de estas religiones y teniendo en cuenta que una persona no pertenece a más de una religión al mismo tiempo, podemos afirmar que toda la gente y todas sus almas van al Infierno.

Con las tasas de natalidad y mortalidad llegamos a la conclusión de que el número de almas que ingresan en el Infierno crece exponencialmente.

Ahora miramos la variación del volumen del Infierno debido a que a la Ley de Boyle establece que, para que la temperatura y la presión en el Infierno permanezcan invariables, el volumen de éste se tiene que expandir según se van añadiendo almas. Esto nos da dos posibilidades:

1. Si el Infierno se expande a una velocidad más baja que la frecuencia a la que entran las almas, entonces la temperatura y la presión en el Infierno se incrementarán hasta que éste reviente.

2. Por supuesto, si el Infierno se expande a una velocidad mayor que la frecuencia de entrada de almas, entonces la temperatura y la presión caerán hasta que éste se congele. Así pues, ¿cuál es la conclusión?

Si aceptamos el postulado que enunció mi compañera Rocío López en el primer año de carrera y que decía algo así como: “El Infierno se congelará antes de que yo me acueste contigo”, y dado el hecho de que todavía no lo he conseguido entonces el enunciado numero 2 no puede ser cierto así que la respuesta es: “El Infierno es exotérmico”.

P.D.: el alumno obtuvo Matricula.

Astroarqueología (Final)

MÉTODOS Y TÉCNICAS DE LOS ASTROARQUEÓLOGOS

Ya en 1965 Robert Imbert Nergal, presidente de la sección de Niza de la Unión Racionalista escribió en Le crepuscule des magiciens. Le realisme fantastique contre la culture, que dentro de la literatura de lo insólito no todo es ficción:

“La invención se articula gustosamente sobre datos positivos que, de inmediato, hacen sentir confianza al lector. Por cierto, no se desdeña la invención en estado puro, pero más a menudo se parte de un elemento tangible –lo que no significa necesariamente válido-, un sueño, un relato, una tradición, hasta un hecho científico. Pero ¡qué de cosas notables salen de esa célula inicial! Para engendrar maravillas fantásticas la materia importa poco. Dios hizo el mundo con limo, dicho de otro modo, con barro. Lo que vale es la técnica. Existe una técnica teratológica, un arte de crear monstruos. En la pseudociencia se la encuentra en su máxima expresión, sin que nada la limite: ni la naturaleza de las cosas, ni los escrúpulos y mucho menos el espíritu crítico de los lectores. Un principio fundamental rige la puesta en escena: “todo es posible, todo está permitido”, lo que asegura a los autores una licencia tanto más preciosa cuanto que el éxito aumenta en proporción a la incontinencia imaginativa. No se demostrará, se afirmará; pero no afirma quien quiere, también hay un arte de la afirmación, una técnica, podría decirse, que ofrece una variedad de medios”.

Según Imbert Nergal esa técnica es la siguiente:

“La afirmación por insinuación. Es, quizá, la más practicada. La forma dubitativa permite conseguir todo, adelantar todo, por medio de un vaivén de sugerencias que, aparentemente, no afirman nada, pero que se repiten, se refuerzan… ¡y se imponen! Un ejemplo de este tipo de comentarios es: “En esto el físico tiene razones para creer… La ciencia comienza a preguntarse… Lo piensan ciertos científicos… Este punto de vista es defendido por X, Y… Nada prueba lo contrario… Es, pues, legítimo suponer… Los investigadores de Alemania pretenden, en efecto… Es, entonces, imaginable que…” Del indicativo se pasará al condicional, el modo que tanto favorece la afirmación que no afirma, pero que permite comprender con medias palabras al iniciado. Este deslizamiento sutil de lo posible en suspenso a lo posible realizable, que se convierte rápidamente en una certeza, conduce a la férrea aceptación de lo que sigue siendo esencialmente una hipótesis.

“La afirmación por halago. Se recusa a esos personajes celosos y fosilizados que son los científicos y se hace un llamado a la inteligencia del lector, quien, muy halagado, admite a ojos cerrados la cuadratura del círculo o la civilización de los plesiosaurios[1].

“La afirmación difamatoria. Es la contrapartida de la anterior, permite decir verdades a los burros de las universidades, que se niegan a caminar sobre la cabeza. ¡Es algo claro, decisivo, irrefutable!

“La afirmación nebulosa, salida del cerebro de los videntes, contactados e investigadores de lo insólito, es tanto más convincente cuanto que, como no se puede comprender a esos iluminados, no queda más remedio que creerles bajo palabra.

“La afirmación para-lógica. De ella se saca cualquier cosa de cualquier otra, de deducción en deducción. Se pide así a los matemáticos modernos que nos conduzcan a espacios y tiempos que no pertenecen a nuestro universo; a la teoría de la relatividad que sirva de fianza a las velocidades supralumínicas, etc.

“La afirmación inverificable. La más impúdica. Se ejerce anunciando hechos que el lector más exigente es incapaz de verificar por falta de los medios necesarios para hacerlo. Sin embargo, los lectores de pseudociencia parecen ser los menos exigentes del mundo y no se sorprenden por la ausencia de referencias bibliográficas o de otro tipo, en los casos en que serían más que justificadas.

“La afirmación masiva y repetitiva. Frente a ella el lector no puede articular la menor reserva ya que los casos se repiten en todos los medios con enorme frecuencia, sin presentación de pruebas, como verdades de todos conocidas que han superado la etapa de demostración necesaria. El lector tampoco puede dudar de algo que es presentado con ese categórico vigor que sólo puede mostrar el que posee una verdad indiscutible.

“La afirmación por interpretación. Implica interpretar libremente los hechos, mágicamente, fantasmagóricamente, introduciendo en el corazón del fenómeno prodigios impresionantes que, muy naturalmente, son calificados de científicos aun que no tengan una pizca de ciencia”.

COLOFÓN

Los astroarqueólogos dicen ser librepensadores y de visión amplia, aunque en realidad son víctimas de un concepto muy estrecho de la historia, que considera nuestra propia época como el punto más importante en el tiempo, como el foco a través del cual tienen que evaluarse todos los demás periodos históricos. Buscan celosamente en el arte antiguo trajes espaciales, gafas, módulos lunares y otros arreos de tecnología de la era espacial, ¡como si seres capaces de atravesar las vastas distancias del espacio interestelar hubieran usado algo tan rudimentario como el equipo que nosotros usamos para llegar a la Luna! Muchas capacidades y técnicas que una vez florecieron ahora están olvidadas, y muchos descubrimientos son simples redescubrimientos de conocimientos que se habían esfumado o que habían sido arrasados por la destrucción humana y natural. Deberíamos evitar el facilísimo error de creer que los científicos del mundo moderno son la única clase de gente capaz de hazañas tecnológicas avanzadas.

El método de los astroarqueólogos consiste, según escribe el antropólogo John T. Omohundro, en “una parodia de razonamiento y argumentación, lo mismo que un vigoroso ejercicio en la selección de citas, malinterpretaciones y errores basados en la ignorancia… Su técnica es exitosa debido en parte a que existe mucha gente presumiblemente educada que no entiende de estos campos e incluso científicos en general. Él[2] ha jugado con los prejuicios y estereotipos de aquellos que no son “científicos” (sacerdotes de la vieja religión). El tono es “tú y yo, querido lector” los colocaremos junto a sus escritos en una posición sumisa y de esa manera destruiremos el Establishment monolítico construido por esos pedantes representantes de la academia”[3].

Omohundro también menciona el razismo y antropocentrismo cultural de Däniken: “Supone que hasta hace unos mil años el mundo estaba lleno de maniquíes primitivos, salvajes, sin cerebro. Su inteligencia estaba al nivel de sus sencillas tecnologías; sus idiomas eran simples, sus culturas eran primitivas, ellos eran brutos. Si parecen tener algo absolutamente fantástico para nuestros estándares, alguien más inteligente que ellos se los debió haber dado”.

Carl Sagan resumió: “En esencia, el argumento de von Däniken es que nuestros ancestros eran demasiado estúpidos para crear los impresionantes trabajos arquitectónicos y de arte que han sobrevivido”.

Los astroarqueólogos (y los parapsicólogos, y los ufólogos y todos los demás cultores de las pseudociencias) han engañado y seguirán engañando al gran público ya que el ser humano sufre el hechizo milenario de los pases mágicos que en todo tiempo se han tragado la razón humana y oscurecido el sentido crítico de innumerables generaciones. Así es la vida ¿qué le vamos hacer?

LECTURAS RECOMENDADAS

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[1] Ver: http://marcianitosverdes.blogspot.com/2006/10/los-dinosaurios-de-acmbaro-primera.htmlhttp://marcianitosverdes.blogspot.com/2006/10/los-dinosaurios-de-acmbaro-2.html

http://marcianitosverdes.blogspot.com/2006/10/los-dinosaurios-de-acmbaro-3.html

http://marcianitosverdes.blogspot.com/2006/10/los-dinosaurios-de-acmbaro-final.html

http://marcianitosverdes.blogspot.com/2006/10/las-piedras-de-ica.html

[2] Se refiere a Däniken.

[3] Omohundro John T., Von Däniken’s Chariots: A Primer in the Art of Cooked Science, The Zetetic, Vol. 1, No. 1, otoño/invierno de 1976, Págs. 58-68.

Premio Candela para el tal Noguez

Premio Candela

“Es mejor encender una vela que maldecir contra la oscuridad” –Adagio

Durante la fiebre de la caza de brujas en Europa, en que la única forma de probar su inocencia podía ser ahogándose en el fondo de un lago, pocas voces osaron levantarse contra las atrocidades cometidas en nombre de lo sobrenatural.

Fue precisamente en este contexto que el inglés Thomas Ady valientemente publicó en 1656 el tratado Una Vela en la Oscuridad advirtiendo que “el gran error de estos tiempos es atribuir poder a las brujas, y dejarse engañar por la imaginación de los cerebros de los hombres, para promover la matanza de inocentes”. Escrito como concejo a los tribunales, su tratado exponía las incoherencias e injusticias de uno de los extremos históricos más conocidos de irracionalidad.

En algunos países de África, en Pakistán y en la India, personas inocentes continúan siendo asesinadas por brujas, no obstante esta locura en particular se haya extinguido en gran parte del mundo. Aunque ella dio lugar a muchas otras.

Estas nuevas locuras no acostumbran ser tan explícitas en sus atrocidades, pero su impacto en la sociedad continúa siendo tan nocivo como cuando Ady advirtió sobre el peligro de que “las naciones perezcan por la falta de conocimiento”.

El astrónomo Carl Sagan se refirió a Ady en el subtítulo de su última obra publicada trescientos cuarenta años después, en 1996. “El Mundo y sus Demonios. La Ciencia como una Luz en la Oscuridad” es un libro escrito como consejo al público sobre las incoherencias y peligros de las pseudociencias.

El premio “Candela” del proyecto HAAAN, es del mismo modo un tributo a Ady, a Sagan, y a todos los premiados por su trabajo en ayudar a iluminar el mundo.


PREMIADOS

Diciembre de 2006

Al ingeniero mexicano Luis Ruiz Noguez por su trabajo en “Marcianitos Verdes”. En menos de un año el blog, que presenta una “visión crítica de la ufología, criptozoología, parapsicología y otras NO ciencias”, ya ofrece un volumen casi enciclopédico de información, alternando profundos dossier con noticias recientes sobre lo insólito.

Además del premio “Candela” y de una cantidad meramente simbólica, parte del trabajo de Noguez en “Marcianitos” será traducido y publicado en portugués en el sitio “ CeticismoAberto” con su gracioso permiso.

http://www.haaan.com/candela/