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Ufología ¿Una ciencia? (3)

EL OBJETO UFOLÓGICO PERMANENTE

¿Qué estudia la ufología? ¿Qué estudian los ufólogos? Estas no son preguntas triviales. Sin ninguna excepción todos los ufólogos que conozco, a los que les hice estas preguntas, dieron respuestas equivocadas. Algunos me veían como un bicho raro: “¿Mira lo que pregunta este escéptico? Pero si todo mundo sabe que lo que estudia la ufología son los ovnis”.

El problema es que ningún ufólogo tiene un ovni para estudiarlo. Lo que “estudian” son reportes de gente que dice haber visto ovnis. Esos reportes pueden ser verbales, escritos, fotografías o videos, supuestos restos de aterrizajes o registros en el radar. Todo menos un ovni. Y entrecomillo la palabra “estudian”, porque lo que realmente hacen los ovnílogos es coleccionar: coleccionar cualesquiera de esos reportes (informes, fotos o videos); coleccionar revistas de ovnis; recopilar libros sobre el tema; sumar kilómetros tras los ovnis; compilar entrevistas con los testigos; juntar dibujos de las “naves” y de los “extraterrestres”; reunir leyendas relacionadas con el tema.

Recuerdo que en una entrevista para la radio mexicana mencioné que ningún ufólogo era investigador, sólo coleccionista. Hubo quien llamó a la estación para retarme a debatir con él y que le demostrara que no había investigadores de ovnis y todos eran coleccionistas. Este ufólogo no entendía que los ovnis no poseen naturaleza ontológica y que, por lo tanto, no se pueden estudiar. Es decir, en palabras del psicólogo Héctor Escobar, “lo único que podría ser ovni sería lo que no es (no es planeta, no es fenómeno atmosférico, no es satélite, no es ave… así hasta el infinito), huelga insistir en lo absurdo de esta posibilidad”.

A una conclusión similar llegó Heriberto Janosh:

“Creo que lo único que podemos hacer con los casos no identificados es tratar de identificarlos, de lo contrario su importancia es nula.

“Con los IDENTIFICADOS sí podemos trabajar científicamente, por ejemplo planteando la siguiente hipótesis:

“Todos los casos en que los testigos afirman haber observado o registrado una nave espacial extraterrestre (NET) han sido explicados como confusiones con otros objetos que no eran NETs, fraudes o fantasías psico(pato)lógicas.

“Esta hipótesis es REFUTABLE (basta presentar pruebas de la aparición de una nave ET) y ha sido CONFIRMADA miles de veces”.

Escobar menciona que para desarrollar una epistemología de la ufología es necesario abordar los siguientes temas

a) definición del objeto de estudio de la ufología.

b) definición de una metodología para el estudio de dicho objeto.

c) caracterización de una teoría explicativa del fenómeno en cuestión.

En el asunto del objeto de estudio de la ufología Héctor nos explica que:

“El problema que enfrentamos aquí consiste en establecer una caracterización positiva de lo que sería un ovni. Tradicionalmente, el problema ha sido resuelto mediante una trampa lógica, se ha otorgado un significado a ovni que lo define en base a alguna hipótesis (naves extraterrestres, zeroides, etc.) y eliminado el criterio de necesidad empírica que requiere una definición operativa, se ha procedido a una amplísima serie de argumentos a favor de tal o cual hipótesis, es decir, se construyen castillos en el aire. Está todo el edificio, pero falta el cimiento (ontológico y empírico del mismo).

“Si definimos ovni como nave extraterrestre, ¡damos por supuesto la existencia de naves extraterrestres!, cosa que según sé, no ha podido demostrarse, pese a lo que diga uno que otro contactado. Este argumento es igual en todo tipo de explicaciones que consideren a los ovnis como entidades ontológicas.

“Es requisito en todo conocimiento que pretenda denostarse como científico, la presentación de un objeto sobre el cual ejecute su estudio. Esto no quiere decir, como podría leerse ingenuamente, la presentación de un ovni (que obviamente ya no sería tal sino una nave extraterrestre, o cualquier otra cosa por el estilo), sino una serie de elementos teóricos y factuales que permitan suponer la existencia de un fenómeno inexplicable en términos convencionales, y que por lo mismo requerirá del desarrollo de un marco teórico y conceptual en el cual sea posible su definición.

“Aquí, como se ve, hemos pasado de los ovnis (con toda la ambigüedad que implica la palabra), al concepto de un reporte ovni, en el cual los términos No Identificado, han adquirido un valor relativo en posición al valor absoluto que tenían en el marco de una ufología ingenua. El No Identificado lo es con respecto al testigo del avistamiento. Aquí aparece uno de los meollos del asunto, es decir, la posibilidad de identificación del reporte ovni para convertirlo en un ovi.

“El trabajo de la ufología seria empezará en este nivel: el estudio del reporte ovni para buscar su explicación. Nótese que aún seguimos careciendo propiamente de un objeto pues, si explicamos el reporte eliminaremos nuestro elemento en la categoría de fenómenos conocidos en donde serán objeto de estudio de ciencias ya establecidas (astronomía, meteorología, aeronáutica, etc.). La idea es pues, encontrar reportes que resistan toda explicación, y que de este modo, se constituirían en el objeto de estudio de una ciencia ufológica…

ACORRALANDO AL TESTIGO

Desconociendo las ideas teóricas de Escobar y Janosh, mi acercamiento a la investigación ufológica de campo era enfrentando al testigo, casi acorralándolo, para evitar o impedir que embelleciera o modificara su relato. Partía del hecho de que los testigos no dicen la verdad, lo cual contradecía todos los estándares ufológicos en los que los perseguidores de ovnis incluso se atrevían a afirmar la existencia de testigos de elite: pilotos, científicos, militares y otros. Desde mi punto de vista el testigo miente consciente o inconscientemente. En el primer caso tenemos a los fabuladores (esencialmente los contactados y la mayoría de los abducidos); en el segundo tenemos a los testigos que se enfrentan a un fenómeno natural o artificial que el testigo, en su ignorancia, asimila a la fenomenología ovni (entendiéndose esta como naves extraterrestres). En este caso, aunque el testigo no mienta descaradamente y diga “su verdad”, esta no se ajusta a la realidad de la naturaleza.

Tomaba (y tomo) la investigación ufológica como una especie de gimnasia mental. Se trata de resolver acertijos del tipo: en caso de que el testigo no sea un fabulador ¿qué fenómeno natural pudo haberlo engañado o confundido?; si el testigo es un mendaz incorregible ¿cómo fabricó su historia?

Esta no es una actitud anticientífica. Manuel Borraz lo explica de manera sencilla, con su habitual claridad de ideas:

“Es bien sabido que no todos tienen la misma idea de lo que constituye una prueba del origen no terrestre de los ovnis.

“Por ejemplo, los menos exigentes echan en cara a los escépticos que cuando se enfrentan a los casos más “sólidos” acaban recurriendo, por ejemplo, a:

“- sembrar sospechas de fraude, poniendo en duda la veracidad de los testimonios;

“- trocear los hechos y los avistamientos hasta hacerlos irreconocibles, proponiendo explicaciones sumamente improbables.

“Pero estos procedimientos no son ninguna aberración. Cuando se indaga con espíritu científico un asunto novedoso debe tenerse auténtico terror a que se cuelen lo que se conoce a veces como “falsos positivos”, en este caso, a dar por anómalos sucesos que no lo son. Se trata de un terror a dar pasos en falso, a dar por supuesto cosas que pueden resultar completamente falsas. Un terror, por otra parte, al que debe su buena salud el edificio de las teorías científicas. Frente a estos “falsos positivos”, la posibilidad de “falsos negativos” (en nuestro caso, las eventuales visitas de naves extraterrestres erróneamente “explicadas” como sucesos convencionales) puede quedar incluso en segundo plano. Esto marca de entrada la actitud con que se aborda el tema. Después viene el argumento razonable de que fraudes los ha habido y los habrá siempre, y seguro que algunos de ellos nos acechan entre los casos aparentemente más “difíciles”. Y otro argumento de peso: increíbles casualidades las ha habido y las habrá siempre, y seguro que algunas de ellas acaban dando vida a una insólita cadena de despropósitos que va a parar al cajón de sastre de las historias de ovnis. Es muy improbable que un piloto observe un lucero sin reconocerlo a la vez que se detecta por radar un eco espurio en la zona, pero si algo así ocurre –puede ocurrir- seguro que lo encontraremos recogido en un catálogo de avistamientos de ovnis. En definitiva, lo que se plantea el escéptico es: si hay algo auténtico detrás de alguno de estos casos, algún día nos encontraremos con uno en que tanto la posibilidad de un fraude, como las posibilidades de un cúmulo de coincidencias u otras explicaciones convencionales, aparecerán como claramente inverosímiles. Pero los más creyentes se preguntan si realmente hay algo que pueda convencer a un escéptico. ¿Aceptaría un escéptico la existencia de naves extraterrestres en nuestros cielos si se le suministrara un pedazo de aeronave o se le concediera una entrevista con uno de sus tripulantes? Los más creyentes se temen que no, y que eso de “dadme pruebas y os creeré” es un cuento chino. Y tienen bastante razón… No obstante, lo que no aciertan a comprender es que, a menos que su composición fuera realmente extraordinaria, pudiéndose demostrar su procedencia extraterrestre de origen no meteórico, un pedazo de metal que no se diferenciara de una pieza de lavadora nunca probaría nada. Ni aunque llevara grabados símbolos venusianos. Y un intercambio de impresiones con un tipo cuya única “rareza” fuera su aspecto nórdico u oriental, su atuendo de opereta espacial o su lengua incomprensible, tampoco sería convincente, salvo en caso de que pudiera procederse a exámenes médicos y genéticos con resultados demoledores, o el contacto aportara información “revolucionaria” e inequívocamente de origen no terrestre. Es decir, una muestra material o un contacto fugaz con el mismísimo comandante de las fuerzas intergalácticas no tienen por qué resultar necesariamente probatorios…”

“A priori uno piensa que un observador podría equivocarse durante un rato pero que acabaría reconociendo su error enseguida. Casos como éstos sugieren que no siempre es así. Habría ocasiones en que, por ejemplo, el observador no percibiría una luna tras un velo de nubes sino un objeto cercano sombrío como en Feignies, o no reconocería la luna lejana sino un artefacto luminoso que estaría siguiendo a su coche. Me parece que es un poco como lo que ocurre cuando se contemplan esos dibujos ambiguos que permiten una doble lectura (busto de joven/cara de vieja, cubos cóncavos/convexos,…), que se mencionan a veces al hablar de la psicología de la percepción. Uno puede estar todo el tiempo del mundo percibiendo los trazos de una manera hasta que alguien le llama la atención sobre la otra forma de “verlos”. Trasladado a los casos anteriores, resultaría que una “confusión” de larga duración sería perfectamente verosímil. Creo que éste es un aspecto fundamental en este tipo de observaciones.

“Lo de la psicología social lo mencionaba por la segunda parte del problema. Otro punto crucial. Suponiendo que un observador quede cautivado por su propia interpretación anómala de una luz en el cielo durante tanto tiempo, parece poco creíble que suceda lo mismo con dos o más observadores. Pero de nuevo los ejemplos sugieren lo contrario. A la hora de interpretarlo no creo que haya que recurrir a conceptos tan equívocos -y pasados de moda- como las “alucinaciones colectivas”. Posiblemente se trate de una especie de proceso de “contagio” psicológico. Las reacciones y/o los comentarios de un observador influyen en otro y los de éste en el primero, que puede ver reforzada su interpretación. Se va creando un consenso perceptivo. Me parece que es este juego de influencias y sugestiones mutuas el que podría hacer verosímil la existencia de “confusiones colectivas””.

EL MISTERIO CENTRAL

Luis R González Manzo llamaba la atención sobre un artículo publicado por Andy Roberts en el número 118 de Fortean Times, que tiene que ver con estos errores de percepción. Roberts decía, en la traducción de González:

“Han habido nuevas revelaciones sobre el enigma del bosque de Rendlesham. Declaraciones originales hechas por los testigos principales de los sucesos de Diciembre de 1980 sugieren que habrían visto (y malinterpretado) el faro de Orford Ness y el buque-faro de Shipwash. En lugar de un asombroso descubrimiento tenemos que el caso Rendlesham queda eliminado como evidencia de un encuentro exótico con un OVNI.

“Pero, ¿es tan simple? Muchos de aquellos que aceptan su caída se pavonearan de que se trató “sólo” o “simplemente” de una percepción errónea. Mientras tanto los creyentes pasarán al siguiente “gran caso”. ¿Que tan equivocados están? “Simple” o “sólo” son meras palabras que hacen muy mal servicio a estos recientes descubrimientos. Quizá el caso Rendlesham esté resuelto pero lo que de verdad ha revelado es el verdadero meollo, el misterio central, no sólo de la ufología sino de la gran mayoría de temas forteanos.

“Revisen la historia de la ufología y se encontrarán caso tras caso nacidos de percepciones erróneas (…) Demasiado a menudo, cuando la “verdad” sobre una de estas percepciones erróneas es revelada, el caso es rechazado y eliminado de cualquier posterior estudio. Pocos investigadores se cuestionan PORQUE una estrella puede “convertirse” en un OVNI para determinado testigo. O por qué un avión en un vuelo normal se convierte, por un momento nada más, en un OVNI

“(…) Los errores de percepción y su descendencia de “creencias” evidencian un raro tesoro, el poder de la imaginación humana y su habilidad para transformar lo ordinario en lo misterioso y lo mítico. Nuestra capacidad para atrapar este resbaladizo hecho convierte el multiverso en un lugar mucho más interesante”.

Alejandro Agostinelli se preguntaba sobre el “proceso cultural anterior y posterior del acto de percibir un estímulo súbitamente transformado en nave extraterrestre o en cualquier otro evento extraordinario. Lo que Roberts llama “el misterio central””. Y se respondía:

“La transformación de la percepción de un suceso “banal” en otro más elaborado (“ufológico”, “paranormal”, “mágico”, etc.) tiene que ver con procesos creativos que probablemente han sido mejor estudiados por áreas más cercanas a la investigación etnográfica, artística y literaria. ¡Y que seguramente pocos de nosotros conocemos! Otra excepción de esta afirmación es el análisis del trasvasamiento de flujos de conocimientos míticos provistos por la ciencia ficción (Kottmeyer, Mehéust et al) y los estudios comparados de mitos afines (me refiero al acto de cotejar el contenido simbólico de los relatos actuales con otros equivalentes generados en épocas anteriores).

“Ese “momento nada más” que menciona Roberts (el trance donde se produce la metamorfosis del estímulo original en otra cosa más compleja) no es “un momento y nada más”: aquí hay que incluir a lo que llamaría la ANTESALA DE LA EXPERIENCIA (la información disponible, la educación impartida, el contexto cultural del testigo, que influyen en la memoria activa del “momento”, y la POST-EXPERIENCIA (el intercambio con el contexto inmediato y remoto, desde la que aportaron otros testigos con los que ha compartido el evento hasta los comentarios de familiares, amigos y entrevistas de periodistas o ufólogos)”.

Ese “misterio central” de la ufología (y de los fenómenos paranormales) está constituido por aquellas percepciones erróneas de fenómenos u objetos comunes que son transformados posteriormente en naves extraterrestres, monstruos peludos, imágenes milagrosas y otros fenómenos paranormales, gracias o debido a una deformación cultural, muchas veces influenciada por los medios de comunicación. No se debería trivializar su importancia. Antes bien este debería ser el núcleo central del estudio de todos los fenómenos paranormales. Ya que no se pueden extraer patrones ni tendencias coherentes de los casos todavía inexplicados, debido a su diversidad, habrá que estudiar los explicados. Nuevamente Manuel Borraz nos advierte:

“Estoy de acuerdo en que a veces se ha enfocado de forma muy simplista esta categoría de casos, tan frecuentes, de las “confusiones”. Si se descubre que un testigo de la aparición de un ovni observó Venus, la explicación del caso no es el planeta Venus en sí mismo (millones de observadores debieron ver el planeta en la misma fecha sin que dieran lugar a ningún informe sobre ovnis…), sino fundamentalmente los procesos involucrados desde el punto de vista psicosocial (procesos perceptivos, del recuerdo, de la transmisión de la información, etc.) que, por desgracia, suelen obviarse o se tienen poco en cuenta. Tanto es así que algunos perciben el enfoque psicosocial como un insulto a la inteligencia de los testigos (como si se quisiera hacer creer que el testigo no sabe distinguir un ovni de un simple lucero) mientras otros llegan a pensar que lo que se está postulando en realidad son extravagantes alucinaciones de todo tipo. En la mayoría de los casos, no se trataría ni de lo uno ni de lo otro (¿por qué costará tanto la aceptación generalizada del enfoque psicosocial más elemental?).

“Sobre la misma cuestión puede notarse que la verdadera naturaleza de los estímulos, es decir, su identificación precisa en cada caso (astro, avión, etc.), es bastante irrelevante en el contexto del enfoque psicosocial. Incluso hay ocasiones en que estímulos distintos hubieran dado lugar seguramente a experiencias similares de observación de ovnis. No obstante, también hay que reconocer que esa identificación precisa es lo que permite legitimar dicho enfoque. Si no se hubiera conseguido la identificación del estímulo en ningún caso, deberíamos contentarnos con trabajar con una hipótesis psicosocial meramente especulativa, sin confirmación empírica.

“Volviendo al hilo de la discusión, si estaba de acuerdo en que hay que dar importancia a todo lo que rodea a las “percepciones erróneas”, en lo que ya no estoy tan de acuerdo es en darle una importancia desorbitada, pues por lo general, estamos hablando de procesos bastante triviales. Tampoco estoy de acuerdo en hablar a estas alturas de un “misterio central”, pues hay mucha información sobre dichos procesos y hace muchos años que se ha venido abordando el tema. A menudo parece que cualquier cosa que se comente sobre este asunto ya ha sido dicha antes y mejor… Por ejemplo, algo hay en el “informe Condon” de hace treinta años. Y habría trabajos en esta línea anteriores a la aparición de los platillos volantes, en relación a temas como el de las apariciones marianas… A Michel Monnerie se le reprochó hace veinte años el no haberse basado en trabajos previos de psicología a la hora de plantear su noción de “rêve-éveillé” (“sueño despierto” o “sueño a ojos abiertos”). Para contrarrestar estas críticas, en “Le Naufrage des Extra-terrestres”, su segundo libro, dio por referencia la obra “Les apparitions de Belgique”, del Dr. A. Ladon (Doin, 1937), un estudio sobre ciertas apariciones marianas belgas. Basándose en las conclusiones del Dr. Ladon, Monnerie reafirmaba que muchas visiones de ovnis proceden de lapsus perceptivos, alucinosis, ilusiones, ciertos estados crepusculares, etc. (Si alguien ha leído el libro de Ladon ya nos comentará algo al respecto).

“El enfoque psicosocial contempla fraudes e historias inventadas, observaciones de fenómenos conocidos pero inhabituales, “mal interpretaciones” de fenómenos convencionales, determinadas vivencias relacionadas con el sueño, etc. ¿Son estos recursos suficientes para interpretar hasta el último rincón de la casuística?

“Cuando comienzan las complicaciones es cuando nos detenemos en algún caso en que PODRIA ser necesario contemplar la existencia de algún fenómeno físico novedoso o poco conocido. Y se me ocurre un segundo campo en el que podría haber complicaciones. Me refiero a los casos en que, análogamente, PODRIA ser necesario contemplar la existencia de algunos procesos psicológicos novedosos o poco conocidos. Pero si llega el caso, pienso que lo prudente es comenzar pensando en posibles fenómenos mal conocidos -de los que ya habría precedentes antes de la era de los platillos volantes- antes que en fenómenos inéditos desconocidos…

“En cuanto a fenómenos físicos, hay que empezar citando al eterno candidato a “fenómeno respetable perfectamente comprendido”: el rayo en bola. Me temo que continuará así hasta que se elabore un modelo físico que permita reproducirlo y estudiarlo a fondo. Por lo demás, me da la impresión de que se abusó del rayo en bola en el siglo pasado, cuando estuvo de moda, y se ha abusado de él en la “era de Arnold”, utilizado a veces como cajón de sastre por escépticos y ufólogos racionalistas. Espero que algún día sepamos si de verdad existe el rayo en bola y cuáles son sus auténticas posibilidades y limitaciones.

“Más nebuloso veo lo de las “luces tectónicas” y lo de los fenómenos luminosos recurrentes que se manifestarían en lugares muy determinados.

“Sobre las primeras, si no recuerdo mal, los análisis de Persinger han recibido muchas críticas metodológicas. Ignoro si ha ido tomando nota con los años, si se ha hecho el sordo o si ha tirado la toalla. Sobre los segundos, un paseo virtual por el Proyecto Hessdalen me ha decepcionado enormemente. No sé si en otros ejemplos la evidencia es más sólida (me vienen a la cabeza las luces de Marfa o las de Yakima).

“También hay casos puntuales intrigantes. Pienso en un clásico francamente enigmático, los incidentes de Levelland de la noche del 2 al 3 de noviembre de 1957, con su profusión de presuntos “efectos electromagnéticos” y una gran cantidad de testigos (aparentemente) independientes. Hay quien lo considera el mejor o uno de los mejores casos de apariciones de ovnis (¡pero ojo, el caso es más bien la excepción y no la regla!). ¿Fenómeno meteorológico extraordinario? ¿Montaje fraudulento?…

“Para terminar, unas pinceladas sobre el otro apartado, el de posibles fenómenos psicológicos poco conocidos. Antes de lanzarnos a especular en este campo habría que tener datos fiables para poder decidir sobre ese conjunto de casos, generalmente de testigo único, en que las “percepciones erróneas” pueden descartarse, en que tampoco hay un contexto que nos remita a estados próximos al sueño, viéndonos en consecuencia abocados al dilema fraude o “algo” realmente raro (alucinaciones especiales, estados mentales poco conocidos, etc.). ¿Cuál sería el auténtico alcance de las fabulaciones puras y duras en este dominio? ¿Cuál el de la patología mental? ¿Es realmente necesario recurrir a hipotetizar “estados alterados de conciencia” transitorios o cosas por el estilo? Esas son, a mi juicio, cuestiones clave.

“Algunos autores (hemos de citar de nuevo a Persinger, entre otros) han especulado con que fenómenos electromagnéticos podrían inducir un estado transitorio inusual de actividad en el lóbulo temporal del cerebro (como un “microataque” epiléptico) generando vívidas alucinaciones. Con esta hipótesis se ha pretendido abordar un amplio abanico de experiencias anómalas (encuentros con ovnis, experiencias cercanas a la muerte, etc.). No hace mucho, en la sección de “Cartas al Editor” de la revista “Skeptical Inquirer” (sep./oct. 1998), un tal Clifford A. Pickover comentaba su teoría según la cual la epilepsia de lóbulo temporal (ELT) podría tener un papel tanto en el fenómeno de la abducción extraterrestre como en la experiencia religiosa (al respecto, había escrito el libro: “Strange Brains and Genius: The Secret Lives of Eccentric Scientist and Madmen”). Pero, ¿qué hay realmente de verificable en todo esto? ¿Hay algún experto en la sala…?

“También puede ser de interés señalar que Paul Devereux (cuyos puntos de vista son o eran afines a los de Persinger) se viene interesando de un tiempo a esta parte por los llamados “sueños lúcidos” y experiencias afines.

“Ya veremos si se produce algún progreso en estas áreas o si por el contrario todo irá a quedar en meras especulaciones”.

Continuará…

Ufología ¿Una ciencia? (Primera parte)

¿EL ESTUDIO DE LOS OVNIS PUEDE SER UNA CIENCIA?[1]

¿Puede considerarse el estudio de los ovnis (la denominada ufología) una ciencia, o por lo menos una ciencia en formación? Esta es una de las cuestiones fundamentales que me planteo cada vez que algún niño, joven o muchacho pregunta al ufólogo en turno ¿en dónde puedo estudiar la carrera de ufólogo? La respuesta, a la primera pregunta, es un claro y rotundo no. Sin embargo esta respuesta no les gusta a los ufólogos y de inmediato contraatacan diciendo que proviene de una mente cerrada contraria a cualquier tipo de idea nueva y no convencional. Se apoyan comentando anécdotas de Galileo Galilei, Giordano Bruno, Louis Pasteur, los hermanos Wright, etc. y dicen que lo que ayer era considerado herejía ahora es ciencia. Pero la verdad es otra. Quienes se oponían a estas ideas eran los otros y no los científicos (Galileo, Bruno, Pasteur y los Wright eran precisamente los científicos). La mayoría de las herejías científicas del pasado han caído en el olvido y son ignoradas por los autonombrados Galileos modernos. No hay más que ver el libro de Martin Gardner (Fads and fallacies in the name of Science – Locuras y falacias en el nombre de la Ciencia) que está repleto de esas herejías que nunca pasaron a constituir el corpus de la Ciencia. Eso no significa que la Ciencia sea refractaria a los cambios, al contrario, en los últimos años ha pasado por varias revoluciones radicales en todos sus campos. Ideas nuevas (la relatividad, la cromodinámicacuántica, el universo inflacionario, etc.) han mostrado su valía no con videos, autopsias y ovnis estrellados (de los que no se tiene ni un solo fragmento); si no con el avance de la Humanidad.

EXENCIONES ESPECIALES

Pero, ¿cuales son las razones por las que a la ufología no puede considerarse una ciencia?

En primer lugar está la negativa de sus cultores, los ufólogos, a seguir las reglas del pensamiento científico. En lugar de esto piden exenciones especiales de los procedimientos probados por la Ciencia y se niegan a proporcionar los nombres de los testigos, la verificación de fechas, el uso de referencias bibliográficas, y su obligación a probar sus propias afirmaciones (piden que los otros sean los que demuestren que están equivocados). Basan la veracidad de su premisa positiva (existen los ovnis), sobre una negativa (por mucho que se trate, no se pueden explicar ciertos informes de ovnis). Esta es una falacia y un error filosófico que se conoce como “falacia residual”, que ha sido estudiada en el pasado, al parecer sin ningún efecto entre los ufólogos. Ya Hudson Hoagland escribió lo siguiente en la prestigiosa revista Science (1969): La dificultad básica inherente a cualquier investigación de fenómenos como el de … los OVNIs, es la de que es imposible para la Ciencia probar nunca un pensamiento universal negativo. Siempre habrá casos que queden sin explicar por falta de datos, ausencia de repetición, falsedad en los informes, fantasía de los testigos, sugestión de los observadores, rumores, mentiras y fraudes. Un residuo de casos no explicados no es una justificación para continuar una investigación después de que una evidencia abrumadora ha descartado las hipótesis de sobrenaturalidad, como la de los seres del espacio exterior… Los casos no explicados son casos que, sencillamente, no se les ha encontrado explicación. Nunca podrán ser la prueba de ninguna hipótesis”.

LA FALACIA DEL RESIDUO

Aunque la mayoría de los testigos de ovnis son personas sobrias e inteligentes que al parecer han tenido una percepción extraordinaria, hay muchas maneras sutiles por las cuales pueden confundirse. Siempre hay un residuo debido a las limitaciones de la percepción y la memoria humanas o por raros fenómenos naturales. Hay también “testigos” mentirosos, enfermos mentales y borrachos. Otra fuente de reportes son diversas actividades humanas que no se publican nunca debido a razones de seguridad militar, ilegalidad de dichas actividades, o a la mera ignorancia por parte de los agentes humanos de la actividad que ha causado revuelo. Aunque ese residuo nunca sea resuelto, no se refiere, obviamente a ningún estímulo extraordinario. Es el mismo caso de delitos que quedan sin resolver, de personas perdidas que nunca son encontradas, o de accidentes automovilísticos raros. Nuestro imperfecto conocimiento de los hechos no es prueba de que existan criminales extraordinarios, secuestradores fuera de lo común o saboteadores de tránsito a gran escala. La “falacia del residuo” en ufología se basa en el argumento de Joseph Allen Hynek de que aún cuando el 95% de los reportes de ovnis se deben en realidad a OVIs (Objetos Volantes Identificados), queda un remanente del 5% que seguramente sí son ovnis (en México ese residuo es del 100%. Todos los casos reportados son tomados por los ufólogos como verdaderos ovnis). Sin embargo, diversos estudios, tanto académicos como de los mismos ufólogos (aquellos con conocimientos universitarios en ciencias) han demostrado que los reportes ovnis son indistinguibles de los reportes ovis. En otras palabras, si se encontró explicación al 95% de los reportes ovni, es altamente probable que el restante 5% también sea ovi.

PERSUASIÓN vs. EXPOSICIÓN

Los argumentos de los ufólogos son principalmente persuasivos y no expositivos. Utilizan todos los adelantos de la mercadotecnia y la publicidad y ninguno del pensamiento científico. Hacen uso del principio de autoridad (“los astronautas han visto ovnis, por lo tanto nosotros debemos creer en su existencia”); de afirmaciones de lo consecuente lógico (“el universo es tan grande que tienen que existir otras civilizaciones en el espacio, luego entonces estamos siendo visitados por esas civilizaciones”); invitación a unirse al carro de la victoria (“¡la mayoría de las personas creen en los ovnis!, ¿por qué tú no?”); el sentido de conspiración (“el Gobierno de los Estados Unidos sabe toda la verdad sobre los ovnis, pero mantiene una conspiración del silencio”). Todas estas argucias, como dicen los filósofos de la Ciencia, son “tácticas de persuasión ilógica”. El asunto de los ovnis y los astronautas es una mentira fenomenal (el tema es tan complicado que merece otro artículo). Más de veinte de las principales historias aparecieron en los libros de Hynek y luego se han diseminado por todo el mundo. Sin embargo el mismo Hynek, después de visitar el Centro Espacial de Houston, en julio de 1976, y de ver los archivos originales que incluían fotografías, reportes y películas, dijo a sus colegas que sentía mucho haber incluido estas historias en sus libros, sin haberlas verificado, y que estaba convencido de que no había “verdaderos ovnis” entre ellas. Para aquellos ufólogos mexicanos que no crean en mi palabra, pueden ver la entrevista a Hynek que publicó el Playboy en enero de 1978, en donde el astrónomo testificó: Fui a Houston y vi las fotografías de los casos, y tengo que confesar que no me impresionaron en absoluto”. No obstante esta es una excepción a la regla. En general los ufólogos no siguen el ejemplo de Hynek y no se han retractado de los casos explicados, en lugar de eso han preferido embellecer y modificar las historias para volver a circularlas.

LA CARGA DE LA PRUEBA

El problema de “la falta de pruebas” de la existencia de los ovnis conduce a otra debilidad aún mayor en las bases filosóficas de la ufología. La carga de la prueba, que generalmente recae en los que alegan sobrenaturalidad (o, en un caso criminal, el peso de probar la culpa del acusado, que es “inocente hasta que se demuestra lo contrario”. En ufología “el acusado no es inocente, aún demostrando lo contrario”). La tesis de la ufología es una acusación contra la capacidad de la Ciencia contemporánea para explicar el universo. Las reglas de la Ciencia son claras: los alegatos extraordinarios requieren pruebas extraordinarias. Por lo tanto la ufología tiene que probar dicha acusación con pruebas contundentes. Mientras no lo haga, el modelo actual de la realidad, el Método Científico, seguirá siendo válido y los argumentos de la ufología simples sofismas y patrañas. Pero esto no lo comprenden los ufólogos. Para ellos la simple existencia de casos no resueltos es una supuesta prueba de la necesidad de modificar la Ciencia moderna. No se molestan en dudar si estamos siendo visitados, “ellos ya están aquí, y por lo tanto deben viajar a velocidades superiores a la de la luz, lo que implica que ésta no es el límite máximo para todo cuerpo con masa; tal vez utilicen aparatos de plasma biológico (sic)”. Para los ufólogos los reportes extraordinarios se pueden considerar como datos válidos hasta que no se demuestre lo contrario.

LAS PRUEBAS

¿Cuales son los datos y/o argumentos que, en su ingenuidad, los ufólogos presentan como pruebas? En realidad son pocos, básicamente: la declaración de un testigo, una fotografía, un video, y algún fragmento de una sustancia extraña. Pero estos argumentos no constituyen pruebas científicas. Aún cuando miles o millones de personas hayan declarado haber visto al unicornio, las hadas, el diablo, las quimeras, etc., sus declaraciones han quedado como simples anécdotas o literatura, ya que no se ha encontrado ningún resto de estos seres míticos. Las sustancias extrañas tampoco son prueba de nada. Durante la Edad Media se vendían polvos de cuerno de unicornio como eficaz remedio para diversas enfermedades. El dichoso polvo era producido, entre otras cosas, con los cuernos de los rinocerontes. De la misma forma, se ha determinado que todas las muestras de supuestos fragmentos de ovnis que se han analizado están fabricadas con algún elemento químico de los que constituyen la tabla periódica de los elementos, principalmente de productos o aleaciones que pueden ser fabricados en la Tierra, y por lo tanto de ninguna manera demuestra que provengan de otro planeta. Si los ufólogos mostraran algún fragmento de Kriptonita verde (o por lo menos de Kriptonita roja), el caso sería diferente: esos materiales no se pueden fabricar en nuestro planeta. Las fotos y los videos se han constituido como la máxima prueba para los ufólogos.

Supongamos que un “cuervólogo” (permítaseme este barbarismo), es decir, un estudioso de los cuervos, afirma que existen los cuervos verdes. La única forma que tendría de demostrarlo es presentando un ejemplar de cuervo verde para ser analizado por zoólogos y veterinarios. En lugar de eso se contenta con mostrar:

a) un grueso expediente con diversos reportes de personas que dicen haber visto cuervos verdes;

b) diversas fotografías de cuervos verdes en vuelo;

c) varios videos (que pueden comercializarse fácilmente en la televisión o en alguna colección de videos cuervológicos);

d) algunas plumas verdes.

El componente “a” del dossier queda al nivel de los relatos sobre seres mitológicos, y no constituye una prueba científica. Se descubre que algunas de las plumas que se muestran en “d” pertenecen a pericos, guacamayas y otras aves de plumajes verdes; las demás están pintadas con alguna clase de anilina. El cuervólogo pone el grito en el cielo y dice que la NASA, la Fuerza Aérea, el Pentágono, el Kremlin, todos los Gobiernos, el Ejército, y hasta el personal de la estación de bomberos que se encuentra a dos cuadras de su casa, están organizando un complot, una conjura de silencio con el único fin de que la Humanidad no conozca la verdad: los cuervos verdes existen. Rumiando su conspiranoia se aferra a las evidencias gráficas “b” y “c”. Pero los zoólogos, que a raíz del resultado negativo con “a” y “d” se han vuelto escépticos y suspicaces, le dicen que:

1) Están fuera de foco, por lo que no se puede deducir nada.

2) Están muy alejados y al ampliarlos se pierde mucha información por la
aparición del grano o de los píxeles. Pueden ser cualquier cosa.

3) Pueden ser pericos captados en condiciones especiales.

4) Una de las evidencias era una paloma pintada de verde por algún bromista.

5) Hay un video que muestra un cuervo, pero éste no es verde sino negro.

6) En una fotografía aparece un cuervo, pero los colores de la misma fueron
modificados por métodos computacionales.

7) Un bromista ha mandado el logotipo del bar “El cuervo verde”, en donde
aparece el dibujo de uno de estos animales.

8) Uno de los seguidores del cuervólogo ha fotografiado una hoja verde
lanzada al aire.

9) Otra fotografía muestra un ave verde parada al lado de uno de los
anuncios de neón de los casinos de las Vegas. La morfología del animal es la
de una paloma. Su extraño color se debe a las luces verdes de neón.

Y así ad infinítum. Por más que el cuervólogo se enoje no puede demostrar la existencia de los cuervos verdes. La única manera, la más obvia, es presentar un cuervo verde, pero eso no lo ha hecho en cincuenta años que lleva de investigar este fenómeno[2].

FALSEABILIDAD

La ufología no es una Ciencia ya que se aleja por completo al concepto de “falseabilidad” propuesto por Karl Popper, el filósofo de la Ciencia. En términos generales esto quiere decir que ninguna teoría puede ser considerada como científica hasta que pueda ser formulada para que pueda probarse lo contrario, o demostrarse que es una falsedad. Esto es, la teoría tiene que explicar una porción del universo de tal manera que las observaciones ulteriores o los experimentos, no puedan conformarse con la teoría y sus predicciones, o puedan conformarse con ellas (aunque no estén conformes con las predicciones tradicionales). La predicción de Albert Einstein de la curvatura de la luz estelar al pasar cerca de un cuerpo masivo (observable durante un eclipse total de Sol), es un ejemplo famoso de este procedimiento. Pero después de más de cincuenta años de especulación a ciegas, no se ha obtenido ninguna predicción científica digna de mención producida por la ufología[3]. Por lo tanto la ufología no es una Ciencia, es solo una disciplina estéril.


[1] Este artículo se publicó como: Ruiz Noguez Luis, ¿Puede el estudio de los ovnis ser una ciencia?, La Nave de los Locos, Año 1, No. 1, Santiago de Chile, abril de 2000, págs. 5-8.[2] James Randi utiliza una parábola similar para demostrar la inexistencia de los ovnis. El mago pone como ejemplo el caso de los renos voladores de Santa Claus. Para ello propone el experimento de subir a la azotea de cualquier edificio para arroja, uno a uno, todos los renos del planeta y poder determinar si efectivamente alguno posee la cualidad de volar.

[3] Antes de que mencionen a Billy Meier y el agujero en la capa de ozono, diremos que ese efecto ya se conocía con anterioridad. De hecho fue la razón por la cual Rowlan y Molina obtuvieron el premio Nobel de Química. Revisando la mayoría de los números del Wassermannzeit (La era del barquero), el boletín que edita Meier, no he encontrado ningún referencia escrita a esta predicción. Por lo tanto no hay forma de demostrar que Billy haya predicho eso. Si eso hubiera sido cierto, me hubiera servido para mi tesis de licenciatura “Construcción de un modelo fotoquímico para una atmósfera de oxígeno”, que trata sobre el tema.

Meteoritos

METEORITOS[1]

“No puede ser un meteoro porque no caía hacia la Tierra”

Testigo de la trayectoria de un meteoro perteneciente a las Líridas

La palabra meteoro se refería originalmente a cualquier fenómeno o aparición inusual en la atmósfera. Estos fenómenos atmosféricos podían ser de varios tipos: Aéreos, como los vientos; Acuosos, como la lluvia y la nieve; Luminosos, como el arco iris, el parhelio; y Eléctricos, como el rayo y el fuego de San Telmo.

En la actualidad a una partícula moviéndose en el espacio exterior se le llama Meteoroide, y a la estela luminosa que éste produce al desintegrarse por fricción en la atmósfera superior se le llama Meteoro, y si la partícula es lo bastante grande como para llegar a la superficie de la Tierra, se le llama Meteorito. El meteoroide es un cuerpo sólido de tamaño variable y de origen interplanetario. El meteoroide se convierte en meteoro al entrar en la atmósfera de la Tierra. Su velocidad estimada oscila entre los 12 y 72 kilómetros por segundo. Pueden verse a distancias de hasta 650 kilómetros debido a que se localizan desde alturas de hasta 100 kilómetros. Su duración típica es de 1 a 15 segundos, aunque hay casos excepcionales que llegan a durar más[2]. La definición moderna dice que el meteoroide debe tener un tamaño entre 100 μm y 10 m. Cualquier objeto más pequeño que esto es considerado polvo interplanetario, mientras que los objetos mayores a este rango son asteroides.

Se llama Bólido o Bola de Fuego a un meteoro con luminosidad igual o mayor que la de Venus, y cuya magnitud puede ser en ciertos casos de –13. Su cola es típicamente muy larga, y aunque su coloración depende siempre de las sustancias que le integran, no es difícil que abunde en amarillos y naranjas. Sus colores pueden variar de celeste, blanco y amarillo verdoso a rojo. Algunas veces los bólidos se parten en pedazos. Algunos poseen cola y otros no. Podemos decir que cualquier meteoro cuya brillantez sea mayor a –3 se le denomina bólido.

Los meteoritos son meteoroides de gran tamaño que, al atravesar la atmósfera se volatilizan sólo parcialmente, llegando a caer sobre la Tierra, de lo que se desprende que su masa debe ser superior a los 5 kilogramos, pues de lo contrario se desintegrarían totalmente antes de alcanzar la superficie. Normalmente hacen explosión a cierta altura, disgregándose en numerosos pedazos. Esta explosión acarrea la producción de un fuerte ruido, consecuencia de la velocidad supersónica de los meteoritos, que se oye como un potente trueno en una vasta región. Sus velocidades son considerables, pudiendo alcanzar los 300 Km/seg, y sus trayectorias aparecen como rectilíneas para los testigos, a lo sumo, algo parabólicas. Las trayectorias irregulares reportadas en algunos avistamientos se deben a su forma irregular. Se estima que durante un año llegan a caer 2,000 meteoritos a la Tierra[3].

En un reporte titulado Long enduring meteor trains and fireball orbits, escrito por Charles P. Oliver, profesor emérito de astronomía de la Universidad de Pennsylvania, se determinó que de los 33,000 meteoros observados por el profesor Guno Hoffmeister del Observatorio de Sonneburg, Alemania, sólo 42, o uno de cada 786, posee cola que persiste 10 segundos o más, La American Meteor Society indica una razón de 1 a 750 y se calcula la existencia de un bólido por cada 258 meteoros. Se calcula que caen dentro de la atmósfera terrestre un promedio de 2,400 meteoros que son fácilmente vistos a ojo desnudo, en un intervalo de 24 horas.

La mayoría de las estrellas fugaces son producida por partículas no más grandes que un grano de arena; su brillantez es parecida a la de la estrella polar. Los bólidos son producidos por pedazos de materia del tamaño de un cacahuate.

Si atendemos a su composición química los meteoritos pueden dividirse en:

a) Sideritas (con 98% de metal) formadas por una aleación de hierro-níquel.

b) Siderolitos (con un 50% de metal y un 50% de silicatos), compuestos principalmente por ferroniquel y silicatos (olivino y pirosceno).

c) Aerolitos (o piedras meteóricas) que son los meteoritos más frecuentes y abundantes y están formados en gran parte por silicatos. Poseen un alto porcentaje de silicio, magnesio y calcio, aunque se han encontrado trazas de otros elementos como el cobre.

d) Tectitas, compuestas por vidrio rico en sílice.

Existen varias teorías para explicar el origen de los meteoritos. Se cree que se originaron por la explosión de un cuerpo celeste en el sistema solar. Este cuerpo tenía una composición similar a la de la Tierra. Esto se ha comprobado debido a la similitud entre la composición química y mineralógica de los meteoritos y las rocas eruptivas básicas y ultrabásicas. También se les conoce como meteorolitos o piedras meteóricas.

Es probable que muchos de ellos sean restos de cometas o asteroides. Su constitución en términos medios es de: 72% de hierro, 10% de oxígeno, 6% de níquel, 5% de silicio, 4% de manganeso, y el resto trazas de otros elementos[4].

Se tornan luminiscentes por rozamiento con la atmósfera a una altitud de 90-95 kilómetros.

Todos los días caen sobre la Tierra tres o más meteoritos que pesan cada uno 9 kilogramos –en promedio-. Se cree que un meteorito que pesa 4,000 toneladas por lo menos, se incrusta en nuestro planeta cada 100 año. Comas Solá refiere la aparición de un bólido, l 15 de mayo de 1933, que fue perceptible en toda Cataluña, y a cuya bola luminosa se le calculó un tamaño de unos 90 metros de diámetro[5]. Cerca de 40,000 toneladas de material meteorítico cae sobre la Tierra cada día, la mayoría en forma de fino polvo.

Pueden durar de uno a 20 segundos. El 79% dura menos de 10 segundos. Pueden existir meteoros que duren más de 20 segundos, pero son muy raros. Los deshechos de satélites artificiales han durado más de dos minutos[6].

El color verde de algunos meteoros puede provenir del cobre o del magnesio. Se cree que algunos “cometoides” o pedazos de cometa conteniendo nitrógeno congelado, son los responsables de los meteoros verdes vistos en Nuevo México en la década de los cincuenta del siglo pasado, y que fueron confundidos con ovnis. El nitrógeno vaporizado puede producir el color verde[7].

La luminosidad no depende del tamaño del meteoro. Un fragmento pequeño como un grano de arena puede producir una gran luminosidad.

Algunos producen sonido y otros no. La mayoría se vaporizan silentemente. De los que explotan se ha dicho que su sonido es como el tronar de cañones.

La recuperación de fragmentos meteóricos es un evento sumamente raro, aún cuando la caída ocurra en el día y sobre una zona densamente poblada. Esto se debe a la difícil determinación de las direcciones y distancias. En 50 años (de 1898 a 1948) sólo se recuperaron 48 fragmentos en los Estados Unidos, y sólo 8 fueron de avistamientos nocturnos. La recuperación depende de muchos factores: el número de testigos, la exactitud de las estimaciones de la distancia y dirección, el tamaño de los meteoritos, la paciencia de los investigadores, los fondos para la búsqueda, y lo más importante, la suerte.

La frase que sirve de epígrafe a este capítulo es muy común en los reportes de avistamientos de meteoros (confundidos con ovnis), y constituye una falsa apreciación. La trayectoria depende de nuestra línea de visión. Es decir, el meteoro puede adoptar cualquier dirección y ángulo, incluyendo el “ascenso”, dependiendo de nuestro punto de visión. El ángulo aparente de la trayectoria del meteoro visto por un observador, depende de la distancia y de la dirección relativa entre el objeto y el observador. Cuando el meteoro viaja paralelo a la línea visual del observador, parecerá más lento que si pasa a ángulos rectos con esta línea.

La mayoría de los meteoros son visibles cuando alcanzan una altura de 90 o 100 kilómetros. Se ha reportado que algunos cambian de curso después de explotar. En realidad lo que ocurre es que los testigos ven la nube de humo que deja el meteoro y que adopta formas caprichosas. El 12 de enero de 1947 se vio explotar un meteoro sobre Puerto Rico. La estela que dejó fue fotografiada unos 20 minutos después que desapareció el meteoro.

Los meteoros siempre han despertado temor y curiosidad en todas las épocas y culturas. Ya en 1702 Luis González Solano imprimió una breve disertación Phenomeno examinado, discurso del aparecido metheoro, donde daba cuenta de un espectacular evento celeste que cubrió de luminosidad la ciudad de México, a las 8 de la noche del 26 de febrero de ese año[8].

Según José Ortega en sus Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús, escritos por un padre de la misma sagrada religión de su provincia de México[9], los indios de Nayarit creían que los meteoritos, a los que llaman Merit (hombres que morían violentamente), venían a espantarles.

Los meteoros tienden a agruparse, en tiempo y espacio, en lo que se conoce como Lluvia de Estrellas. La mayoría de estas lluvias de estrellas se deben a que la tierra atraviesa una zona en donde probablemente explotó un cometa, por ejemplo, las Perséidas, que son fragmentos del cometa 1862 III y han aparecido por más de 1,200 años; y las Leonidas, que son restos del cometa Temple (1866 I). Estas últimas tuvieron un marcado incremento cada 33 años durante casi un milenio (de 902 d. C. A 1866). Su aparición en 1833 fue la más espectacular. La gente decía que las “estrellas estaban cayendo como si fuesen ladrillos o nieve”. En 1899 casi ya no se les vio debido a que pasaron cerca de Júpiter. Desde entonces las Leonidas casi han desparecido.

Las cercanías de un cometa produce en ocasiones una lluvia de estrellas, tal como ocurrió el 27 de noviembre de 1885 cuando el cometa Biela pasó cerca de la Tierra. Se contaron en una sola noche más de 75,000 meteoros.

Los meteoritos miembros de un particular enjambre poseen una velocidad característica. Las Perséidas, por ejemplo, tienen una velocidad de 60 Km/seg, mientras que las Gemínidas tienen una de 35 Km/seg.

Existen otras diferencias marcadas en los enjambres. Las Táuridas son estructuras rígidas que muestran poca tendencia a romperse en vuelo y por lo regular alcanzan la Tierra. Las Gemínidas son muy densas, mientras que las Dracónidas son frágiles y de baja densidad.

La mayoría de los meteoros no llega a la tierra pues están compuestos de gases congelados que rápidamente se vaporizan en contacto con la atmósfera y no dejan fragmentos detectables.

Durante los meses de enero y febrero ocurren 4 lluvias de estrellas. Las principales son las Cuadrántidas, cuya radiante se encuentra en la constelación de Bootes (El Boyero), que junto con Hércules y Draco (El Dragón), constituían la constelación de Quadrantis Muralis (El Cuadrante de Pared). Su máximo se da del 3 al 6 de enero y su velocidad media es de 41.5 Km/seg. Estas son numerosas, débiles, con trazos delgados y muy azules. Provienen del cometa Ceplecha. Se vieron durante más de 100 años.

Marzo es el único mes que no tiene lluvias de estrellas importantes; solamente 3 muy débiles.

De las 9 lluvias que aparecen en abril, únicamente las Líridas, cuya radiante está en la constelación de Lyra y Hércules, se ven al suroeste de Vega (α Lyrae). Pertenecen a los restos del cometa Thatcher (1861) y penetran a nuestra atmósfera con una velocidad media de 47 Km/seg dejando estelas cortas y brillantes tras de si. Su máximo ocurre el 21-22 de abril y tienen una duración aproximada de 4 días. Se pueden contar 8 destellos por hora, aproximadamente. Se les ha visto durante más de 2,500 años.

De las 4 lluvias de estrellas de mayo las más importantes son las η Acuáridas que tienen un máximo entre el 3 y el 7 de mayo. Su radiante esta cerca de la estrella η Acuarii (de ahí su nombre). Dejan estelas muy brillantes, a veces amarillas. Se derivan del cometa Halley y penetran a la atmósfera terrestre a una velocidad de 67 Km/seg. Se desplazan continuamente hacia el Noreste.

En junio se pueden ver 13 lluvias de estrellas. Las principales son las Líridas del 15 de junio, con radiante al Sur de vega, y con velocidades de 31 Km/seg, y estelas persistentes.

Entre julio y agosto tenemos un total de 10 lluvias de estrellas. Las más importantes son las Perséidas que presentan su máximo la noche del 11-12 de agosto. Nacen entre la constelación de Perseus y Casiopea y penetran a nuestra atmósfera con velocidades de 60 Km/seg. Dejan estelas persistentes y se cuentan hasta 100 por hora. Son conocidas también como “Lágrimas de San Lorenzo”.

San Lorenzo fue un sacerdote católico que después de martirizado, fue quemado vivo sobre una parrilla, el 10 de agosto del año 258. Sus reliquias se conservan en su Basílica en Roma.

Las Perséidas con radiante al Norte de Perseus tienen su origen en el cometa Swift-Tuttle (1862 III). Dieron la clave en 1866 a Schiaparelli, quien reconoció las lluvias de estrellas como remanentes de cometas. Sus trazos son de varios colores y duran algunos segundos. Se les ha visto durante más de 1,200 años.

En julio se pueden ver las δ Aquáridas (del 14 de julio al 19 de agosto) y las ι Aquáridas (del 16 de julio al 25 de agosto). Ambas con un máximo el 30 de julio.

Las α Capricórnidas de agosto 1 al 21, con máximo el 17 de agosto, son residuos del cometa 1948 n.

Finalmente, en agosto se pueden ver las Cygnidas, del 9 al 22 y con un máximo el 17.

De las 11 lluvias que ocurren en septiembre y octubre, las más importantes son las Dracónidas y las Oriónidas, ambas en octubre. Las primeras tienen su radiante en la cabeza del Dragón, cerca de la estrella Vega de Lira y siguen la misma dirección que el movimiento orbital de la Tierra. Su máxima frecuencia es el 9-10 de octubre. Estos meteoritos son lentos (21 Km/seg), frágiles y se fragmentan fácilmente. Provienen del cometa Giacobini-Zinner y se han contado hasta 7,200 trazos por hora en 1946. Las Oriónidas con su radiante cerca de Betelgese, en la constelación de Orión, tienen su máximo los días 20 y 21. Conviene observarlas en la madrugada una vez puesta la Luna. Son muy rápidas (67 Km/seg). Las hay de varios colores; provienen del cometa Halley, igual que las η Acuáridas y dejan estelas tras de si de una duración de 1 o 2 segundos. Aunque su frecuencia es sólo de 25 a 50 por hora, sin duda es una lluvia espectacular.

En septiembre se pueden ver las Táuridas, con una duración desde el 15 de septiembre al 2 de diciembre. Son producto del cometa Encke (1957 c) y su máximo ocurre el 12 de noviembre.

De las 16 lluvias de noviembre-diciembre, las más importantes son las Biélidas, las Leonidas, las Gemínidas y las Úrsides. Las primeras tienen su máximo el 14 de noviembre y se derivan del famoso cometa de Biela que se partió en dos en 1845; sus velocidades son de 16 a 25 Km/seg, siendo las más lentas y presentando estelas rojizas.

Se sabe que el 17 de noviembre de 1950 hubo una extraordinaria lluvia de estrellas y cayeron varios meteoritos metálicos en la zona de Mazapil, en el estado de Zacatecas. Estos meteoritos eran restos de las Biélidas.

Las Leonidas, son las más rápidas de todas las lluvia de estrellas (71 Km/seg, en promedio). Su máximo ocurre el 16-17 de noviembre a las 22 horas. Debido a su velocidad jamás llegan a la Tierra. Su color es verdoso o azulado y dejan estelas con persistencia de hasta varios minutos. En 1964 se contaron más de 500,000 por hora. Derivan del cometa Temple-Tuttle (1866 I), con periodo de 33 años. Se les ha observado desde el año 902 d. C.

Las Gemínidas, cuya radiante está al Noroeste de Castor, la principal estrella de la constelación de Géminis, tienen su máximo el 13-14 de diciembre y entran a nuestra atmósfera con velocidades entre 33 y 37 Km/seg. Llegan a la Tierra lateralmente. No se conoce el cometa que las originó. Dejan estelas blanco amarillento o anaranjadas, poco visibles. Se han contado de 40 a 50 meteoros por hora.

El último enjambre importante durante el año son las Ursides. Su radiante se localiza en la Osa Mayor. Su velocidad es de 33 Km/seg y se derivan del cometa Temple (1939 X). Tienen su máximo el 22 de diciembre en la madrugada.

Los meteoritos pueden ser confundidos, y se les ha confundido, con ovnis. Jean-Claude Pecker, tras la caída de un meteorito en suelo galo, conminó a través de la prensa, a los lectores a que le refirieran cómo habían visto aquél fenómeno celeste: Pecker no comunicó en aquel primer momento el origen natural del fenómeno. Para su asombro, no tardó en recibir reportes y declaraciones sobre naves discoidales con ventanillas iluminadas. Pecker cree que esto se debió a que en aquellos días se habían proyectado un par de películas por la televisión sobre el tema de los ovnis, por lo que la gente estaba sensibilizada sobre el tema ufológico y de ahí procedí el mecanismo que estimuló la fantasía de los comunicantes de Pecker.

Cualquier persona que se dedique a investigar los reportes sobre ovnis debe estar familiarizado con las características y propiedades de estos fenómenos atmosféricos; debe saber localizarlos en el tiempo y en el espacio, para lo cual resulta de gran ayuda el uso de mapas celestes para los diferentes días el año.

Los meteoritos podrían funcionar también como productores, indirectos, de reportes ovni. Los investigadores del Laboratorio Lunar y Planetario de la Universidad de Arizona proponen que, puesto que la estela de un meteorito entrando en la atmósfera terrestre es un plasma, y puesto que un meteorito forma un flujo de estela sumamente turbulento, quizás movimientos vorticales en la frontera de dicha estela pudieran expeler masas giratorias de plasma incandescente que descenderían a la atmósfera más baja y fueran considerados como ovnis[10].

Ya sean productores directos o indirectos de reportes de ovni, lo meteoritos deben tomarse en cuenta en el estudio de este evasivo fenómeno.

REFERENCIAS

Abell George O., Exploration of the Universe, Holt, Rinehart and Winston, New York, 1982.

Adell Sabates Alberto, Manual del ufólogo, Editorial 7 ½, Barcelona, 1979, Págs. 111-114.

Beech, M., Steel, D. I., On the Definition of the Term Meteoroid, Quarterly Journal of the Royal Astronomical Society, Vol. 36, No. 3, September 1995, Págs. 281–284.

Comas Solá J., Astronomía, Editorial Ramón Sopena, S. A., Barcelona, 1965.

Hendry Allan, The UFO Handbook, Doubleday & Company, Inc., New York, 1979, Págs. 41-43.

Klass Philip J., The other side of the Coyne encounter, Fate, diciembre 1978, Pág. 79.

McDonald E. James, UFO. An International Scientific Problem, Conferencia pronunciada el 12 de marzo de 1968 en el Simposio de Astronáutica del Instituto Canadiense de Aeronáutica y del Espacio, Montreal, Canadá.

Menzel H. Donald & Boyd Lyle G., The World of Flying Saucers. A Scientific Examination of a Major Myth of the Space Age, Doubleday & Company, Inc., New York, 1963, Pág. 89.

Menzel H. Donald & Taves H. Ernest, The UFO Enigma. The definitive explanation of the UFO Phenomenon, Doubleday & Company, Inc., New York, 1977, Págs. 143-145.

Ortega José, Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús, escritos por un padre de la misma sagrada religión de su provincia de México Pablo Nadal Impresor, Barcelona, 1754.

Robey D. H., An hypothesis on the slow moving green fireballs, Journal of the British Interplanetary Society, Vol. 17, Londres, 1959-1960, Págs. 398-411.

Tacker J. Lawrence, Flying Saucers and the U. S. Air Force, D. van Nostrand Company, Inc., Princenton, N. J., 1960.

Trabulse Elías, Historia de la Ciencia en México, Siglo XVI, Tomo I, CONACYT/Fondo de Cultura Económica, México, 1983.


[1] Este artículo se publicó en: Ruiz Noguez Luis, Meteoritos, Cuadernos de Ufología, No. 12, 2º Época, Santander, 1992, Págs. 93-97.[2] Abell George O., Exploration of the Universe, Holt, Rinehart and Winston, New York, 1982.

[3] Comas Solá J., Astronomía, Editorial Ramón Sopena, S. A., Barcelona, 1965.

[4] Adell Sabates Alberto, Manual del ufólogo, Editorial 7 ½, Barcelona, 1979, Págs. 111-114.

[5] Comas Solá J., Op. Cit.

[6] Hendry Allan, The UFO Handbook, Doubleday & Company, Inc., New York, 1979, Págs. 41-43.

[7] Robey D. H., An hypothesis on the slow moving green fireballs, Journal of the British Interplanetary Society, Vol. 17, Londres, 1959-1960, Págs. 398-411.

[8] Trabulse Elías, Historia de la Ciencia en México, Siglo XVI, Tomo I, CONACYT/Fondo de Cultura Económica, México, 1983.

[9] Ortega José, Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús, escritos por un padre de la misma sagrada religión de su provincia de México Pablo Nadal Impresor, Barcelona, 1754.

[10] Ribera Antonio y Vignati Alejandro, Ovnis. El último desafío, Cielosur Editora S. A. C. I., Buenos Aires, 1980.

No se hizo el milagro

Buscador de milagros

Un hombre que subió una estatua de Jesús de 45 pies de alto para rogar por una curación milagrosa vio que su plan se modificaba ligeramente, cuando se cayó, rompiéndose los huesos.

El granjero Alipio Acosta subió sobre la estatua de Jesús en Ocaca, Colombia delante de una multitud de curiosos -y las cámaras de la TV- en un intento por ser curado de su epilepsia. Una vez en la parte superior de la estatua, rezó por algunos momentos, y entonces comenzó a bajar.

Desafortunadamente, él no había planeado su ruta de descenso. Para agregar problemas, había estado lloviendo, lo que hizo que Jesús estuviera bastante resbaladizo.

Mientras intentaba bajar por el brazo de Jesús, Acosta se colgó por un momento, antes de soltarse, y se cayó.

Afortunadamente sobrevivió. Lo cuál es una especie de milagro.

Fue llevado al hospital, en donde le diagnosticaron fracturas múltiples en su muñeca, cadera y cráneo.

Esta no es la primera vez que Acosta ha subido la estatua del Cristo Rey -hizo la misma cosa hace dos años. En esa ocasión, no lo curaron de su epilepsia, pero tampoco se cayo de 45 pies de altura, de tal forma que lleva un marcador de 0 – 0.

http://www.metro.co.uk/weird/article.html?in_article_id=24187&in_page_id=2

Zombi (Final)

OTRAS DROGAS TERRIBLES

La tetrodotoxina proviene del pez erizo cornudo (Diodon hystrix), también conocido como pez globo por su costumbre de hincharse cuando es molestado. Un pez erizo de 20 centímetros absorbe poco más de un litro de agua, al mismo tiempo que eleva sus espinas hasta convertirse en un cojín flotante lleno de pinchos.

Estos peces son afines a los Teiraodon, cuya carne y viseras son altamente tóxicas, como consecuencia de una singular neurotoxina: la tetrodotoxina, o simplemente TTX. Viven en la mayoría de los mares cálidos del mundo. En la Polinesia se les conoce como Maki-Maki, que significa “muerte mortal”. El veneno se concentra en la piel, los órganos reproductores, el hígado y los intestinos.

La tetrodotoxina, cuya fórmula química es conocida desde 1965, posee una curiosa propiedad de la cual deriva un efecto especial: bloquea los canales submicroscópicos que permiten el paso de iones de sodio a través de la membrana de las células nerviosas y musculares. El bloqueo iónico imposibilita las actividades nerviosa y muscular. Así, se produce una parálisis de los músculos del organismo y una depresión del sistema nervioso.

Ahora bien, recordemos que las leyendas vudú afirman que hay que evitar proporcionar sal (cloruro de sodio) a los zombis, para que estos permanezcan en ese estado. Parece ser que esta leyenda también tiene un fundamento. Probablemente al aumentar la concentración de iones de sodio en el cuerpo de los zombis, al ingerir sal por descuido, se contrarrestan los efectos del bloqueo iónico de la tetrodotoxina.

La bufotenina, otra de las drogas encontradas por Davis, proviene del sapo Bufomarinus. Estos sapos tienen veneno en unas glándulas situadas detrás de los ojos, las glándulas Parótidas. El veneno contiene una serie de sustancias llamadas bufoteninas, bufotalinas y bufaginas. Algunas tienen el mismo efecto que la digitalia: disminuyen las pulsaciones del corazón y aumentan la presión sanguínea, lo que va acompañado de hinchazón y náuseas.


DATURA Y CURARE

Davis encontró que los bocors obligan a los zombis a comer una pasta hecha de Datura, una potente planta alucinógena del género de los herbáceos, de la familia de las solanáceas, que acumulan alcaloides en las hojas, raíces y semillas. Comprende dos especies importantes: Datura metel y Datura stramonio.

El Datura stramonio es originario de México y comprende unas veinte plantas, algunas de ellas muy ornamentales y cultivadas con frecuencia en los jardines. Son plantas de olor desagradable que alcanzan más de un metro de altura. Sus hojas son aovadas, delgadas y agudas. Las flores son blancas y tubulares, con cáliz tubuloso, y se alargan en su extremo formando cinco lóbulos algo radiados. Están sobre cortos cabillos. La corola es blanca y el fruto es una cápsula ovoide erizada de púas verdes. En su interior poseen cuatro cavidades en las que alojan numerosas semillas reniformes de color oscuro. En términos generales tienen forma de Dalia.

La Datura stramonio es conocida en Haití como “Pepino de los zombis”. Nace en primavera, florece en verano hasta bien entrado el otoño y muere a principios del invierno. Su principal alcaloide es la daturina, aunque también tiene hiosciamina (Atropina) y escopolamina.

Davis continuó sus investigaciones en Sudamérica. En el Amazonas se dedicó a estudiar las plantas medicinales y brebajes utilizados por los nativos. Trabajó con más de una docena de tribus y encontró que el veneno más conocido era –y sigue siendo- el Curare.

El Curare es una sustancia extraída de diversas especies del género Strychnos (Strychnos toxifera, Strychnos panamensis, etc.)

El Curare debe su acción al alcaloide D-tubocurarina, que produce bloqueo del impulso nervioso a nivel de placa motora; ello trae como consecuencia una parálisis muscular, que afecta primero a los músculos de la cara, proporcionándole a la víctima un aspecto de idiota, y en el último término a los músculos respiratorios. Dicha acción es contrarrestada por la Fisostigmina y la Prostigmina.

En la antigüedad lo utilizaban los nativos de América, Asia y Oceanía para impregnar sus flechas. Los monos envenenados comienzan por relajar sus músculos y terminan por caer de los árboles. “La poción no mata necesariamente a los monos”, dice Davis. Actualmente se emplea para reducir las convulsiones y espasmos musculares, y suprimir así el peligro de fracturas óseas, en el electrochoque, y en muchos síndromes neurológicos que causan la hipertonía muscular. Asimismo se utiliza en la anestesia con el fin de obtener una relajación muscular más completa.


DEL AMAZONAS AL JAPÓN

Para averiguar más sobre estas pociones, Davis recurrió a una extraña fuente de información: la literatura médica japonesa.


Engelbert Kaempfer, médico agregado a la embajada holandesa en Nagasaki a finales del siglo XVIII escribió:


“Los japoneses lo consideran un pescado muy delicado, y son muy aficionados a él, pero hay que quitarle la cabeza, las tripas, las espinas y todos los desperdicios, y lavar y limpiar cuidadosamente la carne antes de que esté lista para comerla. Y aun así, mucha gente muere a causa de él. El veneno de este tipo de pescado es absolutamente mortal, y ningún lavado ni limpieza puede eliminarlo. Por consiguiente, nadie lo quiere, a no ser que pretendan quitarse la vida”.

Kaempfer se refería al Fugu o pez globo. Cada año unos 50 japoneses padecen envenenamiento con tetrodotoxina, por comer peces erizos cornudos mal preparados, y, aún más, la mitad de ellos muere. El veneno actúa con rapidez. En media hora la víctima se siente débil y mareada, con sensación de hormigueo, y el entumecimiento se extiende apareciendo el sudor, la dificultad para respirar y hemorragias. Finalmente, la parálisis y quizá la muerte.

En Japón, algunos restaurantes especializados sirven este pez, preparado por Chefs especialmente entrenados. Se eliminan las entrañas antes de comerse. Si se llega a consumir el veneno en pequeñas cantidades produce una sensación placentera y eufórica. Además se cree que es un afrodisíaco. Tal vez por eso los japoneses se atreven a comerlo. Existe un refrán japonés que dice : “Grande es la tentación de comer Fugu, pero mayor es el temor de morir”.

Davis descubrió algunos casos que “parecían relatos de zombificación”: dificultad para respirar, mirada vidriosa y parálisis. Algunos japoneses fueron declarados muertos, pero revivieron después de haber sido enterrados. Sin embargo, las víctimas conservan sus facultades mentales. En dos casos, por lo menos, los japoneses afectados recuperaron sus facultades antes de que los enterraran. Durante horas, la persona intoxicada se encuentra en un estado de muerte reciente. La muerte se produce por parálisis de los movimientos respiratorios.


“Una docena de jugadores se hartaron de fugu en Nakashimamachi de Okayama, en Bizen. Tres de ellos presentaron síntomas de envenenamiento, y dos acabaron por morir. Como uno de los muertos era natural de la ciudad, fue enterrado sin dilación. El otro pertenecía a un distrito distante…, bajo la jurisdicción del shogun. Por consiguiente, el cadáver fue trasladado a un depósito, donde quedó bajo la vigilancia de un guardián hasta que un funcionario del gobierno pudiera examinarlo. Siete u ocho días más tarde el hombre recobró la conciencia y curó por completo. Cuando le interrogaron acerca de su experiencia, dijo que lo recordaba todo y afirmó que, cuando oyó decir que la otra persona había sido enterrada, quedó aterrorizado al pensar que podían sepultarle vivo”.


“Un hombre de Yamaguchi, en Boshy, sufrió en Osaka un envenenamiento por fugu. Creyendo que había muerto, enviaron su cuerpo al crematorio de Sennichi. Al retirar el cuerpo del carro en que lo habían transportado, el hombre se recobró y regresó a su casa. Como en el caso anterior recordaba todo lo sucedido”.

Davis menciona un tercer caso:


“En la Nochebuena de 1977 un residente de Kyoto, de cuarenta y ocho años, fue admitido en el hospital a causa de un envenenamiento por fugu. El paciente dejó pronto de respirar, y todos los síntomas demostraban la muerte cerebral. Los médicos recurrieron de inmediato a la respiración artificial y a otros tratamientos adecuados. No le sirvieron de nada pero, cuarenta y ocho horas más tarde, el paciente empezó a respirar de nuevo de modo espontáneo. Acabó por recuperarse del todo y, más tarde, recordó haber oído llorar a su familia sobre su cuerpo inmóvil. El veneno no le había afectado los sentidos. Desesperado, intentó hacerles saber que seguía con vida, pero no pudo conseguirlo. “Fue un verdadero infierno”, dijo a los investigadores médicos cuando se recuperó”.

Los investigadores japoneses Fukuda T. y Tani I. distinguen cuatro grados de envenenamiento con tetrodotoxina: los dos primeros se distinguen por una sensación progresiva de entumecimiento; el tercero incluye parálisis del cuerpo entero, dificultades respiratorias, cianosis y presión sanguínea baja, aunque la víctima conserva la conciencia; el último grado produce un paro respiratorio y la muerte.


LA SOLUCIÓN AL MISTERIO

Davis cree que los bocors, que conocen perfectamente las cualidades positivas y negativas de las plantas, preparan un brebaje para dárselo a la persona, aplican una cocción conteniendo Bufotenina y tetrodotoxina a la piel de sus víctimas, causando una dificultad respiratoria, insuficiencia cardiaca y renal, agitación psicomotriz y confusión mental progresiva.

La persona cae en un estado de enfermedad grave, más grave, hasta que el cuerpo empieza a ponerse rígido, adquiere un tono cadavérico y el pulso se hace débil, tan débil que llega a creerse que está muerto. Parece que no hay ningún soplo humano en sus células y después de varias horas, si al doctor se le pide el certificado luego de sus exámenes, determina oficialmente que esta persona está muerta. La víctima es enterrada.

El bocor se encarga, antes de 24 horas, de exhumarlo y devolverlo a la vida… Pero a la vida de zombi, drogándolo con Datura. El tratamiento a que se somete a la víctima es brutal. En este punto es decisivo suministrarle al presunto zombi un preparado vegetal alucinógeno a base de stramonio (Toloache). La víctima, probablemente afectada por lesiones residuales en el cerebro, provocadas por la escasez de oxígeno durante la falsa muerte y el sucesivo sepelio, vuelve a tener conciencia en medio de espantosas alucinaciones y es fácil convencerlo de que es un “muerto viviente”.

Las investigaciones realizadas por Davis señalan que el zombi sólo puede efectuar trabajos físicos, como labores en el campo y en la casa. Las funciones intelectuales son perdidas por completo, e incluso habla con dificultad. Vive como un retrasado mental o idiota y pierde por completo sus posibilidades de hacer vida sexual. Se ha convertido en un esclavo.


“Es verdad –dice el doctor Douyon- que hay personas consideradas como muertas y enterradas que “resucitan” y son encontradas meses o años después por sus familiares o amigos. Pero no hay nada de misterioso en esto; más bien se trata de un asunto terriblemente inmoral. Llevo años denunciándolo”.

Para concluir sólo señalaremos que el mismo antiguo Código Penal Haitiano, en su artículo 246, hacía referencia directa a los zombis:


“Se considera atentado a la vida de una persona por envenenamiento, todo empleo que se haga contra ella de sustancias que, sin dar la muerte, hayan producido un estado letárgico más o menos prolongado, y esto sin tener en cuenta el modo de utilización de estas sustancias o su resultado posterior. Si a consecuencia de este estado letárgico la persona ha sido enterrada, el hecho será calificado de asesinato”.


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