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El tal Noguez gana el premio Tachiblog 2006

Desde el TachiBlog nos unimos a la celebración y felicitamos a Don Luis por tan interesante logro y le otorgamos tambien el Premio TachiBlog 2006 por los mismos meritos y esperamos ser en un futuro igual o mas importantes que él en el medio.

Aparte su blog ha colocado divertidos y amenos posts que nos han arrancado algunas risas, asi es como decidimos otorgar por pirmera vez nuestro tan importante y divertido premio.

http://tachiblog.mgdhost.com/index.php?blog/show/Felicidades_a_Luis_Ruiz_Noguez

Ufología ¿Una ciencia? (Primera parte)

¿EL ESTUDIO DE LOS OVNIS PUEDE SER UNA CIENCIA?[1]

¿Puede considerarse el estudio de los ovnis (la denominada ufología) una ciencia, o por lo menos una ciencia en formación? Esta es una de las cuestiones fundamentales que me planteo cada vez que algún niño, joven o muchacho pregunta al ufólogo en turno ¿en dónde puedo estudiar la carrera de ufólogo? La respuesta, a la primera pregunta, es un claro y rotundo no. Sin embargo esta respuesta no les gusta a los ufólogos y de inmediato contraatacan diciendo que proviene de una mente cerrada contraria a cualquier tipo de idea nueva y no convencional. Se apoyan comentando anécdotas de Galileo Galilei, Giordano Bruno, Louis Pasteur, los hermanos Wright, etc. y dicen que lo que ayer era considerado herejía ahora es ciencia. Pero la verdad es otra. Quienes se oponían a estas ideas eran los otros y no los científicos (Galileo, Bruno, Pasteur y los Wright eran precisamente los científicos). La mayoría de las herejías científicas del pasado han caído en el olvido y son ignoradas por los autonombrados Galileos modernos. No hay más que ver el libro de Martin Gardner (Fads and fallacies in the name of Science – Locuras y falacias en el nombre de la Ciencia) que está repleto de esas herejías que nunca pasaron a constituir el corpus de la Ciencia. Eso no significa que la Ciencia sea refractaria a los cambios, al contrario, en los últimos años ha pasado por varias revoluciones radicales en todos sus campos. Ideas nuevas (la relatividad, la cromodinámicacuántica, el universo inflacionario, etc.) han mostrado su valía no con videos, autopsias y ovnis estrellados (de los que no se tiene ni un solo fragmento); si no con el avance de la Humanidad.

EXENCIONES ESPECIALES

Pero, ¿cuales son las razones por las que a la ufología no puede considerarse una ciencia?

En primer lugar está la negativa de sus cultores, los ufólogos, a seguir las reglas del pensamiento científico. En lugar de esto piden exenciones especiales de los procedimientos probados por la Ciencia y se niegan a proporcionar los nombres de los testigos, la verificación de fechas, el uso de referencias bibliográficas, y su obligación a probar sus propias afirmaciones (piden que los otros sean los que demuestren que están equivocados). Basan la veracidad de su premisa positiva (existen los ovnis), sobre una negativa (por mucho que se trate, no se pueden explicar ciertos informes de ovnis). Esta es una falacia y un error filosófico que se conoce como “falacia residual”, que ha sido estudiada en el pasado, al parecer sin ningún efecto entre los ufólogos. Ya Hudson Hoagland escribió lo siguiente en la prestigiosa revista Science (1969): La dificultad básica inherente a cualquier investigación de fenómenos como el de … los OVNIs, es la de que es imposible para la Ciencia probar nunca un pensamiento universal negativo. Siempre habrá casos que queden sin explicar por falta de datos, ausencia de repetición, falsedad en los informes, fantasía de los testigos, sugestión de los observadores, rumores, mentiras y fraudes. Un residuo de casos no explicados no es una justificación para continuar una investigación después de que una evidencia abrumadora ha descartado las hipótesis de sobrenaturalidad, como la de los seres del espacio exterior… Los casos no explicados son casos que, sencillamente, no se les ha encontrado explicación. Nunca podrán ser la prueba de ninguna hipótesis”.

LA FALACIA DEL RESIDUO

Aunque la mayoría de los testigos de ovnis son personas sobrias e inteligentes que al parecer han tenido una percepción extraordinaria, hay muchas maneras sutiles por las cuales pueden confundirse. Siempre hay un residuo debido a las limitaciones de la percepción y la memoria humanas o por raros fenómenos naturales. Hay también “testigos” mentirosos, enfermos mentales y borrachos. Otra fuente de reportes son diversas actividades humanas que no se publican nunca debido a razones de seguridad militar, ilegalidad de dichas actividades, o a la mera ignorancia por parte de los agentes humanos de la actividad que ha causado revuelo. Aunque ese residuo nunca sea resuelto, no se refiere, obviamente a ningún estímulo extraordinario. Es el mismo caso de delitos que quedan sin resolver, de personas perdidas que nunca son encontradas, o de accidentes automovilísticos raros. Nuestro imperfecto conocimiento de los hechos no es prueba de que existan criminales extraordinarios, secuestradores fuera de lo común o saboteadores de tránsito a gran escala. La “falacia del residuo” en ufología se basa en el argumento de Joseph Allen Hynek de que aún cuando el 95% de los reportes de ovnis se deben en realidad a OVIs (Objetos Volantes Identificados), queda un remanente del 5% que seguramente sí son ovnis (en México ese residuo es del 100%. Todos los casos reportados son tomados por los ufólogos como verdaderos ovnis). Sin embargo, diversos estudios, tanto académicos como de los mismos ufólogos (aquellos con conocimientos universitarios en ciencias) han demostrado que los reportes ovnis son indistinguibles de los reportes ovis. En otras palabras, si se encontró explicación al 95% de los reportes ovni, es altamente probable que el restante 5% también sea ovi.

PERSUASIÓN vs. EXPOSICIÓN

Los argumentos de los ufólogos son principalmente persuasivos y no expositivos. Utilizan todos los adelantos de la mercadotecnia y la publicidad y ninguno del pensamiento científico. Hacen uso del principio de autoridad (“los astronautas han visto ovnis, por lo tanto nosotros debemos creer en su existencia”); de afirmaciones de lo consecuente lógico (“el universo es tan grande que tienen que existir otras civilizaciones en el espacio, luego entonces estamos siendo visitados por esas civilizaciones”); invitación a unirse al carro de la victoria (“¡la mayoría de las personas creen en los ovnis!, ¿por qué tú no?”); el sentido de conspiración (“el Gobierno de los Estados Unidos sabe toda la verdad sobre los ovnis, pero mantiene una conspiración del silencio”). Todas estas argucias, como dicen los filósofos de la Ciencia, son “tácticas de persuasión ilógica”. El asunto de los ovnis y los astronautas es una mentira fenomenal (el tema es tan complicado que merece otro artículo). Más de veinte de las principales historias aparecieron en los libros de Hynek y luego se han diseminado por todo el mundo. Sin embargo el mismo Hynek, después de visitar el Centro Espacial de Houston, en julio de 1976, y de ver los archivos originales que incluían fotografías, reportes y películas, dijo a sus colegas que sentía mucho haber incluido estas historias en sus libros, sin haberlas verificado, y que estaba convencido de que no había “verdaderos ovnis” entre ellas. Para aquellos ufólogos mexicanos que no crean en mi palabra, pueden ver la entrevista a Hynek que publicó el Playboy en enero de 1978, en donde el astrónomo testificó: Fui a Houston y vi las fotografías de los casos, y tengo que confesar que no me impresionaron en absoluto”. No obstante esta es una excepción a la regla. En general los ufólogos no siguen el ejemplo de Hynek y no se han retractado de los casos explicados, en lugar de eso han preferido embellecer y modificar las historias para volver a circularlas.

LA CARGA DE LA PRUEBA

El problema de “la falta de pruebas” de la existencia de los ovnis conduce a otra debilidad aún mayor en las bases filosóficas de la ufología. La carga de la prueba, que generalmente recae en los que alegan sobrenaturalidad (o, en un caso criminal, el peso de probar la culpa del acusado, que es “inocente hasta que se demuestra lo contrario”. En ufología “el acusado no es inocente, aún demostrando lo contrario”). La tesis de la ufología es una acusación contra la capacidad de la Ciencia contemporánea para explicar el universo. Las reglas de la Ciencia son claras: los alegatos extraordinarios requieren pruebas extraordinarias. Por lo tanto la ufología tiene que probar dicha acusación con pruebas contundentes. Mientras no lo haga, el modelo actual de la realidad, el Método Científico, seguirá siendo válido y los argumentos de la ufología simples sofismas y patrañas. Pero esto no lo comprenden los ufólogos. Para ellos la simple existencia de casos no resueltos es una supuesta prueba de la necesidad de modificar la Ciencia moderna. No se molestan en dudar si estamos siendo visitados, “ellos ya están aquí, y por lo tanto deben viajar a velocidades superiores a la de la luz, lo que implica que ésta no es el límite máximo para todo cuerpo con masa; tal vez utilicen aparatos de plasma biológico (sic)”. Para los ufólogos los reportes extraordinarios se pueden considerar como datos válidos hasta que no se demuestre lo contrario.

LAS PRUEBAS

¿Cuales son los datos y/o argumentos que, en su ingenuidad, los ufólogos presentan como pruebas? En realidad son pocos, básicamente: la declaración de un testigo, una fotografía, un video, y algún fragmento de una sustancia extraña. Pero estos argumentos no constituyen pruebas científicas. Aún cuando miles o millones de personas hayan declarado haber visto al unicornio, las hadas, el diablo, las quimeras, etc., sus declaraciones han quedado como simples anécdotas o literatura, ya que no se ha encontrado ningún resto de estos seres míticos. Las sustancias extrañas tampoco son prueba de nada. Durante la Edad Media se vendían polvos de cuerno de unicornio como eficaz remedio para diversas enfermedades. El dichoso polvo era producido, entre otras cosas, con los cuernos de los rinocerontes. De la misma forma, se ha determinado que todas las muestras de supuestos fragmentos de ovnis que se han analizado están fabricadas con algún elemento químico de los que constituyen la tabla periódica de los elementos, principalmente de productos o aleaciones que pueden ser fabricados en la Tierra, y por lo tanto de ninguna manera demuestra que provengan de otro planeta. Si los ufólogos mostraran algún fragmento de Kriptonita verde (o por lo menos de Kriptonita roja), el caso sería diferente: esos materiales no se pueden fabricar en nuestro planeta. Las fotos y los videos se han constituido como la máxima prueba para los ufólogos.

Supongamos que un “cuervólogo” (permítaseme este barbarismo), es decir, un estudioso de los cuervos, afirma que existen los cuervos verdes. La única forma que tendría de demostrarlo es presentando un ejemplar de cuervo verde para ser analizado por zoólogos y veterinarios. En lugar de eso se contenta con mostrar:

a) un grueso expediente con diversos reportes de personas que dicen haber visto cuervos verdes;

b) diversas fotografías de cuervos verdes en vuelo;

c) varios videos (que pueden comercializarse fácilmente en la televisión o en alguna colección de videos cuervológicos);

d) algunas plumas verdes.

El componente “a” del dossier queda al nivel de los relatos sobre seres mitológicos, y no constituye una prueba científica. Se descubre que algunas de las plumas que se muestran en “d” pertenecen a pericos, guacamayas y otras aves de plumajes verdes; las demás están pintadas con alguna clase de anilina. El cuervólogo pone el grito en el cielo y dice que la NASA, la Fuerza Aérea, el Pentágono, el Kremlin, todos los Gobiernos, el Ejército, y hasta el personal de la estación de bomberos que se encuentra a dos cuadras de su casa, están organizando un complot, una conjura de silencio con el único fin de que la Humanidad no conozca la verdad: los cuervos verdes existen. Rumiando su conspiranoia se aferra a las evidencias gráficas “b” y “c”. Pero los zoólogos, que a raíz del resultado negativo con “a” y “d” se han vuelto escépticos y suspicaces, le dicen que:

1) Están fuera de foco, por lo que no se puede deducir nada.

2) Están muy alejados y al ampliarlos se pierde mucha información por la
aparición del grano o de los píxeles. Pueden ser cualquier cosa.

3) Pueden ser pericos captados en condiciones especiales.

4) Una de las evidencias era una paloma pintada de verde por algún bromista.

5) Hay un video que muestra un cuervo, pero éste no es verde sino negro.

6) En una fotografía aparece un cuervo, pero los colores de la misma fueron
modificados por métodos computacionales.

7) Un bromista ha mandado el logotipo del bar “El cuervo verde”, en donde
aparece el dibujo de uno de estos animales.

8) Uno de los seguidores del cuervólogo ha fotografiado una hoja verde
lanzada al aire.

9) Otra fotografía muestra un ave verde parada al lado de uno de los
anuncios de neón de los casinos de las Vegas. La morfología del animal es la
de una paloma. Su extraño color se debe a las luces verdes de neón.

Y así ad infinítum. Por más que el cuervólogo se enoje no puede demostrar la existencia de los cuervos verdes. La única manera, la más obvia, es presentar un cuervo verde, pero eso no lo ha hecho en cincuenta años que lleva de investigar este fenómeno[2].

FALSEABILIDAD

La ufología no es una Ciencia ya que se aleja por completo al concepto de “falseabilidad” propuesto por Karl Popper, el filósofo de la Ciencia. En términos generales esto quiere decir que ninguna teoría puede ser considerada como científica hasta que pueda ser formulada para que pueda probarse lo contrario, o demostrarse que es una falsedad. Esto es, la teoría tiene que explicar una porción del universo de tal manera que las observaciones ulteriores o los experimentos, no puedan conformarse con la teoría y sus predicciones, o puedan conformarse con ellas (aunque no estén conformes con las predicciones tradicionales). La predicción de Albert Einstein de la curvatura de la luz estelar al pasar cerca de un cuerpo masivo (observable durante un eclipse total de Sol), es un ejemplo famoso de este procedimiento. Pero después de más de cincuenta años de especulación a ciegas, no se ha obtenido ninguna predicción científica digna de mención producida por la ufología[3]. Por lo tanto la ufología no es una Ciencia, es solo una disciplina estéril.


[1] Este artículo se publicó como: Ruiz Noguez Luis, ¿Puede el estudio de los ovnis ser una ciencia?, La Nave de los Locos, Año 1, No. 1, Santiago de Chile, abril de 2000, págs. 5-8.[2] James Randi utiliza una parábola similar para demostrar la inexistencia de los ovnis. El mago pone como ejemplo el caso de los renos voladores de Santa Claus. Para ello propone el experimento de subir a la azotea de cualquier edificio para arroja, uno a uno, todos los renos del planeta y poder determinar si efectivamente alguno posee la cualidad de volar.

[3] Antes de que mencionen a Billy Meier y el agujero en la capa de ozono, diremos que ese efecto ya se conocía con anterioridad. De hecho fue la razón por la cual Rowlan y Molina obtuvieron el premio Nobel de Química. Revisando la mayoría de los números del Wassermannzeit (La era del barquero), el boletín que edita Meier, no he encontrado ningún referencia escrita a esta predicción. Por lo tanto no hay forma de demostrar que Billy haya predicho eso. Si eso hubiera sido cierto, me hubiera servido para mi tesis de licenciatura “Construcción de un modelo fotoquímico para una atmósfera de oxígeno”, que trata sobre el tema.

Aplicando lo aprendido

APLICANDO LO APRENDIDO

Todos quienes investigamos el tema de los ovnis utilizando una metodología científica hemos aprendido muchas cosas en todos estos años. Una de las principales, sin duda, es la de saber lo falible que es el testimonio de testigos oculares. No obstante ello pocos son los que han podido encontrar una utilidad práctica a tales saberes, además de la explicación de casos supuestamente paranormales. Una de estas excepciones es Manuel Borraz Aymerich.

Leer la nota completa en:

http://espacioexterior.blogspot.com/2006/11/aplicando-lo-aprendido.html

Meteoritos

METEORITOS[1]

“No puede ser un meteoro porque no caía hacia la Tierra”

Testigo de la trayectoria de un meteoro perteneciente a las Líridas

La palabra meteoro se refería originalmente a cualquier fenómeno o aparición inusual en la atmósfera. Estos fenómenos atmosféricos podían ser de varios tipos: Aéreos, como los vientos; Acuosos, como la lluvia y la nieve; Luminosos, como el arco iris, el parhelio; y Eléctricos, como el rayo y el fuego de San Telmo.

En la actualidad a una partícula moviéndose en el espacio exterior se le llama Meteoroide, y a la estela luminosa que éste produce al desintegrarse por fricción en la atmósfera superior se le llama Meteoro, y si la partícula es lo bastante grande como para llegar a la superficie de la Tierra, se le llama Meteorito. El meteoroide es un cuerpo sólido de tamaño variable y de origen interplanetario. El meteoroide se convierte en meteoro al entrar en la atmósfera de la Tierra. Su velocidad estimada oscila entre los 12 y 72 kilómetros por segundo. Pueden verse a distancias de hasta 650 kilómetros debido a que se localizan desde alturas de hasta 100 kilómetros. Su duración típica es de 1 a 15 segundos, aunque hay casos excepcionales que llegan a durar más[2]. La definición moderna dice que el meteoroide debe tener un tamaño entre 100 μm y 10 m. Cualquier objeto más pequeño que esto es considerado polvo interplanetario, mientras que los objetos mayores a este rango son asteroides.

Se llama Bólido o Bola de Fuego a un meteoro con luminosidad igual o mayor que la de Venus, y cuya magnitud puede ser en ciertos casos de –13. Su cola es típicamente muy larga, y aunque su coloración depende siempre de las sustancias que le integran, no es difícil que abunde en amarillos y naranjas. Sus colores pueden variar de celeste, blanco y amarillo verdoso a rojo. Algunas veces los bólidos se parten en pedazos. Algunos poseen cola y otros no. Podemos decir que cualquier meteoro cuya brillantez sea mayor a –3 se le denomina bólido.

Los meteoritos son meteoroides de gran tamaño que, al atravesar la atmósfera se volatilizan sólo parcialmente, llegando a caer sobre la Tierra, de lo que se desprende que su masa debe ser superior a los 5 kilogramos, pues de lo contrario se desintegrarían totalmente antes de alcanzar la superficie. Normalmente hacen explosión a cierta altura, disgregándose en numerosos pedazos. Esta explosión acarrea la producción de un fuerte ruido, consecuencia de la velocidad supersónica de los meteoritos, que se oye como un potente trueno en una vasta región. Sus velocidades son considerables, pudiendo alcanzar los 300 Km/seg, y sus trayectorias aparecen como rectilíneas para los testigos, a lo sumo, algo parabólicas. Las trayectorias irregulares reportadas en algunos avistamientos se deben a su forma irregular. Se estima que durante un año llegan a caer 2,000 meteoritos a la Tierra[3].

En un reporte titulado Long enduring meteor trains and fireball orbits, escrito por Charles P. Oliver, profesor emérito de astronomía de la Universidad de Pennsylvania, se determinó que de los 33,000 meteoros observados por el profesor Guno Hoffmeister del Observatorio de Sonneburg, Alemania, sólo 42, o uno de cada 786, posee cola que persiste 10 segundos o más, La American Meteor Society indica una razón de 1 a 750 y se calcula la existencia de un bólido por cada 258 meteoros. Se calcula que caen dentro de la atmósfera terrestre un promedio de 2,400 meteoros que son fácilmente vistos a ojo desnudo, en un intervalo de 24 horas.

La mayoría de las estrellas fugaces son producida por partículas no más grandes que un grano de arena; su brillantez es parecida a la de la estrella polar. Los bólidos son producidos por pedazos de materia del tamaño de un cacahuate.

Si atendemos a su composición química los meteoritos pueden dividirse en:

a) Sideritas (con 98% de metal) formadas por una aleación de hierro-níquel.

b) Siderolitos (con un 50% de metal y un 50% de silicatos), compuestos principalmente por ferroniquel y silicatos (olivino y pirosceno).

c) Aerolitos (o piedras meteóricas) que son los meteoritos más frecuentes y abundantes y están formados en gran parte por silicatos. Poseen un alto porcentaje de silicio, magnesio y calcio, aunque se han encontrado trazas de otros elementos como el cobre.

d) Tectitas, compuestas por vidrio rico en sílice.

Existen varias teorías para explicar el origen de los meteoritos. Se cree que se originaron por la explosión de un cuerpo celeste en el sistema solar. Este cuerpo tenía una composición similar a la de la Tierra. Esto se ha comprobado debido a la similitud entre la composición química y mineralógica de los meteoritos y las rocas eruptivas básicas y ultrabásicas. También se les conoce como meteorolitos o piedras meteóricas.

Es probable que muchos de ellos sean restos de cometas o asteroides. Su constitución en términos medios es de: 72% de hierro, 10% de oxígeno, 6% de níquel, 5% de silicio, 4% de manganeso, y el resto trazas de otros elementos[4].

Se tornan luminiscentes por rozamiento con la atmósfera a una altitud de 90-95 kilómetros.

Todos los días caen sobre la Tierra tres o más meteoritos que pesan cada uno 9 kilogramos –en promedio-. Se cree que un meteorito que pesa 4,000 toneladas por lo menos, se incrusta en nuestro planeta cada 100 año. Comas Solá refiere la aparición de un bólido, l 15 de mayo de 1933, que fue perceptible en toda Cataluña, y a cuya bola luminosa se le calculó un tamaño de unos 90 metros de diámetro[5]. Cerca de 40,000 toneladas de material meteorítico cae sobre la Tierra cada día, la mayoría en forma de fino polvo.

Pueden durar de uno a 20 segundos. El 79% dura menos de 10 segundos. Pueden existir meteoros que duren más de 20 segundos, pero son muy raros. Los deshechos de satélites artificiales han durado más de dos minutos[6].

El color verde de algunos meteoros puede provenir del cobre o del magnesio. Se cree que algunos “cometoides” o pedazos de cometa conteniendo nitrógeno congelado, son los responsables de los meteoros verdes vistos en Nuevo México en la década de los cincuenta del siglo pasado, y que fueron confundidos con ovnis. El nitrógeno vaporizado puede producir el color verde[7].

La luminosidad no depende del tamaño del meteoro. Un fragmento pequeño como un grano de arena puede producir una gran luminosidad.

Algunos producen sonido y otros no. La mayoría se vaporizan silentemente. De los que explotan se ha dicho que su sonido es como el tronar de cañones.

La recuperación de fragmentos meteóricos es un evento sumamente raro, aún cuando la caída ocurra en el día y sobre una zona densamente poblada. Esto se debe a la difícil determinación de las direcciones y distancias. En 50 años (de 1898 a 1948) sólo se recuperaron 48 fragmentos en los Estados Unidos, y sólo 8 fueron de avistamientos nocturnos. La recuperación depende de muchos factores: el número de testigos, la exactitud de las estimaciones de la distancia y dirección, el tamaño de los meteoritos, la paciencia de los investigadores, los fondos para la búsqueda, y lo más importante, la suerte.

La frase que sirve de epígrafe a este capítulo es muy común en los reportes de avistamientos de meteoros (confundidos con ovnis), y constituye una falsa apreciación. La trayectoria depende de nuestra línea de visión. Es decir, el meteoro puede adoptar cualquier dirección y ángulo, incluyendo el “ascenso”, dependiendo de nuestro punto de visión. El ángulo aparente de la trayectoria del meteoro visto por un observador, depende de la distancia y de la dirección relativa entre el objeto y el observador. Cuando el meteoro viaja paralelo a la línea visual del observador, parecerá más lento que si pasa a ángulos rectos con esta línea.

La mayoría de los meteoros son visibles cuando alcanzan una altura de 90 o 100 kilómetros. Se ha reportado que algunos cambian de curso después de explotar. En realidad lo que ocurre es que los testigos ven la nube de humo que deja el meteoro y que adopta formas caprichosas. El 12 de enero de 1947 se vio explotar un meteoro sobre Puerto Rico. La estela que dejó fue fotografiada unos 20 minutos después que desapareció el meteoro.

Los meteoros siempre han despertado temor y curiosidad en todas las épocas y culturas. Ya en 1702 Luis González Solano imprimió una breve disertación Phenomeno examinado, discurso del aparecido metheoro, donde daba cuenta de un espectacular evento celeste que cubrió de luminosidad la ciudad de México, a las 8 de la noche del 26 de febrero de ese año[8].

Según José Ortega en sus Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús, escritos por un padre de la misma sagrada religión de su provincia de México[9], los indios de Nayarit creían que los meteoritos, a los que llaman Merit (hombres que morían violentamente), venían a espantarles.

Los meteoros tienden a agruparse, en tiempo y espacio, en lo que se conoce como Lluvia de Estrellas. La mayoría de estas lluvias de estrellas se deben a que la tierra atraviesa una zona en donde probablemente explotó un cometa, por ejemplo, las Perséidas, que son fragmentos del cometa 1862 III y han aparecido por más de 1,200 años; y las Leonidas, que son restos del cometa Temple (1866 I). Estas últimas tuvieron un marcado incremento cada 33 años durante casi un milenio (de 902 d. C. A 1866). Su aparición en 1833 fue la más espectacular. La gente decía que las “estrellas estaban cayendo como si fuesen ladrillos o nieve”. En 1899 casi ya no se les vio debido a que pasaron cerca de Júpiter. Desde entonces las Leonidas casi han desparecido.

Las cercanías de un cometa produce en ocasiones una lluvia de estrellas, tal como ocurrió el 27 de noviembre de 1885 cuando el cometa Biela pasó cerca de la Tierra. Se contaron en una sola noche más de 75,000 meteoros.

Los meteoritos miembros de un particular enjambre poseen una velocidad característica. Las Perséidas, por ejemplo, tienen una velocidad de 60 Km/seg, mientras que las Gemínidas tienen una de 35 Km/seg.

Existen otras diferencias marcadas en los enjambres. Las Táuridas son estructuras rígidas que muestran poca tendencia a romperse en vuelo y por lo regular alcanzan la Tierra. Las Gemínidas son muy densas, mientras que las Dracónidas son frágiles y de baja densidad.

La mayoría de los meteoros no llega a la tierra pues están compuestos de gases congelados que rápidamente se vaporizan en contacto con la atmósfera y no dejan fragmentos detectables.

Durante los meses de enero y febrero ocurren 4 lluvias de estrellas. Las principales son las Cuadrántidas, cuya radiante se encuentra en la constelación de Bootes (El Boyero), que junto con Hércules y Draco (El Dragón), constituían la constelación de Quadrantis Muralis (El Cuadrante de Pared). Su máximo se da del 3 al 6 de enero y su velocidad media es de 41.5 Km/seg. Estas son numerosas, débiles, con trazos delgados y muy azules. Provienen del cometa Ceplecha. Se vieron durante más de 100 años.

Marzo es el único mes que no tiene lluvias de estrellas importantes; solamente 3 muy débiles.

De las 9 lluvias que aparecen en abril, únicamente las Líridas, cuya radiante está en la constelación de Lyra y Hércules, se ven al suroeste de Vega (α Lyrae). Pertenecen a los restos del cometa Thatcher (1861) y penetran a nuestra atmósfera con una velocidad media de 47 Km/seg dejando estelas cortas y brillantes tras de si. Su máximo ocurre el 21-22 de abril y tienen una duración aproximada de 4 días. Se pueden contar 8 destellos por hora, aproximadamente. Se les ha visto durante más de 2,500 años.

De las 4 lluvias de estrellas de mayo las más importantes son las η Acuáridas que tienen un máximo entre el 3 y el 7 de mayo. Su radiante esta cerca de la estrella η Acuarii (de ahí su nombre). Dejan estelas muy brillantes, a veces amarillas. Se derivan del cometa Halley y penetran a la atmósfera terrestre a una velocidad de 67 Km/seg. Se desplazan continuamente hacia el Noreste.

En junio se pueden ver 13 lluvias de estrellas. Las principales son las Líridas del 15 de junio, con radiante al Sur de vega, y con velocidades de 31 Km/seg, y estelas persistentes.

Entre julio y agosto tenemos un total de 10 lluvias de estrellas. Las más importantes son las Perséidas que presentan su máximo la noche del 11-12 de agosto. Nacen entre la constelación de Perseus y Casiopea y penetran a nuestra atmósfera con velocidades de 60 Km/seg. Dejan estelas persistentes y se cuentan hasta 100 por hora. Son conocidas también como “Lágrimas de San Lorenzo”.

San Lorenzo fue un sacerdote católico que después de martirizado, fue quemado vivo sobre una parrilla, el 10 de agosto del año 258. Sus reliquias se conservan en su Basílica en Roma.

Las Perséidas con radiante al Norte de Perseus tienen su origen en el cometa Swift-Tuttle (1862 III). Dieron la clave en 1866 a Schiaparelli, quien reconoció las lluvias de estrellas como remanentes de cometas. Sus trazos son de varios colores y duran algunos segundos. Se les ha visto durante más de 1,200 años.

En julio se pueden ver las δ Aquáridas (del 14 de julio al 19 de agosto) y las ι Aquáridas (del 16 de julio al 25 de agosto). Ambas con un máximo el 30 de julio.

Las α Capricórnidas de agosto 1 al 21, con máximo el 17 de agosto, son residuos del cometa 1948 n.

Finalmente, en agosto se pueden ver las Cygnidas, del 9 al 22 y con un máximo el 17.

De las 11 lluvias que ocurren en septiembre y octubre, las más importantes son las Dracónidas y las Oriónidas, ambas en octubre. Las primeras tienen su radiante en la cabeza del Dragón, cerca de la estrella Vega de Lira y siguen la misma dirección que el movimiento orbital de la Tierra. Su máxima frecuencia es el 9-10 de octubre. Estos meteoritos son lentos (21 Km/seg), frágiles y se fragmentan fácilmente. Provienen del cometa Giacobini-Zinner y se han contado hasta 7,200 trazos por hora en 1946. Las Oriónidas con su radiante cerca de Betelgese, en la constelación de Orión, tienen su máximo los días 20 y 21. Conviene observarlas en la madrugada una vez puesta la Luna. Son muy rápidas (67 Km/seg). Las hay de varios colores; provienen del cometa Halley, igual que las η Acuáridas y dejan estelas tras de si de una duración de 1 o 2 segundos. Aunque su frecuencia es sólo de 25 a 50 por hora, sin duda es una lluvia espectacular.

En septiembre se pueden ver las Táuridas, con una duración desde el 15 de septiembre al 2 de diciembre. Son producto del cometa Encke (1957 c) y su máximo ocurre el 12 de noviembre.

De las 16 lluvias de noviembre-diciembre, las más importantes son las Biélidas, las Leonidas, las Gemínidas y las Úrsides. Las primeras tienen su máximo el 14 de noviembre y se derivan del famoso cometa de Biela que se partió en dos en 1845; sus velocidades son de 16 a 25 Km/seg, siendo las más lentas y presentando estelas rojizas.

Se sabe que el 17 de noviembre de 1950 hubo una extraordinaria lluvia de estrellas y cayeron varios meteoritos metálicos en la zona de Mazapil, en el estado de Zacatecas. Estos meteoritos eran restos de las Biélidas.

Las Leonidas, son las más rápidas de todas las lluvia de estrellas (71 Km/seg, en promedio). Su máximo ocurre el 16-17 de noviembre a las 22 horas. Debido a su velocidad jamás llegan a la Tierra. Su color es verdoso o azulado y dejan estelas con persistencia de hasta varios minutos. En 1964 se contaron más de 500,000 por hora. Derivan del cometa Temple-Tuttle (1866 I), con periodo de 33 años. Se les ha observado desde el año 902 d. C.

Las Gemínidas, cuya radiante está al Noroeste de Castor, la principal estrella de la constelación de Géminis, tienen su máximo el 13-14 de diciembre y entran a nuestra atmósfera con velocidades entre 33 y 37 Km/seg. Llegan a la Tierra lateralmente. No se conoce el cometa que las originó. Dejan estelas blanco amarillento o anaranjadas, poco visibles. Se han contado de 40 a 50 meteoros por hora.

El último enjambre importante durante el año son las Ursides. Su radiante se localiza en la Osa Mayor. Su velocidad es de 33 Km/seg y se derivan del cometa Temple (1939 X). Tienen su máximo el 22 de diciembre en la madrugada.

Los meteoritos pueden ser confundidos, y se les ha confundido, con ovnis. Jean-Claude Pecker, tras la caída de un meteorito en suelo galo, conminó a través de la prensa, a los lectores a que le refirieran cómo habían visto aquél fenómeno celeste: Pecker no comunicó en aquel primer momento el origen natural del fenómeno. Para su asombro, no tardó en recibir reportes y declaraciones sobre naves discoidales con ventanillas iluminadas. Pecker cree que esto se debió a que en aquellos días se habían proyectado un par de películas por la televisión sobre el tema de los ovnis, por lo que la gente estaba sensibilizada sobre el tema ufológico y de ahí procedí el mecanismo que estimuló la fantasía de los comunicantes de Pecker.

Cualquier persona que se dedique a investigar los reportes sobre ovnis debe estar familiarizado con las características y propiedades de estos fenómenos atmosféricos; debe saber localizarlos en el tiempo y en el espacio, para lo cual resulta de gran ayuda el uso de mapas celestes para los diferentes días el año.

Los meteoritos podrían funcionar también como productores, indirectos, de reportes ovni. Los investigadores del Laboratorio Lunar y Planetario de la Universidad de Arizona proponen que, puesto que la estela de un meteorito entrando en la atmósfera terrestre es un plasma, y puesto que un meteorito forma un flujo de estela sumamente turbulento, quizás movimientos vorticales en la frontera de dicha estela pudieran expeler masas giratorias de plasma incandescente que descenderían a la atmósfera más baja y fueran considerados como ovnis[10].

Ya sean productores directos o indirectos de reportes de ovni, lo meteoritos deben tomarse en cuenta en el estudio de este evasivo fenómeno.

REFERENCIAS

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Trabulse Elías, Historia de la Ciencia en México, Siglo XVI, Tomo I, CONACYT/Fondo de Cultura Económica, México, 1983.


[1] Este artículo se publicó en: Ruiz Noguez Luis, Meteoritos, Cuadernos de Ufología, No. 12, 2º Época, Santander, 1992, Págs. 93-97.[2] Abell George O., Exploration of the Universe, Holt, Rinehart and Winston, New York, 1982.

[3] Comas Solá J., Astronomía, Editorial Ramón Sopena, S. A., Barcelona, 1965.

[4] Adell Sabates Alberto, Manual del ufólogo, Editorial 7 ½, Barcelona, 1979, Págs. 111-114.

[5] Comas Solá J., Op. Cit.

[6] Hendry Allan, The UFO Handbook, Doubleday & Company, Inc., New York, 1979, Págs. 41-43.

[7] Robey D. H., An hypothesis on the slow moving green fireballs, Journal of the British Interplanetary Society, Vol. 17, Londres, 1959-1960, Págs. 398-411.

[8] Trabulse Elías, Historia de la Ciencia en México, Siglo XVI, Tomo I, CONACYT/Fondo de Cultura Económica, México, 1983.

[9] Ortega José, Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús, escritos por un padre de la misma sagrada religión de su provincia de México Pablo Nadal Impresor, Barcelona, 1754.

[10] Ribera Antonio y Vignati Alejandro, Ovnis. El último desafío, Cielosur Editora S. A. C. I., Buenos Aires, 1980.