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El soldado filipino (Final)

EL TRIBUNAL DEL SANTO OFICIO DE LA INQUISICIÓN

Aquí se nos presenta una nueva vertiente de investigación. ¿Hay algún registro de este evento en los archivos de la Inquisición? Hagamos un poco de historia.

El primer antecedente del Santo oficio en tierras americanas se presenta aún antes de la caída de Tenochtitlán. En 1520 Hernán Cortés promulga sus Ordenanzas contra blasfemos. Dos años después, los primeros frailes en territorio mexicano realizan actividades, que le corresponderían a la Inquisición, en contra de los herejes.

En 1530 Nuño Beltrán de Guzmán inicia el proceso por idolatría contra el señor de los tarascos, Caltzontzin. Pero la inquisición como tal no se instauraría en territorio mexicano sino hasta 1571.

El inquisidor general de España, el cardenal Adriano de Utrecht, delegó su autoridad en don Alonso Manso, obispo de Puerto Rico y en fray Pedro de Córdoba, viceprovincial de los dominicos en las Indias, quien vivía en Santo Domingo, la Española. Este último comisionó al fraile franciscano Martín de Valencia para que usara sus poderes inquisitoriales en la Nueva España, mientras no hubiera un prelado dominico.

Este Martín de Valencia ejecutó por idólatras a cuatro indios nobles tlaxcaltecas hacia 1524. En el 26 llegaron los primeros dominicos y entonces el cargo de inquisidor pasó a fray Tomás Ortiz, y al año siguiente a fray Domingo de Betanzos, quien estuvo muy activo durante el año en que presidió el tribunal (mayo 1527 a septiembre de 1528).

A Betanzos le siguió fray Vicente de Santa María quien realizaría el primer auto de fe en la Nueva España (octubre de 1528), en donde fueron quemados por herejes Hernando Alonso y Gonzalo de Morales.

Apenas un año antes, el 12 de diciembre de 1527, el emperador Carlos V propuso a la Santa Sede a Juan de Zumárraga, para que ocupara el obispado de México. Aunque llegó a México en 1928, no fue reconocido por el papa hasta 1534. A partir de entonces fungió como juez eclesiástico “ordinario”, pero no como “inquisidor”. Fue hasta el 27 de junio de 1535 que el presidente del Consejo Supremo de la Inquisición le concedió el título especial de inquisidor apostólico, título que le sería revocado en 1543.

Zumárraga quemó vivo a don Carlos Chichimecatecuhtli, cacique de Texcoco y descendiente en línea directa de Nezahualcoyotl, el 30 de noviembre de 1539.

El emperador otorgó el cargo de “visitador” e inquisidor apostólico al licenciado Francisco Tello, en 1543, motivo por el cual se le revocó el mismo título a Zumárraga. Tello estuvo en la Nueva España de 1544 a 1547, cuando regresó a España. A partir de ese año y hasta 1571 las actividades inquisitoriales serían asumidas por obispos e incluso frailes.

No fue sino hasta 1571 en que Felipe II creó oficialmente el Tribunal del Santo Oficio en México mediante la real cédula del 25 de enero de 1569, complementada por la del 16 de agosto de 1570.

La jurisdicción de este nuevo órgano comprendía toda la Nueva España, Guatemala, Nicaragua y las Filipinas. En ese entonces el inquisidor general de España era don Diego de Espinosa, cardenal obispo de Sigüenza. Este designó a don Pedro Moya de Contreras y al licenciado Juan de Cervantes como inquisidores del tribunal en la Nueva España, y para los cargos de secretario del secreto y fiscal a Pedro de los Ríos y al licenciado Alonso de Bonilla.

Eran tiempos del virrey Martín Enríquez. La inquisición se estableció en el monasterio de Santo Domingo. El 4 de noviembre de 1571 se ofició la misa y ceremonia por la que se daba por instaurada la Santa Inquisición en México.

El primer auto de fe oficial fue en septiembre de 1569, en donde se “dio por libre” a don Pedro Juárez de Toledo, acusado de hereje en Guatemala y muerto en 1569. En el acto se le restituyó de su honra y sus bienes pasaron a sus descendientes.

En ese mismo auto de fe fueron “relajados en persona” (condenados a muerte) cinco ingleses.

El sexto auto de fe se realizó el 24 de febrero de 1590. Los miembros de la familia de don Luis de Carvajal “el Viejo” (gobernador de Nuevo León), fueron condenados por judaizantes.

El auto de fe más notable del siglo XVI en México, se celebró el 8 de diciembre de 1596. En él se quemaron a nueve reos (cinco de ellos de la familia de Carvajal), de un total de cuarenta y nueve procesados:

“Fue cosa maravillosa la gente que concurrió a este auto famoso y la que estuvo en las ventanas y plazas hasta las puertas de las casas del Santo Oficio para ver este singular acompañamiento y procesión de los relajados, penitenciados que salieron con sogas y corozas de llamas de fuego (pintadas) y una cruz verde en las manos, llevando cada uno de éstos un religioso a su lado para que le exhortase a bien morir, y un familiar de guarda. Los reconciliados judaizantes con sambenitos…; los casados dos veces, con corozas pintadas significadoras de sus delitos; las hechiceras, con corozas blancas, velas y sogas; otros por blasfemos, con mordazas en las lenguas, en cuerpo, descubiertas las cabezas y velas en las manos… y los dogmatistas y enseñadores de la ley de Moisés… con sus caudas sobre las corozas retorcidas y enroscadas, significando las falsas proposiciones de su magisterio y enseñanza”.

La Inquisición en México continuaría hasta las primeras décadas del siglo XIX, cuando serían enjuiciados Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos.

En los archivos de la inquisición de la Nueva España, que abarcaba y tenía jurisdicción sobre las islas Filipinas, no hay referencia alguna a un soldado filipino que haya sido embarcado en Acapulco para ser reintegrado a la sociedad filipina, luego de aparecer misteriosamente en el Zócalo de la Ciudad de México.

No creo que la Santa Inquisición hubiese dejado escapar la oportunidad de “relajar en persona” y quemar vivo a un soldado que, de seguro, había viajado por artes del maligno más de quince mil kilómetros “en menos de lo que canta un gallo”.

De la misma opinión es don Artemio del Valle Arizpe cuando escribe en tono de sorna:

¡Señor! Ni una sola vez lo descoyuntaron, ni le retorcieron el cuerpo, ni le pegaron en los hierros candentes, ni le aplastaron los pies entre los torniquetes, ni le quebraron un solo hueso, ni el más pequeño, ¡caramba!, ni le desgarraron las carnes a azotes ni siquiera le hicieron tragar unos cuantos cuartillos de agua; nada, nada, sino que lo sentenciaron a que volviera a Manila, no ya con la violenta rapidez con que se trasladó a la Nueva España, en solo una noche, sino en el galeón que iba a zarpar en esos días del puerto de Acapulco. ¡Vaya una sentencia! ¡Para eso más valía que ni lo hubiesen aprehendido! ¡Lástima!

ARMANDO EL ROMPECABEZAS

Al caer Tenochtitlan en manos de Hernán Cortés, se funda el virreynato de la Nueva España (1535), cuya capital natural lo sería la ciudad de México, sede de la corte virreinal.

Hacia 1579 todo el territorio de la Nueva España, que iba desde Colombia hasta la Alta California, estaba poblado por 3, 445,000 habitantes y en todo el valle de México no habría más de 300,000.

Los sucesos y noticias que se daban en el centro del virreinato eran rápidamente conocidos por todos.

En 1559 (24 de septiembre) el Rey Felipe II ordenó al Virrey Luis de Velasco I que enviara una expedición hacia las Filipinas. El rey español conocía perfectamente que esos territorios caían en la demarcación portuguesa según el Tratado de Tordesillas, pero a pesar de ello quería consolidar su dominio por aquellas tierras, aprovechando que no había portugueses, con el fin de tender un puente comercial con China. Para eso era necesario encontrar una ruta de retorno hacia Nueva España: el llamado Tornaviaje.

Cinco de esas expediciones habían fracasado hasta que se decidió utilizar los servicios del padre Andrés de Urdaneta Cerain, el máximo experto náutico de aquellos días.

La nueva expedición, al mando de Miguel López de Legazpi y André de Urdaneta, partió del puerto de La Navidad, en Nueva España, el 21 de noviembre de 1564, llegando a las Filipinas el 13 de febrero del año siguiente.

Luego de explorar esas tierras y reparar la nao San Pedro y dejar un emplazamiento en Cebú para preparar la conquista, partieron nuevamente con rumbo a la Nueva España el 1 de junio de 1565. 7,644 millas los separaban del Nuevo Mundo: el viaje más largo realizado hasta entonces. Llegaron al puerto de Acapulco el 8 de octubre de 1565.

Pocos años después, tras la conquista de las Filipinas, esa ruta sería la que seguiría la famosa “Nao de China” que mantuvo el contacto comercial entre México y Filipinas hasta 1815, año en que zarpó el último galeón de Manila.

Para 1593 la ruta del oriente era ya una realidad, aunque ese año, como lo dice el doctor Antonio de Morga, no llegó ninguna “Nao de China” al puerto de Acapulco pues los dos barcos que había mandado el gobernador Das Mariñas, el San Felipe y el San Francisco, tuvieron que regresar al puerto de Sebu debido al mal tiempo. Luego vino el asesinato de Das Mariñas y los problemas por su sucesión, lo que fue alargando el tiempo para que se reestableciera la comunicación. La noticia de la muerte de Das Mariñas fue conocida antes en España, debido a la ruta normal vía la India. En México se conocería hasta el año siguiente, cuando llegaron las nuevas Naos de China. Es decir, no es cierto, como apunta don Luis González que en “la ciudad de México se enteraran de la muerte del gobernador, aún antes de que lo supiera la propia ciudad de Manila”.

Dice el cronista que el soldado filipino “había estado en servicio en la isla capital la noche del 24 de octubre”. A la mañana del día siguiente inexplicablemente se encontraba en la Plaza Mayor de la ciudad de México contando la historia de la muerte de Das Mariñas, ocurrida esa misma noche, como dice don Artemio del Valle Arizpe: “En la punta de Santiago y el día 25, el viento del este estrechó a la galera capitana a abandonar a las demás… había tenido muerte airada en el mar, tal y como lo contó aquel extraño soldado que en la mañana del 25 de octubre”.

En efecto, Gómez Pérez Das Mariñas había salido del puerto de Cavite el 17 de marzo y había llegado a Punta Azufre, a 24 leguas de distancia de Manila, la noche del 24, misma en que fue asesinado. Pero ese dato no se conocería en Manila sino hasta los siguientes días. Cualquier soldado que hubiese estado de guardia en Manila la noche del 24, no podría conocer esos datos.

Lo que ya se sabía tanto en España, Nueva España y las Filipinas fue que el gobernador había hecho un testamento (registrado en Manila el 30 de septiembre de 1592, un año antes de su muerte). No es raro suponer que fray Gaspar de San Agustín conoció la existencia de ese documento.

Pero no se les puede culpar de error, y mucho menos de engaño, a los cronistas mexicanos (González y del Valle), ya que ellos simplemente estaban transmitiendo una “tradición” (una leyenda). Ese era un género literario muy socorrido a finales del siglo XIX en el que se mezclaban la verdad y la fantasía, la novela y la historia. Incluso el mismo González Obregón nos dice que es un “cuento”:

En antiguos pergaminos hemos encontrado este acontecimiento poco conocido, y certificado por muy graves autores, insignes por su veracidad y teologías. Pero vamos al cuento…; esto es, a la historia.

En lo que sí se equivoca don Luis González es que don Antonio de Morga nunca mencionó al soldado filipino. Y muy probablemente también comete un error cuando escribe: “… un soldado con el uniforme de los que residían en las islas Filipinas”. Estas islas, junto con sus soldados, pertenecían al virreynato de la Nueva España y todos los militares poseían el mismo uniforme.

Pero la historia del soldado filipino no fue conocida en México sino hasta el siglo XX con la publicación del libro de don Luis González, Las calles de México. Los 300,000 habitantes de la capital de la Nueva España nunca tuvieron referencias de tan gran portento.

Ni la misma Inquisición se ocupó nunca de ese caso. En 1590 quemaron a don Luis de Carvajal “el Viejo”, y hasta 1596 hubo otro acto de fe donde fueron procesados 46 acusados, y nueve de ellos fueron quemados vivos.

No hay ningún dato en los archivos del Santo Oficio que mencione al soldado filipino. El único que da cuenta de él es fray Gaspar de San Agustín, quien al parecer fue el que inventó la historia y quien escribió del asunto en 1698, casi un siglo después de los supuestos hechos. ¿De dónde sacó ese cuento? No lo sabemos, pero tres años antes de publicar su “Conquista de las Filipinas”, en Londres apareció el libro Misceláneas, escrito por John Aubrey, quien escribió:

“Un caballero conocido mío, Mr. M, se encontraba en Portugal en 1655, cuando un hombre fue quemado en la hoguera por la Inquisición al asegurar que había sido trasladado a aquel país europeo desde Goa, en las Indias Orientales, en un plazo de tiempo increíblemente corto”.

Una historia prácticamente idéntica a la contada por fray Gaspar de San Agustín, sólo cambian los lugares y las fechas (y el desenlace del protagonista). ¿Fue esta nota la que inspiró al sacerdote racista? Tal vez, pero de eso se tendrán que ocupar los investigadores portugueses hurgando en los archivos del Santo Oficio.

REFERENCIAS

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Calderon J. Carlos, Cambios y persistencias en la mentalidad nobiliaria gallega en el tránsito de la Edad Media a la Moderna según la literatura testamentaria: un estudio comparativo, Cátedra, Vol. I, Universidad Nacional del Comahue, Centro de Estudios Clásicos y Medievales, Argentina, Neuquén, 2002, págs. 101-125.

De San Agustín Gaspar (O. S. A.), Conquestas de las Islas Philipinas (1565 – 1615). La temporal, por las armas del señor don Phelipe Segundo el Prudente, Madrid 1698, edición, introducción, notas e índices por Manuel Merino, Biblioteca Missionalis Hispanica, Vol. 18, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Enrique Flórez, 1975.

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García G., Documentos inéditos o muy raros para la historia de México. La inquisición en México, Tomo V, México, 1906.

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González Obregón Luis, Don Guillén de Lampart. La Inquisición y la Independencia en el siglo XVII, México, 1908.

González Obregón Luis, Las calles de México, Promexa, México, 1984, págs. 36-39.

Greenleaf E. Richard, The Mexican Inquisition of the Sixteen Century, University of New Mexico, Albuquerque, 1969.

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Jessup Morris Karl, El caso de los OVNIs, Populibros La Prensa, México, 1956, págs. 169-172.

Jiménez Rueda Julio, Herejías y supersticiones en la Nueva España (Los heterodoxos en México), México, 1946.

Magdalena Mauricio, Artemio de Valle-Arizpe, en Semblanzas de Académicos, Ediciones del Centenario de la Academia Mexicana, México, 1975.

Medina José Toribio, Historia del Tribunal del Santo oficio de la Inquisición en México, ampliada por Julio Jiménez Rueda, Ediciones Fuente Cultural, México, 1952.

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Vasco de Aponte, Relación de algunas Casas y Linajes del Reino de Galicia, Editorial Nova, Buenos Aires, 1943, págs. 62-69.

Morris Karl Jessup.

El caso de los ovnis, edición mexicana.

Luis González Obregón.

Don Luis González al final de sus días.

Las calles de México.

El soldado filipino.

Don Artemio de Valle Arizpe.

Historia, tradiciones y leyendas de calles de México.

Arcabucero español de la colonia.

El primer mapa de la ciudad de México fue mandado confeccionar por Hernán Cortes y aparece en sus Cartas de Relación de 1524.

El códice Osuna muestra la forma en que se hicieron los trabajos de cimentación de la catedral de México, en la Plaza Mayor.

El valle de México hacia 1519, tal como se muestra en este mapa francés de 1754.

El Tecpac Calli dibujado en el códice Osuna. En el zócalo de la ciudad de México.

Mapa de la ciudad de México basado en el de Cortés, del siglo XVI.

Tenochtitlan y el lago de México.

La ciudad de México aparece así en el Insularium de Benedetto Bordono (1528).

El valle de México según Camelli Carreri en su Giro del Mondo.

La ciudad de México en el mapa de Juan Bautista Ramusio.

La ciudad de México hacia 1683.

El Virrey Luis de Velasco, virrey de la Nueva España.

El mapa de Upsala de 1555.

Plaza Mayor de la ciudad de México hacia 1562-1566.

El Zócalo o Plaza Mayor hacia 1596.

Mapa de la ciudad de México en 1628, de Juan Gómez de Trasmonte.

Biombo que muestra el Palacio Virreynal hacia el siglo XVII.

La Plaza Mayor en una pintura de Villalpando de 1695.

Escudo de la Inquisición.

El Zócalo en 1834.

El Zócalo en 1847.

Legazpi, Urdaneta y Martín de Rada en las islas Filipinas, grabado de “Conquista de las islas Filipinas”, de Gaspar de San Agustín.

Plano del puerto de Acapulco hacia el siglo XVI.

El puerto de Acapulco a mediados del siglo XIX. Del “Atlas Pintoresco” de García Cubas.

Dos informes, una caricatura

El ganador del Pulitzer (1966) Patrick “Pat” Oliphant, uno de los caricaturistas americanos más influyentes, publicó en 1967 la caricatura más famosa en el mundo de la ufología. Recién se habían publicado las conclusiones del proyecto de la Universidad de Colorado y Oliphant lo caricaturizó en un trabajo publicado por The Denver Post. En la caricatura aparecen tres investigadores enfundados en batas blancas. Están en el dintel de una puerta (hay un tablero en donde está escrito “Universidad de Colorado” y debajo se puede leer: “Departamento para el estudio nacional de los ovnis”, y más abajo “Director Dr. E Condon”).

A la distancia se ve un plato volador del cual pende una escalerilla. En esa dirección van dos “marcianitos verdes” que llevan en vilo al doctor Condon, dejando tras de sí una estela de papeles.

En la parte inferior izquierda podemos ver otro científico de tamaño diminuto que le dice a Punk (un pingüino que era la marca de identificación en los dibujos de Oliphant): “Esto no debe saberse… ¿Qué sería de nuestras conclusiones?”

El primer científico en la puerta, el que lleva una regla en la mano, alza la voz y le aconseja al doctor Condon: “¡Tranquilo, doctor Condon! ¡Dígales simplemente que no cree en ellos”.

Ahora, casi cuarenta años después, se utiliza la misma caricatura para ridiculizar el informe Conding del Ministerio de Defensa (MoD) Inglés.

En esta caricatura han cambiado varias cosas. Sólo aparece el científico que lleva la regla en la mano, los “marcianitos verdes” y otro personaje que es abducido por los extraterrestres. El científico grita: “¡Manténgase en clama, sólo es una ‘bola de plasma’!”

Eso era de esperar en un informe tan simplista como el reporte Conding. Aunque las críticas ya se habían tardado.

El soldado filipino (Primera parte)

EL SOLDADO FILIPINO. UN CASO DE OVNIS FANTASMAS Y APARECIDOS

Fue Morris Karl Jessup, un astrónomo profesor de las universidades de Michigan y Drake, el primero en mencionar el caso en relación con los OVNIs. Su libro The Case for the UFO, publicado en los Estados Unidos en 1955 y en México en 1956 recoge la leyenda escrita por Luis González Obregón. Para Jessup el caso es más que una leyenda: una realidad relacionada con los secuestros que llevan a cabo los tripulantes de los platos voladores. Jessup escribe en el segundo capítulo de la Tercera Parte de su libro:

“¿Teletransporte o secuestros?

Con motivo de deleite, nada se compara con la intriga de los incontables informes, verificados, de translaciones extrañas e instantáneas de personas, desde un lugar a otro, a distancias de muchos kilómetros.

En servicio de nuestros fines, debemos buscar una vez más la selectividad, y si es posible, alguna indicación de motivo. Puede ser que adscribamos esos fenómenos a caprichos de los habitantes del espacio. Por otra parte puede haber en ello un elemento de error involucrado. O quizá por razones inexplicables, los OVNIs escogen los objetos de su captura o secuestro y luego descubren tardíamente, que su selección no ha sido tan atinada como creían. De lo que hemos ya descubierto sobre la velocidad del movimiento y las bastas áreas que pueden cubrirse, no es del todo desechable pensar que una vez hecho el arrebato y descubierto el error, devolviendo lo secuestrado, los OVNIs han viajado tan grandes distancias, ¡que no pueden calcular la colocación del objeto (o persona) en el mismo espacio relativo! Puede uno preguntarse con certeza: pero si son inteligentes, ¿cómo no se dan cuenta de que no depositan su ex presa en el lugar de donde la tomaron? Puede ser, pero, ¿por qué habrían de preocuparse?

Estos pensamientos deben ser tenidos en cuenta mientras revisamos nuestro primer caso de teletransporte.

En la mañana del 25 de octubre de 1593 –refiere don Luis González Obregón en “Las Calles de México”- apareció un soldado en la Plaza Mayor de la capital; un soldado vestido con el uniforme del regimiento que en aquellos momentos guardaba la ciudadela amurallada de Manila, en las Filipinas.

A la extraña presencia del soldado, se agregó el rumor de que su Excelencia Gómez Pérez das Mariñas, Gobernador de las Filipinas, había muerto. Un rumor muy precipitado, seguramente, pero que se desparramó por la ciudad como reguero de pólvora.

Intrigados sobre cómo un soldado había podido viajar más de quince mil kilómetros sin ajar siquiera el uniforme, las autoridades decidieron, sin embargo, meterlo en la cárcel como desertor de su regimiento filipino.

Las semanas pasaban y el soldado languidecía en prisión; lentas semanas, necesarias para vencer por barco la distancia entre las Filipinas y Acapulco y luego por mensajero, al través de las altas montañas hasta el Valle de México la distancia entre el mar y la capital…

De pronto, la Ciudad de México se estremeció con la noticia. Su excelencia, el Gobernador de Filipinas, había muerto, asesinado por una tripulación china amotinada frente a punta de Azufre, ¡poco después de salir de su isla domiciliar en una expedición militar contra las Molucas! Y más aún, había sido asesinado el mismo día en que el soldado filipino apareció en la Plaza Mayor de la ciudad de México.

El tribunal de la Santa Inquisición se hizo cargo del soldado. Éste no pudo declarar cómo había sido transportado de Manila a México. Dijo solamente que todo había sido hecho “en menos de lo que canta un gallo”. Tampoco pudo decir cómo había sucedido que la ciudad de México se enterara de la muerte del Gobernador, aún antes de que lo supiera la propia ciudad de Manila.

Por orden del Santo Tribunal, el soldado fue regresado a Filipinas para posteriores investigaciones en el sonado caso. Testigos irrefutables salieron en su defensa, para jurar que el soldado había estado en servicio en la isla capital la noche del 24 de octubre, de la propia manera que quedaba probado que la mañana siguiente había sido aprehendido en la Plaza Mayor de México, a más de quince mil kilómetros de distancia.

¿Una leyenda? No, de acuerdo con los registros de los cronistas de la Orden de San Agustín y la Orden de Santo Domingo; tampoco de acuerdo con el doctor Antonio de Morga, alto magistrado de justicia en la Corte de los Criminal, de la Real Audiencia de la Nueva España, en sus “Sucesos de las Islas Filipinas”.

El caso de este peripatético soldado, es uno de los que podemos ligar por ambos cabos al eje del teletransporte, si éste realmente existe. Podemos hallar desapariciones y apariciones inexplicables; pero de las que tenemos a mano, ninguna como ésta. Y parece que hay también muchas desapariciones discutibles. ¿Pero qué vamos a hacer con el caso de las apariciones? A mí me parece que hay en ellas una especie de segundo orden fenoménico, a menos de que puedan ser conectadas de alguna manera con sus correspondientes desapariciones en algún lugar. ¿Debemos admitir la posibilidad de secuestros por parte de los OVNIs?

EL PRIMER CRONISTA

Pero ¿qué había de verdad en lo publicado por el ufólogo americano? Ciertamente, algo.

Jessup había tomado la historia del escritor e historiador mexicano Luis González Obregón, quien había cultivado el género literario llamado “la tradición”, iniciado por el peruano Ricardo Palma en 1872. La Tradición era una mezcla de verdad y de fantasía, de realidad histórica y de ficción novelesca. El género fue desarrollado en México por Ignacio Manuel Altamirano, Vicente Riva Palacio, Juan de Dios Peza y el propio González Obregón.

José Luis Martínez nos explica, refiriéndose a González Obregón, que “Cuando relata la historia de la calle de Puente de Alvarado rechaza la leyenda del “salto” del conquistador y pone en su lugar los hechos que narran las crónicas antiguas y que son más fascinantes que la leyenda. La historia de amor de la hermana de los Ávila y las audacias de la Monja Alférez provienen de testimonios históricos. Y cuando González Obregón cuenta que los ángeles conducen a la horca a don Juan Manuel, o los lúgubres gemidos de La Llorona que atemorizaba la ciudad, o el viaje que emprende la Mulata de Córdoba en el navío que ha dibujado en la cárcel de la Inquisición queda explicito que recoge hermosas leyendas y tradiciones”.

Luis González Obregón nació en la ciudad de Guanajuato, Gto., el 25 de agosto del año de 1865. Era bajito y muy delgado, de hombros encorvados y largos y espesos bigotes.

Poco se sabe de su infancia. Al cumplir dos años, sus padres abandonaron Guanajuato para ir a residir a la ciudad de México. Sus biógrafos mencionan su ingreso en la Escuela Nacional Preparatoria de la ciudad de México en 1880, en donde conocería a Ezequiel Chávez y Ángel del Campo que serían el núcleo del llamado Liceo Mexicano Científico y Literario, fundado en 1885, y al que luego se unirían Luis G. Urbina, Toribio Esquivel Obregón y Francisco A. de Icaza. El Liceo subsistiría hasta 1894.

Entre sus maestros de la preparatoria se puede destacar a don Ignacio Manuel Altamirano, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y uno de los héroes de la Reforma, quien tenía la cátedra de Historia de México. Altamirano influyó en la vocación de González Obregón impulsándolo en su carrera de historiador. Es por eso que sus primeros trabajos estuvieron dedicados a la Reforma y a la vida prehispánica, pero pronto se dedicaría a un trabajo de reconstrucción de la vida virreinal en la Nueva España, reuniendo antecedentes del movimiento independentista.

Colaboró en diversos semanarios y periódicos, pero sobre todo en El Nacional, en donde tenía una columna semanal dedicada a reconstruir el pasado anecdótico de la ciudad de México. Su primer libro Una posada, se publicó en 1886. Se trata de una recopilación de sus artículos en El Nacional a los que se añadieron prólogos para obras de amigos y compañeros suyos. De la misma forma nació México Viejo (1521-1821), en 1891.

Uno de sus biógrafos, Alberto María Carreño, contabilizó doscientos nueve títulos, entre libros, folletos, artículos, notas biográficas, prólogos y compilaciones. Entre los más importantes se encuentran: Don José Joaquín Fernández de Lizardi, el Pensador Mexicano (1888); Breve noticia de los novelistas mexicanos en el siglo XIX (1889); Reseña histórica de las obras del desagüe del valle de México (1902); Los Precursores de la Independencia mexicana en el Siglo XVI (1906); El capitán Bernal Díaz del Castillo, conquistador y cronista de Nueva España, biografía (1907); Don José Fernando Ramírez, datos biográficos (1907); Don Justo Sierra, historiador (1907), Don Guillén de Lampart, La Inquisición y la Independencia en el Siglo XVII (1908); Fray Melchor de Talamantes, Biografía y escritos póstumos (1908); México Viejo y anecdótico (1909); La Biblioteca Nacional de México (1910); La Vida en México en 1810 (1911); Cuauhtémoc (1914); Croniquillas de la Nueva España; Vetusteces (1917); Cronistas e historiadores (1936); y Novelistas mexicanos.

Pero sus obras más leídas fueron México viejo, Vetusteces y Las calles de México (1922), que lo colocarían entre uno de los principales historiadores de su tiempo. Las Calles de México es una continuación de México viejo al que añadió otras leyendas y tradiciones más antiguas.

En 1886 se le nombra director de El Liceo Mexicano, periódico científico y literario, órgano de la Sociedad del mismo nombre, cargo que ocuparía hasta 1892. También fue secretario de la misma sociedad. Ocupó el cargo de Jefe del Departamento de Historia en el antiguo Museo Nacional hasta el año de 1910. En 1911 fue designado director de la Comisión Reorganizadora del Archivo General de la Nación y posteriormente director de la misma, cargo que desempeñó hasta 1917. A partir de entonces fungió como Jefe de Historiadores, cargo que ocupó hasta muy cercana su muerte.

González Obregón ingresó a la Academia Mexicana el 26 de julio de 1914 y ocupó la silla número XI. El mismo año de 1914 fue designado Bibliotecario, por lo que tuvo la oportunidad de escribir la historia de la Biblioteca Nacional. Laboró en el Museo Nacional de Antropología e Historia y tuvo bajo su responsabilidad las publicaciones de la Biblioteca Nacional. Fue nombrado cronista vitalicio de capital mexicana.

De precaria salud, sufrió varias afecciones crónicas que lo llevaron a la vejez prematura, pero su principal desgracia consistió en la miopía progresiva, que durante los últimos años de su vida terminó en ceguera casi completa. Fue un duro golpe para un hombre cuyo quehacer cotidiano era investigar, leer y escribir. Pero continuó publicando algunos libros con recopilaciones de varios de sus trabajos. “Como las hormigas, estoy viviendo de lo almacenado”, decía. No obstante, acudió a personas que con sentido del humor llamaba sus “lectores de cámara”. Casi ciego, y después de haber vendido su rica y selecta biblioteca, murió en una vieja casa en la antigua calle de la Encarnación, llamada después primera de San Ildefonso, y finalmente rebautizada con el nombre del historiador. Don Luis González Obregón dejó de existir en la ciudad de México el 19 de junio de 1938.

La historia motivo de este estudio forma parte del libro Las Calles de México y se titula:

UN APARECIDO

Leyenda de la Plaza Mayor

I

Refrene su espanto el lector, pues no se tratará aquí de un alma del otro mundo, sino de un misterioso personaje que se apareció una mañana en la plaza principal de México, allá en el siglo XIV.

El aparecido, es cierto, vino del otro mundo, pero con su propia carne y huesos; caminó y no por voluntad propia, sin incomodidad ni fatiga, y en menos tiempo del que ha gastado la pluma para escribir estas primeras líneas.

En antiguos pergaminos hemos encontrado este acontecimiento poco conocido, y certificado por muy graves autores, insignes por su veracidad y teologías. Pero vamos al cuento…; esto es, a la historia.

Refiere el doctor Antonio de Morga, alcalde del Crimen de la Real Audiencia de la Nueva España y consultor que fue del Santo Oficio, en un libro que intituló Sucesos de las islas Filipinas, que en la plaza Mayor de México se supo por primera vez la muerte del gobernador Gómez Pérez Dasmariñas en el mismo día en que acaeció, aunque se ignoraba cómo y por qué conducto.

Ciertamente, en aquella época en que ni el cable submarino ni la telegrafía sin hilos aún se soñaban, fue sorprendente que en la misma fecha en que se verificó el suceso se haya sabido desde una distancia tan grande como es la que separa a México de las islas Filipinas.

El hecho al que alude el doctor Morga, de un modo tan superficial y misterioso, lo narran otros cronistas con claridad, aunque atribuyéndolo a medios sobrenaturales.

Cuentan que en la mañana del 25 de octubre de 1593 apareció en la plaza Mayor de México un soldado con el uniforme de los que residían en las islas Filipinas, y que el dicho soldado, con el fusil al hombro, interrogaba a cuantos pasaban por aquel sitio, con el consabido y sacramental ¿quién vive?

Agregan que la noche anterior se hallaba de centinela en un garitón de la muralla que defendía a la ciudad de Manila, y que sin darse cuenta de ello y en menos que canta un gallo, se encontró transportado a la capital de Nueva España, donde el caso pareció tan excepcional y estupendo, que el Santo Tribunal de la Inquisición tomó cartas en el asunto y después de serias averiguaciones y el proceso de estilo, condenó al soldado tan maravillosamente aparecido a que se volviese a Manila; pero despacito y por la vía de Acapulco, pues el camino era largo y no había de intervenir, como en su llegada, el espíritu de Lucifer, a quien se colgó el milagro del primer viaje tan repentino como inesperado.

II

Consta el suceso que hemos consignado en gruesos pergaminos escritos por muy reverendos cronistas de las órdenes de San Agustín y Santo Domingo, y la muerte de Gómez Pérez de Dasmariñas la refiere uno de ellos con pormenores que no carecen de interés.

Entre las naciones que más frecuentaban el comercio con los españoles en las Filipinas, se contaba la del Japón, la cual era apreciada tanto por su policía y política, cuanto por sus valiosos géneros y otras ricas mercancías.

Siendo gobernador de las citadas islas Gómez Pérez, recibió una embajada del emperador Taycosoma.

“Casi por el mismo tiempo –dice fray Gaspar de San Agustín– llegaron a Manila por parte del rey de Camboxa Embaxadores, el vno Portugués, nombrado Diego Belloso, y el otro Castellano, llamado Antonio Barrientos, que truxeron de regalo al Gobernador dos hermosos elefantes, que fueron los primeros que se vieron en Manila. El motivo de esta Embaxada se reducía a pedirle su amistad, y alianza, para que les diese socorro contra el Rey de Siam su vezino, que pretendía invadirle. Recibió el Gobernador Gómez Pérez Das Mariñas la embaxada con agrado, y el regalo que le traía; y como no se hallase con bastante gente para el socorro que se le pedía, despachó los Embaxadores, dándole al Rey de Camboxa buenas esperanzas: y correspondiéndole con otro regalo, se estableció buena correspondencia para el comercio entrambas naciones”.

Empero, Gómez Pérez reflexionó que aquella era la oportunidad para la conquista del Maluco. Envió al efecto un explorador, el hermano Gaspar Gómez, religioso de la Compañía de Jesús, y adquirió copiosas noticias de otro, el padre Antonio Marta, que residía en Tidore.

Resuelto a llevar a cabo su propósito, se proveyó de cuatro galeras y de varias embarcaciones, con el competente número de soldados, y con pretexto de impartir auxilio al rey de Camboxa, dejó a Manila el 17 de octubre de 1593, acompañado de personas notables y venerables religiosos.

La armada se dio a la vela en el puerto de Cavite el 19 del mismo mes y año.

En la punta de Santiago y el día 25, el viento del este estrechó a la galera capitana a abandonar a las demás, lo que obligó a Gómez Pérez a fondear en la punta de Azufre. Como la corriente de las aguas era impetuosa, había ordenado a los chinos que llevaba consigo que remasen con fuerza, y éstos que eran 250, alegando disgustos porque los había reprendido con severidad el gobernador, resolvieron robar la galera y las mercancías, y para ello matar a todos los españoles, con tanta mayor facilidad cuanto que los rebeldes eran muchos e iban armados. Tramada la conspiración, en la misma tarde se vistieron los chinos con túnicas blancas para distinguirse entre sí, y después de haber degollado a los españoles, en el mismo instante que salía Gómez Pérez Das Mariñas de su camarote, le abrieron por mitad la cabeza y su cadáver, junto con los de los otros, fue arrojado al mar, logrando los criminales, de tan pérfida manera, apoderarse de lo que codiciaban.

III

No faltan cronistas tan sencillos como severos, que digan que aquella muerte fue un castigo del cielo, que afirman que el gobernador Pérez Das Mariñas, durante su vida, no había caminado de acuerdo con el obispo de Manila, fray Domingo de Salazar, y que varias y repetidas disputas se entablaron entre los dos con motivo de los negocios del Estado y de la Iglesia.

Sea de esto lo que fuere, lo que sí atestiguan los ya mencionados cronistas, es que tanto en Manila como en México la muerte del gobernador fue anunciada por signos sobrenaturales.

Que en Manila, entre los retratos de los caballeros de las órdenes militares que existían en la portería del convento de San Agustín, había uno de Gómez Pérez, y que en el mismo día de su fallecimiento amaneció cuarteada la pared en que estaba pintado el retrato, en la parte que correspondía a la cabeza del gobernador, a quien, como se dijo, habían dividido el cráneo los asesinos.

“Es digno de ponderación -concluye fray Gaspar de San Agustín- que el mismo día que sucedió la tragedia de Gómez Pérez, se supo en México por arte de Satanás; de quien valiéndose algunas mujeres inclinadas a semejantes agilidades, transplantaron a la plaza de México a un soldado que estaba haziendo posta vna noche en vna Garita de la Muralla de Manila, y fue executado tan sin sentirlo el soldado, que por la mañana lo hallaron paseándose con sus armas en la plaza de México, preguntando el nombre de cuantos pasaban. Pero el Santo Oficio de la Inquisición de aquella ciudad le mando bolber a estas islas, donde lo conocieron muchos, que me aseguraron la certeza de este suceso…”

Ante semejante aseveración de un cronista tan sesudo, nosotros “no ponemos ni quitamos rey”, y nos conformamos con repetir:

“Y si lector, dijeres, ser comento

como me lo contaron, te lo cuento”.

EL SEGUNDO CRONISTA

Pero Luis González Obregón no fue el único en relatar esta historia. Su sucesor, don Artemio del Valle Arizpe, también la cuenta en Historia, tradiciones y leyendas de las calles de México. El libro fue publicado tan sólo tres años después de aparecer en México El caso de los OVNIs, de Jessup, en 1959. Es la continuación de Leyendas Mexicanas, de 1943.

Hijo de un gobernador del estado de Coahuila, Artemio del Valle Arizpe nació en la ciudad de Saltillo el 25 de enero de 1884. Los jesuitas fueron sus primeros mentores en el Colegio de San Juan. Cursó la preparatoria en el Ateneo Fuente y luego cursó la carrera de abogado en la ciudad de México. Siendo coahuilense representó como diputado en el Congreso de la Unión a un distrito de Chiapas, que sólo conocía de nombre. En 1912 viajó a San Luis Potosí en donde residió hasta 1919, año en que ingresó al servicio diplomático. Ese año parte a Madrid para servir en la legación mexicana en la Villa y Corte. En la península residió cinco años colaborando con la Comisión de Investigaciones y Estudios Históricos. También se desempeñó como diplomático ante Bélgica y Holanda.

Ejemplo es el nombre de su primera novela, publicada en 1919 y prologada por plumas del calibre de Luis González Obregón, Luis G. Urbina, Eduardo Colín, Amado Nervo, Enrique González Martínez, Rafael López y Enrique Fernández Ledesma. A ese libro le seguirían muchos otros:

Ejemplo (novela) (1919); Vidas milagrosas (1921); Doña Leonor de Cáceres y Acevedo y Cosas tenedes (1922); La muy noble y leal ciudad de México, según relatos de antaño y ogaño (1924); Del tiempo pasado (1932); Amores y picardías (1932); Virreyes y virreinas de la Nueva España (1933); Libro de estampas (1934); Historias de vivos y muertos (1936); El Palacio Nacional de México (1936); Tres nichos de un retablo (1936); Por la vieja Calzada de Tlacopan (1937); Lirios de Flandes (1938); Historia de la ciudad de México, según relatos de sus cronistas (1939); Cuentos del México antiguo (1939); Andanzas de Hernán Cortés y otros excesos (1940); El Canillitas (novela de burlas y donaires) (1941); Notas de platería (1941); Leyendas mexicanas (1943); Cuadros de México (1943); Jardinillo seráfico (1944); La movible inquietud (1945); Amor que cayó en castigo (1945); En México y en otros siglos (1948); La Lotería en México (1948); La Güera Rodríguez (1949); Calle vieja y calle nueva (1949); Espejo del tiempo (1951); Lejanías entre brumas (1951); Sala de tapices (1951); Fray Servando (1951); Coro de sombras (1951); Inquisición y crímenes (1952); Piedras viejas bajo el sol (1952); Juego de cartas (1953); Personajes de historia y leyenda (1953); De la Nueva España (1954); Papeles amarillentos (1954); Horizontes iluminados (1954); Engañar con la verdad (novela) (1955); Deleite para indiscretos (1955); Cuando había virreyes (1956); Gregorio López, hijo de Felipe II (1957); De otra edad que es esta edad (1957); Cosas que fueron así (1957); Historia, tradiciones y leyendas de las calles de México (1959); Santiago (1959); Memorias (historia de una vocación) (1960).

El 29 de agosto de 1924 la Academia Mexicana de la Lengua lo nombra Miembro Correspondiente; y el 2 de diciembre de 1931, Miembro de Número. Fue secretario de la Facultad de Filosofía y Letras (1934). A la muerte de Luis González Obregón, en junio de 1938, fue designado Cronista de la ciudad de México. Murió en esta ciudad el 15 de noviembre de 1961.

La versión de Artemio del Valle Arizpe se titula:

POR EL AIRE VINO, POR LA MAR SE FUE.

Leyenda de la Plaza Mayor, luego Plaza de Armas, hoy de la Constitución, llamada generalmente Zócalo.

Despertó la ciudad entre las voces graves, tímidas, alborozadas, solemnes, locuaces, de sus campanas innumerables. Campanas de conventos y de iglesias entre la diáfana madrugada, que purifican y lavan las almas con su serena frescura. Las gentes iban y venían afanosas por la Plaza Mayor. Iban a misa, salían de misa. Por el ancho canal que corría por un costado de Palacio calle del Agua y pasaba por frente a los portales del Ayuntamiento, para seguir por las calles de las Canoas, hasta doblar por detrás del convento de San Francisco, por ese canal venían los viejos bergantines ya con leña, ya con maíz, o con la carne para el abasto en que su asentista u obligado tenía abierta la carnicería en la Callejuela, costado del Ayuntamiento, pasado el puente de las Marquesoteras, y junto a la humeante Fundición de la Casa de la Moneda. Venían por el canal las lentas canoas cargadas de verduras, rebosantes de flores y con la melosa canturia de los indios que proponían sus mercaderías mirando con ojos dóciles y tristes. Junto al Puente de Palacio se bamboleaba, remeciéndose suave, la chalupa pintada por de fuera con fresca policromía de batea michoacana, y su interior suavizado con forro y cojines de damasco y con blandas catalufas, y en la que era llevado el virrey hasta las mismas puertas del Coliseo las noches de función.

La multitud que se revolvía por la plaza, bajo la gustosa tem­planza del sol, y, preocupada como andaba con sus diarios afa­nes, no había reparado en un soldado que, con arcabuz al hombro y ojos azorados, iba de un lado para otro y, de tiempo en tiempo, atajaba a alguno dándole un largo y sonoro: “¿Quién Vive?” Y después seguía derramando el extraño asombro de sus ojos por todo el ámbito de la plaza. Nadie le hacía el menor caso por creérsele un loco de apacible manía que andaba en los días en que la luna le estaba sorbiendo más el seso pero, de pronto, alguien se fijó, muy extrañado, en su traje: Ese uniforme no lo usaban los soldados de esta tierra. La persona que primero paró mientes en el comunicó su descubrimiento a otra, y esta a otra, y luego a otras más y todas, a su vez, extendieron pronto la voz de que andaba allí un hombre extraño, con cara de espanto y arcabuz al hombro, deteniendo a mucha gente con un “¿Quien Vive?” Y, al ver que no le respondían, se llenaba de azoro consternado.

Pronto, en torno del extraño soldado, se agitó un compacto corro. Los que estaban detrás hacían violentos esfuerzos para ponerse delante, y los de las primeras filas luchaban, desesperados, para no perder su buen lugar y seguir viendo de cerca a aquel hombre de tan singular pergeño y cara de terror, que andaba inquieto como buscando algo, lleno de afán angustioso. A las preguntas, muy repetidas, de quien era y qué había perdido, con las que todos lo cercaban, dijo ser un soldado de las Filipinas, y que en la noche pasada, estando de posta en una de las torres de la muralla que rodea a la ciudad de Manila, sintió, de pronto, como un desfallecimiento en el que se le anublaron los ojos, y que todo su ser se le desleyó en un desmayo, y que, cuando recobró su espíritu, estaba en esa ancha plaza que nunca había visto en su vida, y que ignoraba de qué barrio remoto era de Manila, pues en jamás de los jamases había puesto en ella los pies, lo que le extrañaba mucho, porque era viejo conocedor De todos los andurriales, ostugos y recovecos de la ciudad en la que hacia años vivía feliz con mujer e hija.

Pero, al asegurarle que estaba diciendo desatinos, grandes desatinos, pues no se hallaba en Manila, como él creía, sino en México, capital de la Nueva España, se quedó el hombre atónito, así como adementado, y cuando ya pudo hablar empezó a Jurar y a perjurar con vehementes palabras que el no decía embustes, ni tampoco era loco como, de fijo, pensaban que lo era, y que, por amor de Dios, rogaba que le creyesen que en la noche del día anterior estaba muy tranquilo haciendo su cuarto de guardia en la torre de San Eligio, de la muralla vieja, y que no atinaba a explicarse cómo le decían ahora que andaba por México, que bien sabía él lo distante que era de Manila, donde tenia mujer e hija en el barrio de quiapo. Y aun iba a añadir otras persuasivas demostraciones para afirmar más su dicho, cuando el apretado corro que lo circundaba se empezó a abrir con temor respetuoso, para dar paso a unos alguaciles de la Inquisición, que iban a aprehender al soldado filipino, que se dio preso sin chistar, más asustado que nunca. En la tétrica calesa verde se lo Llevaron con toda rapidez al sombrío, pavoroso caserón del Santo Tribunal de la Fe.

¡No faltaron almas buenas y piadosas! -¡ay! nunca faltan-, anhelantes de indulgencias para la salud de su alma, que fueran en volandas, bebiéndose los vientos, a referir a los señores inquisidores que en la Plaza Mayor estaba un soldado que, por artes del diablo, ¡Jesús nos cuide!, Había llegado a México en sólo una noche desde las lejanas Islas Filipinas.

Cuando estas piadosas y buenas almas vieron que se llevaron preso los temibles alguaciles a aquel pobre hombre, tal vez para que lo achicharraran pronto en una santa hoguera, un gran sosiego benéfico les entró en el pecho, junto con una cándida alegría, pues cumplieron un estricto deber de conciencia y, de fijo, que en la otra vida se les iba a conceder un lindo premio entre los cánticos de los querubines, por la grande y meritoria acción de haber denunciado a aquel individuo que, era indudablemente, tenía firmado pacto con Satanás, ¡Dios nos libre!, y, pensando en esto, se quedaban con los ojos vueltos al cielo en un divino arro­bamiento, buscando en él la señal anticipada que les confirmara el divino galardón. Las demás gentes se retiraron, asustadas, de la plaza, haciéndose mil cruces, pues algo habría de nefando en aquel hombre cuando la Santa Inquisición se lo llevaba a sus cárceles, en donde en una hoguera purificadora le iban a limpiar santamente el a1ma.

Y ante los hoscos y negros inquisidores repitió el soldado una vez, y muchas, lo que le había sucedido y, además, dijo que el 17 de este mes octubre 1593, había salido del puerto de Cavite el gobernador de las Filipinas don Gómez Pérez Dasmariñas, con ocho galeras llenas de soldados, dizque a auxiliar al rey de Camboja, quien le acababa de mandar una embajada con ricos regalos (¡regalos, regalos, a cuántos hombres buenos ha­béis hecho malos!), pidiéndole auxilio contra el rey de Siam, que se aprestaba a invadirle su reino; si bien se supo en Manila que el solícito gobernador no iba en socorro de su aliado, ni muchísimo menos, sino a conquistar Maluco para España; pero que, obligada la galera capitana, por vientos contrarios, a abandonar el resto de la armada, llegó a Punta Azufre de arribada forzosa y allí se sublevó la tripulación, que era de chinos.

Como estos chinos eran muchos, vencieron pronto a los españoles y degollaron después a los que salieron con la vida del sangriento combate. Eran venerables religiosos y personas de distinguida calidad, con arraigo en Manila, todos los que perecieron y que formaban el acompañamiento del gobernador Dasmariñas, a quien un desaforado tagalo de aquellos le abrió la cabeza hasta el cuello, de un formidable golpe de machete o kampilán, que dicen en su lengua, y, echando 105 cadáveres al agua, se fueron los sublevados mar adentro con la galera, vestidos ya de blanco, celebrando un extraño y complicado rito. Que estas malas noticias andaban ese día por la ciudad, y que toda Manila estaba consternada y de luto por la muerte de sus caballeros principales y de sus frailes más calificados, claros varones llenos de saber y virtudes; Y que él, de guardia en la torre de San Eligio, estaba pensando con pena en la suerte que habría corrido en ese desastre un alférez de su tierra, Antón de Peñaranda, que, a menudo, lo beneficiaba, generoso, con amplias dádivas de dinero, cuando le entró un gran desfallecimiento en todo su cuerpo, del que vino a salir aquella mañana en la plaza que le dijeron era la Mayor de México, y a la que no supo cómo llegó ni cuando, y en la cual lo habían aprehendido los alguaciles del Santo Tribunal.

Esto lo refirió una vez y lo refirió muchas veces el soldado en ese día, y después en varias audiencias subsecuentes a las que fue llamado a declarar. Pero, francamente, los señores inquisi­dores contra la herética pravedad y apostasía, no estuvieron nada bien en el desempeño de su delicado oficio, pues sólo echaron al soldado en un calabozo húmedo, estrecho, oscuro, hediondo, mas no le dieron ningún tormento, ninguno, ¡Señor! Ni una sola vez lo descoyuntaron, ni le retorcieron el cuerpo, ni le pegaron en los hierros candentes, ni le aplastaron los pies entre los torniquetes, ni le quebraron un solo hueso, ni el más pequeño, ¡caramba!, ni le desgarraron las carnes a azotes ni siquiera le hicieron tragar unos cuantos cuartillos de agua; nada, nada, sino que lo sentenciaron a que volviera a Manila, no ya con la violenta rapidez con que se trasladó a la Nueva España, en solo una noche, sino en el galeón que iba a zarpar en esos días del puerto de Acapulco. ¡Vaya una sentencia! ¡Para eso más valía que ni lo hubiesen aprehendido! ¡Lástima!

Se fue el soldado en el galeón de Acapulco, y cuando regresó la nao, pasados ocho meses largos, con su maravillosa carga de sedas, jades, porcelanas lacas y marfiles, se supo en México, por cartas y papeles impresos, que el gobernador de las Islas Filipinas don Gómez Pérez Das Mariñas, había tenido muerte airada en el mar, tal y como lo contó aquel extraño soldado que en la mañana del 25 de octubre, año que acababa de pasar 1593 apareció lleno de admirado espanto, con un arcabuz al hombro, en la Plaza Mayor, dando largos quienvives.

Continuará…

Reunión extraordinaria de magufos

Luego de publicarse las fotografías de la región de Cydonia, obtenidas por la European Space Agency (ESA), en las que se muestra sin ninguna duda que la “cara de Marte” era una simple pareidolia, hubo una reunión extraordinaria de magufos para apoyar a Richard C. Hoagland.

Las fotos se consiguieron con una cámara etéreo de alta resolución (HRSC) instalada en la sonda Mars Express el 22 de julio de este año. Fueron procesadas en el German Aerospace Center (DLR) por el profesor Gerhard Neukum y en el Instituto de Geociencias de la Freie Universitaet, de Berlin, y muestran una simple formación natural: una colina.

Con este nuevo descubrimiento el bueno de Hoagland se ha quedado sin chamba y tanto George Noory como Estontón Friedman se han acercado para echarle una manita. El famoso conductor del programa radiofónico Coast to Coast y el físico nuclear y diesel (dice él que es físico nuclear) le han propuesto nuevas interpretaciones y teorías a Hoagland para que pueda seguir llevando el pan a su casa engañando a los incauto…, perdón, a sus lectores.

Noory le aconseja decir que el verdadero planeta de los simios es Marte y que lo que se ve en Cydonia es la cara de un gorila, no de un ser humano.

Estontón, por su parte, ha elaborado una teoría más complicada. Según él la cara fue hecha por los antepasados de los antiguos olmecas, que posteriormente llegarían a la Tierra para establecerse en las costas de lo que ahora son los estados de Veracruz y Tabasco.

Cualquiera de las dos historias las podrá usar Hoagland durante algunos años mientras se le ocurre algo nuevo. Total, como los cuentos van dirigidos a los ufólogos y seguidores de la ufología, fácil se los tragan y mientras tanto pasa el tiempo para que Richard pueda jubilarse.

El marcianito de Metepec (Final)

UN FÍSICO CURIOSO O UN CURIOSO FÍSICO

Estando en la milpa nos dimos cuenta que la situación en la que estaba el “humanoide” era tal que, si hubiera estado un metro más a la derecha, a la izquierda o adelante, Sara Cuevas no lo hubiera podido filmar. Es decir, estaba en una posición ad hoc para ser filmado desde la ventana. Cuando mencionamos esto en la emisión de Frecuencia Desconocida, Luis Ramírez Reyes no tuvo más remedio que admitir que resultaba altamente sospechoso. A esa misma conclusión llegó un supuesto físico matemático (más recientemente firma sólo como físico), quien escribió:

“¿Por qué la señora Cuevas vive en un segundo piso (se encontraba a tres metros de altura) a 30 metros de distancia del lugar en donde apareció el humanoide, este pudo tomarse no obstante la altura de las milpas, que llega en algunos tramos a cuatro metros?

“Si las milpas cercanas son tal altas. ¿Cómo pudo captar con una cámara de video casera una figura que no mide más de 1.30 metros, a una distancia de 30 metros entre las milpas?”

Lo más extraordinario de todo el caso fue lo que descubrió este supuesto físico matemático. Con un barómetro (¡Sí, con un barómetro!) logró medir la temperatura del lugar. Años después cuando comentaba este desatino con el doctor Jesús Galindo Trejo, me dijo, en tono de burla, que tal vez el físico-matemático-ingeniero-doctor-abogado-licenciado-químico-biólogo-veterinario-policía-bomebero y vendedor de seguros (que por las noches probablemente trabajaba como velador y los domingos es monaguillo), intentaba medir la temperatura de una manera sofisticada: primero medía la presión con el barómetro y luego, utilizando las ecuaciones de estado, calculaba la temperatura. Dudo mucho que la capacidad intelectual del supuesto físico diera para eso.

El doctor Galindo también me dijo que el supuesto físico le había contado que la temperatura oscilaba extrañamente. En efecto, en su artículo para Reporte Ovni escribió:

“La temperatura variaba de menos 340ºC hasta 63ºC, mientras que en los alrededores era estable, es decir, en los cuatro puntos cardinales”.

Medir temperaturas con un barómetro es una cosa, pero además medir temperaturas de -340 grados centígrados es el colmo. ¿En dónde quedó el cero absoluto (-273ºC)? ¿Qué ocurre con las leyes de la termodinámica? ¿Conoce el supuesto físico estas leyes?

Se me olvidaba. El nombre del físico es Mario Torres Lujan.

PROBABLE ORIGEN DEL FRAUDE

Para el decano de los ufólogos mexicanos, Pedro Ferriz Santacruz, el caso Metepec es un total y completo fraude. El 12 de octubre declaró en una entrevista radiofónica que:

“No es cierto lo del marciano de Metepec que apareció el 16. Se trata de una persona vestida de blanco, con un pantalón de mezclilla, que traía un costal en el cual depositaba los elotes que se robaba[1]. Es muy difícil que estando todavía los festejos de la independencia y siendo que había muchas luces de los fuegos artificiales, Sara Cuevas haya podido ver una luz en particular”.

Ferriz no estaba tan equivocado en considerar el caso Metepec como un fraude; sin embargo, el “humanoide” no es ningún ratero que trata de robar el maíz y que fuera captado “in fraganti”. Al parecer se trata de un niño, Kevin, hijo de Sara Cuevas, la verdadera responsable del fraude. Algunos de los puntos que nos hacen suponer lo anterior son:

– Sara Cuevas es una fanática de los ovnis y los temas paranormales.

– Afirma tener recuerdos de vidas anteriores y lee cuanto libro o revista se publica sobre estos asuntos.

– Admira a Jaime Maussán y posee algunos de sus videos (Luces en el cielo y Evidencia irrefutable, este último acerca de los crop circles de Inglaterra).

– Basándose en estos videos preparó y montó todo el show. El detalle de la desconexión de la cámara de video y la fecha (16 de septiembre) los tomó del video de Vicente Sánchez Guerrero que aparece en “Luces en el cielo”. Sánchez filmó un globo en el desfile del día de la Independencia de 1991. A partir de ahí todos los 16 de septiembre filma ovnis. Su teoría es que los extraterrestres aparecen en esa fecha (porque son muy patriotas). Curiosamente cuando el viento mueve el globo hacia la posición de Sánchez, es decir, cuando se podría ver claramente que se trata de un globo, Sánchez deja de filmar y afirma que es porque se le bajó la batería a su cámara y ya no pudo seguir grabando.

– El comentario de “Diosito me perdone… te lo juro por mi madre”, es una copia literal de lo dicho por otro de los testigos, Eduardo del Callejo, que filmó el 12 de enero de 1992 algunas de las tomas de ovnis que aparecen en “Luces en el cielo”. En el video se escucha la voz de Del Callejo que dice: “… te lo juro, se está moviendo… ¡Te lo juro por mi madre!… sí estaba grabando …” Maussán indicó en su momento que ese comentario avalaba la veracidad y espontaneidad de los testigos, pero si uno escucha el audio de ese video, se puede dar cuenta que es una pose estudiada.

– En cuanto a la huella en la milpa de maíz, es una clara referencia a los crop circles o círculos en los campos de trigo de Inglaterra que, curiosamente, Sara conocía a través del video de Jaime.

– El esposo de Sara, camarógrafo de televisión, bien pudo dar los conocimientos técnicos para filmar el video.

– Nadie vio la dichosa Blanca nave y sus siete enanos. Este es un detalle muy curioso ya que se trataba de una noche en la que prácticamente todo el pueblo de México se encuentra en las calles celebrando el día de la Independencia. Es más: a unos doscientos metros de la milpa se encuentra una estación de taxis sobre una avenida de gran circulación. Ningún taxista vio el ovni, ni menos un coche perseguido por un ovni.

– A un lado de la milpa hay un gran espacio de terrenos baldíos. ¿Por qué el ovni no aterrizó en ese lugar? ¿Será que los extraterrestres son unos delincuentes cuya única intención es joder al prójimo? ¿Por qué fueron a destrozar la milpa de la señora Carrillo?

CONCLUSIONES

Tiempo después del aterrizaje de Metepec, a principios de octubre, cuando todo el mundo hablaba del caso, a pocos kilómetros de ahí, en el pueblo de Jocotitlán, rumbo a Atlacomulco, otro bromista repitió el “aterrizaje”. Nuevamente en un sembradío de maíz aparecieron las cañas aplastadas formando dos letras (la P y la I o la H y la D, según la orientación en la que se observe).

Nuevamente ocurría algo muy similar a lo que habíamos observado en San Marcos o Atitalaquia, Hidalgo: cada pueblo quería tener su huella ovni.

Lo interesante del caso es que algunos ufólogos afirmaron que los hechos habían ocurrido el mismo 16 de septiembre y que el Ejército Mexicano había “acordonado la zona”, porque varios de los curiosos que entraron en el terreno habían enfermado y otros habían muerto, supuestamente por efectos de la radioactividad. Hoy, a más de 2 años de los sucesos, todavía continuamos proporcionando buenos dolores de cabeza a los ufólogos. Los escépticos somos inmunes a la radioactividad de los Ovnis.

El caso Metepec, y sus secuelas, es uno de los más pueriles y absurdos que hemos investigado. Todo está rodeado de una atmósfera y personajes infantiles, desde Blanca Nave y sus siete enanos, hasta la Cenicienta y su calabaza, pasando por el Chapulín Colorado, el Oso Hormiguero y la Pantera Rosa, Pedro y el lobo y Jimmy Maus, el mejor amigo de Mickey Mouse. Si estas son las mejores pruebas de la ufología en favor de la existencia de los Ovnis, será mejor que volvamos a leer detenidamente a los hermanos Grimm.

PS

Por aquellos años, José Luis Martínez Jiménez era uno de los más activos ufólogos del país. Tenía una columna semanal en el diario de mayor circulación: La Prensa. No era raro que José Luis también se ocupara del asunto. Martínez coincide en muchos puntos con nuestro análisis:

“… la familia Hernández, cuyas ventanas y escaleras de su casa dan hacia los maizales y esa noche ahí se encontraban, aseguran no haber visto nada, ni siquiera los policías que vigilaban la población esa noche. Es imposible pensar que sólo dos personas vieron esa luz y que sólo una vio el supuesto extraterrestre y a través del zoom de la cámara, a pesar de que es una zona altamente poblada.

“No se hallaron huellas, el carbón que se encontró lo deposita como abono un señor que hace cazuelas a dos cuadras del lugar.

“El tallo de los maizales sí estaba hidratado, al contrario de lo que dijo el señor Maussán en TV[2]. Yo partí uno ahí, delante del hijo del dueño el joven Luis Noé[3], y varios testigos más, incluso me manché el pantalón con el jugo”.

También menciona los problemas que tenían en la unidad habitacional con sus vecinos, además de acotar que debía dinero a la unidad y que esas deudas estaban anotadas en la pizarra de deudores de los departamentos. Para José Luis Martínez se trata de un tipo que se está robando el maíz.

“… un maicero que ese día se robaba los elotes para su elotada, cosa que practican muchos campesinos esos días para celebrar la noche de la Independencia.

“… analicé el video y me pareció que la cara del supuesto ser extraterrestre era un costal semillero, sostenido por una persona, por cierto en forma previa escribí de esto y la revista OVNI[4] me plagió mi teoría sin dar créditos a La Prensa ni a mí. En enero acudí al lugar a reproducir lo que sucedió según mi hipótesis, compré unos costales y ¡valla sorpresa! El ser del video y lo que saqué es lo mismo. Primero hice un dibujo del extraterrestre tomándolo del video presentado (dibujo 1), después pedía a un niño de 1.20 de estatura que sostuviera el saco lleno de elotes (foto 1) y lo calqué dando el dibujo 2, y si usted los compara son exactamente iguales”.

No comparto la idea de José Luis de que se haya tratado de un ratero de elotes, pero le aplaudo y me sorprende su escepticismo. Martínez se había caracterizado en ser uno de los ufólogos más crédulos de México. Incluso, él junto con Oscar García fueron los primeros “adoradores” de Maussán que fundarían el prototipo de lo que después vendría a ser el grupo de Los Vigilantes. Pero Martínez se apresura en aclarar que no es ningún escéptico:

“Amigo lector, ahora tiene usted las cartas sobre la mesa, y usted podrá sacar la mejor conclusión, pero ojalá que no nos pase como en el cuento de “Pedro y el Lobo” que por estos casos que hacen rica y famosa a una persona al rato cuando halla uno verdadero nadie nos crea, y luego nos andemos quejando de que hay escépticos”.

Lo que no me quedó claro es a quién se refería con lo de la persona rica y famosa, ¿a Maussán? ¿a Sara Cuevas? En este sentido hay que mencionar que Jaime comercializó el video de Sara sin -por lo que se verá más adelante-, darle su parte a la dueña del video.

Oscar García mencionaba frecuentemente que Maussán había llegado incluso a registrar los videos que la gente le enviaba. No tengo constancia de eso, pero sí sabemos que los comercializa, no sólo en su serie de videos, sino vendiéndolos a las televisoras del extranjero. Tampoco tenemos constancia de qué parte de las ganancias vayan a sus legítimos dueños. En el caso de Sara Cuevas parece que no recibió su parte, por lo que vemos en un mail que Sara envió a una compañía de abogados (Zertuche Gloria y Asociados Consultoría Legal Abogados) que asesora a través de Internet:

Nombre: Sara Cuevas Tornell

Direccion E-mail : [email protected]

Si tiene pagina web: http://www.ovnisaracuevas.com

Ciudad y pais: Cancun Quintana Roo

COMENTARIO, PREGUNTA O CONSULTA. (Un solo click para enviar):

Me gustaria obtener una consulta de parte suya sobre este caso que a continuacion voy a resumir. Yo videograbe un ser “extraterrestre” en metepec, Edo. de Mexico el cual registre ante los derechos de autor en 1994. El lic. Jaime Maussan lo ha estado utilizando en Mexico y en el extranjero en conferencias, y me he enterado que este señor lo ha vendido en el extranjero, pero jamas he podido hacer nada porque no tengo pruebas, solamente de las conferencias que da por la republica se que presenta mi video. Sin embargo creo que ya por fin pude “agarrarlo” con algo mas solido ya que la empresa BMG saco a la venta un CD de musica y video interactivo llamado satar mix 3 en el cual sale mi obra en su totalidad y la empresa BMG de adjudica este material. Yo no tengo ni un solo peso para invertir en abogados, pero quiero que me orienten sobre como puedo poner yo sola mi demanda desde cancun quintana roo y por que via, y sobre todo que posibilidades tendria yo en este caso ya que tambien han echado abajo mi negocio que acabo de poner (o sea mi web[5]) ya que ni siquiera yo presente este material ya que mis planes eran vender yo misma mi video al que le inverti mucho dinero) De antemano les agradesco su fina atencion a este caso. Un saludo

Saturday, April 28th 2001 – 08:49:04 AM

Se ha respetado la redacción y ortografía de Sara Cuevas, podemos observar que no hay un solo acento y que Sara piensa que Quintana Roo es un país. Pero aquí hay algunas cosas que resaltar, además de la ortografía. En primer lugar esta el hecho de que Sara entrecomilla lo de “extraterrestre”. Si fuera algo real no habría porqué entrecomillarlo. Esto sugiere que su “extraterrestre” fue fabricado. Eso se confirma al enterarnos que registró “ante los derechos de autor” desde 1994 (año de su filmación). ¿Sospechoso, no?

Sara también menciona lo que apuntábamos más arriba: Jaime, al parecer, vende los videos que recibe, a las televisoras de otros países.

Finalmente tenemos que Sara declara que invirtió mucho dinero en su video. No creo que se refiera a la cámara, que la utiliza en ese y otros videos familiares; tampoco podría ser la cinta. Juntos, cámara y cinta no deben representar una cantidad muy alta. Pero si pensamos en una producción con guión, camarógrafos, actores, y otras gentes involucradas, entonces sí podríamos aceptar que invirtió mucho dinero, pero eso confirmaría nuestros resultados: el video es un fraude.

REFERENCIAS

Anónimo, ¡No era marciano!, en Reporte OVNI, No. 42, México, febrero de 1995, Pág. 19.

Anónimo, Análisis de los lugares en los que el OVNI dejó huella, en Metepec, Toluca, en Reporte OVNI, No. 42, México, febrero de 1995, Págs. 20-21.

Anónimo, Se analiza el humanoide, en Reporte OVNI, No. 42, México, febrero de 1995, Págs. 16-18.

Chávez Mario Alberto, ¡Gigantesco OVNI aterrizó en Toluca!, en Reporte OVNI, No. 42, México, febrero de 1995, Págs. 3-5.

Contreras Esparza Roberto S., Avistamientos en Metepec, en Reporte OVNI, No. 42, México, febrero de 1995, Págs. 14-15.

Cuevas Tornell Sara, mail en Internet del 28 de abril del 2001, http://books.dreambook.com/zertuche/3247.html

Martínez Jiménez José Luis, La verdad del extraterrestre de Metepec, en NOTI-OVNI Internacional, Año 1, No. 1, México, diciembre de 1996, Págs. 3 y 7.

Ruiz Noguez Luis, 100 fotos de extraterrestres, Corporativo Mina, México, 1996, Págs. 78-83.

Ruiz Noguez Luis, El extraterrestre de Metepec, artículo en Internet,

http://www.geocities.com/Area51/Dunes/9515/ovnis/metepec.html , también se puede ver en: http://www.alcione.org/metepec.html,

http://www.angelfire.com/scifi/metepec,

http://tvufo.tripod.com/id58.html

Ruiz Noguez Luis, OVNIs en Metepec, en Perspectivas Ufológicas, No. 4, México, enero de 1995, Págs. 62-67.

Salazar Mendoza Alfonso, Más sobre el caso Metepec, en Reporte OVNI, No. 42, México, febrero de 1995, Págs. 22-24.

Téllez J. Fernando, Tripulantes OVNI, Equipo Sirius Mexicana, México, 1994.

El video de Sara Cuevas se puede ver aquí:

http://www.youtube.com/watch?v=EdJseeF_B58

Ver primera parte en: http://marcianitosverdes.haaan.com/2006/09/el-marcianito-de-metepec-primera-parte/

Fotograma del video de Sara Cuevas.

Aspecto del terreno en Metepec. Al fondo la unidad habitacional en donde vivía Sara Cuevas.

La misma zona vista hacia el lado opuesto. En el centro podemos ver plantas de maíz que aún no han sido derribadas.

Vista desde la unidad habitacional en donde vivía Sara Cuevas.

El joven Baltasar Gutiérrez.

Hojas de la planta de calabaza que sufrieron una notable disminución en su tamaño. Ver la siguiente foto.

La hoja normal de la planta de calabaza, comparada con la planta deshidratada.

Luis Noe Gutiérrez Carrillo, propietario de la milpa.

El “chapulín de Metepec”.

Ilustración de la revista Reporte OVNI que muestra que el “extraterrestre de Metepec” es un chapulín.

Otra interpretación de los dibujantes de Reporte OVNI.

En esta versión el extraterrestre está usando una aspiradora.

Aquí vemos al extraterrestre de Metepec debajo del ovni.

Fotos de José Luis Martínez que ilustra su hipótesis de que se trataba de alguien robando el maíz (foto 1).

Dibujos de José Luis Martínez. A la izquierda el dibujo 1, tomado del video de Sara Cuevas. A la derecha el dibujo 2, hecho a partir de la foto del niño con el saco de elotes.

Fotografía de Martínez que muestra la pizarra que señala la lista de deudores del condominio.

La Pantera Rosa, Blanca Nieves, el oso hormiguero y Pedro y el Lobo.

Los hermanos Grimm.

Guillermo Ortega Ruiz, el primero en dar la noticia.

Don Pedro Ferríz y José Luis Martínez.

Don Pedro y otro de sus amigos.

Luis Ramírez Reyes.

Jaime Maussán.

Nino Canun.

El doctor Jesús Galindo Trejo.

Sara Cuevas.

Sara Cuevas en el programa de Cristina con Jaime Maussán, el contactado Carlos Díaz y Carlos García el esposo de Sara Cuevas.

En uno de los programas de Nino Canun, Héctor Escobar explica la formación de los anillos de hadas. De izquierda a Derecha, Canun, Héctor Chavarría, Ramiro Garza, Mauricio José Schwarz, Maussán, Escobar y Zitha Rodríguez Montiel.


[1] La idea original es del ufólogo José Luis Martínez Jiménez. Ver el apéndice.[2] Aquí se equivoca José Luis. Maussán se refería a una calabaza.

[3] Se refiere a Luis Noé Gutiérrez Carrillo.

[4] Se refiere a Reporte OVNI.

[5] Sara tenía una página web en donde vendía chucherías relacionadas con el marcianito de Metepec. Incluso ofrecía fotografías autografiadas http://web.archive.org/web/20010607092527/www.ovnisaracuevas.com/pyservicios.htm