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Bioluminiscencia

OTROS INSECTOS COMO OBJETOS VOLANTES NO IDENTIFICADOS

“Los fuegos fatuos, las antorchas, los chorros de llamas y otros fenómenos luminosos tienen el mismo carácter que los meteoritos que caen, de los cuales se diferencian sólo por sus dimensiones. También pueden tener su origen en evaporaciones densas y pesadas de las capas inferiores del aire, evaporaciones que emiten una luz fosforescente y a las que el viento les imprime movimiento y formas casuales… A veces, estos fenómenos no son meteoros, sino grandes enjambres de insectos luminosos, que vuelan a menudo de noche…”

Johann Elert Bode, astrónomo alemán (1823)

En 1976 Norton T. Novitt, ilustrador científico del US Geological Survey observó que durante los veinte años anteriores se habían visto muchos ovnis reluciendo en la oscuridad y recordó cierta noche, cuando contemplaba la Luna a través de un telescopio. Vio un punto brillante que se movía demasiado rápidamente para ser un satélite, seguido por otro punto también brillante. Ambos descendieron, y luego se pararon. Asombrado, descubrió que se trataba, simplemente, de un par de hormigas voladoras enamoradas que aterrizaron en la puerta de su garaje, a pocos metros de distancia.

Norton realizó un experimento. Tomó varias hormigas y las pegó en una pequeña pelota de ping-pong. Luego conectó la pelota a un generador electrostático. Al acumularse la electricidad estática, las hormigas empezaron a brillar. Norton descubrió que las hormigas debían tener algo de humedad para que pudieran brillar. Enunció la teoría de que si pasaran de una capa de aire cargada eléctricamente a otra, podrían crear una diferencia de potencial suficiente para hacerles entrar en “corona”, si todas las demás condiciones eran favorables. Aunque también las hormigas podrían adquirir dicha carga eléctrica frotándose entre si durante el vuelo.

El doctor Leonard Loeb, ex profesor de física de la Universidad de California dijo que las teorías de Novitt eran “interesantes, originales y tal vez ciertas”. Calculó que un enjambre, plenamente cargado, de treinta millones de hormigas voladoras, podrían brillar intermitentemente durante lapsos superiores a un segundo en condiciones desfavorables, o hasta casi un minuto en ambientes favorables.

Los estudios de Norton son, indudablemente, el antecedente de la hipótesis de Philip S. Callahan y Richard W. Mankin[1]. Estos investigadores mencionan a Loeb, pero no hacen ninguna referencia al trabajo de Norton Novitt.

En 1978 la revista Time publicó un comentario al artículo de Callahan y Mankin. La nota se titulaba “Esos brillantes objetos zumbantes pueden ser en realidad insectos” [2] y mencionaba que la oleada de ovnis en Uintah Basin, Utah, podría ser debida a enjambres de insectos voladores emitiendo una descarga en corona[3].

Desde los inicios de la “era de los platillos”, los primeros investigadores sospecharon una relación entre éstos y algunos animales, principalmente insectos. Edgard Sievers[4] citaba la hipótesis de Gerald Heard[5] de que se trataba de una especie de abeja marciana. La idea, francamente fantasiosa, aseguraba que los tripulantes de los platillos voladores eran abejas marcianas. Desconozco qué tanta influencia haya tenido Heard en los modernos reportes de extraterrestres de forma insectoide (mantis religiosa), pero podría asegurar que fue la inspiración del reportero mexicano de La Prensa, que inventó la historia de la “mosca dorada”, famosa durante la oleada de platos voladores de 1950. Se trataba de una mosca enfundada en una nave extraterrestre, una cápsula de color dorado, que provenía de Marte. No sólo los insectos abonaron la imaginación de aquellos primeros ufólogos (o platillólogos), también los arácnidos. Harold T. Wilkins[6] cita un relato sobre una caída (lluvia) de hilos que, afirma Wilkins, “deben provenir de arañas desconocidas”. Este, me parece, es el primer reporte de los posteriormente famosos “hilos de la virgen” o “cabellos de ángel”. Nuevamente la ufología tan cerca y tan lejos: reconocía el origen real de esas telarañas, pero en su imaginación las mandaba volar a regiones desconocidas.

Carl Gustav Jung también llegó a sospechar una relación entre los insectos y los platos voladores[7], pero desvió sus investigaciones hacia la teoría de los mandalas y el inconsciente colectivo. Jung escribió lo siguiente:

“Su trayectoria de vuelo describe ángulos tales que sólo un objeto sin peso podría describirlos. Se parece a la trayectoria que describe un insecto volador. Lo mismo que éste, el UFO se detiene de pronto sobre un objeto que le interesa por un tiempo más o menos prolongado, o bien vuela en círculo sobre el cual animado de curiosidad, para luego abandonar súbitamente el lugar como para buscar en vuelo zigzageante un nuevo objeto.

“Debo confesar que al leer las numerosas relaciones sobre UFOs se me ocurrió también a mí la idea de que el comportamiento característico de los UFOs recuerda sobre todo al de ciertos insectos. Y si se quiere especular sobre semejante posibilidad, existe ciertamente la posibilidad de que, en condiciones de vida diferentes, la naturaleza sea capaz de demostrar aún mejor su ‘sabiduría’ en una dirección diferente de la producción fisiológica de luz y otras parecidas, por ejemplo en la antigravitación”[8].

Las compañías eléctricas han descubierto que los enjambres de insectos posados en los cables conductores pueden perturbar la recepción por radio y televisión al producir electricidad estática (el famoso efecto electromagnético de los ovnis)[9] Según Philip Klass, editor de la revista Aviation Week and Space Technology, la descarga en corona tiene más probabilidades de producirse cuando las líneas de conducción eléctrica se hallan contaminadas de polvo, depósitos de sal o enjambres de insectos.

LUCIÉRNAGAS

Consideremos los extraños movimientos zigzagueantes de los insectos, agreguemos una fuente luminosa y obtendremos una luciérnaga.

Las luciérnagas pertenecen a la familia de los “lampíridos” y su nombre científico es Lampyris noctiluca. Nacen de un huevecillo escondido en la tierra que, en muchas especies, posee una ligera fosforescencia. Al cabo de tres semanas rompen los huevos unas larvas parecidas a la cochinilla de humedad. La larva de la luciérnaga es carnívora y muy voraz. Paraliza y luego devora a diversos animales, como los caracoles y las orugas. Muchas especies de luciérnagas emiten luz desde esta primera fase de vida. De unos puntitos situados en la parte inferior del abdomen, aflora un tenue resplandor parecido al que se entrevé por la mirilla de un horno. A estas larvas luminosas se las denomina “gusanos de luz”.

Las luciérnagas son en realidad escarabajos o coleópteros. Son animales de cuerpo alargado, de color oscuro, que a primera vista no parecen insectos; pero mirándolos atentamente se ve que tienen sus tres pares de patas y otros caracteres propios de ese grupo. Vista desde arriba, la adulta parece un insecto de tantos; suele tener un dorso rectangular de color pardo o negro, dos antenas móviles y segmentadas, seis patas y una cabeza que semeja el casco de un astronauta (aquí tenemos ya al “extraterrestre”). Pero si la ponemos patas arriba observaremos un detalle singular; el macho tiene toda la extremidad posterior del abdomen amarilla, mientras que la hembra sólo presenta una mancha de este color. De estas zonas procede la fosforescencia del insecto. En algunas especies la luminosidad la producen solamente las larvas o las hembras, pues estas conservan durante toda su vida el aspecto de larvas y la facultad de emitir luz, para atraer a los machos, pero no éstos. Los machos tienen alas y el aspecto de pequeños escarabajos; en verano, de noche, a hembra brilla entre las hierbas como una estrella que hubiera caído de los cielos.

Las luciérnagas producen luz por el lado inferior o ventral de los últimos anillos del abdomen; esa luz puede variar de intensidad, aumentando cuando se molesta un poco al animal, como ocurre al tomarlas para examinarlas. La luz se debe fundamentalmente a que el animal produce dentro de su cuerpo una sustancia que, al oxidarse, desprende luz. Si la luciérnaga se encuentra e peligro, como por ejemplo al caer atrapada en la tela de alguna araña, le brilla la cola intensamente. El estampido de un cohete o el fragor de un trueno puede ocasionar que todas las luciérnagas que pueblan un campo determinado se enciendan a la vez. Sin embargo, por regla general, sólo utilizan su señal luminosa para encontrar pareja.

El ciclo que rige su vida sexual empieza entre junio y agosto. Al anochecer sale de su escondite, levanta sus duros y resistentes élitros, despliega las largas y delicadas alas y con un ligero zumbido se lanza al aire en busca de pareja. Durante el vuelo mantiene el cuerpo con una inclinación de 45º y las patas traseras en alto, pegadas a los costados para que se pueda admirar perfectamente su vistosa panza.

Algunas especies emiten una señal que semeja una hilera de puntos luminosos en la noche; otras emiten destellos a intervalos irregulares. La Photinus pyralis, muy común en el Este de los Estados Unidos, traza en el aire una brillante “J” mayúscula o una figura parecida a una “V” irregular. Durante su lenta trayectoria tan accidentada como la de una montaña rusa, enciende su luz (que puede llegar a tener una potencia de 0.02 de bujía) al final del profundo descenso; la mantiene reluciendo al volver a remontar el vuelo, hasta llegar casi al punto más alto, y luego la apaga poco antes de iniciar un nuevo descenso en picado.

Mientras tanto la luciérnaga hembra espera en tierra, desde donde reconoce a los machos de su especie por la duración de sus destellos. Cuando ve al fin el ansiado rayo de luz, contesta emitiendo ella otro. Aunque la señal de la hembra brilla menos que la del macho, éste la distingue sin dificultad, porque sus ojos tienen más facetas y poseen mayor agudeza visual.

Las llamadas entre las luciérnagas de uno y otro sexo están tan estrictamente coordinadas y diferenciadas como el canto de las diversas clases de pájaros. La hembra de la especie Photinus ignitus espera cinco segundos y medio antes de contestar al macho con un corto destello en una noche relativamente fresca (cuanto más caluroso sea el tiempo, más rápido será el cambio de señales). Por el contrario, a la misma temperatura aproximadamente, la hembra Photinus collustrans sólo espera un segundo antes de encender su señal, que prolonga un segundo más.

Al Sur de la India y el Sureste de las Filipinas y Nueva Guinea se encuentran las luciérnagas sincronas. El órgano luminoso se localiza cerca de la parte final de su abdomen y es activado por señales originadas en el cerebro.

Pteroptyx malaccae, es la principal, luciérnaga sincronía de Tailandia. Se enciende aproximadamente cada medio segundo (exactamente su periodo es de 560 milisegundos cuando la temperatura ambiental es de 25ºC). Mientras que Pteroptyx cribellata de Nueva Guinea se enciende cada segundo a la misma temperatura[10].

COMUNICACIÓN

La luz es un medio de comunicación entre las luciérnagas. Dependiendo de la especie el periodo de encendido es de tres segundos, dos segundo, 500 milisegundos o 200 milisegundos que es el tiempo en el que el impulso nervioso viaja desde los ojos (al ver a otras luciérnagas) hasta el órgano luminoso.

Los nativos de Malasia usan las luciérnagas como marcas de navegación cuando viajan de noche.

Las observaciones del lejano oriente son diferentes de las americanas. El oriente se distinguen por el hecho de que ocurren comúnmente en ciertas áreas bien definidas e involucran un basto número de insectos, lo que no ocurre en América[11].

Durante los meses de julio, agosto y septiembre es posible ver en la noche toda la extensión de los ríos o canales iluminados por miríadas de insectos. Estas áreas se pueden extender cientos de metros o pueden estar confinadas en un árbol que se enciende y apaga con sorprendente regularidad. El periodo de estos destellos es de unos 120 por minuto. Reinking[12] informa que en otro distrito de Siam, el calphotia tiene un periodo de 105-109 veces por minuto.

Una de las cosas que más llama la atención es el hecho de que la sincronicidad esta confinada a localidades que bordean las corrientes, o en regiones saturadas de agua. Sir John Bowering[13] fue el primero que apuntó esto: “Tienen sus árboles favoritos”.

Alrededor de Bangkok es conocido comúnmente el desello sincrono de las luciérnagas confinadas en un árbol particular, el Tanlampoo de Siam (Sonneratia acida). Las raíces de este árbol están dentro del agua. Las hembras de la especie no tienen alas como es el caso de la mayoría de los Lampyridae americanos, no hay oportunidad de que se aproximen al árbol. No se han encontrado hembras ni en el árbol ni en su vecindad cuando se han hecho observaciones de sincronicidad.

Una de las teorías que se formularon para explicar el fenómeno es el efecto de ligeras corrientes de aire sobre la posición del cuerpo, debido a la ocurrencia de sincronismo sólo cuando los insectos están en descanso sobre algún árbol. Debido a las corrientes de aire el órgano luminoso del insecto puede quedar expuesto por un periodo de tiempo corto[14].

Otra fue la teoría de “simpatía”. De acuerdo a esta idea hay un insecto particular que regula los destellos como un director de orquesta.

El doctor Morrison, de la Universidad de Princenton encontró que era posible inhibir este fenómeno, iluminando a los insectos con una luz intensa por lo menos un minuto[15].

En el mediodía de Francia, y en algunos lugares de España, existe otro insecto luminoso, la Luciola, en el que tanto el macho como la hembra son luminosos y poseen alas. En las noches tranquilas del estío vuelan de un lado para otro produciendo un espectáculo maravilloso.

El más curioso de los insectos luminosos es el Piróforo o Cocuyo, grueso coleóptero de forma alargada que vive en los países cálidos de América. Se cuenta que los nativos lo utilizaban como linterna para guiarse por los aminos. Es tal su potencia luminosa que un solo animal de esos, colocado en una habitación, permite leer un libro durante la noche. Los conquistadores españoles se quedaron asombrados al pisar tierras americanas y ver estos insectos. Fernández de Oviedo dice de ellos:

“Durante la guerra de Haití, tanto los cristianos como los indios utilizaban estas luces para no distanciarse los unos de los otros; los indios, en particular, muy hábiles para capturar estos animales, se hacían collares con ellos cuando querían que durante la noche se les distinguiera a una legua, y aún más de distancia. Cuando los jefes guerreros ordenan marchas de noche por esta isla, el oficial, el capitán o la guardia que va delante sondeando la oscuridad, lleva sobre la cabeza un cocuyo y sirve de faro a toda l tropa que le sigue”.

El famoso naturalista Alejandro von Humboldt, mucho más recientemente, dice que vio utilizar como farol una especie de calabazas con agujeros, dentro de las que había metidos algunos cocuyos. Los viajeros fijan, a veces, piróforos sobre su calzado para evitar las serpientes.

En la Habana, Cuba, y en las regiones vecinas, las damas criollas utilizaban mucho para su adorno este singular insecto luminoso, empleándolo como una joya viviente. Se hacían con ellos collares de fuego y pendientes luminosos. Maurice Girard cuenta que las mujeres de La Habana cuidaban mucho estos cocuyos, y al regresar de los bailes les hacían tomar un buen baño, operación indispensable, y después los colocaban en pequeñas cajas donde los alimentaban con caña de azúcar.

“A menudo por un encantador capricho los colocaban sobre pliegues de sus blancos vestidos de muselina, que parece entonces reflejar los rayos plateados de la Luna, o bien los esconden entre sus bellos cabellos negros. Este peinado original tiene un resplandor mágico, que se armoniza perfectamente con la belleza bronceada y pálida de estas deliciosas mujeres. Una sesión de algunas horas, pasadas de este modo, fatiga a los pobres insectos y disminuye, o hace desaparecer su brillo. Pero se les sacude un poco y vuelven a brillar”.

El entomólogo americano Jaceck relata una costumbre que ha desaparecido: “En el Sureste de México cazan los cocuyos para venderlos, y emplean un método de captura muy interesante. Encienden la punta de una varita delgada, y, cogiéndola por el otro extremo, la hacen girar alrededor de la cabeza, de modo que el extremo hecho ascua brille en el aire. Esto atrae numerosos cocuyos, que son fáciles de coger con una redecilla de las que se emplean para cazar mariposas”[16].

Charles Darwin, refiriéndose a las moscas luminosas del Brasil, dice que en noches sombrías se pueden percibir a unos doscientos pasos la luz que proyectan.

“Es digno de notar que, en todos los animales fosforescentes que he podido observar, gusanos de luz, escarabajos brillantes y diferentes animales marinos (tales como crustáceos, medusas, nereidas, una corolaria del género Clytia y un tunicado del género Pyrosoma), la luz presenta un matiz verde bien definido. Todas las moscas luminosas de que me he podido apoderar aquí, pertenecientes a los Lampyridos (familia de la que forma parte el gusano inglés), y el mayor número de ejemplares correspondían a los Lampyris occidentalis. Este insecto, según gran número de observaciones hechas por mí, emite la luz más brillante cuando se irrita; en los intervalos, los anillos abdominales se oscurecen. La luz se produce casi instantáneamente en los anillos; sin embargo se percibe primero el anillo anterior. La materia brillante es fluida y muy adhesiva; ciertos puntos, donde la piel del animal había sido desgarrada, continuaban brillando y emitiendo un ligero centelleo, mientras que las partes sanas se ponían oscuras. Cuando el insecto es decapitado, continúa brillando, pero la luz no es tan intensa como era antes; si con la punta de la aguja se lleva a cabo una irritación local, siempre aumenta la intensidad de la luz. En un caso que me fue dado observar, los anillos conservaron su propiedad luminosa durante cerca de 24 horas después de la muerte del insecto. Estos hechos parecen probar que el animal posee solamente la facultad de extinguir durante cortos intervalos la luz que emite, pero que todos los otros instantes la emisión de luz es voluntaria. He encontrado en gran número, sobre húmedos pedregales, las larvas de esos lampíridos que, por su forma general, se parecen a las hembras del gusano luminoso de Inglaterra. Tales larvas no poseen más que un débil poder lumínico, muy al contrario de sus padres, simulan la muerte así que se les toca, o dejan de brillar; tampoco excita en ellos una nueva emisión de luz la irritación. Pude observar vivos durante algún tiempo muchos de ellos; su cola constituye un órgano muy singular, porque, por medio de una disposición muy ingeniosa, puede desempeñar e papel de chupador y de depósito de saliva o de otro líquido análogo. Muy a menudo les daba carne cruda; en tales casos invariablemente, yo podía observar que la extremidad de la cola se aplicaba a la boca par depositar una gota de fluido sobre la carne que el insecto se disponía a tragar. A pesar de una práctica constante, la cola no parece que encuentre con mucha facilidad la boca; por lo menos, la cola va a buscar primeramente el cuello, que al parecer le sirve de guía.

“Un escarabajo, el piróforo de pico de fuego (Pysophorus luminosus), es el insecto más común en los alrededores de Bahía. En este insecto, como en otros muchos que ya hemos citado, una irritación mecánica tiene como efecto intensificar la luz que emite. Cierto día me entretuve observando este insecto desde el punto de vista de la facultad que posee de dar saltos considerables, facultad que no me parece haya sido descrita perfectamente. Cuando el piróforo de pico de fuego se halla tumbado de espaldas y se dispone a saltar, echa hacia atrás la cabeza y el pecho, de tal forma que la espina pectoral se tiende y se apoya en el borde de su vaina. El insecto usa de toda su energía muscular, hasta que la espina pectoral se tiende como un resorte, y en ese momento reposa con el extremo de su cabeza y sus élitros. De pronto se deja ir, la cabeza y el tórax se levantan y, en consecuencia, la base de los élitros va achocar con tanta fuerza contra la superficie sobre la que él está situado, que rebota hasta la altura de una o dos pulgadas”[17].

BIOLUMINISCENCIA

La eficiencia de la luciérnaga es muy superior a los focos comunes de resistencia eléctrica, los cuales tienen sólo un 10% de eficiencia, mientras que la eficiencia de la luciérnaga es de 92% o 99%.

En 1880 el fisiólogo francés Raphael Dubóis logró extraer dos sustancias (la luciferina y la luciferaza) de una solución obtenida después de triturar los órganos luminosos de la luciérnaga. En 1942 el bioquímico William McElroy que ampliaba sus estudios en la Universidad de Princenton, identificó otro elemento esencial, el adenosina trifosfato ATP, y comprobó que esta sustancia actúa como fuente de energía, permitiendo a la luciérnaga renovar su luz continuamente. Si le faltara no podría emitir ni un solo destello[18].

Aún quedan varios misterios por resolver en torno a la luciérnaga. Por ejemplo, el del “interruptor” de que se vale el insecto. Durante muchos años, los científicos han creído que cuando la luciérnaga deseaba emitir luz se limitaba a abrir unas pequeñas válvulas de su sistema nervioso para que entrara oxígeno. Pero en la actualidad se sospecha que las extremidades nerviosas de la luciérnaga, y las de otros animales más desarrollados, segregan adrenalina. Esta sustancia despolariza las células luminosas, permitiendo que se mezclan la luciferina y la luciferaza, lo que produce el consiguiente destello.

En 1885-87 se observó que extractos de crudo preparados de luciérnagas de la India (Pyrophorus) y de almejas (Pholas), daban una reacción de emisión de luz cuando se mezclaban. Uno de los preparados era un extracto de agua fría conteniendo compuestos relativamente inestables al calo: luciferaza; el otro fue extraído de agua caliente conteniendo un compuesto relativamente estable al calor: luciferina: La reacción luminiscente que ocurre cuando soluciones de luciferina y luciferaza se mezclan a temperatura ambiente sugiere que todas las reacciones bioluminiscentes son reacciones de luciferina-luciferaza. Sin embargo, este argumento tan simple fue abandonado posteriormente. Un pequeño crustáceo que vive en el Mar del Japón (Cypridina hilgendorfii) y algunas bacterias bioluminiscentes no utilizan ninguno de estos compuestos.

El primer material sintético quimiluminiscente (1928) fue el luminol (5 amino 2, 3 dihidro 1, 4 ftalazinediona) que emite una luz azul como resultado de su oxidación.

La bioluminiscencia es un tipo especial de quimiluminiscencia catalizada por enzimas. La luz proporcionada por tales reacciones puede alcanzar el 100% de eficiencia, lo cual significa que cada molécula sin excepción se excita a un estado radiante.

La bioluminiscencia se desarrolla en una gran diversidad de organismo. Estos incluyen ciertas bacterias, hongos, radiolarios, esponjas, corales, flagelados, hidroides, mementeanos (gusanos marinos altamente coloridos), ctenophoros, crustáceos, almejas, caracoles, ciempiés, milpiés e insectos. La bioluminiscencia es una clase particular de quimiluminiscencia.

Probablemente el mejor conocido de todos los moluscos luminosos sea la almeja Pholas dactylus que era conocida desde la antigüedad. En griego Pholas significa “oculto en un hoyo”, que describe perfectamente el habito de este molusco de ocultarse dentro de las rocas. En 1887 el fisiólogo francés Raphael Dubois uso al Pholas en sus estudios pioneros sobre la bioluminiscencia. Dubois demostró que los extractos de agua fría de Pholas continúan emitiendo luz durante varios minutos. Encontró que después que ha cesado la emisión de luz, ésta puede restablecerse adicionando un segundo extracto obtenido al lavar almejas frescas en agua caliente y enfriando el jugo resultante. Dubois concluyó que había alguna sustancia en el extracto de agua caliente que era esencial para la emisión de luz y que no era afectada por el calor. El llamó a este material Luciferina y a la sustancia en el extracto de agua fría le llamó Luciferaza, indicando con el sufijo “asa” que tenía propiedades de una enzima. Las enzimas son catalizadores biológicos y son sensibles al calor.

Otro pionero en el campo de la bioluminiscencia fue E. Newton Harvey, de la Universidad de Princenton. Siguiendo las observaciones de Dubois, Harvey estableció definitivamente que la bioluminiscencia es un proceso enzimático. En un viaje a Japón encontró un crustáceo (Cypridina hilgendorfii) que es una fuente de luciferina y luciferaza. Cypridina es un pequeño crustáceo con dos valvas que cubren su cuerpo. Se encuentra tanto en agua dulce como en salada, pero sólo la forma marina es luminosa. Durante la Segunda Guerra Mundial, los soldados japoneses la usaban como fuente de luz haciéndola polvo y colocando este polvo en sus manos para leer los mapas en las noches oscuras[19]

Algunos “gusanos de fuego” (anélidos del orden Polychaeta) fueron los causantes del avistamiento de Colón. El 11 de octubre de 1492, Cristóbal Colón anotaba en su libro de viaje haber visto delante de las Bahamas, hacia las diez de la noche, unas misteriosas luces que él consideró una señal. Esta observación confundió durante siglos a los historiadores, y algunos quisieron ver ovnis en ella. Hace no muchos años, el biólogo marino inglés Robert Thomson Crawshay, resolvió el misterio: Colón había visto la iluminación marina de las luciérnagas atlánticas. Justo un día antes de la última fase de la Luna, millones de hembras de esta especie producen un destello fosforescente y claro, con el fin de atraer a los machos[20]

La relación entre la luminiscencia y las fases de la Luna esta magníficamente ilustrada en el anélido de Bermudas Odontosyllis enopla. Los gusanos de esta especie comienzan a multiplicarse 2 o 3 días después de la luna llena, apareciendo primeramente las hembras. Cada una de ellas nada en pequeños círculos en la superficie del agua emitiendo una luz verde. Este ritual invariablemente se inicia unos 55 o 56 minutos después de la puesta del Sol. Los círculos de luz atraen evidentemente a los gusanos machos que emiten destellos de luz al acercarse. Comúnmente varios machos convergen sobre una sola hembra y entonces el grupo comienza a girar en círculos mientras sus miembros descargan huevos y esperma dentro del agua. Las hembras tienen unos 35 milímetros de largo, mientras que los machos alcanzan los 70 milímetros.

Otros insectos luminosos son los “escarabajos golpeadores” (Elateridae), que en cierto sentido se parecen mucho a las luciérnagas. El insecto está decorado con manchas ovales verdes, una a cada lado de la parte frontal de su cuerpo. Debido a que estas manchas luminosas tienen la apariencia de faros de automóvil, estos insectos son conocidos en algunas regiones con el nombre de “autos pulga”.

Uno de los pocos seres que emiten dos tonos de luz es el escarabajo Phrixothrix de Centro y Sudamérica. La larva de estos insectos está decorada con 11 pares de manchas verdes a los lados de su cuerpo; en la cabeza tienen una mancha roja. En la noche, cuando “enciende” su cabeza, parece como un cigarro prendido. Cuando “enciende” sus luces verdes parece un ferrocarril con una luz roja en la parte frontal. Debido a esta particularidad se le conoce como “gusano ferrocarril”.

El Polinoe es otro gusano acuático que emite luz azul cuando se le toca. Algunos peces emiten nubes de un material luminoso con el fin de escapar de sus predadores.

Es un espectáculo maravilloso ver los gusanos luminosos que viven en las cavernas de Nueva Zelanda. La más famosa de estas cavernas esta en Waitomo, 200 millas al Norte de Wellington. Las paredes y techos de estas cavernas están cubiertos con ciertos de larvas luminosas.

Los seres humanos, como muchos insectos, son atraídos por la luz. Las luces en el cielo que fascina a muchos ufólogos, no necesariamente son naves de otros planetas.


[1] http://marcianitosverdes.blogspot.com/2006/10/insectos-como-objetos-volantes-no.html

[2] Anónimo, Los ovnis son insectos informan científicos de EU, Contactos Extraterrestres, No. 52, 27 de diciembre de 1978, Pág. 8.

[3] Anónimo, Platillos y polillas voladoras, Naturaleza, Vol. 10, No. 1, febrero de 1979, Pág. 6.

[4] Sievers Edgard, Flying Saucers Über Südafrika, Sagittarius-Verlag, Pretoria, Sudáfrica, 1955.

[5] Heard Gerald, Los platillos volantes, Editorial Correa, 1951.

[6] Wilkins T. Harold, Flying Saucers on the Moon, Arce, London, 1950.

[7] Jung Carl Gustav, Weltwoche, Zürich, 22. Jahrgang, No. 1078, 9 de julio de 1954, Pág.. 7.

[8] Jung Carl Gustav, Sobre cosas que se ven en el cielo, Editorial Sur, Buenos Aires, 1961.

[9] Edwards Frank, Platillos volantes aquí y ahora, Colección Realismo fantástico, Plaza & Janes, Barcelona, 1976.

[10] Buck John & Buck Elisabeth, Synchronous fireflies, Scientific American, Vol. 234, No. 5, mayo 1976, Pages. 74-79 y 82-85.

[11] Allard H. A., Science, Vol. 44, 1916, Pág. 710.

[12] Renking O. A., Science, Vol. 53, 1921, Pág.. 485.

[13] Bowering John, The Kingdom and people of Siam: with a narrative of the mission to that country in 1855, Vol. I, London, 1857, Pág.. 233.

[14] Morse F. J., Science, Vol. 44, 1916, págs. 169 y 387.

Gudger E. W., Science, Vol. 50, 1919, Pág. 188.

[15] Morrison T. F., Observations on the synchronous flashing of the fireflies in Siam, Science, 1929, Pág.. 400.

[16] Jaceck A., Los insectos y el hombre, Editorial Alameda S. A., México, 1955.

[17] Darwin Charles, El origen de las especies, Sarpe, Colección grandes pensadores, Madrid, 1984.

[18] Gannon Robert, Centinelas nocturnos, en El asombroso mundo de la naturaleza. Sus maravillas y misterios, Selecciones del Readers Digest, México, 1969.

[19] McElroy D. William & Saliger H. Howard, Biological luminescence, Scientific American, Vol. 207, No. 6, diciembre 1962, Pages.. 76-89.

[20] Anónimo, ¿Qué pasaría si la Tierra tuviese cinco lunas?, Muy interesante, No. 7, marzo 1985, Págs. 4-9.

Insectos como objetos volantes no identificados (Cartas al editor)

Cartas al editor

Kyaw Tha Paw U

Yale University, School of Forestry & Enviromental Studies, New Haven, Connecticut 06511

El artículo de Callahan y Mankin[1] fue de cierta forma irreal. Los fuertes campos eléctricos citados y usados en un orden de magnitud mayor que los límites citados por otros autores; la bobina Tesla utilizada para producir los destellos era una aparato de alta frecuencia, mientras que se acepta generalmente que los campos en o cerca de las tormentas son de corriente continua con algún cambio de polaridad asociado con los relámpagos; las descargas en corona no fueron demostradas para insectos moderadamente grandes; y la existencia de fuertes campos eléctricos o actividades de tormenta no se estableció para la época de los avistamientos ovni.

Callahan y Mankin afirman: “Una combinación de tormentas y de una alta densidad de polución (partículas) daría sin ninguna duda campos eléctricos muy superiores a los 1.7-2.2 kV/cm necesarios para una descarga en corona”[2]. La literatura meteorológica sobre los campos eléctricos durante las tormentas no soporta esta conexión. También es dudoso que el fenómeno triboeléctrico pueda proporcionar suficiente gradiente de potencial durante las tormentas debido a la alta humedad relativa, lo que reduce los efectos triboeléctricos. Toda la literatura consultada reporta campos atmosféricos sustancialmente menores a 1 kV/cm, y de corriente continua.

Callahan y Mankin[3] establecen que Gunn[4] encontró intensidades de campo tan altas como 3.4 kV/cm en las tormentas. Aunque estos datos fueron reportados por Jun, fue para una altura de aproximadamente 4,000 metros; Jun notó que cerca de la superficie, el campo era mucho más pequeño[5]. Sus datos muestran que en promedio la intensidad del campo a unos 1,000 metros era sólo el 17% de la intensidad a 4,000 metros; entonces la máxima intensidad del campo entre 1,000 metros y la superficie era menor a 0.7 kV/cm. Muchas otras fuentes corroboran la magnitud de este estimado. Otra fuente citada por Callahan y Mankin[6] describe un incidente de tormenta donde el campo cerca de la superficie alcanzó 0.015 kV/cm[7]. Esto ocurrió durante condiciones de tormenta de arena y debió involucrar sustancialmente efectos triboeléctricos. Johnson[8] establece que los campos durante las tormentas deben alcanzar 0.3 kV/cm, pero el promedio es de 0.0013 kV/cm. Shvarts[9] reporta que la intensidad del campo en promedio en la parte alta de una tormenta fue de 0.13 kV/cm. Imyanitov y Chubarina[10] reportan campos eléctricos terrestres de alrededor de 0.0013 kV/cm, y campos durantes las tormentas de 0.1 kV/cm. El texto clásico de Chalmers[11] indica campos de 0.37 kV/cm durante las tormentas. Uman[12] caracteriza el campo de las tormentas cerca de la superficie en el orden de 0.1 kV/cm; él uso este valor durante la aparición de un relámpago.

Es importante resaltar que para el potencial de corriente directa de 1.7-2.2 kV/cm usado para sus estudios de descarga en corona, Callahan y Mankin no reportan ninguna medida de flujo radiante[13]. Sólo reportan densidades de flujo radiante para campos de alta frecuencia con bobinas Tesla de 5-7 kV/cm; no sólo fue esta intensidad de campo diez veces la máxima intensidad de campo reportada en las tormentas a nivel de superficie, fue corriente alterna de alta frecuencia, y debe por tanto considerarse como una representación no válida de las condiciones naturales. Loeb[14] ha descrito el efecto de la frecuencia sobre coronas de corriente alterna, pero sus resultados no se comentarán aquí, ya que las coronas de corriente alterna no son relevantes.

Los insectos tendrían que estar en enjambres para ser adecuadamente visibles, de acuerdo con Callahan y Mankin[15], pero no establecen la existencia de descargas en corona para enjambres de insectos en el laboratorio. Como describen autores tales como Chalmers[16], Uman[17] y Loeb[18], las descargas e corona involucran un flujo de corriente, que reduce la diferencia de potencial y el campo eléctrico; un enjambre de insectos descargando podría atenuar rápidamente cualquier gradiente local lo suficiente para crear una descarga en corona. En el experimento que describen Callahan y Mankin[19] la carga en el capacitor fue constantemente recargada por el suministro de alto voltaje, y no estaba involucrada mucha corriente ya que nunca se usaron enjambres de insectos.

Callahan y Mankin debieron haber establecido la presencia de fuertes condiciones de campo durante los avistamientos ovni. Esto debió haberse hecho con mediciones directas del campo, o al menos con reportes meteorológicos que indicaran una actividad de tormenta. Claramente, los campos eléctricos en condiciones normales son tan bajos como para crear fenómenos de corona persistentes en insectos. Callahan y Mankin establecen que la región de Uintah fue probablemente atacada por frentes o tormentas orográficas frecuentemente, posiblemente al tiempo y en la ubicación de los avistamientos, pero afirman que no obtuvieron ninguna información meteorológica de la región[20]. Presumiblemente no obtuvieron mapas sinópticos a escala para los datos en cuestión; de todas formas pueden argumentar que tales mapas no caracterizan explícitamente las condiciones meteorológicas locales durante los avistamientos. Sin embargo, algunos de los avistamientos descritos en detalle por Salisbury[21] contienen reportes de los testigos de las condiciones del cielo. De diecisiete reportes detallados, diez contienen observaciones del cielo; en siete casos el cielo estaba claro; y sólo en tres casos, había nubes presentes. No se menciona actividad de tormentas. Por ejemplo, Callahan y Mankin describen un avistamiento que ocurrió el 1 de septiembre de 1966[22], pero no mencionan que para este avistamiento, el testigo notó que el cielo estaba claro.

He usado los mapas sinópticos de la NOAA para las fechas de la mayoría de los avistamientos reportados por Salisbury[23] para determinar si era posible alguna actividad de tormenta. La actividad se consideró posible si (1) el paso del frente era inminente o había ocurrido recientemente (en 6 horas), o (2) condiciones de 500 mbar indicaban una posible influencia del tiempo, o (3) fue reportada cualquier precipitación en la región que rodea Uintah Basin, o (4) hubiera vientos geotrópicos del Sureste (135º +/- 45º), de tal forma que pudiera ocurrir precipitación orográfica. Si cualquiera de las condiciones enlistadas arriba estuvieran presentes, se consideraba posible una actividad de tormenta, aún pensando que esta técnica claramente sobreestima la actividad real. Cuando se hicieron estas suposiciones, sólo el 22.5% de los avistamientos involucraban objetos no plateados, posibles condiciones de tormenta, y ocurridos en la noche. Se supuso que una descripción del fenómeno como plateado, bajas condiciones climáticas, u observaciones diurnas impiden la explicación eléctrica (porque las descargas en corona no son plateadas, y no son muy brillantes). La mayoría de los avistamientos, 58.8% ocurrió en días o noches claros, o involucraban objetos plateados. Aproximadamente el 19% de los avistamientos no tenían información suficiente para adecuarla a los análisis sinópticos.

No apoyo ninguna hipótesis particular para los avistamientos ovni de Utah; simplemente deseo señalar que en la mayoría y probablemente en todos los casos, la procesionaria u otros insectos no crearon fenómenos ópticos significativos. El artículo de Callahn y Mankin[24] ha sido citado ampliamente como una nueva plausible explicación de los ovnis en fuentes tales como el Time[25] y el BBC World Service (estaciones de radio de onda corta)[26]. La información e hipótesis incluidas en esta carta demuestran claramente lo inadecuado de las hipótesis de Callahan y Mankin; desafortunadamente, el público general probablemente ahora cree que su hipótesis es una teoría bien fundamentada o incluso un hecho. Los entomólogos no deben usar los reportes ovni par indicar la migración de los insectos (como sugieren Callahan y Mankin[27]), porque los reportes de ovnis probablemente no involucran enjambres de insectos en corona.

Los insectos como objetos volantes no identificados Respuesta del autor a un comentario; 1

Philip S. Callahan

USDA, Agricultural Research Service, Insect Attractants, Behavior, and Basic Biology Research Laboratory, Gainesville, Florida 32604.

En referencia al comentario realizado por Kyaw Tha Paw U[28], opino que subestima ciertas fuerzas de la Naturaleza. Paw U no parece estar al corriente de la literatura referida al fenómeno del fuego de San Elmo.

La centella es aceptado en la actualidad como fenómeno natural aunque todavía no se ha descubierto una explicación realmente satisfactoria. Dado que la centella flota, muchos físicos[29] opinan que la energía debe proceder de la absorción de intensas ondas de radio o electromagnéticas procedentes del entorno. El físico soviético P. L. Kapitza cree que algún potente proceso electromagnético (no nuclear) alimenta la centella. Si este fenómeno eléctrico produce ondas de radio, la centella no puede ser corriente continua pura como Paw U mantiene. Mi opinión personal es que bajo ninguna condición atmosférica puede darse corriente continua pura.

Viemeister[30] cita al gran experto sudafricano en rayos, B. F. J. Schonland, como testigo de hierbas fosforescentes. Dice “si la nube tormentosa está particularmente cargada incluso las hojas de las hierbas pueden brillar en las puntas porque allí es mayor la ionización”. Por tanto, si los pastos y el aire (centella) pueden brillar de forma natural, los insectos también. Nadie ha producido todavía una centella en el laboratorio (excepto quizá Nikola Tesla); en cambio, nosotros hemos hecho brillar insectos bajo condiciones de corriente alterna o continua.

Nuevas investigaciones en mi laboratorio (no publicadas) demuestran que una vez el insecto ha sido estimulado para emitir fuego de San Elmo por un voltaje de 1700-2000 V/cm, la reducción del voltaje a un nivel tan bajo como 200-300 V/cm no elimina el brillo. Aparentemente los gases fisiológicos se mantienen en un estado de emisión metaestable por los bien conocidos procesos de histéresis o retroalimentación eléctrica.

Respecto a nuestra cita sobre tormentas de arena, las escamas son mucho más puntiagudas y abrasivas que las partículas de arena. Los entomólogos saben inhalar escamas es mucho más peligroso para los pulmones que inhalar arena. Los enjambres de insectos generan verdaderas tormentas de escamas, dado que están débilmente unidas al cuerpo y se desprenden con facilidad (observaciones personales). Si la arena puede brillar debido a efectos triboeléctricos, las escamas seguramente también –ambas son dieléctricas. Hay pocas dudas de que incluso en tiempo seco y despejado, los pequeños insectos y escamas movidos por una rápida corriente de aire brillaran debido a la estimulación triboeléctrica.

Los enjambres de insectos son tan usuales en la atmósfera superior que en la actualidad los entomólogos[31] hablan de plancton aéreo y de la “zona de plancton” (por encima de los 300 metros –Ref. 57 p. 299). Se ha capturado insectos hasta una altura de 4,267 metros[32]. Sobre una milla cuadrada de terreno en Louisiana, el aire puede llegar a albergar 93 millones de insectos en un momento concreto[33].

Los técnicos de radar de la NASA en el centro de vuelo de Wallops Islands y los ingenieros de la USDA están estudiando los enjambres de insectos como ángulos puntuales[34]. Las señales que aparecen en la pantalla del PPI (Punteador de posiciones) demuestran que incluso las pequeñas especies de insectos tienden a agruparse en capas según las condiciones atmosféricas.

En 1969 coloqué trampas para insectos en una torre de televisión de 312 metros cerca de Pelham, Georgia[35]. Durante las épocas de emigración recogí más insectos por encima de los 76 metros que por debajo. Había escogido el lugar porque sabía por experiencia que sería una probable ruta de emigración. Por una curiosa casualidad 6 años después, en 1976, un residente de Pelham tomó varias fotografías, en el mismo lugar, de un ovni. La revista True[36] me consultó y publicaron un artículo sobre mi trabajo publicado en Applied Optics. En la revista aparecía también la fotografía de Pelham. Los glóbulos luminosos parecían exactamente lo que era de esperar: insectos brillantes.

Actualmente se conocen muchas especies de insectos que se mueven en los frentes tormentosos. Este es desde luego el caso de la procesionaria del pino[37]. Tales enjambres pueden tener entre 8 y 26 kilómetros de longitud. Es concebible que el voltaje en un punto concreto puede encender una porción de esta enorme masa durante un tiempo y moverse (o bien, aparecer en otro punto) y encender otra parte del enjambre. Esta actividad daría la impresión a un testigo en tierra de que la luz se habría movido de un punto a otro a una velocidad enorme (48.279 Km/h) o incluso a la velocidad de la luz.

Podría también argumentar de forma semejante para atribuir algunos avistamientos diurnos de luces brillantes a un origen similar, pero no lo haré ya que no ofrece ninguna aplicación práctica como en el caso de poder detectar las rutas de emigración nocturna de los insectos, gracias a las observaciones ovni.

Paw U no da a conocer sus creencias sobre los ovnis, pero mis convicciones personales coinciden con las de Wesson[38]. En un elegante ensayo sobre la probabilidad de la existencia de una avanzada civilización extraterrestre, Wesson señala que la existencia de una civilización electrónica igual o más avanzada que nosotros es muy poco probable. Su deducción se basa parcialmente en el hecho de que de los 250,000 millones de soles de nuestra galaxia, sólo el 1% o 2,500 millones pueden ofrecer planetas apropiados para la vida biológica. El resto de su artículo pasa revista a la historia de las distintas civilizaciones terrestres. El asegura que ninguna de ellas, excepto la europea, fue capaz de sustentar el alto nivel de pensamiento imaginativo necesario para asegurar su continuidad. Wesson atribuye el desarrollo de la ciencia moderna a una rara combinación de circunstancias accidentales que es muy improbable que se den en otros planetas y no digamos ya la sincronización entre ambos desarrollos. Por tanto, concluye que seremos incapaces de contactar con ninguna civilización extraterrestres similar a la nuestra.

A partir de nuestro propio trabajo y del elegante razonamiento de Wesson he llegado a la conclusión de que la gran cantidad de avistamientos ovni no son debidos a visitantes extraterrestres sino a fenómenos naturales. Y una mayoría de ellos, sin duda, a migraciones de insectos. Los entomólogos e ingenieros agrónomos deberían utilizar los archivos sobre ovnis de la Fuerza Aérea americana para escoger los emplazamientos de sus aparatos de radar para estudios de migraciones.

Los insectos como objetos volantes no identificados Respuesta del autor a un comentario; 2

R. W. Mankin

USDA, Agricultural Research Service, Insect Attractants, Behavior, and Basic Biology Research Laboratory, Gainesville, Florida 32604.

Mi parte del artículo[39] citado por Kyaw Tha Paw U[40] se refiere a la posibilidad de que una descarga en corona de un enjambre de insectos pueda ser visible bajo condiciones naturales. Creo que fue adecuadamente demostrado, aunque concuerdo con Paw U que esas condiciones son bastante raras. Aún pensando que tales condiciones son inusuales, el Fuego de San Elmo ha sido reportado muchas veces sobre otros objetos.

Como señala Paw U, una descarga en corona de corriente continua se atenúa rápidamente, causando un efecto de parpadeo que hace difícil de obtener el estimado de la intensidad radiante de las descargas de un enjambre, a partir de medidas del flujo radiante de un solo insecto. Para el ojo desnudo las descargas de corriente continua eran similares a las descargas de corriente alterna de 2-3 kV/cm (no a 5-7 kV/cm) excepto por su duración, así que se usaron las mediciones de flujo en corriente alterna para estimar la máxima distancia de observación posible. Por supuesto, en medio de la tormenta, la visibilidad puede ser cero, así que mayor refinamiento en estas mediciones es de poco valor.

Concuerdo con Paw U que aunque la hipótesis del enjambre de insectos es plausible, esto no significa que este completamente validada, y puede que nunca sea validada para la satisfacción de nadie.


[1] P. S. Callahan and R. W. Mankin, Appl. Opt. Vol. 17, 3355, 1978.[2] P. S. Callahan and R. W. Mankin, Appl. Opt. Vol. 17, 3355, 1978.

[3] P. S. Callahan and R. W. Mankin, Appl. Opt. Vol. 17, 3355, 1978.

[4] R. Gunn, J. Appl. Phys., Vol. 19, 481, 1948.

[5] R. Gunn, J. Appl. Phys., Vol. 19, 481, 1948.

[6] P. S. Callahan and R. W. Mankin, Appl. Opt. Vol. 17, 3355, 1978.

[7] A. Kamra, Nature, Vol. 240, 143, 1972.

[8] J. C. Johnson, Physical Meteorology, MIT Press, Cambridge, 1954.

[9] Y. M. Shvarts, Studies in Atmospheric Electricity, V. P. Kolokolov and T. V. Lobodin, Eds., Israel Program for Scientific Translations, Jerusalem, 1974.

[10] I. M. Imyanitov and E. V. Chuvarina, Electricity of the Free Atmosphere, Israel Program for Scientific Translations, Jerusalem, 1967.

[11] J. A. Chalmers, Atmospheric Electricity, Pergamon, New York, 1967.

[12] M. A. Uman, Lightning, McGraw-Hill, New York, 1969.

[13] P. S. Callahan and R. W. Mankin, Appl. Opt. Vol. 17, 3355, 1978.

[14] L. B. Loeb, Electrical Coronas, Their Basic Physical Mechanisms, U. California Press, Berkeley, 1965.

[15] P. S. Callahan and R. W. Mankin, Appl. Opt. Vol. 17, 3355, 1978.

[16] J. A. Chalmers, Atmospheric Electricity, Pergamon, New York, 1967.

[17] M. A. Uman, Lightning, McGraw-Hill, New York, 1969.

[18] L. B. Loeb, Electrical Coronas, Their Basic Physical Mechanisms, U. California Press, Berkeley, 1965.

[19] P. S. Callahan and R. W. Mankin, Appl. Opt. Vol. 17, 3355, 1978.

[20] P. S. Callahan and R. W. Mankin, Appl. Opt. Vol. 17, 3355, 1978.

[21] F. B. Salisbury, The Utah UFO Display: A Biologist’s Report, Devin, Old Greenwich, Conn., 1974.

[22] P. S. Callahan and R. W. Mankin, Appl. Opt. Vol. 17, 3355, 1978.

[23] F. B. Salisbury, The Utah UFO Display: A Biologist’s Report, Devin, Old Greenwich, Conn., 1974.

[24] P. S. Callahan and R. W. Mankin, Appl. Opt. Vol. 17, 3355, 1978.

[25] Time Magazine, 20 noviembre 1978.

[26] BBC World Service, 16 enero 1979 (0430 UT).

[27] P. S. Callahan and R. W. Mankin, Appl. Opt. Vol. 17, 3355, 1978.

[28] Kyaw Tha Paw U, Appl. Opt. Vol. 18, 2723, 1979.

[29] P. E. Viemeister, The Lightning Book, MIT Press, Cambridge, 1972.

[30] P. E. Viemeister, The Lightning Book, MIT Press, Cambridge, 1972.

[31] C. G. Johnson, Migrations and Dispersal of Insect in Flight, Methuen, London, 1969.

[32] B. R. Coad, Insects Captured by Airplane and Found at Surprising Heights, Yearbook of Agriculture, USDA, 1931.

[33] B. R. Coad, Insects Captured by Airplane and Found at Surprising Heights, Yearbook of Agriculture, USDA, 1931.

[34] C. R. Vaughn, W. Wolf, and W. Klassen, Radar, Insect Population Ecology and Pest Management, NASA Conf. Publ. 2070, Wallops Island Flight Center, Va., 1978.

[35] P. S. Callahan, A. Sparks, J. W. Snow, and W. W. Copeland, Environ. Entomol., Vol. 1, 497, 1972.

[36] Anon., True Flying Saucers & UFO Quarterly, Spring, 1979.

[37] W. R. Henson, Can. Entomol., Vol. 83, 240, 1951.

[38] R. A. Wesson, Nat. Hist., Vol. 88, 9, 1979.

[39] P. S. Callahan and R. W. Mankin, Appl. Opt. Vol. 17, 3355, 1978.

[40] Kyaw Tha Paw U, Appl. Opt. Vol. 18, 2723, 1979.

Insectos como objetos volantes no identificados

INSECTOS COMO OBJETOS VOLANTES NO IDENTIFICADOS[1]

Philip S. Callahan & R. W. Mankin

Cinco especies de insectos se sometieron a los efectos de un elevado campo eléctrico. Estimulados de esta forma emitieron halos brillantes en diversos colores del espectro visible y del ultravioleta. Se postula que la actividad ovni observada sobre Uintah Basin (Utah) entre 1965 y 1968 pudo deberse, al menos en parte, a enormes enjambres de procesionarias del pino, “Choristoneura fumiferana” (Clemens), estimuladas para emitir al volar esta especie de fuego de San Elmo a través de importantes campos eléctricos causados por frentes de tormenta y por una gran cantidad de partículas flotando en la atmósfera. Existe una excelente correlación temporal y espacial entre los avistamientos nocturnos de ovnis entre 1965 y 1968 y las plagas de procesionarias. Se sugiere que el lograr establecer una correlación entre las observaciones nocturnas de ovnis a lo largo y ancho de Estados Unidos y Canadá, y las plagas de procesionarias puede ofrecer datos interesantes sobre las características de las migraciones nocturnas de insectos.

Introducción

El fuego de San Elmo es probablemente causante de más historias de fantasmas y aparecidos que cualquier otro fenómeno natural. Habitualmente el fuego de San Elmo aparece durante las tormentas en puntos prominentes como las torres de las iglesias, los mástiles de los veleros y con más frecuencia en las puntas de las alas y hélices de los aviones. Uno de los autores ha podido verlo alrededor de las alas de su avión cuando volaba sobre la parte norte de Hokkaido durante una tormenta de hielo. El fuego de San Elmo es una descarga de electricidad estática, normalmente con tonos rojos, púrpuras, verdes o azules.

El nombre de esta fantasmal descarga eléctrica es una corrupción del nombre italiano de San Elmo (San Erasmo en inglés). San Elmo, un obispo y mártir italiano del siglo cuarto, es el santo patrón de los marineros. Durante las grandes tormentas que se dan en el Mediterráneo, la aparición del fuego de San Elmo en la punta del mástil era considerada como un signo favorable por los marineros de aquellos lugares.

Nuestro interés por el fuego de San Elmo surgió al leer un reciente libro de Frank B Salisbury, fitofisiólogo y director del Departamento de Botánica de la Universidad de Utah[2]. Salisbury ha escrito un libro fascinante The Utah UFO Display: a Biologist´s Report. Como señala J. Allen Hynek, Director del Departamento de Astronomía de la Universidad del Noroeste, en el prólogo de dicho libro, “Es a la vez gratificante y refrescante encontrar un trabajo sobre el sugestivo tema de los ovnis realizado con el máximo rigor y metodología científica”. Esa fue también nuestra impresión al leer este fascinante, cuidado y razonado relato sobre el estudio que el doctor Salisbury realizó sobre una larga serie de avistamientos ovni que ocurrieron sobre la ciudad de Roosevelt en Uintah Basin, al nordeste de Utah.

Conforme uno de los autores avanzaba en la lectura del relato de estas observaciones nocturnas se le ocurrió que las descripciones recogidas por Salisbury eran bastante similares a las formaciones que adoptan en vuelo los insectos diurnos. El clásico libro de Johnson[3] sobre las migraciones de insectos contiene excelentes descripciones de la estructura y cohesión de los enjambres de insectos voladores.

Los párrafos siguientes son transcripciones de los relatos de los testigos presenciales. Recogidos por Salisbury en los 80 casos que consideró dignos de confianza[4]. Estas 80 observaciones tuvieron 260 testigos. En la página 23 de The Utah UFO Display leemos: “Corrieron a la calle a tiempo de ver un enorme objeto, plano en la parte inferior y con un cúpula en lo alto, flotando sobre la casa, casi como balanceándose sobre la misma. Era el doble de grande que la pequeña casita. Oyeron un zumbido y vieron luces que se encendían y se apagaban en la parte inferior del objeto, dando una impresión predominantemente roja, pero a veces verde o amarilla (20 septiembre 1966)”.

Página 51: “Así que continué y me detuve en lo alto de la colina observándolo, y el maldito siguió moviéndose, se detuvo como a mi misma altura tapándome el horizonte y allí estaba –no puede imaginarse cómo era-, flotó durante un minuto y luego siguió de nuevo casi en línea recta. Parecía cada vez más pequeño conforme se alejaba, pero antes de perderse de vista pude ver cómo algo caía del mismo (1 septiembre 1967)”.

Página 57: “Repentinamente esta gran bola de luz a aproximadamente doscientas yardas de distancia comenzó a moverse hacia mí. Parecía tener tres yardas de diámetro, haciéndose más grande, de color naranja. La luz comenzó a cambiar de color a un azul fluorescente y se colocó directamente sobre la camioneta (11 octubre 1967)”.

Página 71: “Así que detuvimos el coche y lo observamos. Empezó a descender muy lentamente, muy lentamente, como flotando y bajando cada vez más. Bajó hasta llegar a un, diría, cuarto de milla del suelo y entonces una luz salió del mismo y se perdió en el cielo, y la luz se veía como si estuviera junta. Era realmente brillante por un rato, luego se apagaba, y luego volvía a encenderse (Otoño 1966)”.

Las similitudes entre estas descripciones y los ruidos y formas de los enjambres de insectos es asombrosa.

De entrada parecería que un objeto volante luminoso, de brillantes colores y con cierto contorno regular, como debe ser un ovni, nunca podría tratarse de un enjambre de insectos nocturnos. Los bordes delimitados de las nubes de langosta están bien documentados por los entomólogos y, verdaderamente son contornos bien definidos. Como afirma Baron[5] “No importa las extrañas formas que puedan adoptar (los enjambres), las columnas y bandas que aparecen y desaparecen parecen estar gobernadas por la necesidad de mantenerse unidos”. Más adelante añade “Al contrario, el borde del enjambre es claramente visible, conforme grupo tras grupo, al llegar hasta él, cambia de dirección como obedeciendo alguna misteriosa orden y vuelven al cuerpo principal”. Muchos enjambres de diversos tipos de insectos muestran esta gran cohesión.

Obviamente, para que los enjambres nocturnos sean confundidos con ovnis debe haber algún mecanismo para “encender” los enjambres. Dado que el exoesqueleto es un dieléctrico[6] que rodea a un medio conductor (los fluidos internos del insecto) el fuego de San Elmo es una buena posibilidad. La física de las descargas nos permite considerar cada insecto como un pequeño punto o mecanismo concentrador para la descarga, como ocurre con las torres de las iglesias o los mástiles de un barco. Decidimos comprobar esta posibilidad en el laboratorio.

Métodos y materiales

Se escogieron cinco especies de insectos para los experimentos: Trichoplusia ni (Hübner), Noctuidae; Euthyrnhynchus floridanus (L.), Pentatomidae; Tylocerina nodosus (F.), Cerambycidae; Conotrachelus nenuphar (Herbst), Curculionidae; y Choristoneura fumiferana (Clemens). El curculio de la ciruela fue elegido por su pequeño tamaño y el gran cerambycido de cuernos por su enorme volumen. El pentatómido cazador tiene unas características protuberancias alargadas en sus élitros y parecía apropiado para probar las descargas emanadas de dichos puntos. El pulgón de la col y la procesionaria del pino fueron escogidos como representantes de los insectos nocturnos importantes para la agricultura y los bosques. Cinco especimenes de cuatro especies fueron utilizados, sólo había disponible un escarabajo cornudo. Se emplearon dos métodos distintos para producir el campo eléctrico. En uno de ellos un motor de corriente continua Molectron de alto voltaje producía un potencial (entre 0 y 20 kV) a través de un capacitor compuesto por dos electrodos de aluminio de 20 cm2 de superficie separados 1.9 cm. Los insectos se colocaban entre ambos electrodos pegándolos al extremo de unas pinzas con Duro rubber cement. En el segundo método se pegaba el insecto al extremo de una bobina Tesla de alta intensidad y frecuencia. El pegamento se depositaba sobre el extremo de tal forma que hubiera aproximadamente 1 cm de espesor adhesivo entre el insecto y el metal. Con ello se conseguía un perfecto aislamiento y se evitaba el contacto directo del espécimen con la bobina. También se obtenía un soporte dieléctrico para evitar la combustión ohmica del insecto. La bobina Tesla se puede ajustar para facilitar hasta 10 kV/cm. Las descargas aparecen normalmente a partir de 2-3 kV/cm. El término kV/cm representa el potencial de 1000 V entre dos placas paralelas con un centímetro de separación en una atmósfera normal. Todas las fotografías se tomaron a una distancia de 30 cm con una cámara Honeywell Pentax SPII provista de una gran lente de aumento y usando película Plus X o Kodachrome II.

Resultados

A unos 2.1 kV/cm todos los insectos (excepto el curculio) emitieron llamaradas de un brillante color blanco-azulado por distintos puntos de sus cuerpos, como la punta de las mandíbulas, los ovopositores, las antenas y las articulaciones de las patas. El curculio comenzó a centellear a 2.6 kV/cm. Ocasionalmente aparecían llamaradas rojas, verdes o anaranjadas en o cerca de los espiráculos. La exhibición era continua en los insectos colocados en la bobina Tesla e intermitente en aquellos colocados en el capacitor. Pequeñas variaciones en el voltaje de este último hacían que las luminiscencias fueran más frecuentes. Durante la estimulación en campos eléctricos, los insectos aparecen inicialmente bastante alterados, pero al cabo de unos pocos minutos se calmaban y no parecían sufrir ningún daño debido al elevado voltaje. Los distintos especimenes debidamente atendidos después de haber estado durante 2 horas en el campo eléctrico, vivieron por periodos normales. Trichoplusia ni sobrevivieron 5 a 7 días después de la exposición, y el curculio de la ciruela y los pentatómidos estaban vivos 2-4 semanas más tarde. Sin embargo, en la corriente continua del capacitor a veces resultaba muerto algún insecto al ser alcanzado por una chispa.

Los insectos muertos y secos no ofrecían luminiscencia. Sin embargo, si previamente eran sumergidos en agua unos minutos reaparecían las llamaradas. Después de secarse nuevamente desaparecía la luminiscencia.

Un fotómetro modelo Photovol 502M nos permite saber que un insecto del tamaño de un pentatómido, sujeto al campo de la bobina Tesla (unos 5-7 kV/cm) produce una densidad de flujo radiante de unos 3.75 μW/cm2 en el rango espectral 350 nm (luz negra o ultravioleta) a 450 nm (azul) a una distancia de 18 cm.

Comparación entre las condiciones de laboratorio y las naturales

El fulgor coloreado que rodea a un insecto volando en un intenso campo eléctrico es una descarga en corona similar al fuego de San Elmo[7]. Está relacionado también con la fotografía Kirlian[8]. Penning[9] y Loeb[10] ofrecen amplios detalles del mecanismo físico que interviene. La descarga proviene de las moléculas de gas que han sido excitadas para liberar electrones de alta energía al colisionar con una avalancha de electrones. Dicha avalancha es causada por el fuerte campo eléctrico que impulsa a los electrones desde las superficies desnudas y prominentes del insecto, donde las fuerzas que unen los iones a la superficie son más débiles. El predominio del color azulado indica que la mayoría de la radiación proviene del nitrógeno[11].

Una descarga en corona surge sólo desde un conductor. Los insectos vivos están compuestos de un excelente material dieléctrico (exoesqueleto) rodeando a un electrolito (los fluidos corporales) que encaja perfectamente dentro de los requisitos. En cambio, los insectos muertos y deshidratados, sin electrolito conductor, quedan fuera.

Para que se de una descarga en corona debe existir un fuerte campo eléctrico. La atmósfera, bajo ciertas condiciones climatológicas, produce voltaje más que suficiente para ello, a través de lo que se denominan procesos triboeléctricos (del griego tribo: frotar) y por los elevados campos eléctricos no uniformes que aparecen en los frentes de tormenta. Estudios realizados por Nasser y Loeb[12] y Loeb[13] indican que las descargas en corona desde un punto, surgen cuando la intensidad del campo eléctrico local alcanza 1.7-2.2 kV/cm. Estas condiciones se dan frecuentemente durante las tormentas. Cargas estáticas producidas por la fricción de partículas (condiciones triboeléctricas) alcanzan potenciales tremendos. Sutton[14] señala que el potencial total de un simple frente tormentoso puede alcanzar un máximo desde 200 millones a 1000 millones de voltios. Kamra[15] recoge un incidente debido a fenómenos triboeléctricos ocurridos mientras medía la electrificación de una tormenta de arena. En las cercanías de una tormenta aparecieron rápidos cambios en el gradiente de potencial de hasta 0.015 kV/cm, y cuando el viento rugía se levantaban chispas desde las dunas de arena. No hubo chispas cuando las tormentas estaban ausentes.

En un estudio de 6 años realizado por la Armada y la Marina americana sobre precipitaciones estáticas Gunn[16] encontró que los aviones originaban campos de hasta 0.45 kV/cm al volar entre nieve seca cristalizada, y de hasta 0.02 kV/cm volando entre los gases contaminados de una gran ciudad. Esto representa una apreciable fracción del campo necesario para una descarga en corona visible. Cerca de las tormentas el campo eléctrico medio promediaba unos 1.4 kV/cm y eran habituales campos de 2 kV/cm. Llegaron a obtenerse medidas de hasta 3.4 kV/cm. Los valores medidos son inferiores a los reales porque el avión usado durante las mediciones es conductor y distorsiona el campo natural. Una combinación de tormentas y de una alta densidad de polución (partículas) daría sin ninguna duda campos eléctricos muy superiores a los 1.7-2.2 kV/cm necesarios para una descarga en corona.

Así pues no existe ninguna duda de que, dadas las condiciones meteorológicas adecuadas, la naturaleza puede producir un campo eléctrico de intensidad suficiente como para “encender” insectos voladores.

Discusión

Nuestras investigaciones sobre el fuego de San Elmo en los insectos nos llevó a especular sobre las especies que podrían contribuir a la proliferación de avistamientos ovni en Uintah Basin. Dado que la intensidad de una descarga en corona es pequeña, sólo un gran enjambre de insectos sería visible de noche. A partir de nuestro estudio podemos estimar la distancia máxima a la que puede observarse un enjambre “encendido”. Ya que un único insecto con un brillo de 3.75 μW/cm2 era visible a 6 metros a través de un laboratorio casi a oscuras, por la ley del cuadrado inverso, un millar de insectos muy juntos sería visible a unos 180 metros. Mayores concentraciones serían visibles desde lugares más alejados.

El hecho de que las montañas situadas en el borde de Uintah Basin estén cubiertas de pinos Douglas, Pseudotsuga menziessi (Mirb.) Franco, nos llevó a sospechar que los vuelos nocturnos de la procesionaria del pino podrían ser los responsables de algunos de los avistamientos. Esta especie de insectos había sido ya citada como posible fuente de las luces nocturnas, mucho antes de que supiéramos que los enjambres de procesionarias llegan a formar nubes de 102 kilómetros de largo y 25 kilómetros de ancho, según informa el personal de radar del Servicio Meteorológico americano encargado del seguimiento de dichas plagas[17]. Las escamas de los lepidópteros son dieléctricas y almacenan grandes cargas de electricidad estática debido a mecanismos triboeléctricos. Una nube de procesionarias puede producir un considerable volumen de partículas cargadas.

Según Henson[18] los vuelos en masa de las procesionarias tienen lugar siempre en las últimas horas de la tarde o primeras horas de la noche. Y se distribuyen desde marzo a noviembre. Este es el mismo periodo en que ocurrieron la mayoría de las observaciones ovni[19]. Henson[20] afirma: “Los densos vuelos de las procesionarias son una respuesta a una intensidad luminosa decreciente, siendo el número de insectos en vuelo directamente proporcional a la disminución de intensidad luminosa. La reconstrucción de las condiciones meteorológicas durante dichos vuelos lleva a la conclusión de que los insectos eran impulsados por las corrientes convectivas que preceden normalmente a los frentes fríos”.

Henson señala que súbitas reducciones en la cantidad de luz y presión atmosférica originan grandes vuelos en masa de insectos. Concluye por tanto que son los frentes de tormenta los responsables de dichos vuelos masivos. En la vanguardia de cada frente de la tormenta existen fuertes corrientes que pueden llevar a los insectos y otras partículas flotantes hacia lo alto para ser después expulsados en la parte superior o los laterales de las nubes y depositados a varios kilómetros del lugar original. Lo que Henson describe para los vuelos masivos de procesionarias es un entorno ideal para que aparezca el fuego de San Elmo[21]. No existe ninguna razón para pensar que los insectos sujetos a estas tormentas resulten afectados, a no ser que resultasen golpeados por el hielo existente en las nubes[22].

Según Salisbury[23] el 88.75% de los avistamientos ovni tuvo lugar entre el verano de 1965 y el invierno de 1968. Más de la mitad de ese porcentaje ocurrieron durante el otoño. Decidimos escribir a Lawrence Stipe, del Servicio Forestal de los Estados Unidos en Ogden, Utah[24] para ver si 1965-68 fueron años de abundancia de procesionarias en las montañas de Utah.

El informe sobra las condiciones de los insectos en los bosques referidos a los parques nacionales de Fishlake y Ashley en las montañas Uintah, justo al norte de Roosevelt, una ciudad donde tuvieron lugar la mayoría de los avistamientos, indica “La procesionaria sigue infestando el pino Douglas, el pino blanco, y en menor grado, el pino subalpino y el abeto Engelman, en zonas del río Beaver y las montañas de los Mil Lagos. La plaga, aparecida por vez primera en 1964 cubriendo más de 20,000 acres, descendió hasta los 10,000 en 1965 y siguió descendiendo aún más en 1966, para estabilizarse a todo lo largo de 1967”. ¡La exhibición ovni de la Uintah Basin empezó en verano de 1965! En otras palabras, hubo grandes zonas afectadas por la procesionaria en los dos años anteriores al periodo principal de la exhibición ovni y un importante descenso a lo largo de dicho periodo. ¡La proliferación de ovnis tuvo lugar cuando serían de esperar migraciones en masa en esa zona!

Un análisis más detallado de los mapas sobre la plaga facilitados por el Servicio Forestal revela algunas asombrosas similitudes entre los lugares donde apareció la plaga y los lugares donde se conocen casos de ovnis de confianza. Por ejemplo, en la tabla de avistamientos preparada por Salisbury encontramos el siguiente: Fecha- 21 marzo 1968; Observador- Henry Wopsock, Whiterocks; Forma- Semiesférica; Hora- Noche; Duración- ?; Descripción- Flotó sobre la casa del testigo durante unos minutos. Los mapas del Servicio Forestal muestran dos importantes zonas desfoliadas descubiertas durante la observación aérea de 1968 en la zona del cañón Whiterocks-Red Pine a unas pocas millas de la ciudad de Whiterocks.

Las infestaciones en las Whiterocks se localizaban en la punta Oeste de las grandes zonas defoliadas descubiertas entre 1966 y 1968 en una línea imaginaria desde Roosvelt en dirección nordeste hasta una planta de fosfatos al Norte de Vergel. A lo largo de esta línea y ligeramente al Norte de los avistamientos ovni, ocurridos al pie de las laderas de las montañas se observaron en el reconocimiento aéreo de 1968 grandes puntos de infestación por procesionarias. A lo largo de las cumbres de las altas montañas de Uintah en el condado Daggett, aparecieron entre 1965 y 1968 varias zonas afectadas. La mayoría de los avistamientos ovni tuvieron lugar en una zona triangular entre Whiterocks, Vergel y Roosvelt en los ondulados campos al pie del macizo montañoso. Esta no sólo es la zona más populosa, y por tanto el lugar donde los avistamientos son más probables, sino también la zona donde existe mayor concentración de partículas en suspensión en la atmósfera. Dado que es una zona despejada, es muy probable que sea sobrevolada por enjambres de procesionarias durante sus vuelos nocturnos de dispersión. Aunque no poseemos datos meteorológicos sobre la zona, en las laderas de las montañas son muy habituales importantes cargas estáticas debidas a frentes tormentosos o a partículas en suspensión. Blais[25] describe cómo las procesionarias se elevan y vuelan durante sus migraciones aprovechando vientos convectivos.

Las descripciones facilitadas por los testigos sobre vuelos erráticos, las luces de colores parpadeantes y los zumbidos emitidos por las luces nocturnas en Uintah, contribuyen significativamente a hacernos creer que los enjambres de insectos son los responsables de algunas de las observaciones realizadas. Si los insectos son perturbados durante el vuelo, al atravesar un campo de alto voltaje, es muy posible que vuelen de forma errática, floten inmóviles, y se enciendan y apaguen conforme entran en el campo o tratan de salir del mismo. Es un hecho que los insectos de nuestro laboratorio emitían luces de varios colores y en particular, luz ultravioleta, y que dichas emisiones no tenían ningún efecto pernicioso sobre su vida. Incluso después de muertos seguían emitiendo hasta que se secaban. Un despliegue luminoso de este tipo contribuye sin lugar a dudas a que cualquier persona que lo observe crea estar viendo un ovni extraterrestre. Cualquiera que haya visitado una moderna discoteca puede imaginar muy bien la impresión que puede dar una discoteca flotando en el cielo nocturno.

No piense el lector que los autores no creen en la existencia de visitantes de otros mundos, eso no se deriva de nuestro artículo. Quizá existan. Pero no son la razón del presente informe. Un agrónomo puede preguntarse qué importa que algunos enjambres de insectos sean confundidos con ovnis. Debemos señalar que de acuerdo con el Informe Condon[26] La Fuerza Aérea de los Estados Unidos posee más de 30,000 avistamientos dignos de crédito almacenados en sus archivos. Un número significativo de los mismos son luces nocturnas. Si algún emprendedor investigador del Servicio Forestal pudiera seguir dichos datos, los avistamientos podrían aparecer como relacionados con plagas de procesionarias u otros insectos en Norteamérica. Es posible que así pudiéramos obtener datos significativos sobre la emigración de estos perjudiciales insectos. Las migraciones de los insectos nocturnos es uno de los fenómenos naturales menos conocidos, entonces ¿porqué no estudiar los ovnis como insectos?


[1] Callahan S. Philip & Mankin R. W., Insects as unidentified flying objects, Applied Optics, Vol. 17, No. 21, 1 november 1978, págs. 3355-3360.[2] F. B. Salisbury, The Utah UFO Display: A Biologist’s Report, Devin, Old Greenwich, Conn., 1974.[3] C. G. Johnson, Migration and Dispersal of Insects in Flight, Methuen, London, 1969.

[4] F. B. Salisbury, The Utah UFO Display: A Biologist’s Report, Devin, Old Greenwich, Conn., 1974.

[5] S. Baron, The Desert Locust, Scribner’s, New York, 1972, págs. 117.

[6] P. S. Callahan, Misc. Publ. Entomol. Soc. Am,. Vol. 5, 315, 1967.

[7] R. Golde, Lightning Protection, Edward Arnold, London, 1973.

[8] M. Toth, Galaxies of Life, S. Krippner, Ed., Gordon and Breach, New York, 1973.

[9] F. M. Penning, Electrical Discharges in Gases, Macmillan, New York, 1957.

[10] L. B. Loeb, Electrical Coronas, Their Basic Physical Mechanisms, California Press, Berkeley, 1965.

[11] L. B. Loeb, Electrical Coronas, Their Basic Physical Mechanisms, California Press, Berkeley, 1965.

[12] E. Nasser and L. Loeb, J. Appl. Phys., Vol. 34, 3340, 1963.

[13] L. B. Loeb, J. Appl. Phys., Vol. 19, 882, 1948.

[14] O. G. Sutton, The Challenge of the Atmosphere, Harper’s, New York, 1961.

[15] A. Kamra, Nature, Vol. 240, 143, 1972.

[16] R. Gunn, J. Appl. Phys., Vol. 19, 481, 1948.

[17] Battling the Budworm, Time 80, 28 abril 1975.

[18] W. R. Henson, Can. Entomol., Vol. 83, 240, 1951.

[19] F. B. Salisbury, The Utah UFO Display: A Biologist’s Report, Devin, Old Greenwich, Conn., 1974.

[20] W. R. Henson, Can. Entomol., Vol. 77, 7, 1945.

[21] L. B. Loeb, J. Appl. Phys., Vol. 19, 882, 1948.

[22] W. G. Wellington, Can. Entomol., Vol. 77, 7, 1945.

[23] F. B. Salisbury, The Utah UFO Display: A Biologist’s Report, Devin, Old Greenwich, Conn., 1974.

[24] « Forest Insect Conditions Report », Fishlake and Ashley National Forests, U.S. Forest Service, Utah, 1966.

[25] J. R. Blais, Can. Entomol. Vol. 85, 446, 1953.

[26] E. U. Condon, Scientific Study of Unidentified Flying Objects, D. S. Gillmore, Ed., Dutton, New York, 1969.

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Fuego de San Elmo (Final)

CEPILLOS Y DESCARGAS EN CORONA

Durante las tormentas y en los casos en que el campo eléctrico de la atmósfera se hace especialmente grande (tormentas de nieve o polvo, ráfagas de granizo, etcétera), frecuentemente se observan descargas luminosas, de un tipo especial, en puntos y bordes puntiagudos de objetos que sobresalen de la superficie de la tierra. Estas descargas –los fuegos de San Elmo- ocurren frecuentemente en las montañas que poseen proyecciones puntiagudas de rocas, torres árboles, etcétera. Usualmente van acompañadas de un estallido o silbido característico. Pueden durar varias horas y se observan en cualquier parte y en todas las estaciones del año[1].

Las descargas silentes son simplemente una forma en “cepillo” de la descarga en corona. Estas descargas aparecen cuando la fuerza del campo alcanza grandes valores cerca del electrodo (punta). En el estado inicial de la descarga en corona aparece cerca del electrodo una descarga auto sostenible –cuando la fuerza del campo no es muy grande-, debida a los movimientos de los iones formados bajo la influencia de los ionizadotes atmosféricos. Su corriente es pequeña e independiente de la densidad de formación de iones. Cuando la fuerza del campo alcanza cierto valor crítico, el cual está determinado por la forma del electrodo y por la densidad del aire, el gas comienza a brillar repentinamente, con una luz azul cerca del electrodo y aparece un sonido característico, mientras que la corriente en el punto se incrementa a valores de micro amperes o más.

El calentamiento y brillo son una consecuencia de la ionización y excitación de las moléculas del gas y de los átomos del mismo, bajo la influencia de los electrones acelerados por el intenso campo electromagnético.

El tamaño de este brillo se incrementa con un posterior aumento, y aparece sobre la punta un cono en forma de brocha, consistente en finas y luminosas corrientes, que se mueve rápidamente.

El brillo se distribuye regularmente dentro de un cono de cerca de 90° en el vértice (extremo de la punta), cuando la punta está cargada positivamente (corona positiva). Se desarrolla una avalancha de electrones desde el extremo de la corona hacia la punta; mientras que los iones positivos permanecen estáticos dejando un espacio cargado positivamente, el cual debilita el campo en la vecindad inmediata de la punta. Debido a esto, la corona parece estar localizada no sobre la punta directamente, sino a una corta distancia de la misma. La longitud de las descargas en brocha alcanza algunas veces los 45 centímetros.

En las coronas negativas el desarrollo de las cintas empieza en la misma punta y los electrones viajan en el espacio alrededor de la punta, donde se combinan con las moléculas del gas, dando la apariencia de que existe un espacio cargado negativamente. Esta corona es más pequeña y más estrecha que la positiva; la longitud de las cintas es de 2 ó 3 centímetros. Las cargas espaciales alrededor de la punta tienen el mismo signo que la punta misma y pueden debilitar el campo si no existe una difusión en el espacio que las rodea, y con ello provocar la extinción de la corona. Por lo tanto, esta corona, por lo regular, no es constante y fluctúa continuamente ya que tiene un carácter intermitente.

Bajo condiciones naturales, la corriente de la punta “i”, el campo eléctrico “E” y la velocidad del viento “v” están relacionados como sigue:

I = k(E – C)v

donde “k” y “C” son constantes que dependen de la forma y dimensiones de la punta, del signo del campo y de otros parámetros.

SAN ELMO DE LA MONTAÑA

Camille Flammarion relata en su libro The Atmosphere[2] un caso interesante acerca de los fuegos de San Elmo en las montañas, del que es autor el célebre naturalista francés Ferdinand de Saussure. En 1867 estuvo con varios compañeros en una cumbre en los Alpes, de más de tres kilómetros de altura.

“Los que habían realizado la escalada acababan de dejar junto a una peña sus bastones con conteras de hierro y se disponían a comer, cuando Saussure sintió en los hombros y en la espalda un dolor, que parecía estar producido por agujas que se le hincaran lentamente en el cuerpo” «suponiendo –dice Saussure- que en mi capote habían caído alfileres, me lo quité, pero no sentía alivio, sino, por el contrario, el dolor se hizo más intenso y se extendió a toda la espalda, desde un hombro a otro; este dolor iba acompañado de cosquilleo y de pinchazos dolorosos, como si por mi piel anduviera una avispa y la llenara de picaduras. Después de quitarme rápidamente mi segundo abrigo, no encontré nada que pudiera producir esta afección. El dolor proseguía y empezó a parecerse a una quemadura. Pensé que se había inflamado mi jersey de lana. Estaba ya dispuesto a desnudarme, cuando me llamó la atención un ruido parecido al abejorreo. Este ruido procedía de nuestros bastones apoyados en la peña; era semejante al ruido que hace el agua caliente en vísperas de arrancar a hervir. Todo esto duraría unos cinco minutos.

«Comprendí entonces que la sensación dolorosa era debida al flujo eléctrico procedente de la montaña. Sin embargo, como era de día, no vi ningún resplandor en los bastones. Estos producían el mismo ruido agudo cuando, teniéndolos en la mano, dirigíamos las conteras de hierro hacia arriba, hacia abajo y horizontalmente. Del suelo no salía ningún sonido.

«Al cabo de algunos minutos sentí que se me erizaban los pelos de la cabeza y la barba, parecía que me estaban pasando una navaja de afeitar seca por la barba fuerte y crecida. Mi joven ayudante gritó que se le erguían los bigotes y de la parte superior de sus oídos emanaban fuertes corrientes. Al levantar la mano sentí cómo la corriente salía de mis dedos. En una palabra, la electricidad emanaba de los bastones, de las ropas, de los oídos, de los pelos, de todas las partes salientes del cuerpo.

«Abandonamos rápidamente la cumbre de la montaña y descendimos unos cien metros. A medida que íbamos bajando, nuestros bastones emitían cada vez un sonido más débil; por fin el sonido se hizo tan sordo, que sólo podía oírse llevándose el bastón al oído»”

Yákov Isidórovich Perelmán presenta otros casos interesantes de aparición de los fuegos de San Elmo en su libro Problemas y experimentos recreativos[3].

“La emanación de electricidad de las peñas prominentes se observa con frecuencia cuando el cielo está cubierto de nubes bajas que pasan a poca altura de las cumbres.

“El 10 de julio de 1863, Watson y varios turistas más, ascendieron al puerto de Jungfrau (en los montes suizos). Hacía una mañana magnífica, pero ya cerca del desfiladero, los viajeros tuvieron que aguantar un viento fuerte con pedrisco. Se oyó el horrísono bramar del trueno, y poco después Watson percibió un sonido silbante procedente de su bastón; este sonido era parecido al de un calentador en que se inicia la ebullición. Los viajeros se detuvieron, y notaron que sus bastones y hachas emitían el mismo sonido y no dejaron de sonar ni después de clavar uno de sus extremos en tierra. Uno de los guías, que se quitó el sombrero, comenzó a gritar que le ardía la cabeza. Y, efectivamente, sus cabellos estaban erizados como si los tuviera electrizados. Todos experimentaban sensación de cosquilleo en la cara y en otras partes del cuerpo. Watson tenía los cabellos completamente en punta. En los extremos de los dedos, cuando los movíamos en el aire –dijo Watson-, se oía el silbido eléctrico”.

FUEGOS DE SAN ELMO EN EL INFORME CONDON

El siguiente es un reporte de un piloto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, que apareció en el Informe Condon, Capítulo 7, Sección 8[4] habla de los Fuegos de San Elmo pero se detiene en la descripción de las centellas en aviones en vuelo:

“Las centellas más pequeñas siempre las asocio con el fenómeno conocido como Fuegos de San Elmo, sin embargo, el Fuego de San Elmo consiste generalmente de una especie de tela blanca que cubre los extremos de los aviones. No es muy brillante ni cegadora, pero si irrita los ojos y evita una buena recepción de radio. La ‘bola pequeña’ varía de tamaño de 5 cm a 46 cm de diámetro y generalmente ‘rueda alrededor’ del avión sin verse afectada por su movimiento. En una ocasión una bola pequeña (de unos 15 cm de diámetro) de color blanco amarillento, se formó en la punta de mi tanque izquierdo, de mi F-94B, y luego rodó por el ala, subió por la carlinga, cruzó el ala derecha hasta el otro tanque y de ahí comenzó el trayecto inverso. Por un momento la deje de observar, pero mi copiloto me dijo que había desaparecido espontáneamente, tal y como había llegado. Yo había visto este tipo de fenómenos varias otras veces, pero nunca por un periodo de tiempo tan prolongado. Estimo que este episodio tendría una duración de unos dos minutos. Algunas veces las bolas son azules, azul verdoso, o blancas, pero hay más azul verdosas y blanco amarillentas. Podría interesarle que después del paso de la bola sobre mi avión, éste fue golpeado por tres ocasiones por relámpagos convencionales, los cuales fundieron unos 10 cm del extremo de los depósitos y soldaron otros 10 cm de la sección que cubre mis luces de cola”.

Thomas Bowen, un estudiante de postgrado de la Universidad de Colorado estaba escalando el Chimborazo, una montaña aislada en Ecuador, cuando tuvo una experiencia similar. En el Informe Condon también aparece este relato.

La montaña es en realidad una meseta con un diámetro de unos 400 metros y una altura de 6,266 metros sobre el nivel del mar. El y su compañero dejaron el campo, a 5,700 metros, la mañana del 1 de marzo de 1968. A las 10 a.m. se comenzaron a formar nubes en la cresta, y empezó a caer una pequeña cantidad de granizo. Cuando alcanzaron la meseta, entre las 2 y 2:30 p.m. estaba completamente nublada. Justo cuando comenzaron a tomar las tradicionales fotografías, el granizo comenzó a caer más fuerte. Repentinamente sintieron una extraña sensación en sus cabezas, que describieron como descargas eléctricas acompañadas de sonidos y zumbidos. Sus goggles de aluminio comenzaron a vibrar, y su cabello se paró en punta. Los deportistas se hundieron en la nieve y esperaron. La tormenta se oía a la distancia. Pronto se dieron cuenta que en cuanto sacaban la cabeza del refugio, regresaban los efectos eléctricos. Parecía como si tuvieran una capa que los oprimiera. Después de esperar por media hora, se arrastraron sobre sus estómagos, durante una hora y media, hasta recorrer la totalidad de los 400 metros y poder bajar por la pendiente. Después de descender 60 metros, encontraron que, finalmente, se podían poner de pie. En este momento la caída de granizo y los sonidos de la tormenta habían cesado.

Fue por estas características que el fuego de San Elmo era considerado como un maleficio satánico o como un aviso del santo varón para que los marinos se precavieran sobre la inminencia de la tormenta[5].

En muchos casos de modernos encuentros cercanos, los testigos han mencionado esa especie de “campo electromagnético”, la sensación de enfrentarse a “energías desconocidas”. Se habla del famoso “efecto electromagnético” que produce interferencias en aparatos eléctricos e, incluso, llega a detener automóviles. Qué podemos decir de los supuestos abducidos que mencionan cómo su cuerpo es perforado por minúsculas agujas, con las que los extraterrestres los inspeccionan, a la vez, que les implantan objetos desconocidos para monitorear sus movimientos. No olvidemos, tampoco, las luces como parte esencial del fenómeno San Elmo y que bien se pueden asimilar a la iconografía ufológica. Están, también, los efectos de parálisis que bien pueden ser confundidos con los síntomas que presenta una persona expuesta a intensos campos eléctricos. Y recordemos que Michael Persinger ha señalado la importancia de estos campos en la formación de visiones o alucinaciones provocadas por la estimulación del lóbulo temporal. Finalmente mencionemos que muchos cultos ufológicos y otros tantos de la nueva era, acostumbran “cargar las pilas” en lugares elevados como montañas y pirámides. Para estos adoradores de lo desconocido podríamos tener una recomendación: en lugar de ir a Teotihuacan el 21 de marzo, inténtenlo en cualquier montaña elevada, solitaria y sin árboles en una época del año que vaya de finales de mayo a finales de octubre. Si no se “cargan de energía” por el efecto corona, con suerte, podrían recibir la descarga de un rayo que los enviaría directamente a “otros niveles”.

Otro consejo para personas más cuerdas: cuando en la montaña sienta la presencia de electricidad estática o vea algún fenómeno tipo San Elmo, descienda rápidamente o busque refugio. Todo indica la proximidad de una tormenta, que puede presentarse entre media hora y dos horas después. No trate de tener un “encuentro cercano” ni “cargarse las pilas”.

Sin salirnos del aspecto ufológico del fuego de San Elmo tendríamos que mencionar que las famosas “Luces de Marfa”, también fueron explicadas como una descarga en corona por Kahl y Curt Laughlin, éste último superintendente del Observatorio McDonald, cercano al lugar[6].

No cabe duda que los fuegos de San Elmo son un fenómeno desconcertante que ha dado lugar a infinidad de leyendas.

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Watt J. B. A., Electric Phenomenon, Nature, vol. 32, 1885, p. 316.

Zibra Ernst von, Elsmsfeuer und Erd-Erschütterungen in Franken, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. XXXXVI, 1839, No. 4, p. 655-658.

Diversas fotografías de descargas en cepillo y corona en el laboratorio.

Camille Flammarion, relató varios episodios de Fuegos de San Elmo en su célebre The Atmosphere

El naturalista y lingüista francés Ferdinand de Saussure tuvo un “encuentro cercano” con un fuego de San Elmo.

Yákov Isidórovich Perelmán fue uno de los mejores divulgadores de la ciencia del siglo pasado.

El doctor Condon también se ocupó de los fuegos de San Elmo, a través del doctor Altschuler, como posible explicación para algunos casos de Ovnis.

Persinger es el científico que más ha estudiado los fenómenos lumínicos “anómalos”

Algunos han interpretado las luces de Marfa como un efecto de la electricidad atmosférica.

El doctor Martin D. Altschuler, físico de plasmas, fue el encargado de redactar el Capítulo 7, sobre electricidad atmosférica.

La electricidad estática que se forma en días de tormenta y sobre las montañas puede, literalmente, poner los pelos de punta.

Efecto corona, mejor conocido como Fuego de San Elmo, en líneas de alta tensión.

Dibujo de Jim Brogden: capilla en los Alpes, con Fuego de San Elmo.

Ilustración de principios del Siglo XX que muestra unos marinos tratando de arriar las velas durante una tormenta. En el extremo de la verga aparece una “Luz de Pedro” o Cozmozant (Fuego de San Elmo).

El efecto más impresionante es cuando en alta mar todos los palos y mástiles del barco se ven coronados con una descarga en corona.


[1] Tverskoi P. N., Physics of the atmosphere. A course in meteorology, NASA Technical translation, NASA TT F-288, NTIS; Sprinfield, Va., 1965.[2] Flammarion Camille, The Atmosphere, J. Glaisher (ed.), Harper and Brothers, New York, 1874.[3] Perelmán Yákov Isidórovich, Problemas y experimentos recreativos, Editorial MIR, Segunda edición, Moscú, 1983, páginas 104-105.

[4] Altschuler D. Martin, Atmospheric Electricity and Plasma Interpretations of UFOs, Section 8, in Condon Edward U,. Scientific Study of Unidentified Flying Objects, Chapter 7, Dutton, New York, 1969.

[5] Morales Juan José, Mitos y leyendas del mar, Editorial Posada, Colección OMNIA, México, 1984.

[6] Mulholland Derral, What are those lights?, Science 84, Vol. 5, No. 2, marzo 1984, p. 32.