Archivo de la categoría: Parapsicología

Fuego de San Elmo

FUEGOS DE SAN ELMO[1]

 

I boarded the Kings’ ship; now in the beak,

Now in the waist, the deck, in every cabin,

I flamed amazement; sometimes I’d divide

And burn in many places; on the topmast,

The yards and bowsprit, would I flame distinctly,

Then meet and join.”

“He abordado la nave del rey –dice Ariel en La Tempestad-, y ora sobre proa, ora en los costados, ora en cubierta, ora en las cámaras, por doquier he encendido el asombro. Tan pronto me dividía, y ardía entonces por aquí y por allá, y llameaba separadamente en el palo mayor, en el bauprés y en las vergas, como me reunía de nuevo juntando todas mis llamas…”

 

La Tempestad, Acto I, Escena 2[2]

 

San Elmo o San Erasmus (303 d. C.?, Formia, Italia) fue uno de los primeros obispos cristianos. Es el patrono de los marinos quienes lo asociaron románticamente al fuego de San Elmo (o San Telmo). Es uno de los mártires que constituye los “Catorce santos de ayuda”, un grupo de santos venerados conjuntamente en la Alemania medieval. Fue obispo de Formia (antigua Formiae) donde murió martirizado, probablemente durante la persecución de cristianos por el emperador Diocleciano. De acuerdo con el Papa San Gregorio I el Grande, sus reliquias están en la catedral de Formia. Después de que los sarracenos destruyeron Formia en el 842, el cuerpo de Erasmus fue transferido a Gaeta (Italia). Varios actos espurios han embellecido la leyenda. De acuerdo con esto, él fue obispo de Siria y resistió milagrosamente las torturas de Diocleciano en Líbano y después fue guiado por un ángel a Formia. Se le confunde con el sirio San Erasmus de Antioquia (25 de noviembre), aunque algunos proponen que es la misma persona.

San Rudolf escribió la biografía de San Elmo hacia el año 1130. En su “Vida de San Elmo”, escribe:

Una noche de gran tormenta, San Elmo se dirigió a visitar al Obispo de Auvergne, Ranco, quien se encontraba en cama por enfermedad. Los discípulos de Elmo le acompañaban en el camino, pero era tal la oscuridad, que prácticamente estaban imposibilitados de seguir adelante.

“Elmo comenzó a encender una vela, lo cual sorprendió a sus discípulos ¿Acaso pretendía San Elmo que tal vela permaneciera encendida enfrentando semejante noche torrencial?

“Pese a las dudas de sus acompañantes, la lluvia que caía a cántaros y las ráfagas de viento no pudieron apagar la vela, y San Elmo logró llegar a su destino.”

Debido a esta leyenda, San Elmo ha sido adoptado como patrono de los marinos del Mediterráneo, quienes han visto el destello que acompaña a la descarga en cepillo que aparece sobre los mástiles de los barcos durante las tormentas. Elmo es la corrupción italiana de Erasmus (a través de Ermo), otras derivaciones etimológicas incluyen Ramus, Eramus, Ermo, Elm, Elme y Telmo. Este último es en realidad el pseudónimo adoptado por Pedro González, el cual los marinos españoles y portugueses veneran como patrón. De aquí que en Portugal el fenómeno se conozca como “Luces de Pedro”. La fecha de veneración del santo es el 2 de junio. Este San Telmo es venerado en España, y especialmente en Sevilla. Nació en Astorga hacia 1190 y que murió en Tuy en 1246. Fue primero canónigo en Astorga para después ingresar en la orden dominica, donde destacó como predicador elocuente, sabiéndose que acompañó al rey Fernando III El Santo en sus conquistas. Se le representa en pinturas en donde el santo aparece en pie, revestido del hábito negro y blanco propio de los dominicos; lleva en su mano derecha una vela encendida, aludida a la luz que se considera como fuego de San Telmo, y en la izquierda una pequeña nave como símbolo de protección hacia los navegantes.

También se le ha llegado a conocer como San Nicolás y San Hermes, Corpusante o Corpus Santos.

Al fuego de San Telmo, fuego de San Elmo, feu Saint-Elme o St. Elmsfeur se le conocía con el nombre de Helena por los romanos, en el caso de que fuese una llama solitaria, y si la llama era doble, Cástor y Pólux. Creían que era el númen protector de Cástor y Pólux.

Séneca decía que eran estrellas que se posaban en los palos de los buques.

Julio César escribió en sus Comentarios de la guerra de las Galias:

“En el mes de febrero, alrededor de la segunda hora de la noche, apareció repentinamente una nube seguida de una tormenta de granizo, y en la misma noche las puntas de las lanzas de los soldados que pertenecían a la Quinta Legión, parecían estar en llamas”.

Francesco Antonio Pigafetta, quien acompañó a Magallanes en su expedición (1519-1522), relata con gran viveza, la aparición de este fenómeno en el transcurso del viaje. El cronista del viaje escribe, en su “Relazione in torno al primo viaggio di circumnavigazione, noticia del Mondo Nuevo con le figure dei Paesa scoperti”, lo siguiente:

Aparecía en más de una ocasión el cuerpo Santo, esto es, Santo Elmo, como otra luz entre las nuestras, sobre la noche oscurísima; y de tal esplendor cual antorcha ardiendo en la punta de la gabia (…) Cuando esa bendita luz determinaba irse, permanecíamos medio cuarto de hora todos ciegos, implorando misericordia y creyéndonos muertos ya”.

Cristobal Colón, en su segundo viaje reportó uno de estos avistamientos:

“(Una) flama fantasma que danzaba entre nuestros marinos y que luego se quedó quieta como una vela quemándose brillantemente sobre el mástil… Cuando aparecía no había peligro”.

Pocos años después Alvar Núñez Cabeza de Vaca sufrió tan fuerte impacto, al enfrentarse con uno de estos meteoros, que en su “Relación de los naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca”, escribió:

…más estábamos cerca de la muerte que de la vida (…) estuvimos pidiendo a Nuestro Señor misericordia y perdón de nuestros pecados”.

En una nota de Francis Bacon sobre los trabajos de Plinio, afirmaba:

“Si es uno sólo, pronostica una tormenta severa, que puede ser todavía más intensa si la bola de fuego no esta adherida al mástil, sino que rueda y danza sobre él. Si hay dos de ellas, en el momento en que la tormenta se ha incrementado, se puede tomar como un buen signo. Pero si hay tres, seguramente la tormenta será terrorífica”.

Charles Darwin escribió en una carta a J. S. Henslow que una noche cuando el Beagle estaba anclado en el estuario de Río de la Plata:

“Todo estaba en llamas, el cielo con sus relámpagos, el agua con sus partículas luminosas, y aún todos nuestros mástiles estaban coronados con una flama azul”.

La aparición del Fuego de San Elmo se consideraba como un buen presagio, ya que comúnmente aparecía cuando la tormenta estaba amainando. Por eso se interpretaba como el resultado de las plegarias de los marinos dirigidas al santo.

En su novela Moby Dick, Herman Melville hace decir a Ismael:

“Todos los palos y las vergas estaban coronados con un fuego pálido, y al tocarse, tres relámpagos con tres anillos estrechos de flamas blancas, en cada uno de los tres mástiles, se quemaban en el aire sulfuroso, como gigantescos ciros en el altar… juro que en todos mis viajes nunca había oído que el dedo flamígero de Dios hubiera caído sobre la nave…”

Además de los mástiles de los barcos se les ha visto en las chimeneas, las torres y campanarios de las iglesias, las copas de los árboles y las cumbres de las montañas. Incluso se ha reportado en los cuernos del ganado, saltando de cuerno a cuerno. En el siglo XII un grupo de soldados vio como una “estrella” caminaba sobre los cuernos de un toro que se encontraba en una colina en la que luego se fundaría la ciudad de Teruel. En el escudo de la ciudad aparece la imagen del toro y la luz, recordando su origen.

Al iniciar la era de la aviación, el Fuego de San Elmo se trasladó de la tierra y los mares hacia el cielo. Ahora aparecía en los extremos de las alas, en las hélices y las antenas de los aviones. Incluso alteraba las comunicaciones de radio (efecto electromagnético).

Usualmente es de color púrpura, azul, blanco-azulado o blanco. La “flama” no desprende calor y dura unos minutos y hasta horas, pues no se consume. Algunos creen que el relato bíblico de la zarza ardiente, que no se consumía, pudiera tener un origen en este fenómeno. Ocasionalmente se reporta un ruido eléctrico. Lo que me recuerda que Moisés creía que Dios se comunicaba con él a través de la zarza; lo mismo que los extraterrestres hacían con Shraver a través del zumbido de su máquina de soldar.

Cuando Benjamín Franklin inventó el pararrayos se dio cuenta queel fenómeno aparecía en la punta de esos aparatos:

“Lejos de la nube y silenciosamente, antes de que estalle, en la punta se puede ver una luz como el corpuzante de los marinos”.
En la novela San Elmo, escrita por Augusta Juana Evans, posteriormente a la Guerra Civil norteamericana, se narra la historia del santo. La novela fue tan popular que muchas poblaciones en los Estados Unidos fueron bautizadas con su nombre en Alabama, Tennessee, Georgia, California, Colorado, Illinois, Kentucky, Louisiana, Mississippi, Missouri, New York, Texas y Virginia. Augusta Evans era una firme antifeminista. En todas sus novelas, nunca fue más que una escritora mercenaria. Era tan superficial, moralista y pomposa que The New York Times se mofaba regularmente de ella, y una vez publicó una parodia de San Elmo, “San Twelmo”.

Estos “fuegos” han provocado también pánico y leyendas en la imaginación popular. Pueden ser vistos, a veces, sobre los mástiles y las vergas de los barcos, sobre las torres de las iglesias, inclusive sobre las copas de los árboles, en días de tormenta. Este fenómeno era muy acentuado en los veleros, que generalmente llevaban varios mástiles y mucho aparejo. La aparición de esta luminosidad en la oscuridad era de efectos sorprendentes para los supersticiosos marinos de antaño, que desconocían la causa del fenómeno.

Ciertas piezas de ropa, sobre todo las de nylon, acumulan electricidad estática en alguna cantidad; en la oscuridad produce una lluvia de chispas, por ejemplo al quitarse la ropa. A veces, estas ropas quedan rígidas o se mueven, pareciendo un “fantasma”, aún cuando estén colgadas de las perchas, por efectos de pequeñas descargas eléctricas”- según el padre Óscar González Quevedo[3].

Existe una evidente e íntima conexión entre el más inofensivo de estos fenómenos flamígeros y los Cozmozants (o cuerpos santos) de electricidad estática que juegan en torno a los extremos de los mástiles de los barcos en alta mar. Esta carga estática fue la responsable de la catástrofe del Hindenburg. Se piensa que uno de los depósitos de gas, lleno de hidrógeno, había comenzado a dejar escapar su contenido antes de llegar al punto de amarre de Lakehurst. En los cientos de metros cuadrados de la superficie del gigantesco dirigible alemán, se había formado una gran carga de electricidad estática a causa de la fricción con el aire. Una chispa, producto de esa carga, produjo la ignición del hidrógeno[4].

LA DESCARGA EN CORONA

El fuego de San Elmo es un tipo especial de descarga eléctrica, llamada Descarga en Corona, que puede ocurrir en los objetos cuando el campo eléctrico cerca de ellos se incrementa por alguna razón. La descarga es luminosa y puede estar acompañada de un sonido audible. La Corona Eléctrica es un efluvio que se produce alrededor de los conductores cilíndricos, cuando se encuentran sometidos a una gran diferencia de potencial con respecto del aire ambiente[5]. La carga atmosférica induce cargas en los mástiles y estructuras elevadas. El resultado es una luminosidad esférica notable alrededor de aquellos puntos.

Los fuegos de San Elmo son de forma ovalada, inmóvil, de tamaño entre 10 y 40 centímetros y de color blanco o azul[6].

El fenómeno ocurre en las puntas de los objetos en donde la fuerza de potencial alcanza valores de cientos de volts por centímetro. Cuando el potencial es superior a esos valores, la corriente empieza a fluir, de acuerdo con la ley de Ohm, por lo que no se podrá observar el fenómeno. En un día normal la fuerza del campo eléctrico en la atmósfera es de alrededor de 1 volt por centímetro. Al inicio de la formación de un cumulonimbus (nubes de tormenta), el campo se incrementa hasta unos 5 volts por centímetro, y justo entes de la descarga de un relámpago el valor se eleva a miles de volts por centímetro. De ahí que el Fuego de San Elmo sólo aparezca cuando el campo eléctrico es muy elevado, esto es, en la vecindad de las tormetas o tornados. Se ha reportado, por ejemplo, la presencia del fenómeno en navajas, cuchillos y otros objetos filosos durante la aparición de tornados[7].

Estos fuegos por lo regular se relacionan con la acción de los cristales de hielo, nieve o granizo. Las colisiones de los cristales de hielo en las nubes, su rompimiento e interacción con gotas de agua subenfriadas produce descargas eléctricas que causan estática en la radio y frecuentemente descargas luminosas. El movimiento de torbellinos de partículas de humo, nubes de humedad y cristales de hielo, provoca cambios en el potencial y puede afectar el campo magnético.

El efecto corona es una luminiscencia debida a la recombinación de átomos ionizados por elevados campos electrostáticos. Es susceptible de manifestarse en la proximidad de conductores de energía eléctrica de alta tensión (220,000 volts), cuando la separación de los conductores (de 3 centímetros de diámetro) es inferior a los 5 metros, y las condiciones atmosféricas le son propicias (altos índices de humedad).

La corriente eléctrica fluye de los puntos que tienen un potencial más elevado a los de menor potencial. Sin embargo, cuando el potencial eléctrico del campo es lo suficientemente elevado, los electrones de las moléculas con un mayor potencial, adquieren la energía suficiente para escapar de la molécula y pueden colisionar con otras, sin ser capturados. Cuando ocurren las colisiones entre estos electrones libres, las moléculas ionizadas y las moléculas no ionizadas del aire, se produce una luminosidad. Cuando estas colisiones están confinadas a un volumen pequeño, como lo es las puntas de los mástiles o de otros objetos, la luminosidad puede hacerse visible como un destello azul o blanco.

Cerca de las puntas que se proyectan en la atmósfera, las líneas de fuerza eléctrica se reflectan de su posición normal y tienden a concentrarse en la punta. Cerca de este punto, la fuerza del potencial de campo eléctrico es considerablemente mayor que la de sus alrededores. Esta es la razón por la cual funcionan los pararrayos. Cuando se encuentran puntos con una elevación considerable sobre terrenos planos, el campo eléctrico en la punta puede alcanzar los 200 volts por centímetro y formar un Fuego de San Elmo. También esta es la razón por la cual es sumamente peligroso cruzar un terreno plano en época de tormenta: el cuerpo se transforma en un pararrayos.

Philip J. Klass, quien ha publicado varios trabajos para tratar de explicar los avistamientos de ovnis[8], estudió la oleada de Exeter, New Hampshire y quedó impresionado por la cantidad de observaciones que informaban de objetos vistos cerca de líneas de alta tensión. Exeter está lo suficientemente cerca de la costa como para que se forme sal en los cables de alta tensión, lo que facilita los efectos de la descarga en corona, dando lugar a la aparición de bolas luminosas de gas ionizado sobre los transformadores y líneas de alta tensión[9].

ALGO DE INGENIERÍA ELÉCTRICA

La siguiente sección se la puede saltar aquel lector que no tenga conocimientos de física. Puede retomar la lectura después de la tabla de plasmas. Recomendamos que los que manejen algo de física y deseen comprender un poco más el mecanismo de formación de los fuegos de San Elmo, lean los siguientes párrafos.

Como se ha visto, si un voltaje entre un conductor en una línea de transmisión excede un valor crítico, se produce un sonido como de siseo en el lugar en donde aparece un destello alrededor del conductor (corona). El voltaje crítico depende del diámetro del conductor, la rugosidad de la superficie y su distancia a otros conductores. La corona se produce por la ionización intermitente del aire que rodea al conductor, produciendo ondas de alta frecuencia y provocando pérdidas de energía e interferencia en radios y televisores cercanos (¡He aquí el famoso efecto electromagnético!). La única forma práctica de minimizar la corona es incrementando el diámetro del conductor. Al nivel del mar, por ejemplo, es necesario un diámetro mínimo de una pulgada, para una línea de 230 KV; de 1.5 pulgadas para una de 330 KV y de 2.5 pulgadas para otra de 500 KV. Los tamaños se deben incrementar a mayores alturas[10].

Se prefiere al aluminio para líneas conductoras de voltaje extra-alto, a pesar de que su conductividad es menor que la del cobre. La mala conductividad del aluminio resulta ventajosa porque se requiere un gran diámetro (especialmente con un centro de acero) para altos voltajes.

Dijimos que para 500 KV el conductor debe ser de 2.5 pulgadas o más. Tales conductores pesan cerca de 6 kilogramos por metro, por lo que son difíciles de manufacturar, trasladar e instalar. Para subsanar estas dificultades se instalan dos o más cables (llamados subconductores) de diámetro mucho más pequeño, espaciados un pie o más, en lugar de un solo conductor. Este arreglo conocido como haz de conductores, hace decrecer la impedancia de la línea e incrementa la capacidad de carga eléctrica en un 25% o más.

En términos generales los fuegos de San Elmo son plasmas. Un plasma es una colección de cargas positivas y negativas de igual densidad que forman una distribución neutra de materia. Pueden existir en sólidos (como electrones excitados en metales), en líquidos (como sales disueltas en agua), pero es más común relacionarlos con los gases. Se cree que aproximadamente el 99% de la materia en el universo se encuentra en esta forma. Se considera como el cuarto estado de la materia. Es un medio conductor, en general compuesto de electrones e iones positivamente cargados. Las auroras, relámpagos y arcos eléctricos (de soldadura) son plasmas.

En general un plasma es una mezcla compleja de muchos tipos diferentes de partículas en movimiento térmico rápido. Las propiedades básicas del plasma son independientes de sus propiedades químicas y están determinadas en primer lugar por las leyes de conservación de energía y momentum y por la conducta de los electrones. Se usan métodos estadísticos para estudiar los plasmas. La densidad (η) y la temperatura cinética (T) son los parámetros básicos. El promedio de la energía cinética por partícula es de 1.5 veces la constante de Ludwig Boltzman por T, o sea 3/kT. La presión está definida por ηkT. En equilibrio termodinámico todas las temperaturas son la misma e (ignorando las interacciones de partículas) la suma de las presiones cinéticas es la fuerza por unidad de área en el continente. Se puede hacer una clasificación básica de plasmas en términos de densidad electrónica (ηe), temperatura electrónica (Te) y grado de ionización, o fracción de plasma ionizado.

Uno de los parámetros más importantes asociado con los plasmas es la longitud de Debye, un concepto similar al introducido en 1923 por los químicos Meter W. Debye y Walter K. F. Huckel[11] en su teoría de los electrolitos fuertes. En un plasma la longitud de Debye es la máxima distancia en la cual una gran diferencia en el número de cargas positivas y negativas puede ocurrir. Esta es una constante (h) que es igual a 69 (Tee)1/2 dada en metros. Para distancias mayores de h, existe una casi-neutralidad, pero para distancias menores, un ion positivo puede ejercer una fuerza sobre un electrón. Este fenómeno lleva a la definición cuantitativa del plasma: un gas ionizado es un plasma si la dimensión física del gas es mucho menor que h.

Cuando el plasma no está en equilibrio y, especialmente cuando tiene corrientes eléctricas (movimiento general de los electrones relativo a los iones positivos), la interacción de partículas dentro de la esfera que tiene un radio de Debye se explica mejor en términos de colisiones binarias equivalentes. Esto es, sí es posible sumar las muchas interacciones simultáneas entre las partículas dentro de tal esfera en tal forma que pueda representarse como una serie de eventos discretos solamente entre dos partículas. El número de tales eventos se llama “frecuencia de colisión”.

La frecuencia angular (Wp) de las oscilaciones del plasma es igual al promedio de la velocidad térmica del electrón por H o:

Wp = 56(ηe)1/2 (en radianes por segundo)

A temperaturas del orden de 1,000,000 °K, los átomos han sido despejados de todos sus electrones y pueden ocurrir reacciones nucleares.

Los plasmas pueden emitir Bremsstrahlung (radiación por frenado de electrones en colisiones elásticas). La potencia (energía por unidad de volumen) radiada es proporcional a la raíz cuadrada de Te.

Cuando un electrón es capturado por un ion positivo, emite un fotón (luz). Esto se llama Recombinación radiativa.

Como hemos dicho, el 99% de la materia en el Universo se encuentra en estado de plasma. Esto no es una exageración, puesto que el Universo se generó de una violenta explosión que inicialmente consistió en una “bola de fuego” de plasma de hidrógeno completamente ionizado.

En la siguiente Tabla podemos ver los diferentes tipos de plasmas que se encuentran en el Universo, junto con su densidad electrónica (ηe) y temperatura electrónica (Te).

PLASMA ηe (1/m3) Te (°K)
Sol    
Centro 1031 1.5 x 107
Fotosfera 1020 4,200
Cromosfera 1017 a 1020 5 x 105
Corona 1013 1.5 x 106
Viento solar (cercano a la Tierra) 5 x 106 4 x 105
     
Espacio Interestelar    
Regiones H II 106 104
Regiones H I 102 100 a 125
     
Espacio Intergaláctico 1 3
     
Tierra    
Magnetosfera exterior 107 a 106 104
Plasmosfera 1010 a 109 104
Ionosfera 1011 a 1012 250 a 3,000
     
Metales 1028 104

Continuará…

Portada de La tempestad en donde podemos ver a Ariel.

Varias representaciones de San Telmo. En este caso se trata del dominico Pedro González.

Busto de Diocleciano.

San Gregorio I El Grande.

Estatuas de Cástor y Polux en Roma.

Busto de Séneca.

Busto en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Julio César reportó haber observado Fuegos de San Elmo durante la guerra de las Galias.

Retrato de Magallanes en la Torre de Oro, Sevilla. El marino fue otro de los testigos del fenómeno eléctrico, durante su viaje de circunnavegación al mundo.

Museo de la Marina de Lisboa. Cristóbal Colón.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca y un busto del marino.

Science Museum de Londres. Roger Bacon.

Dos dibujos de Plinio.

Charles Robert Darwin, en una fotografía de 1860. El naturalista inglés vio el fenómeno durante su famoso viaje en el Beagle

J. S. Henslow, corresponsal de Darwin.

Retrato de Herman Melville por A. W. Twitchell, 1847. En su famosa novela, Moby Dick, relata un episodio de corpo santo.

Otro retrato de Melville.

Probablemente en el origen de la ciudad de Teruel se encuentre un fenómeno del tipo de Fuego de San Telmo. Su escudo puede ser prueba de ello.

Dos dibujos del famoso experimento de Benjamín Franklin que daría lugar a la invención del pararrayos y a la posterior comprensión del Fuego de San Elmo como un fenómeno electromagnético.

El padre y parapsicólogo Óscar González Quevedo.

Explosión del Hindemburg provocada por la electricidad estática.

Philip Klass inició su carrera de escéptico profesional explicando los avistamientos de New Hampshire como producto del efecto corona sobre las líneas de alta tensión.

El famoso físico alemán Ludwig Boltzman.

Fotos de Fuegos de San Elmo en el laboratorio.


[1] Este artículo se publicó como Ruiz Noguez Luis, Fuegos de San Elmo, Cuadernos de Ufología, No. 9-10, 2da Época, Santander, sept.-dic. 1990, págs. 153-157.[2] Shakespeare William, Obras completas, La Tempestad. Planeta Agostini, 1990.[3] Quevedo González Óscar, ¿Qué es la parapsicología?, Colección Esquemas No. 98, Editorial Columbia, Séptima edición, Buenos Aires, 1973, páginas 50-51.

[4] Harrison Michel, Fuego en el cielo, Ediciones Martínez Roca, Colección Fontana Fantástica, Barcelona, 1980, páginas 49-50.

[5] Loeb B. Leonard, Electrical coronas. Their basic physical mechanisms, University of California Press, 1965.

[6] Robiou Lamarche Sebastián, Posibles ambigüedades sobre OVNIs, Stendek, Año IV, No. 13, junio 1973, páginas 18-21.

[7] Coffman A. John & Browne R. William, Corona chemistry, Scientific American, june, 1965.

[8] Klass J. Philip, Plasma theory may explain many UFOs, Aviation Week and Space Technology, Vol. 75, No. 23, 22 august de 1961, p. 52.

Klass J. Philip, Many UFOs are identified as plasmas, Aviation Week and Space Technology, Vol. 75, No. 23, 22 august 1961, p. 52.

Klass J. Philip, UFOs: Identified, Random House, New York, 1968.

Klass J. Philip, UFOs: Explained, Random House, New York, 1974.

Klass J. Philip, “letter”, Astronautics and aeronautics, October 1975, p. 4.

Klass J. Philip, UFOs. The public deceived, Prometheus Books, New York, 1983.

[9] Hourcade W. Milton, Fenómeno OVNI desafío a la Ciencia, Ediciones de la Plata, Colección Periodismo y Testimonio, Montevideo, 1978.

[10] Barthold L. O. & Pfeiffer H. G., High voltage transmissions, Scientific American, may, 1964.

[11] Debye W. Peter & Hückel K. F. Walter, Physikalische Zeitschrift, No. 24, 1923, p. 185 y 305.

Magica Sexualis

MAGICA SEXUALIS

Mystic Love Books of Black Arts and Secret Sciences

By Emilie Lauret & Paul Nagour

First Edition 1934

Esta rara publicación sigue teniendo su pasta púrpura ilustrada original en EXCELENTES condiciones para su antiguedad (el color del lomo se ha descolorado). El libro tiene 275 páginas y varias placas inusuales de imágenes de Magica Sexualis. El libro mide 6.5” x 10”.

http://cgi.ebay.com/PRACTICAL-MANUAL-OF-SEXUAL-RITUALS-IN-BLACK-MAGIC-1934_W0QQitemZ280031395851QQihZ018QQcategoryZ2201QQssPageNameZWDVWQQrdZ1QQcmdZViewItem?hash=item280031395851

El “doctor” Cardeñosa dictando cátedra.

Ya de todos es conocido el resultado del juicio interpuesto por Pedro Amorós Sogorb contra Javier Ruiz Cavanilles, Pedro José Ramírez Codina, Benigno Camañas Sanz y Unidad Editorial S.A. y Mundinteractivos S.A., el famoso “Juicio de las caras de Bélmez”. Fernando L. Frías Sánchez (Yamato) lo explica paso a paso en su blog El fondo del asunto, en tres artículos titulados “La madre de todas las sentencias”.

http://yamato1.blogspot.com/2006/09/la-madre-de-todas-las-sentencias.html

http://yamato1.blogspot.com/2006/09/la-madre-de-todas-las-sentencias-2-el.html

http://yamato1.blogspot.com/2006/09/la-madre-de-todas-las-sentencias-3-el.html

También se ha ocupado del caso Ricardo Campo en Mihterioh de la siensia: “La sentencia de Bélmez como paradigma de Paranormalandia”.

http://mihteriohdelasiensia.blogspot.com/2006/09/la-sentencia-de-blmez-como-paradigma.html

Y Josué Belda (Asigan), en Paranormalidades: “La (famosa) sentencia del (famoso) caso”.

http://paranormalidades.blogspot.com/2006/09/la-famosa-sentencia-del-famoso-caso.html

Mauricio José Schwarz en El retorno de los charlatanes: “La crítica no es ilegal, dice el tribunal”.

http://charlatanes.blogspot.com/2006/09/la-crtica-no-es-ilegal-dice-el.html

El Pez (Javier Armentia) en Por la Boca Muere El Pez: “El juicio de lo de Bélmez”.

http://www.javarm.blogalia.com/historias/42983

Y finalmente El amo del calabozo en Laberinto posmoderno: “Sentencia Amorós-Cavanilles”.

http://laberintoposmo.blogalia.com/historias/43007

Lo que ninguno de ellos pudo conseguir fue la foto de Bruno Cardeñosa “dictando cátedra” sobre los aspectos jurídicos del caso y enmendándole la plana a la Jueza María Begoña Calvet y Miró. Gracias a un marcianito paparazzi logramos esta foto exclusiva que ahora compartimos con nuestros lectores.

El soldado filipino (Primera parte)

EL SOLDADO FILIPINO. UN CASO DE OVNIS FANTASMAS Y APARECIDOS

Fue Morris Karl Jessup, un astrónomo profesor de las universidades de Michigan y Drake, el primero en mencionar el caso en relación con los OVNIs. Su libro The Case for the UFO, publicado en los Estados Unidos en 1955 y en México en 1956 recoge la leyenda escrita por Luis González Obregón. Para Jessup el caso es más que una leyenda: una realidad relacionada con los secuestros que llevan a cabo los tripulantes de los platos voladores. Jessup escribe en el segundo capítulo de la Tercera Parte de su libro:

“¿Teletransporte o secuestros?

Con motivo de deleite, nada se compara con la intriga de los incontables informes, verificados, de translaciones extrañas e instantáneas de personas, desde un lugar a otro, a distancias de muchos kilómetros.

En servicio de nuestros fines, debemos buscar una vez más la selectividad, y si es posible, alguna indicación de motivo. Puede ser que adscribamos esos fenómenos a caprichos de los habitantes del espacio. Por otra parte puede haber en ello un elemento de error involucrado. O quizá por razones inexplicables, los OVNIs escogen los objetos de su captura o secuestro y luego descubren tardíamente, que su selección no ha sido tan atinada como creían. De lo que hemos ya descubierto sobre la velocidad del movimiento y las bastas áreas que pueden cubrirse, no es del todo desechable pensar que una vez hecho el arrebato y descubierto el error, devolviendo lo secuestrado, los OVNIs han viajado tan grandes distancias, ¡que no pueden calcular la colocación del objeto (o persona) en el mismo espacio relativo! Puede uno preguntarse con certeza: pero si son inteligentes, ¿cómo no se dan cuenta de que no depositan su ex presa en el lugar de donde la tomaron? Puede ser, pero, ¿por qué habrían de preocuparse?

Estos pensamientos deben ser tenidos en cuenta mientras revisamos nuestro primer caso de teletransporte.

En la mañana del 25 de octubre de 1593 –refiere don Luis González Obregón en “Las Calles de México”- apareció un soldado en la Plaza Mayor de la capital; un soldado vestido con el uniforme del regimiento que en aquellos momentos guardaba la ciudadela amurallada de Manila, en las Filipinas.

A la extraña presencia del soldado, se agregó el rumor de que su Excelencia Gómez Pérez das Mariñas, Gobernador de las Filipinas, había muerto. Un rumor muy precipitado, seguramente, pero que se desparramó por la ciudad como reguero de pólvora.

Intrigados sobre cómo un soldado había podido viajar más de quince mil kilómetros sin ajar siquiera el uniforme, las autoridades decidieron, sin embargo, meterlo en la cárcel como desertor de su regimiento filipino.

Las semanas pasaban y el soldado languidecía en prisión; lentas semanas, necesarias para vencer por barco la distancia entre las Filipinas y Acapulco y luego por mensajero, al través de las altas montañas hasta el Valle de México la distancia entre el mar y la capital…

De pronto, la Ciudad de México se estremeció con la noticia. Su excelencia, el Gobernador de Filipinas, había muerto, asesinado por una tripulación china amotinada frente a punta de Azufre, ¡poco después de salir de su isla domiciliar en una expedición militar contra las Molucas! Y más aún, había sido asesinado el mismo día en que el soldado filipino apareció en la Plaza Mayor de la ciudad de México.

El tribunal de la Santa Inquisición se hizo cargo del soldado. Éste no pudo declarar cómo había sido transportado de Manila a México. Dijo solamente que todo había sido hecho “en menos de lo que canta un gallo”. Tampoco pudo decir cómo había sucedido que la ciudad de México se enterara de la muerte del Gobernador, aún antes de que lo supiera la propia ciudad de Manila.

Por orden del Santo Tribunal, el soldado fue regresado a Filipinas para posteriores investigaciones en el sonado caso. Testigos irrefutables salieron en su defensa, para jurar que el soldado había estado en servicio en la isla capital la noche del 24 de octubre, de la propia manera que quedaba probado que la mañana siguiente había sido aprehendido en la Plaza Mayor de México, a más de quince mil kilómetros de distancia.

¿Una leyenda? No, de acuerdo con los registros de los cronistas de la Orden de San Agustín y la Orden de Santo Domingo; tampoco de acuerdo con el doctor Antonio de Morga, alto magistrado de justicia en la Corte de los Criminal, de la Real Audiencia de la Nueva España, en sus “Sucesos de las Islas Filipinas”.

El caso de este peripatético soldado, es uno de los que podemos ligar por ambos cabos al eje del teletransporte, si éste realmente existe. Podemos hallar desapariciones y apariciones inexplicables; pero de las que tenemos a mano, ninguna como ésta. Y parece que hay también muchas desapariciones discutibles. ¿Pero qué vamos a hacer con el caso de las apariciones? A mí me parece que hay en ellas una especie de segundo orden fenoménico, a menos de que puedan ser conectadas de alguna manera con sus correspondientes desapariciones en algún lugar. ¿Debemos admitir la posibilidad de secuestros por parte de los OVNIs?

EL PRIMER CRONISTA

Pero ¿qué había de verdad en lo publicado por el ufólogo americano? Ciertamente, algo.

Jessup había tomado la historia del escritor e historiador mexicano Luis González Obregón, quien había cultivado el género literario llamado “la tradición”, iniciado por el peruano Ricardo Palma en 1872. La Tradición era una mezcla de verdad y de fantasía, de realidad histórica y de ficción novelesca. El género fue desarrollado en México por Ignacio Manuel Altamirano, Vicente Riva Palacio, Juan de Dios Peza y el propio González Obregón.

José Luis Martínez nos explica, refiriéndose a González Obregón, que “Cuando relata la historia de la calle de Puente de Alvarado rechaza la leyenda del “salto” del conquistador y pone en su lugar los hechos que narran las crónicas antiguas y que son más fascinantes que la leyenda. La historia de amor de la hermana de los Ávila y las audacias de la Monja Alférez provienen de testimonios históricos. Y cuando González Obregón cuenta que los ángeles conducen a la horca a don Juan Manuel, o los lúgubres gemidos de La Llorona que atemorizaba la ciudad, o el viaje que emprende la Mulata de Córdoba en el navío que ha dibujado en la cárcel de la Inquisición queda explicito que recoge hermosas leyendas y tradiciones”.

Luis González Obregón nació en la ciudad de Guanajuato, Gto., el 25 de agosto del año de 1865. Era bajito y muy delgado, de hombros encorvados y largos y espesos bigotes.

Poco se sabe de su infancia. Al cumplir dos años, sus padres abandonaron Guanajuato para ir a residir a la ciudad de México. Sus biógrafos mencionan su ingreso en la Escuela Nacional Preparatoria de la ciudad de México en 1880, en donde conocería a Ezequiel Chávez y Ángel del Campo que serían el núcleo del llamado Liceo Mexicano Científico y Literario, fundado en 1885, y al que luego se unirían Luis G. Urbina, Toribio Esquivel Obregón y Francisco A. de Icaza. El Liceo subsistiría hasta 1894.

Entre sus maestros de la preparatoria se puede destacar a don Ignacio Manuel Altamirano, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y uno de los héroes de la Reforma, quien tenía la cátedra de Historia de México. Altamirano influyó en la vocación de González Obregón impulsándolo en su carrera de historiador. Es por eso que sus primeros trabajos estuvieron dedicados a la Reforma y a la vida prehispánica, pero pronto se dedicaría a un trabajo de reconstrucción de la vida virreinal en la Nueva España, reuniendo antecedentes del movimiento independentista.

Colaboró en diversos semanarios y periódicos, pero sobre todo en El Nacional, en donde tenía una columna semanal dedicada a reconstruir el pasado anecdótico de la ciudad de México. Su primer libro Una posada, se publicó en 1886. Se trata de una recopilación de sus artículos en El Nacional a los que se añadieron prólogos para obras de amigos y compañeros suyos. De la misma forma nació México Viejo (1521-1821), en 1891.

Uno de sus biógrafos, Alberto María Carreño, contabilizó doscientos nueve títulos, entre libros, folletos, artículos, notas biográficas, prólogos y compilaciones. Entre los más importantes se encuentran: Don José Joaquín Fernández de Lizardi, el Pensador Mexicano (1888); Breve noticia de los novelistas mexicanos en el siglo XIX (1889); Reseña histórica de las obras del desagüe del valle de México (1902); Los Precursores de la Independencia mexicana en el Siglo XVI (1906); El capitán Bernal Díaz del Castillo, conquistador y cronista de Nueva España, biografía (1907); Don José Fernando Ramírez, datos biográficos (1907); Don Justo Sierra, historiador (1907), Don Guillén de Lampart, La Inquisición y la Independencia en el Siglo XVII (1908); Fray Melchor de Talamantes, Biografía y escritos póstumos (1908); México Viejo y anecdótico (1909); La Biblioteca Nacional de México (1910); La Vida en México en 1810 (1911); Cuauhtémoc (1914); Croniquillas de la Nueva España; Vetusteces (1917); Cronistas e historiadores (1936); y Novelistas mexicanos.

Pero sus obras más leídas fueron México viejo, Vetusteces y Las calles de México (1922), que lo colocarían entre uno de los principales historiadores de su tiempo. Las Calles de México es una continuación de México viejo al que añadió otras leyendas y tradiciones más antiguas.

En 1886 se le nombra director de El Liceo Mexicano, periódico científico y literario, órgano de la Sociedad del mismo nombre, cargo que ocuparía hasta 1892. También fue secretario de la misma sociedad. Ocupó el cargo de Jefe del Departamento de Historia en el antiguo Museo Nacional hasta el año de 1910. En 1911 fue designado director de la Comisión Reorganizadora del Archivo General de la Nación y posteriormente director de la misma, cargo que desempeñó hasta 1917. A partir de entonces fungió como Jefe de Historiadores, cargo que ocupó hasta muy cercana su muerte.

González Obregón ingresó a la Academia Mexicana el 26 de julio de 1914 y ocupó la silla número XI. El mismo año de 1914 fue designado Bibliotecario, por lo que tuvo la oportunidad de escribir la historia de la Biblioteca Nacional. Laboró en el Museo Nacional de Antropología e Historia y tuvo bajo su responsabilidad las publicaciones de la Biblioteca Nacional. Fue nombrado cronista vitalicio de capital mexicana.

De precaria salud, sufrió varias afecciones crónicas que lo llevaron a la vejez prematura, pero su principal desgracia consistió en la miopía progresiva, que durante los últimos años de su vida terminó en ceguera casi completa. Fue un duro golpe para un hombre cuyo quehacer cotidiano era investigar, leer y escribir. Pero continuó publicando algunos libros con recopilaciones de varios de sus trabajos. “Como las hormigas, estoy viviendo de lo almacenado”, decía. No obstante, acudió a personas que con sentido del humor llamaba sus “lectores de cámara”. Casi ciego, y después de haber vendido su rica y selecta biblioteca, murió en una vieja casa en la antigua calle de la Encarnación, llamada después primera de San Ildefonso, y finalmente rebautizada con el nombre del historiador. Don Luis González Obregón dejó de existir en la ciudad de México el 19 de junio de 1938.

La historia motivo de este estudio forma parte del libro Las Calles de México y se titula:

UN APARECIDO

Leyenda de la Plaza Mayor

I

Refrene su espanto el lector, pues no se tratará aquí de un alma del otro mundo, sino de un misterioso personaje que se apareció una mañana en la plaza principal de México, allá en el siglo XIV.

El aparecido, es cierto, vino del otro mundo, pero con su propia carne y huesos; caminó y no por voluntad propia, sin incomodidad ni fatiga, y en menos tiempo del que ha gastado la pluma para escribir estas primeras líneas.

En antiguos pergaminos hemos encontrado este acontecimiento poco conocido, y certificado por muy graves autores, insignes por su veracidad y teologías. Pero vamos al cuento…; esto es, a la historia.

Refiere el doctor Antonio de Morga, alcalde del Crimen de la Real Audiencia de la Nueva España y consultor que fue del Santo Oficio, en un libro que intituló Sucesos de las islas Filipinas, que en la plaza Mayor de México se supo por primera vez la muerte del gobernador Gómez Pérez Dasmariñas en el mismo día en que acaeció, aunque se ignoraba cómo y por qué conducto.

Ciertamente, en aquella época en que ni el cable submarino ni la telegrafía sin hilos aún se soñaban, fue sorprendente que en la misma fecha en que se verificó el suceso se haya sabido desde una distancia tan grande como es la que separa a México de las islas Filipinas.

El hecho al que alude el doctor Morga, de un modo tan superficial y misterioso, lo narran otros cronistas con claridad, aunque atribuyéndolo a medios sobrenaturales.

Cuentan que en la mañana del 25 de octubre de 1593 apareció en la plaza Mayor de México un soldado con el uniforme de los que residían en las islas Filipinas, y que el dicho soldado, con el fusil al hombro, interrogaba a cuantos pasaban por aquel sitio, con el consabido y sacramental ¿quién vive?

Agregan que la noche anterior se hallaba de centinela en un garitón de la muralla que defendía a la ciudad de Manila, y que sin darse cuenta de ello y en menos que canta un gallo, se encontró transportado a la capital de Nueva España, donde el caso pareció tan excepcional y estupendo, que el Santo Tribunal de la Inquisición tomó cartas en el asunto y después de serias averiguaciones y el proceso de estilo, condenó al soldado tan maravillosamente aparecido a que se volviese a Manila; pero despacito y por la vía de Acapulco, pues el camino era largo y no había de intervenir, como en su llegada, el espíritu de Lucifer, a quien se colgó el milagro del primer viaje tan repentino como inesperado.

II

Consta el suceso que hemos consignado en gruesos pergaminos escritos por muy reverendos cronistas de las órdenes de San Agustín y Santo Domingo, y la muerte de Gómez Pérez de Dasmariñas la refiere uno de ellos con pormenores que no carecen de interés.

Entre las naciones que más frecuentaban el comercio con los españoles en las Filipinas, se contaba la del Japón, la cual era apreciada tanto por su policía y política, cuanto por sus valiosos géneros y otras ricas mercancías.

Siendo gobernador de las citadas islas Gómez Pérez, recibió una embajada del emperador Taycosoma.

“Casi por el mismo tiempo –dice fray Gaspar de San Agustín– llegaron a Manila por parte del rey de Camboxa Embaxadores, el vno Portugués, nombrado Diego Belloso, y el otro Castellano, llamado Antonio Barrientos, que truxeron de regalo al Gobernador dos hermosos elefantes, que fueron los primeros que se vieron en Manila. El motivo de esta Embaxada se reducía a pedirle su amistad, y alianza, para que les diese socorro contra el Rey de Siam su vezino, que pretendía invadirle. Recibió el Gobernador Gómez Pérez Das Mariñas la embaxada con agrado, y el regalo que le traía; y como no se hallase con bastante gente para el socorro que se le pedía, despachó los Embaxadores, dándole al Rey de Camboxa buenas esperanzas: y correspondiéndole con otro regalo, se estableció buena correspondencia para el comercio entrambas naciones”.

Empero, Gómez Pérez reflexionó que aquella era la oportunidad para la conquista del Maluco. Envió al efecto un explorador, el hermano Gaspar Gómez, religioso de la Compañía de Jesús, y adquirió copiosas noticias de otro, el padre Antonio Marta, que residía en Tidore.

Resuelto a llevar a cabo su propósito, se proveyó de cuatro galeras y de varias embarcaciones, con el competente número de soldados, y con pretexto de impartir auxilio al rey de Camboxa, dejó a Manila el 17 de octubre de 1593, acompañado de personas notables y venerables religiosos.

La armada se dio a la vela en el puerto de Cavite el 19 del mismo mes y año.

En la punta de Santiago y el día 25, el viento del este estrechó a la galera capitana a abandonar a las demás, lo que obligó a Gómez Pérez a fondear en la punta de Azufre. Como la corriente de las aguas era impetuosa, había ordenado a los chinos que llevaba consigo que remasen con fuerza, y éstos que eran 250, alegando disgustos porque los había reprendido con severidad el gobernador, resolvieron robar la galera y las mercancías, y para ello matar a todos los españoles, con tanta mayor facilidad cuanto que los rebeldes eran muchos e iban armados. Tramada la conspiración, en la misma tarde se vistieron los chinos con túnicas blancas para distinguirse entre sí, y después de haber degollado a los españoles, en el mismo instante que salía Gómez Pérez Das Mariñas de su camarote, le abrieron por mitad la cabeza y su cadáver, junto con los de los otros, fue arrojado al mar, logrando los criminales, de tan pérfida manera, apoderarse de lo que codiciaban.

III

No faltan cronistas tan sencillos como severos, que digan que aquella muerte fue un castigo del cielo, que afirman que el gobernador Pérez Das Mariñas, durante su vida, no había caminado de acuerdo con el obispo de Manila, fray Domingo de Salazar, y que varias y repetidas disputas se entablaron entre los dos con motivo de los negocios del Estado y de la Iglesia.

Sea de esto lo que fuere, lo que sí atestiguan los ya mencionados cronistas, es que tanto en Manila como en México la muerte del gobernador fue anunciada por signos sobrenaturales.

Que en Manila, entre los retratos de los caballeros de las órdenes militares que existían en la portería del convento de San Agustín, había uno de Gómez Pérez, y que en el mismo día de su fallecimiento amaneció cuarteada la pared en que estaba pintado el retrato, en la parte que correspondía a la cabeza del gobernador, a quien, como se dijo, habían dividido el cráneo los asesinos.

“Es digno de ponderación -concluye fray Gaspar de San Agustín- que el mismo día que sucedió la tragedia de Gómez Pérez, se supo en México por arte de Satanás; de quien valiéndose algunas mujeres inclinadas a semejantes agilidades, transplantaron a la plaza de México a un soldado que estaba haziendo posta vna noche en vna Garita de la Muralla de Manila, y fue executado tan sin sentirlo el soldado, que por la mañana lo hallaron paseándose con sus armas en la plaza de México, preguntando el nombre de cuantos pasaban. Pero el Santo Oficio de la Inquisición de aquella ciudad le mando bolber a estas islas, donde lo conocieron muchos, que me aseguraron la certeza de este suceso…”

Ante semejante aseveración de un cronista tan sesudo, nosotros “no ponemos ni quitamos rey”, y nos conformamos con repetir:

“Y si lector, dijeres, ser comento

como me lo contaron, te lo cuento”.

EL SEGUNDO CRONISTA

Pero Luis González Obregón no fue el único en relatar esta historia. Su sucesor, don Artemio del Valle Arizpe, también la cuenta en Historia, tradiciones y leyendas de las calles de México. El libro fue publicado tan sólo tres años después de aparecer en México El caso de los OVNIs, de Jessup, en 1959. Es la continuación de Leyendas Mexicanas, de 1943.

Hijo de un gobernador del estado de Coahuila, Artemio del Valle Arizpe nació en la ciudad de Saltillo el 25 de enero de 1884. Los jesuitas fueron sus primeros mentores en el Colegio de San Juan. Cursó la preparatoria en el Ateneo Fuente y luego cursó la carrera de abogado en la ciudad de México. Siendo coahuilense representó como diputado en el Congreso de la Unión a un distrito de Chiapas, que sólo conocía de nombre. En 1912 viajó a San Luis Potosí en donde residió hasta 1919, año en que ingresó al servicio diplomático. Ese año parte a Madrid para servir en la legación mexicana en la Villa y Corte. En la península residió cinco años colaborando con la Comisión de Investigaciones y Estudios Históricos. También se desempeñó como diplomático ante Bélgica y Holanda.

Ejemplo es el nombre de su primera novela, publicada en 1919 y prologada por plumas del calibre de Luis González Obregón, Luis G. Urbina, Eduardo Colín, Amado Nervo, Enrique González Martínez, Rafael López y Enrique Fernández Ledesma. A ese libro le seguirían muchos otros:

Ejemplo (novela) (1919); Vidas milagrosas (1921); Doña Leonor de Cáceres y Acevedo y Cosas tenedes (1922); La muy noble y leal ciudad de México, según relatos de antaño y ogaño (1924); Del tiempo pasado (1932); Amores y picardías (1932); Virreyes y virreinas de la Nueva España (1933); Libro de estampas (1934); Historias de vivos y muertos (1936); El Palacio Nacional de México (1936); Tres nichos de un retablo (1936); Por la vieja Calzada de Tlacopan (1937); Lirios de Flandes (1938); Historia de la ciudad de México, según relatos de sus cronistas (1939); Cuentos del México antiguo (1939); Andanzas de Hernán Cortés y otros excesos (1940); El Canillitas (novela de burlas y donaires) (1941); Notas de platería (1941); Leyendas mexicanas (1943); Cuadros de México (1943); Jardinillo seráfico (1944); La movible inquietud (1945); Amor que cayó en castigo (1945); En México y en otros siglos (1948); La Lotería en México (1948); La Güera Rodríguez (1949); Calle vieja y calle nueva (1949); Espejo del tiempo (1951); Lejanías entre brumas (1951); Sala de tapices (1951); Fray Servando (1951); Coro de sombras (1951); Inquisición y crímenes (1952); Piedras viejas bajo el sol (1952); Juego de cartas (1953); Personajes de historia y leyenda (1953); De la Nueva España (1954); Papeles amarillentos (1954); Horizontes iluminados (1954); Engañar con la verdad (novela) (1955); Deleite para indiscretos (1955); Cuando había virreyes (1956); Gregorio López, hijo de Felipe II (1957); De otra edad que es esta edad (1957); Cosas que fueron así (1957); Historia, tradiciones y leyendas de las calles de México (1959); Santiago (1959); Memorias (historia de una vocación) (1960).

El 29 de agosto de 1924 la Academia Mexicana de la Lengua lo nombra Miembro Correspondiente; y el 2 de diciembre de 1931, Miembro de Número. Fue secretario de la Facultad de Filosofía y Letras (1934). A la muerte de Luis González Obregón, en junio de 1938, fue designado Cronista de la ciudad de México. Murió en esta ciudad el 15 de noviembre de 1961.

La versión de Artemio del Valle Arizpe se titula:

POR EL AIRE VINO, POR LA MAR SE FUE.

Leyenda de la Plaza Mayor, luego Plaza de Armas, hoy de la Constitución, llamada generalmente Zócalo.

Despertó la ciudad entre las voces graves, tímidas, alborozadas, solemnes, locuaces, de sus campanas innumerables. Campanas de conventos y de iglesias entre la diáfana madrugada, que purifican y lavan las almas con su serena frescura. Las gentes iban y venían afanosas por la Plaza Mayor. Iban a misa, salían de misa. Por el ancho canal que corría por un costado de Palacio calle del Agua y pasaba por frente a los portales del Ayuntamiento, para seguir por las calles de las Canoas, hasta doblar por detrás del convento de San Francisco, por ese canal venían los viejos bergantines ya con leña, ya con maíz, o con la carne para el abasto en que su asentista u obligado tenía abierta la carnicería en la Callejuela, costado del Ayuntamiento, pasado el puente de las Marquesoteras, y junto a la humeante Fundición de la Casa de la Moneda. Venían por el canal las lentas canoas cargadas de verduras, rebosantes de flores y con la melosa canturia de los indios que proponían sus mercaderías mirando con ojos dóciles y tristes. Junto al Puente de Palacio se bamboleaba, remeciéndose suave, la chalupa pintada por de fuera con fresca policromía de batea michoacana, y su interior suavizado con forro y cojines de damasco y con blandas catalufas, y en la que era llevado el virrey hasta las mismas puertas del Coliseo las noches de función.

La multitud que se revolvía por la plaza, bajo la gustosa tem­planza del sol, y, preocupada como andaba con sus diarios afa­nes, no había reparado en un soldado que, con arcabuz al hombro y ojos azorados, iba de un lado para otro y, de tiempo en tiempo, atajaba a alguno dándole un largo y sonoro: “¿Quién Vive?” Y después seguía derramando el extraño asombro de sus ojos por todo el ámbito de la plaza. Nadie le hacía el menor caso por creérsele un loco de apacible manía que andaba en los días en que la luna le estaba sorbiendo más el seso pero, de pronto, alguien se fijó, muy extrañado, en su traje: Ese uniforme no lo usaban los soldados de esta tierra. La persona que primero paró mientes en el comunicó su descubrimiento a otra, y esta a otra, y luego a otras más y todas, a su vez, extendieron pronto la voz de que andaba allí un hombre extraño, con cara de espanto y arcabuz al hombro, deteniendo a mucha gente con un “¿Quien Vive?” Y, al ver que no le respondían, se llenaba de azoro consternado.

Pronto, en torno del extraño soldado, se agitó un compacto corro. Los que estaban detrás hacían violentos esfuerzos para ponerse delante, y los de las primeras filas luchaban, desesperados, para no perder su buen lugar y seguir viendo de cerca a aquel hombre de tan singular pergeño y cara de terror, que andaba inquieto como buscando algo, lleno de afán angustioso. A las preguntas, muy repetidas, de quien era y qué había perdido, con las que todos lo cercaban, dijo ser un soldado de las Filipinas, y que en la noche pasada, estando de posta en una de las torres de la muralla que rodea a la ciudad de Manila, sintió, de pronto, como un desfallecimiento en el que se le anublaron los ojos, y que todo su ser se le desleyó en un desmayo, y que, cuando recobró su espíritu, estaba en esa ancha plaza que nunca había visto en su vida, y que ignoraba de qué barrio remoto era de Manila, pues en jamás de los jamases había puesto en ella los pies, lo que le extrañaba mucho, porque era viejo conocedor De todos los andurriales, ostugos y recovecos de la ciudad en la que hacia años vivía feliz con mujer e hija.

Pero, al asegurarle que estaba diciendo desatinos, grandes desatinos, pues no se hallaba en Manila, como él creía, sino en México, capital de la Nueva España, se quedó el hombre atónito, así como adementado, y cuando ya pudo hablar empezó a Jurar y a perjurar con vehementes palabras que el no decía embustes, ni tampoco era loco como, de fijo, pensaban que lo era, y que, por amor de Dios, rogaba que le creyesen que en la noche del día anterior estaba muy tranquilo haciendo su cuarto de guardia en la torre de San Eligio, de la muralla vieja, y que no atinaba a explicarse cómo le decían ahora que andaba por México, que bien sabía él lo distante que era de Manila, donde tenia mujer e hija en el barrio de quiapo. Y aun iba a añadir otras persuasivas demostraciones para afirmar más su dicho, cuando el apretado corro que lo circundaba se empezó a abrir con temor respetuoso, para dar paso a unos alguaciles de la Inquisición, que iban a aprehender al soldado filipino, que se dio preso sin chistar, más asustado que nunca. En la tétrica calesa verde se lo Llevaron con toda rapidez al sombrío, pavoroso caserón del Santo Tribunal de la Fe.

¡No faltaron almas buenas y piadosas! -¡ay! nunca faltan-, anhelantes de indulgencias para la salud de su alma, que fueran en volandas, bebiéndose los vientos, a referir a los señores inquisidores que en la Plaza Mayor estaba un soldado que, por artes del diablo, ¡Jesús nos cuide!, Había llegado a México en sólo una noche desde las lejanas Islas Filipinas.

Cuando estas piadosas y buenas almas vieron que se llevaron preso los temibles alguaciles a aquel pobre hombre, tal vez para que lo achicharraran pronto en una santa hoguera, un gran sosiego benéfico les entró en el pecho, junto con una cándida alegría, pues cumplieron un estricto deber de conciencia y, de fijo, que en la otra vida se les iba a conceder un lindo premio entre los cánticos de los querubines, por la grande y meritoria acción de haber denunciado a aquel individuo que, era indudablemente, tenía firmado pacto con Satanás, ¡Dios nos libre!, y, pensando en esto, se quedaban con los ojos vueltos al cielo en un divino arro­bamiento, buscando en él la señal anticipada que les confirmara el divino galardón. Las demás gentes se retiraron, asustadas, de la plaza, haciéndose mil cruces, pues algo habría de nefando en aquel hombre cuando la Santa Inquisición se lo llevaba a sus cárceles, en donde en una hoguera purificadora le iban a limpiar santamente el a1ma.

Y ante los hoscos y negros inquisidores repitió el soldado una vez, y muchas, lo que le había sucedido y, además, dijo que el 17 de este mes octubre 1593, había salido del puerto de Cavite el gobernador de las Filipinas don Gómez Pérez Dasmariñas, con ocho galeras llenas de soldados, dizque a auxiliar al rey de Camboja, quien le acababa de mandar una embajada con ricos regalos (¡regalos, regalos, a cuántos hombres buenos ha­béis hecho malos!), pidiéndole auxilio contra el rey de Siam, que se aprestaba a invadirle su reino; si bien se supo en Manila que el solícito gobernador no iba en socorro de su aliado, ni muchísimo menos, sino a conquistar Maluco para España; pero que, obligada la galera capitana, por vientos contrarios, a abandonar el resto de la armada, llegó a Punta Azufre de arribada forzosa y allí se sublevó la tripulación, que era de chinos.

Como estos chinos eran muchos, vencieron pronto a los españoles y degollaron después a los que salieron con la vida del sangriento combate. Eran venerables religiosos y personas de distinguida calidad, con arraigo en Manila, todos los que perecieron y que formaban el acompañamiento del gobernador Dasmariñas, a quien un desaforado tagalo de aquellos le abrió la cabeza hasta el cuello, de un formidable golpe de machete o kampilán, que dicen en su lengua, y, echando 105 cadáveres al agua, se fueron los sublevados mar adentro con la galera, vestidos ya de blanco, celebrando un extraño y complicado rito. Que estas malas noticias andaban ese día por la ciudad, y que toda Manila estaba consternada y de luto por la muerte de sus caballeros principales y de sus frailes más calificados, claros varones llenos de saber y virtudes; Y que él, de guardia en la torre de San Eligio, estaba pensando con pena en la suerte que habría corrido en ese desastre un alférez de su tierra, Antón de Peñaranda, que, a menudo, lo beneficiaba, generoso, con amplias dádivas de dinero, cuando le entró un gran desfallecimiento en todo su cuerpo, del que vino a salir aquella mañana en la plaza que le dijeron era la Mayor de México, y a la que no supo cómo llegó ni cuando, y en la cual lo habían aprehendido los alguaciles del Santo Tribunal.

Esto lo refirió una vez y lo refirió muchas veces el soldado en ese día, y después en varias audiencias subsecuentes a las que fue llamado a declarar. Pero, francamente, los señores inquisi­dores contra la herética pravedad y apostasía, no estuvieron nada bien en el desempeño de su delicado oficio, pues sólo echaron al soldado en un calabozo húmedo, estrecho, oscuro, hediondo, mas no le dieron ningún tormento, ninguno, ¡Señor! Ni una sola vez lo descoyuntaron, ni le retorcieron el cuerpo, ni le pegaron en los hierros candentes, ni le aplastaron los pies entre los torniquetes, ni le quebraron un solo hueso, ni el más pequeño, ¡caramba!, ni le desgarraron las carnes a azotes ni siquiera le hicieron tragar unos cuantos cuartillos de agua; nada, nada, sino que lo sentenciaron a que volviera a Manila, no ya con la violenta rapidez con que se trasladó a la Nueva España, en solo una noche, sino en el galeón que iba a zarpar en esos días del puerto de Acapulco. ¡Vaya una sentencia! ¡Para eso más valía que ni lo hubiesen aprehendido! ¡Lástima!

Se fue el soldado en el galeón de Acapulco, y cuando regresó la nao, pasados ocho meses largos, con su maravillosa carga de sedas, jades, porcelanas lacas y marfiles, se supo en México, por cartas y papeles impresos, que el gobernador de las Islas Filipinas don Gómez Pérez Das Mariñas, había tenido muerte airada en el mar, tal y como lo contó aquel extraño soldado que en la mañana del 25 de octubre, año que acababa de pasar 1593 apareció lleno de admirado espanto, con un arcabuz al hombro, en la Plaza Mayor, dando largos quienvives.

Continuará…

Cortan las raíces del “árbol fantasma”

Los visitantes curiosos cortan raíces del “árbol fantasma”

Creen que tiene poderes curativos pero los aldeanos están más preocupados por la supervivencia del árbol

Primero, los visitantes curiosos llegaron al sitio para ver el árbol maravilloso que tenía una cara parecida a la de los humanos. Ahora, incluso toman partes de la palmera de betel, o Pinang, y se las llevan, reportó el New Straits Times.

Muchos de los que van a ver la rareza en una aldea de Penang han cortado partes de sus raíces. Esto es porque están convencidos de que el árbol tiene poderes curativos mágicos.

A fin de salvar el árbol, los aldeanos han erigido una cerca atando cuerdas alrededor del árbol.

El aldeano Abdullah Baharom, de 53 años, dijo ayer que la gente había estado cortando las raíces desde la mañana del miércoles. Agregó que todavía había una gran muchedumbre en el área hasta las 3 AM así que los que habían cortado las raíces del árbol debieron haberlo hecho momentos antes del amanecer.

Dijo: “Creen que las raíces contienen poderes curativos o que tienen valor medicinal. Lo que sea, no debieron haber cortado las raíces. El árbol morirá seguramente si la gente continúa cortando las raíces”.

Dijo que afortunadamente solo una parte pequeña de las raíces había sido cortada.

Millares de personas han estado haciendo filas para ver el árbol después de la extraña aparición de la imagen en su tronco.

Las hojas en el árbol de 5 m de altura se asemejan claramente a una cara humana completa con amplia frente, una nariz y una boca anchas.

El aldeano Zainol Nayan, de 54 años, que vive cerca del árbol, dijo que él vio las hojas que emergían del árbol hace más o menos un mes, pero la cara humana comenzó a ser obvia solamente el viernes pasado.

CRECIÓ POR SÍ MISMA

Dijo que el árbol de Pinang creció por sí mismo hace más de 10 años, pero no había nada extraño en él hasta hace poco tiempo.

El fenómeno ha dado lugar a que los aldeanos que lo nombren el “árbol fantasma”. Algunos han afirmado que la cara humana cambia a diario.

A los aldeanos no les importa que una gran muchedumbre de vueltas por su kampung. Pero no aprueban que la gente rece o que coloque palillos de incienso o flores en la base del árbol. No obstante, los aldeanos más emprendedores están vendiendo fotografías del árbol por 2 RM (86 centavos de dólar) por copia.

Algunos miembros del departamento de agricultura visitaron el área pero parecía que no estaban en un viaje de trabajo, sino que habían ido allí por curiosidad.

http://newpaper.asia1.com.sg/news/story/0,4136,113586,00.html