Los dinosaurios de Acámbaro (3)

INVESTIGACIONES MÁS RECIENTES

En 1989 viaje por primera vez a Acámbaro. Luego daría las indicaciones para que personal de las revistas DUDA. Lo increíble es la verdad, en 1992, y Contacto OVNI, en 1996, viajaran al lugar. En 1996 escribí el guión para el programa especial En busca de lo desconocido, dirigido por Juan Chía. Viajamos a Acámbaro y logramos que las autoridades nos permitieran grabar algunas piezas. Este programa fue vendido a diversas televisoras en todo el mundo.

Entre los compradores estuvo la compañía japonesa, Nissi, quien enviaría un equipo de producción para realizar un programa en Acámbaro. El programa intitulado “Vieron dinosaurios nuestros antepasados” fue emitido el 2 de febrero de 1997. En muchas escenas el conductor muestra representaciones de dinosaurios de un libro y las empata con una figura similar. Así muestra un Sauraloplus osborni o un Amargasaurus cazaai, pero en ningún lugar de su enciclopedia pudo encontrar al monstruo de dos cuernos, parecido al demonio, o a los dinosaurios que sólo tienen dos patas, o a Dino, la mascota de los Picapiedra, y muchas otras figuras que son parte de la colección.

Otro programa, más centrado, sin dejar de pertenecer a la corriente creacionista, fue el producido por la NBC. En febrero 1996 se emitió el programa The Mysterious Origins of Man (MOM), conducido por Charlton Heston. El productor Bill Cote, creador de ese especial para la NBC, decidió hacer un nuevo documental Jurassic Art, utilizando la información comprada a TV Azteca sobre las figuras de Acámbaro, y anexando el tema de las piedras de Ica. En 1997 la B. C. Video distribuyó este nuevo especial.

John Tierney, quien aseguraba haber colaborado con Hapgood, fue contratado por los productores de B. C. Video para que los guiara al lugar de donde se extrajeron las figuras. Escarbaron seis hoyos en el lado Oeste de El Toro. Cada perforación era de aproximadamente un metro cuadrado, y sólo una se hizo de dos metros cuadrados. Tierney, luego que no encontraron nada, dijo que estaban en el área equivocada.

Jurassic Art presentaba a Neil Steede, Presidente de la Early Sites Research Society West and Mexican Epigraphic Society, informando que la colección es un fraude de reciente manufactura. Dijo que las piezas no estaban tan erosionadas. Eran muy suaves por lo que no deberían tener más de 20 años.

En 1990 había hecho una investigación. Steede seleccionó un sitio de excavación y encontró muestras de alfarería Chupícuaro, pero ninguna figurita tipo Julsrud. Luego, según Patton, Steede solicitó algunas figuritas de la colección Julsrud (una figura humana y una de dinosaurio) y las envió a datar por medio de carbono catorce. La primera dio una fecha de 4,000 (antes del presente), esto es, de 2,000 a. C.; la segunda, según Patton, daba una fecha de 1,500 (antes del presente), es decir, 500 d. C. (y no 500 a. C., como escribió Patton, que ya sabemos, no sabe sumar). Según este autor, Steede ocultó estos datos, debido a que su sueldo lo pagaba el gobierno mexicano (¿?). No sé si esto es cierto porque las piezas eran guardadas celosamente en el DIF[1] de Acámbaro (posteriormente se trasladaron a la alcaldía), y a nosotros no nos dejaron siquiera tocarlas.

En 1998 la Early Sites Research Society, una organización que se dedica a buscar sitios como la Atlántida, realizó un viaje a Acámbaro con la intención de escarbar y sacar nuevas figuras de dinosaurios. En su boletín del verano de aquel año escriben:

“Lo que encontramos en nuestro pozo de control fue cerámica del tipo Julsrud, esto es, tenía la misma textura y coloración. Esto implica que proviene del mismo depósito. No implica que fuese hecha al mismo tiempo. Todo lo que podemos llamar “Cerámica tipo Julsrud” no es como las figuras de Julsrud en la forma o en el estilo, sólo en el tipo de arcilla utilizada. En efecto, análisis posteriores han demostrado que la cerámica de Julsrud y la de Chispiquaro (sic) provienen del mismo tipo de arcilla[2].

“Nuestro pozo de control no proporcionó figuras del tipo Julsrud. En un punto de la excavación encontramos una figura, una cara de perro. Nos alegramos por el descubrimiento y dijimos “parece una figura del tipo Julsrud”, pero sólo estábamos bromeando; era una figura tipo perro de la cultura Chispicuaro (sic).

“Fuimos a la casa en donde Hapgood había excavado hacía cuarenta años. El área completa estaba cubierta de casas. Ninguna de ellas tenía jardín, y las casas estaban pavimentadas”.

En 1999 los doctores[3] Dennis Swift y Don R. Patton viajaron a Acámbaro. Las figuras aún continuaban almacenadas y ellos tuvieron que hacer los mismos trámites que nosotros, y solicitar las audiencias correspondientes para que les permitieran ver la colección.

“El almacén fue abierto de forma un tanto ceremonial por el Alcalde; algunos rayos de luz se filtraban a través de las sombras, mientras nosotros entrábamos al cuarto polvoso con cajas apiladas hasta el techo llenas de artefactos estibados con papel periódico dentro de cajas de cartón[4].

“Al lado de la alcaldía, en el cuarto de recepción, se colocaron algunas de las piezas para que nosotros las observáramos. Dos policías mexicanos montaban guardia con rifles AK.47 y pistolas[5]. Los empleados iban y venían con cajas, el Dr. Swift desembalaba las figuras, mientras el Dr. Patton las fotografiaba.

“En un periodo de 6 horas, se desempacaron y fotografiaron más de 800 figuras de cerámica. Catorce cajas habían sido abiertas… De entre las piezas había 75 dinosaurios trabajados de forma exquisita.

“Llegó el momento en que retuvimos la respiración, al desenvolver una representación virtualmente perfecta de un iguanodonte. Éste fue uno de los primeros esqueletos de dinosaurio descubiertos. En el siglo XIX se hicieron representaciones más bien cómicas de este animal. Al iniciar el siglo XX aún no se tenía una buena representación. La figura representa la forma en que actualmente lo conocemos. Ningún falsificador pudo haber hecho este modelo en los cuarenta”.

Todo ese interés, por propios y extraños, logró que parte del sueño del doctor Pompa se hiciera realidad, la creación de un “Museo del Fraude Arqueológico”[6]. Actualmente la colección Julsrud se exhibe en un local especial, El Museo Julsrud, abierto a todo el público.

LA CULTURA CHUPÍCUARO

Para entender mejor el fraude de las figuritas de Acámbaro es necesario comprender el contexto en el que se dieron. Nos tenemos que remitir a las culturas que poblaron la región y estudiar su historia, costumbres y artesanías.

En el sureste del Estado mexicano de Guanajuato, se encuentra el municipio de Acámbaro. Los primeros pobladores fueron indios Chichimecas semisalvajes, a los que los arqueólogos atribuyen una antigüedad “anterior a 1200 a. C.”. Sus predecesores constituyeron una de las culturas mesoamericanas más antiguas, la Chupícuaro, que evolucionó hacia la Teotihuacana hacia el 200 d.C. y hacia la Tolteca para terminar en la Purépecha o tarasca hasta la época de la colonización colombina.

Chupícuaro, vocablo de gran resonancia, significa en lengua purépecha “Lugar de Cielo Azul”. De Chupicua, Azul y ro: lugar.

La Cultura Chupícuaro, también conocida como Cultura del barro, es una de las culturas madres de Mesoamérica. Tuvo su lugar de asentamiento en los alrededores de lo que hoy es Acámbaro. Los principales asentamientos actualmente se encuentran cubiertos por el agua de la Presa Solís. Se desarrolló en el Preclásico Superior o formativo. Su época de esplendor abarcó del 800 a.C. al 200 d.C.

Las culturas prehispánicas de la región

Cultura

Periodo

Años

ChupícuaroLos Morales

Teotihuacan

Tolteca

Tarasca

Preclásico Superior

Preclásico Superior

Horizonte Clásico

Posclásico Temprano

Posclásico Tardío

800 a. C. al 200 a. C.

400 a. C. al 250 d. C.

200 d. C. al 900 d. C.

900 d. C. al 1200 d. C.

1200 d. C. al 1525 d. C.

Los habitantes de aquel sitio con cielo azul, entre los ríos Lerma y Tigre (el actual Coroneo), se caracterizaron por su vasta producción de cerámica. Eran agricultores con un desarrollado sentido artístico. Vivían en jacales construidos de adobe (ladrillos de lodo), techos de paja, con terrazas y drenaje. La zona estaba rodeada de sabinos y sauces.

Era un pueblo culto y pacífico, que también tenía actividades de caza y pesca. No hay indicios de guerras en gran escala. Las armas, lanzas y atlatl[7], estaban diseñadas más para la caza que para la guerra. Los cuchillos y puntas de proyectil eran de obsidiana, pero había punzones y dardos de hueso. Hay pocas evidencias de hachas. Del lago obtenían, además de los peces, patos, tortugas, ranas, acamayas, acociles y ajolotes. También recolectaban espirulina, un alga muy nutritiva. En el bosque cazaban venados, jabalís, tlacuaches, tuzas y tejones. De los vegetales hacían buen uso de las tunas, los nopales, el maguey y diversos tubérculos.

Utilizaban la arcilla, la piedra, los huesos de animales y las conchas. Actualmente se pueden localizar vestigios de esta época en los cerros que circundan la ciudad, en donde es muy común encontrar fragmentos de figurillas, tepalcates e infinidad de pequeños objetos que hacen evidente la vastedad que tuvo esta cultura.

Desarrollaron el arte de la música. De arcilla, construían sus instrumentos musicales: flautas, ocarinas, silbatos y sonajas. No ha llegado esa música hasta nuestros días, pero debió utilizarse en sus ceremonias y ritos religiosos.

Rendían culto a la vida, la fertilidad, la maternidad y la muerte. Sus muertos frecuentemente eran enterrados con un perro para que los cuidara y guiara en el otro mundo. En casos especiales rociaban el cadáver con tinta ocre o roja, el color de la muerte entre los pueblos prehispánicos.

Conocieron el fuego e hicieron uso de él: los hornos en donde cocían su cerámica. Las mujeres modelaban en barro las ollas, cántaros, platos, jarros, cazuelas, cucharas y estatuillas. Fabricaban metates, o piedras de moler; canastas, lazos, redes y otros utensilios de material perecedero.

Hombres talentosos, de manos prodigiosas, desarrollaron una cerámica policroma de gran belleza. Abundan las vasijas de hermosos dibujos con motivos geométricos multicolores (rojo, crema y negro, principalmente). El acabado es brillante, fino y pulido. Otros recipientes muestran caras de personajes importantes, animales y vegetales. Las hay, también, de color negro, de una notable belleza estética. Las formas incluyen escudillas con pie cónico, cuencos y botellas con asa-estribo, un rasgo que ha servido para que algunos estudiosos especulen con conexiones con los Andes, ya que este tipo de asa es común en el norte del Perú. Figurillas humanas multicolores repiten los diseños de las vasijas, presentando rasgos faciales apenas insinuados por el modelado.

En su alfarería se muestra sus costumbres y vestiduras. Los chupicuaros se pintaban el cuerpo y la cara, usaban bragueros, collares, orejeras, narigueras, ajaorcas, brazaletes y aretes. Los hombres portaban una cinta sobre la cabeza y las mujeres recurrían a los turbantes o tocados sobre la cabeza. Se peinaban de raya en medio con fleco sobre la frente. Sus adornos eran de concha y hueso y construían espejos de hematita. Mientras que algunos probablemente usaron sandalias, hechas con fibras del maguey, otros andaban descalzos.

Hay cientos de miles de figurillas de barro que representan mujeres desnudas de cara sonriente, senos pequeños y amplias caderas. Se les puede encontrar en casi toda la República Mexicana. Son símbolos de fertilidad que enterraban para que el campo rindiera más. Personificaban al maíz. No representaban a diosa alguna pues no hay dos iguales, pero sí estaban relacionadas con el culto a los muertos, pues muchas de ellas se encuentran en los entierros. Las figurillas femeninas más célebres son las de “ojos diagonales”, sin pintura y finamente decoradas con aplicaciones de arcilla al pastillaje, es decir, a base de una aplicación extra de barro cuando ya la cara ha sido terminada.

Se relacionaron con otros pueblos de Mesoamérica. Hacia el Norte llegaron a Colima, Nayarit y el Sur del actual Estados Unidos. Hacia el Sur, con los pueblos del altiplano, siguiendo el curso del río Lerma, llegaron a Zacatenco y hasta Tlaxcala.

Aunque se sabía de su existencia, no fue sino hasta 1926 que se comenzó a investigar esta civilización. En ese entonces la Comisión Nacional de Irrigación (CNI) inició los estudios de la cuenca del Lerma-Chapala-Santiago y descubrió 400 entierros de la cultura Chupícuaro. Cuando se iniciaron los trabajos de la Presa Solís, entre 1939 y 1949, los arqueólogos como Daniel F. Rubín de la Borbolla y Román Piña Chan hicieron los mejores descubrimientos. El primero organizó sus excavaciones en mayo de 1945, acompañado de Antonio Arriaga, Elma Estrada Balmori, Muriel Parter y Jorge Obregón. Excavan en la plaza de Chupícuaro y en diversos terrenos cercanos al pueblo. Los resultados se publican ese mismo año en la Revista Mexicana de Estudios Antropológicos. Los estudios realizados concluyeron que la cerámica de Chupícuaro se desarrolló con una personalidad propia; que es una de las cerámicas más finas y elegantes del antiguo México; que está asociada a la cerámica “arcaica” del Valle de México; pero que no es la misma que la tarasca. Algunos supusieron inicialmente que se trataba de objetos de los tarascos, pero pronto se llegaría a la conclusión de que se trataba de otra cultura.

Dada la importancia de la zona, Rubín solicita el apoyo de la CNI para hacer una investigación en toda la región. A esta búsqueda se une Piña Chan en 1947. En esta temporada excavan al sur de la Iglesia y en los terrenos conocidos como La Joyita y El Rayo. Las piezas encontradas fueron donadas a la Universidad de Guanajuato.

La presa cubrió un área de 7,722 hectáreas, dentro de la cual se encontraban los poblados de Agua Blanca, Buenavista, Chupícuaro, El Aguaje, El Tejocote, El Tornero, La Encarnación, La Estanzuela, La Mora, Munguia, Paso de Ovejas, Puriancícuaro, Puruaguita, San José de Porto, San Miguel (zona de las ladrilleras), San Vicente y Santa Inés. Es la presa de mayor capacidad (1,250,000 metros cúbicos) en el Estado de Guanajuato.

En 1949, los residentes del Viejo Chupícuaro se tuvieron que trasladar unos 3 kilómetros hacia la Loma de Paredones, en las inmediaciones de Acámbaro, actual ubicación del Nuevo Chupícuaro. Uno de los viejos residentes del pueblo recuerda así esta parte de su historia:

“El 20 de mayo el agua de la presa empezó a inundar el pueblo… nos trajeron a un páramo pelado donde sólo había un mezquite; según la casa que teníamos, nos asignaron una, eran de varios tipos, pero a fin de cuenta todas iguales, siempre nos perdíamos y teníamos que andar preguntando en qué casa vivíamos. Eran frías y ni siquiera había leña. En la calle nos preguntábamos unos a otros quien tenía algo que comer, se habían perdido las cosechas, las yerbas y los frutales, las gallinas que trajimos se las llevaban los coyotes; había tantos, que en las noches nos daba miedo salir. Fueron tiempos muy duros”.

En la época de sequía (abril a junio) se puede ver el Viejo Chupícuaro e incluso, algunos objetos de uso común en los inicios del siglo XX, y otros de épocas prehispánicas, han salido a flote.

Continuará…

Fotografías de Patton en las que se observan eso curiosos dinosaurios baldados: dinosaurios de dos patas.

Estas escenas zoofílicas deberían ser motivo de excomunión para Patton y Swift ¡Cómo se atreven a mostrar estas figuras! Harían más dinero en el mercado pornográfico y no en una sociedad bíblica. (Fotografías de Patton).

Dos obras de reciente aparición en el mercado, el libro de Hapgood (reeditado en Estados Unidos y en Polonia), y el libro del nuevo astroarqueólogo suizo, Luc Bürgin. Hay también videos.

Fachada y diversas vistas del Museo de los Dinosaurios de Acámbaro.

Inauguración del museo.

Figuras antropomorfas de barro pintado, de la cultura Chupícuaro. Muchas piezas de la colección Julsrud son originales de esta cultura. En otras se puede ver su influencia. Por ejemplo el pastillaje de los ojos. (INAH).

Cuenco perteneciente a la Cultura Chupícuaro. (INAH).

Cuenco arriñonado de barro rojizo, con terminados geométricos en tono blanco. (Cultura Chupícuaro). (INAH).

Foto INAH.

Museo Louvre.


[1] Desarrollo Integral para la Familia, una dependencia gubernamental.[2] Seguramente lo que encontraron fueron fragmentos o piezas de alfarería de la cultura Chupícuaro. En ningún momento hablan de figuras de dinosaurio.

[3] Quería hacer un chiste acerca de su doctorado, pero sólo señalo que el título no les ha ayudado mucho en sus matemáticas.

[4] Ver la descripción que doy de nuestra visita en el artículo publicado en la PUS y en La Nave de los Locos. Prácticamente es la misma.

[5] Con nosotros sólo estuvo un policía. Lo del AK-47 suena bien para una novela de acción.

[6] “Porque es una colección fantástica, hecha por hombres con demasiada imaginación”, según sus propias palabras.

7] Un lanza dardos fabricado con un palo largo y ahuecado en el que se alojaba un dardo con punta de obsidiana, que remata en un tarugo contra el cual se apoya el proyectil para impulsarlo con mayor fuerza que si se lanzara a brazo limpio.

Museo de National Geographic

BIZARRE BEASTS: Past and Present

Dele un vistazo personalmente a algunas de las criaturas más extrañas que han habitado la tierra. Lleno de auténticos moldes de esqueletos, fósiles que se pueden tocar, y modelos realistas, esta exhibición realista e interactiva explora el cómo y el porqué los animales se adaptan a los ambientes cambiantes. Lo más sobresaliente incluye un rompecabezas de huesos de dinosaurio y una sala donde los visitantes pueden hacer moldes de cuatro impresiones de fósiles para llevar a casa.

http://www.nationalgeographic.com/museum/exhibitions/bizarrebeasts.html

Los dinosaurios de Acámbaro (2)

LAS INVESTIGACIONES NO OFICIALES

La fama de los dinosaurios de Acámbaro llegaría a oídos de otro investigador de lo insólito, Charles H. Hapgood, profesor de Historia y Antropología del Keene State Collage de la University of New Hampshire, que luego adquiriría cierta notoriedad por su estudio de los mapas de Piri Reis[1] y otros temas paranormales[2].

En 1955 pasó algunos días en Acámbaro y condujo una investigación de la colección. Los escritores Patton, Swift y Childress mencionan estas investigaciones cometiendo varios errores. En primer lugar dicen que en 1955 Hapgood estuvo acompañado por Earle Stanley Gardner, el famoso escritor de la novela y luego serie de televisión Perry Mason[3]. Pero Gardner lo acompañó hasta su segunda expedición, de 1968[4].

Según Hapgood, excavó varios sitios en tierras vírgenes y encontró muchas piezas de figuras de cerámica del tipo Julsrud.

Le dijeron que en la hacienda del coronel Muzquiz se habían encontrado piezas de cerámica de la cultura tarasca y un gran cráneo, posiblemente de mamut, sobre una gran piedra plana. Hapgood volvió a escarbar en el lugar, intentando localizar la piedra, pero no lo consiguió. En su lugar halló una escalera que se hundía en el suelo y que estaba tan obstruida por restos volcánicos que sus medios no le permitieron liberarla.

Alguien le dijo que un tal Ferro vendía figuras de barro del tipo Julsrud en San Miguel Allende. Las piezas habían sido recuperadas en las cercanías de las pirámides de San Miguel[5]. Hapgood dice que Ferro recuperó unas cinco mil figuritas.

En 1968 Charles Hapgood regresó a Acámbaro acompañado de Earle Stanley Gardner, criminólogo[6], abogado y antiguo procurador distrital de la ciudad de Los Angeles, California.

Como existía la sospecha que era el mismo Waldemar Julsrud el creador intelectual de las figurillas, Gardner y Hapgood diseñaron un experimento tratando de refutar esta hipótesis. Decidieron excavar en el piso de la estación de policía, un local construido en 1930.

Encontraron 43 figuras, dice Swift, que incluían dinosaurios. Pero también dice que:

“Ya que esta casa fue construida 25 años antes de que Julsrud llegara a México, esto lo exoneraba y eliminaba la teoría del fraude y negaba los reportes de DiPeso y Noguera en todos sus puntos importantes”.

Y a su vez Patton remacha con:

“Excavaron en el suelo de la estación de policía, construida 25 años antes de que Julsrud emigrara de Alemania”.

Si la casa fue construida en 1930, 25 años antes de que Julsrud llegara a México (Swift) o saliera de Alemania (Patton), entonces Julsrud llegó a México o salió de Alemania en 1955: 10 años después de haber hecho su descubrimiento. Es decir, o bien Julsrud había hecho un descubrimiento más importante que el de las figurillas (el viaje en el tiempo, lo que explicaría, incluso, la convivencia entre dinosaurios y humanos) o Patton y Swift (al igual que Childress) no saben sumar. La navaja de Ocam nos dice que lo más probable es lo segundo.

Además, estos mismos autores nos informan que Waldemar descubrió la cultura Chupícuaro en 1923, es decir, 22 años antes de descubrir las figuras de dinosaurios; 32 años antes de llegar a México; 42 años después de salir de Alemania; 52 años después de descubrir la máquina del tiempo; 62 años después de haber muerto; 72 años, o los que quieran, antes de que Swift, Childress y Patton aprendieran a sumar.

Aceptamos que estos son errores de los escritores citados, pero no de Hapgood. Aceptamos que esos errores no invalidan los siguientes argumentos del historiador de New Hampshire, pero hay algo que nos hace dudar de ellos. Según Andrija Puharich, el famoso parapsicólogo que apoyaba a Uri Geller, Charles Laughead (Charles Hapgood), le dijo que mantenía una comunicación telepática con seres del espacio:

“En una de estas sesiones, nuestra atención se concentró en la historia de la llegada a la Tierra de hombres procedentes del espacio exterior en tiempos muy remotos. Su aterrizaje tuvo lugar en una pequeña isla próxima a la de Pascua, llamada Mangareva. Nos dijeron después que las figurillas de barro de Acámbaro, México, iban a corroborar ciertas claves de la historia de estos primitivos viajeros espaciales. Nos indicaron que buscásemos una localidad para seguir estudiando e investigando en México y, como era natural, venimos en nuestro viaje de exploración a visitar la “biblioteca” de figurillas de Acámbaro”.

Gardner escribió en su libro Host with the big hat, que:

“… es absoluta y positivamente fuera de toda duda pensar que los artefactos que vimos hubiesen sido plantados”[7].

RESULTADOS DE LA DATACIÓN

Se hicieron tres pruebas de carbono catorce en las muestras, de las 43 figurillas, que Hapgood encontró en el subsuelo de la estación de policía. La empresa encargada de los análisis fue Laboratory of Isotopes Incorporated, de Westwood, New Jersey. Gardner corrió con los gastos.

El método del carbono catorce recién se estaba desarrollando. Los resultados fueron los siguientes[8]:

Muestra

Resultado

1

(I – 3842) 3590 +/- 100 (1640 a. C.)

2

(I – 4015) 6480 +/- 170 (4530 a. C.)

3

(I – 4031) 3060 +/- 120 (1110 a. C.)

Cuatro años después se hicieron 18 pruebas de termoluminiscencia en la University of Pennsylvania. Esta vez el que financió las pruebas fue Arthur M. Young, inventor del helicóptero Bell. Young envió dos de estas figuras al doctor Froelich Rainey, director del Pennsylvania Museum for Thermoluminescent Dating. Young le preguntó sobre la exactitud del método y Rainey le contestó:

“… Hoy después de haber tenido años de experimentación tanto aquí como en el laboratorio de Oxford, no tenemos duda sobre la fiabilidad del método termoluminiscente. Podemos tener errores por arriba del 5-10% en la datación absoluta, pero no nos preocupamos de los errores inesperados que puedan poner todo el sistema en duda. También debo apuntar, que estamos preocupados por la extraordinaria antigüedad de estas figuras, que Mark Han, de nuestro laboratorio hizo 18 corridas con cada una de las cuatro muestras. Es decir, existe una gran cantidad de investigación en estas piezas particulares”.

El resultado obtenido era de 2,500 años a. C. Pero para las figuras de dinosaurios se encontraron fechas de 30 a 100 años de antigüedad. Los creacionistas dicen que en los laboratorios Masca (Pennsylvania) hicieron trampa, pero la trampa la habían hecho ellos al enviar muestras de cerámica Chupícuaro. Nada mejor se podía esperar de quien producía experimentos tan sofisticados como los que menciona Hapgood en su manuscrito Reports from Acambaro:

“Los investigadores patrocinados por la Arthur M. Young’s Foundation, seleccionaron figuritas con los ojos más diabólicos y las colocaron en cajas con ratones. La cola de los ratones se volvió negra y luego cayó. Los ratones murieron al poco tiempo, después de sólo una noche de exposición”.

Y siguieron haciendo trampa. John Tierney, quien durante décadas ha dado conferencias sobre las figuras de Acámbaro, y colaboró con Hapgood, y el finado William N. Russell, envió otros dos fragmentos de cerámica al doctor Victor J. Bortolet, Director de Investigaciones del Daybreak Nucleari Archaeometrics Laboratory Services, para su datado. El doctor Bortolet determinó un límite superior de 2000 años de antigüedad.

Tierney entregó otras muestras a la Ohio State University. Ahí, fueron analizadas por el doctor J. O. Everhart, Director del Departamento de Ingeniería Cerámica, el doctor Earle R Caley, el químico arqueólogo más respetado del mundo, y el doctor Ernest G. Ehlers, mineralogista del departamento de geología de la universidad.

Según Tierney los resultados indicaban que las figurillas no eran un fraude, pero hasta el momento no han emitido un juicio ni reporte alguno, por lo que queda en entredicho la afirmación de Tierney. Este personaje acusó a la Smithsonian Institution y a otras autoridades arqueológicas de conducir una campaña de desinformación contra este descubrimiento. El Smithsoniano había declarado que la colección era un elaborado fraude. Según Tierney, los documentos sobre Acámbaro que se guardaban en esa institución han desaparecido, y ni utilizando el Freedom of Information Act, Tierney ha podido recuperarlos[9].

Tengo la sospecha que en todas estas pruebas de datación efectuadas por estos investigadores de lo insólito, se enviaron fragmentos de la cultura Chupícuaro y por eso los datos caen alrededor del año cero. La datación de la cerámica con carbono catorce no muestra la fecha de fabricación de los objetos. Hapgood no indica cuales fueron las muestras que envió para ser fechadas (¿pertenecían a la cultura Chupícuaro?, ¿eran figuras de dinosaurios?). En ese entonces la técnica aún estaba en desarrollo y se necesitaban varios gramos de una sustancia orgánica (no de una pieza de arcilla), para ser datados. Yo supondría que Hapgood envió fragmentos de huesos que seguramente nada tenían que ver con las figuras de dinosaurios.

Además, entre los creacionistas se toma en consideración las fechas de 1640 a. C. y 1110 a. C., pero pasan de largo de la más antigua 4530 a. C. ¿será porque el mundo se creo en el 4400 a. C., según los creacionistas?

PRUEBAS A FAVOR DE LAS FIGURILLAS

Además de los datos del carbono catorce y la termoluminiscencia, que en lugar de apoyar refutan la antigüedad de las figurillas de Acámbaro, sus proponentes aportan las siguientes pruebas.

1. Presencia de pátina y suciedad debida al tiempo.

Según Patton y Swift, “existen muchos testigos que vieron a Julsrud desenterrar las piezas de cerámica y confirman que los artefactos tenían pátina y suciedad”.

“En el proceso de manipulación de estas piezas, los autores han observado piezas que aún contienen suciedad dentro de los orificios e incluso algo de pátina sobre su superficie”.

Se dice que Hapgood asistió al descubrimiento de varias de estas figuras en condiciones tales que resultaba imposible haberlas enterrado hace 25 años, por lo menos. Una de las principales críticas de DiPeso era que en las figurillas no se observaba evidencia de haber estado enterrada o la pátina de la antigüedad. En realidad las figuras sólo tenían el matiz grisáceo proporcionado por el humo de cocción en un horno a menos de 500ºC. Ivan T Sanderson, el ufólogo y criptozoólogo, certificó la existencia de incrustaciones de tierra y arena y lo que parecían marcas de raíces. El mismo Sanderson dijo estar maravillado de la presencia de un Braquiosaurio, casi totalmente desconocido para el público por aquellos años.

“Esta figura es una cerámica negro pulido muy delicada. Es de aproximadamente unos 30 centímetros de alto. El asunto es que se trata de una representación perfecta de un braquiosaurio, conocido sólo en el Este de África y Norte América. Se han escrito sólo algunas líneas sobre el esqueleto en la literatura, pero sólo he visto una reconstrucción. Es exactamente como ésta”.

2. Imposibilidad de que un artesano pudiera fabricar las piezas

Justo esa variedad y belleza es lo que aducen como prueba que ningún campesino podría ser capaz de fabricarla con tal destreza y finura artística. Sólo una persona de gran cultura paleontológica, dicen, pudo conocer estas raras formas de vida. Tinajero cursó hasta el cuarto grado escolar y difícilmente podía leer o escribir (pero sí sabía sumar perfectamente, lo que no hacen sus críticos). No obstante, parece que hubo un grupo de artesanos, Tinajero entre ellos, que hacía estas figuras.

3. Necesidad de un horno

Para fabricar las figurillas de cerámica es necesario un horno abierto trabajando por largos periodos, incluso sin apagarse por días. Se dice que Odilón no tenía horno. Se afirma que nadie vio humo de las características intrínsecas a un horno abierto. No obstante se sabe que Tinajero y sus hijos restauraban las piezas que se habían fracturado. Otros artesanos, que vivían cerca de la Presa Solís, a unos 30 minutos de Acámbaro, fabricaban piezas al estilo Julsrud.

El profesor de secundaria Ramón Rivera afirma haber hecho una serie de entrevistas preguntando a los lugareños si sabían de la existencia de tales hornos, o de alguien que hubiera fabricado las figuritas de cerámica. Según sus resultados eso es imposible actualmente. La zona de Acámbaro era conocida por su alfarería policroma, perteneciente a la cultura Chupícuaro. Estos antiguos habitantes de la región poseían hornos. Actualmente el famoso pan de Acámbaro se fabrica en los antiguos hornos que los escritores de lo insólito fueron incapaces de ver.

4. Falta de combustibles

Acámbaro es actualmente un área seca y árida relativamente escasa de árboles. Para hacer las figuritas se debieron necesitar toneladas y toneladas de madera. Pero eso no era así a principios del siglo XX. Es más, toda la zona que rodea Acámbaro está llena de bosques frondosos.

5. Personas ajenas a Julsrud han desenterrado figuras del mismo tipo

Una de las principales críticas era que sólo Julsrud o sus allegados habían desenterrado figuritas de dinosaurios. Patton y Swift mencionan otros testigos.

Entre los testigos relacionados con Julsrud se encuentran su hijo, Carlos Julsrud (finado) y su nieto, Carlos Julsrud II (actualmente vive en León, Guanajuato), quienes afirmaron en su momento haber desenterrado figuras en compañía de su antecesor. Está también el contador Porfirio Martínez Espinosa, quien dijo que en su juventud desenterró figuritas al lado de Waldemar. Se menciona a don Carlos Perea, antiguo director del Museo de Arqueología de Acámbaro, de quien ya hemos hablado. Y finalmente, al médico Juan Antonio Villa Herrerón.

Martínez Espinosa llevó a Patton y Swift a El Chivo y les mostró el lugar en donde, años atrás, desenterró cientos de figuritas.

Herrerón dijo haber acompañado en dos ocasiones a Waldemar. Fueron al cerro El Chivo, cerca del lago, y en un terreno cubierto de hierbas y cactos, desenterraron cientos de piezas de alfarería, incluyendo algunos dinosaurios. Llenaron dos bolsas y cargaron el burro para regresar. Según él, el sitio en donde excavaron no estaba suelto. Esto ocurrió en la semana santa de 1951. Al regresar a la casa él y Waldemar se dedicaron a limpiar las figuritas.

Herrerón les dijo a los investigadores que a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, en México nadie conocía de dinosaurios. No existía información al respecto ni en revistas, diarios o películas. Lo que es cierto. También les dijo que el único esqueleto conocido era el de un brontosauro que se encontraba en la estación ferroviaria de Chupa (¿?), en la ciudad de México. También habló de que entre los dinosaurios de Julsrud se encontraban varios que tenían “espinas por toda la espalda”. Ésta era una prueba irrefutable para Swift y Patton porque no fue sino hasta 1922 que Stephen Czerkas dio a conocer esta particularidad en la anatomía de ciertos dinosaurios: las espinas dérmicas.

Fuera de estos personajes relacionados con Julsrud, Patton y Swift encontraron al mayor Altamirano, quien fuera el Jefe de la Policía de Acámbaro cuando Hapgood y Gardner excavaron en su estación en 1968. Según Altamirano ningún artesano local fabricaba las figuritas.

Otro policía, Ernesto Navarrete Marines, quien en los ochenta fue comandante de la Policía Federal del Municipio de Celaya, y que había sido entrenado en Scotland Yard, informó que en 1987 supo que un grupo de sospechosos estaban excavando en el cerro El Chivo, y que los objetos prehistóricos que encontraban eran llevados a Laredo, Texas, para canjearlos por armas en el mercado negro. Navarrete logró capturar a Jaime Aguirre y Raúl Hernández con más de 3,300 figuritas, entre las que pudo observar 9 de dinosaurios.

Ambos delitos, tráfico de armas y de piezas arqueológicas, son delitos federales. Se supone que Aguirre y Hernández fueron juzgados, declarados culpables y actualmente purgan una condena en la “prisión federal de la Ciudad de México” (sic). Las piezas de cerámica fueron entregadas al doctor Luis Mota Maciel quien era el Alcalde de Acámbaro[10]. Según Patton, si las piezas hubiesen sido falsas, los contrabandistas no hubiesen tenido que purgar esa condena.

Esta historia continuará…

Charles Hapgood en una de sus visitas a Acámbaro. (Mystery in Acambaro).

El mayor Altamirano, Jefe de la Policía de Acámbaro y dos de sus subalternos en una fotografía de la época de las excavaciones de Hapgood. (Municipio de Acámbaro)

Croquis del libro de Hapgood que muestra un corte de la estación de policía en donde se encontraron 43 piezas. (Mystery in Acambaro).

Carlos Julsrud le explicó a Gardner que él mismo acompañó en diversas ocasiones a su padre para desenterrar la cerámica. (Mystery in Acambaro).

Stanley Gardner, Hapgood y Carlos Julsrud (hijo de Waldemar) durante la segunda visita de Hapgood. (Mystery in Acambaro).

El famoso Earle Stanley Gardner, creador de Perry Mason.

Portada del libro de Stanley Gardner.

Perry Mason.

Info Journal.

Representación del Equus conversidans owen, un caballo del tamaño de un perro. (Scientific American)

Escenas de la construcción de la Presa Solís. Miles de toneladas de tierra fueron removidas. No se encontró una sola figura tipo Julsrud. (Municipio de Acámbaro).

Durante la construcción de la Presa Solís se encontraron diversos fragmentos de cerámica de la cultura Chupícuaro. (INAH).

Arthur M. Young (Arthur M. Young’s Foundation).

David Childress Hatcher, un ufólogo, criptozoólogo, astroarqueólogo, parapsicólogo, forteano… que prologó la nueva edición del libro de Hapgood, y que sostiene que los dinosaurios de Acámbaro son auténticos. (World Explorer Magazine).

La colección muestra dinosaurios, pero estos sólo representan un 6% o 7% del total de figuras. Otros motivos son figuras de supuesto arte egipcio, africano, asirio; platos, jarras, flautas y pipas, como las que se ven en esta foto y en las siguientes. (Contactos Extraterrestres).

A la derecha Don R. Patton y primer plano, Dennis Swift (fotografías de Patton).

Swift entrevistando al doctor José Antonio Villa Herrejón (fotografías de Patton).

Ernesto Navarrete Martínez (fotografías de Patton).

Patton y Porfirio Martínez Espinosa (fotografías de Patton).

Carlos Julsrud II al lado de la tumba de su abuelo.

Carlos Perea y Patton (fotografías de Patton).


[1] Hapgood H. Charles, Maps of the Ancient Sea Kings, 1966.[2] Hapgood H. Charles, Earth’s Shifting Crust, 1958, reeditado en 1970 con el título The Path of the Pole.

[3] Patton escribe: “Un año después, en 1955, Charles Hapgood visitó Acámbaro. Le acompañaba Gardner, antiguo abogado de Distrito en la Ciudad de Los Angeles, California y creador de Perry Mason”.

[4] Por su parte Childress escribe: “Después de dos expediciones al sitio en 1955 y 1968, el profesor Charles Hapgood, un profesor de historia y antropología de la University of New Hampshire, grabó los resultados de sus 18 años de investigación de Acámbaro en un libro de edición privada intitulado Mystery in Acámbaro”. Cosas tan elementales como una suma son de difícil manejo para los escritores de temas paranormales (de 1955 a 1968 no hay 18 años).

[5] Cuando escribí por primera vez sobre los dinosaurios de Acámbaro, me preguntaba sobre las supuestas pirámides de San Miguel Allende, cuya existencia desconozco. Pero ahora creo que todo se debe a una confusión de Hapgood. En 1949 las aguas de la Presa Solís cubrieron entre otros muchos pueblos, el de San Miguel, conocido como “Las ladrilleras”, en donde había unas pirámides en mal estado y en donde la gente continuaba una tradición milenaria de fabricar adobes y ladrillos en sus hornos.

[6] Patólogo forense, dice Patton, en otro de sus lapsus.

[7] Gardner Stanley Earle, Host with the big hat, página 234.

[8] Taylor and Berger, American Antiquity, Vol. 33, No. 3, 1968.

[9] Esto suena a historia de coverup ufológico.

[10] Patton escribe “Luis Moto”, un error, y también las fechas de (1978 a 1979), pero esto seguramente es otro error porque la historia que cuenta Navarrete ocurrió, supuestamente, en 1987. Lo más probable es que las fechas sean (1987 a 1989), pero aquí también se presenta otro problema. En ese entonces el doctor Luis Mota era el director del Museo de Acámbaro. En abril de 1989 yo hablé con él al respecto de la colección Julsrud. No me dijo nada de este cargamento confiscado, ni de que él también fuera el Alcalde de Acámbaro. Es más, Álex Chionetti y yo tratamos de contactar con el alcalde para que nos diera permiso de ver la colección, y claramente no era Luis Mota. El doctor Mota fue alcalde en el trienio de 1983 a 1985.