Fuego de San Elmo

FUEGOS DE SAN ELMO[1]

 

«I boarded the Kings’ ship; now in the beak,

Now in the waist, the deck, in every cabin,

I flamed amazement; sometimes I’d divide

And burn in many places; on the topmast,

The yards and bowsprit, would I flame distinctly,

Then meet and join.»

«He abordado la nave del rey «“dice Ariel en La Tempestad-, y ora sobre proa, ora en los costados, ora en cubierta, ora en las cámaras, por doquier he encendido el asombro. Tan pronto me dividía, y ardía entonces por aquí y por allá, y llameaba separadamente en el palo mayor, en el bauprés y en las vergas, como me reunía de nuevo juntando todas mis llamas»¦»

 

La Tempestad, Acto I, Escena 2[2]

 

San Elmo o San Erasmus (303 d. C.?, Formia, Italia) fue uno de los primeros obispos cristianos. Es el patrono de los marinos quienes lo asociaron románticamente al fuego de San Elmo (o San Telmo). Es uno de los mártires que constituye los «Catorce santos de ayuda», un grupo de santos venerados conjuntamente en la Alemania medieval. Fue obispo de Formia (antigua Formiae) donde murió martirizado, probablemente durante la persecución de cristianos por el emperador Diocleciano. De acuerdo con el Papa San Gregorio I el Grande, sus reliquias están en la catedral de Formia. Después de que los sarracenos destruyeron Formia en el 842, el cuerpo de Erasmus fue transferido a Gaeta (Italia). Varios actos espurios han embellecido la leyenda. De acuerdo con esto, él fue obispo de Siria y resistió milagrosamente las torturas de Diocleciano en Líbano y después fue guiado por un ángel a Formia. Se le confunde con el sirio San Erasmus de Antioquia (25 de noviembre), aunque algunos proponen que es la misma persona.

San Rudolf escribió la biografía de San Elmo hacia el año 1130. En su «Vida de San Elmo», escribe:

«Una noche de gran tormenta, San Elmo se dirigió a visitar al Obispo de Auvergne, Ranco, quien se encontraba en cama por enfermedad. Los discípulos de Elmo le acompañaban en el camino, pero era tal la oscuridad, que prácticamente estaban imposibilitados de seguir adelante.

«Elmo comenzó a encender una vela, lo cual sorprendió a sus discípulos ¿Acaso pretendía San Elmo que tal vela permaneciera encendida enfrentando semejante noche torrencial?

«Pese a las dudas de sus acompañantes, la lluvia que caía a cántaros y las ráfagas de viento no pudieron apagar la vela, y San Elmo logró llegar a su destino.»

Debido a esta leyenda, San Elmo ha sido adoptado como patrono de los marinos del Mediterráneo, quienes han visto el destello que acompaña a la descarga en cepillo que aparece sobre los mástiles de los barcos durante las tormentas. Elmo es la corrupción italiana de Erasmus (a través de Ermo), otras derivaciones etimológicas incluyen Ramus, Eramus, Ermo, Elm, Elme y Telmo. Este último es en realidad el pseudónimo adoptado por Pedro González, el cual los marinos españoles y portugueses veneran como patrón. De aquí que en Portugal el fenómeno se conozca como «Luces de Pedro». La fecha de veneración del santo es el 2 de junio. Este San Telmo es venerado en España, y especialmente en Sevilla. Nació en Astorga hacia 1190 y que murió en Tuy en 1246. Fue primero canónigo en Astorga para después ingresar en la orden dominica, donde destacó como predicador elocuente, sabiéndose que acompañó al rey Fernando III El Santo en sus conquistas. Se le representa en pinturas en donde el santo aparece en pie, revestido del hábito negro y blanco propio de los dominicos; lleva en su mano derecha una vela encendida, aludida a la luz que se considera como fuego de San Telmo, y en la izquierda una pequeña nave como símbolo de protección hacia los navegantes.

También se le ha llegado a conocer como San Nicolás y San Hermes, Corpusante o Corpus Santos.

Al fuego de San Telmo, fuego de San Elmo, feu Saint-Elme o St. Elmsfeur se le conocía con el nombre de Helena por los romanos, en el caso de que fuese una llama solitaria, y si la llama era doble, Cástor y Pólux. Creían que era el númen protector de Cástor y Pólux.

Séneca decía que eran estrellas que se posaban en los palos de los buques.

Julio César escribió en sus Comentarios de la guerra de las Galias:

«En el mes de febrero, alrededor de la segunda hora de la noche, apareció repentinamente una nube seguida de una tormenta de granizo, y en la misma noche las puntas de las lanzas de los soldados que pertenecían a la Quinta Legión, parecían estar en llamas».

Francesco Antonio Pigafetta, quien acompañó a Magallanes en su expedición (1519-1522), relata con gran viveza, la aparición de este fenómeno en el transcurso del viaje. El cronista del viaje escribe, en su «Relazione in torno al primo viaggio di circumnavigazione, noticia del Mondo Nuevo con le figure dei Paesa scoperti», lo siguiente:

«Aparecía en más de una ocasión el cuerpo Santo, esto es, Santo Elmo, como otra luz entre las nuestras, sobre la noche oscurísima; y de tal esplendor cual antorcha ardiendo en la punta de la gabia («¦) Cuando esa bendita luz determinaba irse, permanecíamos medio cuarto de hora todos ciegos, implorando misericordia y creyéndonos muertos ya».

Cristobal Colón, en su segundo viaje reportó uno de estos avistamientos:

«(Una) flama fantasma que danzaba entre nuestros marinos y que luego se quedó quieta como una vela quemándose brillantemente sobre el mástil… Cuando aparecía no había peligro».

Pocos años después Alvar Núñez Cabeza de Vaca sufrió tan fuerte impacto, al enfrentarse con uno de estos meteoros, que en su «Relación de los naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca», escribió:

««¦más estábamos cerca de la muerte que de la vida («¦) estuvimos pidiendo a Nuestro Señor misericordia y perdón de nuestros pecados».

En una nota de Francis Bacon sobre los trabajos de Plinio, afirmaba:

«Si es uno sólo, pronostica una tormenta severa, que puede ser todavía más intensa si la bola de fuego no esta adherida al mástil, sino que rueda y danza sobre él. Si hay dos de ellas, en el momento en que la tormenta se ha incrementado, se puede tomar como un buen signo. Pero si hay tres, seguramente la tormenta será terrorífica».

Charles Darwin escribió en una carta a J. S. Henslow que una noche cuando el Beagle estaba anclado en el estuario de Río de la Plata:

«Todo estaba en llamas, el cielo con sus relámpagos, el agua con sus partículas luminosas, y aún todos nuestros mástiles estaban coronados con una flama azul».

La aparición del Fuego de San Elmo se consideraba como un buen presagio, ya que comúnmente aparecía cuando la tormenta estaba amainando. Por eso se interpretaba como el resultado de las plegarias de los marinos dirigidas al santo.

En su novela Moby Dick, Herman Melville hace decir a Ismael:

«Todos los palos y las vergas estaban coronados con un fuego pálido, y al tocarse, tres relámpagos con tres anillos estrechos de flamas blancas, en cada uno de los tres mástiles, se quemaban en el aire sulfuroso, como gigantescos ciros en el altar… juro que en todos mis viajes nunca había oído que el dedo flamígero de Dios hubiera caído sobre la nave…»

Además de los mástiles de los barcos se les ha visto en las chimeneas, las torres y campanarios de las iglesias, las copas de los árboles y las cumbres de las montañas. Incluso se ha reportado en los cuernos del ganado, saltando de cuerno a cuerno. En el siglo XII un grupo de soldados vio como una «estrella» caminaba sobre los cuernos de un toro que se encontraba en una colina en la que luego se fundaría la ciudad de Teruel. En el escudo de la ciudad aparece la imagen del toro y la luz, recordando su origen.

Al iniciar la era de la aviación, el Fuego de San Elmo se trasladó de la tierra y los mares hacia el cielo. Ahora aparecía en los extremos de las alas, en las hélices y las antenas de los aviones. Incluso alteraba las comunicaciones de radio (efecto electromagnético).

Usualmente es de color púrpura, azul, blanco-azulado o blanco. La «flama» no desprende calor y dura unos minutos y hasta horas, pues no se consume. Algunos creen que el relato bíblico de la zarza ardiente, que no se consumía, pudiera tener un origen en este fenómeno. Ocasionalmente se reporta un ruido eléctrico. Lo que me recuerda que Moisés creía que Dios se comunicaba con él a través de la zarza; lo mismo que los extraterrestres hacían con Shraver a través del zumbido de su máquina de soldar.

Cuando Benjamín Franklin inventó el pararrayos se dio cuenta queel fenómeno aparecía en la punta de esos aparatos:

«Lejos de la nube y silenciosamente, antes de que estalle, en la punta se puede ver una luz como el corpuzante de los marinos».
En la novela San Elmo, escrita por Augusta Juana Evans, posteriormente a la Guerra Civil norteamericana, se narra la historia del santo. La novela fue tan popular que muchas poblaciones en los Estados Unidos fueron bautizadas con su nombre en Alabama, Tennessee, Georgia, California, Colorado, Illinois, Kentucky, Louisiana, Mississippi, Missouri, New York, Texas y Virginia. Augusta Evans era una firme antifeminista. En todas sus novelas, nunca fue más que una escritora mercenaria. Era tan superficial, moralista y pomposa que The New York Times se mofaba regularmente de ella, y una vez publicó una parodia de San Elmo, «San Twelmo».

Estos «fuegos» han provocado también pánico y leyendas en la imaginación popular. Pueden ser vistos, a veces, sobre los mástiles y las vergas de los barcos, sobre las torres de las iglesias, inclusive sobre las copas de los árboles, en días de tormenta. Este fenómeno era muy acentuado en los veleros, que generalmente llevaban varios mástiles y mucho aparejo. La aparición de esta luminosidad en la oscuridad era de efectos sorprendentes para los supersticiosos marinos de antaño, que desconocían la causa del fenómeno.

«Ciertas piezas de ropa, sobre todo las de nylon, acumulan electricidad estática en alguna cantidad; en la oscuridad produce una lluvia de chispas, por ejemplo al quitarse la ropa. A veces, estas ropas quedan rígidas o se mueven, pareciendo un «fantasma», aún cuando estén colgadas de las perchas, por efectos de pequeñas descargas eléctricas»- según el padre Óscar González Quevedo[3].

Existe una evidente e íntima conexión entre el más inofensivo de estos fenómenos flamígeros y los Cozmozants (o cuerpos santos) de electricidad estática que juegan en torno a los extremos de los mástiles de los barcos en alta mar. Esta carga estática fue la responsable de la catástrofe del Hindenburg. Se piensa que uno de los depósitos de gas, lleno de hidrógeno, había comenzado a dejar escapar su contenido antes de llegar al punto de amarre de Lakehurst. En los cientos de metros cuadrados de la superficie del gigantesco dirigible alemán, se había formado una gran carga de electricidad estática a causa de la fricción con el aire. Una chispa, producto de esa carga, produjo la ignición del hidrógeno[4].

LA DESCARGA EN CORONA

El fuego de San Elmo es un tipo especial de descarga eléctrica, llamada Descarga en Corona, que puede ocurrir en los objetos cuando el campo eléctrico cerca de ellos se incrementa por alguna razón. La descarga es luminosa y puede estar acompañada de un sonido audible. La Corona Eléctrica es un efluvio que se produce alrededor de los conductores cilíndricos, cuando se encuentran sometidos a una gran diferencia de potencial con respecto del aire ambiente[5]. La carga atmosférica induce cargas en los mástiles y estructuras elevadas. El resultado es una luminosidad esférica notable alrededor de aquellos puntos.

Los fuegos de San Elmo son de forma ovalada, inmóvil, de tamaño entre 10 y 40 centímetros y de color blanco o azul[6].

El fenómeno ocurre en las puntas de los objetos en donde la fuerza de potencial alcanza valores de cientos de volts por centímetro. Cuando el potencial es superior a esos valores, la corriente empieza a fluir, de acuerdo con la ley de Ohm, por lo que no se podrá observar el fenómeno. En un día normal la fuerza del campo eléctrico en la atmósfera es de alrededor de 1 volt por centímetro. Al inicio de la formación de un cumulonimbus (nubes de tormenta), el campo se incrementa hasta unos 5 volts por centímetro, y justo entes de la descarga de un relámpago el valor se eleva a miles de volts por centímetro. De ahí que el Fuego de San Elmo sólo aparezca cuando el campo eléctrico es muy elevado, esto es, en la vecindad de las tormetas o tornados. Se ha reportado, por ejemplo, la presencia del fenómeno en navajas, cuchillos y otros objetos filosos durante la aparición de tornados[7].

Estos fuegos por lo regular se relacionan con la acción de los cristales de hielo, nieve o granizo. Las colisiones de los cristales de hielo en las nubes, su rompimiento e interacción con gotas de agua subenfriadas produce descargas eléctricas que causan estática en la radio y frecuentemente descargas luminosas. El movimiento de torbellinos de partículas de humo, nubes de humedad y cristales de hielo, provoca cambios en el potencial y puede afectar el campo magnético.

El efecto corona es una luminiscencia debida a la recombinación de átomos ionizados por elevados campos electrostáticos. Es susceptible de manifestarse en la proximidad de conductores de energía eléctrica de alta tensión (220,000 volts), cuando la separación de los conductores (de 3 centímetros de diámetro) es inferior a los 5 metros, y las condiciones atmosféricas le son propicias (altos índices de humedad).

La corriente eléctrica fluye de los puntos que tienen un potencial más elevado a los de menor potencial. Sin embargo, cuando el potencial eléctrico del campo es lo suficientemente elevado, los electrones de las moléculas con un mayor potencial, adquieren la energía suficiente para escapar de la molécula y pueden colisionar con otras, sin ser capturados. Cuando ocurren las colisiones entre estos electrones libres, las moléculas ionizadas y las moléculas no ionizadas del aire, se produce una luminosidad. Cuando estas colisiones están confinadas a un volumen pequeño, como lo es las puntas de los mástiles o de otros objetos, la luminosidad puede hacerse visible como un destello azul o blanco.

Cerca de las puntas que se proyectan en la atmósfera, las líneas de fuerza eléctrica se reflectan de su posición normal y tienden a concentrarse en la punta. Cerca de este punto, la fuerza del potencial de campo eléctrico es considerablemente mayor que la de sus alrededores. Esta es la razón por la cual funcionan los pararrayos. Cuando se encuentran puntos con una elevación considerable sobre terrenos planos, el campo eléctrico en la punta puede alcanzar los 200 volts por centímetro y formar un Fuego de San Elmo. También esta es la razón por la cual es sumamente peligroso cruzar un terreno plano en época de tormenta: el cuerpo se transforma en un pararrayos.

Philip J. Klass, quien ha publicado varios trabajos para tratar de explicar los avistamientos de ovnis[8], estudió la oleada de Exeter, New Hampshire y quedó impresionado por la cantidad de observaciones que informaban de objetos vistos cerca de líneas de alta tensión. Exeter está lo suficientemente cerca de la costa como para que se forme sal en los cables de alta tensión, lo que facilita los efectos de la descarga en corona, dando lugar a la aparición de bolas luminosas de gas ionizado sobre los transformadores y líneas de alta tensión[9].

ALGO DE INGENIERÍA ELÉCTRICA

La siguiente sección se la puede saltar aquel lector que no tenga conocimientos de física. Puede retomar la lectura después de la tabla de plasmas. Recomendamos que los que manejen algo de física y deseen comprender un poco más el mecanismo de formación de los fuegos de San Elmo, lean los siguientes párrafos.

Como se ha visto, si un voltaje entre un conductor en una línea de transmisión excede un valor crítico, se produce un sonido como de siseo en el lugar en donde aparece un destello alrededor del conductor (corona). El voltaje crítico depende del diámetro del conductor, la rugosidad de la superficie y su distancia a otros conductores. La corona se produce por la ionización intermitente del aire que rodea al conductor, produciendo ondas de alta frecuencia y provocando pérdidas de energía e interferencia en radios y televisores cercanos (¡He aquí el famoso efecto electromagnético!). La única forma práctica de minimizar la corona es incrementando el diámetro del conductor. Al nivel del mar, por ejemplo, es necesario un diámetro mínimo de una pulgada, para una línea de 230 KV; de 1.5 pulgadas para una de 330 KV y de 2.5 pulgadas para otra de 500 KV. Los tamaños se deben incrementar a mayores alturas[10].

Se prefiere al aluminio para líneas conductoras de voltaje extra-alto, a pesar de que su conductividad es menor que la del cobre. La mala conductividad del aluminio resulta ventajosa porque se requiere un gran diámetro (especialmente con un centro de acero) para altos voltajes.

Dijimos que para 500 KV el conductor debe ser de 2.5 pulgadas o más. Tales conductores pesan cerca de 6 kilogramos por metro, por lo que son difíciles de manufacturar, trasladar e instalar. Para subsanar estas dificultades se instalan dos o más cables (llamados subconductores) de diámetro mucho más pequeño, espaciados un pie o más, en lugar de un solo conductor. Este arreglo conocido como haz de conductores, hace decrecer la impedancia de la línea e incrementa la capacidad de carga eléctrica en un 25% o más.

En términos generales los fuegos de San Elmo son plasmas. Un plasma es una colección de cargas positivas y negativas de igual densidad que forman una distribución neutra de materia. Pueden existir en sólidos (como electrones excitados en metales), en líquidos (como sales disueltas en agua), pero es más común relacionarlos con los gases. Se cree que aproximadamente el 99% de la materia en el universo se encuentra en esta forma. Se considera como el cuarto estado de la materia. Es un medio conductor, en general compuesto de electrones e iones positivamente cargados. Las auroras, relámpagos y arcos eléctricos (de soldadura) son plasmas.

En general un plasma es una mezcla compleja de muchos tipos diferentes de partículas en movimiento térmico rápido. Las propiedades básicas del plasma son independientes de sus propiedades químicas y están determinadas en primer lugar por las leyes de conservación de energía y momentum y por la conducta de los electrones. Se usan métodos estadísticos para estudiar los plasmas. La densidad (η) y la temperatura cinética (T) son los parámetros básicos. El promedio de la energía cinética por partícula es de 1.5 veces la constante de Ludwig Boltzman por T, o sea 3/kT. La presión está definida por ηkT. En equilibrio termodinámico todas las temperaturas son la misma e (ignorando las interacciones de partículas) la suma de las presiones cinéticas es la fuerza por unidad de área en el continente. Se puede hacer una clasificación básica de plasmas en términos de densidad electrónica (ηe), temperatura electrónica (Te) y grado de ionización, o fracción de plasma ionizado.

Uno de los parámetros más importantes asociado con los plasmas es la longitud de Debye, un concepto similar al introducido en 1923 por los químicos Meter W. Debye y Walter K. F. Huckel[11] en su teoría de los electrolitos fuertes. En un plasma la longitud de Debye es la máxima distancia en la cual una gran diferencia en el número de cargas positivas y negativas puede ocurrir. Esta es una constante (h) que es igual a 69 (Te/ηe)1/2 dada en metros. Para distancias mayores de h, existe una casi-neutralidad, pero para distancias menores, un ion positivo puede ejercer una fuerza sobre un electrón. Este fenómeno lleva a la definición cuantitativa del plasma: un gas ionizado es un plasma si la dimensión física del gas es mucho menor que h.

Cuando el plasma no está en equilibrio y, especialmente cuando tiene corrientes eléctricas (movimiento general de los electrones relativo a los iones positivos), la interacción de partículas dentro de la esfera que tiene un radio de Debye se explica mejor en términos de colisiones binarias equivalentes. Esto es, sí es posible sumar las muchas interacciones simultáneas entre las partículas dentro de tal esfera en tal forma que pueda representarse como una serie de eventos discretos solamente entre dos partículas. El número de tales eventos se llama «frecuencia de colisión».

La frecuencia angular (Wp) de las oscilaciones del plasma es igual al promedio de la velocidad térmica del electrón por H o:

Wp = 56(ηe)1/2 (en radianes por segundo)

A temperaturas del orden de 1,000,000 °K, los átomos han sido despejados de todos sus electrones y pueden ocurrir reacciones nucleares.

Los plasmas pueden emitir Bremsstrahlung (radiación por frenado de electrones en colisiones elásticas). La potencia (energía por unidad de volumen) radiada es proporcional a la raíz cuadrada de Te.

Cuando un electrón es capturado por un ion positivo, emite un fotón (luz). Esto se llama Recombinación radiativa.

Como hemos dicho, el 99% de la materia en el Universo se encuentra en estado de plasma. Esto no es una exageración, puesto que el Universo se generó de una violenta explosión que inicialmente consistió en una «bola de fuego» de plasma de hidrógeno completamente ionizado.

En la siguiente Tabla podemos ver los diferentes tipos de plasmas que se encuentran en el Universo, junto con su densidad electrónica (ηe) y temperatura electrónica (Te).

PLASMA ηe (1/m3) Te (°K)
Sol    
Centro 1031 1.5 x 107
Fotosfera 1020 4,200
Cromosfera 1017 a 1020 5 x 105
Corona 1013 1.5 x 106
Viento solar (cercano a la Tierra) 5 x 106 4 x 105
     
Espacio Interestelar    
Regiones H II 106 104
Regiones H I 102 100 a 125
     
Espacio Intergaláctico 1 3
     
Tierra    
Magnetosfera exterior 107 a 106 104
Plasmosfera 1010 a 109 104
Ionosfera 1011 a 1012 250 a 3,000
     
Metales 1028 104

Continuará…

Portada de La tempestad en donde podemos ver a Ariel.

Varias representaciones de San Telmo. En este caso se trata del dominico Pedro González.

Busto de Diocleciano.

San Gregorio I El Grande.

Estatuas de Cástor y Polux en Roma.

Busto de Séneca.

Busto en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Julio César reportó haber observado Fuegos de San Elmo durante la guerra de las Galias.

Retrato de Magallanes en la Torre de Oro, Sevilla. El marino fue otro de los testigos del fenómeno eléctrico, durante su viaje de circunnavegación al mundo.

Museo de la Marina de Lisboa. Cristóbal Colón.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca y un busto del marino.

Science Museum de Londres. Roger Bacon.

Dos dibujos de Plinio.

Charles Robert Darwin, en una fotografía de 1860. El naturalista inglés vio el fenómeno durante su famoso viaje en el Beagle

J. S. Henslow, corresponsal de Darwin.

Retrato de Herman Melville por A. W. Twitchell, 1847. En su famosa novela, Moby Dick, relata un episodio de corpo santo.

Otro retrato de Melville.

Probablemente en el origen de la ciudad de Teruel se encuentre un fenómeno del tipo de Fuego de San Telmo. Su escudo puede ser prueba de ello.

Dos dibujos del famoso experimento de Benjamín Franklin que daría lugar a la invención del pararrayos y a la posterior comprensión del Fuego de San Elmo como un fenómeno electromagnético.

El padre y parapsicólogo Óscar González Quevedo.

Explosión del Hindemburg provocada por la electricidad estática.

Philip Klass inició su carrera de escéptico profesional explicando los avistamientos de New Hampshire como producto del efecto corona sobre las líneas de alta tensión.

El famoso físico alemán Ludwig Boltzman.

Fotos de Fuegos de San Elmo en el laboratorio.


[1] Este artículo se publicó como Ruiz Noguez Luis, Fuegos de San Elmo, Cuadernos de Ufología, No. 9-10, 2da Época, Santander, sept.-dic. 1990, págs. 153-157.[2] Shakespeare William, Obras completas, La Tempestad. Planeta Agostini, 1990.[3] Quevedo González Óscar, ¿Qué es la parapsicología?, Colección Esquemas No. 98, Editorial Columbia, Séptima edición, Buenos Aires, 1973, páginas 50-51.

[4] Harrison Michel, Fuego en el cielo, Ediciones Martínez Roca, Colección Fontana Fantástica, Barcelona, 1980, páginas 49-50.

[5] Loeb B. Leonard, Electrical coronas. Their basic physical mechanisms, University of California Press, 1965.

[6] Robiou Lamarche Sebastián, Posibles ambigüedades sobre OVNIs, Stendek, Año IV, No. 13, junio 1973, páginas 18-21.

[7] Coffman A. John & Browne R. William, Corona chemistry, Scientific American, june, 1965.

[8] Klass J. Philip, Plasma theory may explain many UFOs, Aviation Week and Space Technology, Vol. 75, No. 23, 22 august de 1961, p. 52.

Klass J. Philip, Many UFOs are identified as plasmas, Aviation Week and Space Technology, Vol. 75, No. 23, 22 august 1961, p. 52.

Klass J. Philip, UFOs: Identified, Random House, New York, 1968.

Klass J. Philip, UFOs: Explained, Random House, New York, 1974.

Klass J. Philip, «letter», Astronautics and aeronautics, October 1975, p. 4.

Klass J. Philip, UFOs. The public deceived, Prometheus Books, New York, 1983.

[9] Hourcade W. Milton, Fenómeno OVNI desafío a la Ciencia, Ediciones de la Plata, Colección Periodismo y Testimonio, Montevideo, 1978.

[10] Barthold L. O. & Pfeiffer H. G., High voltage transmissions, Scientific American, may, 1964.

[11] Debye W. Peter & Hückel K. F. Walter, Physikalische Zeitschrift, No. 24, 1923, p. 185 y 305.

Magica Sexualis

MAGICA SEXUALIS

Mystic Love Books of Black Arts and Secret Sciences

By Emilie Lauret & Paul Nagour

First Edition 1934

Esta rara publicación sigue teniendo su pasta púrpura ilustrada original en EXCELENTES condiciones para su antiguedad (el color del lomo se ha descolorado). El libro tiene 275 páginas y varias placas inusuales de imágenes de Magica Sexualis. El libro mide 6.5″ x 10″.

http://cgi.ebay.com/PRACTICAL-MANUAL-OF-SEXUAL-RITUALS-IN-BLACK-MAGIC-1934_W0QQitemZ280031395851QQihZ018QQcategoryZ2201QQssPageNameZWDVWQQrdZ1QQcmdZViewItem?hash=item280031395851

El soldado filipino (Final)

EL TRIBUNAL DEL SANTO OFICIO DE LA INQUISICIÓN

Aquí se nos presenta una nueva vertiente de investigación. ¿Hay algún registro de este evento en los archivos de la Inquisición? Hagamos un poco de historia.

El primer antecedente del Santo oficio en tierras americanas se presenta aún antes de la caída de Tenochtitlán. En 1520 Hernán Cortés promulga sus Ordenanzas contra blasfemos. Dos años después, los primeros frailes en territorio mexicano realizan actividades, que le corresponderían a la Inquisición, en contra de los herejes.

En 1530 Nuño Beltrán de Guzmán inicia el proceso por idolatría contra el señor de los tarascos, Caltzontzin. Pero la inquisición como tal no se instauraría en territorio mexicano sino hasta 1571.

El inquisidor general de España, el cardenal Adriano de Utrecht, delegó su autoridad en don Alonso Manso, obispo de Puerto Rico y en fray Pedro de Córdoba, viceprovincial de los dominicos en las Indias, quien vivía en Santo Domingo, la Española. Este último comisionó al fraile franciscano Martín de Valencia para que usara sus poderes inquisitoriales en la Nueva España, mientras no hubiera un prelado dominico.

Este Martín de Valencia ejecutó por idólatras a cuatro indios nobles tlaxcaltecas hacia 1524. En el 26 llegaron los primeros dominicos y entonces el cargo de inquisidor pasó a fray Tomás Ortiz, y al año siguiente a fray Domingo de Betanzos, quien estuvo muy activo durante el año en que presidió el tribunal (mayo 1527 a septiembre de 1528).

A Betanzos le siguió fray Vicente de Santa María quien realizaría el primer auto de fe en la Nueva España (octubre de 1528), en donde fueron quemados por herejes Hernando Alonso y Gonzalo de Morales.

Apenas un año antes, el 12 de diciembre de 1527, el emperador Carlos V propuso a la Santa Sede a Juan de Zumárraga, para que ocupara el obispado de México. Aunque llegó a México en 1928, no fue reconocido por el papa hasta 1534. A partir de entonces fungió como juez eclesiástico «ordinario», pero no como «inquisidor». Fue hasta el 27 de junio de 1535 que el presidente del Consejo Supremo de la Inquisición le concedió el título especial de inquisidor apostólico, título que le sería revocado en 1543.

Zumárraga quemó vivo a don Carlos Chichimecatecuhtli, cacique de Texcoco y descendiente en línea directa de Nezahualcoyotl, el 30 de noviembre de 1539.

El emperador otorgó el cargo de «visitador» e inquisidor apostólico al licenciado Francisco Tello, en 1543, motivo por el cual se le revocó el mismo título a Zumárraga. Tello estuvo en la Nueva España de 1544 a 1547, cuando regresó a España. A partir de ese año y hasta 1571 las actividades inquisitoriales serían asumidas por obispos e incluso frailes.

No fue sino hasta 1571 en que Felipe II creó oficialmente el Tribunal del Santo Oficio en México mediante la real cédula del 25 de enero de 1569, complementada por la del 16 de agosto de 1570.

La jurisdicción de este nuevo órgano comprendía toda la Nueva España, Guatemala, Nicaragua y las Filipinas. En ese entonces el inquisidor general de España era don Diego de Espinosa, cardenal obispo de Sigüenza. Este designó a don Pedro Moya de Contreras y al licenciado Juan de Cervantes como inquisidores del tribunal en la Nueva España, y para los cargos de secretario del secreto y fiscal a Pedro de los Ríos y al licenciado Alonso de Bonilla.

Eran tiempos del virrey Martín Enríquez. La inquisición se estableció en el monasterio de Santo Domingo. El 4 de noviembre de 1571 se ofició la misa y ceremonia por la que se daba por instaurada la Santa Inquisición en México.

El primer auto de fe oficial fue en septiembre de 1569, en donde se «dio por libre» a don Pedro Juárez de Toledo, acusado de hereje en Guatemala y muerto en 1569. En el acto se le restituyó de su honra y sus bienes pasaron a sus descendientes.

En ese mismo auto de fe fueron «relajados en persona» (condenados a muerte) cinco ingleses.

El sexto auto de fe se realizó el 24 de febrero de 1590. Los miembros de la familia de don Luis de Carvajal «el Viejo» (gobernador de Nuevo León), fueron condenados por judaizantes.

El auto de fe más notable del siglo XVI en México, se celebró el 8 de diciembre de 1596. En él se quemaron a nueve reos (cinco de ellos de la familia de Carvajal), de un total de cuarenta y nueve procesados:

«Fue cosa maravillosa la gente que concurrió a este auto famoso y la que estuvo en las ventanas y plazas hasta las puertas de las casas del Santo Oficio para ver este singular acompañamiento y procesión de los relajados, penitenciados que salieron con sogas y corozas de llamas de fuego (pintadas) y una cruz verde en las manos, llevando cada uno de éstos un religioso a su lado para que le exhortase a bien morir, y un familiar de guarda. Los reconciliados judaizantes con sambenitos»¦; los casados dos veces, con corozas pintadas significadoras de sus delitos; las hechiceras, con corozas blancas, velas y sogas; otros por blasfemos, con mordazas en las lenguas, en cuerpo, descubiertas las cabezas y velas en las manos»¦ y los dogmatistas y enseñadores de la ley de Moisés»¦ con sus caudas sobre las corozas retorcidas y enroscadas, significando las falsas proposiciones de su magisterio y enseñanza».

La Inquisición en México continuaría hasta las primeras décadas del siglo XIX, cuando serían enjuiciados Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos.

En los archivos de la inquisición de la Nueva España, que abarcaba y tenía jurisdicción sobre las islas Filipinas, no hay referencia alguna a un soldado filipino que haya sido embarcado en Acapulco para ser reintegrado a la sociedad filipina, luego de aparecer misteriosamente en el Zócalo de la Ciudad de México.

No creo que la Santa Inquisición hubiese dejado escapar la oportunidad de «relajar en persona» y quemar vivo a un soldado que, de seguro, había viajado por artes del maligno más de quince mil kilómetros «en menos de lo que canta un gallo».

De la misma opinión es don Artemio del Valle Arizpe cuando escribe en tono de sorna:

¡Señor! Ni una sola vez lo descoyuntaron, ni le retorcieron el cuerpo, ni le pegaron en los hierros candentes, ni le aplastaron los pies entre los torniquetes, ni le quebraron un solo hueso, ni el más pequeño, ¡caramba!, ni le desgarraron las carnes a azotes ni siquiera le hicieron tragar unos cuantos cuartillos de agua; nada, nada, sino que lo sentenciaron a que volviera a Manila, no ya con la violenta rapidez con que se trasladó a la Nueva España, en solo una noche, sino en el galeón que iba a zarpar en esos días del puerto de Acapulco. ¡Vaya una sentencia! ¡Para eso más valía que ni lo hubiesen aprehendido! ¡Lástima!

ARMANDO EL ROMPECABEZAS

Al caer Tenochtitlan en manos de Hernán Cortés, se funda el virreynato de la Nueva España (1535), cuya capital natural lo sería la ciudad de México, sede de la corte virreinal.

Hacia 1579 todo el territorio de la Nueva España, que iba desde Colombia hasta la Alta California, estaba poblado por 3, 445,000 habitantes y en todo el valle de México no habría más de 300,000.

Los sucesos y noticias que se daban en el centro del virreinato eran rápidamente conocidos por todos.

En 1559 (24 de septiembre) el Rey Felipe II ordenó al Virrey Luis de Velasco I que enviara una expedición hacia las Filipinas. El rey español conocía perfectamente que esos territorios caían en la demarcación portuguesa según el Tratado de Tordesillas, pero a pesar de ello quería consolidar su dominio por aquellas tierras, aprovechando que no había portugueses, con el fin de tender un puente comercial con China. Para eso era necesario encontrar una ruta de retorno hacia Nueva España: el llamado Tornaviaje.

Cinco de esas expediciones habían fracasado hasta que se decidió utilizar los servicios del padre Andrés de Urdaneta Cerain, el máximo experto náutico de aquellos días.

La nueva expedición, al mando de Miguel López de Legazpi y André de Urdaneta, partió del puerto de La Navidad, en Nueva España, el 21 de noviembre de 1564, llegando a las Filipinas el 13 de febrero del año siguiente.

Luego de explorar esas tierras y reparar la nao San Pedro y dejar un emplazamiento en Cebú para preparar la conquista, partieron nuevamente con rumbo a la Nueva España el 1 de junio de 1565. 7,644 millas los separaban del Nuevo Mundo: el viaje más largo realizado hasta entonces. Llegaron al puerto de Acapulco el 8 de octubre de 1565.

Pocos años después, tras la conquista de las Filipinas, esa ruta sería la que seguiría la famosa «Nao de China» que mantuvo el contacto comercial entre México y Filipinas hasta 1815, año en que zarpó el último galeón de Manila.

Para 1593 la ruta del oriente era ya una realidad, aunque ese año, como lo dice el doctor Antonio de Morga, no llegó ninguna «Nao de China» al puerto de Acapulco pues los dos barcos que había mandado el gobernador Das Mariñas, el San Felipe y el San Francisco, tuvieron que regresar al puerto de Sebu debido al mal tiempo. Luego vino el asesinato de Das Mariñas y los problemas por su sucesión, lo que fue alargando el tiempo para que se reestableciera la comunicación. La noticia de la muerte de Das Mariñas fue conocida antes en España, debido a la ruta normal vía la India. En México se conocería hasta el año siguiente, cuando llegaron las nuevas Naos de China. Es decir, no es cierto, como apunta don Luis González que en «la ciudad de México se enteraran de la muerte del gobernador, aún antes de que lo supiera la propia ciudad de Manila».

Dice el cronista que el soldado filipino «había estado en servicio en la isla capital la noche del 24 de octubre». A la mañana del día siguiente inexplicablemente se encontraba en la Plaza Mayor de la ciudad de México contando la historia de la muerte de Das Mariñas, ocurrida esa misma noche, como dice don Artemio del Valle Arizpe: «En la punta de Santiago y el día 25, el viento del este estrechó a la galera capitana a abandonar a las demás»¦ había tenido muerte airada en el mar, tal y como lo contó aquel extraño soldado que en la mañana del 25 de octubre».

En efecto, Gómez Pérez Das Mariñas había salido del puerto de Cavite el 17 de marzo y había llegado a Punta Azufre, a 24 leguas de distancia de Manila, la noche del 24, misma en que fue asesinado. Pero ese dato no se conocería en Manila sino hasta los siguientes días. Cualquier soldado que hubiese estado de guardia en Manila la noche del 24, no podría conocer esos datos.

Lo que ya se sabía tanto en España, Nueva España y las Filipinas fue que el gobernador había hecho un testamento (registrado en Manila el 30 de septiembre de 1592, un año antes de su muerte). No es raro suponer que fray Gaspar de San Agustín conoció la existencia de ese documento.

Pero no se les puede culpar de error, y mucho menos de engaño, a los cronistas mexicanos (González y del Valle), ya que ellos simplemente estaban transmitiendo una «tradición» (una leyenda). Ese era un género literario muy socorrido a finales del siglo XIX en el que se mezclaban la verdad y la fantasía, la novela y la historia. Incluso el mismo González Obregón nos dice que es un «cuento»:

En antiguos pergaminos hemos encontrado este acontecimiento poco conocido, y certificado por muy graves autores, insignes por su veracidad y teologías. Pero vamos al cuento…; esto es, a la historia.

En lo que sí se equivoca don Luis González es que don Antonio de Morga nunca mencionó al soldado filipino. Y muy probablemente también comete un error cuando escribe: «»¦ un soldado con el uniforme de los que residían en las islas Filipinas». Estas islas, junto con sus soldados, pertenecían al virreynato de la Nueva España y todos los militares poseían el mismo uniforme.

Pero la historia del soldado filipino no fue conocida en México sino hasta el siglo XX con la publicación del libro de don Luis González, Las calles de México. Los 300,000 habitantes de la capital de la Nueva España nunca tuvieron referencias de tan gran portento.

Ni la misma Inquisición se ocupó nunca de ese caso. En 1590 quemaron a don Luis de Carvajal «el Viejo», y hasta 1596 hubo otro acto de fe donde fueron procesados 46 acusados, y nueve de ellos fueron quemados vivos.

No hay ningún dato en los archivos del Santo Oficio que mencione al soldado filipino. El único que da cuenta de él es fray Gaspar de San Agustín, quien al parecer fue el que inventó la historia y quien escribió del asunto en 1698, casi un siglo después de los supuestos hechos. ¿De dónde sacó ese cuento? No lo sabemos, pero tres años antes de publicar su «Conquista de las Filipinas», en Londres apareció el libro Misceláneas, escrito por John Aubrey, quien escribió:

«Un caballero conocido mío, Mr. M, se encontraba en Portugal en 1655, cuando un hombre fue quemado en la hoguera por la Inquisición al asegurar que había sido trasladado a aquel país europeo desde Goa, en las Indias Orientales, en un plazo de tiempo increíblemente corto».

Una historia prácticamente idéntica a la contada por fray Gaspar de San Agustín, sólo cambian los lugares y las fechas (y el desenlace del protagonista). ¿Fue esta nota la que inspiró al sacerdote racista? Tal vez, pero de eso se tendrán que ocupar los investigadores portugueses hurgando en los archivos del Santo Oficio.

REFERENCIAS

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Calderon J. Carlos, Cambios y persistencias en la mentalidad nobiliaria gallega en el tránsito de la Edad Media a la Moderna según la literatura testamentaria: un estudio comparativo, Cátedra, Vol. I, Universidad Nacional del Comahue, Centro de Estudios Clásicos y Medievales, Argentina, Neuquén, 2002, págs. 101-125.

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Jessup Morris Karl, El caso de los OVNIs, Populibros La Prensa, México, 1956, págs. 169-172.

Jiménez Rueda Julio, Herejías y supersticiones en la Nueva España (Los heterodoxos en México), México, 1946.

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Morris Karl Jessup.

El caso de los ovnis, edición mexicana.

Luis González Obregón.

Don Luis González al final de sus días.

Las calles de México.

El soldado filipino.

Don Artemio de Valle Arizpe.

Historia, tradiciones y leyendas de calles de México.

Arcabucero español de la colonia.

El primer mapa de la ciudad de México fue mandado confeccionar por Hernán Cortes y aparece en sus Cartas de Relación de 1524.

El códice Osuna muestra la forma en que se hicieron los trabajos de cimentación de la catedral de México, en la Plaza Mayor.

El valle de México hacia 1519, tal como se muestra en este mapa francés de 1754.

El Tecpac Calli dibujado en el códice Osuna. En el zócalo de la ciudad de México.

Mapa de la ciudad de México basado en el de Cortés, del siglo XVI.

Tenochtitlan y el lago de México.

La ciudad de México aparece así en el Insularium de Benedetto Bordono (1528).

El valle de México según Camelli Carreri en su Giro del Mondo.

La ciudad de México en el mapa de Juan Bautista Ramusio.

La ciudad de México hacia 1683.

El Virrey Luis de Velasco, virrey de la Nueva España.

El mapa de Upsala de 1555.

Plaza Mayor de la ciudad de México hacia 1562-1566.

El Zócalo o Plaza Mayor hacia 1596.

Mapa de la ciudad de México en 1628, de Juan Gómez de Trasmonte.

Biombo que muestra el Palacio Virreynal hacia el siglo XVII.

La Plaza Mayor en una pintura de Villalpando de 1695.

Escudo de la Inquisición.

El Zócalo en 1834.

El Zócalo en 1847.

Legazpi, Urdaneta y Martín de Rada en las islas Filipinas, grabado de «Conquista de las islas Filipinas», de Gaspar de San Agustín.

Plano del puerto de Acapulco hacia el siglo XVI.

El puerto de Acapulco a mediados del siglo XIX. Del «Atlas Pintoresco» de García Cubas.

El «doctor» Cardeñosa dictando cátedra.

Ya de todos es conocido el resultado del juicio interpuesto por Pedro Amorós Sogorb contra Javier Ruiz Cavanilles, Pedro José Ramírez Codina, Benigno Camañas Sanz y Unidad Editorial S.A. y Mundinteractivos S.A., el famoso «Juicio de las caras de Bélmez». Fernando L. Frías Sánchez (Yamato) lo explica paso a paso en su blog El fondo del asunto, en tres artículos titulados «La madre de todas las sentencias».

http://yamato1.blogspot.com/2006/09/la-madre-de-todas-las-sentencias.html

http://yamato1.blogspot.com/2006/09/la-madre-de-todas-las-sentencias-2-el.html

http://yamato1.blogspot.com/2006/09/la-madre-de-todas-las-sentencias-3-el.html

También se ha ocupado del caso Ricardo Campo en Mihterioh de la siensia: «La sentencia de Bélmez como paradigma de Paranormalandia».

http://mihteriohdelasiensia.blogspot.com/2006/09/la-sentencia-de-blmez-como-paradigma.html

Y Josué Belda (Asigan), en Paranormalidades: «La (famosa) sentencia del (famoso) caso».

http://paranormalidades.blogspot.com/2006/09/la-famosa-sentencia-del-famoso-caso.html

Mauricio José Schwarz en El retorno de los charlatanes: «La crítica no es ilegal, dice el tribunal».

http://charlatanes.blogspot.com/2006/09/la-crtica-no-es-ilegal-dice-el.html

El Pez (Javier Armentia) en Por la Boca Muere El Pez: «El juicio de lo de Bélmez».

http://www.javarm.blogalia.com/historias/42983

Y finalmente El amo del calabozo en Laberinto posmoderno: «Sentencia Amorós-Cavanilles».

http://laberintoposmo.blogalia.com/historias/43007

Lo que ninguno de ellos pudo conseguir fue la foto de Bruno Cardeñosa «dictando cátedra» sobre los aspectos jurídicos del caso y enmendándole la plana a la Jueza María Begoña Calvet y Miró. Gracias a un marcianito paparazzi logramos esta foto exclusiva que ahora compartimos con nuestros lectores.

El soldado filipino (y 2)

RASTREANDO EL ORIGEN DE LA HISTORIA

Valle Arizpe, con su estilo recargado imitando la forma de escribir de la colonia, no nos proporciona mayor información, pero su antecesor, don Luis González, sí. Este cronista menciona a don Antonio de Morga Alcalde de las Causas Criminales de la Real Audiencia de la Nueva España y Consultor del Santo Oficio, y a su libro, Sucesos de las islas Filipinas. Esta obra fue publicada en México en 1609 («En casa de Geronymo Balli. Ano 1609. Por Cornelio Adriano Cesar«). El libro fue dedicado a don Cristóbal Gómez de Sandoval y Rojas, Duque de Cea.

Zaragoza hizo una reimpresión en Madrid, 1887 (No. 2658, del Catalogo de la librería del Padre Vindel); Rizal la tradujo al francés, Paris, 1890; y Lord Stanley al inglés, Londres, Hakluyt Society edition, 1868. Fue reeditado en 1907 por Emma H. Blair y James Alexander Robertson en su The Philippine Islands, 1493-1898, una enciclopedia en la que publican 55 volúmenes de obras dedicadas a la historia de las Filipinas. El libro del doctor Morga constituye los volúmenes 15 y 16 de la obra de Blair y Robertson.

El libro es importante porque Morga era un observador agudo que describe los asuntos diarios y comunes en las islas. Al ser un funcionario real, no tiene limitaciones y comenta las fuerzas y debilidades de los gobernadores de las islas.

En su introducción escribe Morga:

Pasé ocho años en las Islas Filipinas, los mejores años de mi vida, sirviendo continuamente como teniente del gobernador y capitán general, y, tan pronto como se estableció la Audiencia Real de Manila, en la oficina del interventor, la cual fui el primero en ocupar. Y deseoso que los asuntos de esas islas sean conocidos, especialmente los que ocurrieron durante mi estancia en ellas, he escrito estos temas en un libro de ocho capítulos, remontándolos hasta su origen cuando fue necesario. Los primeros siete capítulos contienen una descripción de los descubrimientos, las conquistas, y de otros acontecimientos en las islas y los reinos y provincias vecinos, que ocurrieron durante la época de cada uno de los gobernadores hasta que la muerte de don Pedro de Acuña. El octavo y último capítulo contiene un breve resumen de la naturaleza de estas regiones, de sus habitantes, de la manera de gobernarlos y convertirlos, y de otros detalles…

La obra, como ya se ha dicho, consta de ocho capítulos. Los primeros siete capítulos del libro se ocupan de los «descubrimientos, conquistas, y de otros acontecimientos… hasta la muerte de don Pedro de Acuña». El octavo, de los naturales, del gobierno, de la conversión, y de otros detalles.

Los títulos de cada capítulo son:

CAPÍTULO PRIMERO

De los primeros descubrimientos de las islas Occidentales; del viaje del Adelantado Miguel López de Legazpi; la conquista y el pacificación de las Filipinas durante su gobierno, y de Guido de Labazarris, quien ayudó al gobierno.

CAPÍTULO SEGUNDO

La administración del doctor Francisco de Sande, y los acontecimientos de las Islas Filipinas durante su mandato.

CAPÍTULO TERCERO

De la administración de don Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, y de Diego Ronquillo, quien tomó el mando debido a la muerte del anterior.

CAPÍTULO CUARTO

De la administración del doctor Santiago de Vera, y del establecimiento de la Audiencia de Manila, hasta su supresión; y de los acontecimientos durante este periodo.

CAPÍTULO QUINTO

De la administración de Gómez Pérez Das Mariñas, y del Licenciado Pedro de Rojas, quien fue elegido por la ciudad de Manila para actuar como gobernador, a causa de la muerte del anterior, hasta que don Luis Das Mariñas fue recibido como el sucesor de Gómez Pérez, su padre.

CAPÍTULO SEXTO

De la administración de don Francisco Tello, y del segundo establecimiento de la Audiencia de Manila; y lo ocurrido durante el período de esta administración.

CAPÍTULO SÉPTIMO

Del gobierno de don Pedro de Acuña, gobernador y presidente de las Filipinas, y de lo que ocurrió durante su administración, hasta su muerte en junio del año mil seiscientos seis, después de su regreso a Manila desde Molucas, donde conquistó las islas del rey de Terrenate.

CAPÍTULO OCTAVO

Relación de las Islas Filipinas y sus nativos, antigüedad, costumbres y gobierno, tanto en su periodo de paganismo como después de ser conquistados por los españoles, y otros detalles.

Para los fines de este artículo sólo el capítulo V es importante. En él, Morga se ocupa del fallecimiento de Gómez Pérez Das Mariñas y los interinatos de Pedro de Rojas y Luis Pérez Das Mariñas.

La administración de Das Mariñas se caracterizó por su gran energía y entusiasmo. La construcción del muro de Manila y otras fortificaciones, el edificio de galeras, la regulación del comercio, las diferentes pacificaciones, la reconstrucción de Manila, y el inicio de negociaciones con Japón, son todas parte de su administración.

Después de su muerte, comenzó la competencia por su puesto, ya que el gobernador había asegurado a varias personas que las designaría en caso de su muerte. Especialmente a Estevan Rodríguez de Figueroa, hombre rico de Pintados, al que le «había mostrado una declaración firmada en su favor». En Manila, Pedro de Rojas, teniente y asesor, es elegido gobernador en el ínterin, pero después de cuarenta días Luis Pérez Das Mariñas toma la oficina en virtud de un documento firmado a su favor. La noticia de la muerte de Das Mariñas fue conocida en España a través de la India.

Las partes más sobresalientes de ese quinto capítulo son:

CAPÍTULO QUINTO

De la administración de Gómez Pérez Das Mariñas, y del Licenciado Pedro de Rojas, quien fue elegido por la ciudad de Manila para actuar como gobernador, a causa de la muerte anterior, hasta que don Luis Das Mariñas fue recibido como el sucesor de Gómez Pérez, su padre.

Tan pronto como Gómez Pérez Das Mariñas llega a las Filipinas, lo reciben como gobernador por aclamación popular. Suprimió la Audiencia, y las residencias de su presidente, interventores, fiscales, y otros funcionarios fueron tomadas por Licenciado Herver del Coral, a quien el Virrey don Luys de Velasco[1] había enviado para ese propósito, en virtud de un decreto real recibido a ese efecto. El nuevo gobernador inauguró su mandato estableciendo la paga de la guarnición, y ejecutando, con gran entusiasmo y celo, muchas y varias cosas, para las cuales poseía órdenes e instrucciones reales, sin retraerse de otro tipo de trabajos, y tomándolos a su cargo. Su primer trabajo fue el amurallado de la ciudad, lo cual atendió de forma asidua, que casi fue terminada antes de su muerte. También construyó una caballeriza sobre el promontorio de Manila en donde estaba la vieja fortaleza de madera, a la que llamó Santiago, y la fortificó con artillería. Destruyó los cimientos del fuerte de Nuestra Señora de Guía, que su precursor había construido; construyó de piedra la catedral de Manila, y animó a los habitantes de la ciudad que poco antes habían comenzado a construir, a que perseveraran en la construcción de sus casas de la piedra, un trabajo que el obispo fue el primer en comenzar al edificar su casa. Durante su mandato aumentó el comercio con China, y reguló mejor la navegación con Nueva España, y despachó navíos en esa línea. Construyó algunas galeras para la defensa de la costa, pacificó a los Zambales, que se habían rebelado, y ordenó a su hijo don Luys Das Mariñas, de la orden de Alcántara, que hiciera una incursión con las tropas de Manila al interior de la isla de Luzón, cruzando el río Ytui y otras provincias todavía no exploradas o vistas por los españoles, hasta llegar a Cagayan. Construyó también una fundición de artillería en Manila, con fundidores expertos, pero resultaron pocas piezas mayores.

En el primer año de su administración, envió al presidente y a los interventores de la recién suprimida Audiencia a España. El Licenciado Pedro de Rojas, el interventor mayor, permaneció con el gobernador por orden de su majestad, como teniente-asesor en materias de justicia, hasta que algunos años más tarde fue designado alcalde en México.

Durante la administración de Gómez Pérez, las relaciones y la paz que existía entre los japoneses y los españoles de las Filipinas comenzaron a fracturarse; hasta entonces los barcos japoneses que salían del puerto de Nangasaqui hacia Manila, desembarcaban con su harina y otras mercancías, y eran recibidos amablemente. Pero Taicosama, señor de todo el Xapon, fue incitado por las insidias de Farandaquiemon -un japonés de extracción baja, uno de los que vinieron a Manila- para escribir de una manera bárbara y arrogante al gobernador, demandando sumisión y tributo, y amenazando con venir con una flota y para devastar el país. Pero, entre las demandas y las contestaciones, pasaron varios años, hasta que Taico murió.

Mientras que Xapon causaba al gobernador una cierta ansiedad, el rey de Camboja le envió una embajada con el portugués Diego Belloso, quien trajo un presente de dos elefantes y oferta de la amistad y comercio con su reino, e imploró la ayuda contra Sian -que amenazaba Camboja. El gobernador contestó al rey, y le envió un caballo, con algunas esmeraldas y otros objetos, pero pospuso para después lo relacionado con la ayuda, y agradeció su amistad. Éste fue el origen de los acontecimientos y las expediciones que se hicieron más adelante desde Manila a los reinos de Sian y de Camboja, en el continente de Asia.

A partir del momento que Gómez Pérez recibió su carga de España, él había acariciado el deseo de conducir a una expedición de Manila para conquistar la fortaleza de Terrenate en Molucas, a causa de la gran importancia de esta empresa, y los resultados, en los cuales no se había logrado ningún éxito en otras ocasiones. Constantemente tomaba las medidas necesarias para emprender esta expedición, pero tan secretamente que no lo dijo a nadie, hasta, el año noventa y tres, viendo que los preparativos para su expedición parecían suficientes, declaró su propósito, y estuvo listo, con más de novecientos españoles y doscientos navíos, contando galeras, galeones, fragatas, virreyes, y otros aparatos. Dejó los asuntos de guerra de Manila y de las islas, con algunas tropas -aunque escasas para la defensa de la ciudad- a cargo de Diego Ronquillo, su maestro-de-campo; y los de la administración y de la justicia al Licenciado Pedro de Rojas. También envió a su hijo, don Luys Das Mariñas, a la retaguardia con el resto de la flota, como su teniente en la oficina del capitán-general, a las provincias de Pintados, de dónde debía navegar; mientras que él mismo permanecía en Manila y hacía sus preparativos finales y que armaba una galera de veintiocho bancos, en la cual debía navegar. Esta galera contaba con buenos remeros chinos[2], a sueldo, que, para ganar su buena voluntad, él no permitiría que fueran encadenados, e incluso se les permitiría llevar ciertas armas. Cerca de cuarenta españoles se embarcaron en la galera, y la galera misma era acompañada por algunas fragatas y barcos más pequeños, en los cuales se embarcaron los civiles. El gobernador salió del puerto de Cabit, en el mes de octubre, mil quinientos noventa y tres, para las provincias de Pintados, donde esperaba reunirse con la flota que los aguardaba allí, y proceder a Molucas. Por la tarde del segundo día de viaje, alcanzaron la isla de Caca, a veinticuatro leguas de Manila, y cerca de la costa de la misma isla de Luzón, en un lugar llamado Punta del Acufre, donde hay un viento principal fuerte. La galera intentó rodear este punto remando, pero no pudieron hacer ningún progreso hasta que el viento amainara, anclaron bajaron una vela, y permanecieron allí esa noche. Algunos de los barcos que navegaban con la galera se acercaron más a la costa a la vista de la galera, y la aguardaron allí.

El gobernador y los que lo acompañaron pasaron la noche jugando en la popa, hasta el final de la primera hora. Después de que el gobernador hubiera entrado en su cabina para descansar, los otros españoles fueron también a sus ballesteras para el mismo propósito, dejando a los guardias en la pasarela del barco, en el arco y la popa. Los remeros chinos, que desde hacía tres días que conspiraron para apoderarse de la galera al momento en que se presentara una oportunidad favorable -para evitar el trabajo de remar en esta expedición, y apoderarse del dinero, de las joyas, y de otros artículos del valor a bordo del barco- pensado que no debían perder su oportunidad. Los jefes designados para su ejecución proporcionaron velas, y camisas blancas con las cuales vestirse, para realizar su plan esa misma noche, en la última hora antes del amanecer, cuando percibieron que los españoles estaban dormidos. A una señal que dio uno de ellos, todos a la misma hora se pusieron sus camisas, encendieron sus velas, y dispusieron de su catana, y atacaron a vigilantes y a los hombres que dormían en las ballesteras, e hiriéndolos y matándolos, tomaron la galera. Algunos de los españoles se escaparon, algunos nadando a tierra, otros por medio de la tienda de la galera, que estaba en la popa. Cuando el gobernador oyó el ruido desde su cabina, pensó que la galera era arrastrada por la corriente y que el equipo bajaba la vela y llevaba los remos, él se apresuró a salir de la cabina sin tomar cuidado. Varios chinos lo aguardaban allí y le partieron la cabeza con una catana. Así herido cayó abajo de las escaleras en su cabina, y los dos criados que estaban allí, le llevaron a su cama, donde murió inmediatamente. Los criados tuvieron el mismo destino al recibir puñaladas a través de la portilla. Los únicos españoles que sobrevivieron en la galera fueron Juan de Cuellar, secretario del gobernador, y el padre Montilla de la orden franciscana, que dormían en la cabina, y que permanecieron allí sin salir; ni los chinos, pensaron que había más españoles, por lo que entraron hasta el día siguiente, y sacaron a los dos hombres y los pusieron en tierra en la costa de Ylocos, en la misma isla de Luzón, para que los naturales les pudieran permitir tomar agua de la orilla, que necesitaban urgentemente.

Aunque los españoles que estaban en los otros barcos, cerca de la tierra, percibieron las luces y oyeron el ruido hecho en la galera desde sus naves, pensaron que se hacía algún trabajo; y cuando luego, supieron lo qué sucedía por los que se habían escapado nadando, ya no podían proporcionar ninguna ayuda y aguardaron, pues todo estaba perdido, y había pocas e insuficientes fuerzas. Esperaron hasta la mañana, y cuando comenzó a amanecer, vieron que la galera ya había fijado su bastardo, y navegaba, viento en popa hacia China, y no podían perseguirla.

La galera navegó con un viento favorable todo a lo largo de la costa de la isla hasta abandonarla. Tomó un poco de agua en Ylocos, donde abandonaron al secretario y el religioso. Los chinos intentaron llegar a China, pero no pudieron llegar, viraron hacia el lado de babor al reino de Cochinchina, en donde el rey de Tunquin tomó su carga y dos piezas grandes de artillería que fueron fabricadas para la expedición de Molucas, todas las joyas, dinero, y artículos del valor; la galera fue dejada a la deriva en la costa, y los chinos se dispersaron y huyeron a diversas provincias. El gobernador Gómez Pérez tuvo esta muerte desafortunada, con lo cual la expedición y la empresa a Molucas, que el gobernador había emprendido, cesaron también. Así terminó su administración, después de que hubiera gobernado algo más de tres años.

¿Y EN DÓNDE ESTÁ EL SOLDADO?

Luego se hace un recuento de las luchas políticas por ocupar el poder vacante, y de los problemas que se generaron debido a que Das Mariñas había prometido a varios ser su sucesor. Más adelante el doctor Antonio de Mora escribe:

Ese año no se envió ninguna nave a la Nueva España desde las Filipinas, porque el gobernador Gómez Pérez, antes de comenzar la expedición a las Molucas, había enviado allí los barcos el «San Felipe» y el «San Francisco,» que, a causa de las grandes tormentas, tuvieron que regresar, el «San Felipe» al puerto de Sebu y el «San Francisco» a Manila, y no podrían reembarcarse hasta el año siguiente. En Nueva España se sospechó que había problemas en las islas debido al no arribo de las naves, y las personas no sabían lo que realmente había sucedido; ni era posible en la misma época -en la ciudad de México- comprobar de dónde habían emanado las noticias. Esto se supo muy pronto en España, a través de la India, fueron enviadas cartas a Venecia, a través de Persia; e inmediatamente se designó un nuevo gobernador.

Más adelante Morga comenta la forma en que llegó a tener contacto con las Filipinas.

En el mismo año de noventa y tres en el cual Gómez Pérez murió en las Filipinas, el consejo después de consultar con su majestad, resolvió que la oficina del teniente-asesor en materias judiciales, que habían sido ocupada por Licenciado Pedro de Roxas desde la supresión de la Audiencia, se debía hacer más importante que antes para facilitar las materias; que el título de la oficina después de esto debía ser del teniente-general; y en materias judiciales su ayudante debía tener autoridad para oír casos con apelaciones que no excedieran del valor de mil ducados castellanos. Para esto promovieron al Licenciado Pedro de Rojas de la oficina del alcalde de México, y su majestad designó al doctor Antonio de Morga para tomar la última residencia, y la oficina del teniente-general de las Filipinas. En el curso de su viaje el último llegó a Nueva España en el principio del año noventa y cuatro, y encontró que no habían llegado las naves que, como arriba se dijo, no habían podido venir de las Filipinas. Además de la muerte de Gómez Pérez, otros acontecimientos que habían ocurrido, eran desconocidos hasta que la llegada de don Juan de Velasco, en el mes de noviembre del mismo año, en el galeón «Santiago,» que había sido enviado a las islas un año antes por el Virrey Don Luys de Velasco, con los suministros necesarios. Él trajo las noticias de la muerte del gobernador y de la sucesión a la oficina del hijo del finado, don Luys Das Mariñas. De inmediato se prepararon los hombres y las provisiones frescas para las islas y junto con muchos pasajeros y religioso de España, el doctor Antonio de Morga se embarcó en el puerto de Acapulco, en los galeones «San Felipe» y «Santiago,» con todo bajo su cargo. Él fijó la salida el veintidós de marzo del noventa y cinco, y llegó bajo buen tiempo al puerto de Cabit, el once de junio del mismo año. Él entró a su oficina de teniente-general, y comenzó a ocuparse de sus deberes y las otras materias a su cargo.

Hasta aquí lo más sobresaliente y que atañe a nuestra historia del soldado Filipino. Como se ve no hay ninguna referencia a tal soldado.

EL TESTAMENTO DE GÓMEZ PÉREZ DAS MARIÑAS

Tratando de salir de ese callejón sigamos el otro hilo conductor que nos proporciona Luis González Obregón. El cronista de la ciudad de México habla de la muerte del gobernador de Filipinas: don Gómez Pérez das Marinas Ribadeneira (que era su nombre completo). Este caballero era uno de los favoritos del rey Juan II. Señor de A Coruña y de As Mariñas y poseedor de una torre en Mesía.

El rey Felipe II le nombró sucesor del doctor don Santiago de Vera, quien había administrado la Audiencia de Manila desde 1584 y que, a su vez, fuera sucesor de don Diego Ronquillo (1580). Das Mariñas fue gobernador de Filipinas de 1590 a 1593, año de su muerte. Su hijo, don Luis Pérez das Marinas le sucedió en el cargo de 1593 a 1596.

Dato interesante. Algo poco común para su época, el Gobernador y Capitán General de las Filipinas escribió de su propio puño y letra su testamento registrado en Manila el 30 de septiembre de 1592, un año antes de su muerte. Escribe:

«»¦ disponer de lo que en este mundo (Dios) me encomendó que fue mucho más de lo que yo meresco dexandolo en la orden de placer concierto»

«Si Dios nuestro señor fuese serbido de llebarme de esta presente bida en esta ciudad de Manila mi cuerpo se deposite en el conbento de Santo Domingo della en lo alto de la capilla mayor al lado derecho del altar mayor».

«»¦ si me llevare Dios fuera del reyno de Galicia, después de gastado mi cuerpo se lleven mis huesos a Galicia y se entierren el conbento de San Francisco de la Villa de Vivero en la capilla mayor»¦ que si Dios me llevare en estas Islas y don Luys mi hijo fuere a España sin poder llevar mis huesos por no estar el cuerpo gastado o por otra causa, que dexe persona de cuydado e confianca que los aga de llebar de secreto por escusar costas y con costas o sin ellas quiero que se llieven».

También establece las honras fúnebres que le tributarán:

«»¦ ábito de Santiago y que allí esté depositado y sobre del una tumba cubierta e un paño de raso negro»¦ y que las fiestas principales este paño sea de terciopelo negro»¦ todas las misas cantadas e recadas que sea posible e por ellas se de la limosna ordinaria

«»¦ que el día de mi entierro y de las onras se bistan doce pobres a onra de los doce apostoles de la manera que pareciere a mis albaceas».

«»¦ primeramente nombro y señalo por heredero y sucecor en el dho. Vinculo a don Luys Pérez das Mariñas»¦ mi hijo legítimo»¦ para que lo aya e goce y herede todos los días de su vida e después de ella su hijo mayor varon siendo legitimo abido de legitimo matrimonio».

El escribano Jerónimo de Messa elaboró el protocolo notarial:

«En la Muy Noble y Siempre Leal ciudad de Manila de las yslas felipinas del Poniente; a treynta días del mes de septiembre de mill y quis.° e nobenta y dos años en presencia de los testigos aquí contenidos Gomez das Mariñas Caballero profeso de la Orden de Sant.° Gobernador e Capitan General en estas yslas por el Rey nuestro Señor, dio y entrogo a mi el presente escribano esta escriptura cerrada»¦ la cual dicho y declaro su testamento ultima e postrimera boluntad y herederos nombrados y donde a de ser enterrado y questa escriptura tiene trece foxas y al cabo firmado de su nombre»¦»

Dejemos por un momento a don Gómez Pérez e investiguemos otra fuente citada por González Obregón.

FRAY GASPAR DE SAN AGUSTÍN

Gaspar de San Agustín, nacido en 1650 y muerto en 1724 escribió las crónicas más duras, despreciables y críticas de la sociedad filipina. Para el religioso los habitantes de aquellas islas eran poco menos que animales. Critica su sociedad, tradiciones y costumbres, y el propio carácter del pueblo filipino. Su obra se publicaría en España hasta 1698.

Fundó varios monasterios de la orden de San Agustín, como el de Santo Cristo Milagroso en Apo Lakay; Sinaí, Ilocos Sur; La Virjen Milagrosa (Apo Baket) en Badoc, Ilocos Norte. También rigió varias parroquias, pero como era lógico y debido a su espíritu antifilipino, no duró mucho en ninguna.

Fray Gaspar de San Agustín escribió poesía e historia. Se le considera el primer estudioso de la gramática filipina. Escribió el Compendio de la Arte de la Lengua Tagala.

Como historiador, se le debe la obra Conquestas de las Islas Philipinas (1565 – 1615). En esta obra sigue los pasos del doctor Antonio de Morga, y cuenta de esta manera la llegada de los embajadores de Camboya:

«Casi por el mismo tiempo llegaron a Manila por parte del rey de Camboxa Embaxadores, el vno Portugués, nombrado Diego Belloso, y el otro Castellano, llamado Antonio Barrientos, que truxeron de regalo al Gobernador dos hermosos elefantes, que fueron los primeros que se vieron en Manila. El motivo de esta Embaxada se reducía a pedirle su amistad, y alianza, para que les diese socorro contra el Rey de Siam su vezino, que pretendía invadirle. Recibió el Gobernador Gómez Pérez Das Mariñas la embaxada con agrado, y el regalo que le traía; y como no se hallase con bastante gente para el socorro que se le pedía, despachó los Embaxadores, dándole al Rey de Camboxa buenas esperanzas: y correspondiéndole con otro regalo, se estableció buena correspondencia para el comercio entrambas naciones».

Pero en donde se aparta de la versión del citado Morga es cuando menciona, por primera vez, al soldado filipino:

«Es digno de ponderación que el mismo día que sucedió la tragedia de Gómez Pérez, se supo en México por arte de Satanás; de quien valiéndose algunas mujeres inclinadas a semejantes agilidades, transplantaron a la plaza de México a un soldado que estaba haziendo posta vna noche en vna Garita de la Muralla de Manila, y fue executado tan sin sentirlo el soldado, que por la mañana lo hallaron paseándose con sus armas en la plaza de México, preguntando el nombre de cuantos pasaban. Pero el Santo Oficio de la Inquisición de aquella ciudad le mando bolber a estas islas, donde lo conocieron muchos, que me aseguraron la certeza de este suceso…»

Esta es la primera y única versión original que menciona la extraña aparición en la Plaza Mayor de la ciudad de México. Fue escrita por un monje racista que nació 53 años después de que hubiesen ocurrido los supuestos hechos. No existe ninguna confirmación de otros cronistas españoles residentes en las Filipinas contemporáneos a la muerte de Das Mariñas. Mucho menos hay constancia en los historiadores de la Nueva España. Un suceso así debió cimbrar las entrañas de una sociedad colonial temerosa de la iglesia. No podía pasar inadvertido. Mucho menos por quienes guardaban de la pureza de las costumbres.

Continuará…


[1] Se refiere a don Luis de Velasco II, quien fuera el octavo Virrey de la Nueva España de 1590 a 1595.

[2] San Agustín y Argensola dicen que eran 250 chinos.