Los niños salvajes (34)

Johann Anselm von Feuerbach menciona a una muchacha criada por una puerca que emitía gruñidos como los cerdos y le costaba desplazarse como un ser humano. Para C. M. Schülten esto demostraba que era posible la integración interzooantropica, es decir, que la adopción de un individuo de una especie diferente y más débil podría darse en la naturaleza. Ese y otros casos, hicieron pensar al doctor en la posibilidad de criar juntos a leones y gacelas.

En 1211 la duda le picó tanto al emperador germano Federico II, que hizo lo que para otros científicos curiosos pero con un poco más de humanidad ha sido un experimento prohibido: cogió y aisló nada más nacer a docenas de niños. El emperador creía que así se podría oír la lengua que sale de forma espontánea de un niño, algo así como «el lenguaje de Dios».

Los niños de Federico II no aprendieron a hablar y acabaron muriendo todos en su infancia.

Algo así querían hacer con Victor de Aveyron. El secretario de la Société des Observateurs de I’Homme, Louis-François Jauffret, solicitó a las autoridades del Hospital de Rodez el envío del niño a París para su estudio:

«Sería muy importante para el progreso de los conocimientos humanos que un observador pleno de celo y de buena fe pudiera, apoderándose del muchacho y retrasando su proceso de civilización, controlar el conjunto de sus ideas adquiridas, estudiar el modo según el que las expresa y ver si la condición humana, abandonada a sí misma, es contraria por completo al desarrollo de la inteligencia».

También se intentaron experimentos a la inversa. En junio de 1931, el psicólogo Winthrop Niles Kellogg decidió adoptar una chimpancé de siete meses de edad, llamada Gua, y criarla junto a su hijo Donald, de 10 meses, como si fueran hermanos. Kellogg pretendía criar a ambos como niños humanos para comparar científicamente la evolución paralela de las dos criaturas en su propia casa. Así, el niño y el simio fueron criados como si fueran hermanos, sin diferencia: usaban las mismas cucharas, los mismos pijamas y los mismos orinales.

Los resultados fueron sorprendentes. Al cabo de unas semanas descubrieron que era la mona el que estaba socializando al niño en el estilo chimpancé. Donald empezó a imitar los ruidos que hacía Gua y a los 14 meses emitía una especie de ladrido para indicar que tenía hambre. Su silencioso mundo gestual tuvo un efecto inhibitorio en su adquisición del lenguaje humano (su primer palabra, significativamente, fue Gua).

Por otra parte, a pesar de que Gua comprendía de manera excelente las palabras, nunca aprendió el lenguaje oral. La chimpancé tardó menos que el bebé en aprender a comer con cuchara y a no mojar los pañales. El niño empezó a imitar a Gua y a los 14 meses emitía una especie de ladrido para indicar que tenía hambre. Lamía los restos de comida del suelo y mordisqueaba sus zapatos.

A los 19 meses, edad a la que los niños saben decir medio centenar de palabras, Donald sólo pronunciaba seis. Pero las complementaba con una serie de gruñidos, gritos y ladridos que había aprendido de Gua. El niño estaba en pleno proceso de animalización cuando su docto padre puso fin al experimento. Gua fue puesta de nuevo en una jaula y Donald se convirtió en humano. Afortunadamente, parece que su convivencia con el chimpancé no pareció afectarlo: décadas más tarde, Donald se licenció en Medicina por la universidad de Harvard con buenas calificaciones.

Este hecho, según el lingüista mexicano Alfredo Urzúa, «confirma la importancia de un medio ambiente verbalmente propicio para la adquisición del lenguaje, así como la constatación de que existen límites a lo que un individuo puede aprender si no crece en un medio que le proporcione contacto social, psicológico y afectivo con sus semejantes».

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