Escritor incomprendido

ESCRITOR INCOMPRENDIDO[1]

 

Por Mauricio-José Schwarz

EscritorIncomprendido1La joven y hermosa secretaria se volvió hacia la delgada figura que esperaba caminando por la salita y fumando nerviosamente.

– Puede pasar, señor Taber -dijo con una voz especialmente estudiada para tratar con tipos pequeños y nerviosos.

Taber murmuró algo que quería decir “gracias” y entró a la oficina del editor en jefe, C. Bison. Abrió la labrada puerta de nogal con manos temblorosas, revelando toda la tensión emocional propia del escritor desconocido que, por primera vez en su vida, lleva un libro a una editorial.

Sisan se incorporó apenas tras su escritorio y extendió fríamente una mano hacia el frágil autor. Taber puso, avergonzado, su blanca mano en la del editor, en cuya cara se adivinaba el principio de un gesto de rechazo.

– Siéntese, señor Taber -dijo la profunda voz del editor.

Taber nuevamente murmuró algo e inició el proceso de extraer un encendedor, quemándose dolorosamente un dedo al encender el primero con el segundo. Tosió y murmuró una disculpa mientras el editor lo observaba con expresión oscura.

– Señor Taber -dijo finalmente Bison- nuestros asesores han leído su libro con todo cuidado. Debo decir que incluso hubo una cierta recomendación de mi parte, debido a la conversación que tuvimos cuando usted trajo su libro. El dictamen es que su estilo no es malo, tiene ciertos conocimientos, pero…

Bison dejó que los puntos suspensivos golpearan uno a uno a Taber, observando su reacción con un algo de placer. El escritor abrió los ojos desmesuradamente y pareció estar a punto de romper a llorar.

– Lo que quiero decir, señor Taber -continuó el obeso editor, un tanto preocupado por la cara de Taber, el que, como usted sabe, nuestra compañía ha impulsado el género de la ciencia ficción desde los años cuarentas. O sea, vaya, que tenemos un prestigio que cuidar.

Taber agitó la cabeza, desolado y dijo:

– Lo sé muy bien. Es por eso que me dirigí a ustedes. La novela… mi novela Entre las Magallanes es una obra de ciencia ficción dura que…

– ¡Dura! -interrumpió Bison- ¡Eso es precisamente lo que no es! Disculpe, señor Taber, pero… ¿cómo define usted la ciencia ficción dura?

Taber dudó un momento, asustado, pero se recuperó y sus mejillas enrojecieron levemente. Explicó:

– Ciencia ficción dura es aquella división de la ciencia ficción que utiliza al máximo las leyes conocidas y las maneja con una base plenamente científica para crear la obra de imaginación. No utiliza la ciencia como un mero escenario, sino como parte fundamental de la trama…

– No lo comprendo -dijo Bison-; de acuerdo, la definición es correcta, pero entonces, ¿cómo es posible que usted haya escrito tal barbaridad?

Taber lo miró con ojos de batracio; sin pestañear.

– Quiero decir -continuó Bison- la justificación pseudocientífica que da usted al viaje a mayor velocidad que la de la luz es… es infantil, señor Taber. Como usted sabe, existe un convencionalismo entre los escritores de ciencia ficción sobre los motores hiperespaciales que permiten los viajes casi instantáneos a cualquier parte. Y su proposición al respecto podría habérsele ocurrido a mi sobrino el menor… ¡y mi sobrino el mayor podría refutarlo fácilmente!

– Pero mi proposición es la única que permitiría realmente los viajes ultralumínicos -protestó débilmente Taber-. El hiperespacio es sólo un artilugio creado para colaborar con la pereza mental de algunos escritores.

– Y además -dijo Bison agitando pontificalmente un dedo frente al escritor-, usted propone que pueden desarrollarse seres idénticos a los humanos en diferentes partes del universo y en forma completamente independiente. Esa es una forma de antropomorfismo ridículo que pasó a la historia junto con los primeros años de la ciencia ficción. En suma -dijo terminantemente el editor, observando ostensiblemente su reloj- la publicación de su obra no puede ser considerada por esta editorial en este momento. Ahora que si usted estuviese dispuesto a hacer algunos cambios y…

EscritorIncomprendido2Taber se puso de pie y, por primera vez, se violentó realmente. Arrebató muy enojado su original del escritorio de Bison. En su rostro se mezclaban la furia y el dolor.

– ¡Espere! -llamó Bison al verlo dirigirse ágilmente hacia la puerta- hay lugares donde puede tomar cursos…

– Gracias -dijo Taber en tono gélido. Apretando su novela contra el pecho, salió de la oficina y abandonó el edificio casi corriendo. Subió al pequeño y viejo auto negro que lo esperaba a las puertas de la editorial y partió.

Taber sentía todas las desgracias del universo sobre su cabeza. El corazón le latía apresuradamente y percibía, a intervalos, las oleadas de adrenalina que invadían su torrente sanguíneo al recordar las escenas suscitadas en la oficina de Bison. Salió de la ciudad sin preocuparse de los límites de velocidad, con los dientes rechinando a la par que las llantas a cada peligrosa curva.

Veinte kilómetros afuera de la ciudad, Taber detuvo el auto y echó a andar por el bosque. Sentía un latido doloroso en la cabeza y no pudo contener un par de lágrimas al contemplar el original de su novela, al que abrazaba nuevamente como si temiera que se lo quitaran. De entre los árboles surgió una figura.

– ¿Qué ocurrió?

– Rechazaron mi novela -respondió Taber amargamente.

– Lo siento, de verdad lo siento.

– No importa. Vamos.

Y Taber y su mujer se encaminaron, abrazados, compartiendo el dolor y la desilusión, a un claro del, bosque en el cual esperaba, acogedora, la nave ultralumínica que habría de devolverlos a su hogar: un pequeño planeta verde en alguna de las nubes de Magallanes.


[1] Publicado originalmente en Contactos Extraterrestres No. 45, México, 13 de septiembre de 1978. Págs. 44-46.

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