Magia homeopática

MAGIA HOMEOPÁTICA[1]

Mario Méndez Acosta

SamuelHahnemann A la opinión pública se le ha ocultado con gran habilidad que la mayoría de las llamadas medicinas alternativas se basan de manera exclusiva en conceptos má­gicos primitivos y anticientíficos, y ello es especialmente cierto en el caso de la homeopatía. Cuando un médico ordina­rio tiene, por ejemplo, que debatir en los medios electrónicos con los proponen­tes de la medicina homeopática, no pue­de en realidad hacerlo, pues ignora las inauditas bases de esta peculiar terapéu­tica y hasta acepta que los homeópatas califiquen a la medicina científica con el término de “alopatía”; sin embargo, por sus fundamentos, la homeopatía resulta indistinguible de la magia. Fue inventa­da en 1796 por el médico alemán Christian Samuel Hahnemann (1755-1843), como una reacción en contra de las prácticas bárbaras de la medicina común de la épo­ca, basadas en la antigua teoría de los hu­mores, que incluían sangrías con ventosas o sanguijuelas, ayunos, purgantes y pociones repulsivas o peligrosas.

En el siglo XVIII se suponía que to­das las enfermedades eran causadas por el desequilibrio de los cuatro humores cor­porales; es decir, sangre, flema, bilis ne­gra y bilis amarilla. Los médicos intenta­ban restaurar el equilibrio tratando los síntomas con sus “opuestos”, y así, la fie­bre -calor- era tratada enfriando al pa­ciente y extrayéndole el “exceso” de san­gre. Hahnemann observó que la quinina curaba la malaria y reducía la fiebre en los enfermos, pero al mismo tiempo esa sustancia causaba fiebre cuando era in­gerida por un individuo sano, y por ello propuso el principio de la similitud o ley de similia: “Lo similar se cura con lo si­milar”, base de una terapia a la que llamó “homeopatía”, del griego homoios = si­milar y pathos = padecimiento. Asimis­mo, denominó la teoría de los humores y los opuestos como “alopatía”, del griego allos = diferente, ya que curaba los sínto­mas mediante lo contrario al origen que los causaba. Es entonces erróneo llamar “alopatía” a la medicina moderna, la cual cura atacando las causas reales de la en­fermedad y no nada más contrarrestan­do los síntomas.

Hahnemann creó una complicada teo­ría de la salud y la enfermedad, que resu­mió en su libro Organon der mtionellen Heilkunde, conocido ahora nada más co­mo Organon, que incluye cuatro princi­pios cardinales: 1) la mayor parte de las enfermedades son causadas por un des­orden infeccioso llamado psora; 2) la vida es una fuerza espiritual que conduce al alivio del cuerpo; 3) los remedios pue­den detectarse al anotar los síntomas que producen las sustancias cuando se ingie­ren en una sobredosis (la prueba), y al ser administradas en dosis altamente di­luidas a pacientes con esos mismos sín­tomas (Ley de Similia), y 4) los remedios se vuelven más efectivos cuanto más di­luidos estén (Ley de los infinitesimales), y se diluyen mejor cuando los recipien­tes que los contienen se golpean suave­mente en la palma de la mano o en un cojincillo de cuero (potenciamiento por sucusión). Como señala un informe del Consejo Nacional contra el Fraude en la Salud, organización estadounidense dedicada a poner a prueba las afirmaciones de las llamadas medicinas alternativas[2], las premisas de la homeopatía han sido refutadas por ciencias básicas como la química, la física, la farmacología y la pa­tología. Quienes la ejercen impiden cam­bios en su doctrina, que modificarían los principios originales de Hahnemann, quien trabajó antes del descubrimiento de los gérmenes patógenos y de sus efec­tos en la salud o del descubrimiento de las vitaminas. De hecho, algunos de sus seguidores, como Kent, quien conoció de los descubrimientos de Semmelweis y de Pasteur, los rechazó y así, en su libro Filosofía homeopática insiste en que los gérmenes no ocasionan las enfermeda­des, sino que aparecen en el organismo por causa de éstas.

La teoría de la salud, sostenida por la homeopatía, señala que las enfermeda­des son producidas por la ingestión de sustancias dañinas, que rompen el equi­librio dinámico de la fuerza vital y espi­ritual del organismo, y para restaurar ese equilibrio debe proporcionarse al pacien­te una dosis superdiluida de la sustancia culpable. La dilución se lleva a cabo por etapas, poniendo una gota de la sustan­cia base en 99 gotas de un diluyente como el alcohol; a esta mezcla se le dan dos sa­cudidas y se ingiere una gota de la solu­ción resultante, la cual se mezcla a su vez con otras 99 del diluyente elegido, des­pués se le vuelven a dar dos sacudidas y se ingiere de nuevo una gota de la mez­cla resultante, procedimiento que se re­pite hasta 200 veces. Pero ocurre que des­pués de la mezcla número 24 ya no queda en la gota resultante ni una sola molécu­la de la sustancia original, lo cual no preo­cupa a los homeópatas, pues consideran que todas las sustancias encierran un fluido imponderable -indetectable- que sólo se percibe por su “dinamismo vital”. En el prólogo del libro de Hering, denomina­do Medicina homeopática doméstica, el homeópata Álvarez Araujo se pregunta: “¿Para qué necesitamos la materia de la sustancia primitiva? Para nada en abso­luto, y así poco nos importa que en la se­gunda dilución no se encuentre ni la más mínima molécula de ella -y continúa-, por el procedimiento de Hahnemann se trasladan las virtudes medicinales al agua común y corriente, y el hombre puede gozar de las que aquellas materias indi­gestas contenían”. Un fluido imponde­rable e indetectable por medios físicos restablece así ese equilibrio dinámico en su organismo, pero existen miles de su­puestos remedios homeopáticos, como por ejemplo la tintura de tarántula asfixia­da en alcohol, que pretendidamente sir­ve para “la manía, la hiperactividad y los brotes sépticos”. También los homeópatas manejan la radiestesia, que pretende a­provechar las propiedades magnéticas imaginarias de las sustancias, y Hahne­mann recomienda el uso del péndulo radiestésico para analizar sus medicamentos, que consiste en el procedimiento siguiente; con una mano se toma una muestra de la sustancia y con la otra se sostiene el péndulo, el cual oscilará de distintas maneras, según las corrientes magnéticas que reciba a través del cuer­po.

Benveniste En 1988, Jacques Benveniste, un in­vestigador francés del prestigiado Insti­tuto Nacional de la Salud, por encargo de unos laboratorios homeopáticos llevó a cabo ciertas investigaciones y aseguró haber descubierto que altas diluciones en agua de diversas sustancias dejaban en la misma determinada memoria, lo cual le proporcionaría una justificación para la homeopatía, y publicó sus hallazgos en la revista Nature. Una investigación pos­terior, solicitada por esta revista y enca­bezada por James Randi, determinó que Benveniste no había realizado correcta­mente sus pruebas y además había ocul­tado los resultados desfavorables a su hipótesis, por lo que éste fue suspendi­do de dicho Instituto[3].

Bibliografía adicional

John Sladek. The New Apocrypha, Granada Publishing, G.B., 1978.

Kurt Butler, A Consumer Guide to Alternative Medicine, Prometheus Books, Buffalo, NY. 1992.


[1] Publicado en Ciencia y Desarrollo, No. 143, México, noviembre-diciembre 1998.

[2] “Homeopathy, a Position Statement by the National Council Against Health Fraud”, SKEPTIC, Vol 3, núm. 1. Caltech, Pasadena, Cal., EE.UU., 1994, Ed. William Jarvis.

[3] Luis González de Alba. “El affaire Benveniste y la homeopatía”, La Jornada, 31 de marzo de 1989, secc. “La ciencia en la calle”, México, D.F.

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