Yasuní y la hipocresía conservacionista

MEDIO AMBIENTE

Yasuní y la hipocresía conservacionista[1]

Juan José Morales

En las estribaciones de la cordillera de los Andes en Ecuador, cerca de la frontera con Brasil, ahí donde comienza la gran selva amazónica, acaba de descubrirse un inmenso yacimiento petrolífero con cerca de mil millones de barriles. Esto equivale a la quinta parte de las reservas de Ecuador, que es uno de los mayores productores de hidrocarburos, y en términos de dinero significa para el gobierno de ese país ingresos de siete mil a diez mil millones de dólares, con los cuales podría seguir realizando obras de infraestructura y programas de desarrollo económico y social.

clip_image002Un paisaje del bellísimo parque nacional de Yasuní, auténtica joya de la naturaleza con una increíble diversidad biológica.

Este asunto, que podría parecer de interés sólo para economistas, ha puesto en el tapete de la discusión un tema crucial de estos tiempos: cómo resolver el dilema entre conservación de la naturaleza —sin la cual, a fin de cuentas, no podríamos vivir— y el aprovechamiento de los recursos energéticos, que a fin de cuentas son necesarios para el desarrollo.

Increíble riqueza biológica

El meollo de la cuestión estriba en que ese riquísimo campo petrolero —conocido como Ishpingo Tambococha Tiputini, o ITT para abreviar— se encuentra en el parque nacional de Yasuní, cuyos diez mil kilómetros cuadrados no sólo se conservan totalmente vírgenes, sino que constituyen una de las regiones de mayor riqueza biológica en el mundo entero. Según los estudios preliminares, ahí hay más especies de insectos, plantas, vertebrados y otros tipos de organismos por hectárea que en cualquier lugar de la Tierra. En una sola hectárea de selva se han identificado más especies de árboles que en toda América del Norte, en el parque se han registrado más especies de ranas y sapos que en Canadá y Estados Unidos juntos, y más especies de aves que en toda Europa, y en un solo árbol se han encontrado más especies de insectos que en todo Estados Unidos.

La disyuntiva, entonces, es muy simple y dramática: si se explota ese gran yacimiento, el gobierno progresista de Rafael Correa tendrá el dinero que tanto necesita para beneficiar a su país, pero ello implicaría inevitablemente la devastación de Yasuní y la pérdida de su inigualable riqueza natural. Si no se explota, se conservará ese invaluable patrimonio biológico, pero no habrá recursos económicos para el desarrollo.

clip_image002[5]Uno de los caudalosos ríos que cruzan el parque, bordeado por densa vegetación selvática. Conservar bajo tierra el petróleo de Yasuní, sin quemarlo, evitaría la emisión de 407 millones de toneladas de dióxido de carbono, principal causante del calentamiento global. Eso representa una reducción superior a todo lo que emiten cada año Francia y Brasil.

La alternativa, como decíamos, puede considerarse un caso emblemático del dilema en que las naciones más ricas ponen a las del Tercer Mundo. Por un lado les exigen que conserven y protejan el medio ambiente y en particular la selva amazónica, considerada pulmón del planeta. Pero al mismo tiempo las impulsan y casi las obligan a destruirlo para producir materias primas; en este caso el codiciado petróleo.

Solución modelo

El gobierno de Correa, sin embargo, ha ideado una solución que puede sentar un precedente y servir de modelo para casos similares. La propuesta consiste en no extraer el petróleo de Yasuní, dejándolo en el subsuelo para siempre —y en consecuencia manteniendo intacta también para siempre la selva—, si las naciones ricas, en reciprocidad, pagan a Ecuador 3 600 millones de dólares, equivalentes a la mitad de los ingresos que obtendría al explotar el yacimiento. El dinero se entregaría en 12 anualidades de 300 millones y se destinaría específicamente a programas de educación y salud en todo el país, así como a acciones de protección y conservación en Yasuní y otras áreas naturales protegidas.

clip_image002Cartel de apoyo al proyecto Yasuní-ITT, como se conoce en forma abreviada al plan para proteger esa región amazónica y sus habitantes, los indios huaorani, que desean conservar sus tradicionales formas de vida. Ha sido apoyado por el 90% de los ecuatorianos, la ONU y numerosas personalidades como los premios Nobel Rigoberta Menchú, Desmond Tutu y Mijail Gorbachov.

La propuesta, que ha sido calificada como “una iniciativa para cambiar la historia”, cuenta con el respaldo del 90% de los ecuatorianos y de numerosas personalidades del mundo entero, entre ellas varios Premios Nobel. Fue también muy bien acogida por la ONU, ante la cual se presentó en septiembre de 2007 —incluso el organismo mundial creó un fideicomiso para administrar los 3 600 millones—, y de inmediato hubo promesas de apoyo por parte de varias naciones. No solamente las más desarrolladas, sino también de países latinoamericanos, como Chile y Brasil, que hicieron donaciones simbólicas al fideicomiso.

Pero, como a menudo sucede, entre las palabras y los hechos se abrió un abismo. El dinero ha fluido a cuentagotas. Varios países no han cumplido sus ofrecimientos y Alemania, que había prometido aportar 60 millones de dólares anuales durante 13 años para un total de 780 millones, al parecer ya dio marcha atrás. En agosto de este año se habían recibido en total tan sólo 40 millones de dólares, incluidas las pequeñas aportaciones individuales de organizaciones y personas simpatizantes del proyecto, y el gobierno de Correa ya dijo que si no se reúnen al menos cien millones de dólares antes de fin de año, habrá que olvidar el plan y entregar a una empresa petrolera china la concesión para explotar el yacimiento de Yasuní.

El problema es que las naciones ricas hablan de dientes para afuera. En el fondo, no les interesa conservar la naturaleza, sino extraer el codiciado petróleo. No están dispuestas a pagar un centavo para proteger y conservar el medio ambiente, pero sí a gastar mucho —muchísimo— más que 300 millones de dólares anuales en devastadoras guerras para adueñarse de los campos petroleros o controlar las zonas donde pasan oleoductos y gasoductos.

Nota final.- Pese a la pobre respuesta de muchos países, el gobierno ecuatoriano mantiene en pie el proyecto y ha rehusado hasta ahora otorgar permisos de explotación petrolera en la zona.

Comentarios: [email protected]


[1] Publicado en la revista Gaceta del Pensamiento, de Quintana Roo. Noviembre-Diciembre de 2011. Reproducción autorizada por Juan José Morales

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.