Fuego de San Elmo (Final)

CEPILLOS Y DESCARGAS EN CORONA

Durante las tormentas y en los casos en que el campo eléctrico de la atmósfera se hace especialmente grande (tormentas de nieve o polvo, ráfagas de granizo, etcétera), frecuentemente se observan descargas luminosas, de un tipo especial, en puntos y bordes puntiagudos de objetos que sobresalen de la superficie de la tierra. Estas descargas –los fuegos de San Elmo- ocurren frecuentemente en las montañas que poseen proyecciones puntiagudas de rocas, torres árboles, etcétera. Usualmente van acompañadas de un estallido o silbido característico. Pueden durar varias horas y se observan en cualquier parte y en todas las estaciones del año[1].

Las descargas silentes son simplemente una forma en “cepillo” de la descarga en corona. Estas descargas aparecen cuando la fuerza del campo alcanza grandes valores cerca del electrodo (punta). En el estado inicial de la descarga en corona aparece cerca del electrodo una descarga auto sostenible –cuando la fuerza del campo no es muy grande-, debida a los movimientos de los iones formados bajo la influencia de los ionizadotes atmosféricos. Su corriente es pequeña e independiente de la densidad de formación de iones. Cuando la fuerza del campo alcanza cierto valor crítico, el cual está determinado por la forma del electrodo y por la densidad del aire, el gas comienza a brillar repentinamente, con una luz azul cerca del electrodo y aparece un sonido característico, mientras que la corriente en el punto se incrementa a valores de micro amperes o más.

El calentamiento y brillo son una consecuencia de la ionización y excitación de las moléculas del gas y de los átomos del mismo, bajo la influencia de los electrones acelerados por el intenso campo electromagnético.

El tamaño de este brillo se incrementa con un posterior aumento, y aparece sobre la punta un cono en forma de brocha, consistente en finas y luminosas corrientes, que se mueve rápidamente.

El brillo se distribuye regularmente dentro de un cono de cerca de 90° en el vértice (extremo de la punta), cuando la punta está cargada positivamente (corona positiva). Se desarrolla una avalancha de electrones desde el extremo de la corona hacia la punta; mientras que los iones positivos permanecen estáticos dejando un espacio cargado positivamente, el cual debilita el campo en la vecindad inmediata de la punta. Debido a esto, la corona parece estar localizada no sobre la punta directamente, sino a una corta distancia de la misma. La longitud de las descargas en brocha alcanza algunas veces los 45 centímetros.

En las coronas negativas el desarrollo de las cintas empieza en la misma punta y los electrones viajan en el espacio alrededor de la punta, donde se combinan con las moléculas del gas, dando la apariencia de que existe un espacio cargado negativamente. Esta corona es más pequeña y más estrecha que la positiva; la longitud de las cintas es de 2 ó 3 centímetros. Las cargas espaciales alrededor de la punta tienen el mismo signo que la punta misma y pueden debilitar el campo si no existe una difusión en el espacio que las rodea, y con ello provocar la extinción de la corona. Por lo tanto, esta corona, por lo regular, no es constante y fluctúa continuamente ya que tiene un carácter intermitente.

Bajo condiciones naturales, la corriente de la punta “i”, el campo eléctrico “E” y la velocidad del viento “v” están relacionados como sigue:

I = k(E – C)v

donde “k” y “C” son constantes que dependen de la forma y dimensiones de la punta, del signo del campo y de otros parámetros.

SAN ELMO DE LA MONTAÑA

Camille Flammarion relata en su libro The Atmosphere[2] un caso interesante acerca de los fuegos de San Elmo en las montañas, del que es autor el célebre naturalista francés Ferdinand de Saussure. En 1867 estuvo con varios compañeros en una cumbre en los Alpes, de más de tres kilómetros de altura.

“Los que habían realizado la escalada acababan de dejar junto a una peña sus bastones con conteras de hierro y se disponían a comer, cuando Saussure sintió en los hombros y en la espalda un dolor, que parecía estar producido por agujas que se le hincaran lentamente en el cuerpo” «suponiendo –dice Saussure- que en mi capote habían caído alfileres, me lo quité, pero no sentía alivio, sino, por el contrario, el dolor se hizo más intenso y se extendió a toda la espalda, desde un hombro a otro; este dolor iba acompañado de cosquilleo y de pinchazos dolorosos, como si por mi piel anduviera una avispa y la llenara de picaduras. Después de quitarme rápidamente mi segundo abrigo, no encontré nada que pudiera producir esta afección. El dolor proseguía y empezó a parecerse a una quemadura. Pensé que se había inflamado mi jersey de lana. Estaba ya dispuesto a desnudarme, cuando me llamó la atención un ruido parecido al abejorreo. Este ruido procedía de nuestros bastones apoyados en la peña; era semejante al ruido que hace el agua caliente en vísperas de arrancar a hervir. Todo esto duraría unos cinco minutos.

«Comprendí entonces que la sensación dolorosa era debida al flujo eléctrico procedente de la montaña. Sin embargo, como era de día, no vi ningún resplandor en los bastones. Estos producían el mismo ruido agudo cuando, teniéndolos en la mano, dirigíamos las conteras de hierro hacia arriba, hacia abajo y horizontalmente. Del suelo no salía ningún sonido.

«Al cabo de algunos minutos sentí que se me erizaban los pelos de la cabeza y la barba, parecía que me estaban pasando una navaja de afeitar seca por la barba fuerte y crecida. Mi joven ayudante gritó que se le erguían los bigotes y de la parte superior de sus oídos emanaban fuertes corrientes. Al levantar la mano sentí cómo la corriente salía de mis dedos. En una palabra, la electricidad emanaba de los bastones, de las ropas, de los oídos, de los pelos, de todas las partes salientes del cuerpo.

«Abandonamos rápidamente la cumbre de la montaña y descendimos unos cien metros. A medida que íbamos bajando, nuestros bastones emitían cada vez un sonido más débil; por fin el sonido se hizo tan sordo, que sólo podía oírse llevándose el bastón al oído»”

Yákov Isidórovich Perelmán presenta otros casos interesantes de aparición de los fuegos de San Elmo en su libro Problemas y experimentos recreativos[3].

“La emanación de electricidad de las peñas prominentes se observa con frecuencia cuando el cielo está cubierto de nubes bajas que pasan a poca altura de las cumbres.

“El 10 de julio de 1863, Watson y varios turistas más, ascendieron al puerto de Jungfrau (en los montes suizos). Hacía una mañana magnífica, pero ya cerca del desfiladero, los viajeros tuvieron que aguantar un viento fuerte con pedrisco. Se oyó el horrísono bramar del trueno, y poco después Watson percibió un sonido silbante procedente de su bastón; este sonido era parecido al de un calentador en que se inicia la ebullición. Los viajeros se detuvieron, y notaron que sus bastones y hachas emitían el mismo sonido y no dejaron de sonar ni después de clavar uno de sus extremos en tierra. Uno de los guías, que se quitó el sombrero, comenzó a gritar que le ardía la cabeza. Y, efectivamente, sus cabellos estaban erizados como si los tuviera electrizados. Todos experimentaban sensación de cosquilleo en la cara y en otras partes del cuerpo. Watson tenía los cabellos completamente en punta. En los extremos de los dedos, cuando los movíamos en el aire –dijo Watson-, se oía el silbido eléctrico”.

FUEGOS DE SAN ELMO EN EL INFORME CONDON

El siguiente es un reporte de un piloto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, que apareció en el Informe Condon, Capítulo 7, Sección 8[4] habla de los Fuegos de San Elmo pero se detiene en la descripción de las centellas en aviones en vuelo:

“Las centellas más pequeñas siempre las asocio con el fenómeno conocido como Fuegos de San Elmo, sin embargo, el Fuego de San Elmo consiste generalmente de una especie de tela blanca que cubre los extremos de los aviones. No es muy brillante ni cegadora, pero si irrita los ojos y evita una buena recepción de radio. La ‘bola pequeña’ varía de tamaño de 5 cm a 46 cm de diámetro y generalmente ‘rueda alrededor’ del avión sin verse afectada por su movimiento. En una ocasión una bola pequeña (de unos 15 cm de diámetro) de color blanco amarillento, se formó en la punta de mi tanque izquierdo, de mi F-94B, y luego rodó por el ala, subió por la carlinga, cruzó el ala derecha hasta el otro tanque y de ahí comenzó el trayecto inverso. Por un momento la deje de observar, pero mi copiloto me dijo que había desaparecido espontáneamente, tal y como había llegado. Yo había visto este tipo de fenómenos varias otras veces, pero nunca por un periodo de tiempo tan prolongado. Estimo que este episodio tendría una duración de unos dos minutos. Algunas veces las bolas son azules, azul verdoso, o blancas, pero hay más azul verdosas y blanco amarillentas. Podría interesarle que después del paso de la bola sobre mi avión, éste fue golpeado por tres ocasiones por relámpagos convencionales, los cuales fundieron unos 10 cm del extremo de los depósitos y soldaron otros 10 cm de la sección que cubre mis luces de cola”.

Thomas Bowen, un estudiante de postgrado de la Universidad de Colorado estaba escalando el Chimborazo, una montaña aislada en Ecuador, cuando tuvo una experiencia similar. En el Informe Condon también aparece este relato.

La montaña es en realidad una meseta con un diámetro de unos 400 metros y una altura de 6,266 metros sobre el nivel del mar. El y su compañero dejaron el campo, a 5,700 metros, la mañana del 1 de marzo de 1968. A las 10 a.m. se comenzaron a formar nubes en la cresta, y empezó a caer una pequeña cantidad de granizo. Cuando alcanzaron la meseta, entre las 2 y 2:30 p.m. estaba completamente nublada. Justo cuando comenzaron a tomar las tradicionales fotografías, el granizo comenzó a caer más fuerte. Repentinamente sintieron una extraña sensación en sus cabezas, que describieron como descargas eléctricas acompañadas de sonidos y zumbidos. Sus goggles de aluminio comenzaron a vibrar, y su cabello se paró en punta. Los deportistas se hundieron en la nieve y esperaron. La tormenta se oía a la distancia. Pronto se dieron cuenta que en cuanto sacaban la cabeza del refugio, regresaban los efectos eléctricos. Parecía como si tuvieran una capa que los oprimiera. Después de esperar por media hora, se arrastraron sobre sus estómagos, durante una hora y media, hasta recorrer la totalidad de los 400 metros y poder bajar por la pendiente. Después de descender 60 metros, encontraron que, finalmente, se podían poner de pie. En este momento la caída de granizo y los sonidos de la tormenta habían cesado.

Fue por estas características que el fuego de San Elmo era considerado como un maleficio satánico o como un aviso del santo varón para que los marinos se precavieran sobre la inminencia de la tormenta[5].

En muchos casos de modernos encuentros cercanos, los testigos han mencionado esa especie de “campo electromagnético”, la sensación de enfrentarse a “energías desconocidas”. Se habla del famoso “efecto electromagnético” que produce interferencias en aparatos eléctricos e, incluso, llega a detener automóviles. Qué podemos decir de los supuestos abducidos que mencionan cómo su cuerpo es perforado por minúsculas agujas, con las que los extraterrestres los inspeccionan, a la vez, que les implantan objetos desconocidos para monitorear sus movimientos. No olvidemos, tampoco, las luces como parte esencial del fenómeno San Elmo y que bien se pueden asimilar a la iconografía ufológica. Están, también, los efectos de parálisis que bien pueden ser confundidos con los síntomas que presenta una persona expuesta a intensos campos eléctricos. Y recordemos que Michael Persinger ha señalado la importancia de estos campos en la formación de visiones o alucinaciones provocadas por la estimulación del lóbulo temporal. Finalmente mencionemos que muchos cultos ufológicos y otros tantos de la nueva era, acostumbran “cargar las pilas” en lugares elevados como montañas y pirámides. Para estos adoradores de lo desconocido podríamos tener una recomendación: en lugar de ir a Teotihuacan el 21 de marzo, inténtenlo en cualquier montaña elevada, solitaria y sin árboles en una época del año que vaya de finales de mayo a finales de octubre. Si no se “cargan de energía” por el efecto corona, con suerte, podrían recibir la descarga de un rayo que los enviaría directamente a “otros niveles”.

Otro consejo para personas más cuerdas: cuando en la montaña sienta la presencia de electricidad estática o vea algún fenómeno tipo San Elmo, descienda rápidamente o busque refugio. Todo indica la proximidad de una tormenta, que puede presentarse entre media hora y dos horas después. No trate de tener un “encuentro cercano” ni “cargarse las pilas”.

Sin salirnos del aspecto ufológico del fuego de San Elmo tendríamos que mencionar que las famosas “Luces de Marfa”, también fueron explicadas como una descarga en corona por Kahl y Curt Laughlin, éste último superintendente del Observatorio McDonald, cercano al lugar[6].

No cabe duda que los fuegos de San Elmo son un fenómeno desconcertante que ha dado lugar a infinidad de leyendas.

REFERENCIAS

Adamenko Viktor, Russians study St. Elmo’s fire, Fate, September 1971, p. 77-80.

Alinei Mario, I fuochi di S. Elmo, Bollettino dell’Atlante Linguistico Mediterraneo, Fondazione Giorgio Cini; Venezia, Giardini Editori, Pisa, No. 22-28, 1980-1986, p. 7-23.

Anonym, St. Elmsfeuer auf den Orkney-Inseln, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. XXXXVI, 1839, No. 4, p. 659-660.

Anonymous, Artificial Aurorae, Symon’s Monthly Meteorological Magazine, 18:33, 1883.

Anonymous, Curious Electrical Phenomenon on Pike’s Peak, Scientific American, 47:16, 1882.

Anonymous, Remarkable Discharge of Atmospheric Electricity, Scientific American, 58:210, 1888.

Anonymous, Remarkable Electrical Phenomenon, Quarterly Journal of the Royal Meteorological Society, vol. 22, 1896, p. 295.

Anonymous, Silent Discharges, Knowledge, 10:26, 1913.

Anonymous, St. Elmo’s fire, Astronomie-Québec, November-December, 1991, p. 12-13.

Anonymous, The Fires of St. Elmo, Scientific American, 41:234, 1879.

Anonymous, The Flying Dutchman, Scientific American, vol. 54, 1886, p. 279.

Botley Cicely M., St. Elmo’s Fire in Egypt, Meteorological Magazine, 73:96, 1938.

Bowlker C. A. C., Atmospheric Electricity, Nature, vol. 40, p. 55, May 16, 1889.

D’Amato A., La leggenda di S. Elmo, Lares, vol. VIII, No. 4, December 1937, p. 319-320.

De Ritis Beniamino, Ortona, Rome, T. Aquino, 1925. (Algunas páginas sobre la llamada “Lume di San Tommaso”, un “meteoro” extraño que se ve en ocasiones sobre la iglesia de Ortona, en el Mar Adriático, desde el siglo XIII)

Felici Maria Luisi, Alla scoperta dei fuochi di Sant’Elmo, Il Giornale dei Misteri, Florence, Tedeschi, No. 351, January 2001, p. 25-26.

Grigor’ev A. I., Capillary electrostatic instabilities, texto en Ruso, 2000, p. 37-43, on line en: http://www.issep.rssi.ru/pdf/0006_037.pdf

Kleefeld Alwin, Eine Beobachtung des Sanct-Elmsfeuer, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. CXII, 1861, No. 4, p. 643-644.

Lorscheid S., St. Elmsfeuer in Münster, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. CXLIX, 1873, No. 7, p. 431-432.

Lucas Robert, Electrical Phenomenon in Mid-Lothian, Nature, 32:343, 13 August 1885.

M. J. McV., St’Elmos Fire, Nature, vol. 89, p. 7, 1912.

Mohr, Beobachtung eines St. Elms-Feuers, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. XXXIV, 1835, No. 2, p. 370-373.

Morr F. T., Curious Electric Phenomenon, Nature, 1st July 1880, p. 193.

Napoletano Raffaele, I fuochi di Sant’Elmo. Studio critico, Nola, Tipografia Rubino, 1932, p. 78.

Ossola Franco, Dizionario Enciclopedico di Ufologia, Milano, SIAD, 1981, volume 1, ”Fuochi fatui” e ”Fuochi di Sant’Elmo”, p. 399-401.

Pietro (Colonna) Galatino (OFM), De arcanis catholice veritatis, impressun in Orthone maris, XV februari 1518 apud Hyeronimus Soncini. (En el colofón, en una nota del editor, el tipógrafo judío Hyeronimus Soncini, documenta por vez primera las luces misteriosas de Ortona, en la costa del Adriático. Es “Il lume di San Tommaso” que se dice se ve sobre la catedral de Ortona, especialmente durante las tormentas.).

Piper Ferdinand, Das St. Elmsfeuer, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. LXXXII, 1851, No. 2, p. 317-326

Saint-Laurent France, Effet Couronne et Décharges Electro-Atmospheriques, The Journal of Meteorology, England, vol. 16, No. 161, September, 1991, p. 238-241. (Luces recurrentes vistas por observadores cualificados en Quebec en 1988-89 relacionadas con descargas atmosféricas, e. d. Fuegos de San Elmo)

Tomlinson Charles, Atmospheric Electricity, Nature, vol. 40, p. 102, May 30, 1889.

Traill William, St. Elmo’s Fire Seen in Orkney, Edinburgh New Philosophical Journal, 23:220, 1837.

Traill William, St’Elmo’s Fire Seen in Orkney, Franklin Institute, Journal, 24:362, 1837.

van der Pohl Balthasar, Bead-Corona on Radio Antenna, Nature, vol. 130, No. 3287, October 29, 1932, p. 662.

Watt J. B. A., Electric Phenomenon, Nature, vol. 32, 1885, p. 316.

Zibra Ernst von, Elsmsfeuer und Erd-Erschütterungen in Franken, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. XXXXVI, 1839, No. 4, p. 655-658.

Diversas fotografías de descargas en cepillo y corona en el laboratorio.

Camille Flammarion, relató varios episodios de Fuegos de San Elmo en su célebre The Atmosphere

El naturalista y lingüista francés Ferdinand de Saussure tuvo un “encuentro cercano” con un fuego de San Elmo.

Yákov Isidórovich Perelmán fue uno de los mejores divulgadores de la ciencia del siglo pasado.

El doctor Condon también se ocupó de los fuegos de San Elmo, a través del doctor Altschuler, como posible explicación para algunos casos de Ovnis.

Persinger es el científico que más ha estudiado los fenómenos lumínicos “anómalos”

Algunos han interpretado las luces de Marfa como un efecto de la electricidad atmosférica.

El doctor Martin D. Altschuler, físico de plasmas, fue el encargado de redactar el Capítulo 7, sobre electricidad atmosférica.

La electricidad estática que se forma en días de tormenta y sobre las montañas puede, literalmente, poner los pelos de punta.

Efecto corona, mejor conocido como Fuego de San Elmo, en líneas de alta tensión.

Dibujo de Jim Brogden: capilla en los Alpes, con Fuego de San Elmo.

Ilustración de principios del Siglo XX que muestra unos marinos tratando de arriar las velas durante una tormenta. En el extremo de la verga aparece una “Luz de Pedro” o Cozmozant (Fuego de San Elmo).

El efecto más impresionante es cuando en alta mar todos los palos y mástiles del barco se ven coronados con una descarga en corona.


[1] Tverskoi P. N., Physics of the atmosphere. A course in meteorology, NASA Technical translation, NASA TT F-288, NTIS; Sprinfield, Va., 1965.[2] Flammarion Camille, The Atmosphere, J. Glaisher (ed.), Harper and Brothers, New York, 1874.[3] Perelmán Yákov Isidórovich, Problemas y experimentos recreativos, Editorial MIR, Segunda edición, Moscú, 1983, páginas 104-105.

[4] Altschuler D. Martin, Atmospheric Electricity and Plasma Interpretations of UFOs, Section 8, in Condon Edward U,. Scientific Study of Unidentified Flying Objects, Chapter 7, Dutton, New York, 1969.

[5] Morales Juan José, Mitos y leyendas del mar, Editorial Posada, Colección OMNIA, México, 1984.

[6] Mulholland Derral, What are those lights?, Science 84, Vol. 5, No. 2, marzo 1984, p. 32.

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