La abdicación del corrupto rey de bastos

IMPACTO AMBIENTAL

La abdicación del corrupto rey de bastos[1]

Juan José Morales

Aunque la monarquía es una antigualla, los habitantes de media docena de países europeos han decidido conservarla. Pero a España le fue impuesta por el dictador Francisco Franco, y si los españoles la han aceptado o tolerado, es porque la consideraron una especie de mal menor que les permitió recuperar libertades de las cuales estuvieron privados por 40 años bajo la férula del Caudillo de España por la Gracia de Dios, como se hacía llamar Franco.

Pero la abdicación del rey Juan Carlos en favor de su hijo Felipe —que subirá al trono con el apéndice VI tras su nombre de pila—, desató las demandas de acabar con la monarquía, que ya cumplió su transitoria función y nada tiene que ofrecer al pueblo español.

imageOficialmente, el tal Juan Carlos, que aquí parece decir adiós al trono de España, según la ley debía ser llamado —no es broma ni burla— Su Majestad, el rey Don Juan Carlos Primero de Borbón, Augusto Señor, Rey de España, de Castilla, de León, de Aragón, de Mallorca, de las Dos Sicilias, de Sevilla, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales e Indias Occidentales, de las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Soberano Gran Maestre de la Insigne Orden del Toisón de Oro y Gran Maestre de todas la órdenes civiles y militares del Estado.

Y es que, a diferencia de otros reyes que mantienen cierto buen nombre y dignidad ante sus coterráneos, el prestigio del tal Juan Carlos anda por los suelos, y muy merecidamente, pues resultó ser un pillo de siete suelas, que de mendigo pasó a multimillonario gracias a los sucios negocios que ha venido haciendo casi desde que fue coronado.

Antes de que Franco lo dejara como su sucesor, vivía en la inopia, a tal grado que debió enviar una lastimera y suplicante carta al Sha de Irán para “con todo respeto… someter a tu generosa consideración la posibilidad de conceder diez millones de dólares como tu contribución personal para el fortalecimiento de la monarquía española”. Aquello fue en 1977. En 2003, la revista Forbes —en una edición que no llegó a circular en España porque todos los ejemplares fueron adquiridos por una legión de misteriosos compradores— le calculaba a Juan Carlos una fortuna de 2 500 millones de euros (más de 43 mil millones de pesos).

Por supuesto, no la amasó con el sudor de su frente y su esforzado trabajo, sino a base de corrupción y relaciones con grandes empresarios y turbios personajes. Por falta de espacio no vamos a entrar en detalles, pero libros como El negocio de la libertad, del español Jesús Cacho, o reportajes como los del colombiano Fernando Vallejo, contienen amplia información al respecto. Una de las tretas preferidas del rey, escribe Cacho, fue cobrar comisiones por el petróleo que importaba España. Todavía podríamos seguir hablando de otros asuntos, como la burda intervención de este reyezuelo para favorecer a empresas españolas. Por ejemplo, su llamada personal a Vicente Fox para interceder por la empresa hotelera Riu, cuando a ésta se le ordenó demoler —cosa que finalmente no hizo— los tres pisos de más que ilegalmente agregó a uno de sus hoteles en Cancún.

De la vida personal de este sujeto, basta un par de botones de muestra: sus costosas cacerías de elefantes en África mientras millones de españoles se quedaban sin casa y sin trabajo por la crisis económica, o el descaro con que exhibe a su amante —una sedicente princesa de pacotilla que se hace llamar Corinne zu Sayn-Wittgenstein— a quien lleva y trae por todas partes en calidad de “consejera estratégica” y lo representa en negocios con los jeques árabes.

No es de extrañar que muchos españoles ya estén hasta la coronilla de esta especie de rey de bastos, al que por cierto —según la ley— no puede tocársele ni con el pétalo de una rosa, porque el artículo 490.3 del Código Penal español castiga con de prisión de seis meses a dos años a quien «calumniare o injuriare al Rey”. No pocos periodistas y caricaturistas han sido perseguidos con base en él.

Y, como dice el refrán popular, “hija de tigre, pintita”: la Infanta Cristina, su hija, está sumida junto con su esposo, Iñaki Urdagarín, duque de Palma, en una verdadera cloaca de tráfico de influencias, corrupción, falsificación, fraudes y sobornos que investiga la justicia española a pesar de los esfuerzos del rey y su hijita por evitarlo.

Con tales antecedentes, resta por ver si dentro de algún tiempo a Felipe VI no se le empieza a conocer con un cariñoso diminutivo: Feli pillo.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Martes 10 de junio de 2014

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