Peña Nieto, La Caja China y la nave del olvido

ESCRUTINIO

Peña Nieto, La Caja China y la nave del olvido[1]

Juan José Morales

Según la letra de la canción de José José, «aún la nave del olvido no ha partido», y continúa pidiendo que «no condenemos al naufragio lo vivido». Pero para Peña Nieto, el gobierno, el PRI y los medios de comunicación a su servicio, la nave del olvido ya zarpó y navega a toda máquina. Confían en que ella se llevará, hasta perderse en la bruma y hundirse en las profundidades, asuntos tales como la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, La Casita Blanca, la otra casita del secretario de Hacienda, la compra de votos que le permitió a Peña Nieto usurpar la presidencia, el escándalo de los sobornos de la transnacional española OHL, la represión a los peones agrícolas de San Quintín en Baja California, los «gasolinazos» «”no por casualidad suspendidos este año ante la proximidad de las elecciones»” y otras muchas cuestiones por el estilo.

imagePuede decirse que la televisión, fuente casi única de información de la gran mayoría de los mexicanos, se ha convertido en una auténtica nave del olvido. Con su silencio o su distorsión de las noticias, logra distraer a la opinión pública para que olvide los escándalos que afectan a los hombres en el poder o al gobierno en turno, o ni siquiera se enteren de ellos, pues no les da cabida en sus espacios informativos.

Esto no es nada nuevo. De hecho, ha sido una táctica recurrente de los gobiernos. Cuando hay problemas, asuntos escandalosos o revelaciones sobre malos manejos, se les va dando largas, para que la gente finalmente se aburra de escuchar noticias sobre ellos y deje de prestarles atención. O, como muy bien mostró la reciente película mexicana La Dictadura Perfecta, se utiliza el procedimiento distractor que los comunicólogos al servicio del poder llaman La Caja China. Esto es, para acallar un escándalo que afecte a algún alto funcionario o al gobierno en su conjunto, o para desviar la atención pública, se arma artificialmente otro escándalo. Y si es necesario, un tercero. Después de todo, en este país hundido en la corrupción, material no falta para cuantas cajas chinas se requiera, y si es necesario sacrificar a algún funcionario para encubrir a otros, se hace sin titubeos.

Y ciertamente, el método parece dar buenos resultados, gracias al control que el gobierno «”y aquí hablamos no sólo del federal sino también de los de muchos estados e incluso de algunos grandes municipios»” ejercen sobre los medios de comunicación. Los padres de los estudiantes de la normal de Ayotzinapa, por ejemplo, no cejan en su demanda de que sus hijos aparezcan con vida, o que se les dé una explicación más satisfactoria que aquella de «la verdad histórica» de un homicidio múltiple sin cadáveres. Pero las cadenas de televisión «”que son el abrevadero noticioso de la inmensa mayoría de la población»” prácticamente no hablan del asunto, como tampoco lo mencionan la mayoría de los grandes diarios ni las cadenas de radioemisoras.

Y, en un caso más reciente, se ha tendido un manto de silencio sobre el caso de Carmen Aristegui, de quien no sólo se escamotean las noticias sino que, cuando se publican, no pocas veces son para justificar que se le haya despedido o para intentar presentarla como una simple mercader del periodismo.

Ahora que se aproxima el 7 de junio, día de la jornada electoral, conviene recordar que la nave del olvido aún no suelta amarras como quisieran muchos políticos responsables del aumento de impuestos, el encarcelamiento y asesinato de periodistas, el estancamiento económico, el desempleo, la inseguridad, la entrega de nuestros recursos naturales al capital extranjero, las violaciones a la ley, el saqueo del erario público y otros muchos etcéteras.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Martes 2 de mayo de 2015

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