Adamski (2)

LOS “LOCOS DE LOS PLATILLOS”

Ya conocemos a tres de los siete integrantes de la expedición que establecería el primer contacto con los venusinos: las señoras Wells y McGinnis, y el propio Adamski, pero ¿quiénes eran los Williamson y los Bailey?

A ese par de matrimonios se les conocía como “Los locos de los platillos”, por su extraordinario interés en el tema. Habían leído todo lo existente sobre los OVNIs y afirmaban haber visto esos extraños objetos brillar en el cielo, tanto volando bajo como a gran altura. Viajaban frecuentemente al desierto con la esperanza de ver algún aterrizaje.

Luego oyeron hablar de Adamski y establecieron contacto con él para poder intercambiar experiencias. Eran, pues, las personas menos adecuadas como testigos imparciales para poder establecer si el contacto de Adamski con el venusino había sido cierto o no. Adamski escribe al respecto:

“Unos días más tarde, los Bailey y los Williamson vinieron juntos. Después de ser mis huéspedes durante dos días, me rogaron que les telefoneara la próxima vez que yo intentara establecer un contacto con los “platillos”.

“Les prometí avisarles, y el 18 de noviembre por la noche telefoneé al doctor Williamson para decirle que pensaba marchar al día siguiente a medianoche hacia Blythe (California), y quedamos en encontrarnos junto con los Bailey el jueves, día 20, por la mañana”.

Pasados los años, George Hunt Williamson se volvería también contactado y sacaría también fotografías de las “extrañas naves”. En compañía de Richard T. Miller, de Detroit, fundaría el Telonia Research Center, en Prescot, Arizona, en donde grabó un disco con la voz de una criatura del espacio.

Pero lo interesante es que Hunt Williamson escribiría en el boletín de la Asociación de la Hermandad Cósmica, que él nunca vio la nave exploradora y mucho menos al venusino, y que la nave madre que creyeron ver seguramente era sólo un blanco para maniobras antimisiles.

Aún más, Jerrold E. Barker, quien vivía en la casa de Alice Wells y que luego cobraría cierta popularidad al fotografiar una nave de tipo adamskiano (ver más adelante), declaró que justo antes de aquel 20 de noviembre, cuando supuestamente Adamski tuvo el encuentro con el venusino, el contactado le ordenó que comprara yeso para hacer moldes de impresiones, “por si en el futuro fuera necesario”.

Algo que también resulta extraño es que Adamski pidió a los presentes que firmaran una declaración jurada que dice:

“Yo, el infrascrito, indico solemnemente que he leído el relato adjunto del contacto personal entre George Adamski y un hombre de otro mundo, que llegó aquí en su platillo volador – “nave exploradora”. Y fui parte, y presencié el acontecimiento según la descripción adjunta”.

“LA ASTRONAVE ESTABA PARADA CASI ENCIMA DE MI CABEZA”

“En aquellos momentos tuve la exacta sensación de que entraría en contacto con los tripulantes de aquel aparato. Para los que aceptan los misterios del subconsciente, ninguna explicación es necesaria. Para los demás, cualquier explicación resultaría larga y tal vez inútil. Exclamé:

“¡De prisa, llévenme en el automóvil! ¡Aquel aparato está buscándome y yo no quiero hacerle esperar! ¡Tal vez el ‘disco’ no ande lejos, pero no quiere presentarse en donde mucha gente pueda verlo!”

“En el automóvil, guiado por Lucy, Albert y yo mirábamos hacia fuera siguiendo el aparato con la mirada. Recorrimos así casi un kilómetro, hasta salir de la carretera y andar un trecho por el desierto. Finalmente, el automóvil no pudo continuar. Cuando paramos comencé a sacar del auto mi equipo, que consistía en un telescopio de seis pulgadas, un trípode y una caja que contenía la cámara y los accesorios para el telescopio, las placas fotográficas y una pequeña “Kodak Brownie”. Instalamos el telescopio en una colina, con la mayor celeridad. El auto, guiado por Lucy, volvió en compañía de Albert para buscar a los demás. Yo les había dicho que me observasen desde cierta distancia.

“La astronave estaba parada casi encima de mi cabeza. Menos de cinco minutos después se produjo una claridad en el cielo y casi instantáneamente surgió un bello y pequeño aparato circular, que descendía silenciosamente en dirección de dos ondulaciones del terreno, que estaba a menos de un kilómetro. Cuando aterrizó, su parte superior quedó visible. Rápidamente, sin tener tiempo de enfocar bien, tiré las siete placas que poseía. De pronto vi a un hombre entre las dos ondulaciones del terreno. Me hacía señales para que me aproximase. Le obedecí y al llegar cerca, dos cosas me llamaron de pronto la atención: una era que sus ropas parecían muy extrañas, con pantalones semejantes a los de un esquiador; la otra, que sus cabellos eran largos y le caían sobre los hombros.

“Era más bajo que yo y aparentaba unos 28 años. En su presencia, yo sentía una extraña sensación, aunque su actitud y su expresión fuesen amistosas. Me tendió la mano, pero no estrechó la que yo le ofrecía. En vez de eso, con una sonrisa, se limitó a rozar la palma de mi mano con la suya. Yo me sentía como un niño ante un ser superior, lleno de comprensión y de amor. La piel de su mano era firme y elástica, pero delicada como la de un recién nacido. Tenía los dedos largos y aristocráticos. Con ropas apropiadas, aquel ser hubiera parecido una bella mujer terrestre. Más yo tengo la certeza de que era un hombre. Su cara estaba coronada por un cráneo voluminoso. Tenía los ojos tranquilos, de color ceniciento verdoso, ligeramente estrechados en su lado externo. Los pómulos eran más salientes que lo normal y su nariz también era más gruesa de lo corriente. La boca era de tamaño medio y, cuando sonreía, observé que poseía dientes blancos y perfectos. Su tez parecía como tostada por el Sol, pero era lisa y satinada. No presentaba ninguna señal de barba. Sus cabellos eran amarillentos, color de arena. Llevaba la cabeza descubierta. Su vestido parecía ser de una sola pieza, marrón, de un tejido muy fino, que caía en pliegues diferentes a los que producen los materiales que nosotros empleamos. Más que brillo, poseía una especie de radiación. No había en él ni botones, ni costuras, ni bolsillos, ni cremalleras. Llevaba una especie de faja o cinto, de un tono marrón dorado[1]. Los pantalones estaban sujetos en los tobillos por fajas semejantes. Llevaba unos zapatos rojizos, hechos de un material tan fino y leve, que yo advertía el movimiento de sus pies como si estuviese descalzo. Eran más botas que zapatos, con sendas ranuras en los lados externos”.

UNAS FOTOGRAFÍAS VELADAS

Una vez que reunió todo su material, Adamski pidió a sus amigos que se alejasen y empezó a montar su conjunto de cámara y telescopio. Adamski poseía dos telescopios, uno de 16 pulgadas, instalado en Palomar Garden’s y otro de 6 pulgadas, que podía montar al aire libre. Este último podía orientarse fácilmente en todas direcciones, y también ser desmontado de su base y trasladado a cualquier lugar, instalándolo en un trípode. Además, resultaba fácil instalar una cámara fotográfica en su ocular.

La cámara de Adamski era muy rudimentaria. Consistía simplemente de una caja, un obturador operado por medio de un bulbo y una pieza que se deslizaba en la parte trasera para sostener las placas. Su manejo era muy sencillo.

La cámara se ponía directamente sobre el ocular del telescopio, el cual servía de lente. Se trataba de una vieja Hagre-Dresden Graflex.

Nada más terminar de montar su equipo, observó un destello de sol en una superficie de acero y vio salir, entre las colinas cubiertas de maleza, una pequeña nave espacial que se posó en silencio a media milla de distancia, quedando parcialmente oculta por el terreno. Apresuradamente sacó siete fotografías, rezando para que la película captase claramente la imagen. Luego, usando una cámara Brownie, sacó otra cuando la nave parecía desaparecer de su vista. El resto de los negativos se echaron a perder cuando, según Adamski, se acercó al aparato. Esta sería la primera referencia del luego famoso efecto electromagnético tan socorrido por los ufólogos y tan útil para explicar algunos hechos embarazosos.

Existe un misterio aún más grande que las placas echadas a perder. ¿Por qué Adamski despachó a sus amigos y no quiso que estuvieran presentes durante el contacto? La respuesta la veremos más adelante.

En 1979 el ufólogo inglés Timothy Good entrevistó a Lucy McGinnis, y esta recordó esta historia de la siguiente forma:

“Ahí venía esta gran nave que parecía un dirigible. Y George dijo, rápido llévenme allí. Deseo ir e instalar el telescopio. Así que lo conduje con Al Bailey hasta donde él nos dijo que debíamos ir. Estuve mirando hacia fuera del coche y esa nave dio vuelta y nos siguió. Y él dijo, ¡para aquí! Paré, y él salió, y ese dirigible también paró –bastante más lejos. No podría juzgar muy bien a qué distancia estaba. Y él instaló el telescopio. Y después de que él instaló todo, dijo, ahora regresen”.

“Mi atención fue atraída por un flash en el cielo y casi instantáneamente un pequeño y hermoso artefacto apareció volando a través de una valle entre dos picos de montaña y se colocó silenciosamente sobre una de las ensenadas a media milla de mí. No bajó por completo por atrás de la cima, ya que la parte superior, o domo, permanecía sobre la cima. Con todo estaba en tal posición que podía ver la nave entera”.

Timothy le preguntó a Lucy si pudo ver el contacto:

“No podías ver muchos detalles por la lejanía, ellos estaban bastante lejos como para parecer postes de cerca. Pero estaban parados y hablaban el uno al otro, y los vimos dar vuelta e ir de nuevo a la nave. No vi que (Orthon) subiera a la nave. Y cuando se fue, parecía como una burbuja o una clase de luz brillante que se elevaba. Entonces George salió a la carretera y nos indicó que saliéramos. Nos dijo que él estuvo demasiado cerca y su brazo había cogido en la radiación del aparato. Y él sufrió por eso durante algún tiempo… Podías ver por donde habían caminado sobre la arena. No hay dudas sobre eso”.

“PACÍFICOS ESPÍAS INTERPLANETARIOS”

“Le pregunté de dónde venía. Él no pareció entenderme y yo repetí la pregunta. Movió la cabeza levemente en signo negativo. Entonces traté de formar en mi mente la imagen de un planeta, me concentré y señalé hacia arriba. Por su expresión vi que podríamos entendernos. Señalé al Sol, tracé una órbita en el aire y dije “Mercurio”. Tracé una órbita más amplia y dije “Venus”. Después tracé el tercer círculo, dije “Tierra”, e indiqué el suelo. Luego me llevé el índice al pecho y repetí indicando otra vez el suelo: “Tierra”. Él sonrió, apuntó al Sol, hizo un círculo en el aire, luego otro y se señaló así mismo. Yo le pregunté: “¿Venus?”.

“Sonriendo, él repitió la palabra que yo había pronunciado. Su voz era más aguda que la de un adulto, o mejor dicho, más fina, como la de un muchacho en la pubertad, y muy musical.

“Mediante gestos y cuadros mentales, le pregunté por qué había venido a la Tierra. De esta manera proseguimos nuestra conversación. Por lo que pude entender, su viaje no tenía fines agresivos. De nuestro planeta salían radiaciones muy fuertes, después de las explosiones de las bombas atómicas, y afectaban el espacio exterior. Me dio a entender que, si continuaban aquellas explosiones, terminaría por producirse una catástrofe en la Tierra. El viaje interplanetario se realizaba en el gran aparato alargado, desde el que se lanzaban los “discos” o navecillas de exploración. Algunas, las mayores, eran pilotadas. Otras, las pequeñas, eran gobernadas a distancia y llevaban aparatos de observación a bordo. Tanto las naves como los discos se movían aprovechando la fuerza magnética, según las leyes de atracción y repulsión. Pude también comprender que los habitantes de Venus están en un plano mucho más elevado de desarrollo, no sólo material, sino principalmente espiritual. Por decir, se hallan y viven más cerca del Creador que nosotros, los terrestres.

“También supe que las extrañas naves que se han visto en nuestro mundo no sólo provienen de Venus, sino también de otros planetas de nuestro sistema solar, y de otros sistemas planetarios. Entre estas civilizaciones son cosa normal los viajes por el espacio. ¿Y por qué no aterrizan en ciudades terrestres, para establecer un contacto oficial con nosotros? Él me hizo comprender que nuestra humanidad aún no está preparada para este contacto. Ellos no quieren verse obligados a luchar ni desean aportar el pánico ni una revolución total, para la cual la Tierra aún no está preparada. Una revolución en la Ciencia, en la Religión, en las costumbres, en todos los aspectos de la vida, que probablemente causaría un desequilibrio general. Supe, por otro lado, que hombres de la Tierra ya habían sido llevados voluntariamente a otros planetas. Y que no es raro que seres de otros planetas desciendan a la Tierra para estudiar mejor nuestras costumbres. Con ropas iguales a las nuestras, documentos perfectamente falsificados, cabellos cortados al estilo terrestre, en nuestras calles ya hay lo que podríamos llamar pacíficos espías interplanetarios. Por este motivo él no dejó que yo lo fotografiase.

“Aunque son bastante parecidos a nosotros, tienen algunos rasgos distintivos que pueden servir para identificarlos. Mi interlocutor del espacio añadió que muchos planetas están habitados por seres en todo semejantes a nosotros. Apenas varían en tamaño, en color de cabello y tez, del mismo modo como en la Tierra las razas también se diferencian. Sus naves del espacio también presentan diferencias de detalle, pero todas obedecen al mismo principio: la atracción y la repulsión, principio físico que ya conocían los egipcios de las pirámides”.

PLATILLOS VOLANTES AQUÍ Y AHORA

Por aquel entonces Frank Edwards era uno de los locutores más populares de la radio. Desde el inicio de la época de los platillos se había unido al mayor Donald Keyhoe en una cruzada en pro de la ufología. Era uno de los líderes indiscutibles de los ovnis gracias a haber escrito dos libros: Los platillos voladores, asunto serio; y Platillos volantes aquí y ahora. En este último hace algunas jugosas revelaciones respecto al asunto Adamski:

“George estableció las reglas básicas para los contactados, que éstos han seguido fielmente. Él fue el primero y demostró que se podía obtener sustanciosas ganancias traficando con historias relativas a contactos con seres de otros mundos. George comprendía instintivamente que todo debía ser un tanto nebuloso, y que los detalles serían desastrosos”.

Edwards nos dice que Adamski había registrado en 1949, justo cuatro años antes de sus supuestos contactos, una novela de ciencia ficción en la Biblioteca del Congreso, en Washington, con el título An Imaginary Trip to the Moon, Venus and Mars (Un viaje imaginario a la Luna, Venus y Marte), pero no llamó la atención de ningún editor. Una dama escritora, de la que Edwards no da el nombre pero que el antiguo seguidor belga de Adamski, Marc Hallet, informa que se trataba de Lucy McGinnis, quien según Hallet sería la verdadera autora de la obra (que en realidad fue registrada con el título Pioneers of Space. A Trip to the Moon, Mars and Venus), sí tuvo fe en la obra de Adamski. Edwards nos informa que esta dama:

“Hizo un trato con George para escribir de nuevo su epopeya; ella pondría la técnica narrativa, y él proporcionaría las fotografías de las naves espaciales.

“Esta dama sometió a mi consideración el original ultimado, para que le diera mi opinión, junto con un puñado de las más toscas fotografías de ovnis que había visto en muchos años. Le dije que prefería permanecer ajeno a todo aquello, y ella salió de mi despacho un tanto enojada”.

La obra se puede consultar en el catálogo de la Biblioteca del Congreso, http://catalog.loc.gov/cgi-bin/Pwebrecon.cgi?v3=1&ti=1,1&SEQ=20041122084836&Search_Arg=adamski&Search_Code=NAME_&PID=766&CNT=25&HC=2&SID=2

Tal vez el título original que utilizó Adamski fue el de An Imaginary… y así le fue presentado a Edwards. Pero McGinnis le dio un título más comercial (Pioneers of Space), lo rescribió y dejó el esqueleto de lo que posteriormente sería Inside The Space Ships, el segundo libro de Adamski. En este libro Adamski relata sus viajes dentro de los platos voladores e, incluso, dentro de las naves madre en forma de puro. Lucy McGinnis, secretaria de Adamski durante muchos años dijo esto sobre esos dos libros:

“A menudo me he preguntado sobre eso. El primer libro fue escrito definitivamente como ficción, y puede ser que haya sido su manera de iniciar el tema. Puede ser que haya sabido algo más, no lo se. Nunca me importó hasta el punto de hacer un trabajo sobre eso porque, ya sabes, yo habría podido hacer un trabajo sobre eso si no hubiera visto esas naves”.

En efecto, se supone que además de atestiguar el contacto de Desert Center, Lucy tuvo otro avistamiento en Palomar Terraces varios años más tarde. Ella describe este episodio de la siguiente forma:

“Una tarde estaba en mi cuarto descansando. No sé qué fecha era pero por alguna razón me levanté y salí. Al salir a la puerta, mire para arriba y ahí estaba esta gran cosa parecida a un platillo. Me sorprendí. Mientras miraba para arriba podía ver a través de él. No recuerdo cuánta gente vi, pero se movían alrededor. Parecía que tenían de ese tipo de trajes de esquí, sujetados alrededor del tobillo. Entonces comenzaron a irse repentinamente”.

Lucy también dijo que Adamski comenzó a contar una serie de historias ridículas a partir de los sesentas. Ella pensaba que se debía culpar a su enorme ego. Dijo que ella creía que el grupo original de extraterrestres lo había abandonado justo por esa razón. Ella también se sentía que él mentía sobre los viajes a Saturno y Venus por su ego, que se había desinflado seriamente cuando el grupo original lo abandonó.

También Lou Zinsstag pensaba que la historia de Saturno era una “experiencia mental”. Henk Hinfelaar, representante de Adamski en Nueva Zelandia, era igualmente escéptico. En 1979, Carol A. Honey escribió:

“En propias palabras de Adamski él “no salió de la luz” hasta muchos años después de sus contactos originales. Porque estoy interesado solamente en la verdad le dije a Adamski muchas veces que apoyaría solamente lo que se hubiera demostrado ser verdadero. Adamski me envió muchos manuscritos, la mayor parte de su biblioteca y casi todos sus archivos originales. Por varios años cada palabra publicada de Adamski pasó por mi máquina de escribir. Sus manuscritos inéditos siguen siendo inéditos porque en mi opinión estaban “saliéndose de la luz” y no eran compatibles con lo que sabía que era verdad. En varias ocasiones, Adamski produjo fotografías, artefactos, grabaciones, reportes de laboratorio, etc, que examiné de cerca. Por lo que se, ninguno se mostró al público o a la prensa, con todo que eran más convincentes que esas cosas que divulgó. Él afirmó que no iba a contar todo “y lo revelaría hasta su debido tiempo”. ¿Si hacía fraude en todas sus afirmaciones, por qué no reveló este material más fuerte? ¿Qué sucedió a estos artículos cuando él murió? George Adamski se reunió con hombres de otros planetas y sus fotografías eran genuinas. Más tarde sus contactos terminaron y él engañó al público antes de admitir que las fases iniciales del “programa” habían terminado”.

Sigamos con el relato de Edwards. En esta parte se ocupa de las fotografías de Adamski.

“Tal como aparecía en el libro, la fotografía había sido tomada un día en el que brillaban tres soles, o bien se trataba de un objeto pequeño iluminado por tres reflectores. Tras ocho años de pacientes investigaciones, llegué, finalmente, a la conclusión de que su “nave” espacial era en realidad el extremo superior de una aspiradora fabricada en 1937. Y dudo que se pueda viajar a través del espacio montado en una aspiradora”.

En este punto no estamos de acuerdo con la apreciación de Edwards. Los platillos voladores u ovnis han desplazado a la brujería y al espiritismo en el ánimo popular, por eso no resultaría tan raro que las brujas se hubieran modernizado y ya no viajen en escobas voladoras sino en aspiradoras voladoras.

“Adamski se comunicaba a menudo conmigo. Cuando era interrogado sobre el título de “profesor” que utilizaba, decía que se trataba sólo de un título honorario que le daban sus “alumnos” y que él nunca usaba. Por lo visto, George era un tanto olvidadizo, pues en las cartas que me enviaba firmaba siempre como “Profesor George Adamski”.

“George Adamski murió en 1963 (en realidad fue en 1965) de un ataque cardiaco. Por aquel tiempo se ofrecía enseñar a la gente cómo visitar los planetas Venus y Marte mediante autohipnósis… por cincuenta dólares”.

Continuará…


[1] Pedimos al lector que mantenga en mente esta descripción. Más adelante la necesitaremos.

Un pensamiento en “Adamski (2)”

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