Charlatanería Médica

CHARLATANERÍA MÉDICA[1]

Mario Méndez Acosta

El conocimiento que maneja la ciencia médica no se reduce a saber qué procedimientos curan cualquier desarreglo orgánico o malestar, sino que, con mucha más amplitud, pretende averi­guar qué es lo que causa las enfermedades y qué es lo que mantiene la salud de un organis­mo. En esto es en lo que la medicina moderna se distingue de todas las disciplinas mágicas o semimágicas con las que el ser humano trató de hallar alivio desde que su especie alcanzó la facultad del raciocinio.

No obstante, los conocimientos más impor­tantes de la medicina científica no tienen más de 150 años de haberse establecido y compro­bado. Surgieron a través de duras labores de in­vestigación, regidas por el método científico. Es más, contribuyeron en forma notable a la identi­ficación y a la expresión formal de dicho méto­do. Apareció además este conocimiento en el seno de la civilización occidental, y de ahí se tuvo que abrir paso hacia otras culturas que por razones históricas e ideológicas no aceptaron siempre sus hallazgos o indicaciones. En con­traste, la especie humana subsistió durante milenios enteros satisfecha con una infinidad de explicaciones de por qué falla la salud, la mayor parte de las cuales eran de carácter mágico, aun­que es necesario reconocer que en diversas cul­turas se logró un amplio conocimiento empírico de las propiedades curativas de plantas o de tra­tamientos o comportamientos, como la higiene, cuya efectividad se determinó mediante prueba y error, a través de los milenios de la prehistoria y sin contar con un respaldo teórico bien funda­mentado sobre su efectividad. La farmacopea contemporánea se apoya ampliamente en este acervo de conocimientos, aunque ha podido de­terminar con mucha precisión por que ciertas sustancias en efecto, curan algunas enfermeda­des y, sobre todo, ha logrado aislarlas química­mente.

La larga tradición mágica y empírica en el arte de la curación, no ha podido desaparecer en el breve plazo en que ha existido la medicina científica; sobre todo, porque ésta no ofrece ni remotamente las tan deseadas panaceas y cu­ras garantizadas que todo el mundo quisiera. Sus tratamientos son muchas veces difíciles, caros y con efectos secundarios no deseados; son, en ocasiones, hasta inciertos o erróneos, en contraste con lo que ofrecen las teorías mágicas o seudocientíficas que prometen casi la infalibilidad, aunque desde luego no cumplen con esta oferta, y ante los fracasos prefieren pre­sentar una serie de justificaciones ad hoc.

Uno de los hallazgos más importantes de la medicina es que las enfermedades tienen cau­sas reales, materiales, identificables y cuantificables. En contra de esta afirmación se levantan las seudociencias curativas, y la charla­tanería médica contemporáneas, que postulan causas espirituales, sobrenaturales, trascenden­tes e imponderables a todos los males, sin olvi­dar la mala o la buena voluntad de espíritus o deidades, que determinan nuestras vidas. Tal es la característica que identifica a la charlatanería en la medicina: atribuirle a fuerzas no cuantificables, a energías espirituales indetectables por nuestros más finos aparatos de detección; a equilibrios dinámicos imagina la acción directa de la Providencia, tanto en la pér­dida como en la recuperación de la salud.

Cuando una persona es atacada por una fiera, por ejemplo su organismo resulta dañado y puede morir por las heridas resultantes. Nadie atribuirla esa muerte al efecto de una fuerza imponderable, o al desequilibrio de las energías internas del organismo de la víctima. En cambio, cuando una persona es atacada por un virus patógeno, como el agresor resul­ta invisible a simple vista, a muchas personas y disciplinas se les hace fácil negar que sean esos gérmenes los responsables del mal que sufre la persona.

El conocimiento médico ha determinado y cuantificado el efecto patógeno de los gérme­nes, los daños de la desnutrición y de la avitaminosis; las fallas del sistema inmunológico del organismo y las causas más probables de las enfermedades degenerativas. Cuando una persona enferma por ingerir claramente una sus­tancia dañina, el sentido común señala que hay que retirársela para lograr el primer paso hacia su curación.

Similarmente, hay al­gunas sustancias que comprobada mente cau­san cáncer en el ser humano. Son cancerígenos activos y para lograr la cura lo primero que hay que hacer es alejar al paciente de tales vene­nos. Sin embargo, a pesar de este hecho, hay quien afirma que el cáncer es una enfermedad por completo de origen nervioso o sicosomático y que se puede curar invariablemente mediante diversas técnicas meditativas o telepáticas.

La magia sigue siendo un elemento insepa­rable de la seudociencia médica. La homeopa­tía afirma que las enfermedades son causadas por el rompimiento de un equilibrio dinámico del organismo, que resulta de haber ingerido alguna sustancia dañina. Para restaurar ese equi­librio perdido, hay que ingerir la fuerza espiritual de esa misma sustancia, la cual se obtiene dilu­yéndola una y otra vez en algún disolvente has­ta que en la solución resultante no reste ni una sola molécula de aquella sustancia original.

La acupuntura señala que en el cuerpo hu­mano existe, cerca de la piel, un campo de fuer­za que se transmite por trayectos o meridianos específicos. La enfermedad es causada por una perturbación en ese campo de fuerzas, la cual puede corregirse con la inserción de una aguja en determinado lugar de la piel.

La magia representativa de los antiguos ca­vernícolas, que dibujaban en una cueva la ima­gen del animal o tótem tribal que deseaban capturar en sus cacerías, se mantiene en varias terapias seudocientíficas de nuestros días. Todo el cuerpo humano puede, según ellas, mapearse en algún lugar del mismo. Este, puede ser la espina dorsal, según los quiroprácticos o la planta del pie o el pabellón de la oreja, según los que creen en diversas terapias de reflexología, y pre­sión digital o bien en el iris del ojo, según los iridiólogos. Desde luego, no existe ninguna co­nexión privilegiada entre los órganos del cuerpo y sus imágenes en esos mapas mágicos.

El hecho de que no existan veterinarias al­ternativas no arredra a los creyentes. Un campe­sino llevará a su mujer al brujo o al homeópata, pero a su ganado mayor o menor lo vacuna, y lo trata con las más avanzadas medicinas veterina­rias. Tampoco lo lleva al curandero espiritual para que le imponga las manos y lo sane. ¡Cuando hay dinero de por medio, se tienden a olvidar las ilusiones alternativas!


[1] Ciencia y Desarrollo, Vol. 21, No. 124, septiembre/octubre 1995, Pág. 104

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