Viaje a Venus en un plato volador. La increíble historia de Salvador Villanueva (7)

VIAJE A VENUS EN UN PLATO VOLADOR

“Pasaron los años y así, trabajando un turno en un auto de alquiler, allá por el año de 1952 tomé como pasajeros a una pareja de norteamericanos. Después de llevarlos a algunos lugares de diversión, me pidieron que les recomendara a un chofer que les ayudara a manejar su auto rumbo a los Estados Uni­dos. Por esos días yo había cumplido años, y mis economías se habían agotado, así que enterado de la cuantía del pago acepté ayudarlos.

“Salimos dos días después en el auto de su pro­piedad que, era un magnífico Buick, del año ante­rior, que se pegaba con seguridad a la carretera. Era ésta la que une al D. F. con Laredo, Texas. Poco después de pasar un pueblo que más tarde me enteré se llama Ciudad Valles, el coche empezó a producir un ruido en la transmisión. En ese momento llevábamos recorridos cerca de quinientos kilómetros. Te­merosos de causar al coche daño grave acordaron mis improvisados patrones, que yo los esperara mientras ellos regresaban al pueblo que acabábamos de pasar para buscar un mecánico o una grúa, que nos remolcara.

“Ese día era sábado y se trabajaba sólo hasta me­diodía. Por lo tanto, no me extrañó que mis impro­visados patrones no regresaran pronto. Así que le­vanté el auto por una rueda trasera, eché a andar el motor y lo conecté a la transmisión, me metí debajo y traté de localizar el desperfecto, fue entonces cuando empezó la más extraña aventura que le puede suce­der a un ser humano. Aventura que aún ahora no alcanzo a comprender cabalmente, porque las con­secuencias han sido de diversa índole…

“Por esa época, encabezaba una familia numero­sa, que se componía de una esposa, cinco hijos varo­nes, y dos hijas, Estas en esa época entraban a la adolescencia, edad difícil para todos los humanos.

“No llevaba amistad con nadie. Me limitaba a tra­bajar de doce a catorce horas diarias, entregaba la cuenta al dueño del auto, pues nunca tuve uno pro­pio y volvía a mi casa a descansar un poco para vol­ver a la labor al día siguiente.

“En la vecindad donde vivía a nadie le hablaba y con nadie llevaba amistad. Para todos resultaba ‘el apretado’, como suelen llamar a los que se apartan ensimismados en su propia envoltura.

“Vivíamos en un barrio pobre, plagado de vagos y malvivientes, siempre hostiles para los que no ha­cen relación con ellos, para los que luchan honradamente para ayudar a su familia, por mantener un nivel superior al de ellos. Por fin, año y medio después y cuando estaba a punto de volverme loco, pues es difícil mantener una lucha consigo mismo cuando dentro de la cabeza se tiene algo que acicatea, que crece y amenaza con hacer explosión.

“Las personas que me habían propiciado la increí­ble aventura me hicieron prometerles que la haría pública, pero ahí mismo les dije que no podría cumplir con ese encargo, pues mi cultura era totalmente nula, que difícilmente escribía una carta correctamen­te; pero ellos insistieron, asegurando que me ayu­darían, pero fue pasando el tiempo y yo seguía du­dando. Solía repetirme como una oración, mientras trabajaba o descansaba, que no sabía nada de escribir libros, pero pronto me sentí desarmado, pues me vino la idea (de donde, no lo sé todavía), de acudir a un intelectual, digamos un periodista, pero no conocía a ninguno, pero por ahí tampoco pude escapar por­que no tardé en leer en una revista que alguien había visto naves en forma discoidal, justo de la forma de la que yo había abordado, invitado por aquellos se­res extraños. Así que cuando menos pensé ya le había escrito a ese periodista, que firmaba sus artículos con el seudónimo de M. Gebé.

“A este caballero, (pues resultó serlo a carta cabal, ya que siempre me trató respetuosamente, sin el más mínimo asomo de burla), le escribí dándole sólo el número de mi licencia de manejar… El hizo investi­gaciones para encontrarme, ya que sucedió lo que yo no esperaba, o sea que se interesara, pues yo, inge­nuamente, había pensado, que con solo relatarle algo a una persona versada en esos asuntos daba por ter­minada mi obligación para con aquellas personas de la nave…

“Por fin dicho periodista me encontró y empezó a interrogarme, y a publicar lo que le contaba, siem­pre en fracciones, ya que con el miedo a la burla sólo le platicaba lo que me parecía más verosímil.

“Al parecer estaba traumado, pues justo cuando terminaba mi aventura y los tripulantes de la nave me habían abandonado casi en el mismo lugar donde me recogieron, cerca de la carretera, y me recomen­daron que rápido me alejara para poder elevarse, corrí hasta el borde del camino y parado en el asfalto, miré hacia donde había quedado la nave y ví a ésta a una altura como de quinientos metros, meciéndose suavemente, como una hoja seca de árbol que levanta el viento. Imaginé que se despedían de mí. Luego dieron un acelerón tan rápido hacia el po­niente que en unos segundos perdí de vista la enorme nave. Quedé un momento pensando si sería factible ir a otro planeta en tan poco tiempo…

“Empecé a hacer memoria de las veces que había comido y dormido, así que deduje que no había pa­sado más de dos o tres días, salvo que hubiera dor­mido más de lo normal y aunque un sudor frío me recorría el cuerpo, no me sentía débil. Al contrario, rebosaba de salud y mi mente se solazaba recordan­do uno a uno todos los detalles de la experiencia pa­sada. Ví venir un camión de carga y rápido crucé la carretera y le hice señal de parada. El hombre que lo manejaba paró, seguro porque mi apariencia era pulcra, pues iba vestido con un traje que había es­trenado en mi cumpleaños. Me abrió la portezuela y subí… El hombre me miraba curioso. Le pedí que me dejara en el siguiente pueblo para tomar un au­tobús que me llevara a la ciudad de México[1].

“Me invitó a seguir con él, pues llevaba ese rum­bo. Me preguntó si vivía donde me recogió y como si la cosa me pareciese natural, le dije que no, que acababa de bajar de una nave que venía de otro pla­neta y antes de que pudiera decir palabra, le pregunté qué día era, pues sentía verdadero interés en saber cuánto tiempo había estado fuera.

“El hombre tardó en contestarme, pero finalmente me dijo que era viernes. Noté que se inquietó y no me perdía de vista y para acabar de redondear su inquietud le pregunté: Viernes ¿pero de qué mes?[2] El hombre paró en seco y viéndome de frente, me dijo: mire, amiguito, si cree que se va a divertir conmigo está equivocado. Ahora era yo el que esta­ba nervioso, pero hice acopio de fuerza y le dije: Mire, señor, si le pregunté qué día y que mes está corriendo es porque no lo sé. Acabo de venir de otro planeta y no sé cuanto tiempo estuve fuera de éste. Lo curioso es que yo me sentía orgulloso y rebosante de optimismo. Pero el hombre aquel no entendía nada, así que volvió a arrancar y ya ca­minando, me dijo: Mi amigo, la yerba es buena, y hasta quita el cansancio, secada al sol, pero al pa­recer usted la guisó…

“Si este hombre me hubiera dado un golpe no ha­bría sentido el efecto. La cabeza me estalló en un dolor fulgurante, hube de apretarla con las dos ma­nos, y clavarla entre las rodillas, sentí que el hom­bre volvió a parar el camión, ahora para pregun­tarme burlonamente qué me había pasado. Ya no pude contestar. Todo el cuerpo se me cimbraba. Has­ta entonces comprendí que lo que había pasado no era cosa de todos los días. El hombre aquel seguro se compadeció de mi estado y sacó de debajo del asiento una botella y me invitó un trago y aunque no soy afecto a la bebida bebí generosamente de aquel aguardiente y poco a poco empecé a sentirme mejor.

“En todo el viaje no abrí más la boca. Sentía tra­badas las quijadas. Ya en la ciudad de México apro­veché que paró en una gasolinera a cargar combustible y lo abandoné dándole las gracias. De ahí en adelante aquel dolor de cabeza no me abandonaría en mucho tiempo… A cuanto médico subía al co­che, le preguntaba yo si tendría alguna enfermedad y la mayoría, después de preguntarme cuántas horas al día trabajaba, me decían que necesitaba descan­so. El periodista agotó todo lo que yo estaba dis­puesto a contarle. Yo adivinaba, que él estaba a un paso de juzgarme un charlatán. Y decidí no contarle todo lo que me había pasado y no le dije una sola palabra sobre mi viaje a otro planeta.

“Por esos días conocí a un auténtico héroe de nues­tra Revolución, uno de esos hombres que llegan a fascinar, por su bravura e indiferencia hacia la muer­te.

“Se llamaba don Jesús Apodaca Anaya[3], y era des­cendiente de aquel General Anaya que defendió el Convento de Churubusco cuando la invasión norteame­ricana, y que soltó aquella célebre frase, cuando el jefe norteamericano le preguntó dónde estaba el par­que.

“’Si hubiera parque -le contestó- no estarían ustedes aquí…’

“Era este don Jesús Apodaca Anaya hermano mayor de toda una familia revolucionaria, compuesta además de dos mujeres, intelectuales y maestras, do­ña Aurora y doña Atala. La primera fue maestra del celebrado Torres Bodet, y el otro hermano era o es don Andrés, si vive todavía.

“Doña Aurora y don Jesús ya murieron. Ninguno dejó descendencia…

“Pues bien, este don Jesús era de los que acometían contra el enemigo montando un buen caballo y reata de lazar en ristre y si lograba lazar la ametralladora no paraba hasta llegar a sus líneas con ella a rastras. Este hombre me caía bien, pues fue uno de los revolucionarios que pelearon por cambiar el estado de cosas reinantes en aquella época y a pesar de que todos ellos tenían propiedades, se lanzaban a la revuelta buscando aventura, que no di­nero, porque lo tenían en abundancia.

Villanueva21 Dedicatoria de Salvador Villanueva a Jesús Apodaca Anaya, a quien llama cariñosamente “Tío Chuy”.

“Se me ocurrió que si yo escribía el resto de mi experiencia con los espaciales y desde Guadalajara, lo mandaba al periódico en que escribía don M. Gebé naturalmente atribuyéndola a un campesino, culto o medio culto, pero dueño de un rancho, reforzaba mi relato…

“Acto seguido le escribí y mandé a mi hijo mayor a que lo pasara a máquina y lo remitiera a mi nombre desde Guadalajara dirigida a la Revista.

“La cosa dio resultado, pues en cuanto llegó, M. Gebé vino a verme muy emocionado a mostrarme la carta que “Antonio Apodaca” me había enviado a la Revista y yo le devolví el original, autorizán­dolo para que él lo publicara en el periódico que quisiera. Por esos días “Novedades” lanzaba un bre­ve Magazine Dominical y allí M. Gebé publicó el relato, perfectamente ilustrado con numerosos dibu­jos. El periodista M. Gebé debe perdonarme este jue­go, pero yo hice eso en un momento de desesperación, cuando no sabía cómo contarle lo más impor­tante de mi aventura, que en mala hora le oculté porque comprendí que no me creería y le dije que eso era todo, al llegar al pasaje en que los tripulan­tes de la nave me hablaron de su mundo y me lle­varon a ver el disco volador posado en el bosque, a corta distancia de la carretera, de donde volvieron a elevarse. Todo lo que le oculté a M. Gebé lo relaté en la carta del supuesto Antonio Apodaca. Y todo eso trajo consecuencias más tarde…

“Un día recibí de Alemania, del editor del libro que escribí más tarde, una desesperada petición y era debido a que don Jorge Adamski me acusaba en Europa de haber plagiado a don Antonio Apodaca Anaya o sea el personaje de mi segundo relato y no tuve más alternativa que mandarle una enérgica car­ta al señor ADAMSKI para que se pusiera en paz. Y vaya que se puso…

“Aquel maldito dolor de cabeza de que hablé no me dejaba ni un minuto y mentalmente rogaba a los espaciales que me ayudaran, pero mentalmente re­cibía la respuesta, oía voces y reproches por mi ne­gligencia.

“Recurrí a la misma estratagema de convertir en oración mi queja: que no tenía dinero para editar un libro.

“Me puse a escribir el relato completo y me re­sultaba tan fácil que a las claras veía que me esta­ba convirtiendo en un receptor escribiente[4].

“Cuando lo terminé de escribir me planté orgu­lloso y les dije: Bueno, ya está…

Samael Aum Weor Samael Aun Weor.

“Y ningún editor se arriesgará a publicar esta lo­cura si no le pagamos la edición y efectivamente así era.

“Unos días después -¿coincidencia?- un cliente me pagó con un billete de la Lotería Nacio­nal y cuál no sería mi sorpresa cuando efectuado el sorteo descubrí que había salido premiado con diez mil pesos, de los cuales sólo me entregaron, por aque­llo de los descuentos, ocho mil quinientos.

“Pero lo curioso es que el premio no era de los que salen en la canasta, sino uno de los que agregan antes y después de un premio mayor, premiándolos como aproximaciones.

“Me emocionó tanto recibir el dinero, que no pen­sé que en ello estuviera la mano de los espaciales y me olvidé de la edición del libro.

“Al día siguiente, llamé a mis hijos y me los lle­vé a comprarles ropa que en realidad necesitaban. No hubo dificultad. El problema estuvo cuando quise comprar más de lo necesario. Sucedió que siempre tuve deseos de comprar a mis hijos varones chamarras de piel y nunca me alcanzó el dinero que ga­naba, y para mí era la oportunidad, así que metí seis mil pesos en la cartera y subí a mis hijos al coche en que trabajaba y nos fuimos a un taller donde las fabricaban.

“Traté una para cada uno y hasta yo me dí el lujo de escoger una, pero a la hora de pagar me encontré con que no traía la cartera. Y estaba seguro de haberla puesto en la bolsa del pantalón. Pero podía no ser así. Me disculpé con el comerciante y nos fuimos de regreso a casa. Apenas entramos, se me ocu­rrió tocar el lugar donde debía estar la cartera y cuál no sería mi sorpresa al descubrir que ahí esta­ba. ¿Coincidencia?…

“Por el momento pensé que allí había estado siem­pre, sólo que la había buscado en otra bolsa, y volví con mis hijos donde las chamarras y hasta le cité el cuento de la equivocación al comerciante, que ya había procedido a empacarlas de nuevo, y ¡maldita confusión! al ir a pagar de nuevo, la cartera que momentos antes había palpado, ya no estaba en la bolsa.

Villanueva13Revista Fate de enero de 1958, cuyo reportaje de portada fue escrito por Manuel Gutiérrez Balcázar.

“Todo confundido ante el molesto y asombrado co­merciante agarré a mis hijos y volvimos a la casa. En el trayecto palpé la bolsa del pantalón con la esperanza de que mi cartera hubiera vuelto y en una de esas palpadas, pude oír claramente una risita bur­lona. Al entrar a la casa palpé por última vez la bolsa del pantalón y ¡maldita sorpresa!, ahí estaba la cartera con todo el dinero. Hasta entonces compren­dí que el dinero de marras era para el libro.

“No dormí entonces pensando en la jugarreta de estos señores espaciales.

“Al día siguiente fui a ver a un editor, contraté dos mil ejemplares y los pagué religiosamente por adelantado y cuando ví lo que me sobró cerré los ojos y mentalmente les dije, ahora sí puedo comprar­les a mis hijos sus chamarras. Fui por ellos y antes de apersonarme con el comerciante saqué el dinero y lo llevé en la mano fuertemente agarrado.

“Ya no hubo problemas, me fui a trabajar y cuál no sería mi sorpresa al comprobar que aquel maldi­to dolor de cabeza que me había atormentado tanto tiempo ya había desaparecido.

“Ante tanto prodigio me volví místico. Rezaba todo el tiempo y me sentía protegido por algo o alguien a quien no podía ver, pero que sí sentía.

“Corría el mes de agosto de 1965 y también es­taba próxima la fecha de mi cumpleaños. Por ese tiempo ya había logrado consolidar mi autonomía o sea que ya no tenía patrón.

“Había abandonado definitivamente el trabajo de chofer de carro de alquiler, y me había dedicado exclusivamente a la mecánica automotriz, que la sa­bía desde muy joven, porque había tomado un curso por correspondencia en la Escuela Nacional de Auto­motores, ahora Instituto Rosen Kranz de los Angeles California. Atendía mi negocio con verdadera dedi­cación, porque estaba empeñado en triunfar. Por lo tanto, le dedicaba las 24 horas del día.

Continuará…


[1] En esta parte del relato se olvida al buick que había quedado descompuesto en el acotamiento de la carretera. Tampoco se habla del mecánico ni de la grúa que, supuestamente habían llegado a resolver el desperfecto, y de ninguna manera se menciona que el problema fue la falta de aceite en el sistema de transmisión, ni el enojo con sus patrones. Se toma el relato del Primer Acto justo cuando aborda el camión hacia la ciudad de México.

[2] No es comprensible esta pregunta pues, si por una parte Villanueva dijo que había salido rumbo a Laredo el 20 de agosto, y por otra, al bajar de la nave, pensó que no habían pasado más de dos o tres días, entonces debió estar conciente que se trataba del mismo mes de agosto.

[3] En la dedicatoria del 14 de marzo de 1958, en la primera edición de su libro, Villanueva lo llama “tío”. No sabemos si fue tío político o tío lejano, pero parece haber existido gran familiaridad, no sólo porque lo utilizó como personaje ficticio para una nueva aventura ufológica, sino porque en la misma dedicatoria autógrafa lo llama, con cariño, “Chuy”. Por alguna de esas vueltas que da la vida yo poseo el ejemplar que Villanueva dedicó a su “Tío Chuy”.

[4] Villanueva se refiere a los médiums escribientes. Esto no es de extrañar. Salvador Villanueva era una persona interesada en el submundo de lo paranormal. Asistía a los templos gnósticos y fue alumno de Samael Aun Weor, el místico colombiano afincado en México. En la edición colombiana del libro de Villanueva (Villanueva Medina Salvador, Yo estuve en Venus, Instituto Cultural Quetzlcoatl, Colombia, 1973. 48 s.) Samael es el encargado de hacer la presentación. Dice:

“En nombre de la verdad debo decir con cierto énfasis que este es un hombre totalmente práctico; nada tiene de fantástico; nunca lo hemos visto en ensoñaciones de ninguna clase.

“En el pasado se ganó la vida como chofer y ahora lo hemos visto dedicado a eso que se llama mecánica de automóviles. Es si, un hombre ejemplar, fuera de toda duda. Magnífico esposo, padre honorable de familia, buen amigo, etc.”

Villanueva tenía amigos en los círculos gnósticos de Brasil. Todo eso lo acerca más a la imagen de Adamski quien, más allá de ser el contactado más famoso, era un consumado teósofo.

Un dato adicional a considerar. Villanueva conoció al periodista Manuel Gutiérrez Balcázar en este círculo místico y esotérico. Gutiérrez Balcázar no sólo escribía sobre platos voladores, también era asiduo colaborador de la revista Fate y publicaba artículos sobre temas de ocultismo (ver por ejemplo: Gutiérrez Balcázar Manuel, Magic Mushrooms Heal the Sick, Fate, Vol. 11, No. 1, enero de 1958.)

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