Las milagrosas piedras molidas de Okinawa

LAS MILAGROSAS PIEDRAS MOLIDAS DE OKINAWA

Juan José Morales

CalciumFactor Cualquier médico le dirá que el calcio -presente en la leche o el queso- es necesario para mantener en buen estado huesos y dientes. Pero sólo un charlatán afir­mará que tomar calcio devuelve la vista a los ciegos, hace oír a los sordos y bailar a los tullidos, cura el cáncer, la migraña y otras muchas docenas de enfermedades, redu­ce la hipertensión, evita los infar­tos, garantiza la eterna juventud -o casi-, permite vivir un poco menos que Matusalén.

Estas y otras propiedades -tan maravillosas como imaginarias- se le atribuyen al calcio. Pero, ojo, no a cualquier calcio, sino solamente al de coral porque -se dice­ «proviene de organismos vivos». ¡Ah!, pero tampoco cualquier cal­cio de coral tiene tan prodigiosos efectos, sino única y exclusiva­mente el de los corales de Okinawa, una isla japonesa. Prueba de ello, se dice, es que sus 3 millones de habitantes no sufren cáncer, jamás enferman ni siquiera de gripe y viven sanos y fuertes hasta los 139 años. ¿Por qué? Porque en su pequeño mundo el agua, el suelo y el aire contienen tanto calcio de los arrecifes corali­nos, que lo comen, lo beben y hasta lo respiran. Gracias a ello, Okinawa es una especie de Shangri-la donde no hacen falta médicos y las fune­rarias ofrecen a precio de ganga los féretros que se acumulan en sus bodegas.

-Quizá los más sorprendidos al enterarse de todo esto hayan sido los propios okinawenses… porque es absolutamente falso. Si bien muchos alcanzan avanzada edad, están lejos de ser un pueblo de cen­tenarios. Y si padecen menos pro­blemas cardiovasculares es por su dieta baja en grasas y abundante en arroz entero, pescado, legumbres y verduras, y porque la agricultura y la pesca -sus principales ocupaciones- les demandan intensa actividad física.

TRIQUIÑUELA LEGALOIDE

RobertBarefoot El cuento de que el calcio es un curalo­todo lo inventó un tal Robert R. Barefoot, quien sostiene que el cáncer, la diabe­tes, el Alzheimer y otras 200 enferme­dades degenerativas se deben a una defi­ciencia de calcio, la cual provoca acido­sis. O, para decirlo en otros términos, hace que el cuerpo se vuelva excesiva­mente ácido y apa­recen esos males. Por lo tanto, basta echarse entre pecho y espalda una apro­piada dosis de calcio para que el organismo se alcalinice, recupere su nivel normal de acidez y la salud retorne como por ensalmo.

A Barefoot usualmente se le cuelga el título de doctor, pero no lo es. Ni siquiera estudió medicina. Toda su formación académica se limita a un curso de 3 años para obtener un diploma de labo­ratorista en el Instituto Tecnológico del Norte de Alberta, en Canadá. Jamás ha realizado una sola inves­tigación científica sobre los efectos del calcio en el organismo humano ni, mucho menos, puede presentar evidencia alguna de lo que afirma. Tampoco tienen respaldo científico los anuncios que se publican en Internet, revistas populares y televisión, aunque utilicen un lenguaje pseudocientífico y hablen vagamente de «estudios hechos por prestigiadas uni­versidades e investigadores internacio­nales». En uno de ellos, por ejemplo, se dice: «El calcio de coral es iónico… dona electrones para reparar las células dañadas. Esta habi­lidad natural iónica, combinada con el espectro completo de la formación orgáni­ca, hace del coral una de las fórmulas más benéficas para mantener y mejorar su salud. Previene y revierte enfer­medades degenerativas». Pero en letras pequeñas se aclara -porque así lo exige la ley- que «la veraci­dad de la información contenida en este mensaje no ha sido comproba­da ante la Procuraduría Federal del Consumidor».

Los vendedores de calcio de coral registran su producto como suplemento o complemento ali­menticio. Así no tienen que some­terlo a las rigurosas pruebas clíni­cas y de laboratorio exigidas a los medicamentos, ni demostrar nada. Además, aunque hablan de curación no la ofrecen. Sólo la insinúan, y allá el tonto que lo crea.

Así, otro anuncio dice que el cal­cio de coral «Puede ayudar a luchar (sic) la diabetes, la osteoporosis, la hipertensión, el colesterol, la ten­sión arterial baja o alta, lesiones a causa de deportes, artritis, y fati­ga para nombrar algunos. Ayuda a limpiar los riñones, el hígado, y los intestinos. También rompe (sic) los efectos de residuos de droga y sustancias tóxicas dentro del cuer­po. Balanceando niveles del pH, el calcio coralino consolida y revita­liza al cuerpo mientras que evita que las enfermedades dañinas se expandan».

DESPERDICIO DE DINERO

En México, la Comisión Federal de Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS), tiene en la mira al calcio de coral junto con otros productos «milagro» que ase­guran tener extraordinarias cua­lidades terapéuticas. Pero, debido a esas lagunas de la ley, no logra impedir su publicidad y venta.

La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos advier­te que comprar calcio de coral es un desperdicio de dinero. El calcio que necesita un ser humano puede obtenerse de los alimentos, y si se requiere una cantidad adicional, los productos farmacéuticos que prescriben los médicos son muchísimo más baratos y -sobre todo- real­mente efectivos y de calidad garan­tizada.

Y algo muy importante que los ingenuos consumidores ignoran, es que aunque en la publicidad del calcio de coral se dice que proviene de organismos vivos y «es cosecha­do cuidadosamente bajo supervi­sión del Gobierno de Japón», en realidad no se obtiene de los arre­cifes coralinos de Okinawa, pues están protegidos por la ley, sino que se produce moliendo las piedras de origen coralino que hay por todas partes. Igual se podrían usar las pie­dras calizas de la península de Yu­catán, que también proceden de seres vivos: son sedimentos formados por los restos de minúsculos invertebrados llamados foraminífe­ros, que -como los corales- tie­nen un esqueleto exterior de carbonato de calcio. Con los 250 o 300 pesos que cuesta la más barata dotación para un mes de cápsulas de calcio de coral, se podría comprar una tonelada de caliza molida, suficiente para varias generaciones.

Así que ya sabrá usted si cree en las milagrosas piedras molidas de Okinawa.

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