El plato volador de Ciudad Satélite
Yo no me acordaba, pero mis primos me hablaban de este comercial del plato volador y sus marcianitos verdes.
Nos cambiamos en 1963 y mi mamá sigue viviendo en Satélite.
Ahora, al cumplirse los 50 años de las Torres de Satélite (idea de Mathias Goeritz, escultor y Luis Barragán, arquitecto), como ingeniero en corrosión, estoy trabajando con el Municipio de Naucalpan y el Instituto Nacional de Bellas Artes para restaurar y pintar «Las Torres» con recubrimientos de alta tecnología donados por mi compañía: Comex.
Recuerdo la película del magufín de Alejandro Jodorowski, La montaña sagrada, en la que uno de los personajes penetra a las torres a través de un orificio circular que se encontraba en la parte alta de la Torre blanca. De ahí emerge a un mundo surrealista. Las torres, en efecto, están huecas. No tienen ninguna entrada circular en su parte alta. Cada una tiene una puerta en la parte baja y en la parte superior no tienen techo. Cientos de palomas anidan en su interior aprovechando las cubetas que dejó, como basura, la compañía que las pintó por última vez.
Son muchos los años y muchos los recuerdos que tengo de Ciudad Satélite, pero entre ellos no están el de ir a la iglesia, a pesar de que los marcianitos verdes anunciaban que había misa todos los domingos. Yo trataba de aprovecharlos en otras cosas.