¿Acaban de descubrir los científicos un sistema oculto de detección de ovnis?
23 de enero de 2026
Por David Freeman
Hay una parte de la historia ovni que casi nadie se molesta en examinar. La gente discute sobre videos de cabina. Analizan llamadas de radio apagadas. Se aferran a capturas de pantalla de radar con más ruido que señal. Todos los debates giran en torno a la misma pregunta: ¿Cómo se rastrea algo de lo que el gobierno no habla? La respuesta ha estado bajo nuestros pies. La Tierra es un sensor. Escucha todo lo que se mueve a través de la atmósfera a gran velocidad. Siempre lo ha hecho. Un nuevo artículo científico finalmente ha mostrado al público cómo interpretar esas señales.
Los investigadores detrás del trabajo no eran expertos militares. No eran contratistas aeroespaciales ni analistas clasificados. Eran dos académicos de la Universidad Johns Hopkins y el Imperial College de Londres. Utilizaron exclusivamente datos sísmicos públicos, los mismos registros de terremotos que cualquiera puede descargar. Realizaron un análisis sobre la reentrada en abril de 2024 del módulo orbital Shenzhou 15, una gran nave espacial que cayó a la Tierra sobre California. El resultado cambió por completo la conversación. Lo que publicaron no fue un estudio sobre escombros. Fue un plan para rastrear objetos rápidos que entran en la atmósfera, sin importar su origen.
El pronóstico oficial afirmaba que la Shenzhou 15 caería en el Atlántico. Se equivocó por un continente. El módulo entró en la atmósfera sobre el sur de California. La Tierra registró el evento real porque las ondas de choque no mienten. Cualquier cosa que viaje más rápido que el sonido comprime el aire frente a ella. Esa compresión impacta el suelo como un pulso de presión. El suelo responde. Las estaciones sísmicas registran esa respuesta. Ciento veinticuatro de ellas en California y una en Nevada captaron el frente de choque mientras el módulo pasaba velozmente por encima. Los sensores nunca fueron diseñados para rastrear naves espaciales, pero lo hicieron de todos modos, y lo hicieron con precisión.
Cada estación registró una marca de tiempo. Cada marca de tiempo contenía la distancia y la dirección. Al alinear los datos, los investigadores observaron la trayectoria del objeto segmento por segmento: una línea clara desde la costa hasta el desierto de Nevada. El patrón de la onda de choque también reveló la velocidad. Al analizar cómo se extendían las curvas hiperbólicas de llegada por la región, el equipo igualó velocidades entre Mach 25 y Mach 30. Identificaron un ángulo de descenso a medida que el objeto descendía más profundamente en la atmósfera. Midieron la onda N, que indicaba un cuerpo hipersónico interactuando con aire denso. Detectaron una secuencia de pulsos de fragmentación, de ocho a once, cada uno separado por fracciones de segundo, lo que reveló que el módulo se desintegró en un lapso de dos segundos.
Todo esto se debió a la presión que el objeto ejerció contra la Tierra. No hay señales de radar. No hay satélites siguiéndolo. No hay confirmación óptica. Solo física. El registro sísmico es imparcial. No está clasificado. No está filtrado. No le importa si el objeto estaba autorizado, monitoreado, previsto o incluso reconocido. La Tierra solo reacciona al movimiento.
Aquí es donde el enfoque ovni se vuelve inevitable. Si una nave espacial crea una onda de choque tan fuerte, cualquier otra cosa que se mueva por la atmósfera a velocidades comparables hará lo mismo. Los informes sobre ovnis están repletos de descripciones de aceleraciones rápidas, movimientos silenciosos y cambios bruscos de dirección. Cuando un objeto acelera en el aire, la atmósfera responde con ondas de presión. Incluso si la nave no produce una explosión audible, el suelo podría sentir el pulso.
Aquí es donde entra la paradoja del silencio en el debate sobre los ovnis. Los testigos oculares suelen describir estos objetos como silenciosos, y los escépticos argumentan que los ovnis auténticos no producirían explosiones sónicas. El razonamiento es que las naves avanzadas podrían mitigar o redirigir los campos de presión, o utilizar una propulsión que no dependa del empuje contra el aire. Esto es posible, pero no es una laguna en la física. El silencio que la gente escucha afecta la percepción humana, no la corteza terrestre. Incluso si una nave neutraliza la explosión audible mediante interferencia destructiva o conformación de campo, el desplazamiento de masa sigue teniendo consecuencias. Si un objeto físico se mueve en el aire, la presión debe ir a alguna parte. Un sensor tan sensible como un sismómetro puede registrar perturbaciones muy por debajo del umbral del oído humano. Si el archivo sísmico está vacío, la nave no está interactuando con el aire de forma convencional. Eso implicaría una tecnología que ignora por completo la dinámica de fluidos. Si el archivo está lleno de pequeñas ondas N coherentes e inexplicables, entonces la Tierra ha estado escuchando algo durante años y nadie se ha molestado en comprobarlo.
A la red sísmica no le importa si una nave es convencional o no. Si se mueve lo suficientemente rápido como para perturbar la atmósfera, los sensores lo detectarán. Hay miles de estas estaciones en todo el mundo. Funcionan cada minuto de cada día. Almacenan datos durante décadas. Con el método descrito en este artículo, esos registros se convierten en un registro global de eventos atmosféricos rápidos. Cada vez que algo desconocido cruza el cielo, existe la posibilidad de que la Tierra lo haya detectado.
Esto nos lleva a la parte más reveladora de la publicación. Los autores son académicos, pero el comentario elegido para acompañar su trabajo provino del Laboratorio Nacional de Los Álamos. La decisión no fue aleatoria. Los Álamos ha supervisado los sistemas de detección nuclear y monitoreo atmosférico de Estados Unidos durante generaciones. Es el lugar donde se intersectan la física de ondas de choque, las señales de reentrada de misiles y la vigilancia aeroespacial exótica. El hecho de que un científico de Los Álamos fuera quien explicara este artículo a la comunidad científica transmite un mensaje. El método descrito aquí aborda capacidades que instituciones como Los Álamos probablemente han utilizado durante años.
Esto no significa que el artículo proviniera de Los Álamos. No fue así. Fernando y Charalambous lo produjeron de forma independiente utilizando herramientas abiertas. Precisamente por eso la intervención de Los Álamos para contextualizar los hallazgos es tan reveladora. Sugiere que estos académicos simplemente entraron directamente en un espacio que nunca se concibió para ser público. Demostraron cómo rastrear objetos hipersónicos con sensores ubicados a la vista. Proporcionaron un método de inversión detallado que reconstruye trayectorias más rápido que algunos programas de rastreo clasificados. Demostraron que no se necesita una red militar para seguir naves rápidas y desconocidas. Solo se necesita la presión que la nave deja atrás.
Esto plantea una pregunta que merece atención. Si investigadores civiles pueden rastrear un objeto que viaja treinta veces la velocidad del sonido utilizando sensores sísmicos, ¿qué ha estado rastreando exactamente Los Álamos durante los últimos cuarenta años? El laboratorio monitorea señales de choque de todo el mundo. Estudia perturbaciones atmosféricas causadas por pruebas nucleares, lanzamientos de misiles, meteoroides y vehículos aeroespaciales experimentales. Tiene acceso a redes sísmicas sensibles, mucho más capaces que las redes abiertas utilizadas en este artículo. Si alguna vez naves desconocidas se hubieran movido a través de la atmósfera, Los Álamos habría estado en la mejor posición para detectarlas.
El caso de Shenzhou 15 es la demostración más clara hasta la fecha de que el rastreo sísmico no es teórico. Funciona. La señal de presión reveló un corredor de descenso a miles de kilómetros de distancia de las previsiones oficiales. Expuso el momento en que la nave espacial falló estructuralmente. Cartografió su velocidad y dirección. Demostró que un evento atmosférico que normalmente requeriría datos de rastreo clasificados puede reconstruirse completamente desde tierra.
Cabe destacar la precisión del método. Los tiempos de llegada de las ondas de choque forman formas que no pueden confundirse con terremotos ni ruido aleatorio. Los terremotos se irradian desde un punto central en todas direcciones. Las ondas de choque de objetos en movimiento rápido producen curvas hiperbólicas alineadas a lo largo de una trayectoria. Esa diferencia por sí sola es suficiente para distinguir un evento ovni de la actividad geológica. Una vez que aparece ese patrón, el proceso de inversión revela la trayectoria. Cualquier persona con acceso a los datos puede ejecutar el análisis.
Este cambio elimina la dependencia de la divulgación institucional. El público ya no necesita cintas de radar del Pentágono ni imágenes satelitales de programas clasificados. La red sísmica ya registra todo lo que pasa por encima. La única tarea es examinar los datos con las herramientas adecuadas. El hecho de que este método se originara fuera de la estructura militar significa que no hay restricciones. No hay barreras de clasificación. La puerta está abierta.
La respuesta de Los Álamos al artículo mediante un comentario formal en Science añade un matiz adicional. Es un reconocimiento discreto de la legitimidad y relevancia del método. También indica que el sector de defensa comprendió que el artículo exponía algo delicado. Una capacidad que probablemente existía a puerta cerrada ahora es visible para cualquiera que decida mirar.
Esta no es la primera vez que el público se topa con una tecnología que las agencias de defensa utilizan desde hace tiempo. La detección de misiles, la obtención de imágenes atmosféricas y el mapeo de alta resolución comenzaron en entornos clasificados antes de que surgieran versiones depuradas en la ciencia civil. El método de rastreo sísmico sigue el mismo patrón. Es simple, robusto y potente. Funciona con infraestructuras existentes. No requiere nueva financiación. Cualquiera con la habilidad para procesar los datos puede reconstruir eventos de la misma manera que lo hicieron Fernando y Charalambous.
La implicación más amplia es clara. Si naves rápidas y desconocidas se han estado moviendo a través de la atmósfera, el registro sísmico podría contener ya la única evidencia física consistente de su presencia. Las ondas N, los pulsos coherentes, las llegadas hiperbólicas, las transiciones abruptas en la velocidad de propagación, todo esto forma huellas del movimiento atmosférico. Muchos eventos inexplicables en los archivos sísmicos han sido registrados y descartados sin un análisis más profundo. Ahora existe el marco para analizarlos.
Esto transforma el panorama de la investigación ovni. Alejan la conversación de la especulación y la enfocan en fenómenos mensurables. Ofrecen una manera de comprobar las afirmaciones sin depender de videos ni testimonios. Proporcionan a los investigadores un conjunto de datos globales que se remontan a décadas atrás. Ofrecen la primera herramienta independiente capaz de rastrear naves hipersónicas no identificadas utilizando únicamente las reacciones de la Tierra.
La señal ya está disponible. El método ya es público. La única pregunta que queda es simple: ¿cuántos objetos rápidos han atravesado la atmósfera sin que nadie se dé cuenta de que la Tierra registró cada segundo?
Fuente: Fernando, B. & Charalambous, C. (2025). Reconstructing atmospheric reentry trajectories using seismic networks. Science. Enlace: https://www.science.org/doi/10.1126/science.adz4676
https://www.abovethenormnews.com/2026/01/23/seismic-tracking-of-ufos/