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La negación del holocausto

LA NEGACIÓN DEL HOLOCAUSTO[1]

Mario Méndez Acosta

La seudociencia puede llegar a afectar cualquier disciplina científica, ya sea natural o social. Recientemente ha sido la historia la que ha sufrido el asedio de los embaucadores. Como una verdadera plaga han surgido, lo mismo en Internet que en algunos medios académicos de los Estados Unidos y Europa, diversos grupos que niegan que el Holocausto haya ocurrido realmente durante la segunda Guerra Mundial. Este se define como el exterminio deliberado y programado por los nazis, con criterios racistas, de más o menos cinco millones de judíos y otros dos millones más de individuos de distintas nacionalidades y condición social, todos civiles y no beligerantes. Para este genocidio se usaron diversos métodos de ejecución sistemática, en forma muy relevante las cámaras de gas, que utilizaban monóxido de carbono o el veneno industrial Zyklon-B para asesinar a las innumerables personas introducidas en ellas, con el pretexto de recibir un baño desparasitante.

EichmannPosteriormente, a los muertos y moribundos se les llevaba a los hornos crematorios, en donde eran reducidos a cenizas, lo cual ocurría en campos especiales de exterminio, como Auschwitz o Treblinka.

Ni en los juicios de Nuremberg ni en el de miembro alguno de la alta jerarquía nazi, incluyendo al propio Adolf Eichmann, se sostuvo la versión de que el Holocausto no hubiera ocurrido. Todos los líderes nazis lo reconocieron, y alguno, como el exministro de armamentos del Reich, Albert Speer, lo comenta en sus memorias con aparente arrepentimiento, argumentando que to­dos se habían limitado a cumplir órdenes superiores.

DavidIrving El revisionismo histórico que niega la realidad del Holocausto surgió, impulsado por neonazis, en la década de los setenta. Al respecto, individuos como Frank Scheidl, Emil Arentz, Arthur Butz, Mark Weber, David Irving, Robert Faurisson, David Cole y Ernst Zundl proponen que: 1) No existía una política nazi para exterminar a los judíos, sólo querían deportarlos del Reich. 2) Las causas de la muerte de los prisioneros fueron las enfermedades y el hambre ocasionada por los bombardeos aliados. 3) Las cámaras de gases se usaban para despiojar la ropa y las cobijas. 4) En los hornos crematorios sólo se quemaban los cadáveres de los que morían de ham­bre, cansancio o enfermedad. 5) Sólo entre 300 mil y dos millones de judíos murieron en los guetos y campos de con­centración.

JosephGoebbels Cabe señalar que hay numerosas evidencias de que Hitler mismo planeó y ordenó el Holocausto. Desde la época en que escribió su libro Mein Kampf ya se había propuesto esta meta, y en su discurso de enero 30 de 1939, claramente anuncia que si se inicia la guerra, ésta llevará a la «aniquilación de la raza judía en Europa». A su aliado húngaro le señaló, en 1942, que si los judíos de Polonia no querían trabajar serían, y de hecho estaban siendo fusilados. A los que no podían hacerlo se les trataba como bacilos de la tuberculosis; así, «había que matarlos para que no dañaran a otros», y hay decenas de citas del Führer en las que revela que el Holocausto iba viento en popa.

Joseph Goebbels afirmaba, en 1941: «Los judíos son portadores de enfermedades infecciosas y deben ser concen­trados en guetos o liquidados, pues de otra forma infectarán a las naciones civilizadas. Se está cumpliendo la profecía del Führer de que si los judíos llegan a provocar otra guerra ello conducirá a su aniquilación. En el Este están pagando el precio y en Alemania ya lo han pagado y lo seguirán haciendo en el futuro».

HeinrichHimmler Heinrich Himmler sostuvo varias veces: «Si no tenemos éxito en destruir la base biológica de la judería, algún día los judíos aniquilarán al pueblo alemán». Después se quejó, en un discurso de 1943, de que ciertos altos oficiales nazis trataban de impedir el asesinato de amigos o conocidos judíos.

Existe una serie masiva de pruebas que demuestran que sí ocurrió el Holocausto. Distintos tipos de evidencias tal vez no prueben el hecho por sí solas, pero su convergencia perfecta sí lo hace, por ejemplo: 1) documentos escritos, que constan de cientos de miles de cartas, comunicados, planos, órdenes, facturas, discursos y confesiones. 2) Testimonios oculares consistentes en: relatos de sobrevivientes, jefes judíos de campos de concentración, guardias del Servicio Secreto, comandantes de campos, aldeanos de las cercanías y altos jerarcas nazis, que nunca negaron el hecho. 3) Fotografías y películas de carácter oficial, militar, de prensa y de civiles, además fotos secretas tomadas por prisioneros, otras aéreas de los hornos en actividad y gran cantidad de metraje fílmico alemán y aliado. 4) Evidencias físicas, como artefactos hallados en los campos de trabajo y exterminio, muchos de los cua­les todavía existen en diversos grados de conservación o reconstruidos, así como dictámenes forenses. 5) Pruebas demográficas, pues todas las personas que los negadores del Holocausto insisten en afirmar que sobrevivieron, jamás volverían a aparecer. Existe una pérdida de población judía, bien documentada en Europa, de más de cinco millones de personas que nunca se localizaron en ningún otro sitio.

El intento de negar el Holocausto tiene como objeto eliminar el mayor obstáculo que impide a los nazis llegar otra vez al poder en algún país occidental, con lo que desde luego harían otro intento por consumar, ahora sí un nuevo exterminio.


[1] Publicado originalmente en Ciencia y Desarrollo, No. 133/134, México, marzo-junio de 1997, Pág. 120-121.

Y… ¿dónde está el futuro?

Y… ¿DÓNDE ESTÁ EL FUTURO?[1]

Mario Méndez Acosta

La sociedad contemporánea se ha visto invadida por pronosticadores y profetas de todo tipo, quienes afirman poder obtener información sobre el futuro. Algunos señalan que dominan complejas formas de calcular tendencias actuales que les permiten saber la forma en que evolucionarán las cosas en diversos ámbitos como la economía o la política. Otros, los más, de plano aseveran que, mediante diversas técnicas adivinatorias sobrenaturales, paranormales o maravillosas, pueden obtener una visión del futuro y permitir que las personas a las que convierten en sus clientes puedan hacer algo para modificarlo.

Lo anterior implicaría indirectamente -de ser ciertas estas afirmaciones- que el futuro ya existe, aunque sea en forma imperfecta o no definida del todo, y que algunas personas gozan del don de poder tener acceso a sus secretos. Estos individuos pueden ser sacerdotes mayas o personas supuestamente privilegiadas como Nostradamus, con sus crípticas profecías, o adivinos de feria que con toda tranquilidad adivinan el porvenir a los incautos.

Es por ello interesante lo que ha podido determinar la ciencia moderna sobre la naturaleza de la percepción humana del tiempo, y acerca de éste como un fenómeno natural, lo que a fin de cuentas puede ilustramos sobre la posibilidad de que el futuro esté de alguna manera accesible para quien intente conocerlo antes de que se convierta en presente.

OmarKhayyam Desde el punto de vista de la filosofía, el futuro se considera de muy diversas maneras. Así, está el fatalismo musulmán que considera el futuro como algo sólido, sellado e invariable, escrito por el dedo de Alá desde el principio de los tiempos. Dice el Rubaiyat de Omar Khayyam, en su cuarteta LX: «Lo que el destino escribe, escrito está, ni toda tu piedad ni toda tu astucia conseguirían tachar una sola línea. Todas tus lágrimas no lograrían borrar una sola palabra», En cambio, las versiones religiosas occidentales más abiertas señalan que es tanto el libre albedrío como las acciones de cada individuo lo que traza el futuro, el cual desde luego puede ser modificado. Un futuro por completo inmodificable no resulta atractivo para aquellos adivinos que buscan dejar al cliente con la posibilidad de hacer algo para impedir un destino desagradable, por lo que prefieren profecías ambiguas o bien de fácil cumplimiento.

En medio de la actual oleada de libros y películas de tinte apocalíptico, queda siempre pendiente y sin resolver una cuestión: al parecer los que hacen las profecías tienen al menos la posibilidad de ver un futuro ya que éste existe en alguna parte. Pero si, por otro lado, pudiéramos demostrar que ese futuro aún no está definido por los hechos del presente, podríamos aseverar con mayor certidumbre que no existe una forma al alcance de los humanos de prever el futuro con alguna certidumbre real.

De hecho, es sorprendente ver cómo para algunos físicos el tiempo no constituye una propiedad física fundamental[2][3], sino que es un fenómeno derivado de las interrelaciones termodinámicas complejas entre infinidad de partículas, átomos y moléculas que integran los cuerpos complejos con los que interactuamos en la realidad que nos rodea[4].

El futuro, en el ámbito macroscópico en que nos movemos, está determinado por el resultado de hechos prácticamente fortuitos, cada uno de ellos impredecible. El futuro será, así, resultado de la acción de fenómenos físicos o químicos irreversibles y aun irrepetibles. Ello ocurre también y con más fuerza en el ámbito de las decisiones y acciones de los seres humanos.

Más allá del principio de incertidumbre de Heisenberg, el cual señala que es imposible pronosticar con exactitud datos sobre el comportamiento de las partículas elementales en el futuro, también ocurre que, a escala macroscópica, el comportamiento caótico de varios fenómenos y su simple complejidad anulan cualquier expectativa de conocer su estado futuro mediante extrapolación. El mejor ejemplo de la precariedad y arbitrariedad de cualquier futuro imaginable está en el ejemplo de las dos tazas idénticas de porcelana fina. No existe manera de que al dejarse caer ambas desde la misma posición y en las mismas circunstancias, pueda lograrse que se rompan de manera idéntica y que los pedazos resultantes correspondan uno a uno.

Lo cierto es que, para la ciencia, ese futuro que aseguran poder atisbar los videntes, simplemente aún no existe.


[1] Publicado originalmente en Ciencia y Desarrollo, No. 232, México junio de 2009, Págs. 56-57.

[2] Julian Barbour. The end of Time. New York: Oxford Press, 1999.

[3] Victor J. Stenger. Timeless Reality New York: Prometehus Books, 2000.

[4] Ilya Prigogine. El nacimiento del tiempo. Barcelona: Tusquets, 2005.

Fiebre Fantasmal

FIEBRE FANTASMAL

Mario Méndez Acosta

Si algún visitante de otro planeta observase lo que en nuestros días se le ofrece en la televisión y en el cine al público de todos los países, concluiría que nuestra civilización no sólo es visitada por miles de diversas razas de extraterrestres, sino que también es un hecho cotidiano que algunas personas, al morir continúan departiendo, en espíritu, con los mortales.

fantasma Numerosas series de televisión como Dead like Me, Medium y The Ghost Whisperer parten del hecho de que al morir las personas se desprende de ellas una especie de duplicado espiritual capaz, incluso, de conservar puestas la mismas ropas del difunto.

En algunas de estas series los seres fantasmales tienen que desempeñar algunas tareas como ayudar a la muerte en su misión de llevar las almas al más allá, o bien entran en contacto con personas dotadas del poder de ver a los muertos o de comunicarse con ellos. Al igual que como ocurre con los ovnis, algunas personas sin escrúpulos se dedican a comercializar videos que contienen el supuesto registro visible de la presencia de fantasmas en diversas partes de la ciudad o del campo. Al observar estas grabaciones se descubre, no obstante, que sólo se trata de reflejos internos de diversas fuentes de luz dentro del equipo óptico de la cámara de video.

Es posible plantearse, con toda racionalidad, lo que implicaría que en verdad existieran los fantasmas, tal y como se nos propone que existen. En primer lugar, conviene señalar que esta noción sobre los fantasmas sólo podría tener validez si nuestro mundo fuera -como se creía que era hace miles de años- una superficie plana e inmóvil. Sin embargo, el mundo no es plano ni inmóvil, y ello tiene consecuencias notables en la viabilidad del fantasma como un objeto inmaterial real, visible sólo gracias a algún efecto para­normal.

Pero ocurre que el globo terráqueo sí se mueve, gira alrededor de su eje y se traslada alrededor del Sol, y éste a su vez se mueve en torno del centro de nuestra galaxia. Nosotros no notamos esos movimientos porque los compartimos, porque estamos hechos de materia y porque tenemos una masa que, en teoría, nos otorga una partícula subatómica llamada el bosón de Higgs. A todos nos atrae la gravedad y la misma nos confina a estar parados sobre la super­ficie de la Tierra. Poseemos masa y ésta tiene una inercia causante de que, al compartir los movimientos de la Tierra, no notemos que ésta no está quieta. Es más, si se detuviera en su giro, todos saldríamos despedidos a gran velocidad.

Sin embargo, los fantasmas, tal y como nos los presentan las leyendas y afirmaciones de quienes creen en ellos, no son materiales. Carecen de masa y no son atraídos por la gravedad. Al ser insustanciales pueden atravesar los más sólidos muros de castillos y casas ordinarias. Lo que no tendría ningún problema para estos seres si el planeta estuviera fijo pero, como sabemos, la Tierra se traslada.

fantasmas Al no tener masa, el fantasma no tiene inercia y no comparte el impulso del giro del orbe. Así, de existir los espíritus descarnados, al morir una persona, y al separarse su espíritu de su cuerpo, el nuevo fantasma sólo podría ver cómo se alejan de él su antiguo cuerpo y los lugares cercanos a su punto de fallecimiento, y pronto vería cómo se aleja de él a gran velocidad la misma Tierra. Tendría que hacer un esfuerzo consciente para seguir el movimiento de la Tierra, ya que no tendría manera de anclarse a algún objeto material.

Los fantasmas que viven en viejos castillos tendrían que hacer un esfuerzo constante para permanecer en él. Pero también ocurre que los fantasmas pueden atravesar barreras, aunque en apariencia se sostienen muy bien en el suelo firme. Todo lo anterior significa que, o bien los fantasmas tienen una masa residual, como lo han sugerido algunos, o sólo existen en las mentes de quienes creen observarlos, o bien, dentro de las cámaras de video en las que supuestamente se les graba.

De poseer una masa residual, tendrían que estar hechos de átomos, o de alguna partícula subatómica, y eso haría imposible que atravesasen objetos sólidos o herméticos, lo que evidentemente no ocurre en las leyendas fan­tasmales que circulan.

Necesariamente los espectros deberían estar hechos de materia de algún elemento de la tabla periódica y habría que explicar por qué no se detectan estos mismos átomos en las personas vivas.

Se puede concluir que los fantasmas sólo existen en las atormentadas mentes de quienes atestiguan su existencia.

Searle y su cuarto chino

SEARLE Y SU CUARTO CHINO[1]

Mario Méndez Acosta

Hofstadter Un acre debate se ha venido desarrollando, desde hace varios decenios, entre diversos grupos de científicos en torno a la factibilidad de desarrollar no sólo inteligencia artificial, sino algún tipo de autómata con autoconciencia equivalente a la humana.

En uno de los últimos episodios de esta discusión, el conocido profesor de ciencia cognitiva, cibernetista y matemático Douglas Hofstadter -quien ganara gran celebridad con su éxito Godel, Escher, Bach: una eterna trenza dorada– arremete de manera enfática, en su más reciente libro, I Am a Strange Loop (Soy un rizo extraño) en contra su adversario de años, el Searle filósofo John Searle, para quien nunca será posible lograr la inteligencia artificial fuerte (IAF); es decir, aquella que no puede ser distinguida de la capacidad de un cerebro humano.

Señala Hofstadter que Searle ha pasado gran parte de su carrera lanzando burlas sobre la investigación relacionada con la inteligencia artificial y los modelos computacionales del pensamiento, mofándose, sobre todo, de las llamadas máquinas de Turing -ideadas por el matemático inglés Alan Turing– y que son sencillos artificios ideales, capaces -también en teoría- de desarrollar en un tiempo finito cualquier operación aritmética. Estos artefactos cuentan además con una memoria ilimitada y se ha demostrado que pueden modelar toda operación lógica realizada por las redes neuronales del cerebro humano. Como ocurre que es posible construir una máquina de Turing mediante cualquier material imaginable -incluso, papel sanitario o latas de cerveza-, Searle aprovecha para ridiculizar a los teóricos de la IAF, diciendo que éstos aseveran que existen papel sanitario o latas pensantes, desvirtuando el hecho de que sería el sistema global que se puede construir con todas estas combinaciones funcionales de materiales lo que en verdad viene a modelar la actividad pensante. Combinaciones como éstas incluyen, desde luego -y como un caso especial-, a las redes neuronales en un cerebro humano.

Para muchos cibernetistas y epistemólogos contemporáneos los argumentos de Searle resultan ser por completo pseudocientíficos y, en el fondo, revelan la irreductible creencia de este estudioso en un dualismo mente-cerebro, conforme al cual sólo lo sobrenatural puede producir autoconciencia.

Pero, ¿qué es el experimento mental del cuarto chino?: supongamos que un individuo está encerrado en un cuarto y se le entrega un cierto número de papeles escritos en idioma chino; supongamos también que éste no habla chino en absoluto, y que ni siquiera puede distinguir los caracteres chinos de otras representaciones escritas. Pero también se le proporciona un segundo conjunto de caracteres chinos, junto con una serie de reglas para cotejar la segunda tanda de signos con la primera; estas reglas están en inglés, que es su lengua materna y que, por lo tanto, entiende. Las reglas le enseñan a poner en relación las dos series de símbolos chinos formales.

Este proceso se repite con otros materiales hasta que el ocupante del cuarto logra correlacionar los que se le van dando para producir una respuesta en cada caso. Puede responder siempre con el conjunto correcto de caracteres si se le ha dado inicialmente otra serie de éstos. Luego, para complicar aún más la situación, al ocupante se le formulan preguntas y respuestas en inglés, las que maneja sin dificultad.

Supongamos que después de un tiempo, el sujeto en la habitación llega a dominar con gran pericia las instrucciones para manipular los signos escritos chinos, y que los programadores han sido tan hábiles en elaborar los códigos que, desde el punto de vista de alguien que está fuera del cuarto, las respuestas dadas a las preguntas no pueden distinguirse en absoluto de las que proporcionaría un chino-parlante. Nadie que analizase las respuestas se enteraría de que la persona dentro del cuarto no sabe una palabra de chino. Supongamos también que sus respuestas a las preguntas en inglés resultan indiscernibles de las de cualquier otro hablante de esta lengua, como con seguridad ocurrirá, por la simple razón de que esa es la lengua natal del ocupante Desde el punto de vista de alguien que estuviera leyendo esas respuestas, tanto las que da a las preguntas en chino como las que da a las preguntas en inglés, son igualmente correctas. Sin embargo, ocurre que en el primer caso, a diferencia de lo que sucede con el segundo, las redacta manejando signos formales que no sabe interpretar. Así, en lo que concierne al idioma chino, se conduce igual que una computadora que realiza operaciones computacionales sobre elementos formales específicos. A los fines de la lengua china, el sujeto del cuarto no es más que una manifestación del programa de la computadora.

Vemos claramente que si acaso existe alguna comprensión en tal sistema gigantesco, no sería la comprensión del sujeto ocupante (puesto que éste no es sino una tuerca en la máquina, ajeno a lo que está haciendo). Searle pretende no comprender que no es el sujeto dentro del cuarto quien es capaz de entender o no el chino, es todo el sistema el que entiende este idioma, incluyendo el cuarto, el ocupante y los programadores que le proporcionan el código para relacionar cada conjunto de caracteres chinos con otro de salida. Todo ello junto es lo que sí entiende el idioma chino, y es lo que duplica la capacidad del cerebro humano. Nunca habrá algo remotamente parecido a comprensión genuina en un trozo o segmento de programación lo suficientemente pequeño para ser imaginado con facilidad. Un segmento como éste es sólo una rutina, para transformar unas hileras de símbolos en otras hileras de ellos, de acuerdo con cierta receta mecánica o sintáctica. Para Searle más segmentos como éste -y no importa cuántos más- nunca alcanzarían a ser una comprensión genuina. Pero, para Hofstadter, esta comprensión es una propiedad que emerge inevitablemente de la totalidad de un sistema complejo.

Referencias

Morales, Cesáreo, Inteligencia, medios y aprendizaje. http://investigacion.ilee.edu.mxpanel_controVdoc/c37inteligenciaq.pdf

Hofstadter, Douglas R., I Am a Strange Loop. Nueva York: Basic Books, 2007.

Godel, Escher. Bach: un eterno y grácil bucle, trad. A. López Roseau y Mario Arnaldo Usabiaga Bandizz. Barcelona: Tusquets, 1989.

Searle, John, «Is the Brain a Digital Computer», discurso presidencial dirigido a la Asociación Filosófica Estadounidense (American Philosophical Association), http://users.ecs.soton.ac.uk/harnad/Papers/Py104/searle.comp.html


[1] Publicado originalmente en Ciencia y Desarrollo, No. 211, México, septiembre de 2007, Págs. 56-57.

Vacunas calumniadas

VACUNAS CALUMNIADAS[1]

Mario Méndez Acosta

Desde su descubrimiento, a finales del siglo XVIII, tanto la eficacia de las vacunas como la manera con que éstas avalan las teorías básicas de la medicina científica contemporánea han causado el disgusto de los proponentes de las teorías mágicas y seudocientíficas en torno a la salud humana, y por ello se ha lanzado una serie de infundíos que pretenden desacreditarlas y evitar que muchas personas, sobre todo niños, reciban sus beneficios

Grupos religiosos como los testigos de Jehová y los seguidores de la ciencia cristiana impiden que sus hijos sean vacunados, y ello es causa de que ciertas enfermedades, como la poliomielitis, no puedan ser erradicadas por completo en algunas sociedades industriales.

De igual forma, algunos seguidores del naturismo se oponen a las vacunas y niegan sus efectos benéficos, inventándoles supuestos efectos dañinos. El episodio más reciente de esta campaña irracional en contra de las vacunas se ha dado en los Estados Unidos e Inglaterra, desde 1998, con un grupo que asegura que una vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubéola contiene un conservador llamado timerosal -un compuesto de mercurio- el cual ha causado autismo en niños.

En realidad, en los casos conocidos de envenenamiento por mercurio, la dosis ha sido miles de veces superior al contenido de mercurio de la vacuna, y en ningún caso ha causado autismo -un desarreglo congénito, cuyo origen no se conoce con precisión-. Todos estos hechos no disuaden a algunos padres de familia, muy activistas, que manifiestan estar convencidos de que sus hijos fueron dañados por las vacunas y que plantearon ya demandas legales en este sentido.

Culpar a las vacunas permite esperar grandes beneficios. El triunfo en una demanda millonaria tiene, por supuesto un beneficio muy evidente para padres de familia de ingresos medios que requieren de mucho apoyo para educar a sus hijos con problemas de conducta relacionados con el autismo.

Otro beneficio aparente, derivado de esta patraña, está en la noción -apoyada por una red de practicantes de medicinas alternativas y vendedores de suplementos dietéticos- de que si en verdad las vacunas son la causa del autismo, entonces ese mal puede ser paliado, al menos, con más de 40 tipos de vitaminas y suplementos, junto con alimentos libres de caseína y de gluten, diversos antibióticos y pociones improvisadas, todos en verdad inútiles en el tratamiento del autismo, mal que además de no tener una causa definida en verdad, tampoco tiene cura por ahora, lo cual es un hecho difícil de aceptar para los padres de familia que hallan consuelo en culpar a un villano inexistente.

El problema surgió en 1999, cuando los centros de control y prevención de enfermedades en los Estados Unidos, preocupados por la exposición acumulada de niños pequeños al mercurio, pidieron a los fabricantes de vacunas que contienen mercurio que las sacaran del mercado. En Canadá y Dinamarca el timerosal fue eliminado, ya que algunas nuevas combinaciones de vacunas no lo requerían o serían perjudicadas por esta sustancia. En ningún lugar se eliminó el timerosal ante evidencia de que podría causar autismo al ser usado en las vacunas. Pero estos antecedentes bastaron para que se disparase un verdadero frenesí amarillista.

Evidence Personalidades, como el abogado Robert Kennedy Jr., se han lanzado a apoyar esta versión sin tener bases en algún estudio científico válido. Todos apoyan lo que publicó el periodista David Kirby, en un libro titulado Evidencia de daño, en el cual, en apariencia, se corroboran las creencias de cientos de padres de niños autistas; sin embargo, no hay un solo estudio controlado que respalde esa afirmación. De lo anterior concluyen que existe una enorme conspiración de laboratorios médicos y autoridades sanitarias de todo el mundo para encubrir el hecho, aunque ni una sola evidencia de que ese daño sea real ha sido citada por nadie. Kirby se ha convertido en una celebridad que da conferencias a granel.

El problema para México es que aquí llega una versión aún más distorsionada de los hechos y se divulga que todo tipo de vacunas son responsables de causar daños, con el consiguiente riesgo de que muchos niños no sean vacunados. El efecto negativo más grave consiste en lograr introducir en la opinión pública una desconfianza injustificada hacia la comunidad científica y hacia los mecanismos de control de la salud pública en todo el planeta.

REFERENCIAS

Allen, Arthur. «True Believers». State. 29 de junio de 2007 www.state.com/id/2169459/

Kirby, David. Evidence of Harm. St. Martín Press. Nueva York, 2005.


[1] Este artículo se publicó originalmente en Ciencia y Desarrollo, No. 212, México, octubre de 2007, Págs. 58-59-