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El «Pájaro serpiente» de Puerto Rico

QUETZALCÓATL EN PUERTO RICO

Comenzamos mal. Jorge J. Martín es la fuente de esta historia. Martín es un famoso ufólogo de Puerto Rico, conocido en el mundillo de los platillos voladores por difundir y apoyar historias sensacionalistas y falsas de ovnis, como el caso de las fotografías de Amaury Ribera, el de Majestic 12, el Informe Matrix y otros.

En el número 24 de la revista ¡Enigma!, que dirigía Martín, se presentaba el caso de una «extraña» ave con colmillos de serpiente. El pájaro había sido encontrado una noche de finales de abril de 1989 por el esposo y el cuñado de la señora María Ortiz Hernández, en un sector del barrio Jaguas, mientras pescaban. No se si finalmente se dieron los nombres de estas dos personas. En el artículo original de Martín no se daban estos datos.

Repentinamente los hombres escucharon un aullido fuerte. Tomaron sus linternas e iluminaron hacia el lugar de donde provenía el ruido. Asombrados vieron un extraño pájaro parado en la rama de un árbol a punto de volar en picada en contra de ellos. Lo extraordinario del pájaro era que mostraba dos enormes colmillos como los de una serpiente. Sin embargo, al ser iluminado por las linternas, el pájaro quedó inmóvil y cayó del árbol. Momento que aprovecharon los pescadores para atraparlo.

La noticia fue publicada por el periódico El Vocero, de Puerto Rico, en donde se informaba que incluso el alcalde de Gurabo, el señor Ramón García Caraballo, un agente de la Oficina del Gobernador, de la Defensa Civil de Gurabo, representantes de la Fortaleza y de diversas agencias gubernamentales habían ido a ver el animal. No se indicó si habían sido visitas oficiales o por mera curiosidad particular.

Se dijo que el animal tenía ojos que brillaban por la noche «como brazas de fuego, rojos como la sangre». El periódico afirmó que la hermana de María Ortíz era pastora de la Iglesia Pentecostal, y que había dicho que el pájaro era el anticristo. Ante esta declaración María, molesta, indicó;

«Â¡Eso no es verdad y el periódico tiene que aclararlo, porque si no lo hace lo vamos a demandar!»

La descripción del animal, según María, era esta:

«Aquello era como del tamaño de una gallina pequeña y era como un pichón, como si fuese jovencito todavía. La cabeza no tenía muchas plumas y la piel parecía como la de los sapos, medio como de culebra… rugosa. En la boca tenía dos piquitos chiquititos nada más y del cuello para abajo tenía plumas. Tenía dos patitas chiquititas. Aullaba como un perro, hacía un ruido feo… y era bravo. Solamente a mí no me tiraba. Yo lo tenía en una jaula con una piedra encima para que no pudiese salirse».

En las fotografías a color del animal se aprecia otra cosa. El pájaro tiene plumas a todo lo largo de su cuerpo, inclusive en la cabeza.

«Los colmillos esos, los dientes, no se le habían visto después de que me lo trajeron. Al otro día por la noche tarde fue que aquello abrió la boca y le salieron los colmillos. Aquí vino un biólogo que me lo quería comprar, me quería dar $ 1,500.00 por él. Ese biólogo examinó el pájaro y dijo que se parecía en algo a un chotacabras o guabairo de esos, pero que no era nada de eso, que era algo extraño. Cuando lo examinó notó que en el cielo de la boca, arriba, tenía dos rotitos… uno a cada lado… y me dijo que aquello tenía que sacar algo o echar algo por allí, que estuviese pendiente. Entonces más tarde por la noche abre la boca y vemos que saca esos colmillos. Todos nos asustamos y gritamos. Le metimos un palo en la boca y no podía cerrarla y los colmillos no podían echarse pa atrás. Así lo llevamos a retratar a Quality Photo y todos lo vieron, el alcalde y todo el mundo. De Salud Ambiental aquí vinieron y le tiraron muchas fotos y ahora nadie sabe dónde están esas fotos. Si no fuese porque le tiramos unas fotos en Quality Photo, aquí en Gurabo, no tendríamos pruebas del pájaro y los dientes».

CHOTACABRAS

Nunca se dio el nombre de tan importante personaje en este caso: el biólogo, por lo que esa parte de la historia no se puede confirmar. De lo que se deduce por las fotos, el animal no debería ser tan bravo pues con sólo un dedo en el pico se le controla muy bien. Parece que está muerto, o por lo menos eso es lo que aparenta en la foto. Está rígido, sin un movimiento aparente, y no por el hecho de ser una foto sino por la aparente falta de elasticidad de las alas.

«Como decían que aquello tenía que ser un chotacabras le dimos para que comiese cosas que según la gente esos animales comían; lagartijos, insectos… y nada. Sólo cuando le di pedazos de bistec crudo frescos fue que comió, que se los tragaba enseguida, nada más».

Chotacabras es el nombre común que se les da a diversas aves de la familia caprimúlgido, del orden caprimulgiformes. El chotacabras gris (Caprimulgus europaeus) mide unos 25 centímetros y presenta una coloración parda y manchada de gris que les permite camuflarse perfectamente en el terreno; tiene el pico corto, pero puede abrir mucho las fauces. Durante el día permanecen posados en las ramas en la dirección de éstas; despliega su actividad durante la noche persiguiendo mariposas nocturnas; no construyen ninguna clase de nido, y depositan los huevos en el suelo. Se les encuentra en diversas partes de América, inclusive en Puerto Rico. La chotacabras parda (Caprimulgus rupicollis), algo mayor, presenta un collar rojizo en el cuello y es de distribución más meridional. Se caracteriza por presentar la abertura bucal muy ancha, ojos grandes, pies de reducido tamaño y cola larga. El plumaje es muy abundante, con coloraciones miméticas. En general son nocturnas.

La fotografía representa ni más ni menos que una chotacabras gris y la descripción que de ella da María también se ajusta a la de un chotacabras. El único detalle que no concuerda con la morfología de este animal son los dos «colmillos» tipo víbora de cascabel que, muy probablemente sean, como se dijo, un par de espolones de gallo incrustados en la boca del animal.

«El biólogo sacó una muestra del tejido de adentro de la parte de debajo de la boca del pájaro, que cuando el alcalde vino vio que todavía brotaba sangre por ahí, para hacerle unas pruebas, analizarlo y ver qué encontraba y me dijo que después me llamaba y me decía qué encontraba. Al otro día me llamó bien nervioso y me dijo que no quería saber nada más de eso, que ese animal tenía que ser un aborto de la naturaleza, una mutación o algo así o producto de algún experimento genético de alto nivel que alguien bien arriba está haciendo, porque dijo que cuando hizo las pruebas con el tejido, que las repitió varias veces porque no podía creer los resultados, encontró que aquello no tenía casi tejido de ave ni de lagarto, sino que parecía ser tejido humano. Estaba bien nervioso… y dijo que él no quería meterse en eso, que ya la cosa era fuera de lo normal y él no quería meterse en problemas».

Esta no es la actitud de ningún científico. Al contrario, acicateado por el extraño comportamiento de la muestra, debió haber seguido con la investigación. Por otra parte no creo que esta declaración sea de María, más bien se parece a la forma de decir y de redactar del propio J. J. Martín y de sus ideas conspiranóicas. María, por lo que se ve en la foto, debe ser un ama de casa de escaso nivel económico y cultural, cuyo lenguaje distaría mucho del que aquí se expone.

SE DESCUBRE EL FRAUDE

Finalmente un policía que visitó la casa dijo que eso no podía existir. Acto seguido tomó el pájaro y le arrancó los colmillos. Se trataba de espuelas de gallos. Al enterarse de lo anterior, el Departamento de Recursos Naturales publicó una carta abierta en la prensa negando todo, diciendo que el asunto era falso y afirmando que el pájaro era un miembro de la especie del llamado Guabairo, una especie protegida, por lo que se advertía al público que la captura de esos animales estaba penalizada por ley, y que cualquiera que capturara uno de esos pájaros sería procesado. Al animal de María Ortíz se le había mutilado agregándole unos espolones de gallo en la boca.

Luego de esto, y seguramente temiendo las represalias del Departamento de Recursos Naturales, María Ortíz hizo «desaparecer» al pajarraco. Según ella llevaba al animal a la alcaldía (sin razón aparente, o por lo menos ella no supo explicar el por qué), cuando unos policías que estaban en una camioneta Van negra la detuvieron y le preguntaron si ella era la dueña del extraño animal y que si podían verlo (¿cómo sabían que llevaba el pájaro? La historia está muy forzada en este punto).

Cuando ella les pasó la caja en donde llevaba el pájaro, el de la ventanilla derecha la tomó, mientras que el otro arrancaba el auto a gran velocidad.

«Por poco me arrancan el brazo «“dijo María- . Después fui al cuartel, pero allí dicen que ellos no saben nada y que no era gente de ellos. Ahora nadie sabe quienes eran esos tipos y se han dedicado a decir que todo es mentira y que nosotros fabricamos eso. Pero hay una muchacha que trabaja en la alcaldía que vio todo y vio a los tipos esos y sabe que lo del pájaro es verdad, pero cuando se puso a decirlo empezaron a presionarla y me dijo que ya no iba hablar de eso, pero que si se hacía una verdadera investigación del asunto ella me respaldaba, porque sabía que era verdad. Esa muchacha es una que llaman La Cana. A todos los que vimos eso nos están presionando y nos dicen que si seguimos hablando de eso nos van a meter presos, que eso conlleva cinco años de cárcel y qué sé yo. A mi no me mete miedo nadie porque yo sé lo que vi y sé que es verdad, y por decir la verdad no se mete a nadie preso. Eso sí, a los policías que vieron eso los han trasladado para que no podamos hablar con ellos y nos dan un montón de excusas… y a los de salud ambiental los han trasladado también o «se han ido de viaje» nos dicen. Aquí quieren esconder algo y no sé por qué. Pero alguien esconde algo. A lo mejor no quieren que el público se alarme, pero yo creo que es algo más… y bien grande. Lo que es injusto es que quieran venir a tratarnos como mentirosos a nosotros que somos personas serias».

Se supone que Martín hizo una «verdadera investigación del asunto» y sin embargo «La Cana» no apoyó las declaraciones de María. ¿Se trata de otro testigo falso? ¿Qué intereses podría tener el gobierno de Puerto Rico para ocultar este caso sin importancia? ¿Por qué iban a trasladar al personal policiaco y burocrático por un simple pajarraco?

«Nosotros no estamos locos y sabemos lo que vimos y esto en su momento se va a saber todo y lo que es va a sorprender a mucha gente aquí y como siga la campaña esa de que nosotros fabricamos eso vamos a demandar a los que estén diciéndolo porque habemos más de 25 personas que somos testigos de que ese animal existe. Que quieran ahora ocultarlo es otra cosa, pero que a nosotros nos quieran desprestigiar porque eso no es cierto no se lo acepto a nadie».

Recientemente se informó que vecino de María, Agustín Morales, dijo que también había encontrado otro ejemplar y que lo tuvo en su casa durante tres meses, el tiempo que tardó en curarse la herida en un ala. La criatura únicamente comía trozos de pescado crudo y aullaba. Pero esto nunca se conoció en aquella época y muchos dicen que se trata del mismo caso y que sólo es una confusión de nombres.

Nunca se dio a conocer ni uno solo de los nombres de los 25 testigos de los que hablaba Martín, es más, ni el nombre del marido, ni el del cuñado de María, los testigos principales, quienes encontraron al animal.

En México se cambió la versión y se dijo que fue el propio alcalde quien ordenó que confiscaran al pájaro ya que «podía hacer negocio cobrando por exhibirlo, por lo que abusó de su autoridad y mandó a dos policías para que confiscaran el animal».

Aunque esta versión pudiera estar más cercana a la verdad, nada de eso ocurrió. Tan es así que nunca más se supo del extraño Quetzalcoatl de Puerto Rico. Sólo en una revista española se le mencionó, pero nunca se dijo que se trataba del cuerpo mutilado de un chotacabras.

REFERENCIAS

Del Amo Freixedo Magdalena, ¿Qué está pasando en Puerto Rico?, en Espacio Tiempo, No. 6, Madrid, agosto de 1991, págs. 8-21.

Escorza Vicente, ¡Se capturó viva una «Quetzalcoatl», serpiente emplumada que, se creía, nunca había existido, en Semanario de lo Insólito, No. 223, México, abril de 1996, págs. 30-31.

Martín J. Jorge, Continúa el misterio del pájaro-serpiente de Gurabo, en ¡Enigma!, No. 24, Puerto Rico, 1989, págs. 3-9 y 22.

Ruiz Noguez Luis, La garra extraterrestre y el ejemplar de «Quetzalcóatl», en 100 fotos de extraterrestres, Corporativo Mina, México, 1996, Págs. 24-27.

Jorge J. Martín

Víctimas del «vampiro de Moca».

María Ortiz Hernández

Agustín Morales

El Quetzalcóatl puertorriqueño.

Chotacabras

El chupacabras en Argentina

(RECORTES DE PRENSA)

«VISIONES MUTILADAS» DE LA REALIDAD

Vacas muertas, periodismo y alienación. De cómo se construye una oleada… de lo que sea y el papel del crítico informado sobre lo paranormal.

Por Alejandro Agostinelli

Argentina, mayo de 2002. La oleada de «mutilaciones de ganado» había madurado. Nadie, empezando por los organismos oficiales, explicaba las causas de ese aluvión de denuncias extrañas. Era el momento en que los diversos actores sociales peleaban por establecer su definición del problema. Los juegos de palabras oscilaban entre el asombro silencioso, la retórica vacua y profusión de citas al conocimiento popular.

«Presa de la prensa», la imaginación se había apoderado de las reflexiones de los argentinos. La mayoría de los medios, como cada vez que navegan en aguas desconocidas, explotaban la ausencia de respuestas oficiales impulsando el estado de perplejidad social. Cuando no del disparate. El novel ufólogo Francisco Fazio, por ejemplo, entró «por la puerta grande» de la pantalla chica pontificando sobre el «chupacabras», depredador invisible prestamente incorporado al catálogo de la zoología fantástica rural. Así, Fazio alternaba con otro ufólogo, el veterano actor Fabio Zerpa, uno de los responsables de haber encendido la mecha relacionando las primeras historias de reses tullidas con cuentos de «enanito orejudos» en el interior del país. El «escepticismo militante», representado por el efímero Christian Sanz, repartía spam a los medios quejándose de que «nadie lo invitaba» a decir que todo aquello eran «tonterías» cuya explicación «es más sencilla de lo que creen»[1]. Tan simple no debía ser: en sus mails decía más bien poco y nada sobre las posibles causas de la oleada. Pronto, Sanz iba a convertirse en otro ejemplo de que la arrogancia puede ser pariente cercana de la pereza, pero también hija de la deshonestidad intelectual[2].

Lo cierto es que, a diario, se difundían nuevas historias e interpretaciones, casi todas aportando un grado más al clima de confusión general. Por entonces, entrevistado por el noticiero de Azul TV, describí la leyenda del chupacabras como una mitología importada de los EE.UU. y Puerto Rico y señalé que «la experiencia sugiere no descartar la participación de animales depredadores o carroñeros».

¿Creer o saber?

En mi fuero íntimo estaba (casi) seguro de que aquella hipótesis iba a confirmarse. Pero, honrando el «casi», dije «no descartar». En esta salvedad aparentemente menor yace un asunto que, con el permiso del lector, no relegaré a una nota al pie. Porque se refiere al papel crucial que juega la «experiencia» (entendida como suma de conocimientos teóricos y prácticos sobre un tema dado) en la evaluación temprana de sucesos extraordinarios.

Quiero decir: no me siento especialmente orgulloso por haber anticipado las conclusiones del informe que dos meses después iba a presentar el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA).

Entonces, como ahora, era consciente de que la prudencia se debe anteponer a la soberbia del que «cree saber». Es que, muchas veces, la especialidad nos expone al riesgo de introducir sesgos, desinformar y hasta desviar el curso de una investigación. ¿Exageraciones? Ojalá: transladar conclusiones remotas o ajenas a un escenario nuevo se parece más a una cornisa que a un atajo: adelantarse puede propiciar conclusiones falsas o crear estados de opinión injustificados.

No hace falta dar ejemplos «paranormales»: ahí están los incriminados por la prensa antes de que se pronuncien los fiscales (promoviendo un público «concientizado» en tal o cual dirección que «presiona»); los rumores que derrumban economías o destruyen carreras; los estigmatizados por portación de cara, apellido o carnet… Intento decir que -cuando «creemos saber»- no sólo nos debería importar reducir el (casi inevitable) margen de error sino la responsabilidad ética de evitar dar un mal ejemplo educativo.

El (d)efecto de la memoria

Esta preocupación por el uso de «conclusiones de archivo» es un asunto al que tarde o temprano nos enfrentamos todos los periodistas que tratamos de escapar a la fuerza de la costumbre. Naturalmente, es innegable que la «experiencia» sirve para obtener una perspectiva más profunda (y a la larga más precisa) de la actualidad. Pero eso no significa perder de vista que «creer saber» -y asegurarlo sin atenuantes- puede teñir el análisis con los prejuicios que la misma «experiencia» nos presta. Es decir: si bien la especialización nos permite otear más allá del horizonte plano de la noticia cruda, transferir conclusiones del pasado a fenómenos actuales puede ser precipitado. La sociedad, los grupos de interés y el mismo vértigo de los medios continuamente nos obligan a informar contra reloj. Es por esta razón que extremar el rigor informativo debe privar sobre la primicia.

¿Qué nos enseña la historia? Que «lo paranormal» (en su sentido amplio) sigue ciclos de actividad imprevisibles pero cuyo contenido (la casuística, el anecdotario) tiende a acomodarse a un marco de creencias preexistente, las cuales son «recortadas» culturalmente por los medios. A este efecto paradojal alguien (no recuerdo quién) le llamó efecto bucle: los medios le imprimen a la noticia (y a los relatos que ellas contienen) un perfil, un sentido y una identidad propios porque… los mismos medios son los que definen las características del problema del cual se ocupan y se encargan de potenciar.

Evidentemente, la utilidad de la memoria y, sobre todo, la capacidad para elaborar los datos que ella nos proporciona, son asuntos que están fuera de discusión. Pero rescatar experiencias pasadas, por ejemplo, no nos inmuniza de moldear las novedades en arreglo a los antecedentes. Además, si en ocasiones anteriores las causas de fenómenos semejantes -en principio tan «inexplicados» como los presentes- acabaron siendo individualizadas, la tentación de «anticipar el veredicto» se vuelve difícil de resistir.

¡Otra vez vacas!

El conocimiento nos contagia de cierto sentimiento de urgencia. «Decir primero» halaga a la vanidad. Y seguir el impulso más «empírico» que «escéptico» de la primicia nos puede alejar de la tensión a la objetividad que todo comunicador debería pretender. Y ejercer un sano escepticismo, recordémoslo, implica no pronunciarse a priori. Por eso, cuando la prensa comenzó a cubrir el caso de las «vacas mutiladas», esa tentación tenía un nombre: Informe Rommel. En efecto, la investigación que había realizado en 1979 el agente retirado del FBI Kenneth M. Rommel en los Estados Unidos parecía iluminar el camino. Al cabo de analizar 27 casos de «mutilaciones de ganado», Rommel atribuyó al efecto combinado de los medios de difusión, la influencia social de «expertos» y a la acción de diferentes depredadores la génesis, formación y extensión de la oleada[3].

¿Estábamos ante una reedición de aquel fenómeno? Quizá, aunque sólo estábamos seguros de algo: la oleada de «ganado despanzurrado» se presentaba en la Argentina post debacle del nuevo milenio, no en el dorado veranito texano de los ’70, y el SENASA no era la NASA. Dos meses antes de la oleada, la TV había difundido a una horda de pobladores hambrientos tumbando un camión con reses en las afueras de Rosario y poco antes, a fines de diciembre de 2001, la gente había salido a la calle, cacerola en mano, a derribar a un gobierno dormido en medio de la crisis más brutal de la historia reciente. Así, el misterio rural criollo aparecía rodeado por una aureola de extravagancia latina. Posiblemente, en la remake local de aquella loca epidemia ganadera (que entonces, como ahora, se anclaba en clisés ufológicos) podrían incidir causas cualitativamente diferentes. La aplicación automática de las conclusiones de Rommel ¿forzaría el hallazgo de «patrones comunes» en la oleada argentina o… los propiciaría?

Sin hilar tan fino, el show de arranque era casi copia fiel: las primeras noticias aparecieron vinculadas con informes sobre visiones de «enanos» misteriosos de la mano de Zerpa, el más conocido amplificador local de la creencia en ETs «abductores de vacas» y los portavoces fueron veterinarios influidos por la perplejidad alienígena del mismo «profesor». Los medios, por su parte, forjaban a diario un «retrato tipo» (que a la vez era un «criterio de selección») para establecer una «categoría» de animal mutilado[4].

Pero. ¿acaso esos personajes, con los medios, eran los únicos responsables?

En realidad, el espectáculo más surrealista no lo dio la fauna de opinators televisivos sino los propios expertos en sanidad animal: en el curso de tres meses de agitación mediática, los funcionarios del SENASA arriesgaron por su cuenta al menos cuatro explicaciones diferentes antes de presentar su «informe final». Algunos, como el veterinario Alejandro Martínez, infundieron temores sin fundamento advirtiendo sobre la presencia de cierta clase de «cuatrerismo tecno» ostentando el termocauterio (una barra metálica afilada y caliente utilizada para cauterizar las heridas) * para argumentar que los cortes que presentaba el ganado muerto podían ser causados por «cualquier organización»[5]; otros, como el patólogo Ernesto Odriozola, titular de Diagnóstico de Sanidad Animal del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en Balcarce, apostó a «la acción de algún loquito« ya que «aquí está claro que todo fue provocado por alguien»[6]; y el doctor Bernardo Cané, presidente del SENASA, no sólo señaló que había «indicios preliminares de algún tipo de acción humana» sino que descartó la actividad de «otros animales carroñeros», atribuyéndola a alguna clase de «práctica esotérica«[7].

Las andanzas del súper ratón

Por esos días, el denominador común era el asombro: aquellos malolientes cadáveres vacunos con sus panzas henchidas de gases presentaban «cortes netos, quirúrgicos» que aparecían «lejos de las rutas» y «sin signos evidentes» de haber recibido tarascones de carroñeros. Pero, semanas después, los mismos científicos que habían diseminado suposiciones contradictorias iban a cambiar diametralmente de parecer: el 1° de julio de 2002 la «oleada» ya no había sido provocada por sectas satánicas, veterinarios desquiciados o estudiantes contratados para probar virus de diseño en campos librados a la buena de Dios. Ese día, el presidente del SENASA (sí, el mismo Cané que había hablado de «esoteristas» envueltos en el asunto), dio una conferencia de prensa en la cual, no sin burlarse de «los marcianos, el pombero y otras tradiciones rurales argentinas», presentó las conclusiones a las que llegaron los doctores Alejandro Soraci, Ofelia Tapia y Ernesto Odriozola, de la Universidad Nacional del Centro: el protagonista de las enigmáticas «mutilaciones» era, ante todo, un roedor del género Oxymycterus, el llamado «hocicudo rojizo». El ratón ahora estaba entre los sospechosos de infligir los raros cortes al ganado, muerto por causas naturales. Si bien el informe del SENASA citaba el accionar de zorros, peludos y otros carroñeros «activos a causa de cambios en el ecosistema regional», el funcionario centró su charla en el roedor, sirviendo en bandeja los titulares del día siguiente. La noticia se había «reinventado»: previo recorte mediático de una realidad más compleja, el «misterio» de las vacas mutiladas era reemplazado por unos poco conocidos ratones rojos que invadieron las pampas argentinas asestando dentelladas «perfectas» ¿Qué credibilidad se le podía dar a esta (convengamos, razonable) explicación, propuesta por los mismos que poco antes habían defendido que tales cortes sólo podrían haber sido causados el hombre?

La explicación que faltó

Hasta fines de agosto se habían registrado más de 200 casos, en casi tres meses y a lo largo de diez provincias del país, desde el Chaco hasta la Patagonia[8]. En su informe a la prensa, el SENASA (basado en 20 necropsias de otros tantos animales recogidos en quince fincas de diferentes partidos bonaerenses), concluyó que el ganado murió a causa de «neumonías, desnutrición, enfermedades metabólicas o infecciosas de altísima incidencia en época invernal». El misterio, entonces, se reducía a la mitad: las «vacas mutiladas» ya estaban muertas. «Alguien» (difícilmente «alien»), se había hecho la panzada. La correlación entre mortalidad y estación del año no es un dato menor si, como se repitió 2003, las denuncias aumentan en invierno. De igual modo, que los tejidos afectados fueran los que estaban a la vista (el «mutilador» no completaba la faena volcando al animal de lado) revelaba otra cosa: el predador no lleva a su presa a platos voladores ni a laboratorios clandestinos, sino que cena «in situ».

El SENASA quiso sacarse de encima un fenómeno que había ganado estatus mitológico presentando un informe de dos carillas y un video del ratón hocicudo en acción, devorando carne cuando se lo creía insectívoro. ¿Estos elementos alcanzaban para satisfacer la demanda de una explicación científica? No, y de hecho el argumento convenció a pocos. ¿Por qué? Tal vez, porque faltó plantear una hipótesis psicosocial que no sólo permitiera explicar la proliferación de casos sino responder otras dudas, que aún acosan a muchos veterinarios y productores agropecuarios, a saber: ¿Por qué esos «experimentados hombres de campo» están tan seguros de que esos «cortes» difieren de los causados por otros predadores? ¿Por qué afirman que «antes esto no pasaba»?

A propósito de estos asuntos pendientes -sobre los que se deberá rendir cuenta en cualquier explicación definitiva- se me ocurrió oportuno recordar la llamada «epidemia de los parabrisas picados» de Seattle[9]. Cuando en 1954 la prensa norteamericana informó que los vecinos de esa ciudad habían detectado «pequeñas mordeduras» en los parabrisas de sus coches, en el curso de la oleada abundaron hipótesis sensacionalistas. El gobierno le encargó estudiar el caso a la Universidad de Washington y se determinó que esas marcas siempre estuvieron ahí: los vecinos habían puesto atención en un detalle en el que nunca antes habían reparado. Habían sido causadas por el reiterado «picoteo» de asfalto que saltaba en la ruta. Las partículas asfálticas de Seattle fueron el «ratón hocicudo» de las pampas argentinas. La explicación psicosocial –un caso percepción selectiva moldeada por un estereotipo provisto por los medios– fue más poderosa que la técnica.

Pasó medio siglo de la extraña fiebre de los parabrisas: la manía desapareció para siempre. Aunque, pensándolo bien, su fantasma nunca se fue del todo. Ya nadie se asusta en Seattle si descubre a su parabrisas picado. Pero seguimos siendo presas de aquel viejo espectro todos aquellos que, al tropezar con nuevas leyendas, somos espectadores -o presentamos- «visiones mutiladas» de la realidad.


[1] Sanz, Christian. «Vacas mutiladas «“ Indignación»/ «A los medios: Ref: Vacas mutiladas / programas Memoria y Va por vos…». Email a los medios del 21-06-02.

[2] Sanz aún no había sido expulsado de la ASALUP, acusado de plagios reiterados y de falsificar pruebas.

[3] Ver Operation Animal Mutilation Project, http://www.parascope.com/articles/0597/romindex.htm

[4] Según este «retrato tipo», los animales debían haber sido despojados de sus órganos o partes blandas (labios, lengua piel y músculos de la mandíbula, ojos, orejas, colas, glándula mamaria y genitales); aquellos cuya piel faltante presentaba bordes nítidos, circulares o con ángulos precisos; ausencia de sangre en algunos casos; inexistencia de rastros humanos en las cercanías y, por último, la presencia de animales evitando acercarse al cadáver.

[5] Kollman, Raúl: «Unas heridas bien terrenales», diario Página/12, Buenos Aires, 20 de junio 2002.

[6] Diario La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 23 de junio de 2002.

[7] Diario Clarín el 22 de junio de 2002.

[8] Agostinelli, Alejandro : Vague de mutilations animales en Argentine, VSD Hors Série N° 5, Oct. 2002, pp. 56-61. Ed. GS Presse Com., Francia; traducido en español como «Vacas mutiladas y chupacabras en la ruta del ‘ratón hocicudo'»; en Dios! 20-05-03 (http://www.dios.com.ar/paginas/grupos/2-enigmas/fenomenos.htm). Ver también de Morales, Rubén O. «Â¡Todo por tu culpa, hocicudo rojizo!», Mitos del Milenio, Editorial N° 6, julio de 2002 http://www.advance.com.ar/usuarios/moralesr.

[9] Agostinelli, Alejandro: «El extraño caso de la epidemia de parabrisas picados de Seattle» en Dios ! 20-05-03 (http://www.dios.com.ar/paginas/grupos/2-enigmas/fenomenos.htm)
También ver Bartholomew, Robert; «The Seattle Windshield Pitting Epidemic: A Famous Mass Delusion of the Twentieth Century» (http://www.eskimo.com/~pierres/windshield.html).

* En una versión anterior confundí el termocauterio con un rifle de aire comprimido para tirar dardos tranquilizantes. Le agradezco al lector Julio Salas por salvar el error. / Alejandro Agostinelli

Ovnis y bengalas

Susto ovni

¡Falsa alarma! Los fanáticos de los ovnis pueden colgar los prismáticos y cerrar los archivos X»¦ por el momento.

Ayer (Miércoles) The Star divulgó cómo el lector Malcolm Rotchell y su desconcertada familia observó una extraña luz a través del horizonte de Rotherham poco después de la tormenta eléctrica en el área la tarde del domingo.

La brillante bola anaranjada «voló» sobre su hogar en Spring Croft, Kimberworth Park, y cayó a plomo a la tierra después de volar en dirección de Swinton.

Malcolm pensó que el fenómeno habría podido ser una centella, un fuego artificial o aún extraterrestres.

Pero el trabajador del Concejo de Rótterdam David Barker dijo: «Vivo en Kimberworth Park y vi el supuesto ovni. ¡Era definitivamente una luz de bengala! Era el tipo de fuego del ejército en el cielo para iluminar la tierra. Tampoco ascendió tan alto».

«Realmente no veo cómo alguna persona podría confundirla con cualquier otra cosa. Fue hacia arriba como una luz de bengala, moviéndose lentamente hacia abajo como una bengala hasta apagarse. No era ciertamente una centella.

«Para ser justos, las bengalas han sido confundidas con ovnis en el pasado. Hubo un gran flap en Arizona en los años 90 en donde una ciudad entera observó «ovnis» aterrizar en una montaña, sólo para descubrir un par de días después que eran maniobras del ejército».

Paul Williams, de Greasbrough, también vio la luz. Él dijo: «Cuando la vi, no pensé otra cosa que eso era una luz de bengala de una señal de socorro.

«Fue hacia arriba bastante rápido entonces pareció planear por un tiempo. Era anaranjada, como dijo el testigo, y entró en la dirección en que él la vio. También se ajusta a la fecha. Era definitivamente una bengala».

http://www.barnsleytoday.co.uk/ViewArticle2.aspx?sectionid=86&articleid=1611354

El caso de Arizona es el del supuesto ovni gigante que fue filmado por varios testigos, en Phoenix, el 13 de marzo de 1997. (nota del tal Noguez)

La versión chilena del chupacabras

INVASIÓN DE CHUPACABRAS EN CHILE

Por Diego Zúñiga

El chupacabras ya había recorrido medio México cuando por primera vez se habló de él en la prensa chilena. Las noticias aparecieron en el diario La Cuarta de fines de agosto de 1996 y tras un par de intentos más (que fueron vanos, como veremos más adelante), el asunto quedó en el olvido. Se lo acusaba de atacar a unas gallinas, pero el verdadero culpable era un animal llamado quique, también conocido como comadreja. Sin embargo, unos años después, la impronta del mítico ser regresó. Esta vez atacaba en el norte, en pleno desierto de Atacama, supuestamente el más seco del planeta, desatando una verdadera invasión de misteriosas bestias en todo el país.

En cada una de sus apariciones hubo una persona dispuesta a creer; un veterinario de dudosa calidad presto a dar crédito a los hechos; una voz autorizada que daba certificado de veracidad a las afirmaciones más estrambóticas; también el ufólogo de turno que trataría de aferrarse a la fama del destructivo animal para aparecer en televisión y granjearse un nombre que le permitiera, posteriormente, dar unas charlas y satisfacer su ego y abultar sus bolsillos.

Algunos investigadores vinculados al análisis de este verdadero fenómeno social han pretendido hallar las primeras manifestaciones del ser «“que entienden como una especie animal original, única y posiblemente alienígena»“ en Puerto Rico, en la década del setenta. Y si bien en ese entonces los ataques fueron atribuidos a un supuesto «vampiro de Moca», los ojos de los ufólogos modernos prefieren creer que se trató de un antecedente, una aparición antigua del actual chupacabras.

En términos concretos, la bestia como tal sólo aparece en 1995. Fue el 11 de marzo de ese año cuando ocho ovejas, una vaca y un toro aparecieron muertos en los municipios de Orocovis y Morovis, también en Puerto Rico. Los ataques fueron explicados por las autoridades como responsabilidad de perros asilvestrados, a juzgar por las marcas halladas en los animales muertos.

Recién en septiembre del mismo año haría su aparición el «chupacabras». Según la leyenda, un conductor de TV, al momento de dar paso a las noticias referidas a la muerte misteriosa de animales, habría dicho algo así como «y ahora veamos las informaciones de este «˜chupa-cabras»™», por la aparente predilección del culpable de las matanzas por los caprinos.

DESDE EL CARIBE HASTA EL DESIERTO: EL MONSTRUO LLEGA A CHILE

Como comentábamos antes, a fines de agosto de 1996 el chupacabras casi llega a Chile. Casi, porque su presunta incursión no prendió entre los lectores. Dos diarios, La Cuarta y La Tercera, dieron cabida a la noticia de que algunas gallinas habían muerto misteriosamente en Lloncavén, en la comuna de Vichuquén, Séptima Región. Sin embargo, los veterinarios aseguraron que el causante de los ataques, por la forma de actuar y los rastros hallados, era el quique o comadreja, un pequeño mamífero de la zona centro-sur de Chile.

El médico veterinario Víctor Riveros explicó a la prensa que el quique «no chupa la sangre, es carnívoro, pero puede pasar que en ciertos períodos se excite cuando caza y mate a muchas más presas que las que va a comer, lamiendo la sangre que brota de las heridas que practica, generalmente, en el cuello o pecho con dos colmillos muy afilados». La cosa quedó aclarada. Pero, ¿por cuánto tiempo?

Claramente abril de 2000 fue el mes de la explosión del chupacabras en el país andino. Tras haber menguado notoriamente los ataques atribuidos al enigmático ser en Centroamérica, Chile recibió con los brazos abiertos la buena nueva. Se trataba, a juicio de algunos investigadores, de un arribo llegado en el momento más indicado, para bajar el perfil a la detención del ex dictador Augusto Pinochet en Londres.

Uno de los primeros en reaccionar fue el desconocido «ufólogo» Boris Campos, quien pocos días después de la primera noticia publicada en Santiago apareció en los medios señalando que el chupacabras era, ni más ni menos, que un extraterrestre de esos que, según él, «todos los científicos del mundo reconocen que existen desde mil novecientos cincuenta y tanto. No estoy diciendo cosas que no sean científicas».

Dejando de lado esta anécdota, la Policía de Investigaciones y Carabineros, las dos policías que operan en Chile, pusieron a sus hombres en alerta durante las madrugadas de abril en Calama, Segunda Región, con el fin de dar caza al supuesto «animal exótico», perros o personas que estuvieran tras las muertes. La hipótesis principal de los agentes era la de los perros asilvestrados que, provenientes del vertedero municipal, estaban saciando su hambre a costa del ganado de la zona.

Esta idea se afianzó luego que 75 miembros de las policías y Bomberos realizaran un minuciosos rastreo en las riberas del río Loa, a pocos kilómetros del centro de Calama, en busca de huellas del culpable de las matanzas que, según cifras preliminares, ya sumaban 147 animales en apenas 20 días. En su puntilloso trabajo, los funcionarios sólo encontraron pisadas de»¦ perro.

Por esto algunos medios, como el diario La Segunda, habían dado por cerrada la cuestión ya el 18 de abril, titulando «Perros salvajes son los que matan ganado en Calama» y comentando algunos decidores ejemplos, como el de un agricultor «que había hecho vigilancia y logró descubrir dos perros de raza mixta, tipo pastor alemán (un macho y una hembra), que alcanzaron a matar a algunos de sus animales, dejando en ellos las mismas heridas que descubrimos en los otros ataques».

Otro diario que puso algunos puntos sobre las íes fue El Mercurio, que envió a la zona a un reportero que entregó algunas de sus conclusiones en el artículo «¿Chupafraude? El «˜aperrado»™ misterio nortino». En esa nota, Rodrigo Barría escribió que «no es cierto que nadie haya escuchado nada: varios parceleros han visto a los perros atacando al ganado. Hasta les han dado muerte a algunos de estos canes».

¿Y sobre la habilidad de la misteriosa bestia para evadir alambrados? «Digámoslo claramente: los resguardos y alambrados de estas parcelas son precarios. Apenas algunos alambres de púas a mal traer sirven más para marcar territorio que como elemento de defensa», escribe con certeza Barría en su nota.

Pese a esto, en cada redada policial en busca del atacante había una inmensa cantidad de curiosos que dificultaban el trabajo de los expertos. Estas personas a veces iban armadas con escopetas de caza con el fin de colaborar en el operativo, aunque sólo conseguían entorpecer la labor de los policías, que intentaban poner algo de cordura declarando que descartaban la presencia de extraterrestres. A los medios poco les importó esto.

Las autoridades se esforzaron por poner una cuota de racionalidad entre tanta desinformación. El gobierno regional de Antofagasta encargó a un equipo multidisciplinario una investigación en terreno de los hechos que determinó que los ataques correspondían efectivamente a perros, a juzgar por las marcas de pisadas encontradas y por la forma de atacar a sus víctimas.

La razón de tan drástica nueva forma de relacionarse con su entorno en los perros se debía a que el vertedero municipal estaba enterrando la basura y no dejándola al aire libre, como se acostumbraba, y los animales se habían quedado sin su habitual fuente de alimentación, por lo que debieron recurrir a la cacería de ganado, la comida que más estaba a la mano.

Ante el declive de las informaciones en Calama, animales muertos «en extrañas circunstancias» comenzaron a ser denunciados en otros lugares del país. En todos estos casos siempre primó una cobertura sensacionalista de hechos usuales en zonas campestres, pero que a la luz de las informaciones generadas sobre el chupacabras, adquirían otro cariz. Y no pasarían muchos días hasta que las primeras personas dijeran haber visto a la bestia.

Ocurrió en la Quinta Región, donde una familia aseguró haber visto algo parecido a un canguro, aunque no pudieron entregar mayores antecedentes, salvo una exhibición de pánico que Carabineros atribuyó a la psicosis generada por las noticias aparecidas en los medios. En otros sectores de la región diversas personas dijeron haberse encontrado cara a cara con un ser mitad humano, mitad centauro. Un guardia de seguridad de Calama, en tanto, acusó un ataque de la bestia en la cara, cuello y tórax, lo que le valió aparecer en estelares televisivos narrando su historia.

Los ufólogos, mientras, se reunían en sesudos congresos a debatir el origen del chupacabras, que podía ser extraterrestre, interdimensional o conspirativo. Y los canales de TV no dejarían pasar la ocasión para programar especiales sobre el tema, al tiempo que los diarios aumentaban el conocimiento al publicar notas sobre sus orígenes, lugares donde se había aparecido, las formas en que había sido descrito, etcétera. Los comerciantes reaccionarían con rapidez y aparecerían las camisetas con la imagen del chupacabras e incluso un vino que tuvo hasta publicidad en diarios: «Chupacabras: el vino misterioso».

Tras el apogeo, las apariciones mediáticas comenzaron a diluirse, aunque jamás a desaparecer. El chupacabras volvía a las páginas de los diarios en la medida que fuera necesario, con esporádicas incursiones en distintas áreas de Chile. Algunas veces, ufólogos sedientos de prensa y atención lo utilizaron para lanzar descabelladas ideas y ganarse así algunos centímetros de diarios y segundos de televisión.

¿CAPTURADO?

Así como había sucedido en otros países, en reiteradas ocasiones se intentó hacer creer que finalmente se había dado caza al esquivo ser. Estas noticias, muchas veces respaldadas por ufólogos sensacionalistas, no pasaban de ser una buena excusa para aparecer en los medios, casi siempre reacios a aplicar el sentido crítico.

El primer caso se dio en mayo de 2000, cuando un sagaz personaje pretendió hacer creer a la población que un «garadiávolo» (una clase de mantarraya que, convenientemente manipulada, adquiere una imagen antropomorfa) era, en realidad, el cuerpo de un chupacabras. Luego aparecería un esqueleto en Nicaragua atribuido al misterioso ente, aunque pertenecía a un perro.

Algo parecido ocurrió en junio de 2002 en Chile. Un campesino de la Novena Región encontró unos restos que creyó anómalos y los puso en manos de la prensa. El biólogo José Yáñez los analizó y concluyó que pertenecían a un «perro grande». Uno de los últimos ejemplos se dio en abril de 2003, cuando otros campesinos atraparon a «un animal similar a un gato, pero de rostro como el de un zorro y de cola gruesa y corta». Una bestia, a juicio de las crónicas, nunca antes vista en la Novena Región.

Al final el presunto chupacabras no era más que una güiña, un felino de la zona sur de Chile. «Extraña sobremanera la ignorancia demostrada respecto de la fauna autóctona. Estoy seguro de que nadie con cuarto año de secundaria puede creer que en el mundo exista tal cosa como un chupacabras», comentó con ironía el médico veterinario Luis Briones a El Diario Austral de la Araucanía del 24 de abril de 2003 sobre este asunto. Al menos alguien manifestó su molestia por el sensacionalismo imperante.

Este texto es un extracto del ensayo

«El chupacabras y el impacto social de una creencia mediatizada».

El chupacabras (y 3)

DEPREDADORES

De acuerdo con los veterinarios que realizaron algunas necropsias a las cabras y borregos, se concluyó que las muertes se debieron al ataque de un animal feroz, posiblemente un jaguar o puma.

Por ejemplo, el señor Jesús Espinoza Ramírez, técnico de la SAGAR, dijo que los borregos del rancho San Antonio Los Sauces, en Chiapas, murieron debido al ataque de una jauría de perros. Rafael González, jefe de ese departamento, apoyó la explicación y añadió que ya se habían presentado por lo menos dos casos similares en los últimos quince meses, uno en el rancho La Chocona y otro en el municipio de Osumacinta.

El presidente de la Asociación de Ovicultores de Chiapas, Ernesto Sánchez Yannini, señaló que en los 20 años que le ha dedicado a la ganadería jamás había visto que murieran tantos animales en un ataque, aunque no descarta la idea de que una jauría haya sido la causante. Sánchez Yannini apuntó que cuando estos animales son atacados o acosados, no emiten ningún sonido, y por ello suelen ser robados con facilidad.

Esto explicaría el supuesto misterio adicional de que nadie escuche el balido de las cabras y ovejas al ser atacadas. En el caso de La Chocona se dijo que nadie había escuchado los ladridos de los perros, ni los balidos de las ovejas.

El velador del rancho, Víctor Manuel Samoaya, dijo haber visto a una persona como de medio metro de estatura totalmente albina y desnuda.

En el rancho La Remolacha, ubicado a 5 kilómetros de Los Mochis, Sinaloa, fueron encontrados degollados 14 borregos, y no 40 como dijeron algunos ufólogos. Manuel Rodríguez, dueño del rancho, declaró:

«No sé si es obra de extraterrestres o del diablo, lo cierto es que los animales amanecieron con el pescuezo perforado y la gente está aterrada.

«Dicen que fueron perros, yo tengo diez y éstos jamás habrían atacado a los borregos. Además la noche del ataque se oyó mucha ladrazón (sic) y aullidos, pero el caporal no vio a nadie».

Es decir, los perros guardianes sí hicieron su trabajo: ladraron avisando de la presencia de algo al acecho. Esto desmiente también el mito de que los perros se quedan mudos y no hacen escándalo.

Antonio Moreno, vecino de La Remolacha, dijo que se trata de un mutante «producto de experimentos gringos. Tal vez a un murciélago le inyectaron una sustancia pa»™que (sic) creciera y después mandarlo a la Luna; y no sólo es uno sino varios animales».

El médico veterinario Feliciano García Carrillo, jefe del Programa de Salud de la SAGAR, envió al también médico veterinario Sergio Reséndiz Torres, de Zamora, Michoacán, para que investigara la muerte de 8 borregos encontrados muertos en el poblado de Guáscuaro, municipio de Tingüindin, a 40 minutos de Zamora.

«Bueno «“comentó García Carrillo-, en los días pasados se nos informó de un ataque a ocho borregos. Y en la medida en que se nos enteró, acudió un médico veterinario especialista en sanidad animal y todavía encontró animales que estaban moribundos, recabó los datos del propietario. El señor tiene aproximadamente unos 33 borregos y le amanecieron 8 muertos y algunos heridos, que aparentemente fueron atacados por algún depredador como un perro o algo parecido».

Se trataba del hato del señor José Linares Sandoval. Reséndiz Torres encontró que la mordida se debía a un animal canino (coyote o perro) y aclaró:

«Los animales muertos tenían toda su sangre, con una herida a la altura de la yugular normalmente se desangran por sí solos y no encontramos rastros de que estuvieran chupados, no hay un animal que beba tal cantidad de sangre como la que tiene un borrego que es de seis a ocho litros, es muy difícil, tendría que ser un animal tan grande que todo el mundo lo vería y más si son varios borregos. Bueno, ¿a quien le cabe tal cantidad de sangre? No está chupando sangre, simplemente los atacó y los mordió, y el ataque fue severo, y el propietario no se dio cuenta, bueno no estuvo pendiente».

Además, se encontraron huellas «como de perros».

¿Qué paso con eso de que los animales aparecen totalmente desangrados, sin una «pizca» de sangre? Bueno, al parecer, también es un mito. De todos los reportes que conozco en los que han intervenido veterinarios o los mismos han hecho una autopsia, no hay uno solo en el que se afirme que los animales estaban secos, sin sangre. Sólo la pediatra poblana, que hizo un remedo de necroscopia, sin tener ni idea, fue la única que afirmó que el animal estaba seco de sangre.

El director del zoológico de Culiacán, el médico veterinario Humberto Iriarte, investigó la muerte de 24 animales en aquel estado. No encontró ningún indicio de extracción de sangre. Los animales fueron muertos por «un ataque de una jauría de perros ferales» (animales domésticos que regresaron a la vida silvestre).

«Los ataques de perros son muy comunes; la gente lo sabe. Pero como ellos mismos no tienen para comer, menos para darles a los perros, que no siendo rabiosos no soportan la hambruna. Los perros por su naturaleza atacan a animales que son muy nobles e inofensivos».

En tiempo de sequía, como el que ahora padecemos, los animales silvestres, hambrientos, bajan hasta las rancherías. Incluso hay perros, de los llamados callejeros, que se unen en jaurías y atacan o matan a los borregos, al igual que lo hacen los coyotes. Los mapaches también pueden atacar a las gallinas, por ejemplo.

En el informe del doctor Iriarte al gobierno del Estado se indica que:

1. Los ataques de los animales fueron realizados por perros ferales y no rabiosos, como manifestaron algunas autoridades.

2. Los cuerpos de los animales muertos tenían sangre (un murciélago sólo puede absorber 17 mililitros de sangre).

3. Los pobladores del municipio tuvieron mala disposición para atender a los animales moribundos y los dejaron fallecer.

4. Una semana antes, los animales del lugar habían sufrido otro ataque de perros que no fue denunciado a las autoridades.

5. Los pobladores atraviesan por una difícil crisis económica, además participan en peleas constantes por rencilla antiguas entre ellos mismos, situación que hace factible algún tipo de venganza.

María Elena Hoyos, directora del zoológico de Chapultepec también recordó que en 1985 el mismo zoológico sufrió un ataque de perros ferales, los cuales mataron aves y otros animales pequeños.. Se trataba de una manada de perros que sobrevivía con los desperdicios que arrojan los visitantes al bosque. Cuando, en septiembre y en los meses sucesivos el zoológico fue cerrado por remodelación, disminuyó la afluencia de visitantes. Los perros quedaron sin comer y no tuvieron más remedio que atacar a los animales encerrados en sus jaulas.

El subsecretario de Agricultura, Romárico Arroyo declaró que se trataba de simples coyotes o animales predadores que, debido a la sequía, buscan cualquier mecanismo para saciar su hambre.

El funcionario puntualizó que en todos los casos reportados, especialistas de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Desarrollo Rural (SAGDR) coinciden en que se trata de ataques de animales depredadores, como lobos y coyotes.

LA OPINIÓN DEL DOCTO RAMIRO RAMÍREZ NECOCHEA

El doctor Ramiro Ramírez Necochea, de quien ya hemos hablado más arriba, ha hecho diversas observaciones muy acertadas. Las reproducimos aquí íntegramente por su interés en este asunto. Según el doctor Ramírez gran parte de los casos se deben a animales depredadores salvajes.

«Esos animales están viviendo una tremenda urgencia de alimento. Tenemos dos años de intensa sequía y aunque no sé de qué forma se han podido alterar los ecosistemas, pienso que estos animales se están acercando a las poblaciones para alimentarse, y que desde la aparición del chupacabras, todo se lo cargan a éste.

«Yo realicé en Sonora, hace dos semanas, un análisis de una vaca, que la gente juraba había sido víctima del chupacabras. Sin embargo, el animal había muerto por una infección en los intestinos, causada por la poca disponibilidad de alimento. Además, presentaba marcadas huellas de navajazos en su piel y, contrario a lo que pudiera pensarse, había presencia de sangre».

Efectivamente los cambios radicales en el hábitat, como son el incremento de la temperatura y la prolongación de las sequías estacionales son los causantes e una migración de animales como pumas, tigrillos, perros, zorros, coyotes, etc., quienes en busca de alimentos se trasladan a las rancherías y atacan a los animales de corral. La sequía amenaza convertir el estiaje en un desastre para la agricultura y la ganadería.

Algunos ufólogos han planteado la siguiente cuestión: ¿Por qué antes, en época de sequía, no se daban este tipo de fenómenos? La respuesta es obvia: sí se daban, pero pocos le tomaban importancia y nadie lo achacaba a seres extraterrestres o al chupacabras, ya que estaban conscientes que se debían a procesos naturales. Hoy, el chupacabras se ha convertido en un producto de la confusión, del sensacionalismo con el que se pretende explotar la capacidad de asombro de los incautos. Todo se le achaca a este mítico ser.

Como dato adicional diremos que en 1973 el Fish and Wildlife Service de los Estados Unidos publicó un estudio en el que proporcionaba los promedios estadísticos anuales de pérdidas de vacas, borregos, cabras, cerdos, caballos, etc., debidas a ataques por predadores. Curiosamente hace un análisis comparativo con la situación en México. Según ese estudio, en ese entonces, anualmente México perdía en promedio un total de 30,000 cabezas de ganado. Es decir, 2,500 cabezas por mes. Si la tendencia es la misma para este año de 1996, la cantidad de muertes reportadas (supuestamente debidas al chupacabras, 1,138) no cubre ni la mitad de este dato. Lo anterior quiere decir o bien que los predadores habituales han desaparecido en su totalidad dejando el trabajo sucio al chupacabras (algo que lógicamente no es cierto), o ahora los predadores naturales del ganado se encargan de ocultar los restos de sus víctimas, mientras que el chupacabras las deja a la intemperie (lo que también es una tontería), o no existe el chupacabras y ha disminuido significativamente el número de carnívoros en nuestro territorio (lo que puede ser una penosa realidad de nuestro desmoronamiento ecológico).

Otros análisis en ese sentido, debidos al doctor Ramírez, nos muestran la verdad del mito. El doctor Ramírez hizo el cálculo de la sangre que debió haber ingerido el chupacabras. Tomando en cuenta l factor de 60 mililitros de sangre por cada kilo de peso de animal, llega a la cantidad de 81 litros de sangre tan sólo en un día.

«Para que el chupacabras pueda ingerir esa cantidad de sangre se debe suponer que se trata de un animal que pesa más de dos toneladas. Para que pueda desplazarse por los aires sus alas deberían medir 2 kilómetros, pero en eso estamos quizá equivocados, porque nadie lo ha visto, ¿no es así?

«Sin embargo, cabe otra posibilidad. Tal vez se trata de varios chupacabras, uno por cada Estado de la República. Eso quiere decir que estamos invadidos por un enjambre de ellos y yas e hubiera atrapado alguno, cosa que no ha sucedido.

«Por otro lado, si son muchos chupacabras, de aproximadamente 25 kilos de peso cada uno de ellos, necesitamos 80 animales de este tipo en todo el país para que puedan causar tantos ataques. Es increíble que nadie haya podido atrapar alguno».

Su lógica es contundente pero me temo que nada servirá para la mente del ufólogo promedio. Para ellos todo es raro, extraño y no tiene explicación racional.

En lo único en lo que no estoy de acuerdo con el doctor Ramírez es en que él supone que todo se debe a un plan maestro del gobierno para alejar al hombre de la calle de los problemas primordiales que aquejan nuestro país. Según Ramírez:

«Si esto está orquestado dentro del gobierno, es un genio de la propaganda quien lo está manejando».

Más bien creo que, en caso de que lo estén utilizando con fines de distracción, fue un regalo que les cayó del cielo (aunque no precisamente un regalo extraterrestre).

Continuará…

El clásico garadiábolo fue hecho pasar como un auténtico chupacabras. Se trata de una mantarraya modificada para dale un aspecto humanoide.

Restos de un gato momificado por el intenso calor y sequedad de Hermosillo. Otro supuesto chupacabras presentado por la prensa.

Cabeza de perro modificada para adquirir un aspecto «chupacabresco». Durante la psicosis mexicana por el chupacabras, los periódicos amarillistas, como la Prensa, publicaron este tipo de fotografías como pruebas de la existencia del chupacabras.

Otra momia de gato. Estas fotografías son de las más conocidas en internet. Tal vez nuestra negativa de enfrentarnos con la muerte haga que veamos algo extraordinario en una deformación natural.

Diferentes interpretaciones del chupacabras.