TIERRA RARA[1]
Mario Méndez Acosta
Las condiciones que permitieron la evolución de la vida animal avanzada en la Tierra y, por último, la aparición de una especie inteligente, capaz de crear una civilización tecnológica, quizá no se repitan en ningún otro lugar de nuestra galaxia o aun del universo visible. Esta es la conclusión a que llegan el geólogo Peter Ward y el astrónomo Donald Brownlee, autores del éxito de librería titulado Tierra rara y de la hipótesis cosmológica del mismo nombre. Dicha hipótesis señala la paradoja de que muy probablemente la vida simple pueda estar casi en todos lados del cosmos, pero una vida compleja, como la que, hay en la Tierra, prácticamente no se encontrará en ningún otro sitio. Lo anterior representa la primera reversión de la tendencia mostrada por el avance del conocimiento científico, que desde hace siglos ha ido retirándoles todo concepto de privilegio o de posición especial en la naturaleza a la Tierra, a nuestro sistema solar ya la especie humana. Según se profundiza en el estudio de la aparición de la vida en este planeta, y en su evolución a lo largo de más de cuatro mil millones de años, todo indica que después de todo nuestro orbe sí es especial en el universo observable, por ser el único habitable para seres que se pueden calificar como animales superiores.
Lo anterior no sólo representa un balde de agua helada sobre quienes creen en el origen extraterrestre de los ovnis, sino incluso para el grupo de científicos respetables que se han dedicado, a lo largo de los últimos cuarenta años, a buscar señales de radio provenientes de otras civilizaciones en el cosmos. Por cierto, la total falta de éxito de dichas búsquedas, que han cubierto ya millones de estrellas potenciales, concuerda con la hipótesis de la Tierra rara.
Ciertos hallazgos recientes contribuyen a la conclusión de que el surgimiento de seres complejos en la Tierra, los metazoos, no ocurrió de manera lineal y sencilla a partir de la vida unicelular, sino que siguió un proceso largo, accidentado y con retrocesos. Se ha visto que no basta para estos fines con que la Tierra esté en la posición más favorable en su distancia respecto al Sol, sino que influyen otros factores, como la existencia en nuestro sistema solar de Júpiter, gigantesco planeta que nos protege de una infinidad de impactos de cometas como el que causó la extinción de los dinosaurios, choques que hubieran ocasionado una y otra vez la desaparición de cualquier indicio de vida compleja en la Tierra. La presencia de una luna relativamente grande sirve para estabilizar la inclinación del eje de la Tierra y para hacer más lenta su rotación, lo que mantiene las variaciones climáticas dentro de márgenes no muy extremos. Nuestro planeta posee además placas tectónicas, que son las que hacen que los continentes se trasladen por toda la superficie del planeta, creando montañas, desiertos, lagos e innumerables ambientes muy variados; esto favoreció el proceso de creación de las especies, pero sobre todo permitió que en esas grandes fisuras del fondo de los mares, donde se separan unos de otros los continentes, surgieran de la Tierra lava y agua a altísimas temperaturas, provenientes del núcleo incandescente, creando así un medio hospitalario muy especial, seguro y estable en esas profundidades marítimas abisales.
Se ha descubierto que en esos sitios submarinos, donde debido a la altísima presión el agua se calienta a cientos de grados centígrados, habitan seres vivos tanto unicelulares como multicelulares, a los que se ha denominado “extremófilos”, y se ha determinado que los microorganismos de este tipo son los más antiguos que existen. Ello se puede verificar examinando las características del cambio a lo largo del tiempo, que muestra su material genético respecto al de otros seres vivos. Al mismo tiempo, se ha determinado con mayor exactitud cómo eran las condiciones atmosféricas en la Tierra primitiva, justo después de su enfriamiento y de que dejaron de impactarse en ella con frecuencia asteroides y cometas en esos primeros millones de años de su existencia.
Se ha visto que, de modo contrario a lo que se creía, la atmósfera primitiva de la Tierra no contenía gases como el metano, que favorecen la creación de materia orgánica, y que la presencia incesante de radiaciones ultravioleta hubiera impedido la formación de moléculas complejas. Ello ha orillado a los científicos a concluir que la vida misma se creó en el fondo de los mares, en esas fisuras ardientes donde aún sobreviven las bacterias y otros animales extremófilos.
La tectónica de placas permite también que la Tierra tenga un campo magnético que nos protege de radiaciones de partículas solares muy energéticas, las cuales hubieran impedido también la formación de moléculas complejas, ya que éstas sí atraviesan hasta la actual capa protectora de ozono.
Brownlee y Ward describen diez extinciones masivas distintas, ocurridas en nuestro planeta y debidas sobre todo a eventos cósmicos, como impactos de cometas, de las cuales se tiene un registro geológico. Cada vez, un remanente de vida ha podido sobrevivir para continuar con la evolución de la biosfera, pero no hay garantías de que ello siempre ocurra. La existencia continua de vida compleja en nuestro orbe ha sido una cadena muy delicada que podría romperse en cada momento y, mientras más dure, mayores son las probabilidades de que eso ocurra algún día.
Los autores también describen las muy especiales condiciones que tiene nuestro Sol. La vida compleja requiere de una estrella madre, estable y durable, de segunda generación, con una buena cantidad de elementos pesados, y ese tipo de estrellas no existen en otras galaxias ni en cualquier lugar de la nuestra, a la que llamamos Vía Láctea. Así, por ejemplo, las estrellas en cúmulos esféricos son muy viejas y de primera generación, por lo que no contienen elementos pesados, mismos que tampoco poseen las situadas en las orillas alejadas de las galaxias espirales como la nuestra, además de que no están en posibilidad de generar planetas rocosos en donde surja vida. Por su parte, las estrellas situadas en los superpoblados núcleos de las galaxias se ven sujetas a frecuentes accidentes cósmicos, como estallidos de supernovas muy cercanas, que acabarían con la vida en cualquier planeta más o menos próximo.
La humanidad es mucho más especial de lo que se pensaba, y los sueños de que allá afuera, en el cosmos, existan grandes imperios galácticos resultan ahora increíblemente improbables.
Referencias
Peter Ward & Donald Brownlee. Rare Earth, Copernicus, Nueva York, 1999.
Paul Davies. Are we Alone?, Basic Books, Nueva York, 1995.
[1] Publicado originalmente en Ciencia y Desarrollo, No. 157, México, marzo-abril de 2001. Págs. 96-97-






