La Pareidolia: El Arte del Cerebro para Editar el Caos

La Pareidolia: El Arte del Cerebro para Editar el Caos

Ucronía Para-Normales III

Idea original, investigación y guion: Luis Ruiz Noguez

Redacción: Gemini

Ilustración: Nano Banana 2, Gemini 3 Flash Image

La pareidolia es un fenómeno psicológico donde nuestro cerebro —una máquina biológica diseñada para buscar patrones por instinto de supervivencia— «detecta» rostros, figuras o formas familiares en estímulos aleatorios. Es el mecanismo detrás de la cara en la Luna, el conejo en una nube o el perfil de un gigante en el relieve de una montaña.

Esta capacidad es una herencia evolutiva. Para nuestros ancestros, era vital distinguir rápidamente a un depredador oculto en la maleza. En términos de supervivencia, es preferible un falso positivo (confundir una roca con un oso) que un error fatal (confundir un oso con una roca). Por ello, el cerebro está «programado» para reconocer rostros en milisegundos a través de regiones específicas como el giro fusiforme.

Del Rostro de Marte a la IA

Los ejemplos clásicos abundan: desde la famosa «Cara de Marte» hasta supuestas apariciones religiosas en tostadas, manchas de humedad o tortillas. Sin embargo, este sesgo ha evolucionado hacia lo que podríamos llamar una «pareidolia cognitiva»: la tendencia humana a atribuir sentimientos o «pensamiento simulado» a las Inteligencias Artificiales, proyectando rasgos humanos en sus respuestas algorítmicas.

La pareidolia no es solo un fenómeno óptico, sino una adicción cerebral al significado. El cerebro detesta el ruido blanco y el vacío; por ello, rellena los huecos con lo conocido. Si aceptamos que la pareidolia es la imposición de un patrón sobre el azar, entenderemos que todos nuestros sentidos son vulnerables a este sesgo. Entonces tenemos:

Pareidolia Táctica (Háptica)

Después de la visual y la auditiva, esta es la más común. El sistema somatosensorial es experto en detectar amenazas, como insectos o texturas extrañas. Algunos ejemplos son:

Sentir que un insecto camina por tu brazo cuando en realidad es un vello que se movió por el aire o una fibra de la ropa. El cerebro «reconoce» el patrón de movimiento de una pata y te entrega la imagen mental de una araña. Tocar una textura rugosa o húmeda en una cueva y «sentir» inmediatamente que es una mano humana o una cara, cuando solo es piedra calcárea. El cerebro proyecta la anatomía humana sobre el relieve. Cuando tocamos algo metálico muy frío y por un segundo nuestro cerebro interpreta que nos hemos quemado con calor. Es un error de interpretación de la señal nerviosa que el cerebro intenta categorizar rápidamente con el patrón de «peligro/quemadura».

2. Pareidolia Gustativa y Olfativa

El gusto y el olfato están íntimamente ligados a la memoria. Cuando estaba en la Facultad de Química en una ocasión al entrar en un laboratorio me llegó el aroma de café. A mí no me gusta el café y nadie estaba tomando café en ese laboratorio (está prohibido consumir alimentos y bebidas), sin embargo en ese ambiente de productos químicos aleatorios mi olfato tuvo una pareidolia olfativa.

Del mismo modo, al catar un vino, el cerebro «encuentra» notas de frutos rojos o recuerdos de la infancia. Químicamente, el sabor puede no estar ahí, pero el patrón de acidez y azúcar activa la etiqueta mental de «manzana verde». A esto se suma el efecto expectativa: si se nos dice que algo sabe a chocolate, la lengua buscará desesperadamente el amargor y la grasa para confirmar la hipótesis sobre un estímulo neutro. Lo mismo ocurre con ciertos aromas que nos remiten al olor de los abuelos, de una visita a un jardín, la comida de tu mamá…

3. Pareidolia Auditiva

El cerebro humano detesta el caos; ante un sonido monótono en un entorno de privación sensorial (como un desierto infinito), el sistema auditivo intenta «decodificarlo» usando lo que tiene a mano: memoria y miedo. Tomemos como ejemplo el fenómeno de las arenas cantarinas (o el «bramido del desierto») como una forma de pareidolia auditiva, especialmente cuando el contexto emocional y el aislamiento entran en juego.

Científicamente, el sonido de las arenas cantarinas se produce por la fricción de granos de arena muy específicos (redondos, con sílice y de cierto tamaño). Al deslizarse unos sobre otros —por el viento o al caminar—, crean una vibración armónica. Dependiendo de la velocidad y el tamaño de la duna, el sonido puede oscilar entre un zumbido de abeja y un estruendo de motores o tambores.

El sonido de las dunas es un tono sostenido y amorfo (ruido blanco del desierto). Por eso, los viajeros no reportaban solo «ruidos», sino «voces de espíritus», «tambores de guerra» o «palabras de compañeros». No es que la arena hablara, es que el cerebro proyectaba una narrativa sobre la vibración para darle sentido a la soledad.

El caso de Marco Polo en el desierto de Gobi es un claro ejemplo de este tipo de pareidolia. También podemos incluir los sonidos que graban los cazadores de fantasmas, las psicofonías (EVP – Electronic Voice Phenomenon); los supuestos mensajes satánicos cuando se escuchan discos de rock «al revés» (Backmasking); o los “cantos de las sirenas”, una especie de «espejismos sonoros» que se complementaba con la pareidolia visual al ver un manatí.

El oído humano está evolutivamente diseñado para detectar el habla humana por encima de cualquier otro sonido (para sobrevivir). Cuando escucha un siseo estático o el viento colándose por una rendija, su cerebro intenta «encajar» esos picos de frecuencia en sílabas conocidas. Si además el investigador te dice: «Escucha, parece que dice ‘vete de aquí'», tu cerebro sufre un sesgo de confirmación y «limpia» el ruido hasta que, efectivamente, escuchas la frase.

El lenguaje humano invertido suena como un galimatías lleno de fonemas extraños. Sin una guía, nadie escucha nada coherente. Es casi imposible encontrar un mensaje al revés a menos que alguien te proporcione el subtítulo. Una vez que lees la supuesta frase «satánica» mientras escuchas el disco invertido, la pareidolia auditiva se activa y ya no puedes «dejar de escucharlo». Es una alucinación inducida por la sugerencia.

Tenemos pues que todos nuestros sentidos pueden ser engañados por pareidolias o apofenias. Es decir, el ser humano es un mal Observador (oidor, catador, etc.) Luego entonces es fácil de ser «engañado» por él mismo (por sus sentidos) y por eso luego tenemos relatos de ovnis, de críptidos, de fantasmas, etc. Es nuestro cerebro el que edita el caos: el cerebro no soporta el caos y siempre preferirá una historia falsa antes que un silencio sin significado.

Si buscas una voz en el ruido, el ruido siempre terminará por complacerte. Si ves una nube o un destello en el cielo, tu cerebro te podría decir que es un ovni (plato volador); o si vez una mancha en la pared tu cerebro te podría jurar que es la cara de Cristo. Si un asiduo a las sesiones espiritistas “siente” una mano fría y larga en su hombro, podría ser una pareidolia táctil causada por una corriente de aire o una parálisis del sueño.

El Espejismo de lo Invisible: De los Sentidos a la Tecnología

Recuerdo un debate televisado en el que un ufólogo intentó acorralarme con una falsa equivalencia: —»Usted no ha visto ovnis y por eso no cree en ellos —dijo con aire de triunfo—, pero tampoco ha visto a Dios y asumo que cree en Él».

Mi respuesta fue directa: —»No he visto a Dios ni he visto naves extraterrestres; y precisamente por eso, no creo en ninguna de las dos cosas».

El ufólogo abrió los ojos, se reclinó en su silla con evidente sorpresa y, tras un breve silencio, cambió de táctica: —»Tampoco ha visto el aire y, sin embargo, sabe que existe, ¿no es cierto?».

—»Es cierto —contesté—. Mi sentido de la vista es incapaz de detectar el aire, pero mi sentido del tacto no lo es. Siento la brisa, la resistencia del viento y la presión atmosférica. Por esa prueba física, y muchas otras, tengo la certeza de su existencia».

Él no se dio por vencido: —»¿Y cómo puede creer en los átomos o los electrones si son invisibles al ojo?».

—»Porque para eso están las extensiones de nuestros sentidos —repliqué—. Cuando nuestra biología llega a su límite, recurrimos a máquinas: radares, contadores Geiger, telescopios o microscopios de barrido túnel. No vemos el electrón directamente, pero vemos su interacción con la materia y la naturaleza de forma predecible y repetible. La ciencia no es una cuestión de fe, sino de evidencia acumulada a través de herramientas que amplifican nuestra percepción».

La Falacia de la Nueva Tecnología

Si bien estas máquinas nos permiten subsanar las limitaciones de nuestros sentidos, no nos inmunizan contra el error. Al contrario: cuando surge una nueva tecnología, es común tropezar con viejos sesgos por el simple desconocimiento de su funcionamiento. Es una suerte de pareidolia instrumental.

Un caso histórico ocurrió durante los albores del radar. En las pantallas comenzaron a aparecer los llamados «ángeles»: ecos falsos que no correspondían a ningún avión conocido. En su momento, muchos se apresuraron a catalogarlos como ovnis o fenómenos sobrenaturales. Con el tiempo, se descubrió que eran simples interferencias atmosféricas, inversiones térmicas, nubes de insectos o incluso aves migratorias que el sistema no sabía interpretar.

Lo mismo ha sucedido recientemente con las cámaras térmicas FLIR de última generación. Han surgido nuevos «casos» de objetos inexplicables que han dado la vuelta al mundo, pero que, tras un análisis técnico, resultaron ser efectos de difracción, reflejos internos o una mala configuración del sensor.

El problema persiste: seguimos proyectando nuestras expectativas sobre el ruido. Ya sea una mancha en la retina o un píxel errático en un sensor infrarrojo, si el observador no comprende su herramienta, el cerebro siempre preferirá inventar un misterio antes que admitir una interferencia.

Cambio de escenario

La Epifanía del Desierto: Arcimboldo y la Geometría del Engaño

Arcimboldo1Praga, finales del siglo XVI. En la corte de Rodolfo II, entre autómatas de relojería y especímenes de gabinete de curiosidades, Giuseppe Arcimboldo cierra un ejemplar manuscrito de Los viajes de Marco Polo. Los cortesanos, fascinados por lo esotérico, comentan con temor las crónicas del veneciano sobre el desierto de Gobi: hablan de los espíritus que llaman a los viajeros por su nombre, de tambores invisibles y voces que surgen del aire para conducir a los hombres a su perdición.

Para los nobles, son demonios. Para Arcimboldo, es materia.

El Desdoblamiento del Sentido

Mientras observa un cesto de hortalizas en la cocina imperial, el pintor reflexiona. Marco Polo describe cómo el silencio absoluto del desierto convierte el roce de los granos de arena en un murmullo articulado. Arcimboldo tiene una revelación: el desierto no es un lugar de magia, sino un laboratorio de privación sensorial.

Si el oído del viajero está tan desesperado por encontrar sentido que transforma el siseo del viento en una frase en latín, entonces el sistema sensorial no es un espejo de la realidad, sino un intérprete creativo. El cerebro no percibe lo que hay; percibe lo que necesita que haya.

La Teoría de la Proyección

Arcimboldo comprende que el error de Marco Polo no fue de fe, sino de patrón. El pintor se dice a sí mismo:

«Si el oído puede ser engañado por la fricción de la arena para escuchar el lamento de un hombre, el ojo puede ser engañado por una berenjena y una mazorca para ver el perfil de un caballero».

Esta idea revoluciona su técnica. Ya no se trata solo de pintar frutas de forma realista, sino de utilizar la apofenia (la búsqueda de significado en lo aleatorio) como una herramienta de manipulación artística. Si el desierto de Gobi es una «pareidolia acústica» natural, sus cuadros serán «pareidolias visuales» construidas.

Podríamos decir que sus cuadros son pareidolias inducidas por diseño. Él no esperaba a que el azar creara una cara; él forzaba al cerebro del espectador a realizar esa transición mágica de «bodegón» a «retrato».

Arcimboldo dominaba lo que hoy llamaríamos procesamiento de arriba hacia abajo (top-down processing). Sus obras más famosas, como Las Cuatro Estaciones o Los Cuatro Elementos, obligan al cerebro a oscilar: si miras el detalle, ves frutas, raíces o pescados; si te alejas, el giro fusiforme de tu cerebro toma el control y «fabrica» un rostro.

Uno de sus trabajos más ingeniosos es El Hortelano (o Cesta de verduras). Si se mira de una forma, es solo un cuenco con cebollas y hortalizas. Si se gira el cuadro 180°, aparece el rostro de un hombre sonriente. Es la demostración perfecta de cómo la orientación espacial es crítica para que el cerebro active el detector de rostros.

Sus cuadros sugieren casi una pareidolia táctil o gustativa. Al ver El Invierno (hecho de cortezas de árboles rugosas), casi se puede «sentir» la textura áspera en la piel; al ver El Verano (hecho de frutas jugosas), el cerebro casi puede «saborear» la frescura.

El Retrato como Ilusión Táctica

Arcimboldo comienza a jugar con la jerarquía de la percepción. En sus famosos retratos compuestos, como El Verano o Rodolfo II en Vertumno, aplica el principio que dedujo de las crónicas del desierto:

  1. El Micro-Patrón: La unidad básica (el grano de arena / la fruta). Es real, tangible y mundana.
  1. El Macro-Patrón: La forma emergente (la voz del espíritu / el rostro del emperador). Es una alucinación del sistema nervioso.

El espectador de sus obras sufre el mismo destino que el viajero de Marco Polo: oscila entre la realidad física de la materia y la ficción impuesta por el cerebro. Al igual que el viento que sopla sobre las dunas, el artista «sopla» sobre la disposición de las verduras hasta que el caos se convierte en identidad.

«Arcimboldo cerró el libro de Polo con una sonrisa de complicidad. Comprendió que el veneciano no mentía, pero que tampoco había oído fantasmas. El desierto era un lienzo de frecuencias aleatorias donde el miedo de Polo había pintado palabras. ‘Si el desierto es un ventrílocuo’, pensó el pintor mientras tomaba una pera y una raíz nudosa, ‘yo seré un prestidigitador. Haré que el jardín entero me mire a la cara’.»

Nuevo cambio de escenario

Duchamp1Imaginemos a Marcel Duchamp en 1919, sosteniendo un ejemplar de las crónicas de Marco Polo. Mientras otros se maravillan con los tesoros de Oriente, él se detiene en el mismo pasaje que fascinó a Arcimboldo: las voces del desierto. Pero Duchamp, el gran ajedrecista del arte, encuentra una veta distinta. Él no quiere engañar al ojo con formas; quiere engañar a la mente con ausencias.

El Vacío como Lienzo Olfativo

Duchamp comprende que si el desierto puede hacer que un hombre escuche una voz donde solo hay viento, es porque el cerebro humano es un «adicto al significado» que prefiere inventar una realidad antes que aceptar el vacío.

Al regresar de París hacia Nueva York, decide realizar su experimento más radical: Air de Paris. Compra una ampolla de vidrio en una farmacia, pide al boticario que la abra y la vuelva a sellar, atrapando supuestamente 50 centímetros cúbicos de aire de la capital francesa.

La Pareidolia olfativa

Cuando presenta la obra, ocurre el fenómeno que él ya había previsto tras leer a Marco Polo. La gente se acerca a la ampolla sellada y, aunque el vidrio es hermético y el contenido es aire inodoro, los espectadores juran oler el aroma de los bulevares. Algunos perciben el rastro de la lluvia sobre el pavimento parisino. Otros dicen notar el perfume de las castañas asadas o el tabaco de los cafés.

Duchamp sonríe para sus adentros. Ha logrado una pareidolia olfativa inducida por el lenguaje. No es que el aire huela a París; es que la etiqueta «París» actúa como un disparador neurológico. El cerebro del espectador, ante un estímulo neutro (un frasco vacío), proyecta un patrón de memoria sensorial para «rellenar» la falta de información.

El «Readymade» como Espejismo Cognitivo

Para Duchamp, el arte deja de ser una cuestión de estética para convertirse en una cuestión de contexto. Su tesis es clara:

«Si la arena del desierto puede engañar al oído a través del miedo, el museo puede engañar al olfato a través del prestigio».

Esta es la pareidolia de la expectativa. El cerebro no huele con la nariz, sino con los conceptos. Si el objeto está en una galería y tiene un nombre evocador, el sistema nervioso «limpia» la realidad física hasta que, efectivamente, el espectador percibe lo que se le ha sugerido.

Otro cambio de escenario

Marinetti1Para el líder del futurismo, Filippo Tommaso Marinetti, leer a Marco Polo no fue un ejercicio de nostalgia, sino una declaración de guerra contra la tradición. Marinetti vio en las «voces del desierto» el ejemplo perfecto de cómo un entorno violento y dinámico puede desorientar los sentidos hasta crear una realidad nueva. Si el desierto podía hacer que un hombre escuchara tambores, el Futurismo haría que un hombre saboreara la velocidad, el acero y la electricidad.

Así nació la Cocina Futurista, un proyecto diseñado para provocar una pareidolia gustativa total, donde el sabor real de los alimentos es desplazado por el asalto del color, el tacto y el ruido.

La Estética del Engaño Sensorial

Para Marinetti, la comida tradicional (como la pasta, a la que odiaba por considerarla «pesada y anticuada») era un ancla que impedía al cerebro evolucionar. Su propuesta consistía en confundir al sistema nervioso para que el comensal no «comiera», sino que «interpretara» el plato.

Su tesis se basaba en la dominancia sensorial: el cerebro es perezoso y tiende a confiar más en la vista y el oído que en las papilas gustativas. Si un plato brilla con un rojo metalizado, el cerebro disparará la etiqueta de «fresa» o «fuego», incluso si lo que está probando es una mezcla química de pescado y alcohol.

Las Recetas de la Pareidolia Gustativa

1. Leche a la Luz Verde

Este plato buscaba una disociación cromática. Se servía leche teñida o iluminada por potentes focos verdes mientras se difundían perfumes de ozono. El cerebro del comensal, incapaz de reconciliar el patrón visual de lo «ácido/químico» (verde) con el sabor neutro de la leche, comenzaba a proyectar sabores metálicos o herbáceos que no existían físicamente. La vista forzaba una pareidolia gustativa: el blanco era editado por el cerebro para encajar con el espectro visual.

2. La Cena Táctil

Marinetti diseñó cenas donde los comensales vestían trajes hechos de materiales contrastantes: lija, seda, terciopelo y placas de metal.

El comensal debía acariciar la lija mientras ingería una mezcla de espárragos y flores. Al cerebro, saturado por la aspereza táctil de la mano, le resultaba imposible procesar la suavidad de la verdura. El resultado era una percepción de comida «mecánica» o «industrial». El tacto dictaba al gusto la textura de lo que estaba masticando.

3. El Banquete de los Motores

Mientras se servían platos de formas geométricas agresivas (esferas de carne envueltas en aluminio comestible), una orquesta de Intonarumori (máquinas de ruido) emitía estruendos de hélices, explosiones y motores de combustión. En medio del caos auditivo, el cerebro, buscando desesperadamente un patrón familiar de supervivencia —como el viajero de Marco Polo en el Gobi—, dejaba de percibir el sabor de la comida para interpretar «la potencia del acero». El comensal creía estar saboreando una «máquina comestible».

El Legado de la Confusión Sensorial

Marinetti demostró que el sabor es la interpretación final de una suma de errores. En su cocina: El Color crea el sabor (el rojo es fresa, aunque sea pimiento); El Sonido crea la textura (el ruido de motor hace que la carne parezca metal); El Tacto crea la temperatura (el frío de la seda hace que la sopa se sienta refrescante).

La Cocina Futurista fue el experimento definitivo de pareidolia sensorial. Nos enseñó que no comemos materia, sino que ingerimos las expectativas que nuestros sentidos construyen sobre ella. Si el ambiente es lo suficientemente estimulante, el cerebro se rinde ante el caos y, para sobrevivir al ruido y a la furia, termina por inventar el manjar más complejo a partir de la mezcla más simple.

Ultimo cambio de escenario

Moore1Si los futuristas buscaron el asalto sensorial, Henry Moore propuso una seducción silenciosa del sistema táctil. Al igual que sus predecesores en esta genealogía de la percepción, Moore encontró en la obra de Marco Polo una verdad fundamental sobre el vacío: en el desierto, el silencio no es ausencia de sonido, sino una invitación para que el alma proyecte sus propios fantasmas.

Moore comprendió que el vacío no es nada; es una forma negativa que el cerebro se siente obligado a llenar.

La Anatomía de la Ausencia: Henry Moore y la Pareidolia Táctica

Para Henry Moore, el agujero en la escultura no era una falta de material, sino el componente más activo de la obra. Moore —influenciado por la idea de Miguel Ángel de que la figura ya habita la piedra y solo espera ser «liberada»— llevó esta noción al terreno de la pareidolia táctil.

Mientras el viajero en el Gobi escucha una voz en el silbido del viento, el espectador frente a una pieza de Moore «siente» un cuerpo donde solo hay aire y piedra pulida.

El Tacto Engañando a la Razón

La pareidolia táctil ocurre cuando el sistema somatosensorial detecta una curvatura, una temperatura o una textura que el cerebro categoriza instantáneamente como «humana». Moore dominó este lenguaje:

  • La Curva como Memoria: Una superficie de bronce o piedra que asciende suavemente para luego hundirse en un vacío recuerda inevitablemente la transición de una cadera a una cintura, o del hombro a la clavícula.
  • La Calidez de la Forma: Aunque la piedra es fría, el patrón de su relieve es tan familiar para nuestro cerebro que proyectamos sobre ella la calidez de la piel. El tacto informa «piedra», pero el cerebro edita la señal y entrega «carne».

El Vacío como Órgano Vital

La gran innovación de Moore fue el agujero. Al horadar la figura, Moore obliga al cerebro a trabajar el doble. El sistema visual y táctil del espectador recorre el borde del vacío y, por un efecto de continuidad, «completa» el miembro inexistente.

Es una pareidolia de contorno: el cerebro detesta los sistemas abiertos. Si una curva de piedra sugiere una pierna y luego desaparece en un hueco, nuestra mente proyecta la tensión de un músculo invisible cruzando ese espacio vacío. El espectador no solo ve la escultura; la «habita» táctilmente, sintiendo el pulso de un cuello o la firmeza de una rodilla en una masa que es, en esencia, abstracta.

Colofón

La pareidolia es la victoria de la narrativa sobre el estímulo. Somos hijos de aquellos que sobrevivieron porque supieron ver patrones en la maleza, y esa misma habilidad es la que hoy nos hace poblar el universo con dioses, naves y espectros.

Como bien demostró Duchamp con su aire inodoro o Marinetti con su comida ruidosa, el mundo es, en última instancia, lo que nosotros decidimos que sea. Si buscas una voz en el ruido o un rostro en la piedra, el universo siempre terminará por complacerte. Porque al final del día, el ser humano es un mal observador, pero un creador de significados inigualable; y en ese pequeño error de interpretación, en ese «plagio de los sentidos», es donde nace toda nuestra cultura, nuestro arte y nuestros mitos.

Superlativos humanos. Sobre los 20 años de Marcianitos Verdes

Superlativos humanos. Sobre los 20 años de Marcianitos Verdes

Kentaro Mori

Hay muchas perspectivas desde las que se puede abordar la grandeza y la relevancia del trabajo que Luis Ruiz Noguez ha ido construyendo en «Marcianitos Verdes», que en 2026 cumplirá dos décadas de publicaciones prácticamente diarias. Desde una perspectiva numérica, son más de 34,000 páginas publicadas, ilustradas por más de 100,000 imágenes de un repositorio recopilado y redactado por «el tal Noguez»; resulta especialmente apropiado referirse a Noguez de esta manera cuando hablamos de sus grandes logros.

A las cifras podemos añadir el punto de vista de la relevancia de Marcianitos como archivo histórico. Haz un ejercicio: busca en los archivos de Marcianitos una nota de hace unos años y navega por las fuentes en línea. Es muy probable que ya no estén disponibles, ni siquiera en iniciativas de preservación electrónica como Internet Archive. Marcianitos es, hoy en día, la única fuente de una parte relevante de la información sobre el tema. Todo el contenido en línea es efímero, y en Marcianitos Verdes no solo contamos con un archivo permanente sobre ovnis y extraterrestres, parapsicología, criptozoología y ciencia, sino que también contamos con la curaduría y las perspectivas de un investigador de referencia en estos temas.

En los próximos veinte años, la propia ufología, uno de los temas principales de “Marcianitos”, cumplirá su primer centenario. Esta obsesión moderna por los platillos volantes, que pronto se convirtió en sinónimo de obsesión por los extraterrestres en la cultura popular, se ha limitado, por otra parte, a lo largo de todo este tiempo a un fenómeno cultural, precisamente lo que se documenta y se refuerza en “Marcianitos”. El término «limitado a un fenómeno cultural» parece restarle importancia a esta dimensión solo por compararla con su demostración como fenómeno físico real, pero su dimensión social y cultural es inconmensurablemente grande. Es, ante todo, fascinante para todos aquellos abiertos a comprender que, como dice Noguez, «en la ufología, lo más importante no son los casos, sino las personas» [1].

En el momento en que escribo estas palabras, cada vez es más probable que en los próximos 20 años tengamos contacto con inteligencias artificiales creadas por nuestra propia tecnología y cultura, que podrían ser tan o más alienígenas que los pequeños hombrecitos verdes de Marte. Encontrar superinteligencias terrestres antes que extraterrestres sería una gran ironía cósmica, una en la que Marcianitos encajaría perfectamente.

En medio de tantos cambios sociales y tecnológicos que se vislumbran en el horizonte de las próximas décadas, cuando por fin establezcamos contacto definitivo con seres extraterrestres, paranormales o incluso con una superinteligencia artificial, el valor de “Marcianitos Verdes” se acentuará aún más como un testimonio amplio y profundo de cómo veíamos temas tan fascinantes cuando no eran más que posibilidades fantásticas manifestadas de tantas formas diversas en nuestra cultura.

Me atrevo a decir que también será un privilegio para los alienígenas, vengan de donde vengan, incluso de nosotros mismos, acceder a estas miles de páginas ofrecidas por el tal Noguez, que representan una faceta específica de tal Humanidad.

***

[1] “Tudo o que você achava inexplicável — explicado por Luis Ruiz Noguez no aniversário de 20 anos de Marcianitos Verdes” – Entrevista por Cláudio Suenaga <https://www.patreon.com/posts/tudo-o-que-voce-153950409>

KentaroMori

Expediente: MV-20-AÑOS-REPORTAJE-004

Expediente: MV-20-AÑOS-REPORTAJE-004

LuisRamirezRemitente: L. Ramírez Reyes (Desde el archivo de «lo que pudo ser» y las sombras de San Ángel).

Estado del Documento: Una fotocopia de baja calidad de una revista de los 90, con restos de maquillaje de televisión y una mancha de café amargo.

El Formato Visual: «La Réplica del Gran Comunicador»

  • Papel: Hoja de comunicado de prensa «urgente», con tipografía desgastada que intenta imitar el estilo de los grandes diarios.
  • Encabezado: «DERECHO DE RÉPLICA ANTE LA INFAMIA CARTESIANA» en letras negritas que gritan desesperación.
  • Sellos: Un sello de «EXCLUSIVA» que ya no brilla y otro que dice: «VÍCTIMA DE LA MARAÑA COMPETITIVA».
  • Nota al Margen: Escrita a mano: «¡Yo llegué a Nino antes que todos! ¡Yo era el heredero de Ferriz!»

El Texto de la «Felicitación»:

«Noguez:

Me entero, con el desdén que merece tu bitácora de ‘Marcianitos’, que cumples veinte años. Veinte años de señalar con el dedo a quienes sí nos atrevimos a darle al público lo que pedía: Misterio con mayúsculas. Mientras tú te dedicas a escribir libros de ‘análisis’, yo estaba construyendo el camino que otros —con menos escrúpulos y más ‘cara dura’— terminaron pavimentando para quedarse con mi lugar.

Te escribo para ‘no felicitarte’ por ese Extraterrestres ante las cámaras Volumen 2. Te atreves a llamarme ruin por aquellas imágenes en ‘Reporte Ovni’. Mira, Luis, tú con tu mentalidad de ingeniero jubilado no entiendes la semántica de la ufología. Yo nunca dije que ese niño fuera un alienígena… bueno, si lo dije, no fue con esa intención… y si fue mi intención, fue porque la ‘verdad’ es subjetiva cuando se tiene un cierre de edición encima. Llamar ‘vil’ a mi trabajo es no entender la mística del periodismo de lo insólito.

Tú me juzgas desde tu pedestal de ética científica, pero yo estaba ahí, impulsando programas, abriendo brecha frente a las cámaras. Si Maussán me ‘comió el mandado’ no fue por falta de talento mío, sino por esa maraña de influencias que tú, en tu pequeño blog, jamás podrías comprender.

Sigue celebrando tus veinte años de escepticismo aburrido. Sigue analizando patologías médicas mientras nosotros seguiremos buscando la gloria, aunque sea en las páginas amarillentas de las revistas que tú tanto desprecias. No necesito tu validación, como tampoco necesité que Nino Canún me diera el micrófono eterno.

P.D. Deja de citar mis reportajes en tus libros de ‘fraudes’. Mi nombre pertenece a la historia de la televisión, no a tu archivo de casos resueltos. La posteridad me dará la razón… o al menos me dará un segmento de cinco minutos en algún especial de nostalgia.»

Ramirez

20 años de “Marcianitos verdes”

20 años de “Marcianitos verdes”

Vicente Juan Ballester Olmos

VicenteEl mexicano Luis Ruiz Noguez, químico de profesión y una voz más que autorizada en el panorama ufológico de Latinoamérica, nos recordaba hace días un hito: los 20 años de la crónica de lo insólito en español que ha supuesto su blog “Marcianitos verdes”. Heredero directo de un linaje que comenzó en la mítica revista Duda y continuó en Perspectivas Ufológicas, del papel saltó a internet con el blog Perspectivas, que en algún momento estuvo anidado en la web de la Fundación Anomalía. A lo largo de estas dos décadas, el blog MV se ha convertido en un repositorio masivo de casos, noticias y análisis que hoy forman parte de nuestra memoria colectiva sobre el fenómeno ovni y lo paranormal.

Al hilo del aniversario, quería aportar mi granito de arena a una merecida celebración: a mi juicio, “Marcianitos verdes” es simplemente un blog imprescindible para el estudioso iberoamericano. Mi próximo libro UAP: Los ovnis del siglo XXI, que esta primavera publicará Reediciones Anómalas, el primero que publico en una editorial española desde 1995 -tras nueve editados en EE. UU. e Italia-, contiene un párrafo en el que elogio merecidamente este sitio y a su autor, que copio seguidamente:

México es un país donde existe abundante basura ovni en forma de literatura, informes, fotos y filmaciones. Un buen libro sobre el tema es una rareza pero hay una obra que es una excepción: Extraterrestres ante las cámaras, de Luis Ruiz Noguez, un estudioso escéptico muy experimentado. Tengo la satisfacción de haber escrito el prólogo de ese libro, que por fortuna es el primero de una serie de opúsculos que tienen como objetivo principal ofrecer una recopilación exhaustiva y crítica de las fotografías más emblemáticas relacionadas con supuestos avistamientos de extraterrestres a lo largo de la historia. Lejos de promover creencias sin fundamento, estas obras buscan analizar y desmitificar dichas imágenes desde una perspectiva escéptica y documentada.

Ruiz Noguez, además de infatigable investigador, es un formidable recopilador de información en varios ámbitos de lo insólito y desconocido. No en vano su web, la afamada “Marcianitos verdes” (https://marcianitosverdes.haaan.com/), es una de las más contundentes del mundo de habla hispana y está siempre abarrotada de noticias del universo ufológico.

En su enésimo libro, “La invasión británica”, ya revela el pensamiento del escritor, la quintaesencia de sus conclusiones tras décadas de dedicación al estudio de supuestos avistamientos de ovnis. Mis convicciones personales son paralelas a las de Ruiz y se hacen obvias en la reseña que escribí de este libro al poco de publicarse.

Publicado originalmente el 15 de marzo de 2026 en: https://fotocat.blogspot.com/2026_03_15_archive.html

Vicente Juan Ballester Olmos

Arenas Cantarinas. La Melodía del Desierto

Arenas Cantarinas. La Melodía del Desierto

Publicado originalmente en Revista de Geografía Universal, México 1985.

Publicado en internet el 11/07/2006

Luis Ruiz Noguez

El fenómeno de las arenas cantarinas, aunque casi olvidado en nuestros días, fue muy conocido en épocas pasadas, y constituye uno de los mayores y menos entendidos acertijos de la naturaleza.

Durante cientos de años se han reportado casos de esta manifestación, pero aún no existe una explicación satisfactoria. Muchos autores se refirieron a él y varios hombres de ciencia le dedicaron sus estudios. El curioso efecto se produce al caminar sobre la arena “musical”. Cuando el pie se hunde en la arena, los granos se separan y las superficies finamente pulimentadas de millones de granos se ponen en vibración, produciendo un sonido prolongado.

Esta curiosidad de la naturaleza recibe varios nombres: arenas musicales, tambor de arena, arenas melodiosas, arenas que ladran, arenas sonoras, arenas que aúllan, arenas silbantes, arenas cantarinas, etcétera, y son la fuente de varias leyendas de sonidos anómalos, tales como “El llanto matutino de la Esfinge” o “Las campanas de Nakous”.

Hasta 1970 se conocía de la existencia de por lo menos 30 lugares, desiertos y playas, en donde la arena emite sonidos. A partir de entonces se han encontrado arenas sonoras en muchas playas y desiertos de la Tierra. Actualmente el número conocido sobrepasa los 100.

imageLocalización de los lugares más importantes de arenas cantarinas (John F. Lindsay; David R. Criswell; T.L. Criswell; B.S. Criswell, Sound-producing dune and beach sands, Geological Society of America, Bulletin, Vol. 87, March 1976, páginas 463-473).

Las arenas acústicas están diseminadas por todo el mundo. Algunos de estos lugares son:

América:

  • En la península de Bruce, Ontario, Canadá.
  • La playa de Manchester, en Massachussets; Sand Mountain, al sureste de Fallon, Nevada; Crescent Dunes, en el condado de Nye, al oeste del Big Smoky Valley, Nevada; Big Dune, en el desierto de Amargosa, condado de Churchill, Nevada; Kelso Dunes, (tres grupos de grandes dunas, a doce kilómetros al suroeste del pueblo de Kelso), en el condado de San Bernardino, en el área de Devil’s Playground, a 45 kilómetros al sur de Baker, California; en ese mismo estado, las Dunas de Eureka, en el valle del mismo nombre (dentro del Parque Nacional Valle de la Muerte), Condado Inyo; las Dunas Panamint, en el Valle Panamint, California; “The singing sands of Alamosa”; Long Island; Lago Michigan; Pensacola; Roaring Sands, Kauai, Hawaii; Niihau Island, Hawaii; Kotoga o playa Kotohiki, Hawaii; Nohili, Distrito de Mana, Hawaii; Kaluakahua, Hawaii. En los Estados Unidos.
  • Las arenas de las playas de Baja California, particularmente en la región de Cabo San Lucas, emiten un sonido como un chirrido durante la estación seca. También está La Montaña de la Campana, en México.
  • Socegó, Barra de Tijuca, Río de Janeiro, Brasil.
  • Tarapacá, Copiapó, El Bramador y El Punto del Diablo, en Chile.

Europa:

  • En la costa occidental de Gales; en la isla Eigg, una de las Hébridas Interiores, Escocia; en la costa de Northumberland, en toda la bahía de Cardigan; Dunstanburgh; Druridge Bay; Bamburgh; Alnmouth; Blyth; Whitley Bay; Cullercoats; Tynemouth; Studland Bay; Barmouth y Seaton Sluice. Reino Unido.
  • En la isla de Bornholm, en Dinamarca.
  • Kolberg, en Polonia.
  • En Grosseto, la Cala Violita (Playa Violín), en Italia.

África:

  • Desierto de Kalahari, y Olifantshoec, North Cape, Sudáfrica.
  • Desierto de Namibia, Namibia.
  • Bir el Abbes, y Uargla en el desierto del Sahara, en Algeria.

Oceanía:

  • Algunos puntos en Australia, incluyendo la costa de New South Wales.
  • La isla Frazer, en Queensland, Australia, tiene cientos de dunas sonoras.
  • En Perth y en Albani, al suroeste de Australia.
  • En Brisbane, Sydney, y Gold Coast, Australia.

imageLas arenas tronadoras del desierto de Badain-jaran, en China.

Asia:

  • Mori (La Montaña de los Cinco Picos), Dunhuang, Shapotou (desierto de Tengger), Xiamen, Yinkenshavan (desierto de Kubuki) y Jeminay, en China.
  • Akkum-Karkan, en Kazakh Alma-Ata.
  • Desierto de Gobi y Takla Makan, en Mongolia.

  • Parque Nacional Gobi Gurvansaiján, Mongolia. Khongoryn Els, conocidas como las «Arenas Cantantes» (Duut Mankhan).
  • Playa Cantarina de Amino-Chou, Japón.
  • Más de 20 sitios en Japón, estudiados por el profesor Miwa Shigeo.
  • Isla Kunaziri.
  • Kabul, Afganistán.
  • Korizo, Gelf Kebib, Libia.
  • Jebel Nagous; Bedawin Ramadan; y Rig-i-Rawan, en Arabia Saudita.

imagePrincipales sitios de arenas sonoras en China, según Miwa Shigeo.

TIEMPO DE LEYENDAS

Desde hace poco más de mil años se ha reportado la existencia de arenas sonoras en crónicas de diversos pueblos. Cecile CarusWilson, 1915, menciona que en “Las mil y una noches” se habla de ellas. Pero su influencia también se puede encontrar en obras más modernas, como la novela de ciencia ficción “Dune” y los enormes gusanos de Frank Herbert.

Viejas crónicas chinas dan noticias de las arenas cantarinas del desierto de Gobi. Marco Polo (1254 – 1324), oyó el “Tambor de las arenas” en el desierto de Takla Makan. Los habitantes de aquella región le contaron al aventurero italiano que en ese desierto habitaban espíritus malignos que arrastraban a los viajeros a la destrucción. Estas ánimas adoptaban la apariencia de los compañeros y llamaban por su nombre a los infortunados que llegaban a sus dominios, para conducirlos a la muerte. Estos relatos constituían la forma poética para explicar las arenas susurrantes y los espejismos producidos por las ondas térmicas. Marco Polo escribió, en 1295, sobre estos espíritus malignos del desierto:

“La longitud del desierto es tal, que se dice que llevaría un año o más cabalgar de un cabo a otro. Aquí donde es más angosto, se tarda un mes en atravesarlo. Quienes se proponen cruzar el desierto descansan una semana en esta ciudad (Lop) para cobrar fuerza y disponerse para la jornada, cargando provisiones para un mes.

“Cuando los viajeros están en movimiento durante la noche, se oye hablar a los espíritus.

“Algunas veces los genios los llaman por su nombre; otras, emiten sonidos musicales, o como el retumbar de tambores”.

“Llenan el aire con los sonidos de toda clase de instrumentos musicales, tanto de tambores como ruidos de armas”.

Marco Polo relató haber oído ritmos sobrenaturales que le hicieron sentir un extraño malestar. Preguntó a los nativos cuál era el origen de ese ruido, curioso e irritante a la vez. Le respondieron que los espíritus de la tierra se expresaban de esa manera y que eran muy pocos los que sabían interpretar sus palabras. Afirmaron que anunciaban el futuro y que “hablaban a las estrellas”. El hombre debería evitar oírlas demasiado tiempo, a menos que fuera brujo, ya que la voz de los espíritus hacía enloquecer.

Desde el 880 d. C., en China se celebra un gran festival de arenas tronadoras (en Ton-Fan). En un antiguo manuscrito se registra el fenómeno de una misteriosa montaña de arena:

“Cuando cabalgas o caminas sobre la montaña, el sonido de tus pasos sobre la arena alcanza decenas de kilómetros. El día del festival del niño, instituido años atrás, la gente del pueblo dentro de las murallas del castillo acostumbra subir al monte Ming-sha-shan y deslizarse hacia abajo tomados de las manos. El sonido de la arena que cae es como el de un trueno”.

imageFestival en el Ming-sha-shan

Actualmente el nombre de esta montaña es la Montaña que Canta, y el templo que se encuentra cerca de ahí se llama Templo del Trueno.

En 1912, Auriel M. Stein, en su “Ruins of desert Cathay. Personal narrative of exploration in central Asia and western Most China”, cita al historiador chino Matwanhin, quien también menciona estos misteriosos sonidos, del desierto de Takla Makan:

“Con frecuencia ha acaecido que algunos viajeros, al escuchar cantos o gemidos, se han extraviado en el desierto, porque tales voces eran de espíritus o duendes”.

En el silencio nocturno del desierto, esa música inesperada crispa los nervios, angustia inexplicablemente al auditor, y a veces incluso lo impulsa a la locura. Estas arenas constituyen, probablemente, el origen de otra vieja leyenda. El mito relata que existe un monasterio enterrado, bajo una enorme duna de arena, en algún lugar de la Península del Sinaí. Los beduinos de la región conocen el fenómeno acústico y lo atribuyen al Nagous, barra de madera o metal suspendida, que sirve para tocar el gong de los sacerdotes árabes. Afirman que los sonidos sólo pueden oírse en las horas de oración, cuando las campanas emiten sus tañidos, que inquietan a los nómadas y otros viajeros que cruzan el desierto. Las campanas continúan sonando y son escuchadas por los beduinos que atraviesan el desierto. Se cuentan historias de camellos que salieron despavoridos al acercarse a la misteriosa montaña y escuchar la inexplicable música, por debajo de sus patas.

En 1923, el marqués de Kedleston George Nathaniel Curzon, encontró que los nómadas interpretaban los sonidos como provenientes de fantasmas y demonios. Otros creían que eran el resultado de erupciones de volcanes subterráneos.

En la Edad Media algunos peregrinos europeos que llegaron a la villa de Tor (entrada a Jebel Nagous, en el golfo de Suez), relataron posteriormente unos hechos que parecían confirmar la existencia del monasterio enterrado. También ellos habían escuchado el insistente repique en la montaña Jebel Nagous (o Abu Suweirah). Jebel Nagous significa “Montaña de la Campana”.

Muchos años después, en el siglo XIX, se encontró el verdadero origen de aquel sonido. Se trata de la arena que ha sido depositada por el fuerte viento del oeste, que sopla casi constantemente sobre la península. En las faldas de la montaña hay enormes bancos de arena; uno de ellos, el así llamado “Pendiente de la campana de Seetzen” (en honor al explorador alemán Ulrich Jasper Seetzen, quien la dio a conocer en Europa, en 1810, mientras que Ehrehberg, lo confirmó en 1823), emite distintos sonidos musicales cuando la arena resbala por sus costados. Ésta pendiente mide unos 85 metros de largo en su base, dos metros de ancho y 130 de alto. Está formada por paredes de arena amarillenta que forman un ángulo de 31° con la vertical. La arena está compuesta principalmente de cuarzo y roca calcárea. Los granos están bien redondeados y es notable la total ausencia de cieno. Cuando el viento arrecia, la montaña parece emitir un extraño acento semejante al doblar de las campanas o a las notas bajas emitidas por un órgano con tremolo. El tamaño de los granos de cuarzo varía de 0.11 a 0.42 milímetros, y los de la arena calcárea de 0.11 a 0.34 milímetros.

El naturalista escocés sir David Brewster (1781 – 1868) oyó hablar de la enigmática montaña sonora y decidió visitar el Sinaí para investigar la leyenda. En sus “Letters on natural magic addressed to sir Walter Scott escribió:

“La ‘Montaña de la Campana’ está situada a unos seis kilómetros y medio del golfo de Suez en esa tierra… en la que los picos graníticos del Sinaí y el Horeb se alzan sobre un árido desierto”.

Brewster pidió a uno de sus guías beduinos que trepara por la ladera de la montaña “musical”: “Cuando el guía hubo recorrido cierta distancia, la arena se puso en movimiento y descendió por la pendiente y comenzó a emitir un sonido”.

Al principio los sonidos le recordaron los de un arpa, cuyas cuerdas tensadas vibraran por el paso de un ligero soplo de brisa. Sin embargo, a medida que la arena se agitaba con más violencia, debido a la creciente velocidad de la caída, el ruido se parecía cada vez más al que produce un dedo mojado al frotar un objeto de cristal. Cuando la arena desprendida llegó a la base, la onda alcanzó la magnitud de un trueno lejano, provocando que la roca, sobre la que estaba sentado Brewster, comenzara a vibrar.

EL MIEDO

Ese mismo siglo otros científicos y novelistas se interesaron en el tema. Entre estos últimos podemos mencionar a Henry René Albert Guy de Maupassant (1850 – 1893), que en uno de sus mejores cuentos (“La peur”, “El miedo”), relata la extraña obsesión de un oficial francés que un día oye la asombrosa melodía de las arenas, que para él era anuncio de catástrofes.

El lector puede encontrar el siguiente relato, publicado originalmente en “Le Gaulois”, el 23 octubre 1882, en la antología “Les contes de la bécasse. No hay que confundir otro cuento, con el mismo nombre, publicado un año después.

“Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla”.

“Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.

“En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble fantástico.

“Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: ‘La muerte está sobre nosotros’. Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.

“Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a 200 leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.

“Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra ocasión.

“El comandante interrumpió al narrador:

-Perdone, señor, pero aquel tambor, ¿qué era?

“El viajero contestó:

-No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido singular, lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente inflado por las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena arrastrados por el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca de pequeñas plantas quemadas por el sol, y duras como el pergamino.

“Aquel tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe hasta más tarde”.

CHARLES DARWIN

El mismo Charles Darwin (1809 – 1882) oyó las arenas cantarinas. En su “Journal of researches into the natural history and geology of the countries visited during the voyage of H.M.S. Beagle (1839), relata las experiencias que tuvo en América.

El Capítulo 2, “Río de Janeiro”, recoge una nota de su diario, fechada el 19 de abril de 1832, que dice así:

“Al marcharnos de Socegó (en las cercanías de Río de Janeiro, Brasil), durante los dos primeros días, volvimos sobre nuestros pasos. Era un trabajo muy molesto, ya que el camino atravesaba una llanura de arena, caliente y deslumbrante, no lejos del mar. Observé que cada vez que el caballo pisaba la fina arena silícea se producía un suave sonido, como el de un piar”.

En el Capítulo 16, “Norte de Chile y Perú”, tres años más tarde, Darwin apunta, en la jornada del 29 de junio, la existencia de arena cantarina en el valle de Copiapó, en Chile:

“Durante mi estancia en el poblado, varias personas me contaron la historia de una colina situada en la vecindad del lugar que llaman ‘El Bramador’… En ese entonces no puse suficiente atención al asunto, pero por lo que pude entender, la colina estaba cubierta de arena y el ruido se produce tan solo cuando la gente, al subir por ella, pone la arena en movimiento. Las mismas circunstancias son descritas en detalle por autoridades como Seetzen y Ehrenberg, como la causa de sonidos que muchos viajeros han escuchado en el monte Sinaí, cerca de Mar Rojo. Una persona, con la que conversé, había escuchado el ruido: lo describió como muy sorprendente, y con claridad estableció que, aunque no pudo entender cómo se producía, encontró que sólo era necesario dejar que la arena se deslizara por la pendiente. Un caballo caminando sobre la arena de cuarzo seca produce un peculiar sonido como de piar, debido a la fricción de las partículas. Una circunstancia que noté frecuentemente en Brasil”.

En ese mismo valle, unos cuantos kilómetros al oeste, se encuentra “El punto del Diablo”, con arenas que producen un tétrico sonido. El lugar fue estudiado por Gray en 1909.

Tal vez las arenas cantarinas más conocidas son las de la isla de Eigg, situada frente a la costa occidental de Escocia. El geólogo creacionista y folklorista británico Hugh Miller (1802 – 1856), fue su descubridor. En su libro “The cruise of the Betsy” (publicado en 1858), hace una elocuente descripción de la arena de esta isla:

“Estaba volteando los granos de esta arena oolítica… cuando me di cuenta del sonido peculiar que producen cuando se la pisaba, al momento en que mis compañeros pasaban sobre ella. Las golpeé oblicuamente con el pie… y el sonido que emitieron fue una nota sonora estridente, algo parecido a la que produce una cuerda encerada cuando, después de tensarla, se la pulsa con la uña del dedo índice. Caminé sobre ellas, y a cada paso y con cada golpe, se repetía la misma nota aguda y estridente. Mis compañeros se me unieron y ejecutamos un concierto, en el cual, aunque disponíamos de pocos tonos, al menos podríamos maravillar a toda Europa por el tipo de instrumento que tocábamos. No parece ser menos maravillosa la música que emitía Memnon (1), que la de esta arena oolítica de la bahía de Laig. A medida que avanzábamos, se alzaba del suelo un incesante ‘huu, huu, huu’, que en aquella quietud se percibía hasta una distancia de 20 o 30 metros. Encontramos que el estrato húmedo semi coherente comenzaba a los siete o diez centímetros, y en todo lo que estaba seco, los tonos eran agudos y fuertes y se podían producir más fácilmente con el pie. Nuestro descubrimiento –y con orgullo puedo afirmar que lo es– se convierte en el tercero, sumado a los dos ya conocidos, de arenas que podemos llamar musicales. Y como la isla de Eigg es considerablemente más accesible que Jabel Nakous en Arabia Petraea, o Reg-Rawan en la vecindad de Kabul, tenemos una mejor oportunidad de observar el fenómeno, que algunos de nuestros grandes maestros en ciencia han confesado ser incapaces de explicar”.

Un lector de este pasaje, el Dr. J. Carrick Murray, de Newcastle, escribió a Tomlinson que en la bahía de Whitley, en Briar Dene, se podía escuchar un fenómeno parecido. La historia apareció en 1888 en la “Tomlinson’s Guide to Northumberland”, como sigue:

“Se han encontrado arenas cantarinas en Whitley, sobre el camino a la isla St Mary. Este sonido no es musical, más bien parece un gemido potente, o como menciona Miller en su ‘Cruise of the Betsy’, un ‘huu, huu, huu’. Es más notorio cuando se camina sobre o a través de la arena seca, más allá de las resbalosas piedras de Briar Dene, justo donde se encuentra el campo de voluntarios”.

El profesor E. G. Richardson descubrió arena musical en Alnmouth, pero cuando llevó un poco a su laboratorio, el sonido cesó. El primero en tener éxito en hacer sonar la arena en laboratorio fue Cecil Carus-Wilson, quien describió sus experimentos de 1891, en “Nature”.

ARENAS RUIDOSAS

Los sonidos o emisiones acústicas han sido descritos de diferentes formas: gemidos, zumbidos, rugidos, bramidos, cantos, silbidos, piares, croar (en este sitio se reproduce el sonido generado por la arena) chirridos, chillidos. Algunos los comparan con cañones distantes, truenos, estruendos, crujidos, cañones, fuego de artillería, aviones en vuelo rasante, autos de carrera distantes, zumbidos de alambres telegráficos. Otros mencionan instrumentos musicales como tambores, panderos, cornos, chelos, trompetas, campanas, órganos tubulares, cítaras y didjeridoo (instrumento musical de los aborígenes australianos).

Parece que cada arena tiene su frecuencia distintiva: 50-80 Hz en la Sand Mountain, Nevada, según Criswell (1975); 50-100 Hz en Korizo, Libia (Humphries, 1966); 130-300 Hz en las arenas tronantes del desierto de Kalahari, en Sudáfrica (Lewis, 1936); y 300-770 Hz en Dunhuang, China (Jianjun et al., 1995).

 imageimage Monte de la Arena Tronadora. Desierto de Nevada.

Una de las características más curiosas de las arenas cantarinas es que producen vibraciones sísmicas 200 a 400 veces de forma más eficiente que oscilaciones similares en la presión del aire. Incluso se puede llegar a sentir las vibraciones. En el valle de Eureka las dunas de arena del Parque Nacional Valle de la Muerte retruenan sonoramente cuando se deslizan hacia abajo. Las vibraciones se pueden oír e incluso sentir. Estos efectos táctiles se han comparado con diminutos choques eléctricos.

Según Dunnebier y sus colaboradores, esta eficiencia para convertir energía mecánica en vibraciones sísmicas sugiere que este fenómeno es responsable de los curiosos temblores lunares, registrados durante el alunizaje de las misiones Apolo 11, 14, 15 y 17. Estos temblores lunares comienzan abruptamente dos días después de la salida del Sol, continúan ininterrumpidamente durante el día lunar (lunación), y cesan abruptamente al ocaso.

Cuando los granos de arena empacados de manera muy compacta se deslizan colina abajo sobre las dunas, se producen sonidos de baja frecuencia. La arena estacionaria que queda debajo actúa, aparentemente, como un amplificador gigante que produce un impresionante sonido.

Uno de los mejores lugares para escuchar las arenas atronadoras es el oeste de los Estados Unidos, en la Montaña de Arena, a unos 26 kilómetros al sureste de Fallon, Nevada. La Montaña de Arena está compuesta por dos dunas “Seif” (con forma de espada) que tienen una elevación de unos 120 metros sobre el piso del desierto. Para apreciar el efecto acústico se debe subir hasta la cresta de la duna y deslizarse por su pendiente. Junto con la avalancha de arena, los granos comienzan a vibrar y se empieza a escuchar un fuerte sonido, como el de un escuadrón de bombarderos B-29 de la Segunda Guerra Mundial.

Existen varias leyendas acerca de esta montaña. De acuerdo con Mary Holliday (“Nevada official bicentennial book”, pág. 137), en ese lugar había un gran mar (lago Lahontan), en el que vivían y se reproducían plesiosaurios y otros diversos dinosaurios. Los fuertes vientos fueron apilando los sedimentos hasta formar la actual montaña, enterrando los restos de las bestias prehistóricas.

EL CONCIERTO DE ARENA

Al sureste del desierto de Kalahari, en Sudáfrica, los nativos provocaban ellos mismos esos ruidos, indudablemente según una técnica ritual ancestral. El doctor A. D. Lewis, un sabio inglés que visitó la región en 1935, cuenta que toda la tribu “cuando llegaba la noche, o muy temprano por la mañana, lanzaba brazadas de arena sobre una vertiente de la duna, y provocaba así un ruido parecido al trueno. Después, algunos de los asistentes se dispersaban a lo largo de la misma duna y echaban arena por unos puntos determinados. El ruido, que primero parecía un trueno (audible hasta 600 metros), se tornaba entonces melodioso, e interpretaban una verdadera música mineral, con un instrumento de varios centenares de metros cuadrados”.

También se oye el canto de la arena en algunas playas. Al sur de la costa de Kauai, en el distrito de Mana, en Hawaii, se encuentra una playa de roca calcárea. Los nativos llaman este lugar Nohili. Ahí se encuentran unas dunas de arena que emiten sonidos. Los residentes atribuyen el sonido de la arena a los espíritus de los muertos, Uhane. Aún acostumbran a enterrar a sus muertos con un poco de esta arena. El sonido producido es semejante a un ladrido, según lo atestigua Carrington H. Bolton.

Actualmente la zona de las arenas de Kauai está dentro de una base de misiles Commanding Officer of Pacific Missile Range Facility.

Las dunas tienen una altura máxima de 40 metros. La arena está formada por carbonato de calcio de las conchas marinas.

imageUbicación del sitio en la isla Kauai, en donde se encuentran las famosas arenas “musicales”.

imageAfiche que hace referencia al sonido de la arena.

Las arenas ladradoras de Kauai corren paralelas a la costa (1.6 kilómetros) y son únicas, pues están constituidas por arena recubierta con carbonato y fragmentos de conchas y corales. Bajo el microscopio se pueden ver diminutas piezas de coral y conchas. Su sonido parece el ladrido de un perro. Su vibración, incluso, se puede sentir en las manos o los pies de la persona que mueve la arena.

Ahí mismo en Kauai, cinco kilómetros al este de Koloa, se encuentra Haula, una playa compuesta de lava, concha y coral pulverizados. Su arena produce un sonido como de tambor. En la isla Niihau nos encontramos con un pequeño lugar llamado Kaluakahua, en donde hay otras dunas de 30 metros de altura, con las mismas características. En este caso el ruido es totalmente diferente. En lugar de un tambor parece que de pronto uno está cercado por un ruido de mil matracas muy lejanas, repiqueteando a gran velocidad. Otras veces es una especie de largo silbido que va y viene como una ola. Esto sucede fácilmente los días de gran calor y con frecuencia inmediatamente después de haber llovido, cuando la arena se seca bruscamente.

La famosa playa cantarina Kotoga, o playa Kotohiki, cercana al pueblo del mismo nombre, hace cientos de años obtuvo su nombre debido a sus arenas, que suenan como un arpa japonesa (Koto significa arpa en japonés).

En los Estados Unidos la playa de Manchester, Massachussets, forma una pequeña duna de un kilómetro de longitud, rodeada de promontorios de granito, ricos en feldespato, rocas ígneas y diorita porfírica. Al ser pisada, esta arena produce un curioso sonido de carácter decididamente musical. Sólo la arena superficial tiene esta propiedad. Si se toma arena de 30 o 50 centímetros por debajo de la superficie, las propiedades acústicas desaparecen.

ARENAS CANTARINAS EN EL LABORATORIO

Se ha intentado explicar físicamente esas insólitas sonoridades. Al principio se pensaba que el viento agitaba los granos de arena y que la fricción producía uno u otro sonido. Pero, aunque la presión del aire y la temperatura ambiente desempeñan un papel determinante en el fenómeno, la brisa no interviene en absoluto. En efecto, no es la capa superficial de los granos lo que vibra, sino las capas intermedias, y las masas de sílice dispuestas en la profundidad tan sólo desempeñan un papel de favorecedoras de la resonancia.

Parece, pues, que algunos de los sonidos, como el redoble de tambor o el rumor ininterrumpido, son producidos por una oscilación de los granos, mientras que las otras frecuencias nacen, nota a nota, de otras fricciones provocadas por cambios de temperatura o presión. Por otra parte, los granos de arena que producen música son diferentes a los granos de arena ordinarios en cuanto a su forma. Los segundos presentan numerosas rugosidades, mientras que los otros son casi perfectamente lisos. Sin embargo, los efectos sonoros se pueden dar en diversos materiales: las arenas de Kabul y las de Eigg son silíceas; las de Manchester son 50% feldespato y las de Kauai es calcárea.

Group photo 1Fotografía de la Segunda Guerra Mundial. Bagnold es el de suéter blanco a la extrema derecha.

En 1889 Bolton fue uno de los primeros en estudiar el fenómeno. Pero la primera investigación sistemática de las arenas cantarinas la realizó, en la década de los 40, el mayor de infantería y físico británico Ralph Bagnold Alger (quien perteneció al Long Range Desert Group durante la Segunda Guerra Mundial). Estudió el fenómeno al sur de Egipto, donde se producía de manera natural y periódica.

“Las he escuchado en el suroeste de Egipto, a 500 kilómetros del poblado más cercano. En dos ocasiones eso ocurrió en una noche silenciosa. Repentinamente, un tronido vibró tan fuerte que tuve que gritar para que mi compañero me escuchara. Al poco rato otros sonidos, inducidos por este estruendo, unieron su música al primero, con notas tan cercanas que se reconocía claramente un ritmo lento. El misterioso coro prosiguió durante más de cinco minutos sin interrupción, Hasta que se reestableció el silencio y la tierra dejó de temblar. El fenómeno sucede sin que uno se lo espere. Es una armonía, desagradable y mareante a la vez, puntuada por un pequeño redoble de tambor, de una regularidad de ritmo asombrosa. Este extraño coro duró por lo menos cinco minutos. Después, durante algunos segundos, se oyó sólo el tambor. Y por último, de golpe, cesó toda confusión de ruidos y nos preguntamos si no habíamos sido víctimas de una alucinación”.

Bagnold clasificó las arenas en dos tipos: las “silbadoras”, que se producen en las playas; y las “tronadoras”, de los desiertos. Las primeras emiten un sonido con una frecuencia entre 800 y mil 200 ciclos por segundo (el do sostenido de un piano). La frecuencia de las segundas es de 132 a 260 ciclos por segundo (mi bemol).

Según él, el sonido se produce “por medio de una rápida deformación de la capa seca superior, causada al caminar sobre ella, al frotarla con la palma de la mano o al introducir verticalmente un bastón”.

Las más comunes son las arenas silbadoras o “chirriantes”. Producen un corto “chillido” (menos de ¼ de segundo), de alta frecuencia (500 a dos mil 500 Hz), cuando se les comprime. Se le puede encontrar en numerosas playas, ríos y lagos alrededor del mundo.

Las arenas tronadoras tienen una baja frecuencia acústica (50 a 300 Hz). Según Miwa y Okazaki, por lo menos 31 lugares del mundo cuentan con un lugar de este tipo.

Existen varias diferencias cualitativas entre las emisiones tronadoras y las chirriantes. Las segundas, por ejemplo, casi siempre producen una sola frecuencia fundamental de vibración. Las arenas tronadoras casi nunca producen sonidos en múltiples bandas, sólo se observa un armónico de un tono fundamental en las arenas tronantes (Criswell et al., 1975). Las arenas chirriantes, por el contrario, producen frecuentemente cuatro o cinco sobretonos armónicos (Takahara, 1973).

Los estudios de Bagnold fueron continuados por Brown, Campbell, Jones y Thomas, de la Universidad inglesa de Newcastle-upon-Tyne. Ellos descubrieron que es más necesario que el tamaño de los granos sea uniforme para que se presente la sonoridad. La redondez de los granos no es una característica esencial. Si tenemos una diversidad de tamaños, las partículas más finas ocluyen los intersticios de los granos de mayor tamaño y les impide resonar. La mayoría de los granos silentes de arenas de desierto tienden a ser más esféricos y pulidos que los granos de arena de playas silentes (Lindsay et al., 1976). Bajo el microscopio, los granos de la arena sonora parecen ser más redondeados y finamente pulidos, si se les compara con la arena ordinaria (silente). Los astrónomos y geólogos han especulado que este fenómeno es muy común en las dunas de Marte.

El diámetro promedio de la mayoría de los granos de arena, tengan o no actividad acústica, es de unos 300 µm. La frecuencia de emisión generada por las arenas chirriantes varía con el inverso de la raíz cuadrada de su diámetro promedio (Bagnold, 1954a, 1966).

La mayoría de las arenas que retruenan están compuestas de cuarzo. Una de las excepciones son las Barking Sands de Kauai, Hawaii, que son de carbonato de calcio. Pero incluso otro tipo de materiales presentan cierta sonoridad. Los experimentos llevados a cabo con microesferas de vidrio, han probado que se produce una emisión similar a la de las arenas chirriantes (Brown et al., 1965), por lo que se piensa que el chillido se debe a un efecto de fricción. Se ha sugerido que la tersura inusual de los granos permite una vibración exagerada en la frecuencia de resonancia natural de la arena (Criswell et al., 1975; Lindsay et al., 1976).

PÉRDIDA DE LA VOZ Y LA RANA CANTARINA

Bagnold descubrió otros efectos curiosos. Por ejemplo, la “perdida de voz” (2) de la arena del desierto de Kalahari, al ser trasladada a Pretoria, si no se la guardaba en recipientes de aire comprimido antes de ser sometida a la prueba. Se le podía curar de su mudez al calentarla a 200°C. Estos hechos parecen demostrar que la humedad destruye la sonoridad, por lo menos en las arenas de algunos desiertos.

La sonoridad de una arena también puede perderse si se las golpea constantemente, pero se reestablece si las finas partículas producidas se separan después mediante el cernido, lavado o hervido de la arena.

Las arenas chirriantes y las tronadoras muestran una marcada diferencia a la exposición al agua. El tronido aparece cuando los granos están muy secos. Tan sólo el 0.1% de humedad elimina los sonidos. Se ha encontrado que aún concentraciones tan pequeñas como cinco gotas de agua en un volumen de un litro de arena, eliminan todo sonido (Haff, 1979). La humedad atmosférica crea un recubrimiento fluido superficial sobre los granos, que actúa como lubricante y disminuye la resistencia al desliz, lo que evita la emisión de sonidos (Lewis, 1936). La humedad también incrementa la cohesión entre los granos. El trueno se incrementa cuando los granos no están tan unidos.

Las arenas chirriantes, por el contrario, no presentan una gran alteración en sus propiedades acústicas debida a la humedad. El sonido se puede producir con facilidad inmediatamente después de ser lavadas con agua, seguido de un secado. No se sabe si es debido a la eliminación de las impurezas, debido al lavado (Brown et al., 1961) o a la creación de un acomodo del grano más natural (Clarke, 1973), aunque sí explica por qué este tipo de fenómeno no se extiende más allá de los 30 metros de la playa (Richardson, 1919). Este proceso de limpieza también “revive” la arena chirriante que ha perdido su chillido, una condición que ocurre frecuentemente después de varias compresiones repetidas (Hashimoto, 1951). Incluso, las arenas chirriantes pueden emitir sonidos aún cuando están completamente inmersas en agua (Brown et al., 1961).

Los investigadores japoneses han utilizado esta propiedad para “fabricar” arenas cantarinas. Osodani era una playa en el Plioceno, pero ahora está localizada en el interior del Japón. Ahí se encuentra una arcilla de arena. Una muestra de este material se lavó durante un largo período (más de 500 horas) para obtener el cuarzo más puro (99%). La arena así obtenida exhibe una propiedad de producir sonido tanto en el aire como en el agua.

El sonido que se obtiene con esta arena, dentro del agua, es muy parecido al que emiten las ranas, por lo que fue bautizada como “Arena Rana”.

Con este tipo de arena se construyó un gigantesco reloj de arena y un curioso juguete. El aparato es un recipiente hecho con un tubo de resina acrílica de cinco centímetros de diámetro por diez de longitud, cerrado a ambos extremos con una placa de acrílico de un milímetro de grosor.

imageimageDentro de este aparato se introducen 100 centímetros cúbicos de agua con arena y se sella.

El sonido parecido al canto de una rana se obtiene moviendo ligeramente el tubo, de derecha a izquierda.

  1. Hay que evitar tocar las placas en los extremos: actúan como membrana vibrante.
  1. No hay que sacudir el tubo.

Lo anterior indica que la sonoridad de las arenas está íntimamente relacionada con la contaminación ambiental. Algunos han especulado en que si se hiciera una limpieza de las arenas del mundo, tal y como indican los japoneses, tendríamos un ambiente mucho más limpio y sonoro.

El doctor Douglas E. Goldsack, director del Centre for Mining and Mining Exploration Research en la Laurentian University, en Sudbury, Ontario, Canadá, y sus colegas Marcel B. Leach y Cindi Kilkenny, descubrieron que pueden hacer que la arena ordinaria se convierta en musical, lijándola, puliéndola y removiendo las impurezas. Haciendo lo mismo, la arena común se puede transformar en cantarina. Durante este proceso se forma una capa de sílica gel (producida cuando el cuarzo se disuelve en agua), que cubre los granos de arena. Su conclusión es que para hacer que cualquier tipo de arena cante se debe recubrir con sílica gel.

Pero, ¿qué es lo que otorga en realidad a las arenas cantantes sus cualidades musicales? Después de miles de años de conocer su existencia y de haber sido estudiadas por varios científicos, se ha llegado a la conclusión, según Bagnold, de que “no existe hasta ahora una verdadera explicación”.

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NOTAS

(1) Se refiere a los colosos de Memnon, que cada amanecer emitían sonidos, que parecían salir de la boca.

(2) Efecto que ya fue reportado, a finales del siglo XIX, por el profesor E. G. Richardson.

BIBLIOGRAFÍA

– Anónimo. “Roaring sands of the Kalahari Desert”. “Nature”. Vol. 140. 14 de agosto de 1937. p. 285.

– Anónimo. “Sonorous sand in Nevada”. “Knowledge”. Vol. 3. 1883: pps. 63-64.

– Anónimo. “Eureka sand dunes landmark”. “California Geology”. Vol. 37. No. 3. 1984. p. 42.

– Arrit, Susan. “The living Earth book of deserts”. The Reader’s Digest Association, Inc. pps. 7-8.

– Bagnold, Ralph. “Physics of blown sand and desert dunes”. “Methuen”. Londres. 1954. pps. 247 – 267. Reedición. “The physics of wind blown sand and desert dunes”. Chapman and Hall. Londres. 1984. Pág. 265.

– Bagnold, Ralph. “Experiments on a Gravity-Free Dispersion of Large Solid Spheres in a Newtonian Fluid Under Shear”. Proceedings of the Royal Society. Vol. 255A. 1954. p. 49.

– Bagnold, Ralph. “The shearing and dilatation of dry sand and the ‘singing’ mechanism”. Royal Society of London. Proceedings Series A. Vol. 295A. 1996. pps. 219-232.

– Bolton, Carrington y Julien, Alexis. “The singing beach of Manchester, Mass”. “American Association for the Advancement of Science. Proceedings”. Vol. 32. 1883. pps. 251-252.

– Bolton, Carrington. “Researches on musical sand in the Hawaiian Islands and in California”. “Transactions of the New York Academy of Sciences”. Vol. 10. 1889. pps. 28-35.

Publicado originalmente en:

https://web.archive.org/web/20070928031922/http://www.anomalia.org/perspectivas/ci/arenas_cantarinas.htm

El sitio Micromegas, de la Fundación Anomalia lo subió en formato PDF: https://micromegas2.wordpress.com/wp-content/uploads/2007/02/ruiz01.pdf

Esto es lo que dice Wikipedia:

Arenas cantarinas

Las Arenas cantarinas son un fenómeno conocido mundialmente por tratarse de arena que emite sonidos al caminar sobre ella.

A primera vista, una playa de la rocosa y desolada isla de Eigg, frente a la costa occidental de Escocia, es tan común como cualquier otra playa del mundo. Pero al caminar por sus arenas blancas, o al tocarlas, se escucha un sonido musical.

En realidad, las arenas cantan, y no sólo una nota. Si se dejan escurrir lentamente entre los dedos, emiten sonidos que van desde los tonos agudos de la soprano hasta los graves del bajo. Las arenas cantarinas (Cuyo nombre en irlandés es camas sgiotaig) son un misterio que se ha estudiado con frecuencia. Los científicos suponen que la música brota de la estructura de la arena, formada de pequeñísimos granos de cuarzo desgastados por el mar hasta obtener su forma redonda. Cada grano está rodeado de una minúscula bolsa de aire, y la fricción entre el grano y el aire produce una vibración que crea a su vez una nota musical.

La nota depende de la cantidad de humedad de la atmósfera y del grado de presión que se le aplique a la arena, en la cual no puede haber presencia de polvo ni de materias extrañas. En experimentos realizados en laboratorio, incluso una pizquita de harina evitaba las vibraciones. El misterio de por qué cantan estas arenas ya parece haberse resuelto; pero lo que todavía sigue siendo un verdadero enigma es por qué se encuentran precisamente en esta remota isla escocesa.

https://es.wikipedia.org/wiki/Arenas_cantarinas

Sonido de arena cantarina: http://www.yo.rim.or.jp/~smiwa/sound/koto.wav

Sonido de arena estruendosa: http://www.wao.or.jp/smiwa/sound/bad.wav