Sócrates y los ovnis

SÓCRATES Y LOS OVNIS

Luciano de Crescenzo

SÓCRATES. Salve, Eupolemo, por fin estás de nuevo entre nosotros; si la memoria no me engaña, han transcurrido por lo menos tres meses desde que partiste hacia Larisa.

Sócrates.

EUPOLEMO. Tres meses justos, oh Sócrates. El último día que nos vimos fue el cuarto de las Panateneas. Aún recuerdo que, nada más bajar de la Acrópolis, fuimos juntos a casa de Filoxeno y que allí, tras un buen vaso de vino de Teos, tú me hablaste de los Dioses y del Hado y de cómo el Hado es siempre el más poderoso entre todos los Dioses.

SÓCRATES. ¿Y cuál es la razón de que esta vez te hayas detenido tanto tiempo en tu ciudad natal? ¿No eras acaso tú el que acusabas a los tesalios de ser tan vagos y superficiales?

EUPOLEMO. Sí, pero me ha afligido un hecho luctuoso: he perdido a mi padre y he tenido que ocuparme de los asuntos de la familia por ser mis hermanos todavía menores de edad.

SÓCRATES. Lo lamento de veras. Aunque tardías, acepta mis palabras de consuelo.

EUPOLEMO. En el fondo, no hay mucho de qué condolerse, oh Sócrates; mi padre era viejo y había vivido una larga vida conforme a sus deseos.

CRITÓN. Perdona que me meta, oh Eupolemo, pero yo también soy viejo y también yo he vivido tal como me ha placido; no obstante, mis hijos hallarían disgusto en mi muerte.

EUPOLEMO. No sólo tus hijos, oh Critón, sino todos los hombres justos de Atenas llorarían tu óbito.

SÓCRATES. Y, dime, Eupolemo: ¿cómo has encontrado esta vez a los tesalios?

EUPOLEMO. Siguen siendo los mismos, oh Sócrates, primero se inventan cosas y luego las consideran como ciertas. Uno de mis conciudadanos, por ejemplo, un tal Prestiforemo jura haberse encontrado una noche a un extraterrestre en carne y hueso en un olivar que hay en sus tierras»¦

CRITÓN. ¿Un extraterrestre?

EUPOLEMO. Sí, un homúnculo de color verde con dos ojos delante y otros dos detrás, y con una oreja giratoria en la cabeza para captar los sonidos. Pues bien, los tesalios, en lugar de chancearse de él, como habría merecido, han prestado fe a lo que dice, y le han llevado presentes. Ahora el muy ladino, hasta se niega a trabajar sus tierras y prefiere vivir a costa de la polis, contando sin parar la misma historia. Me han contado que, por dos minas, hasta está dispuesto a dibujar en una tableta el cuerpo del alienígena.

SÓCRATES. ¡Es curioso que todos los que han visto seres de otros mundos los describan siempre y únicamente de color verde!

EUPOLEMO. Puede que para distinguirlos mejor de nosotros, los terrestres. A un hombre que se encontrara con un extraterrestre amarillo se le podría objetar que lo que ha visto es un chino.

CRITÓN. Dice Anaxágoras, docto en cosas celestes, que hasta hoy se han registrado más de doscientas mil localizaciones de OVNIS y que, en el bosque de Oreos, en Eubea, se han hallado huellas gigantescas con forma de patas de gallina.

Anaxágoras.

SÓCRATES. Si alguien ha visto platillos volantes y hombrecillos verdes paseando por los bosques y, al mismo tiempo, se trata de una persona digna de aprecio, no veo por qué no habría que creer en sus palabras; sin embargo, me extraña que esos seres misteriosos hayan visitado la Tierra nada menos que doscientas mil veces y luego se hayan evaporado. Tú, oh Eupolemo, has dejado Larisa esta mañana e imagino que habrás empleado algún tiempo para llegar a Atenas.

EUPOLEMO. Cinco horas y diez minutos, desde la entrada hasta la salida de la autopista.

SÓCRATES. Y, en cuanto vislumbraste las murallas de Temístocles, ¿no cambiaste de idea e invertiste la marcha para volver a Larisa?

EUPOLEMO. No lo habría hecho nunca, oh Sócrates; si he venido a Atenas, es porque tenía un fin concreto, veros a ti y a Critón, precisamente.

SÓCRATES. Los extraterrestres, he de presumir, también tendrán su propio fin; de no ser así, jamás emprenderían un viaje tan largo. Imagino que han de ser buscadores de civilizaciones galácticas o, en todo caso, personas interesadas en los millares de interrogantes que la naturaleza plantea a los exploradores del espacio: materias hasta ahora desconocidas, inventos raros, alimentos diferentes, usos y costumbres locales, y así sucesivamente. Pues bien, según quienes dan por cierta la presencia de los extraterrestres en la Tierra, los alienígenas que hasta ahora se han avistado, tras un viaje extremadamente aburrido de dos o trescientos mil años, se dejan ver por un campesino durante escasísimos instantes, para luego emprender de inmediato el viaje de regreso.

EUPOLEMO. Desde luego, es poco creíble.

SÓCRATES. Es como si Cristóbal Colón, tras avistar las playas de América, nada más oír a su grumete gritar aquello de «Â¡Tierra!, ¡tierra!», le hubiese dicho a la tripulación: «Muy bien, chicos, ahora volvámonos rápidamente a España, que la reina Isabel estará preocupada por nosotros»; mientras tanto, un indígena salía corriendo a decirle al jefe: «Jefe, yo esta mañana haber visto tres carabelas-OVNIS.»

CRITÓN. Al hablar así, oh Sócrates, ¿quieres acaso decir que nosotros somos los únicos habitantes del Universo?

SÓCRATES. Nunca me atrevería a decirlo, oh Critón; es más, si de veras quieres saber lo que pienso, te diré que en el universo hay millares, puede que millones de planetas habitados; sólo que esos mundos no se comunican entre sí, debido a las enormes distancias que los separan. Demócrito me dijo un día que en los planetas más cercanos a nosotros no puede haber ninguna forma de vida: Mercurio es una pelota de fuego y lo mismo puede decirse de Venus, donde las temperaturas sobrepasan los mil grados. A partir de Marte, en cambio, los planetas, al hallarse más lejos del Sol, son más fríos que los glaciares del Caucazo. Con una situación como ésta, para hallar un ambiente más o menos similar al nuestro, no nos queda más remedio que desplazarnos a otro sistema solar.

Demócrito.

CRITÓN. Y ¿cuál podría ser el Sol de ese otro sistema?

SÓCRATES. Una estrella llamada Alpha Centauro. Según Demócrito, está tan cerca de nosotros, que, viéndola desde otro punto de la Galaxia, parecería pegada a nuestro sol, al igual que aquellos que gozan de buena vista ven Mizar pegada a su gemela.

EUPOLEMO. Pues bien, ¿no podría ser que a una cierta distancia de esa estrella, igual a la que media con el Sol, hubiera un planeta similar al nuestro, con la misma temperatura, con la misma atmósfera y con otro Sócrates que, justamente en este momento, estuviese razonando sobre nuestra existencia?

SÓCRATES. Es muy probable que así sea; aunque, para llegar a ese planeta, emplearíamos tal cantidad de tiempo, pero tanto (cien mil años para ir y cien mil para volver), que ninguna expedición podría contarnos nunca las maravillas que hubiera visto. Por ello estoy convencido de que el primer encuentro con un individuo de otro mundo no podrá ser nunca de cerca, sino de tipo radioastronómico. Un día sucederá que uno de los muchos radiotelescopios dirigidos hacia los espacios interestelares captará una señal distinta de todas las demás. En ese momento, nuestros astrónomos se emplearán en descifrar su contenido y en responder con otro mensaje, utilizando el mismo código.

EUPOLEMO. Y ¿cómo explicas tú, oh Sócrates, que tantas personas juren haber visto alienígenas y haber hablado con ellos?

SÓCRATES. El alma del hombre necesita nutrirse de esperanza, al igual que su estómago necesita alimento. Pero, en cambio, la vida suele ser amarga y no concede escapatoria a los deseos de los mortales. Algunas verdades carecen de alternativa: todos hemos de morir, el feo jamás podrá ser guapo, el viejo jamás podrá volver a ser joven y el que vive una vida opaca y sin entusiasmo sabe que le resultará muy difícil cambiarla. ¿Qué hacer, entonces? Sólo cabe refugiarse en el misterio, evadirse en lo trascendente. Y así florecen por todas partes las fábulas, los mitos, los extraterrestres, los horóscopos, las drogas y los extremismos políticos. Cuando hay demanda en el mercado, la oferta no se hace esperar: los explotadores de angustias ajenas, los adivinos, los cabecillas populares, los camellos y los vendedores de lotería brotan como hongos.

Luciano De Crescenzo.

EUPOLEMO. Y ¿qué se podría hacer contra esos mercaderes?

SÓCRATES. ¡Habría que echarlos de los templos! Yo ya soy viejo y no me sobran fuerzas para batallas de esa índole. En todo caso, deberías hacerlo tú, Eupolemo, que eres joven y fuerte.

EUPOLEMO. Gracias por los consejos que me das y por tus palabras esclarecedoras. Pero ahora he de dejarte, oh Sócrates, y siento tener que dejarte a ti también, oh Critón, pero estoy citado con Simias el tebano delante del cine Apolo»¦ Esta noche dan el estreno mundial de «La vuelta de ET a la Tierra» y Simias y yo no queremos llegar tarde.

Luciano de Crescenzo, «Oi Dialogoi, (Los Diálogos de Bellavista)», 1985, Ed. Mondadori, fragmento, pp. 151-156.

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