Estas extrañas nubes sobre Eslovaquia tienen una explicación científica sencilla.
10 de abril de 2026
Las formaciones con forma de lente que se observaron a principios de esta semana se conocen como nubes lenticulares, formadas por el aire que se desplaza sobre las montañas.
Las inusuales nubes de bordes suaves avistadas en Eslovaquia a principios de esta semana han sido identificadas como un fenómeno atmosférico natural.
Según iMeteo.sk , las formaciones fueron ampliamente visibles el lunes 7 de abril, extendiéndose desde el noroeste del país hacia el este, incluyendo áreas al pie de los montes Tatra y alrededor de Košice.
Las fotos compartidas por los residentes mostraban nubes estratificadas con forma de lente y bordes nítidos, lo que despertó curiosidad y, en algunos casos, especulaciones en línea sobre su origen.
Sin embargo, los expertos afirman que se trataba de altocúmulos lenticulares , comúnmente conocidos como nubes lenticulares.
Košice (fuente: Ida Csefo György)
(Fuente: Facebook/iMeteo.sk)
Revúca (fuente: Ružena Sluge?ová)
Estas nubes suelen formarse a altitudes de entre 2000 y 7000 metros cuando el aire estable fluye sobre las cordilleras. Al ascender, el aire se enfría y se condensa formando nubes; al descender, estas se disipan, creando un patrón ondulado característico.
Este proceso puede producir formaciones lisas y apiladas que a menudo parecen casi inmóviles y que a veces se confunden con objetos voladores no identificados.
Según la página web meteorológica eslovaca, el fenómeno meteorológico del lunes fue especialmente llamativo debido a una combinación de condiciones atmosféricas estables, suficiente humedad y un fuerte flujo de aire sobre las montañas.
¿Ovnis o satélites? Este es el país con “más avistamientos” reportados en el cielo, según expertos
Un experto que lleva 50 años investigando avistamientos de ovnis asegura que no estamos solos en el universo.
10 de abril de 2026
Redacción Tecnología
Muchos fenómenos celestes inusuales pueden explicarse científicamente. Foto DW
Desde la fundación de CENAP, se han recibido 13,621 notificaciones, explica Hansjürgen Köhler, un hombre afable de unos 60 años, que lidera un equipo de cinco voluntarios de la Red Central de Investigación de Fenómenos Celestes Extraordinarios. La mayoría de ellos se ha resuelto, ya que, hasta la fecha, solo quedan 89 casos abiertos. En el último lustro, ha ido aumentando el número de reportes en Alemania.
Muchos avistamientos tienen una explicación: cohetes, satélites, planetas brillantes o estrellas. A veces se trata de bolas de fuego o meteoritos.
Según la experiencia de Hansjürgen Köhler, alrededor del 40% de las notificaciones recibidas se deben a la tecnología espacial. Hace unos años, Elon Musk se sumó a la lista de “causantes” de avistamientos, ya que los satélites Starlink pueden brillar con una intensidad extrema, incluso los pilotos de aviones los pueden confundir.
Y los vuelos de los drones realizan a munudo extravagantes maniobras que pueden crear confusión. También hay fenómenos cotidianos que llevan a engaño, como los globos, especialmente los de plástico, porque reflejan la luz del sol, así como espectáculos láser o efectos de luz utilizados en grandes eventos.
Muchos avistamientos tienen una explicación: cohetes, satélites, planetas brillantes o estrellas. A veces se trata de bolas de fuego o meteoritos. Foto: DW
Una línea de atención que nunca duerme
CENAP cuenta con una línea de atención operativa las 24 horas del día. Los ciudadanos pueden informar de fenómenos celestes inusuales a través de WhatsApp, correo electrónico o el formulario de contacto de la página web. Köhler se considera en la obligación de investigar cada aviso y responder en un plazo de 24 horas.
Cuando recibe una notificación, pide datos como fecha, hora, lugar, dirección y duración del avistamiento, así como el número de testigos. También agradece fotos o videos. El trabajo suele acumularse entre las 22:00 y las 24:00. Aesa hora, la mayoría de la gente está en el balcón mirando al cielo, dice. A menudo, porque están fumando.
Hansjürgen Köhler investiga desde hace 50 años los avisos de ovnis en Alemania. Foto: DW
Hay veces que se reciben entre 60 y 80 notificaciones, noches en las que se ven cosas espectaculares en el cielo de Alemania, por ejemplo, un meteoro o la reentrada de un cohete. “En ese momento, puedes apagar la televisión, porque sabes que empezará la acción”, cuante Köhler.
Sus casos favoritos llegan entre las 3 y las 4 de la madrugada. Entonces se levanta de un salto de la cama, porque a menudo se trata de meteoritos espectaculares que se confunden con un ovni. Cuanto antes llegue el aviso, mejor. “Así podemos ver directamente en la computadora lo que la persona que llama está viendo”. Y, en el mejor de los casos, aclararlo.
Sus casos favoritos llegan entre las 3 y las 4 de la madrugada. Foto: Getty Images/Science Photo Libra
Escasos conocimientos de astronomía entre la población
Hansjürgen Köhler no cree en los ovnis, se cuenta entre los escépticos. Se considera más bien un criminólogo especializado en el cielo y no alguien que cree en hombrecitos verdes en platillos volantes.
Köhler opina que los conocimientos astronómicos de la población son mejorables, pero, a veces, la gente reporta cosas no solo por ignorancia, sin o porque nuestra propia percepción también puede llevarnos a error. La psicología lo denomina pareidolia, la tendencia del cerebro a reconocer significados o rostros en patrones aleatorios. Así, estructuras parecidas a nubes o reflejos de luz pueden parecer a veces ovnis.
No cree que seamos los únicos en el universo
Para esclarecer los casos, Köhler utiliza programas de astronomía, información de las agencias espaciales, datos de tráfico aéreo y, en situaciones especiales, incluso llama al ejército. A veces tiene que actuar como un detective.
Incluso la Agencia Espacial Europea (ESA) le ha remitido casos. Hace tres años un equipo de investigadores observaba auroras boreales en Noruega y vio algo extraño en el cielo. Köhler descubrió que, en realidad, se había encendido un cohete. En el frio glacial, el combustible se había cristalizado. “Eso crea un espectáculo mágico en el cielo”.
¿Cree que algún día llegará un ovni a la Tierra? “Hasta la fecha no han aparecido”, comenta Köhler. Foto: Getty Images
Otro caso que le ocupó hace medio año fue el de un presunto avistamiento de extraterrestres en una playa de Portugal, documentado por una mujer mediante meticulosos bocetos. Sentada junto a una hoguera, había visto una y otra vez a extraterrestres que desaparecían en el mar. El señor Köhler descubrió que en esa playa había una escuela de buceo. Lo que los ufólogos quizá habrían clasificado como un encuentro con extraterrestres, Köhler lo categorizó como una inmersión.
¿Cree que algún día llegará un ovni a la Tierra? “Hasta la fecha no han aparecido”, omenta Köhler. Al mismo tiempo, está convencido de que no somos los únicos seres vivos en la galaxia, ya que sería un desperdicio de espacio. Pero también cree que, si llegan a aterrizar en el planeta azul y ven lo que pasa en él, se irían rápido.
¿Qué fueron los ovnis vistos por Artemis II? NASA explicó el fenómeno
abril 10, 2026
By Redacción
La misión Artemis II no solo marcó el regreso de vuelos tripulados a la órbita lunar, sino que también encendió una ola de especulaciones en redes sociales por la aparición de objetos luminosos durante la transmisión del lanzamiento.
Usuarios en distintas plataformas aseguraron que la nave de la NASA habría estado rodeada de supuestos objetos voladores no identificados e incluso señalaron que la transmisión fue interrumpida de manera abrupta. Las teorías sugieren la presencia de tecnología no humana observando la misión.
Sin embargo, la explicación desde el ámbito científico es distinta. Expertos indican que estos puntos brillantes corresponden a partículas expulsadas durante el despegue, como cristales de hielo, restos de combustible o fragmentos del cohete, un fenómeno habitual conocido como “caspa espacial”. Estos elementos reflejan la luz y pueden generar la ilusión de movimientos controlados en el espacio.
Más allá de la controversia digital, Artemis II representa un hito en la exploración espacial. La tripulación, integrada por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, realizó un vuelo alrededor de la Luna, incluyendo su cara oculta, en el primer viaje de este tipo en más de cinco décadas.
En este contexto, el administrador de la NASA, Jared Isaacman, se refirió recientemente a uno de los temas que más ha captado la atención del público: la posibilidad de vida extraterrestre. Durante una conferencia, señaló que considera “bastante altas” las probabilidades de que exista vida fuera de la Tierra, una afirmación que se sustenta en el conocimiento actual sobre el universo.
Isaacman explicó que el universo observable contiene miles de millones de galaxias, cada una con incontables estrellas y sistemas planetarios, lo que amplía de manera significativa las probabilidades de que existan entornos con condiciones similares a las de la Tierra. En ese sentido, la búsqueda de vida dejó de ser una hipótesis lejana para convertirse en una línea activa de investigación científica.
No obstante, también fue enfático en aclarar que hasta el momento no existe evidencia directa de vida inteligente ni de visitas a nuestro planeta. Según indicó, no ha visto pruebas que sugieran la presencia de civilizaciones extraterrestres en la Tierra, aunque subrayó que la exploración y el análisis continúan siendo una prioridad para la agencia.
Actualmente, la NASA y otras instituciones concentran sus esfuerzos en dos frentes principales: el estudio de exoplanetas mediante telescopios avanzados que analizan atmósferas en busca de biofirmas, y la exploración de cuerpos dentro del sistema solar, como Marte, donde se investigan rastros de agua pasada y compuestos químicos asociados a posibles procesos biológicos.
El programa Artemis busca consolidar una presencia humana sostenida en la Luna y avanzar hacia futuras misiones a Marte, mientras la ciencia continúa explorando una de las grandes preguntas de la humanidad: si existe vida más allá de nuestro planeta.
La tripulación de Artemis II experimentará una reentrada crítica y de alta intensidad, soportando temperaturas externas superiores a los 2,700 °C y velocidades de casi 40,000 km/h al rozar la atmósfera. En el video una muestra. pic.twitter.com/nASvuif9a3
Un ovni con forma humanoide provoca avistamientos llamativos, ya que parece mostrar figuras de aspecto humano en el cielo, aunque muchos de estos avistamientos se atribuyen a ilusiones ópticas, drones o interpretaciones imaginativas.
Descubren un dron submarino chino en aguas vecinas.
8 de abril de 2026
Por Micah McCartney Reportero de noticias de China
Las autoridades indonesias han recuperado lo que se cree que es un dron submarino chino en el estrecho de Lombok, una ruta marítima clave y un punto estratégico al este de Bali.
Según el medio de comunicación local Suara NTB, el objeto fue descubierto el lunes por la mañana por un pescador local a unos 16 kilómetros al norte de la isla turística de Gili Trawangan. Las fotografías compartidas con los medios muestran a la policía de Lombok del Norte asegurando un dispositivo cilíndrico de unos 3.6 metros de largo y poco más de 60 centímetros de diámetro, equipado con aletas traseras y lo que parecen ser sensores.
En el casco se podían apreciar caracteres chinos y el logotipo de CSIC (Corporación de la Industria de Construcción Naval de China). CSIC, ahora integrada en la Corporación Estatal de Construcción Naval de China, es el mayor conglomerado de construcción naval del mundo y un pilar fundamental del poderío industrial marítimo de China.
Newsweek se puso en contacto con la Embajada de China en Indonesia y con el CSIC por correo electrónico para solicitar comentarios.
Los vehículos submarinos no tripulados (UUV) chinos, incluidos los vehículos submarinos autónomos, se han expandido rápidamente en los últimos años, impulsados en gran medida por la fusión civil-militar de Pekín, una estrategia en la que las empresas civiles comparten tecnología y recursos con el Ejército Popular de Liberación. Esto ha generado preocupación entre los países vecinos de China, que temen que estos drones, junto con la creciente flota china de buques oceanográficos , estén recopilando datos sensibles dentro de sus zonas económicas exclusivas.
Esta foto muestra el presunto vehículo submarino chino no tripulado descubierto por un pescador en el estrecho de Lombok el 6 de abril de 2026. | Policía de Indonesia
«En cuanto recibimos la información, actuamos con rapidez para asegurar y procesar la escena del crimen con el equipo de Gegana», declaró Agus Purwanta, jefe de la policía de Lombok del Norte, en un comunicado difundido por Suara NTB. Añadió que la inspección inicial no reveló indicios de radiactividad ni de material explosivo.
El asunto se está gestionando en coordinación con múltiples organismos para evaluar diferentes posibilidades, incluidas las implicaciones para la soberanía territorial y la seguridad, dijo Purwanta, añadiendo que el objeto sería transportado a la cercana base naval de Mataram para un examen más exhaustivo.
El funcionario hizo un llamamiento al público para que evite las especulaciones y denuncie de inmediato cualquier objeto sospechoso.
Los pescadores del sudeste asiático llevan años encontrándose con vehículos submarinos no tripulados (UUV) en aguas regionales, incluyendo Indonesia, Vietnam y Filipinas. La posibilidad de que un sumergible fabricado por el CSIC recopile datos en el estrecho de Lombok plantea interrogantes sobre las capacidades que China está desarrollando y cómo podrían utilizarse estos sistemas en caso de conflicto en la región.
El estrecho de Lombok, bajo constante vigilancia, ofrece un paso de aguas profundas para submarinos y superpetroleros, conectando el mar de Java con el océano Índico. Se considera una ruta alternativa clave en caso de que el estrecho de Malaca se viera interrumpido, incluso en un posible conflicto con Estados Unidos.
En Filipinas, las autoridades también han informado de incidentes relacionados con presuntos drones submarinos extranjeros en los últimos años, lo que subraya la preocupación regional por las actividades de vigilancia y la seguridad marítima.
Documentos recientemente publicados revelan incursiones de drones, incluyendo un objeto triangular con foco, sobre instalaciones nucleares estadounidenses.
Arriba: Central hidroeléctrica Columbia, Washington
Entre los casos más llamativos se encuentra un incidente ocurrido en la central termoeléctrica de Susquehanna, en Pensilvania, una planta nuclear, donde se informó de la presencia de un objeto triangular que parecía transportar un gran foco dentro del espacio aéreo y el perímetro de las instalaciones durante más de dos horas.
El material, proporcionado por la Comisión Reguladora Nuclear de los Estados Unidos (NRC) en virtud de la Ley de Libertad de Información, se refiere a los registros que la NRC envió a la oficina del Pentágono dedicada a los Fenómenos Anómalos No Identificados, la Oficina de Resolución de Anomalías en Todos los Dominios (AARO, por sus siglas en inglés), entre el 1 de enero de 2020 y el 24 de noviembre de 2025.
En total, se documentaron 22 incidentes relacionados con drones.
La central nuclear de Susquehanna registró ocho incidentes en poco más de un mes. En contraste, la central eléctrica de Columbia, en el estado de Washington, registró nueve incidentes en un período de casi tres meses.
En conjunto, esos dos lugares representaron 17 de los 22 incidentes.
Varios incidentes ocurridos en los alrededores de Susquehanna involucraron a múltiples drones que se aproximaban desde diferentes direcciones.
Arriba: Central eléctrica de vapor de Susquehanna
Algunos informes describen drones que sobrevolaban el perímetro y luego se adentraban periódicamente en el espacio aéreo protegido antes de retirarse de nuevo.
Dos incidentes son especialmente destacables.
El 26 de septiembre de 2022, el registro indica que ocho drones entraron en el espacio aéreo de la planta y que la interacción duró aproximadamente dos horas y 45 minutos.
El 3 de octubre de 2022, otro evento en el que participaron varios drones tuvo una duración de dos horas y ocho minutos.
El informe del incidente del 3 de octubre de 2022 describe al menos cuatro drones que entraron en el espacio aéreo desde múltiples direcciones, tres de los cuales parecían ser cuadricópteros y un cuarto descrito como más grande, de forma triangular y que aparentemente llevaba un gran foco.
Según el informe, los drones tenían luces rojas, verdes y blancas, y al menos uno parecía tener luces azules.
Otra anotación, fechada el 29 de octubre de 2022, registra cinco drones tipo cuadricóptero operando cerca de la planta.
En los alrededores de la central eléctrica de Columbia, la mayoría de los incidentes involucraron drones individuales en lugar de enjambres.
Desde noviembre de 2022 hasta principios de febrero de 2023, el lugar fue escenario de repetidas apariciones de drones, algunos de los cuales fueron descritos como de gran tamaño, y en un caso, la Patrulla de Hanford del Departamento de Energía siguió a un dron hacia el este, en dirección a la ciudad de Richland, antes de perderlo de vista.
En otro incidente, se calculó que el dron tenía entre ocho y diez pies de diámetro y que contaba con luces intermitentes blancas y rojas.
Las centrales nucleares de Comanche Peak en Texas, Monticello en Minnesota y Peach Bottom en Pensilvania aparecen de forma más episódica en el conjunto de grabaciones publicadas.
Comanche Peak registró tres incidentes con drones individuales. Monticello registró un caso en el que se vio a un presunto operador en la carretera al oeste del área protegida, quien supuestamente le dijo al personal de la planta que tenía la intención de fotografiar un río cercano. Incluso en ese caso, el dron cruzó el área protegida. Para cuando se envió al personal de seguridad de la planta a hablar con el operador, aproximadamente 30 minutos después, el individuo había desaparecido.
Peach Bottom aparece una sola vez, con un breve sobrevuelo.
La Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA) para el año fiscal 2022, específicamente asigna a la AARO la tarea de trabajar con la NRC; establece que la Oficina de UAP debe, en sus informes anuales, registrar incidentes y descripciones de UAP o drones de origen desconocido vistos sobre sitios de la NRC:
«En consulta con el Presidente de la Comisión Reguladora Nuclear, se ha recopilado el número de incidentes notificados y sus descripciones, de fenómenos aéreos no identificados o drones de origen desconocido asociados con centrales nucleares, depósitos de combustible nuclear u otros emplazamientos o instalaciones regulados por la Comisión Reguladora Nuclear».
En 2023, un portavoz del NRC declaró a Liberation Times que la agencia se tomaba«en serio» las posibles amenazas de los Fenómenos Anómalos No Identificados (FANI) y que «coordinaba continuamente» estas preocupaciones con sus socios federales de inteligencia y de las fuerzas del orden.
El portavoz del NRC declaró que:
“La Comisión Reguladora Nuclear se toma muy en serio las posibles amenazas que puedan suponer cualquier aeronave, sistema aéreo no tripulado (UAS) o fenómeno anómalo no identificado (UAP, por sus siglas en inglés), y exige a los operadores de centrales nucleares y a otros licenciatarios que informen de cualquier actividad sospechosa en el espacio aéreo sobre sus instalaciones.
“La agencia coordina continuamente estas y otras posibles preocupaciones con sus socios federales de inteligencia y de las fuerzas del orden, y puede tomar medidas inmediatas y apropiadas para abordar cualquier amenaza a la seguridad de nuestras instalaciones autorizadas.”
La zona que rodea la central eléctrica de Columbia, en el estado de Washington, tiene un historial de actividad anómala que se remonta a la década de 1940.
En un correo electrónico enviado en 2009 al investigador de fenómenos aéreos no identificados (UAP, por sus siglas en inglés), Robert Hastings, el exmilitar Clarence R. “Bud” Clem recordó un aparente encuentro en tiempos de guerra que involucró un objeto desconocido sobre la ultrasecreta fábrica de municiones de Hanford en el estado de Washington.
Hanford, ahora fuera de servicio, se estableció en 1943 como parte del Proyecto Manhattan y está ubicada aproximadamente a cuatro millas de la Central Eléctrica Columbia.
Clem, ex oficial de la Reserva Naval de los Estados Unidos y piloto de caza F6F Hellcat asignado al Grupo Aéreo 50 a bordo del USS Cowpens, dijo que en 1945, durante la Segunda Guerra Mundial y meses antes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, los operadores de radar detectaron un objetivo no deseado sobre el sitio altamente clasificado de Hanford.
El avistamiento provocó una rápida respuesta del personal de la cercana Base Aeronaval de Pasco.
Según el relato de Clem, un teniente comandante llamado Richard Brown despegó rápidamente en un avión armado y persiguió lo que se describió como una brillante bola de fuego, pero no pudo alcanzarla antes de que se alejara a toda velocidad hacia el noroeste y desapareciera del radar.
Tal y como documenta Robert Hastings en su libro Ovnis y armas nucleares, los incidentes inusuales continuaron ocurriendo en Hanford después de la guerra.
Un informe de inteligencia de la Fuerza Aérea, ahora desclasificado, afirma que en mayo de 1949, el personal que trabajaba en el lugar vio un objeto «plateado, con forma de disco» flotando sobre Hanford.
Edward Ruppelt, el oficial de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que dirigió el Proyecto Libro Azul, el estudio formal del gobierno estadounidense sobre ovnis realizado entre 1952 y 1969, también documentó un caso cerca de Hanford en diciembre de 1952.
En el incidente, un piloto y un observador de radar de un F-94 que patrullaba a 26.000 pies de altura, primero divisaron una luz y luego vieron un objeto grande, redondo y blanco con un tenue resplandor rojizo que salía de dos «ventanas».
Tras perder el contacto visual, el piloto logró fijar el objetivo mediante radar y se vio obligado a cambiar de rumbo varias veces para evitar una colisión. En el momento del incidente, Hanford era el mayor productor mundial de plutonio apto para armas nucleares.
Uno de los testigos fue William Ramsay, conductor de autobús del Distrito Escolar del Sureste, quien afirmó haber presenciado el suceso. Declaró: «Tenía luces giratorias», dijo, «y seguía apareciendo y desapareciendo».
La información recién obtenida surge tras una serie de incursiones recientes de misteriosos drones no identificados sobre Estados Unidos.
El mes pasado, se avistó una serie de drones no identificados sobrevolando Fort McNair en Washington, D.C., donde residen el secretario de Guerra, Pete Hegseth, y el secretario de Estado, Marco Rubio. El incidente llevó a la Casa Blanca a considerar su reubicación.
En otro incidente alarmante ocurrido el mes pasado, se avistó un gran número de drones no autorizados sobrevolando la base aérea de Barksdale en Luisiana, sede de bombarderos B-52 de largo alcance capaces de transportar armas nucleares, lo que provocó un confinamiento.
En declaraciones a Liberation Times, Marik Von Rennenkampff, ex analista del Departamento de Estado de EE. UU. y nombrado por la administración Obama en el Departamento de Defensa (ahora Departamento de Guerra), afirmó:
Las descaradas incursiones de «drones» desconocidos sobre infraestructura nuclear sensible, descritas en estos informes, son realmente alarmantes, especialmente después de que «múltiples oleadas» de objetos desconocidos sobrevolaran con total impunidad durante varios días la Base Aérea de Barksdale, en Luisiana. Cabe destacar que Barksdale alberga el cuartel general del Comando de Ataque Global de la Fuerza Aérea, que supervisa los misiles balísticos intercontinentales y las armas nucleares lanzadas desde el aire de Estados Unidos.
‘Inicialmente, se produjeron incursiones descaradas y misteriosas durante casi tres semanas sobre la Base Aérea de Langley, sede del Comando de Combate Aéreo, y la Base Aérea de Wright-Patterson, sede de la inteligencia de la Fuerza Aérea, el Laboratorio de Investigación de la Fuerza Aérea y el Comando de Material de la Fuerza Aérea.
En resumen, un actor desconocido está imponiendo sistemáticamente su dominio sobre las instalaciones militares más críticas y sensibles de Estados Unidos. Que estos impactantes incidentes no hayan generado mayor alarma en el debate público resulta desconcertante y constituye un riesgo inherente para la seguridad nacional.
¿Qué ocurrió realmente con el pánico provocado por los drones el año pasado en Nueva Jersey?
Una epidemia de avistamientos de aeronaves no identificadas reveló poco sobre la existencia de extraterrestres, pero mucho sobre los fracasos del gobierno.
4 de abril de 2026
Por Greg Scaduto
Ilustración de MATTHEW COOLEY
En noviembre de 2024, estaba en mi escritorio en la oficina de casa, haciendo el trabajo rutinario de hojas de cálculo y correo electrónico, cuando mi esposa apareció en el pasillo, fuera del baño. No gritó ni alzó la voz. Hizo un gesto urgente con la mano, de esos que se hacen para no asustar a los niños. Nuestros dos hijos estaban en la bañera, riéndose de algo íntimo y momentáneo, como suelen hacer los niños. Me jaló hacia la puerta y susurró: «Mira».
Sobre la bañera hay una claraboya. No da a nada en particular, y por la noche solo se ve oscuridad. Levanté la vista y no vi más que la negrura absoluta del cielo otoñal. Ella mantuvo la mirada fija en el cristal. Solo después de un instante describió lo que había visto: un objeto grande, sólido, vagamente con forma de avión, lo suficientemente cerca como para sentirlo presente en lugar de lejano. Había luces, dijo, de diferentes colores, dispuestas de una manera que no podía describir con exactitud. Había estado casi directamente encima de mí.
Lo que me llamó la atención no fue la descripción en sí, sino su expresión. Estaba inquieta de una manera que no se correspondía con el momento. Mi esposa no suele mirar al cielo, ni es aficionada a la aviación. No es propensa a imaginar amenazas aéreas donde no las hay. Y estaba nerviosa.
En mi juventud, pasé cinco años como oficial de artillería del Ejército y me retiré con el rango de capitán. Parte de mi trabajo consistía en aprender a identificar aeronaves: distinguir entre aviones de ala fija y helicópteros, comprender las trayectorias de aproximación y pensar en términos de espacio aéreo en lugar de paisaje. No soy un experto en aviación, pero no soy del todo ingenuo respecto a lo que normalmente sobrevuela nuestras cabezas. Aun así, esa experiencia no me proporcionó una posible explicación para lo que flotaba sobre nuestra claraboya.
Esa leve desorientación persistió incluso después de que el objeto desapareciera, después de que los niños terminaran de bañarse, después de que retomáramos la rutina de la noche. Nos impactó menos lo que mi esposa había visto que la falta de una explicación lógica. Y resultó que muchos de nuestros vecinos también habían estado asomados a sus ventanas.
Lo que mi esposa vio esa noche por encima de la claraboya no era, al parecer, inusual. Al menos no para donde vivimos. En diciembre de 2025, tras aproximadamente un año de consultas de ciudadanos comunes que reportaban avistamientos similares en todo el estado, la Legislatura de Nueva Jersey decidió financiar un centro de investigación para estudiar fenómenos aéreos inexplicables o FANI (lo que antes llamábamos ovnis), una decisión que se aprobó en ambas cámaras sin aspavientos ni confesiones. Nadie en una posición de autoridad afirmó saber qué eran los objetos ni se atribuyó haber resuelto el enigma.
A medida que se extendía la noticia de los avistamientos de drones durante el año anterior, Nueva Jersey se convirtió en el hazmerreír (no se preocupen, ya estamos acostumbrados). Si bien se reportaron avistamientos similares a lo largo de la costa este, en partes de Pensilvania, Nueva York y Connecticut, la mayor parte de la conversación provino del Estado Jardín. Y cuando el misterio cobró fuerza en las redes sociales y los medios de comunicación, comenzó a surgir una narrativa que sugería que los residentes de Nueva Jersey estaban en un estado de histeria, atrapados en un pánico alienígena al estilo de La Guerra de los Mundos, basado en rumores y delirios. Pero la realidad sobre el terreno era muy diferente. Y lo que los eventos finalmente revelaron fue una verdad quizás más inquietante que nada tiene que ver con extraterrestres y es mucho más mundana: nuestro gobierno, desde el nivel local hasta el federal, aparentemente no tiene un sistema coherente para abordar este tipo de preguntas.
Ryan Graves, expiloto de F/A-18F de la Armada que testificó ante el Congreso sobre FANI en 2023 y ahora dirige Americans for Safe Aerospace, un grupo que defiende la seguridad de los pilotos, afirma que un sistema eficaz requeriría un proceso de tres pasos para abordar los FANI, activado a nivel local y escalado según sea necesario a entidades estatales y federales: detectar, identificar y responder. En Nueva Jersey, este ciclo no se completó. «En realidad, no existe un sistema cerrado», me dice Graves, «que nos permita responder de manera que impida que un adversario cause daño». El problema, explica, no es la ausencia de agencias pertinentes, sino la falta de coordinación entre ellas. «Ahora mismo, tenemos un montón de flechas apuntando en diferentes direcciones, porque nadie sabe cuáles son los procesos adecuados».
La primera alarma generalizada sobre objetos extraños en el cielo provino de las oficinas municipales. A finales de noviembre de 2024, en varios municipios del condado de Morris, a unos 50 kilómetros al oeste de la ciudad de Nueva York, los residentes comenzaron a llamar a sus alcaldes con relatos similares: aeronaves que volaban a baja altura por la noche, que regresaban en noches sucesivas y que a veces parecían moverse en patrones coordinados. No se trataba de llamadas esporádicas y aisladas, sino de grupos de quejas que llegaban a través de los canales oficiales y que eran registradas por el personal cuya labor habitual es responder preguntas sobre la remoción de nieve y los permisos de zonificación.
Los alcaldes comenzaron a intercambiar información, no porque creyeran que estuviera ocurriendo algo extraordinario, sino porque no podían responder a una pregunta que sus electores les planteaban constantemente y no sabían quién podría hacerlo. Llamaron al sheriff del condado. Se pusieron en contacto con la policía estatal. Se comunicaron con la oficina del gobernador. Las respuestas, cuando llegaron, fueron rutinarias e inconclusas: no se confirmó la identidad del operador, no se identificó el lugar de lanzamiento ni se definió una línea de autoridad clara sobre el problema.
Uno de los momentos que cristalizó la preocupación llegó en forma de llamada telefónica. Alrededor del Día de Acción de Gracias de 2024, Ryan Herd, entonces alcalde del municipio de Pequannock, recibió una llamada de una vecina que le preguntó, casi con naturalidad: «¿Qué pasa con tantos drones?». Herd no estaba seguro de a qué se refería. Los drones estaban por todas partes: los usaban videógrafos de bodas, aficionados, niños en los parques. Cuando le pidió que se explicara, ella no dio más detalles. Simplemente dijo: «Mire hacia arriba».
¿Cómo se puede evaluar un perfil de amenaza sin saber cuáles son los objetos?
Cuando me reuní con Herd en una cafetería local a finales de diciembre, me describió el momento en que su preocupación pasó de la curiosidad a la inquietud: cuando vio la aeronave con sus propios ojos. «Miras hacia arriba y piensas: «¡Dios mío!»», dijo. «Vuelan muy bajo, casi por encima de las casas, y lo hacen en un patrón de cuadrícula. Empiezas a ver patrones que normalmente no existen». Lo que preocupaba a Herd era la repetición en los movimientos de la aeronave, la sensación de que la actividad seguía una lógica que nadie le había explicado, algo que sus vecinos también empezaban a notar.
Varios de los alcaldes que hablaron públicamente durante este período hicieron hincapié en el mismo punto. Herd me comentó que los funcionarios municipales no obtenían respuesta, a pesar de los repetidos intentos de contactar a la policía estatal. Matthew Murello, entonces alcalde de Washington Township, donde vivo, a unos 50 kilómetros al suroeste de Pequannock, compartió esa frustración. Murello, quien ahora se desempeña como vicealcalde, dijo que los residentes reportaban objetos que no se parecían a los pequeños drones de aficionados a los que la gente se había acostumbrado a ver. En ese momento, la veracidad de esas evaluaciones era irrelevante. El problema radicaba en que los funcionarios locales no podían explicar ni desmentir lo que describían los residentes.
Al igual que Herd, Murello describió haber avistado los objetos él mismo. «Estaban justo por encima de la altura de los árboles», me dijo, haciendo hincapié en lo cerca que parecía estar la aeronave del suelo. Su tamaño saltaba a la vista de inmediato. «Eran grandes», dijo, «y tenían la capacidad de girar y maniobrar en direcciones extrañas». Recordó haber visto más de un objeto —«al menos dos, tal vez tres»— navegando juntos a baja altitud, no al azar, sino «siguiendo algún tipo de patrón».
Le llamó especialmente la atención su forma de moverse. «Los aviones vuelan en línea recta», dijo. «No giran bruscamente. No van en una dirección, se detienen y giran 90 o 180 grados en la dirección opuesta». Murello recordó haber seguido visualmente la trayectoria de los objetos mientras sobrevolaban la montaña Schooley en Long Valley, alcanzaban la cresta y continuaban hacia el este, volando a baja altura cerca de calles residenciales y la escuela primaria local. No seguían ningún perfil de vuelo que él reconociera.
Murello, ingeniero acústico de formación, contaba con una valiosa experiencia adicional para su análisis. «Puede que no sepa lo que estoy viendo», me dijo Murello, «pero sé lo que estoy escuchando». El sonido que emitían los objetos «no era el zumbido habitual de un dron, ni siquiera comercial», explicó. «Tenía un golpeteo de rotor». Para Murello, ese detalle era importante. Los drones de mapeo, tanto para aficionados como comerciales, utilizan pequeñas hélices que giran a gran velocidad, produciendo un zumbido fino y continuo. El golpeteo de rotor, en cambio, es un golpeteo rítmico y más fuerte causado por grandes hélices que desplazan el aire, más característico de un helicóptero que de la electrónica de consumo. Esta distinción dio credibilidad a muchos de los informes que llegaban a su oficina, incluido el de un residente que afirmó que un dron sobrevoló su camioneta y parecía tener «aproximadamente el tamaño de la cabina: seis pies de diámetro».
Bill Chegwidden, entonces alcalde de la cercana Wharton, se encontraba en Washington, D.C., durante el apogeo de los avistamientos. Estaba en el Capitolio, asistiendo a reuniones en nombre de Picatinny Charge, una organización local que defiende los intereses del Arsenal Picatinny, el principal centro de investigación de armamento del Ejército en la región. Esperaba que alguien allí pudiera tener respuestas sobre los misteriosos drones, pero sus averiguaciones fueron infructuosas. «Uno pensaría que alguien sabría lo que estaba pasando», me dijo. No lo sabían, o no querían decirlo. Regresó a casa sin más información que la que tenían sus electores.
Sin embargo, esas garantías no resolvieron la preocupación subyacente de los alcaldes. Si bien buscaban evitar exacerbar la situación, también querían generar una mayor sensación de urgencia y una señal más visible de que alguien en un nivel superior del gobierno —¿la Administración Federal de Aviación? ¿El Departamento de Seguridad Nacional? ¿El Departamento de Defensa?— estaba dispuesto a asumir la responsabilidad del problema. Las garantías sin explicación son un recurso devaluado: tienen un breve impacto y luego se desvanecen.
A medida que los informes continuaban a principios de diciembre, Herd redactó una carta dirigida al gobernador de Nueva Jersey, Phil Murphy, y la distribuyó entre sus homólogos del condado de Morris. El documento era conciso y prudente. No especulaba sobre el origen ni la intención de la misteriosa aeronave. En cambio, se centraba en el dilema práctico al que se enfrentaban los funcionarios locales. En cuestión de días, 21 alcaldes se habían sumado. «Nuestros esfuerzos por abordar estas preocupaciones se han visto obstaculizados por la falta de información disponible», escribieron los alcaldes. «Esta situación es insostenible».
Que tantos funcionarios locales estuvieran dispuestos a firmar un solo documento no reflejaba una teoría compartida, sino una limitación común. Ninguno podía decirles a sus electores quién era el responsable de determinar qué sucedía en el ámbito público, ni cuándo podrían obtener una respuesta. Se trataba de funcionarios de diferentes municipios, con distintas afiliaciones políticas y diferentes relaciones con la legislatura estatal, todos unidos por las circunstancias. Cada uno se había visto obligado a gestionar la preocupación pública sin acceso a la información que les permitiera hacerlo con credibilidad.
La carta, enviada el 8 de diciembre y difundida posteriormente en redes sociales, dio mayor relevancia a la queja de los alcaldes. Los medios locales comenzaron a contactarlos para obtener declaraciones. Periodistas regionales hicieron lo propio. Lo que había sido una serie de intercambios privados entre funcionarios municipales se convirtió en un hecho público: un reconocimiento colectivo de que los gobiernos locales desconocían quién era el responsable de explicar la actividad en el espacio aéreo local.
“Son muy bajas, pasan por encima de las casas y siguen un patrón de cuadrícula.”
Los funcionarios estatales respondieron tomando medidas para contener la incertidumbre. Se programaron sesiones informativas y se establecieron líneas telefónicas para recibir denuncias. En un comunicado conjunto emitido el 12 de diciembre, el FBI y el Departamento de Seguridad Nacional declararon que muchos de los drones reportados parecían ser aeronaves tripuladas que operaban legalmente, y que no se habían reportado ni confirmado avistamientos de drones en ningún espacio aéreo restringido. Aun así, se impusieron restricciones temporales al vuelo de drones sobre ciertas zonas sensibles. El mecanismo de gobierno había comenzado a funcionar.
En respuesta a la carta, la oficina del gobernador indicó que se convocaría una reunión a puerta cerrada para aclarar la situación. No habría presencia de la prensa. Según se les comunicó a los alcaldes, el objetivo era compartir información que no podía divulgarse públicamente. Todo sucedió muy rápido. La carta de los alcaldes se hizo pública un lunes; para el miércoles, ya estaban reunidos. Y su número había aumentado. «En 48 horas», me dijo Herd, «vas a organizar una reunión y vas a tener a más de ciento ochenta alcaldes presentes. Eso no tiene precedentes».
La reunión se celebró en el centro de operaciones de emergencia del estado en Ewing Township. A pesar del poco tiempo de aviso, la sala estaba llena. Herd recordó que asistieron aproximadamente 185 alcaldes, junto con altos representantes de la Policía Estatal de Nueva Jersey, el FBI, el Departamento de Seguridad Nacional y el Departamento de Defensa. La sesión informativa fue inaugurada por el coronel Patrick Callahan, entonces superintendente de la Policía Estatal de Nueva Jersey, quien comenzó explicando que el gobernador no estaría presente. Le siguieron otros oradores de lo que Herd describió como «todas las organizaciones con siglas presentes». Para los funcionarios municipales que habían estado atendiendo llamadas sin orientación durante semanas, el entorno reforzó la idea de que lo que no se podía decir en televisión al menos se podría explicar en privado; que la autoridad, una vez reunida, hablaría con claridad.
Herd llegó esperando claridad. «Nos dijeron que esta era la reunión donde se compartiría información», comentó. En cambio, lo que quedó claro fue el límite de esa promesa. Callahan y otros reconocieron que desconocían la naturaleza de los objetos, aunque insistieron en que no representaban ninguna amenaza.
“¿Cómo saben que no son un peligro si no saben qué son?”, recordó Herd haber preguntado. “¿Cómo pueden evaluar un perfil de amenaza sin saber qué son esos objetos? No decían nada concreto”. El ambiente era tenso. El líder del estado no estaba presente. Daba la sensación de que nadie tenía el control.
En un momento de la reunión informativa, Herd se levantó e interrumpió. «Disculpen. Soy el alcalde Herd. Tengo una pregunta», recordó. Preguntó si los funcionarios se habían puesto en contacto con las principales empresas tecnológicas. «¿Están diciendo que se han puesto en contacto con Google? ¿Y con Amazon? ¿Y pueden confirmar que no tiene nada que ver con ellos?». La respuesta, según él, fue afirmativa.
A continuación, recordó, preguntó si los funcionarios habían confirmado con el Departamento de Defensa, el Arsenal Picatinny y la estación de armas navales del condado de Monmouth que los vuelos no estaban relacionados con ninguna operación autorizada. Dijo que la respuesta, una vez más, fue afirmativa. «Entonces, lo que me están diciendo», respondió Herd, «es que tienen confirmación de que hay cosas volando sobre nosotros, y las personas más inteligentes del mundo nos dicen que no tienen ni idea de qué se trata».
Según Herd, no esperó respuesta. «Me di la vuelta y salí de la habitación». Fuera del edificio, se encontró con lo que describió como «todas las carpas de prensa imaginables». Los periodistas se habían congregado mientras los alcaldes se reunían dentro. Herd no se detuvo a pensar. «Pasé por todas y cada una de las carpas de prensa», dijo. «Todas y cada una».
En numerosas entrevistas, Herd afirmó haber recalcado dos puntos: que el gobernador no había asistido a la reunión y que los funcionarios presentes no habían ofrecido ninguna explicación más allá de palabras tranquilizadoras. «No saben absolutamente nada», recordó haber dicho. «Y nos dicen que no hay nada de qué preocuparse».
En los días siguientes, las declaraciones públicas de las agencias federales adoptaron un tono diferente. El FBI y el DHS determinaron que muchos de los informes recientes de los residentes eran identificaciones erróneas: personas que, influenciadas por los rumores generalizados de avistamientos extraños, habían llegado a creer que cualquier objeto en el cielo, incluso aviones y helicópteros, era un posible FANI (fenómeno aéreo no identificado). Los portavoces del Pentágono afirmaron que las instalaciones militares no habían estado amenazadas. Las restricciones temporales a los vuelos de drones se presentaron como una medida de precaución. El lenguaje utilizado fue tranquilizador, incluso desdeñoso.
En respuesta a mis preguntas, un portavoz del gobernador Murphy emitió un comunicado escrito el 23 de diciembre de 2025, en el que calificaba los avistamientos de drones como «una llamada de atención para nuestra región y nación, que pone de manifiesto graves deficiencias en la seguridad pública y la protección de nuestro espacio aéreo». El comunicado reconocía la gravedad del incidente, pero no especificaba su causa.
Cuando se le preguntó directamente si el estado de Nueva Jersey había recibido alguna vez una explicación definitiva de las autoridades federales, la oficina del gobernador ofreció una respuesta más limitada. «Nada definitivo, aparte de las declaraciones públicas hechas por funcionarios de las administraciones de Biden y Trump», respondió el portavoz por mensaje de texto varias horas después.
Antes de poder evaluar con justicia la respuesta institucional, es necesario compararla con las limitaciones de la vigilancia del espacio aéreo nacional. En un corredor aéreo tan congestionado como el del norte de Nueva Jersey, las aeronaves no tripuladas pequeñas son difíciles de distinguir. Los sensores utilizados para detectarlas (radar, monitores de radiofrecuencia, cámaras) tienen puntos ciegos, y la recopilación de la información que captan en conjunto requiere tiempo. En un espacio aéreo complejo, pasar de una señal en pantalla a una respuesta certera sobre qué objeto es y quién lo controla puede llevar más tiempo del que el objeto permanece visible.
Craig Robertson, un mayor retirado del Ejército que trabajó durante años en el Pentágono, me comenta que a Estados Unidos no le faltan herramientas de detección, sino coherencia. Robertson sirvió en el Grupo de Guerra Asimétrica, una unidad ya desaparecida que se integraba con las fuerzas del Ejército para resolver problemas tácticos no convencionales: artefactos explosivos improvisados, drones y amenazas emergentes que no encajaban en la doctrina existente. Con el tiempo, se especializó en la evaluación de sistemas de contramedidas contra aeronaves no tripuladas, es decir, en la identificación y el combate de las pequeñas aeronaves no tripuladas que comenzaron a proliferar en los campos de batalla de Irak y Afganistán durante las dos décadas de despliegue estadounidense en esos países.
“El problema con los UAS es que vuelan bajo, son lentos y pequeños”, dice Robertson. “Son muy difíciles de detectar, porque cuando ajustas el radar para detectarlos, empiezas a detectar pájaros volando. Detectas basura. El radar lo ve todo”.
Las limitaciones de los sistemas de detección del Departamento de Defensa se hacen más evidentes de noche. Cuando el cielo se oscurece, la profundidad desaparece. Una luz que se desplaza por él parece intencionada, aunque no lo sea. Robertson ya lo había visto antes. Durante sus despliegues en el extranjero, observó cómo los soldados confundían el tráfico aéreo ordinario con actividad hostil. «De noche, simplemente ves algo que se mueve», dice. «Podría ser un satélite. Podría ser una estrella. La realidad es que nadie sabía qué era lo que estaba viendo».
Robertson, residente del condado de Morris, no descarta por completo el fenómeno de los FANI (fenómenos aéreos no identificados) en Nueva Jersey. Se cuida de distinguir entre probabilidad estadística y certeza absoluta. «Nunca diré que no hubo drones», me comenta. Pero la gran mayoría, afirma, probablemente fueron identificaciones erróneas. Esta concesión también deja espacio para lo que él mismo ha presenciado. Durante su despliegue en Irak, Robertson cuenta que le mostraron un video clasificado al más alto nivel. «No tenían ni idea de qué era», dice. «Lo miré y dije: ‘Yo tampoco sé qué es’. No era nada que estuviera dentro de nuestra base tecnológica. No tenía ningún sentido». Para él, la lección no fue que los cielos estuvieran llenos de misterios, sino que incluso un solo caso sin resolver puede perderse entre una avalancha de aeronaves mal identificadas y avistamientos erróneos.
“Ahora mismo, nadie sabe realmente cuáles son los procedimientos adecuados.”
En diciembre de 2024, a medida que se intensificaban los avistamientos, Robertson se puso en contacto con la policía estatal y el FBI en su calidad de especialista en contramedidas contra sistemas aéreos no tripulados (UAS) que trabajaba en la industria de defensa. Se ofreció a traer expertos de la industria y a aprovechar su experiencia en la identificación y evaluación de la actividad de drones. Se reunió directamente con el coronel Callahan de la Policía Estatal de Nueva Jersey y con Nelson Delgado, agente especial interino a cargo de la Oficina de Campo del FBI en Newark, afirmando que podía ayudar a garantizar que contaran con los recursos técnicos y la comunicación pública necesarios. Recuerda que las conversaciones fueron inicialmente receptivas. Luego, dice, se enfriaron. «Cada vez que intentaba profundizar, la conversación se enfriaba», me cuenta. «Como si dijeran: ‘Oye, estamos tratando de entender esto’. Y luego nada». Atribuye esa reacción a una postura institucional más amplia. «Cualquier cosa que hagan los militares», dice, «no tienen la obligación de dar explicaciones a los civiles. No es asunto del público». Esa actitud, habitual en entornos clasificados, se vuelve corrosiva cuando se aplica al espacio aéreo nacional, donde la confianza pública depende, como mínimo, de saber quién es el responsable de responder a las preguntas.
Lo que los funcionarios locales de Nueva Jersey encontraron en la práctica no era nuevo. Ya había surgido de manera más formal en Washington, D.C. Mucho antes de que los alcaldes comenzaran a recibir llamadas sobre objetos que volaban a baja altura, el Congreso había comenzado a actuar bajo la premisa de que no había sido informado completamente sobre los programas destinados a controlar la actividad anómala en el espacio aéreo estadounidense. El Wall Street Journal informó que durante 17 días a finales de 2023, drones no identificados sobrevolaron la Base de la Fuerza Aérea Langley —hogar de varias docenas de F-22 Raptor, el principal caza de superioridad aérea de la Fuerza Aérea— interrumpiendo misiones de entrenamiento y obligando a modificar las operaciones, incluso cuando las autoridades aún no podían explicar quién los pilotaba ni por qué. La preocupación en el Congreso no era qué eran los objetos, sino si las instituciones responsables de su seguimiento estaban informando honestamente a las autoridades de supervisión civil.
En julio de 2023, esta cuestión salió a la luz pública durante una declaración jurada ante el Comité de Supervisión y Reforma Gubernamental de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. David Grusch, un ex oficial de inteligencia de la Fuerza Aérea que había estado asignado a la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial y a la Oficina Nacional de Reconocimiento —ambas agencias del Departamento de Defensa responsables de las imágenes satelitales y la vigilancia espacial— testificó bajo juramento que ciertos programas altamente restringidos del Pentágono relacionados con fenómenos aéreos no identificados no se habían divulgado completamente al Congreso, como lo exige la ley.
Para cuando testificó, el Congreso ya había tomado medidas que indicaban que consideraba el asunto grave. La Ley de Autorización de Defensa Nacional de 2023 (NDAA) amplió la protección a los denunciantes para el personal de inteligencia, creando un procedimiento formal para que el personal militar o gubernamental informara sobre fenómenos aéreos no identificados a los inspectores generales y al Congreso sin riesgo de represalias profesionales. Estas protecciones legales fueron el mecanismo que permitió a Grusch presentar su denuncia y comparecer posteriormente en sesión pública.
Tras la declaración pública de Grusch en julio de 2023, el Congreso intentó ir más allá. El Senado incluyó la Ley Schumer-Rounds de Divulgación de Fenómenos Anómalos No Identificados en la Ley de Autorización de Defensa Nacional de 2024, una propuesta integral que habría exigido a las agencias gubernamentales inventariar, revisar y divulgar los registros relacionados con los FANI a los organismos de supervisión del Congreso correspondientes, con mecanismos de cumplimiento vinculados a la financiación y el cumplimiento. Sin embargo, en su versión final, la legislación fue sustancialmente modificada por los republicanos de la Cámara de Representantes durante las negociaciones. Se debilitaron los requisitos de divulgación y se eliminaron las disposiciones de cumplimiento. El resultado: las obligaciones de supervisión se mantuvieron vigentes, pero las consecuencias financieras y legales por incumplimiento quedaron sin resolver.
Grusch no era un caso aislado. Fue una de las diez personas que han testificado públicamente ante el Congreso sobre el fenómeno de los FANI desde 2023, entre ellas altos funcionarios del Pentágono, aviadores de la Armada, oficiales de inteligencia, reguladores de aviación, científicos y periodistas. En dieciséis comparecencias, sus testimonios no coincidieron en una única explicación para los FANI en general, sino en una conclusión más preocupante: que el gobierno estadounidense carece de un sistema transparente para contabilizar la actividad anómala en su propio espacio aéreo.
El espacio aéreo nacional se encuentra en la intersección de múltiples autoridades. La Administración Federal de Aviación (FAA) regula la seguridad de los vuelos civiles. El Departamento de Seguridad Nacional tiene autoridad limitada contra los sistemas aéreos no tripulados (UAS) en circunstancias específicas. El Buró Federal de Investigaciones (FBI) investiga posibles actividades delictivas. El Departamento de Defensa posee las capacidades de detección más sofisticadas, pero opera bajo estrictas restricciones legales cuando la actividad se produce sobre territorio estadounidense. Cada agencia puede describir su función con precisión. Ninguna puede atribuirse la responsabilidad cuando esas funciones no convergen. Como demostraron los sucesos de Nueva Jersey, no se trataba de que nadie en el gobierno estuviera prestando atención, sino de que todos prestaban atención a una parte del problema, y nadie era responsable del todo.
Esta fragmentación es producto de décadas de legislación diseñada para prevenir abusos: garantizar que el poder militar no se ejerza indiscriminadamente en territorio nacional, que la vigilancia no se inmiscuya en la vida cotidiana y que el espacio aéreo civil siga siendo civil. Estas salvaguardias son importantes, pero sin coordinación, generan un riesgo diferente: un sistema capaz de detectar anomalías, ofrecer garantías, pero incapaz de determinar quién es responsable cuando dichas garantías fallan.
Este problema no se limita a la oleada de avistamientos de drones en Nueva Jersey. El patrón se ha repetido en torno a los avistamientos de FANI (fenómenos aéreos no identificados) sobre bases militares, aeropuertos y barrios civiles en Estados Unidos y Europa: investigaciones en curso, sin amenaza conocida, jurisdicción compleja.
En febrero de 2024, durante una reunión presupuestaria rutinaria de la Agencia de Gestión de Emergencias de Pensilvania (PEMA) y los legisladores estatales, se le preguntó al director de PEMA, David “Randy” Padfield, sobre el papel de la agencia en la protección de la seguridad de las centrales nucleares del estado, ante el creciente número de avistamientos de drones, aeronaves no tripuladas y otros fenómenos aéreos no identificados. En concreto, el representante estatal Ben Waxman preguntó: “¿Cuál es el papel de PEMA en el fomento de la notificación y el seguimiento de estos objetos desconocidos y posibles amenazas?”.
La respuesta de Padfield fue un resumen muy cordial y exhaustivo de la insuficiencia gubernamental. Confirmó informes previos sobre FANI que se transmitieron a PEMA a través de llamadas al 911 del condado. Confirmó que se compartió información relevante con las fuerzas del orden estatales y locales. Afirmó que el seguimiento de drones a nivel nacional está «realmente bajo la jurisdicción de la FAA», aunque reconoció que los drones «utilizados con fines maliciosos» probablemente no tendrían las identificaciones remotas requeridas por el gobierno y, por lo tanto, no serían rastreables por la FAA. Admitió que, en lo que respecta a la lucha contra los UAS, ese era un tema completamente diferente a nivel federal.
Sin embargo, aseguró a los legisladores reunidos que la mayoría de los avistamientos reportados eran en realidad casos de personas que veían alineaciones de estrellas o actividad sobre bases militares; avistamientos que eran infundados o atribuibles a algún otro mecanismo.
El representante estatal Jordan Harris intervino: «Usted dijo «la mayoría». ¿Y qué hay de los que no lo son?».
Esa fue una pregunta más difícil de responder para Padfield. «Algunas de ellas no están definidas», comenzó. «Son difíciles de entender porque no tenemos… investigamos todo, pero a menos que haya fotografías… Tomamos todos los informes y los compartimos con las agencias correspondientes para que puedan investigar».
En Pensilvania, como en Nueva Jersey, y en todo el país, los cielos han permanecido despejados. Y lo que sea que se mueva por encima de ellos lo hace sin que nadie esté dispuesto a dar explicaciones.