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Ciencia ficción y profecía

Sin truco alguno

CIENCIA FICCION Y PROFECIA[1]

 

Por Mauricio-José Schwarz

Lo que es en verdad asombroso y frustrante es el hábito humano de rehusarse a ver lo obvio e inevitable hasta que llega.

Isaac Asimov

El clímax de todo fue acaso la llegada del hombre a la Luna. Miles de personas, la mayoría de las cuales jamás habían leído ciencia ficción, se lanzaron a la necropsia de los textos de Verne, maravillados ante los aparentes poderes de predicción del genial francés. Desde entonces existe una notable tendencia a imaginar al escritor de ciencia ficción con una bola de cristal a un lado de la máquina de escribir. Y sin embargo, esta concepción es del todo falsa. Omite, principalmente, el nombre de esta categoría artística: ciencia ficción. Es decir, el ejercicio de la imaginación de acuerdo a los conocimientos y el método científicos, sin espejos, sin trucos y sin pactos con el diablo ni tarot.

LAS PREDICCIONES CUMPLIDAS

La mayoría de las veces que un autor de cf ha escrito algo que más o menos se hizo realidad después, se debe a una de dos razones: o bien las tendencias del conocimiento hacían evidente que tal cosa iba a ocurrir, o bien el azar llevó a que, de cien futuros imaginados, uno se pareciera al real.

En el primer caso tenemos a Verne, quien por cierto se enfurecía cuando le mencionaban a H. G. Wells y gritaba: «Â¡EI inventa, yo no!» Se refería a que todas sus cosas de «romance científico» estaban firmemente ancladas en la realidad y en la asesoría de destacados científicos. Verne «adivinó» la velocidad de escape de la atmósfera terrestre, el estado de microgravedad y el lugar desde el cual debía lanzarse una nave espacial mediante el sencillo expediente de preguntarle los datos a los físicos de su época. Lo que pasó es que nadie antes había usado esos datos para crear literatura. Y ya desde entonces existía la errónea idea de que la ciencia es fría e inhumana, algo falso pues, como apunta Reginald Bretnor, antologista y escritor «(al menos hasta donde sabemos) sólo los humanos la usan».

Pero H. G. Wells predijo el tanque, a sabiendas de que el poder de los nuevos explosivos como la dinamita de Nobel exigiría gran protección. Y predijo la guerra aérea, luego de que los Wright volaron; habiendo aviones, era conclusión lógica usarlos en la guerra. Y también previó la bomba atómica, luego de que se empezaron a popularizar las teorías de Einstein sobre la energía contenida en la masa de un objeto. No era mago. Igualmente, Verne «inventó» su submarino mucho después de que, en la guerra de independencia estadunidense, se usó el primer prototipo burdo.

Satélites, guerras, manipulación genética, órganos artificiales, desastres ecológicos, una multitud de acontecimientos han sido descritos por la cf. Pero en ellos no hay magia y, ante todo, no existe la intención de describir el futuro «cómo será». En una de sus muchísimas frases afortunadas, Ray Bradbury, el poeta de la cf que nada sabe de ciencia, dijo: «Yo no puedo predecir el futuro, pretendo prevenirlo». O, en palabras del gran escritor Ben Bova (quien previó los satélites de la actual «guerra de las galaxias» reaganiana en su clásica novela Milenio): «Porque no hay simplemente un futuro, un tiempo que está preordenado y es inexorable. Nuestro futuro es construido, trozo a trozo, minuto a minuto, por las acciones de los seres humanos. Una función vital de la ciencia ficción es mostrar qué tipos de futuro podrían resultar de ciertas acciones humanas».

LO QUE NUNCA FUE

En muchas ocasiones, los escritores de cf pintan un mundo aterrador, como Mil novecientos ochenta y cuatro de Orwell o Un mundo feliz de A. Huxley. Obviamente, estos autores están exagerando lo peor para cumplir con el postulado de Bradbury: evitar que eso ocurra. La conciencia que despiertan muchas obras de cf es un instrumento más para que el futuro sea mejor.

Pero, sea por Zeus, los científicos y los escritores de cf son seres humanos. Verne, por ejemplo, omitió que el disparo de su enorme cañón en la Florida haría papilla a los ocupantes, aplastándolos contra el piso de su bala. De hecho, hasta las misiones Apolo, sólo hombres de constitución física extraordinaria podían, luego de extenuantes entrenamientos, soportar las aceleraciones a que se veían sometidos. Igualmente, muchos futuros planteados se excluyen mutuamente. Por ejemplo, los relatos de cf futurista (no toda la cf se refiere al porvenir, ojo) se pueden dividir en dos categorías: donde hubo guerra nuclear y donde no la hubo. La mitad de esas obras están, por tanto, equivocadas.

De hecho, la gran mayoría de las obras han estado «equivocadas», es decir, han tallado en sus predicciones, cosa que el público en general no parece tomar en cuenta. Aquí es donde interviene el azar. Mientras más y más escritores escriben más y más cuentos y novelas, aumenta la probabilidad (con perdón de Mummón) de que alguno acierte en mayor o menor medida.

Pero, como comentara Frank Herbert, el autor de la tetralogía de Duna (no Dunas, por favor): «Al igual que el resto de mis colegas, no tengo el libro de respuestas».

Es más, lectora, lector, si alguien llega y afirma que tiene el libro de las soluciones a los problemas de este mundo, llame rápido a la policía, al manicomio o vote por otro tipo.

Los propios autores de cf muchas veces no creen en la posibilidad o viabilidad de sus creaciones: Asimov admite que ni siquiera en teoría son viables el control de la gravedad o el viaje en el tiempo (salvo, según el crítico Damon Knight, el viaje que estamos haciendo lentamente hacia el futuro todos nosotros, segundo a segundo). Y bastante improbable es también que se establezcan imperios galácticos, se viaje a velocidades superiores a la de la luz, se logre la teleportación de la materia y mil ideas más que desbordan las obras de cf.

LA FUNCION DE LA CF

¿Para qué sirven entonces esos entornos, esas ideas que conforman eso que llamamos cf? La gente quiere respuestas. «¿Por qué el universo no puede ser más parecido a mí?», ironiza Herbert. La cf trata principalmente de seres humanos, sus problemas, sus deseos, sus pasiones, su potencial de construcción y destrucción. Si se nos permite un símil ya bastante usado, es el microscopio que nos pone en perspectiva en el universo, el tiempo y la historia. Y si para explorar la ambición lo podemos hacer mejor con un imperio galáctico, hay que inventar uno que sea verosímil, lo que no significa que sea probable, deseable ni realizable. Sólo debe ser coherente dentro del relato.

La cf seguirá sin embargo prediciendo ciertos acontecimientos o descubrimientos con exactitud que asombra a quienes no tienen afición por esta literatura. Después de todo, la futurología es una ciencia que la cf creó, aunque ahora los libros de Toffler y otros futurólogos sean material de referencia indispensable para muchos escritores del género.

Literatura, poesía, realidad irreal, postulados sociales e incluso políticos sin el aburrimiento del ensayo. De eso trata -en parte- la cf. Para muchos será una decepción saber que en los libros de cf no está explicado cómo vivirán sus hijos. Sólo hay algunas de las muchas opciones que tenemos para alcanzar el sueño de un mundo mejor.

Nuevamente, la responsabilidad está en cada uno de nosotros. Ni videntes ni magos ni astrólogos ni siquiera los auténticos científicos, pueden decirnos los resultados del hipódromo de la semana próxima.

Pero, después de todo, ¿no es gracias a esa incertidumbre, que es a la vez promesa, que vale la pena vivir?


[1] Publicado originalmente en Revista de Revistas, No. 3971, México, 7 de marzo de 1986. Págs. 50-51.

Bertrand Russell, un pacifista muy especial

BERTRAND RUSSELL, UN PACIFISTA MUY ESPECIAL[1]

Por Mauricio-José Schwarz

Bertrand RussellMuchas cosas hacen singular la personalidad de Bertrand Russell, como lógico y matemático, estudioso de la semántica, escéptico, educador, moralista e incluso político (pocos nobles como él lo era, por derecho propio, miembros de la cámara de los lores, se han postulado candidatos a la cámara de los comunes… y han ganado). Pero quizá la imagen que nos llama más la atención de este genial filósofo es, ya de edad, sentado en la calle, protestando contra la guerra. Un conde de Russell y vizconde de Amberley encarcelado por oponerse a la guerra.

CUANDO LA PAZ ERA OTRA COSA

En realidad, en el pasado la guerra no era sino una calamidad más de las muchas que se ensañaban sobre los habitantes de un planeta un tanto ingenuo. Cierto, en ella la gente moría, y los amos podían cambiar por otros más perversos. Pero en términos generales se le podía considerar simple condimento de la vida.

La paz, por su parte, significaba la cesación de las hostilidades o, más exactamente, el periodo transcurrido entre dos guerras. No se pensaba, hasta este siglo, en la guerra como algo evitable. Es más, la guerra era el método de lograr la paz con el vecino, ya en Mesoamérica o en Persia. Los incas pacificaron su dominio por medio de la guerra, como los romanos, cuya paz romana nunca alcanzó gran popularidad. Y en ese tenor se advertía: Si vis pacem, para bellum (si deseas la paz, prepara la guerra) y se desgranaban frases interesantes, que llenan libros enteros, sobre los ires y venires de la guerra.

Pero nuestro siglo vio con horror cómo la guerra empezaba a desbordar a los guerreros. El estallido tecnológico despojó para siempre a la guerra del falso manto de atractivo con que generales y gobernantes trataron de cubrir sus horrores. Bombas, ametralladoras, aviones que traen la muerte del cielo, fueron la herencia de la Primera Guerra Mundial. De ahí que alguien acuñara entonces la consigna de que esta confrontación era «la guerra para acabar con todas las guerras».

Pero simultáneamente empezaron a aparecer quienes, como los niños del cuento del nuevo traje del emperador, vieron a la guerra y gritaron que era aterradora, que no había valkirias subiendo a los guerreros al Valhala, ni bellos adjetivos para la muerte.

Uno de ellos fue Bertrand Russell. Durante la Primera Guerra, dice: «Habría sido objetor de conciencia, si no hubiera estado por encima de la edad fijada para el reclutamiento». Vale recordar que en 1914 Russell ya tenía 42 años y uno antes había publicado su obra cumbre en las matemáticas: Principia mathematica. Russell criticó acremente la entrada de Inglaterra en el conflicto y los años le dieron la razón. El militarismo, lejos de marchitarse, floreció en Europa; la democracia no avanzó. Criticó también los tratados de Versalles, advirtiendo que el castigo rígido no controlaría a Alemania, sino haría surgir el deseo de venganza. Por su activismo sufrió persecución y, en 1918, cárcel.

LA GUERRA JUSTIFICADA

Por desgracia para el mundo, la clara visión de Russell no falló y pronto vino otra confrontación, que entrañaba el peligro más grave conocido por la humanidad: el nazismo. «Nunca he sido un pacifista absoluto, ni he sido absoluto en ningún otro rubro…» afirmaba. Llegado el terror nazi, Russell apoyó sin reserva a los aliados y el esfuerzo inglés. Igualmente, años después, apoyaría la justa guerra de defensa vietnamita mientras criticaba la agresión primero francesa y luego estadunidense.

Sus opiniones, su entrega absoluta a la razón y su liberalismo, llamaron la atención de los inquietos jóvenes de los años sesenta. ¿Quién era ese sujeto inglés, de eterna pipa, que hablaba un lenguaje comprensible? No parecía real, su filosofía se refería a problemas inmediatos, había mediado entre Kruschev y Kennedy durante la crisis de los misiles en Cuba y, además había tenido el descaro de formar, en 1966, un Tribunal Internacional para juzgar al gobierno estadunidense por crímenes de guerra en Vietnam. Estaba con los jóvenes en 1968, a los 96 años de edad. Un hombre criado en la más pura tradición victoriana se ganó el apoyo juvenil.

Pero todas sus luchas palidecían ante su preocupación por la guerra final. La guerra que no traería justicia, ni sentaría las bases de un mundo nuevo. La guerra de la destrucción.

«LUCHO CONTRA LA GUERRA NUCLEAR»¦»

 

«La humanidad se enfrenta con una alternativa que no ha surgido nunca, antes de ahora, en la historia: o se renuncia a la guerra o se va al aniquilamiento de la raza humana», establecía Russell en un discurso, leído en ausencia en el Congreso Mundial de la Paz de Helsinki. En efecto, el estallido de la bomba atómica en Hiroshima provocó por primera vez el surgimiento de verdaderos pacifistas. No sólo personas que se oponían a las desagradables consecuencias de las guerras, sino que percibían que de desatarse una tercera guerra mundial, ya no habría otra. No era cuestión, no es cuestión ya, de mera ética, de estética o de ideología, sino de simple y llana supervivencia. Russell fue el líder entre ellos y su pacifismo, así, se mostró radicalmente distinto al de Gandhi, y en general al de todos sus predecesores.

Curiosamente, dada la mentalidad usualmente torcida que nos rige, Russell basaba todas sus esperanzas en los valores esenciales del hombre. «El futuro del hombre está en juego, y si llega a ser suficiente el número de los que se den cuenta, ese futuro estará asegurado. Quienes hayan de sacar al mundo de sus dificultades necesitarán coraje, esperanza y amor. ¿Lograrán prevalecer? No lo sé. Pero más allá de toda razón, estoy firme y plenamente convencido de que lo lograrán», afirma en 1957.

Y pasa la estafeta: «Yo desearía morir en pleno trabajo, sabiendo que otros continuarán lo que yo ya no puedo hacer, y contento al pensar que se hizo lo que fue posible hacer», dice en su ensayo «Cómo envejecer».

A los 98 años, el 2 de febrero de 1970, Russell murió en pleno trabajo. Hizo más que la mayoría de la gente, pero dejó un mundo aún en peligro.

Eso… y la esperanza.


[1] Publicado originalmente en Revista de Revistas No. 3944, México, 30 de agosto de 1985. Pág. 25.

Amante

AMANTE[1]

Por Mauricio-José Shwarz

La mujer sentada sobre la piedra ajena del planeta ajeno soñaba sueños que nadie antes había soñado, que nadie se había atrevido a soñar. Su cabeza se balanceaba lentamente sobre su cuello al ritmo de cantos que nadie jamás se había atrevido a cantar. Sus manos como dos blancos peces muertos sobre sus piernas se crispaban repentinamente y luego volvían a su muerte original. La tela suave de su blusa se pegaba a su cuerpo empapado en sudor.

Un grito. Un grito jamás escuchado la volvió a la realidad, sus uñas enterrándose inmisericordemente en sus muslos, el sudor fluyendo por sus poros, cada pequeño músculo en tensión y una sensación de absoluto vacío en el estómago.

Quizá no había sido nada, pero sus tímpanos aún vibraban después de tan inhumano grito. Hasta la tierra del lugar parecía estar consciente de su presencia allí, donde jamás había estado un ser humano. No. En realidad había habido quince, pero catorce de ellos estaban ahora enterrados junto a la chatarra que había sido la nave interestelar «Von Klaus».

La «Von Klaus» visitaba un sistema solar inexplorado. Había permanecido en cierto sector espacial durante más de un mes, sin nada especial que reportar, cuando apareció. Un planeta, inexistente, indetectado, apareció súbitamente en los instrumentos de la nave.

Los minutos que transcurrieron después de la aparición resultaron demoniacos. La incredulidad se pintó en los rostros de hombres y mujeres entrenados para vivir en un universo explicado por la ciencia. En tal universo, ciertos fenómenos no podían ocurrir.

Si lo que ocurría era imposible, entonces no estaba ocurriendo, rezaban los cánones.

En cada cerebro se formó una explicación plausible: alucinación colectiva, falla en los instrumentos, proyección holográfica.

Pero resultó ser, simplemente, un planeta. Un planeta que apareció de la nada.

La tripulación reaccionó, primero, con diversión inquieta, después con franco temor y, por último, con un pánico desatado que el propio comandante, quien durante más tiempo conservó la cabeza, fue incapaz de controlar, para terminar uniéndose ruidosamente al caos.

El origen del caos fue el informe de máquinas.

Todo el combustible había desaparecido. La «Von Klaus» empezó a caer hacia la alucinación-falla-proyección.

* * *

Una nave cayendo. Un plateado estilete con una cauda de fuego que crece conforme el gigantesco vehículo va adentrándose en una atmósfera cualquiera. Fricción que derrite y rompe las paredes, fuerzas enormes en contraposición luchando como dos colosos por reventar la frágil estructura que protege la vida de quince trozos de protoplasma pensante, sensible. Dentro de la nave, un silencio enloquecedor que debe llenarse golpeando, aullando en una atávica involución hacia los alaridos del protohombre en la llanura a la vista del leopardo. Un aquelarre prolongado por una eternidad de cinco, quizá seis minutos, dentro de una nave fabricada cuidadosamente por quinientos obreros, ejércitos de mineros, ingenieros, matemáticos, físicos, técnicos. Una nave, el trabajo de tantas manos, tantos cerebros, destruida para todo efecto práctico en menos de siete minutos. El pequeño fracaso dentro del gran fracaso.

Y un choque final, concluyente, rotundo. Tal vez demasiado suave, tal vez no demasiado destructivo. Sólo una masa de metal ardiente y catorce cadáveres en todas las posiciones y una mujer con los ojos nublados por el llanto y el corazón retorcido por el pánico, recorriendo una inerte nave buscando otro sobreviviente. Una mujer saliendo inconscientemente -¿siendo sacada?- hacia un planeta de atmósfera y demás características desconocidas. Cayendo a la tierra amarilla de un planeta sin nombre. La carrera desesperada hasta caer exhausta, sollozando, a veinte metros de la catástrofe y desmayándose mientras soñaba una voz que decía «Duerme, duerme. Lo peor ya ha pasado». Y la voz podría haber sido de su padre, o del comandante de la «Von Klaus», su amado.

* * *

La primera mañana comenzó, para ella, con el sorprendente descubrimiento de que estaba viva.

De algún modo se sentía ligera y calculó unas tres cuartas partes dé la gravedad terrestre para el lugar. La atmósfera no le producía ningún efecto notorio, pero apenas se detuvo a pensar en la altísima improbabilidad matemática de hallar un planeta habitable. Empezó a andar directo hacia los restos de la «Von Klaus» con una sola idea en la mente: su comandante.

Porque Gloria había sido la compañera de Ben durante años. Cuando se iniciaron las pruebas a los aspirantes a formar parte de la tripulación de la «Von Klaus», Ben y Gloria habían jurado ir los dos o quedarse ambos en la Tierra. Y Ben y Gloria habían estado haciendo el amor cuando el planeta apareció.

El casco de la nave estaba tibio aún, y Gloria subió por un agujero, quemándose una mano. En su interior todo era cuerpos y sangre, destrucción, olor a quemado. Recorrió los pasillos que habían representado seguridad en el espacio y en el hiperespacio, los camarotes donde los, miembros de la tripulación habían dormido y cantado y hecho el amor. Llegó al puente de mando y encontró los cadáveres de tres jóvenes ingenieros. Habían sido bien parecidos, pero ahora sólo se les podía reconocer por las placas de aluminio que colgaban de lo que habían sido sus cuellos. Gloria avanzó hacia el control de máquinas, sin saber si estaba aturdida, o enloquecida, volteando cuerpos sin ningún sentimiento de asco ni dolor, buscando tan solo una placa que dijera «Comandante» en algún cuello. Entró al cuarto de máquinas y lo supo al verlo.

Ben no estaba muy desfigurado. Una barra del inutilizado reactor había saltado atravesándolo y colgándolo en la pared. Gloria gritó y nuevamente salió de la nave sin intenciones de volver.

Después de caer al suelo, empezó a correr hacia un pequeño bosque que estaba muy cerca. Apenas pudo dudar si dicho bosque había estado allí esa mañana. Cayó antes de llegar al primer árbol y nuevamente quedó inconsciente.

Despertó como una hora después, con el recuerdo de Ben latiéndole en el cerebro y volvió la cabeza para ver el cadáver de la «Von Klaus». Un árbol le impedía verla del todo y, cuando empezó a moverse para lograr hacerlo, se dio cuenta.

La nave estaba a unos cincuenta metros. El bosque había estado a unos cien metros de la nave y ella había perdido el conocimiento a medio camino.

«¿Qué está pasando?», se interrogó Gloria. Estaba segura de que el bosque había avanzado durante su desmayo. Se puso de pie violentamente y vio, a la altura de sus ojos, una fruta, la única que colgaba del árbol, una especie de híbrido entre pera y manzana.

¿UN ARBOL CON UNA SOLA FRUTA?

Miró a su alrededor. Un típico bosque de pinos la circundaba. El único árbol frutal a la vista era el que estaba frente a ella. Su cerebro de bióloga empezó a hacerse preguntas, olvidando de pronto su anterior desgracia, tensándose al enfrentar nuevos enigmas. ¿Un frutal tropical en medio de un bosque de pinos? Imposible. ¿Un frutal con una sola fruta? Misma respuesta. Y entonces Gloria se percató de otro inquietante hecho: El silencio.

Todo bosque tiene animales. Animales para toda hora del día ruidos diferentes que cubren las veinticuatro horas (en la Tierra). Luego, Gloria miró el piso: ni una sola piña sobre la tierra. ¿Alguien ha oído de un pinar que no arroje sus semillas al suelo? Contuvo el aliento buscando un sonido. Un paisaje terrestre debía tener características terrestres también en su fauna.

Nada.

Desesperada, dispuesta a aceptar ya casi cualquier cosa, estiró una mano y tomó el fruto. Era suave y se veía jugoso. Lo mordió y recibió un néctar suave y el sabor más agradable que hubiese probado. En ese momento se dio cuenta de que llevaba casi veinticuatro horas sin probar bocado. Comió ávidamente, sin pensar en nada más. Cuando terminó, descubrió, sorprendida, que el fruto era del tamaño exacto para saciar su hambre y su sed. Un poco menos la hubiese dejado insatisfecha. Un poco más y no hubiese podido terminarlo. Miró a su alrededor.

Piñas.

De pronto la tierra se veía cubierta de piñas, como si una mano gigante hubiese sacudido los pinos silenciosamente y éstos hubiesen caído de igual manera mientras ella comía. Un ave empezó a cantar y Gloria huyó de nuevo hacia el yermo, alejándose del bosque hasta pasar junto a la «Von Klaus» y seguir su camino. Anochecía en el extraño planeta cuando Gloria se sentó a descansar, tratando de ordenar la extraña sucesión de hechos. En síntesis, se trataba de una colección de imposibilidades que debían tener una explicación. Pero, fuese cual fuese la explicación y la causa, olían a peligro.

Esa noche vino el grito que despertó a Gloria.

Y al mirar hacia el frente, tratando de ajustar sus ojos a la oscuridad, vio a un hombre caminando hacia ella. La incipiente luz del alba, que surgía a espaldas de Gloria, tocó la cara del hombre y ella lanzó un grito.

– ¡Ben! -en su cerebro empezaron a chocar las ideas. De pronto sintió frío-. ¡Pero estás muerto!

– Depende de la definición -dijo el hombre, con el mismo tono oscuro de voz que Ben usaba para ordenar-. Ben, el Ben que tú conociste, está muerto. Pero yo soy igual a él. Una copia genética exacta, el depositario de su memoria.

– ¿Quién es usted? ¿Qué quiere? -chilló Gloria- ¡No se acerque!

– Sólo quiero volver a ti, Gloria. Podremos pasar nuestra vida aquí y todo será como antes. Tú y yo.

– ¡Ben está muerto!

– ¿Qué más da? Ben y yo somos idénticos.

– ¡No! -el grito de Gloria fue seguido por una nueva huida. Las piernas le dolían a causa de las tensiones de los dos días anteriores, y la aparición empezó a correr tras ella, llamándola.

– ¡Gloria! ¡Escucha, no quiero mentirte! ¡Espera, no me acercaré más, lo juro!

Al escuchar esto, Gloria se volvió y miró al hombre, de pie. Ella se detuvo, manteniendo una buena distancia entre ellos. Lo estudió: los mismos rasgos, el oscuro cabello ensortijado, la mirada inescrutable, sí, pero faltaba la cicatriz que Ben había sufrido en una pelea en el Village. Mientras Gloria pensaba esto, la cicatriz empezó a tomar forma en la frente del hombre, hasta quedar tal y como ella la recordaba. Señaló la frente del hombre con un dedo tembloroso.

– No huyas más -dijo él-, es verdad que soy grande, pero hasta para mí es difícil controlar tantas variables a la vez.

– ¿Quién es?

-No lo sé. Sólo sé que soy, Gloria. Soy y, hasta que ustedes llegaron a esta zona del universo, el tiempo no tenía significado para mí, ni el espacio. La materia era un simple accidente en la infinitud del espacio. Andaba entre las estrellas, vagando, hasta que sentí una tremenda fuerza atraerme, llamarme. Percibí -vi- la nave, y entré en ella hace días.

– ¡Usted tiene la culpa de la muerte de mi gente! -era una afirmación, una pregunta y un reto.

– Escucha. Los miré a todos, aprendiendo, comprendiendo. Descubrí que, pese a los millones de años que he existido, era un niño en muchas cosas. Pero, de entre todas las experiencias que tuve, la más maravillosa fue cuando vi que los «hombres» y. las «mujeres» se introducían en una… un cama- rote, eso, y entonces se quitaban la ropa y»¦

– ¡Nos ha estado espiando! -gritó Gloria enfurecida.

– Espiar… espiar… -meditó brevemente la copia de Ben-, bien, creo que sí, lo siento, pero… cuando los vi, cuando los sentí, tuve el deseo inmediato de poder experimentarlo… una idea me vino a la mente, en realidad, yo era pura mente entonces, y me materialicé de pronto.

– ¿Usted es este planeta?

– Sí, Gloria, soy el planeta y los árboles y la fruta y el ave y el propio Ben que estás viendo.

– ¡Pero asesinó a todos!

– Bueno… sí, pero no a todos, Gloria, te salvé a ti, te hice un bosque, te di de comer porque te amo, Gloria, y quiero… hacer esto, el amor, eso, contigo, para siempre.

Gloria gritó desgarradamente, empezando a comprender la monstruosidad del asunto. El ser continuó.

– No llores, eso… es malo, ¿no? Yo… por eso soy igual que Ben. Es lo mismo, recuerdo todo lo que él… digamos, el brazalete de plata que te traje de la India cuando fui a meditar…

– Eso lo hizo Ben, no usted… ¡usted… es una… cosa!

-Bien, sí. ¿No te gusta Ben ya más?, -diciendo esto el ser empezó de pronto a transformarse, tomando el cuerpo del más hermoso Apolo que mujer alguna haya visto jamás-. Puedo ser un ideal físico con el cerebro de un genio… ¿me querrás así?

Gloria empezó a correr, incapaz de seguir viendo y escuchando a tan satánico ser. Gritó en su carrera y de pronto, de la arena amarilla el Apolo surgió nuevamente casi frente a ella. Se paró para no caer en sus brazos y, antes de dar la vuelta, sintió que dos manos la aprisionaban por los tobillos.

– ¿Qué deseas? Dime, Gloria. Yo puedo hacer palacios, jardines, música. Hasta puedo poner a tu servicio a un ejército de hombres. Claro… eso tomaría tiempo, yo… aún no tengo práctica…

Gloria pateó hasta librarse y empezó a correr de nuevo. El hombre la miró alejarse tristemente. Treinta metros más allá, Gloria resbaló y cayó. Dos manos frenéticas tomaron sus muslos, subiendo. En la arena apareció la cara sonriente del ser.

– Mi amor -dijo él.

Un grito.

En un planeta desconocido, ignorado, una hermosa mujer recorre las calles de las más bellas ciudades, camina por las veredas de los jardines más perfectos y se sienta en bancos que de inmediato se transforman en insaciables sementales de todas las formas y colores. Se recuesta en árboles y muros de los que salen brazos prontos a rodearla, se viste con ropas que aprietan su hermoso cuerpo y sólo su mirada perdida y sus carcajadas enloquecidas desentonan con tal paraíso.


[1] Publicado originalmente en Contactos Extraterrestres No. 41, México 19 de julio de 1978. Págs. 44-47 y 50.

A las pruebas…

Circuito impreso

 

A LAS PRUEBAS…[1]

Por Mauricio-José Schwarz

Los charlatanes de toda laya insisten en que todo tiempo pasado fue mejor y que los «arcanos» conocimientos de los hombres primitivos eran sin duda más avanzados que los actuales (dejo fuera de esta generalización a los astroarqueólogos, de quienes ya hablamos). Así pues, la astrología, la alquimia, la magia en todas sus formas, los conjuros y hechizos, los secretos de la Biblia y la cábala se suponen muy superiores a lo alcanzado en los laboratorios y en las mentes de genios como Einstein, Hawking, Reed, etcétera. Veamos pruebas, para ver si la tan maltratada ciencia es en efecto inferior al conocimiento arcano.

alquimista_peter_bruegelLa piedra filosofal fue sin duda una de las quimeras más perseguidas por los alquimistas. La tal piedra, que debía ser fabricada con una mezcla de semiciencia prequímica y conjuros mágicos y podía convertir los metales viles en oro. Ningún adorador de la alquimia, ni entonces ni ahora, ha logrado un microgramo de oro. La ciencia, sin embargo, con los conocimientos de la física atómica sistematizados y aplicados, ha logrado la trasmutación de los metales. Y si en los aceleradores de partículas no se han dedicado a convertir el plomo en oro, se debe sencillamente a que el procedimiento es incosteable. Cuesta más hacer un gramo de oro que el gramo de oro mismo.

La panacea universal, también conocida como el secreto de la vida eterna, se persiguió por similares métodos. Pero la prolongación de la vida sólo ha sido lograda por medio de la medicina científica (llamada «oficial» por charlatanes naturistas, homeópatas y demás). Igual, la resucitación de un muerto no se ha logrado nunca por conjuros ni invocaciones, sino gracias a procedimientos científicos, aparatos como los desfibriladores o sustancias como la adrenalina.

Telepatía es la comunicación entre mentes a distancia, algo que sonaba conveniente antes de Alejandro Graham Bell. No abundaremos en lo aburrido y confuso, que seria que todos conociéramos los pensamientos de todos, simplemente haremos notar que la radio y teléfono, hijos de la ciencia, han logrado hacer esta transmisión cotidiana, tanto que ningún «síquico» ha logrado pruebas incontrovertibles en laboratorio. Lo mismo se aplica a la telequinesis el movimiento de las cosas a control remoto, algo vilmente común para cualquier niño de clase media que tenga juguete controlado por radio.

Predicción o premonición es el conocer los acontecimientos antes de que sucedan. Ya Atistócrito hizo notar por aquí que quienes confeccionaron horóscopos o echaron las cartas para el 19 de septiembre han guardado avergonzado silencio. La ciencia, por su parte, sí puede predecir, por ejemplo, el resultado de un experimento, o las consecuencias de alguna acción (si azoto en el suelo una botella de nitroglicerina, estallará haciéndome papilla). Puede prever, como hizo Einstein, situaciones que posteriormente se comprueban (digamos los efectos de la gravedad sobre la luz o la bomba atómica). Si la ciencia no puede predecir si mañana se caerá un avión, al menos no lo pretende. Por otro lado, los «videntes» que no caen en el fácil truco de ser vagos en sus afirmaciones («Este año fallecerá conocido pintor»), han fracasado en sus pruebas de laboratorio y en la vida diaria.

Hay muchas supercherías, más recientes, que afirman barbaridades aún más espectaculares, como la Dianética o el Control Mental, pero basten estos ejemplos para mostrar que el racionalismo y el método científico son sin duda alguna más eficaces que otros procedimientos mágicos.

Lo que en verdad ofende la «dignidad» de los practicantes de las «ciencias ocultas» es que estén al alcance de cualquiera, quitándoles a ellos el poder que sus seudodisciplinas prometían a «los iniciados». Como la ciencia está al alcance de quien desee estudiarla y, además, acude a burdos elementos de la realidad cotidiana, les provoca una furia incontrolable. Buscan, siguen buscando «fuerzas ocultas» que les den preeminencia entre sus iguales, cosa que sólo logran mediante el engaño y el deseo de creer de muchas personas. Y en tanto se crea que la ciencia es difícil y la magia fácil y eficaz, seguirán ganando dinero.

Pero, como dice la primera ley de Arthur C. Clarke, científico y escritor ciencia ficción: «Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia».


[1] Publicado originalmente en Revista de Revistas No. 3971, México, 7 de marzo de 1986. Pág. 34.

La Consagración de la Primavera

El Cristal Ahumado

La Historia Según Boletines

Por Mario Méndez Acosta

StravinskiPARIS, Fr., mayo 30 de 1913. – La Sociedad Francesa de Autores y Compositores de Música citó a todos los medios a una conferencia de prensa para dar a conocer su punto de vista acerca de los desagradables acontecimientos ocurridos en céntrica sala de conciertos de esta ciudad, con motivo del estreno mundial de un repugnante esperpento seudomusical perpetrado por ese pernicioso extranjero que se hace llamar Igor Stravinski.

La insoportable atrocidad, un pretendido ballet llamado La Consagración de la Primavera, provocó en la noche de su presentación la justa indignación del culto público parisiense, el cual protagonizó un escándalo nunca antes visto en la historia dentro de un recinto dedicado al arte y la cultura.

Los amantes de la buena música, ofendidos en lo más íntimo de su sensibilidad artística, se organizaron en piquetes con el objeto de localizar al responsable del atentado estético, arrastrarlo por las calles y arrojarlo al Sena.

Un largo tiempo les tomó a las autoridades restablecer el orden y evitar que la sala fuera hecha presa del fuego a manos de los justamente indignados espectadores.

Ya es tiempo que las autoridades tomen medidas para evitar que nuestra bella ciudad siga siendo campo de experimentación de las locuras de los dizque vanguardistas artísticos, como el citado Stravinski y su degenerado coreógrafo, Nijinski.

El clasicismo, la tradición y las buenas costumbres deben ser defendidos a toda costa, por lo que a todos esos emigrados sin oficio ni beneficio se les deberá aplicar cuanto antes el tratamiento de extranjeros indeseables que prevé nuestra Carta Magna, expulsándoseles del país de inmediato.

P. D. El 29 de mayo de 1913, la fecha del estreno de La Consagración de la Primavera, es ahora considerada como el momento del inicio de un nuevo y bello capítulo en la historia del arte.