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Los niños salvajes (17)

RAMU

La historia de Ramu, el «niño-lobo» de la India, es similar. En 1954 un obrero ferroviario, al echar casualmente un vistazo a un vagón que se encontraba en una vía muerta del ferrocarril de tercera clase, tropezó con un niño de mirada «completamente bestial» que jugaba en compañía de tres cachorros de lobo.

Los sucesos ocurrieron el 17 de enero de 1954 cerca de la ciudad de Laknau o Lucknow, estado de Uttar Pradesh, al norte de la India. El niño, de unos 10-12 años, no comprendía el habla, probablemente era retrasado mental. Era incapaz de andar sobre sus dos piernas, lo hacía con las rodillas y las manos, por lo que sus rodillas y las palmas de las manos estaban cubiertas de sólidas acrecencias callosas. Tenía los miembros deformados. Estaba totalmente desnudo. Su cuerpo está cubierto con cicatrices hechas, aparentemente por espinas y ramas agudas. En la nuca tenía unas cicatrices parecidas a las que dejan los colmillos de un perro. No hablaba, sólo articulaba sonidos no humanos, y se comportaba de manera agresiva. Los dientes los tenía deformes: puntiagudos y saliéndole de la boca. Comía frutas y carne cruda arrebatándola con sus dientes, lamía la leche de un plato y masticaba los huesos. Para dormir se arrinconaba en una esquina y protegía su cabeza como habitualmente hacen los lobos.

Fue llevado al Hospital de Balramphur en Laknau, a 400 kilómetros de la capital, donde recibió atención médica, pero también fue expuesto al público. La noticia causó verdadera sensación y se extendió por toda la ciudad, llegando a rebasar las fronteras de la India. Atrajo multitudes, aunque los boletos costaban algunos annas. Más de 12,000 lo visitaron durante las primeras dos semanas que Ramu estuvo «en exhibición» en el patio del hospital. Las 800 rupias ganadas fueron a una caridad, que por cierto, no cubría el caso de Ramu.

En el periódico The Hindu, del 10 de febrero de 1954 podemos leer:

«El «Niño lobo» de 7 años, que había estado internado en el Hospital de Balramhpur Hospital desde el 17 de enero, ha encontrado a sus padres. Se dice que pertenece a la comunidad Khatick y vivió en Lucknow. Según ellos, Ramu, como se conoce a este niño, fue raptado por un lobo mientras dormía en el regazo de su madre una noche hace seis años. Se hicieron esfuerzos desesperados para encontrarlo, y finalmente se creyó que había muerto. Una visita al Hospital de Balramphur después de los reportes de la prensa llevó al reconocimiento del «Niño lobo» por sus padres, quienes lo identificaron por una marca sobre su sien y una mancha azulosa en su muslo derecho».

En efecto, en medio de toda esta confusión, un pobre vendedor de frutas, llamado Prasad, se presentó con su esposa en el hospital donde se cuidaba al niño y pidió que se lo mostraran.

Ocho años atrás había desaparecido su hijo y, según él, lo más probable era que lo hubiera raptado un lobo, cuando la madre con el hijo dormían en el patio, en una estera.

«Si éste es mi hijo», indicó Prasad, «debe tener en la sien una pequeña cicatriz».

Y efectivamente, el niño poseía esa marca. Ramu le fue entregado a su padre. Pare ese entonces ya le había tomado el gusto al pan y los vegetales cocidos.

Pero Ramu no estaba interesado en la compañía de los seres humanos y particularmente les temía a los adultos, pero cuando fue llevado al zoológico se vio particularmente agitado cuando vio a los lobos. En una visita al zoológico no quiso alejarse de la jaula de los lobos y mordió a sus cuidadores que intentaron arrastrarlo. Esto, junto con el hecho de que Ramu lamía la leche del plato, desgarraba su comida y era feliz royendo huesos por horas, sugirió a los doctores que había crecido entre lobos y por eso le llamaron el Segundo niño lobo de Lucknow.

Un reporte proveniente de Nueva Delhi relata otra historia parecida:

«Ramu fue dejado a una distancia de doscientos metros de la entrada a la foresta. Apenas se hubieren alejado quienes lo cuidaban, el niño, que no habla, comenzó a gatear rápidamente hacia los primeros árboles, donde empezó a aullar. No tardaron mucho en contestarle no uno, sino muchos aullidos similares desde el fondo de la selva. Ante esta respuesta Ramu mostró una agitación singular y comenzó a girar sobre sí mismo para detenerse luego y repetir el llamado. Fue entonces cuando se asomó el largo hocico de un lobo oscuro que se acercó al niño pausadamente. (…). Ramu restregó sus labios contra el hocico del animal, que era en realidad una loba. Los cuidadores trataron de atrapar a la bestia pero ésta, tras intentar en vano subirse a un árbol, se perdió a la carrera entre el espeso monte».

Tiempo después, a la muerte de sus padres, Ramu fue internado en un asilo para indigentes. Ahí fue estudiado durante 15 años por un grupo de médicos y especialistas de toda la India y de otras partes del mundo. Nunca aprendió más de cuarenta palabras y sus avances fueron bastantes limitados. Se sentía intimidado por la presencia humana. Prefería la compañía de los animales.

Los periódicos reportaron que murió el 20 de abril de 1968.

Según datos estadísticos de la misma India, existen registrados 31 casos de niños salvajes, de los cuales 29 pudieron sobrevivir a las dificultades de la selva con la simpatía y cariño de los animales que los amamantaron.

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Los niños salvajes (16)

NIÑOS SALVAJES EN ESPAÑA

Otro niño que había aprendido a hablar antes de vivir con los lobos fue Marcos Rodríguez Pantoja, «el niño salvaje de la Sierra Morena», que tenía cerca de siete años cuando lo abandonaron en los bosques montañosos solitarios del sudoeste de España en 1953. Poco antes lo habían vendido a un anciano pastor, que al morir dejó al ganado y al niño a la buena de dios. El niño vivió por un tiempo en la choza, pero luego se trasladó a una cueva. Pasó los siguientes 12 años sin hablar a otro ser humano. El día que la Guardia Civil le rescató de esa vida, apenas sabía un puñado de palabras y caminaba descalzo. Dicen que cuanto adquirió más vocabulario, le dio por repetir: «Yo, con mucho gusto, volvería».

Marcos había nacido el 7 de mayo de 1946 en un pueblo de Jaen. Sus padres lo vendieron al anciano pastor para que le ayudara a cuidar sus cabras. El anciano sólo vivió unos cuantos meses y dejó a Marcos en las montañas.

Una vez al año los vecinos del pueblo subían para llevarse a las cabras más jóvenes. En esa ocasión le llevaban alimento, pero Marcos decía que era tan malo, que pefería seguir comiendo perdices, huevos, frutas y plantas.

En el monte se hizo amigo de los lobos. Cuando la Guardia Civil llegó a rescatarlo, su piel se había tornado morena y estaba cubierta de cicatrices. Sus pies estaban llenos de callos, pues andaba descalzo.

La historia la recogió Gabriel Janer Manila en su tesis doctoral La problemática educativa dels infants selvátics: el cas de Marcos (1979) y posteriormente en su libro L’Infant selvàtic de Sierra Morena (1999), y también fue el argumento de «Marcos», una obra para niños del dramaturgo británico Kevin Lewis. En la obra Marcos, tras un duro proceso de adaptación, termina siendo camarero, pero vive triste recordando su antigua vida, cuando criaba una manada de ovejas en lo alto de las montañas, y tenía por amigos a un grupo de lobos y pájaros.

Cuando se publicó el libro, el psicólogo mallorquin Gabriel Janer no desveló su paradero, pero afirmaba que llevaba una vida más o menos normal como pastor.

Otro caso similar. En 1960 la Guardia Civil de As Neves, Pontevedra recibió una denuncia de que un joven estaba atado a un poste en medio de un rebaño de cabras. Lo recogieron y lo llevaron al Hospital Provincial de Pontevedra para que fuera atendido por A. Vázquez, profesor de psicología en el Monasterio Mercedario de Poio, graduado en la Universidad de Lovaina.

Vázquez llevó al joven de 15 años al Convento-Mosteiro de Poio para que lo cuidaran. Balaba como una cabra y hacía ruidos como de cerdo. Sus padres eran un campesino portugués y una aldeana gallega que todos los días, al salir a trabajar, dejaban amarrado al niño en el pesebre de las cabras. El «niño cabra» andaba a gatas, gruñendo, comiendo del suelo y defecando en donde le agarraba la naturaleza.

En 1980 fue capturado un «niño-mono» por varios habitantes de La Junquera, cerca de la frontera Catalana-Española con Francia. Era un niño de 13 años, hijo de un costarricense y una húngara, que trepaba a los árboles tan bien como cualquier simio. Las primeras versiones habían catalogado a Aureliano Alvaro Takacs, que así se llamaba, como un niño mono que lanzaba horribles y guturales chillidos y apedreaba a todo ser humano que se le acercara.

Lo único cierto de la leyenda era su agilidad para desplazarse por los espesos bosques de la región.

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Los niños salvajes (15)

CAUCAU EL NIÑO LOBO

Agosto de 1948. Llanquihue, Décima Región, en la Patagonia chilena. Los asustados vecinos de Puerto Varas solicitan la intervención de los carabineros: «Hacía varios días que los lugareños notaban una extraña presencia: alguien, o algo, andaba merodeando en los potreros, mamando de las vacas y robando huevos de los gallineros. Tenían miedo. Rodeados de leyendas indígenas que hablaban de criaturas terroríficas, creyeron que se trataba de una especie de monstruo. Porque, además, cuando caía la noche, se escuchaba un inquietante aullido».

Se organiza una batida con perros de caza, a cargo del teniente José Elías Fuentealba y en poco tiempo se encuentra al intruso: un ser cubierto de pelos, piel llena de cicatrices y callosidades, que andaba a gatas, aullaba y emitía un sonido que parecía «cau-cau». Era un niño de unos 8 años de edad que fue enviado a la cárcel pública de Puerto Varas.

El pobre niño estaba asustado y ponía los ojos en blanco. Parecía un oligofrénico por lo que pronto fue enviado al Hospicio de Santiago en donde fue estudiado y se determinó que su atraso era debido a la mala utilización de un forceps durante el parto. Poseía unas habilidades peculiares: podía ver en la oscuridad, tenía una gran fuerza y su sentido del olfato estaba muy desarrollado: lograba distinguir el olor de la carroña a kilómetros de distancia.

Al parecer provenía de alguna familia indígena de la región de Llanquihue. Vicente (que así lo bautizaron) recordaría que sus padres eran alcohólicos y se ocupaban muy poco de sus hijos. Vicente se fue alejando poco a poco de la casa hasta abandonarla por completo siendo todavía muy niño, tal vez unos 3 o 4 años.

En el bosque, al interior de Osorno, Vicente se alimentaba de raíces y plantas. Desarrolló una gran fuerza y su cuerpo se cubrió de un vello espeso y de múltiples cicatrices y callosidades. Dicen que vivió con una puma que lo amamantó y cuidó durante 7 u 8 años, pero de esa parte de su vida nada está claro.

Luego de ser capturado por los carabineros, Cau Cau se convirtió en un imán para la prensa, pero luego fue olvidado. Pasó dos años en el Hospicio de Santiago. Por las noches se ponía a gatas y comenzaba a aullar.

Del hospicio lo rescató una profesora de castellano y especialista en lenguaje, de Villa Alemana, llamada Berta Riquelme, cuando ya tenía 12 años. «Mamá Berta», como la llamaba Vicente, le dio el cariño que nunca tuvo y le enseñó a hablar, leer y escribir. También le dio un hogar, le enseñó a comer, pues tomaba los alimentos crudos y sin usar las manos, a caminar erguido y a asearse.

Por ese entonces comenzó a coleccionar calcetines, corbatas y botones. También fue estudiado por varios de los principales doctores chilenos: Armando Roa, Gustavo Vila (cuñado de Berta) y la doctora Capdeville.

Esta etapa no duró mucho. En 1965 Berta Riquelme falleció dejando nuevamente desamparado a Vicente. A sus 25 años se pasaba todas las tardes en el cementerio regando la tumba de su madre adoptiva para que pudiera salir y estar nuevamente con él. Luego se obsesionó con la muerte. No es que le temiera. Lo que le daba miedo era que lo fueran a cortar en pedazos para luego tirarlo al mar. Si moría, se quería quedar al lado de Berta: «En el cementerio sí, al lado de mamá Berta».

La hermana de Berta se hizo cargo de Vicente y lo llevó a vivir a Santiago. Ahí trabajó de acomodador de autos. Ahí también se reunió con Cristian Vila Riquelme, el sobrino de Berta al que había visto nacer y que paseaba cuando era «guagua». Cristian llegaría a escribir su vida en una novela titulada Crónicas del niño lobo.

Con el tiempo Vicente se fue a vivir a Horcón y luego a Campiche en donde trabajó con la señora Irma que por ese entonces lo había acogido en su casa. La primera vez que estuvo en Horcón fue en 1957 cuando fue a la casa de verano de los Vila.

En 1973 se hizo presente un medio hermano de Vicente, pero su relación se mantuvo con visitas que se fueron distanciando cada vez más en el tiempo.

Al paso de los años, Vicente fue perdiendo varias de sus características salvajes. Lo primero fue el espeso vello que le cubría casi todo el cuerpo, luego fue el olfato y la visión nocturna.

Dicen que la famosa playa de Cau Cau le debe su nombre a Vicente.

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Los niños salvajes (14)

EL NIÑO GACELA DE SIRIA

Se supone que en 1945 fue capturado el primer niño gacela en el desierto de Siria. Uno de los informes proviene de Abdul Karim, de Bagdad, escrito en agosto de 1946 citando una fuente de El Cairo de 1945.

Según Karim, el jefe de la tribu Ruweili, Amir Lawrence al Sha’ alan, atrapó un muchacho salvaje en el desierto Transjordano, entre Siria e Irak, durante una batida de caza.

«Me asombré al ver lo que parecía un muchacho que corría en medio de una manada de gacelas que perseguíamos», dijo el Amir. «Llamé a los ocupantes de los otros coches para parar de tirar. Seguíamos estando alejados, pero podíamos ver que el muchacho corría tan rápidamente como las gacelas. Perseguimos la manada en nuestros coches a unos 80 kilómetros por hora, mientras tanto él continuaba con ellas, corriendo a un paso mitad-humano, mitad-animal. Vimos repentinamente al muchacho tropezar y caer. Cuando llegamos a él encontramos que su pierna había sido dañada por una piedra grande. Él nos miraba con miedo con sus ojos luminosos y se contraía cuando lo tocábamos, emitiendo un grito como una gacela herida».

El muchacho tenía unos 1.70 metros de altura y su piel era tersa, aunque cubierta de un pelo fino. Estaba «tan delgado que los huesos se podían contar fácilmente debajo de la carne, con todo era más fuerte físicamente que un hombre normal».

El Amir lo llevó con el doctor Musa Jalbout a una de las estaciones británicas de la Iraq Petroleum Company, para que curara sus heridas. Cuando estuvo curado el chico intentó escapar, pero fue remitido al cuidado de cuatro doctores de Bagdad. El doctor Jalbout dijo que actuaba, comía y gritaba como cualquier gacela, y que no tenía ninguna duda que había vivido toda su vida entre las gacelas, siendo amamantado por ellas y comiendo la escasa hierba del desierto junto con la manada.

Los doctores lo estudiaron y pensaban que tenía cerca de 15 años. No hablaba y seguía comiendo sólo hierba. Le enseñaron a comer pan y carne. Se dijo que tal vez era hijo de algún beduino y que fue abandonado en el desierto, en donde fue adoptado por las gacelas.

Pero según Ivan T. Sanderson, la historia «resultó ser un invento de un periodista aburrido de El Cairo durante la Segunda Guerra Mundial». Probablemente Sanderson estaba en lo cierto ya que es increíble que el niño pudiera alcanzar esa velocidad de casi el doble del record olímpico (en carreras cortas).

Esta historia tendría una secuela en 1960 y 1963.

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Los niños salvajes (13)

NIÑOS SALVAJES EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XX

En 1920, además de Kamala y Amala, fue encontrado un niño pantera, mencionado por Andre Demaison en 1953.

En el periódico The Pionner, del 5 de abril de 1927, aparece un reportaje de la captura de otro niño lobo en una cueva cerca de Maiwana a unos 115 kilómetros de Allahabad. Para Charles MaClean este caso probablemente es un fraude ya que ocurrió a tan sólo cinco meses de que el caso de Kamala y Amala fuera dado a la publicidad.

Demaison también estudió al niño de Casamance, de 16 años, Assicia de Liberia, ambos encontrados en 1930; y al niño gacela de Siria, en 1946.

Robert M. Zingg comienza sus estudios de niños salvajes con el niño de Jhansi (1933) y concluye con un segundo niño leopardo (1938), de 8 años de edad.

En diciembre de 1933 un leñador capturó a un niño de unos cinco años de edad en las selvas de la provincia de Ahuachapán en El Salvador. El muchacho, apodado «Tarzancito«, había vivido solo desde la infancia, subsistiendo con una dieta de frutas silvestres y pescados crudos. Un periodista americano, Ernie Pyle, informó que cuando el niño regresó a la sociedad humana, se comunicaba gritando y con frecuencia atacaba y mordía a la gente. Tarzancito aprendió a hablar y se adaptó a la vida humana.

En 1935 una familia de beduinos perdió a su hijo de cinco años mientras hacían un recorrido por el Norte de África. Diez años después unos cazadores encontraron a un joven cabalgando un avestruz. Era Sidi Mohamed, el niño perdido, quien contó una historia asombrosa. Dijo haber encontrado un nido de avestruz con polluelos y se hizo amigo de los padres. Sidi logró sobrevivir con ellos por 10 años, alimentándose de hierbas y aprendiendo a correr tan velozmente como las avestruces. En la noche, los dos avestruces lo abrigaban extendiendo cada uno un ala sobre él. Finalmente fue regresado a sus padres.

En 1937, se documentó el caso de una niña, en Turquía, que había pasado ocho años viviendo con una familia de osos. Se le encontró en los bosques de las montañas cercanas a Adana en compañía de una osa. Los cazadores mataron a la osa y luego tuvieron que enfrentarse a un pequeño pero poderoso «espíritu de los bosques». Cuando finalmente lo controlaron, este resulto ser una niña, aunque se comportaba como un oso. Las investigaciones demostraron que una niña de dos años había desaparecido de una aldea próxima 14 años antes, y se suponía que un oso la había adoptado. La «niña de los osos» fue enviada a un asilo para lunáticos en Bursa. Ella rechazaba todo el alimento cocido y dormía en un colchón en una esquina oscura de su cuarto. Ahí fue donde la encontró George Maranz quien describió el caso

En 1939 Hutton menciona un niño lobo de la India.

En Estados Unidos hubo dos casos previos a Genie, de la que nos ocuparemos más tarde. El primero ocurrió en 1938 en Pennsilvanya, la niña Ana. El segundo fue otra niña, Edith de Ohio encontrada en 1940.

«En todos mis viajes, la única vez que dormí profundamente fue cuando estaba con los lobos»¦ Los días con mi familia de lobos se multiplicaron. No tengo ninguna idea de cuántos meses pasé con ellos pero deseaba que durara para siempre – era mucho mejor que volver al mundo de mi propia especie. Hoy, aunque la mayoría de los recuerdos de mi largo viaje están grabados en tonos grises, el tiempo pasado con los lobos»¦ se ve en color. Ésos fueron los días más hermosos que he experimentado». Así escribió Misha Defonseca, judía huérfana que, de los cuatro a los ocho años, vagó a través de la Europa ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, viviendo de bayas salvajes, carne cruda y alimentos robados de las granjas, y reuniéndose de vez en cuando con lobos.

Continuará…